Teilhard de Chardín – “EL FENÓMENO HUMANO” – Parte VII – El nacimiento del pensamiento

INDICE DE POST DEL FENOMENO HUMANO- Teilhard de Chardin 

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EL FENÓMENO HUMANO

Teilhard De Chardin

-PARTE VII-

 

III. EL PENSAMIENTO

Cap. I. EL NACIMIENTO DEL PENSAMIENTO

1. El Paso de la Reflexión 

A) El Paso elemental. La hominización del Individuo 

a) Naturaleza 

b) Mecanismo teórico

c) Realización 

d) Prolongación 

B) El Paso filético. La hominización de la Especie 

a) La composición de las ramas humanas 

b) El sentido general de crecimiento

c) Relaciones y diferencias 

C) El Paso terrestre planetario. La Noosfera 

2. Las Formas originarias 

 

 III.- EL PENSAMIENTO 

 

CAPITULO I 

EL NACIMIENTO DEL PENSAMIENTO 

 

Consideración preliminar: La paradoja humana

Desde un punto de vista puramente positivista, el Hombre es el más misterioso y el más desconcertante de los objetos descubiertos por la Ciencia. Y de hecho debemos reconocerlo, la Ciencia no ha encontrado todavía para él un lugar en sus representaciones del Universo. La Física ha llegado a circunscribir  provisionalmente el mundo del átomo. La Biología ha conseguido poner un cierto orden en las construcciones de la Vida. Apoyada sobre la Física y la Biología, la Antropología explica a su vez, de la manera que puede, la estructura del cuerpo humano y algunos mecanismos de su fisiología. Sin embargo, después de haber reunido todos estos caracteres, el retrato no corresponde, manifiestamente, a la realidad. El Hombre, tal como la Ciencia consigue hoy reconstruirlo, es un animal como los demás, tan poco diferenciable, por su Anatomía, de los Antropoides, que las modernas clasificaciones de la Zoología, volviendo al punto de vista de Linneo, la incluyen junto con aquellos en la misma superfamilia de los Hominoides. Ahora bien: a juzgar por los resultados biológicos de su aparición, ¿no es justamente algo muy diferente?

Salto morfológico ínfimo y al mismo tiempo increíble conmoción de las esferas de la Vida, toda la paradoja humana… Y, por consiguiente, evidencia absoluta de que en sus reconstrucciones del Mundo, la Ciencia desdeña un factor esencial, o por mejor decir, una dimensión entera del Universo.

Conforme a la hipótesis general qué nos guía desde el inicio de estas páginas hacia una interpretación coherente y expresiva de las apariencias actor les de la Tierra, quisiera demostrar en esta nueva Parte consagrada al Pensamiento, que para asignar al Hombre su situación natural en el Mundo experimental, es necesario y suficiente que hagamos entrar en juego el Interior al propio tiempo que el Exterior de las cosas. Este método nos permitió ya apreciar la magnitud y el sentido del movimiento vital. Será también este mismo método el que va a reconciliar ante nuestros ojos, dentro de un arden redescendiente armónicamente hacia la Vida y la Materia, la insignificancia y la suprema importancia del Fenómeno humano.

Entre los últimos estratos del Plioceno, en los cuales el Hombre estuviese aún ausente, y el nivel siguiente, en el que el geólogo habría de quedar estupefacto al reconocer los primeros cuarzos tallados, ¿qué pasó y cuál es la verdadera magnitud de este salto?

He aquí lo que se trata ahora de adivinar y de medir, antes de seguir etapa por etapa, hasta el paso decisivo en el que se encuentra empeñada hay en día la Humanidad en marcha. 

 

 

I. EL PASO DE LA REFLEXIÓN

A) EL PASO ELEMENTAL. LA HOMINIZACIÓN DEL INDIVIDUO

a) Naturaleza

De la misma manera que reina siempre entre los biólogos la incertidumbre respecto de la existencia de un sentido y a fortiori de un eje definido en la Evolución; de la misma manera y por una razón conexa se manifiesta aún la mayor divergencia entre los psicólogos cuando se trata de decidir si el psiquismo humano difiere específicamente (par «naturaleza») del de los seres que aparecieron antes que él. De hecho, la mayoría de los «sabios» pondría más bien en tela de juicio la validez de tal separación. ¡Qué no se ha dicho -y qué no se dice todavía- sobre la inteligencia de las bestias!

Si se quiere resolver esta cuestión (y es necesario decidirla tanto para la Ética de la Vida como para el conocimiento puro) de la «superioridad» del Hombre sobre los animales, yo no veo más que un medio: separar decididamente, en el haz de los comportamientos humanas, todas las manifestaciones secundarias equívocas de la actividad interna y situarse cara al fenómeno central de la Reflexión.

Desde el punto de vista experimental que utilizamos, la Reflexión, tal como lo indica su nombre, es el poder adquirido por una conciencia de replegarse sobre sí misma y de tomar posesión de sí misma tamo de un objeto dotado de su consistencia y de su valor particular; no ya sólo conocer, sino conocerse; no ya sólo saber, sino saber quo se sabe. Gracias a esta individualización de sí mismo en el fondo de sí mismo, el elemento vivo, hasta entonces distribuido y dividido dentro de un círculo difuso de percepciones y de actividades, se halla constituido, por vez primera, en centra puntiforme en el que todas las representaciones y experiencias se entrelazan y se consolidan en un conjunto consciente de su organismo.

Ahora bien: ¿cuáles son las consecuencias de una tal transformación? Ellas son inmensas y nosotros las leemos tan claramente en la Naturaleza como cualquiera de los hechos catalogados por la Física o la Astronomía. El ser reflexivo, en virtud de su repliegue sobre sí mismo, se hace bruscamente susceptible de desarrollarse en una nueva esfera. En realidad, es otro mundo el que nace. Abstracción, lógica, elección e invenciones razonadas matemáticas, arte, percepción calculada del espacio y de la duración, ansiedades y sueños del amor… Todas estas actividades de la vida interior no son más que la efervescencia del centro nuevamente constituido explotando sobre sí mismo.

Una vez sentado esto, he aquí mi pregunta. Si, como se sigue de lo que precede, es el hecho de hallarse «reflexionado» lo que hace al ser verdaderamente «inteligente», ¿podemos dudar seriamente de que la inteligencia sea el atributo evolutivo del Hombre y de sólo él? ¿Y podemos en consecuencia, dudar en reconocer, por no sé qué falsa modestia, que su posesión no representa para el Hombre un avance radical sobre toda la Vida anterior a él? El animal sabe, no lo dudamos. Pero ciertamente no sabe que sabe; de otra manera, hace tiempo que hubiera multiplicado las invenciones y desarrollado un sistema de construcciones internas que no podrían escapar a nuestra observación. Por consiguiente, un sector de lo Real le está cerrado, un sector dentro del cual nos movemos nosotros, pero en el cual él no podría entrar. Un foso -o un umbral- infranqueable para él nos separa. En relación con él, por el hecho de ser reflexivos, no sólo somos diferentes, sino otros. No sólo simple cambio de grado, sino cambio de naturaleza, resultado de un cambio de estado.

