I CHING (Libro de las Mutaciones), traducción de Richard Wilhelm

“Para una versión del I King”

JL. Borges

 

El porvenir es tan irrevocable

Como el rígido ayer. No hay una cosa

Que no sea una letra silenciosa.

De la eterna escritura indescifrable

Cuyo libro es el tiempo. Quien se aleja

De su casa ya ha vuelto. Nuestra vida

Es la senda futura y recorrida

El rigor ha tejido la madeja

No te arredres. La ergástula es oscura,

La firme trama es de incesante hierro

Pero en algún recodo de tu encierro

Puede haber una luz, una hendidura

El camino es fatal como la flecha

Pero en las grietas está Dios, que acecha

***

 

SUMARIO:

[1] RICHARD WILHELM “I CHING, el Libro de las Mutaciones”

[2] EL CALDERO. Fragmentos del prólogo de C.G.Jung del I.Ching

[3] Borges, Jung y el I Ching

[4] Libro de las Mutaciones (descarga)

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[1] RICHARD WILHELM “I CHING, el Libro de las Mutaciones”

 
 
 
I CHING El Libro de las Mutaciones -Richard Wilhelm-

 

Este libro es probablemente la traducción más erudita y fiable que se  ha hecho nunca del I Ching, o Libro de las Mutaciones, a una lengua occidental. El I Ching, considerado  el libro más antiguo que se conserva, fue redactado y completado a lo largo del tiempo originalmente en su lengua vernácula, el chino. La particular complejidad del chino tradicional respecto de los idiomas europeos junto con la propia naturaleza del texto del I Ching añaden un extraordinario mérito a la obra de Richard Wilhelm.

El Libro de las Mutaciones original básicamente se compone, por una parte, de un texto práctico que se puede usar como método adivinatorio o para la contemplación y meditación; el contenido de esta parte consiste en una simbología determinada, los hexagramas, que a su vez proceden de la combinación de otros símbolos o caracteres menores. A esto se añade una descripción arquetípica de dichos símbolos, ya que se pueden considerar como patrones esenciales relacionados con fenómenos de la Naturaleza y la vida.  La otra parte del Libro, mucho más extensa, incluye el desarrollo teórico de la parte oracular con explicaciones, comentarios y anotaciones que conforman un texto sapiencial de contenido moral y filosófico en base a la espiritualidad entendida a través de la visión oriental.

Estas dos partes son complementarias hasta el punto que no se entendería la una sin la otra, y la lectura, aplicación e interpretación del I Ching en su totalidad es ilimitada y universal, basada en la lógica matemática pero sólo bien entendible mediante la intuición. Por otro lado, no cabe duda de que se trata también de un libro poético, con la dificultad que esto supone a la hora de enfocar cualquier traducción. La versión de Wilhelm destila esta cualidad poética e incita a las asociaciones universales.

Hablemos del autor: Richard Wilhelm, nacido en Stuttgart (Alemania) en mayo de 1873, fue un hombre de sincera naturaleza espiritual, desde muy joven admirador de Goethe. Orientó sus estudios a la teología, y en 1895 sería ordenado pastor protestante. Estuvo a cargo de una parroquia local hasta que su espíritu aventurero e  idealista le llevó a unirse al grupo de misioneros alemanes que operaba en Tsingtao, ciudad portuaria situada al noreste de China y por aquel entonces colonia alemana. Wilhelm llegaría allí en 1899.

Prácticamente desde que iniciara su estancia en China, Wilhelm comenzó a estudiar el idioma nativo del país; hacia 1905 comenzaría su primera traducción de un libro chino al idioma alemán. A la vez sentía gran atracción por la cultura china y en particular por los textos religiosos. Fue profundamente influenciado por la visión espiritual china, de tal manera que habiendo ido en calidad de misionero a propagar su propia religión se podría decir que fue el quien fue absorbido y convertido a la religiosidad local. Probablemente entonces ya era consciente del papel que debía asumir como puente o enlace entre la cultura oriental y la occidental.