Henos aquí exactamente frente a lo que esperábamos. La Vida (en esta espera se terminaba el capítulo de Demeter), la Vida, por ser ascensión de consciencia, no podía continuar avanzando indefinidamente en su línea sin transformarse en profundidad. Ella debía, según decíamos, como toda magnitud creciente en el Mundo, llegar a ser diferente para continuar siendo ella misma. Más claramente definible que cuando escrutábamos el psiquismo oscuro de las primeras células, he aquí que se descubre en este acceso al poder de reflexión la forma particular y crítica de transformación en que ha consistido para ella esta supercreación o este renacimiento. Y, por eso mismo, he aquí cómo reaparece la curva entera de la Biogénesis, se resume y se clarifica en este punto singular.

b) Mecanismo teórico

Los naturalistas y los filósofos han defendido, a lo largo de la Historia, las tesis más opuestas respecto del psiquismo de los animales. Para los Escolásticos de la antigua Escuela, el instinto es una especie de subinteligencia homogénea y estática que señala uno de los estadios ontológicos y lógicos a través de los cuales, en el Universo, el ser «se degrada», se irisa, desde el Espíritu puro hasta la pura Materialidad. Para el Cartesiano sólo existe el pensamiento, y el animal desprovisto de todo interior, no es más que un autómata. Para la mayoría de los biólogos modernos, finalmente, tal como lo recordaba más arriba, nada separa claramente instinto y pensamiento, pues uno y otro no son mucho más que una especie de luminiscencia de la que se envolvería el juego, único esencial, de los determinismos de la Materia.

En todas estas diferentes opiniones se descubre la parte que hay de verdad, al mismo tiempo que aparece la causa de error, tan pronto como, colocándose en el punto de vista adoptado en estas páginas, uno se decide a reconocer:

1), que el instinto, lejos de ser un epifenómeno, traduce por medio de sus expresiones diversas el mismo fenómeno vital, y
2), que representa, en consecuencia, una magnitud variable.

¿Qué sucede, en efecto, si para contemplar la Naturaleza nos colocamos bajo este sesgo?

En primer lugar, comprobaremos mejor en nuestro espíritu el hecho y la razón de la diversidad de los comportamientos animales. Desde el momento en que la Evolución es transformación primariamente psíquica, no hay un instinto en la Naturaleza, sino una multitud de formas de instintos, cada uno de los cuales corresponde a una solución particular del problema de la Vida. El psiquismo de un Insecto no es (y no puede serlo) el de un Vertebrado, ni el instinto de una Ardilla es el de un Gato o el de un Elefante, y ello en virtud precisamente de su misma posición en el Árbol de la Vida.

Por este mismo hecho empezamos a ver destacarse legítimamente, en esa variedad, un relieve, dibujarse una gradación. Si el instinto es magnitud variable, los instintos no podrían ser sólo diversos; forman, bajo su complejidad, un sistema creciente, dibujan, en su conjunto, una especie de abanico, en el que los términos superiores sobre cada nerviación se reconocen cada vez en un radio mayor de elección, apoyada sobre un centro mejor definido de coordinación y de consciencia. Y es precisamente esto mismo lo que observamos. El psiquismo de un Perro, dígase lo que se quiera, es posiblemente superior al de un Topo o al de un Pez.

Una vez dicho esto, con lo que no hago más que presentar desde otro ángulo lo que ya nos había revelado el estudio de la Vida, los espiritualistas pueden tranquilizarse cuando en los animales superiores (los grandes Monos en particular) advierten o se les obliga a ver, maneras y reacciones que recuerdan extrañamente aquellas de las cuales se sirven para definir la Naturaleza y para reivindicar su presencia en el Hombre, de un «alma racional». Si la historia de la Vida no es, como hemos dicho, sino un movimiento de consciencia velado de morfología, es inevitable que, hacia la cumbre de la serie, en las inmediaciones del Hombre, los psiquismos se presenten y aparezcan a flor de inteligencia. Que es precisamente lo que ocurre.

Y con ello es la «paradoja humana» misma la que se esclarece. Estamos confusos al verificar cómo «Anthropos», a pesar de algunas preeminencias mentales indiscutibles, difiere poco anatómicamente de los demás Antropoides, tan confusos que casi renunciaríamos, por lo menos en su punto de origen, a separarlos. Pero esta extraordinaria semejanza, ¿no era precisamente lo que debía acontecer?

Cuando el agua, bajo una presión normal, llega a los 100 grados, y si se la calienta más todavía lo primero que sucede-sin cambio de temperatura-es una tumultuosa expansión de las moléculas liberadas y vaporizadas. Cuando, siguiendo el eje ascendente de un cono, las secciones se van sucediendo con un área constantemente decreciente, llega un momento en que, por un desplazamiento infinitesimal de masa, la superficie desaparece, convertida en punto. Así es, mediante estas comparaciones lejanas, como podemos imaginarnos en su mecanismo el paso crítico de la reflexión.

Al final del Terciario, desde hacía más de quinientos millones de años, la temperatura psíquica iba ascendiendo en el mundo celular. De Rama en Rama, de Capa en Capa, hemos visto que los sistemas nerviosos iban, pari passu, complicándose y concentrándose. Finalmente llegó a construirse del lado de los Primates un instrumento tan extraordinariamente dúctil y rico, que el paso inmediato siguiente no podía realizarse sin que el psiquismo animal entero llegara a encontrarse como refundido y consolidado sobre sí mismo. Pues bien: el movimiento no se ha detenido, dado que nada en la estructura del individuo le impedía avanzar. Algunas cabrias de más se han añadido, pues, al Antropoide, llevado mentalmente a 100 grados. En este mismo Antropoide, casi llegado a la cumbre del cono, se ha ejercido un último esfuerzo siguiendo el eje. Y no ha sido preciso ya nada más para que todo el equilibrio interior se halle trastrocado. Lo que todavía no era más que una superficie centrada, se ha convertido en centro. Para un acrecentamiento «tangencial» ínfimo, lo «radial» se ha invertido y, por así decirlo, ha saltado al infinito hacia adelante. Aparentemente casi nada ha cambiado en los órganos. Pero, en profundidad, una gran revolución: la conciencia, brotando, efervescente, en un espacio de relaciones y de representaciones supersensibles, y, simultáneamente, la consciencia, capaz de percibirse a sí misma en la simplicidad conjunta de sus facultades, todo ello por vez primera.

 

Filogénesis sistema nervioso

 

¿Necesito repetir, una vez más, que me limito aquí al Fenómeno, es decir, a las relaciones experimentales entre Consciencia y Complejidad, sin prejuzgar en nada la acción de Causas más profundas que dirigen todo el juego? En virtud de las limitaciones impuestas a nuestro conocimiento sensible por el juego de las series temporo-espaciales, parece que sólo bajo las apariencias de un punto crítico nos es posible aprehender experimentalmente el paso hominizante (espiritualizante) de la Reflexión. Pero una vez sentado esto, nada impide al pensador espiritualista -por razones de orden superior y en un tiempo ulterior de su dialéctica- colocar, bajo el velo fenomenológico de una transformación revolucionaria, la operación «creadora» y aquella «intervención especial» que quiera (cf. «Advertencia»). Que existan para nuestro espíritu planos diferentes y sucesivos de conocimientos, ¿no es éste precisamente un principio universalmente aceptado por el pensamiento cristiano en su interpretación teológica de la Realidad?

Los espiritualistas tienen razón cuando defienden tan ásperamente cierta trascendencia del Hombre sobre el resto de la Naturaleza. Tampoco los materialistas andan descaminados cuando sostienen que el Hombre es sólo un término más en la serie de las formas animales. En este caso, como en tantos otros, las dos evidencias antitéticas se resuelven en un movimiento, siempre que en este movimiento se conceda la parte esencial al fenómeno, tan claramente natural, del «cambio de estado». Sí; de la célula al animal pensante, como del átomo a la célula, se prosigue sin interrupción, y siempre en idéntico sentido, un mismo proceso (calentamiento o concentración psíquica). Pero, en virtud de esta permanencia en la operación, es fatal, desde el punto de vista de la Física, que ciertos saltos transformen bruscamente el sujeto sometido a la operación.

c) Realización

Discontinuidad de continuidad. Tal es como se define y se presenta ante nosotros, en la teoría de su mecanismo, e igual que en la aparición primera de la Vida, el nacimiento del Pensamiento.

Y ahora, en cuanto a su realidad concreta, ¿de qué manera ha actuado el mecanismo? Para un observador, supuesto testigo de esta crisis, ¿qué es lo que hubiera transpirado exteriormente de esta metamorfosis?

Como voy a decirlo pronto, al tratar de las «apariencias humanas originales», esta representación, de la cual estamos ávidos, quedará, probablemente para siempre, tan imposible para nuestro espíritu como el origen mismo de la Vida, y por las mismas razones, a lo sumo, en este caso particular, y para guiarnos, poseemos el recurso de observar el despertar de la inteligencia en el niño durante el curso de la ontogénesis… Sin embargo, tenemos que hacer dos consideraciones, una de ellas circunscribiendo, la otra convirtiendo en algo más profundo el misterio de que se envuelve para nuestra imaginación este punto singular.

La primera de ellas se refiere al hecho de que, para llegarse en el Hombre al paso de la reflexión, ha sido necesario que la Vida preparase, de manera amplia y simultánea, un haz de factores, de los cuales nada hubiera podido, al primer golpe de vista, dejar entrever la «providencial» relación.

Finalmente, es verdad, toda la metamorfosis hominizante se concreta, desde el punto de vista orgánico, a una cuestión de mejor cerebro. Pero ¿de qué manera se produjo este perfeccionamiento cerebral, cómo pudo funcionar, si toda una serie de otras condiciones no se hubieran visto realizadas, todas ellas conjuntamente en un mismo tiempo? Si el ser del cual emergió el Hombre no hubiera sido bípedo, sus manos no se hubieran encontrado libres para descargar a las mandíbulas de su función prensil, y como consecuencia, el tupido haz de músculos maxilares que aprisionaban el cráneo no se hubiera relajado. Gracias al bipedismo, que liberó a las manos, el cerebro pudo crecer; gracias a ello, al mismo tiempo, los ojos, al acercarse sobre una cara más contraída, pudieron empezar a converger y a fijar todo cuanto las manos aprehendían, aproximaban y presentaban: ¡he aquí el gesto mismo, exteriorizado, de la reflexión! De hecho, esta maravillosa coincidencia no debe sorprendernos. La cosa más pequeña que se produce en el Mundo, ¿no es siempre el producto de una formidable conciencia, un nudo de fibras confluyendo desde siempre a partir de las cuatro esquinas del espacio? La Vida no trabaja siguiendo un solo hilo aislado, ni por medio de repeticiones. Lo que hace es empujar hacia adelante y a la vez toda su red. Así se forma el embrión dentro del seno que lo contiene. Deberíamos saberlo ya. Pero hay que decir que resulta para nosotros una satisfacción el reconocer que el Hombre ha nacido bajo el signo de esta misma ley maternal. Debemos sentirnos felices de admitir que el nacimiento de la inteligencia corresponda a una inversión sobre sí mismo, no sólo del sistema nervioso, sino del ser entero. Lo que nos espanta, a primera vista, por el contrario, es el tener que darnos cuenta de que este paso, para ejecutarse, tuvo que realizarse de una sola vez.

Y ésta debe ser mi segunda consideración, una consideración que no puedo eludir. En el caso de la ontogénesis humana, podemos pasar por encima del problema de saber en qué momento el recién nacido ha podido acceder a la inteligencia, es decir, convertirse en pensante serie continua de estados sucediéndose, dentro de un mismo individuo, desde el óvulo al adulto. ¿Qué nos puede importar el momento, y aun la misma existencia de una ruptura? Bien diferente es el caso de una embriogénesis filética, en la que cada estado, cada estadio, está representado por un ser diferente. Ya no existe aquí medio alguno (por lo menos de acuerdo con nuestra actual manera de pensar) de escapar al problema de la discontinuidad. Si el tránsito a la reflexión es verdaderamente tal como su misma naturaleza física parece exigirlo y tal como lo hemos admitido, una transformación crítica, una mutación del cero al todo, es imposible que nos podamos representar a este preciso nivel la existencia de un individuo intermediario. O este ser está todavía más acá-o está ya más allá-del cambio de estado. Que el problema se resuelva como se quiera. No es necesario convertir el Pensamiento en algo inextricable al negarse su transcendencia psíquica sobre el instinto, o hay que resolverse a admitir que su aparición se realizó entre dos individuos.

Proposición ésta desconcertante en sus términos, seguramente, pero cuya rareza se atenúa, hasta hacerse inofensiva, si se observa que, en puro rigor científico, nada nos impide suponer que la inteligencia ha podido (y aun incluso ha debido) ser tan poco perceptible exteriormente, en sus orígenes filéticos, como lo es todavía a nuestros ojos en cada recién nacido en el estadio ontogenético. Y en este caso, cualquier sujeto tangible de discusión entre el observador y el teórico se desvanece.

Ello sin contar una segunda forma de «inaprehensible», que, bajo las apariencias eventualmente presentadas por la primera emergencia de la Reflexión sobre la Tierra (incluso suponiéndolas perceptibles para un espectador contemporáneo), cualquier discusión científica se ha hecho hoy ya imposible; y ello, precisamente, porque aquí, o nunca, nos encontramos en presencia de uno de estos comienzas («evolutivos infinitamente pequeños»), automática e irremediablemente sustraídos a nuestra observación por obra de un espesor suficiente de Pasado.

Retengamos, pues, solamente, sin intentar representarnos lo que es inimaginable, que el acceso al Pensamiento representa un umbral, que debió ser franqueado de un solo paso. Intervalo «transexperimental», sobre el que nada podemos decir desde el punto de vista científico, pero más allá del cual nos hallamos transportados sobre otro peldaño biológico enteramente nuevo.

d) Prolongación

Neurona «rosa mosqueta» – cerebro humano

Y es solamente aquí donde acaba de descubrirse la naturaleza del paso de la reflexión. En primer lugar, cambio de estado. Pero en seguida, por el hecho mismo, inicio de otra especie de vida, precisamente esta vida interior de que hablé anteriormente. Hace un momento comparábamos la simplicidad del espíritu pensante con la de un punto geométrico. Sin embargo, hubiera sido mejor hablar de línea o de eje. «Estar puesto», para la inteligencia, no significa, en efecto, «estar acabado». El niño, apenas nacido, debe respirar: de otro modo, se muere. De manera semejante, el centro psíquico reflexivo, una vez encogido sobre sí mismo, no podría subsistir más que por un doble movimiento, que no constituye más que uno centrarse más allá sobre sí, por penetración en un espacio nuevo; y al mismo tiempo, centrar el resto del Mundo a su alrededor, merced al establecimiento de una perspectiva cada vez más coherente y mejor organizada en las realidades que la rodean. No ya el foco inmutable fijado, sino él torbellino que se profundiza aspirando el fluido en cuyo seno nació. El «Yo», que no puede sostenerse más que siendo cada vez más él mismo, en la medida en que hace suyo todo lo demás de sí. La Persona en y para la Personalización.