En 1911 tendría lugar la Primera Revolución china, la rebelión contra la última dinastía que llevó al establecimiento de la República China. Este acontecimiento provocó la huída de muchos ciudadanos chinos a los asentamientos o colonias occidentales, los cuales proliferaban por aquel entonces en diversos puntos de China como el mencionado alemán en la ciudad de Tsingtao. Quiso el destino que un maestro chino de la vieja escuela llamado Lao Nai Hsuan llegara de esta manera y fuera conocido por Richard Wilhelm; este le llegaría a respetar y tratar como su maestro personal. Las credenciales de Lao Nai Hsuan eran importantes: era un erudito maestro chino tanto cultural como espiritualmente, buen conocedor de la tradición, el yoga y la psicología taoísta y experto en el I Ching. Parece ser que incluso estaba emparentado por lazos de sangre familiares con el mismo Confucio. Lao Nai Hsuan, además de ser uno de los últimos maestros versados en el saber antiguo y tradicional chino, era un defensor de la apertura de la cultura china hacia el exterior y creía que se debía acabar con el aislamiento de China en ese aspecto. Así pues, en 1913 maestro y discípulo comenzarían el monumental trabajo de traducción del I Ching al alemán. Paralelamente Lao Nai Hsuan crearía una nueva edición china del Libro de los Cambios.

El maestro chino moriría en 1921, y Wilhelm continuó la labor hasta que en 1923 el trabajo estuvo acabado. Al año siguiente volvió a Alemania, donde se dedicó a promover la cultura china a través de la enseñanza hasta su muerte en marzo de 1930. Al principio le fue difícil encontrar aceptación en una Europa en la que por aquel entonces predominaban el nacionalismo y el chauvinismo,  pero obtuvo cierto éxito sobre todo gracias al apoyo del que llegaría a ser gran amigo suyo, el psicólogo Carl G. Jung. Finalmente, las traducciones de Wilhelm fueron editadas y captarían la atención de otros ilustres de la época como Hermann Hesse.

Jung reconoció rápidamente la importancia de la tarea de Wilhelm, haciéndose asimismo admirador incondicional del I Ching. También escribió profusamente acerca de este libro y sobre la personalidad y biografía de Richard Wilhelm. Es muy notable el prólogo que realizó a la edición del I Ching de Wilhelm de 1948. El autor Eugene Pascal, en su libro “Jung para la vida cotidiana” y en un apartado que dedica a la sincronicidad junguiana, relata una anécdota que al parecer le sucedió a Richard Wilhelm y relató éste a su vez a Jung, el cual gustaba a menudo de evocar:

Richard Wilhelm estaba pasando un tiempo en un pequeño pueblo provinciano de China, que agonizaba de hambre debido a una larga sequía. La gente sufría tremendamente y hacía constantes oraciones y rituales sin ninguna consecuencia positiva. La única cosa que quedaba por hacer era que los mayores fueran en busca de un famoso “hacedor de lluvia” que vivía en otra provincia. Wilhelm nunca había oído hablar de una profesión de esta índole y estaba impaciente por ver qué sucedería. Algunos días más tarde, el “hacedor de lluvia” llegó en un carruaje tirado por caballos. Era un viejecito, bajito y arrugado, de apariencia bastante ordinaria. Wilhelm le oyó preguntar por una cabaña privada apartada del pueblo donde pudiera permanecer sin que nadie le estorbara. Después pidió el suficiente alimento para, por lo menos, unos tres o cuatro días. En la mañana del cuarto día, los habitantes del pueblo se despertaron con un fuerte chaparrón de lluvia, al que siguió una débil nevada, un fenómeno totalmente anormal para aquel período del año.

Wilhelm estaba positivamente desconcertado y corrió a hablar con el viejo “hacedor de lluvia”, quien había salido de la cabaña y se estaba preparando para su viaje de vuelta a su provincia.
-¿Hizo usted llover?- le preguntó Wilhelm. El viejo caballero negó que él lo hubiese hecho. Wilhelm insistió en que había habido una terrible sequía hasta que el hombre llegó, después de lo cual empezó a llover e incluso a nevar. El viejo explicó entonces que en la región de donde él venía todo era como debía ser: llueve en el momento apropiado y hace sol cuando es necesario, ya que la gente que vive allí está en armonía con ellos mismos. Pero remarcó que eso no era lo que había encontrado en el pueblo que ahora visitaba. La gente estaba lejos de la armonía con el Tao  (conexión divina) e incluso fuera de sintonía con ellos mismos. Aseguró que, apenas llegar, fue inmediatamente contaminado con la baja conciencia de los habitantes del  pueblo que le habían traído de modo que se vio absolutamente forzado a permanecer solo por completo hasta que la armonía entre él y el Tao fuese restablecida. ¡Entonces naturalmente tenía que llover!”