Está claro que bajo el efecto de una tal transformación, toda la estructura de la Vida se ha modificado. Hasta entonces el elemento animado se encontraba tan estrechamente ligado al phylum, que su propia individualidad podía parecer accesoria y sacrificada. Recibir; mantener y, si es posible, adquirir; reproducir y transmitir. Y así sucesivamente, sin tregua, indefinidamente… El animal, aprisionado en la cadena de las generaciones, parecía no tener derecho a vivir; en apariencia, no poseía ningún valor para sí mismo. Es decir, un punto de apoyo fugitivo para una carrera que pasaba por encima de él ignorándolo. La Vida, pues, otra vez, más real que los mismos vivientes.

Con la aparición de lo reflexivo, propiedad esencialmente elemental (¡por lo menos para empezar!), todo cambia: entonces advertimos que, bajo la realidad más resplandeciente de las transformaciones colectivas, tenía lugar secretamente una marcha paralela en la individualización. Cuanto más se cargaba un phylum de psiquismo, tanto más tendía a «granularse». Valoración creciente del animal en relación a la especie. Al nivel del Hombre, finalmente, el fenómeno se precipita y toma cuerpo de manera definitiva. Con la «persona», dotada por la «personalización» de un poder indefinido de evolución elemental, la rama cesa de llevar en su conjunto anónimo las promesas exclusivas del porvenir. La célula se ha hecho «alguien». Después del grano de Materia, después del grano de Vida, he aquí, al fin, constituido el grano del Pensamiento.

¿Equivale ello a decir que, a partir de este momento, el phylum, semejante a esos animales que se pierden en la polvareda de gérmenes, a los cuales hacen germinar con su propia muerte, pierde su función y se volatiliza? Por encima del punto de reflexión, ¿todo el interés de la Evolución se invierte para hacer que la Vida pase a la pluralidad de los seres vivientes aislados?

De ninguna manera. Sólo a partir de esta fecha crucial, la efervescencia global, sin detenerse en absoluto, gana un grado, un orden de complejidad. No. dado que el phylum, cargado ahora de centros pensantes, no se rompe como un chorro frágil; no se pulveriza en sus psiquismos elementales: sino que, por el contrario, se refuerza al doblarse en su interior con una armadura más. Hasta entonces era suficiente considerar, en la Naturaleza, una amplia vibración simple: la ascensión de Consciencia. Ahora va a tratarse de definir y de armonizar en sus leyes (¡fenómeno mucho más delicado!) una ascensión de las conciencias. Un progreso hecho de otros progresos tan duraderos como él. Un movimiento de movimientos.

Intentemos ahora elevarnos a suficiente altura para dominar el problema. Y para hacerlo, olvidemos por algún tiempo el destino particular de los elementos espirituales comprometidos en la transformación general. Sólo en virtud de este hecho, siguiendo en sus líneas principales la ascensión y el escalonamiento del conjunto, podemos llegar, tras un largo rodeo, a determinar la parte reservada a las esperanzas individuales en el éxito total.

¡A la personalización del individuo por la hominización del grupo entero!

 

 

B) EL PASO FILÉTICO. LA HOMINIZACIÓN DE LA ESPECIE

Así, pues, a través del salto de inteligencia, cuya naturaleza y mecanismo acabamos de analizar en la partícula pensante, la Vida continúa, en cierto modo, expansionándose, como si nada hubiera ocurrido. Con toda evidencia, tanto antes como después del umbral del pensamiento, propagación, multiplicación y ramificación seguirán, en el Hombre como en todos los animales, su marcha acostumbrada. Nada se ha modificado en la corriente, según parece. Pero las aguas ya no son las mismas.- Como las olas de un río enriquecidas al contacto con una llanura arcillosa, el flujo vital se ha cargado de principios nuevos al franquear los pasos de la reflexión y, como consecuencia, va a manifestar determinadas actividades nuevas. Ahora lo que la savia evolutiva hace fluir y vehicula en el tallo viviente no son ya sólo los granos animados, sino, tal como se ha dicho, los granos de pensamiento. ¿Qué va a aparecer, bajo esta influencia, en el color o la forma de las hojas, de las flores y de los frutos?

No me sería posible, sin anticiparme respecto de los desarrollos ulteriores, dar inmediatamente a esta cuestión una respuesta detallada ni de fondo. Pero lo que conviene indicar aquí, sin esperar ya más, son tres particularidades que, a partir del paso del Pensamiento, van a ir manifestándose en todas las operaciones o las producciones, sean cuales fueren, de la Especie. La primera de estas particularidades concierne a la composición de las nuevas ramas: la otra, al sentido general de su crecimiento; la última, en fin, a sus relaciones o diferencias de conjunto con lo que había florecido anteriormente a ellos sobre el Árbol de la Vida.

a) La composición de las ramas humanas

Sea cual fuere la idea que uno se haga acerca del mecanismo interno de la Evolución, es cierto que cada grupo zoológico se rodea de una determinada envoltura psicológica. Ya lo decíamos más arriba: cada tipo de Insecto, de Ave o de Mamífero, posee sus instintos propios. Hasta ahora no se ha realizado ninguna tentativa para poner en relación uno con otro, y de manera sistemática, los dos elementos, somático y psíquico, de la Especie. Existen naturalistas que describen y clasifican las formas. Otros se especializan en los comportamientos. De hecho, la distribución de las especies se realiza de manera muy eficiente, por debajo del Hombre, por medio de criterios puramente morfológicos. Por el contrario, a partir del Hombre, aparecen ya dificultades. Todavía reina, según notamos, una extremada confusión en lo tocante a la significación y a la repartición de los grupos tan variados en que se fragmenta, a nuestros ojos, la masa humana: razas, naciones, estados, patrias, culturas, etc. En estas categorías, diversas y móviles, no se quiere percibir, dé ordinario, más que unidades heterogéneas: unas, naturales (la raza); otras, artificiales (la nación); cabalgándose de manera irregular en los diferentes planos.

¡Irregularidad desagradable e inútil, que pronto se desvanece, por poco que se quiera poner en su lugar, tanto el Interior como el Exterior de las Cosas!

Desde este punto de vista más comprehensivo, por mixta que pueda parecer, la composición del grupo y de las ramas humanas no es irreductible a las reglas generales de la Biología. Pero, por exageración de una variable que resulta desdeñable en los animales, lo que hace simplemente es que aparezca la trama esencialmente doble de estas leyes, para no decir, por el contrario (si el Soma está tejido por la Psiquis), la unidad fundamental. No excepción, sino generalización. Imposible dudar de ello. En el mundo convertido en humano, es siempre la ramificación zoológica la que, a pesar de las apariencias y de la complejidad, se prolonga, y opera siguiendo el mismo mecanismo de antes. Sólo a consecuencia de la cantidad de energía interior liberada por la reflexión, la operación tiende entonces a emerger de los órganos materiales para formularse también, o incluso sobre todo, en espíritu. El psiquismo espontáneo no es ya sólo una aureola de lo somático. Se convierte en una parte apreciable, y aun principal, del fenómeno. Y dado que las variaciones del alma son mucho más ricas y matizadas que las alteraciones orgánicas, con frecuencia imperceptibles, que las acompañan, es muy fácil que la sola inspección de los huesos y de los tegumentos no pueda llegar a seguir, a explicar, a catalogar los progresos de la diferenciación zoológica total. He aquí la situación. Y he aquí también su remedio. Para desentrañar la estructura de un phylum pensante, la anatomía resulta insuficiente: es que ahora pide doblarse de psicología.

Complicación laboriosa, sin duda: dado que ninguna clasificación satisfactoria del «género» humano podría establecerse, según vemos, sino por el juego combinado de dos variables parcialmente independientes. Sin embargo, complicación profunda bajo dos aspectos diferentes.

Por una parte, el precio de este obstáculo, el orden, la homogeneidad, es decir, la verdad, entran en nuestras perspectivas de la Vida, extendidas al Hombre; y dado que se descubre, correlativamente, en nosotros el valor orgánico de toda construcción social, nos sentimos ya mejor dispuestos a considerar a ésta como un objeto de Ciencia y, por tanto, a respetarla.

Por una parte, por el hecho mismo de que las fibras del phylum humano se muestran rodeadas de su vaina psíquica, empezamos a comprender el extraordinario poder de aglutinación y de coalescencia que presentan. Y henos aquí, simultáneamente, en la senda de un descubrimiento fundamental, en el cual acabará por culminar nuestro estudio del Fenómeno humano: la Convergencia del Espíritu.

b) EL sentido general de crecimiento

Mientras nuestras perspectivas sobre la naturaleza psíquica de la evolución biológica podían sólo apoyarse en el examen de las líneas animales y de su sistema nervioso, el sentido de esta Evolución se hacía forzosamente tan vago para nuestro conocimiento como el alma misma de estos hermanos lejanos. La consciencia asciende a través de los seres vivientes: es todo cuanto podemos decir. Pero desde el instante en que, franqueando el umbral del Pensamiento, la Vida no solamente accede al estadio en que nos hallamos nosotros mismos, sino que empieza a desbordar, francamente, por sus actividades libres, por encima de los límites por donde la canalizaban entonces las exigencias de la Fisiología, sus progresos se hacen más fáciles de descifrar. El mensaje está mejor escrito, y por ello lo podemos leer mejor, toda vez que nos reconocemos en él. Más arriba, al observar el Árbol de la Vida, notábamos este carácter fundamental de que, a lo largo de cada rama zoológica, los cerebros aumentaban y se diferenciaban. Para definir la prolongación y el equivalente de esta ley, por encima del paso de la reflexión, nos bastará ahora decir: «Al seguirse cada línea antropológica, es lo Humano lo que se busca y engrandece.

Evocábamos de paso, no hace más que un momento, la imagen del grupo humano en su incomparable complejidad: estas razas, estas naciones, estos Estados, cuya mezcolanza desafía la sagacidad de los anatomistas y de la Etnología. Tantas rayas en el espectro no hacen más que desalentarnos en nuestro análisis. Intentemos más bien percibir aquello que, considerado en su conjunto, representa esta multiplicidad. Y entonces ya no veremos, en su turbador conjunto, más que un amontonamiento de lentejuelas que se transmiten por reflexión la misma luz. Centenares o millares de facetas, pero expresando cada una de ellas, desde un ángulo diferente, una realidad que se busca por entre un mundo de formas tanteantes. No nos extrañamos (dado que ello nos ocurre), al ver desarrollarse, en cada persona a nuestro alrededor, de año en año, la chispa de la reflexión. Aunque sea de una manera confusa, todos tenemos también conciencia de que algo cambia en nuestra atmósfera en el curso de la Historia.

¿Cómo se explica que al colocar una tras otra las dos evidencias, y al rectificar al mismo tiempo determinados puntos de vista excesivos sobre la naturaleza puramente «germinal» y pasiva de la herencia, no seamos más sensibles a la presencia de un algo mayor que nosotros mismos, puesto en marcha en el corazón de nosotros mismos?…

Hasta el nivel del Pensamiento, un problema podía planteársele a la Ciencia de la Naturaleza: el del valor y de la transmisión evolutivos de los caracteres adquiridos. Por lo que se refiere a esta cuestión, ya sabemos que la Biología tendía y tiende todavía a mostrarse evasiva y escéptica. Y quizá, después de todo, por lo que se refiere a las zonas fijas del cuerpo, en las cuales quisiera confinarse, tenga razón. Pero ¿qué es lo que ocurre si damos al psiquismo su lugar legítimo en la integridad de los organismos vivientes? Inmediatamente, la actividad individual del soma reemprende sus derechos respecto de la pretendida independencia del «germen» filético. Ya en los Insectos, por ejemplo, o en el Castor, aprehendíamos de manera flagrante la existencia de instintos formados e incluso fijados por herencia, bajo el juego de las espontaneidades animales. A partir de la reflexión, la realidad del mecanismo se hace no sólo manifiesta, sino preponderante. Bajo el esfuerzo libre e ingenioso de las inteligencias que van sucediéndose, algo (incluso en ausencia de cualquier variación mensurable del cráneo y del cerebro) se acumula con toda evidencia irreversiblemente, y se transmite, por lo menos colectivamente, por la educación, a través de las épocas. Volveremos sobre ello más adelante. Ahora bien: este «algo», sea construcción de materia o construcción de belleza, sistemas de pensamiento o sistemas de acción, acaban siempre por traducirse en un aumento de consciencia, no siendo ésta, tal como lo sabemos ahora, más que la sustancia y la sangre de la Vida en evolución.

¿Y qué es esto, sino decir que, por encima del fenómeno particular que es el acceso a la reflexión, existe también un motivo para la Ciencia de reconocer un fenómeno, todavía de naturaleza reflexiva, pero ahora con una extensión humana total? Aquí, como por todas partes en el Universo, el Todo se manifiesta como mayor que la suma simple de los elementos de que está formado. No; el individuo no agota en sí las posibilidades vitales de su raza. Pero, siguiendo cada uno de los hilos que reconoce la Antropología y la Sociología, se establece y se propaga una corriente hereditaria y colectiva de reflexión: el advenimiento de la Humanidad a través de los Hombres; la emergencia, por la filogenia humana, de la rama humana.

c) Relaciones y diferencias

Una vez visto y admitido esto, ¿bajo qué forma hemos de esperar ver surgir esta rama humana? Por el hecho de ser pensante, ¿va a romper esta rama las fibras que la atan al pasado y en la cumbre de la Rama vertebrada va a desarrollarse a partir de elementos y en un plan enteramente nuevos, como si se tratara de algún neoplasma? Imaginar tal ruptura sería, una vez más, desconocer y subestimar, al propio tiempo que nuestra «grandeza», la unidad orgánica del Mundo y los métodos de la Evolución. En una flor, las piezas del cáliz, los sépalos, los pétalos, los estambres, el pistilo, no son hojas. Seguramente nunca fueron hojas. Pero llevan en sí, reconocibles en sus soportes y en su textura, todo cuanto hubiera dado una hoja, si no hubieran estado formadas bajo una influencia y con un destino nuevo. De manera semejante, en la inflorescencia humana, se vuelven a hallar transformados y en vías de transformación los vasos, las ordenaciones y la savia misma del tallo sobre el que nació esta inflorescencia; no sólo la estructura individual de los órganos y de las ramificaciones interiores de la especie, sino las tendencias mismas del alma» y sus comportamientos.

Australopithecus afarensis

En el Hombre, considerado como grupo zoológico, se prolongan a la vez: el atractivo sexual con las leyes de la reproducción, la tendencia a la lucha por la vida con sus competencias, la necesidad de alimentarse con el gusto de aprehender y de devorar, la curiosidad de ver en el placer de la investigación y el atractivo de acercarse unos a otros para vivir reunidos… Cada una de estas fibras atraviesa a cada uno de nosotros, viniendo de más abajo y ascendiendo hasta más arriba que nosotros mismos, de tal manera que para cada una de ellas podría reconstruirse una historia (¡y no precisamente la menos verdadera!) de toda. la Evolución; evolución del amor, evolución de la guerra, evolución de la investigación, evolución del sentido social… Pero cada una, asimismo, precisamente por el hecho de ser evolutiva, se metamorfosea al pasó de la reflexión. Y desde allí vuelve a partir enriquecida de posibilidades, de colores y de fecundidades nuevas. En un sentido, la misma cosa. Pero también otra cosa completamente distinta. La figura que se transforma al cambiar de espacio y de dimensiones… La discontinuidad, otra vez, solee lo continuo La mutación sobre la evolución.

En esta desviación dúctil, en esta armónica refundición que transfigura el haz completo, externo e interno, de los antecedentes vitales, ¿cómo no encontrar una preciosa confirmación de todo cuanto habríamos ya adivinado? Cuando un objeto empieza a crecer por algo accesorio a sí mismo, se desequilibra y se hace disforme. Para mantenerse simétrico y bello, un cuerpo debe modificarse por entero ala vez, siguiendo alguno de sus ejes principales. Por lo que se refiere al phylum sobre el cual aparece, la Reflexión conserva, modificándolas, todas sus líneas. Es que no representa la excrecencia fortuita de una energía parásita. El Hombre no progresa sino elaborando lentamente, a través de las edades, la esencia y la totalidad de un Universo que se depositó en él.

A este gran proceso de sublimación conviene aplicar, con toda su fuerza, el término de Hominización. La Hominización, que es, en primer lugar, si así se quiere, el salto individual, instantáneo, del instinto al Pensamiento. Pero una Hominización que es también, en un sentido más amplio, la espiritualización filética, progresiva, en la Civilización humana, de todas las fuerzas contenidas en la Animalidad.

Henos aquí conducidos ahora, después de haber considerado al Elemento, después de haber analizado la Especie, a contemplar la Tierra en su totalidad.

 

C) EL PASO TERRESTRE PLANETARIO. LA NOOSFERA

Observado en relación con el conjunto de todos los verticilos vivos, el phylum humano no es un phylum como los demás. Mas como la Ortogénesis especifica de los Primates (la que les empuja hacia una cerebralidad creciente) coincide con la Ortogénesis axial de la Materia organizada (la que empuja a todos los seres vivos a una consciencia más alta), el Hombre, aparecido en el corazón de los Primates, surge en la flecha de la Evolución zoológica. Se recordará que nuestras consideraciones sobre el estado del Mundo plioceno culminaban en esta comprobación.

¿Qué valor privilegiado va a conferir esta situación única al paso de la Reflexión?

Es fácil descubrirlo.

«El cambio de estado biológico conducente al despertar del Pensamiento no corresponde simplemente a un punto critico traspasado por el individuo o incluso por la Especie. Más amplio que eso, afecta a la Vida misma en su totalidad orgánica y, por consiguiente, marca una transformación que afecta al estado del planeta entero.

Esta es la evidencia que, nacida de todas las demás evidencias que se han adicionada y entrelazado poco a poco, en el curso de nuestra encuesta, se impone irresistiblemente a nuestra lógica y a nuestros ojos.

No hablamos cesado de seguir, desde los flotantes contornos de la Tierra juvenil, los estadios sucesivos de un mismo gran negocio. Bajo las pulsaciones de la Geoquímica, de la Geotécnica, de la Geobiología, un solo y único proceso de fondo, siempre reconocible: aquel que, después de haberse materializado en las primeras células, se prolongaba en la edificación de los sistemas nerviosos. La Geogénesis -decíamos- emigrando hacia una Biogénesis, que no es finalmente otra cosa que una Psicogénesis.

Antes y durante la crisis de la Reflexión se descubre nada menos que el término siguiente de la serie. La Psicogénesis nos había conducido hasta el Hombre. Y ahora se borra, barrida, absorbida por una función más elevada en primer lugar, el alumbramiento, y más tarde, todos los desarrollos del Espíritu, la Noogénesis. El Mundo entero ha avanzado un paso en el momento en que, por vez primera en un ser vivo, el instinto se ha visto en el espejo de sí mismo.

Pon lo que se refiere alas elecciones y a las responsabilidades de nuestra acción, las consecuencias de este descubrimiento son enormes. Volveremos a ello más adelante. Para nuestra inteligencia de la Tierra son decisivas.

Los geólogos, desde hace mucho tiempo, están de acuerdo en admitir la disposición zonal de nuestro planeta. Ya hemos mencionado la Barisfera, metálica y central, rodeada por su Litosfera rocosa, envuelta ella misma por las capas fluidas de la Hidrosfera y de la Atmósfera. A estas cuatro superficies encajonadas, la Ciencia se ha habituado con razón, desde Suess, a añadirles la membrana viviente formada por el fieltro vegetal y animal del Globo: la Biosfera, tan a menudo nombrada en estas páginas; la Biosfera, envoltura tan claramente universal como las demás «esferas», e incluso mucho más claramente individualizada que ellas, dado que, en lugar de representar una agrupación más o menos laxa, forma una sola pieza, el tejido mismo, que, una vez desplegado y elevado, dibuja el Árbol de la Vida.

Por haber reconocido y aislado en la historia de la Evolución, la nueva era de una Noogénesis, henos aquí forzados correlativamente a distinguir, dentro del majestuoso ajuste de las hojas telúricas, un soporte adecuado a la operación: es decir, una membrana más. Alrededor de la chispa de las primeras conciencias reflexivas, los progresos de un círculo de fuego. El punto de ignición se ha ampliado. El fuego avanza paulatinamente. Finalmente, la incandescencia cubre el planeta entero. Una sola interpretación, un solo nombre, están a la altura de este gran fenómeno. Precisamente tan extensiva, pero todavía mucho más coherente, como veremos, que todas las capas precedentes, es verdaderamente una nueva capa, la «capa pensante», la cual, después de haber germinado al final del Terciario, se instala, desde entonces, por encima del mundo de las Plantas y de los Animales; fuera y par encima de la Biosfera, una Noosfera.

Aquí estalla la desproporción que falsea a toda la clasificación del mundo viviente (e indirectamente, a toda construcción del mundo físico), en el cual el Hombre no figura lógicamente más que como un género o una familia nueva. ¡Error de perspectiva que desfigura y descorona al Fenómeno universal! No es suficiente abrir en el cuadro de la Sistemática una sección suplementaria con el objeto de dar al Hombre su verdadero lugar ni tan sólo un orden, incluso ni una Rama de más… Por el hecho de la Hominización, y a despecho de las insignificancias del salto anatómico, empieza una Edad nueva. La Tierra cambia su piel. Mejor aún, encuentra su alma. 

Como consecuencia, colocado dentro de las cosas en sus dimensiones verdaderas, el paso histórico de la Reflexión es mucho más importante que cualquier corte zoológico, aunque fuera el que marca el origen de los Tetrápodos o el de los mismos Metazoos. De entre los escalones sucesivos franqueados por la Evolución, el nacimiento del Pensamiento sigue de manera directa, y no es comparable, en orden de magnitud, más que a la condensación del quimismo terrestre o a la aparición misma de la Vida.

La paradoja humana se resuelve haciéndose precisamente desmesurada.

Esta perspectiva, a pesar del relieve y la armonía que concede a las cosas, nos desconcierta a primera vista por el hecho de contradecir la ilusión y las costumbres que nos inclinan a medir los acontecimientos por su cara material. Se nos presenta también desmesurada por el hecho de que, anegados nosotros mismos en lo humano, como un pez en el mar, nos es difícil emerger de él por medio del espíritu y apreciar su especificidad y su magnitud. Pero observemos un poco mejor a nuestro alrededor: este súbito diluvio de cerebralidad, esta invasión biológica de un tipo animal nuevo que elimina o esclaviza gradualmente a toda forma de vida que no sea la humana, esta marea irresistible de campos y de oficinas, este inmenso edificio creciente de materia y de ideas… Todos estos signos que estamos contemplando, durante tanto tiempo, sin intentar comprenderlo, ¿nonos gritan claramente que algo ha cambiado «planetariamente» sobre la Tierra?

En verdad que, para un geólogo imaginario que viniera mucho más tarde a inspeccionar nuestro globo fosilizado, la más sorprendente de las revoluciones experimentadas por la Tierra se colocada sin equivoco al comienzo de este período, que se ha llamado de manera tan justa el Psicozoico. Y al propio tiempo, para un marciano capaz de analizar tanto psíquica como físicamente las radiaciones siderales, la primera característica de nuestro planeta sería ciertamente la de aparecerle no ya azulado por sus mares, o verdeante por sus bosques, sino fosforescente de Pensamiento.

Aquello que pueda existir de más revelador para nuestra Ciencia moderna es el percibir que todo lo precioso, todo lo activo y todo lo progresivo contenido originalmente en el fragmento cósmico del que nació nuestro mundo, se halla actualmente concentrado en la «corona» de una Noosfera.

Y lo que aparece como supremamente instructivo (si es que sabemos ver) en esta Noosfera es el verificar de qué manera tan sensible, a fuerza de ser universal y largamente preparado, se ha producido el grandioso acontecimiento que presenta su nacimiento.

El Hombre entró en el mundo sin ruido…

 

Campamento Neanderthal

 

2. LAS FORMAS ORIGINARIAS

El Hombre entró sin ruido…

Desde que hace ya alrededor de un siglo se planteó el problema científico de los Orígenes humanos; desde que hace un siglo un equipo, cada vez mayor, de investigadores se esfuerza por explorar el Pasado en el punto inicial de la hominización, no puedo, en efecto, hallar otra fórmula más expresiva que la frase arriba indicada para resumir con ella los descubrimientos de la Prehistoria. Cuanto más se multiplican los hallazgos de fósiles humanos, cuanto más se esclarecen sus caracteres anatómicos y su sucesión geológica, más se hace evidente que, por obra de una convergencia incesante de todos los indicios y de todas las pruebas, la «especie» humana, por única que sea, de acuerdo con el estadio entitativo al que le llevó la Reflexión, nada quebrantó en la Naturaleza en el momento de su aparición. Ya sea, en efecto, que la contemplemos en su ambiente -que la consideremos en cuanto a la morfología de su tallo-, que la inspeccionemos en la estructura global de su grupo, ella ha emergido filéticamente ante nuestras ojos, exactamente como otra especie cualquiera.

Par su ambiente, en primer lugar. Una forma animal cualquiera, y esto lo sabemos gracias a la Paleontología, nunca aparece sola, sino que se dibuja en el interior de un verticilo de formas vecinas, por entre las cuales toma cuerpo como por tanteo. Así debió de suceder en el caso del Hombre. En la naturaleza actual, el Hombre, considerado desde el punto de vista zoológico, es casi un solitario. Pero en su cuna se hallaba mucho más acompañado. No podemos ya dudar de ello ahora: sobre un área bien definida, aunque inmensa, que desde el África meridional se extiende hacia la China del Sur y a Malasia, en las rocas y en los bosques, los Antropoides eran, hacia finales del Terciario, mucho más abundantes que lo son actualmente. Además del Gorila, del Chimpancé y del Orangután, hoy confinados en sus últimos refugios, como en la actualidad los Australianos y los Negrillos, vivía entonces una población de otros grandes Primates. Y entre estas formas, los Australopitecos de África, por ejemplo, parecen haber sido mucho más hominoides de todo cuanto conocemos del mundo viviente de entonces.

Por la morfología de su tallo, en segundo lugar. Con la multiplicación de las «formas humanas», lo que descubre para el naturalista el origen de una rama viva es una cierta convergencia del eje de esta rama con los ejes de las ramas vecinas. En las cercanías de un nudo, las hojas se aproximan unas a otras. Una especie sorprendida al estado naciente no solamente forma un «bouquet» con muchas otras, sino que refleja, todavía mejor que llegada a su estado adulto, su parentesco con aquellas otras. Cuanto más va siguiéndose hacia abajo, en el Pasado, una línea animal, tanto más se hacen numerosos y claros en ella misma los caracteres «primitivos». El Hombre, en estos momentos, obedece todavía, en su conjunto, al mecanismo habitual de la Filética. Intentad, por ejemplo, ordenar, en una serie descendente, el Pitecántropo y el Sinántropo, después los Neandertaloides, por debajo del Hombre actual. La Palentología no consigue, a menudo, realizar una alineación tan satisfactoria.

Por la estructura de su grupo, finalmente. Por definido que llegue a ser, por sus caracteres, un phylum, nunca se sorprende en su estadio simple, como si se tratara de una radicación pura. Por el contrario, hacia lo más profundo que podamos seguirle, manifiesta ya una interna tendencia a la escisión, a la dispersión. Esto lo saben todos los naturalistas. Ahora bien: una vez visto esto, volvámonos por última vez hacia el Hombre; el Hombre, cuya Prehistoria, incluso la más antigua, no hace más que analizar, y aun probar, la congénita aptitud a ramificarse. ¿Puede ser discutido el hecho de que, dentro del abanico de los Antropoides, el Hombre se hubiera aislado, al estar sometido por ello a las leyes de cualquier materia animada, como si se tratara él mismo de un abanico?

Así, pues, yo no exageraba lo más mínimo. Cuanto más sondea la Ciencia el Pasado de nuestra Humanidad, tanto más ésta, como tal especie, se muestra conforme a las reglas y al ritmo que marcaba, antes que ella, toda nueva floración en el Árbol de la Vida. Sin embargo, en este caso, no es necesario, lógicamente, ir hasta el final, realizar un último paso. Precisamente por el hecho de ser tan semejante, en su origen, a todos los demás phylum, dejamos de extrañarnos si, tal como ocurre con el resto de los demás conjuntos vivientes, el Hombre-especie escapa a nuestra Ciencia por causa de los frágiles secretos de sus orígenes más primitivos; y guardémonos, por ello, de buscar, a base de cuestiones mal enfocadas, forzar y falsear esta condición tan natural.

El Hombre entró sin ruido, dije ya. De hecho, se desarrolló tan suavemente que, cuando traicionado por los instrumentos pétreos indelebles que van multiplicando ante nosotros su presencia, empezamos a percibirlo, ya desde el Cabo de Buena Esperanza hasta Pekín, cubre ya el viejo mundo. De manera cierta, habla y vive ya en grupos. Después de todo, ¿no era esto precisamente lo que debíamos esperar? Cuando una nueva forma viviente se eleva a nuestros ojos desde las profundidades de la Historia, ¿no sabemos ya que aparece totalmente realizada y que constituye legión?

Desde el punto de vista de la Ciencia, pues, que, desde lejos, no puede aprehender más que los conjuntos, el «primer hombre» es ya y no puede ser otra cosa que una multitud y su juventud se desarrolló durante miles y miles de años.

Resulta fatal que esta situación nos decepcione y deje insatisfecha nuestra curiosidad. ¿Y no es precisamente lo que pudo ocurrir de manera precisa, en el curso de estos primeros mil años, lo que más nos preocupa? ¿Y aun quizá más de lo que pudo ser el primer instante? En el mismo borde de la zanja, recién franqueada, de la Reflexión, quisiéramos saber cuál pudo ser el aspecto exterior de nuestros primeros padres. Sin embargo, el salto debió de producirse de un solo paso. Imaginemos ahora fotografiado, de fragmento a fragmento, el Pasado: en este instante crítico de la primera hominización, ¿qué es lo que veríamos desarrollarse sobre nuestro film al revelarlo?

Si de verdad nos hemos dado cuenta de los límites de aumento impuestos por la Naturaleza al instrumento que nos ayuda a escrutar el cielo del Pasado, sabremos renunciar a estos deseos inútiles, y ya veremos el porqué. Ninguna fotografía podría registrar, sobre el phylum humano, este tránsito a la reflexión que en tan buena ley nos intriga, y ello por la simple razón de que el fenómeno se ha operado en el interior de lo que siempre falta en un phylum reconstruido por nosotros: el pedúnculo de sus formas originarias.

Pero, por lo menos, si es verdad que sus formas tangibles se nos escapan, ¿podríamos indirectamente conjeturar acerca de la complejidad y estructura inicial de este pedúnculo? La Paleontología no se halla todavía segura respecto de estos puntos. Sin embargo, resulta posible intentar establecer una opinión al respecto.

Entre los antropólogos, muchos de ellos, y no precisamente la minoría, piensan que el pedúnculo de nuestra Raza hubo de componerse de varios haces emparentados, pero distintos. De la misma manera que una idéntica idea puede surgir en diversos puntos a la vez, sobre el medio humano, llegado ya a un determinado grado de preparación y de tensión, creen también que por encima de la «capa antropoide», el Hombre debió (y éste sería, de hecho, el mecanismo de cualquier vida) de originarse, simultáneamente, en diversas regiones. Ya no «polifiletismo», propiamente dicho, dado que los diversos puntos de germinación se hallarían localizados sobre la misma hoja zoológica, sino mutación extensiva de la hoja entera. «Hologénesis», y, por tanto, polieentrismo. Toda una serie de puntos de hominización diseminados a lo largo de una zona subtropical de la Tierra, y, por consiguiente, diversas líneas humanas que se soldarían genéticamente en algún lugar por encima de la Reflexión. No ya un foco, sino «un frente» de evolución.

Aun sin discutir el valor y las probabilidades científicas de esta perspectiva, me siento personalmente atraído hacia una hipótesis de diferente matiz. En diversas ocasiones he insistido ya sobre esta curiosa particularidad que presentan las razas zoológicas de integrar, fijados en ellos mismos a la manera de caracteres esenciales, determinados trazos de origen claramente particular y accidental: los dientes trituberculados y las siete vértebras cervicales de los Mamíferos superiores, la tetrapodia de los Vertebrados corredores; el poder rotarlo, en sentido único, de las sustancias organizadas. Precisamente por el hecho de que estos caracteres sean secundarios y accidentales, a veces inmensos, no se explicaría de manera clara si estos grupos no se hubieran expansionado a partir de un brote altamente particularizado, y, por tanto, extremadamente localizado. Quizá no sea necesario más que un simple radio en un verticilo para soportar en su origen a una Capa, o incluso a una Rama, o aun a la Vida entera. O, en todo caso, si es que ha jugado alguna convergencia, ésta no puede haber ocurrido más que entre fibras extremadamente vecinas.

Bajo la influencia de estas consideraciones y, sobre todo, en el caso de un grupo tan homogéneo y especializado como el que nos ocupa, yo me inclinaría a reducir, tanto como fuera posible, los efectos de paralelismo en la formación inicial de la raza humana. A mi manera de ver, y sobre el verticilo de los Primates superiores, no debió de desplegar sus fibras acá y acullá, hebra por hebra, sobre todos los radios. Por el contrario, y de una manera más marcada aún que en cualquier otra especie, representa de una forma clara -pienso yo- el espesamiento y el éxito de un tallo entre todos los tallos, siendo este tallo el más central de la gavilla, por el hecho de ser el más vivaz y, aparte de su cerebro, el menos especializado. Todas las líneas humanas, en este caso, se reunirían, genéticamente, hacia abajo, en el punto mismo de la Reflexión.

Después de esto, y si admitimos en los orígenes humanos la existencia, siempre marcadamente única, de un tal pedúnculo, ¿qué decir todavía (siempre sin abandonar el plan del puro fenómeno) sobre su longitud y su espesor probable?

¿Sería conveniente, tal como lo hacía Osborn, figurárnoslo como separándose muy hacia abajo, en el Eoceno o en el Oligoceno, desde un abanico de formas Preantropoides? ¿Valdría más, por el contrario, con K. W. Gregory, considerarlo como una radiación sólida, sólo desde el Plioceno, del verticilo antropoide?…

Y aún otro problema, siempre el mismo: siempre desde el punto de vista estrictamente fenomenológico, ¿qué diámetro mínimo de posibilidad biológica debemos atribuir a este radio (tanto si es profundo como si no lo es), al considerarlo en su punto inicial de hominización? Para que pueda haber «mutado», resistir y vivir, ¿cuántos individuos, por lo menos (en orden de magnitud) han debido experimentar simultáneamente la metamorfosis de la Reflexión?… Por mucho que se considere monofilética a una especie determinada, ¿no se dibuja siempre como una corriente difusa en el seno de un río, por efecto de masas? O, por el contrario, ¿se propaga quizá como la cristalización, a partir de algunas parcelas, por efecto de unidades?… Ya lo dije al esbozar la teoría de los phyla. Ambos símbolos chocan todavía con nuestro espíritu (cada uno de ellos quizá parcialmente verdadero), con sus ventajas y sus atractivos respectivos. Sepamos esperar que se realice su síntesis.

Sepamos esperar. Y para no impacientarnos, vamos a recordar las dos cuestiones que siguen.

La primera es que, con toda hipótesis y por solitario que haya aparecido, el Hombre emergió de un tanteo general de la Tierra. Nació, en línea directa, de un esfuerzo total de la Vida. He aquí la dignidad supraeminente y el valor axial de nuestra Especie. No nos es necesario, en el fondo, saber nada más como satisfacción de nuestra inteligencia y para las exigencias de nuestra acción.

Y la segunda es que, por fascinante que sea, el problema de los orígenes no resolvería el problema humano, ni aun cuando aquél quedara resuelto en sus detalles. Tenemos perfectamente derecho a considerar el descubrimiento de los hombres fósiles como una de las vías más iluminadoras y más críticas de la Investigación moderna. No convendría, sin embargo, ilusionarnos, en cuanto a esto, acerca de los límites que tiene, en todos los dominios, esta forma de análisis que es la Embriogénesis. Si en su estructura todo embrión es frágil, fugaz y, como consecuencia, prácticamente inaprehensible en el Pasado, ¡cuánto más equívoco e indescifrable resulta ser en sus características! Los seres se manifiestan plenamente, no en sus gérmenes, sino en su despliegue. Considerados en su manantial, los mayores ríos no son más que pequeños arroyuelos.

Para comprender la grandeza verdaderamente cósmica del Fenómeno humano era necesario que siguiéramos sus raíces, a través de la Vida, hasta las envolturas de la Tierra sobre sí misma. Pero si queremos comprender la naturaleza específica y el secreto del Hombre, no poseemos para ello otro método que el de observar aquello que la Reflexión ha dado ya y, todavía más, lo que ella anuncia hacia adelante.

Fig. 4. Figura esquemática que simboliza el desarrollo de la Capa humana. Las cifras de la izquierda figuran millares de años. Representan un mínimum, y habría que doblarlas, por lo menos. La zona hipotética de convergencia sobre Omega (línea de puntos) no está, evidentemente, expresada a escala. Por analogía con las demás capas vivientes, su duración sería del orden de millones de años.

 

 

 

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