Como se ha indicado, la primera edición del I Ching de Richard Wilhelm, en alemán,  se publicó en 1923. A esta le seguiría otra en 1948, también en alemán; en 1949 aparecería la traducción del alemán al inglés y en 1950 al idioma italiano. El libro que tratamos aquí es la traducción al español de 1977 de la obra original de Wilhelm en alemán.

Este libro está estructurado en tres partes principales, precedidas de un pequeño prefacio donde Richard Wilhelm relata a grandes rasgos el proceso de elaboración de la traducción, y una introducción también a cargo del propio Wilhelm donde alecciona al lector en la mecánica básica del I Ching tradicional. La edición de 1948 también incluye el interesante prólogo de Jung donde, entre otras cosas, menciona el concepto de sincronicidad y lo relaciona con el método acausal del oráculo del I  Ching.

La primera parte, o libro primero, consiste en la relación de los 64 hexagramas detallando la composición de cada uno, el dictamen que le asignara el rey Wen para otorgarle sentido y significación y una descripción de la imagen, el símbolo. Además finaliza el apartado dedicado a cada hexagrama con una explicación de las líneas que lo componen. En esta primera parte se proporciona el texto esencial del Libro de las Mutaciones.

La segunda parte, o libro segundo, se compone de los comentarios atribuídos a Confucio y denominados “las Diez Alas”. Estos comentarios tratan de ofrecer una explicación comprensible y detallada de la información teórica del libro primero. Ayudan a establecer un nexo entre la simbología y el contenido asociado a la misma, que tradicionalmente se ha relacionado intuitivamente. La explicaciones son sumamente minuciosas y dotan de un contexto inteligible al espíritu que envuelve el cuerpo esencial del I Ching, lo que hace que estos comentarios sean de gran utilidad. En general tratan acerca de los trigramas, los ordenamientos lineales, su composición y secuencia, definiciones de los signos para su mejor aprehensión mental, explicaciones relativas a los dictámenes y juicios y comentarios a las imágenes. También incluye esta parte una breve exposición práctica  de la mecánica del oráculo, tanto si se utilizan los tallos de milenrama como si se usan las tres monedas.

Las Diez Alas también incluyen comentarios a los signos similares a los dictámenes del rey Wen, los cuales se recogen hexagrama por hexagrama en la tercera parte del libro. Se trata de unos comentarios anexos que completan, o más bien amplían y desarrollan, la información acerca de los hexagramas contenida en la primera parte del libro.

Wilhelm atribuye las Diez Alas a Confucio, aunque en ocasiones reconoce que cabe la posibilidad de que ciertos pasajes puedan haber sido compuestos por discípulos de escuelas confucianistas. De hecho, y a la luz de descubrimientos posteriores a la época de Richard Wilhelm, se puede demostrar que al menos un libro de los que componen las Diez Alas era ya conocido antes de la época de Confucio, e incluso actualmente se supone que el resto de los textos son de elaboración bastante posterior a la época de Confucio, aunque en general respetan y mantienen la línea de pensamiento confucianista.

El I Ching de Wilhelm es a día de hoy un libro muy difundido con traducciones directas del alemán al inglés, francés e italiano, además de al español; sigue siendo atemporal y absolutamente fiable, recomendable para introducirse eficazmente en el mundo del I Ching más tradicional y arcaico y para comprender y analizar nuestra propia existencia desde un prisma distinto, sorprendente y gratamente estimulante.

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[2] EL CALDERO. Fragmentos del prólogo de C.G.Jung del I.Ching

 
 
 

El caldero, como utensilio perteneciente a una civilización refinada, sugiere el cuidado y la alimentación de hombres capaces, lo que redunda en beneficio del Estado… Vemos aquí a la cultura en el punto en que alcanza su cumbre en la religión. El caldero sirve para ofrendar el sacrificio a Dios… La suprema revelación de Dios aparece en los profetas y en los santos. Venerarlos, es auténtica veneración de Dios. La voluntad de Dios, tal como se revela a través de ellos, debe ser aceptada con humildad.”

 
“Una vasija en la que se brinda a los dioses las ofrendas sacrificiales, el alimento ritual para nutrirlos. Se concibe a sí mismo como un utensilio de culto destinado a proveer alimento espiritual a los elementos o fuerzas inconscientes (“agentes espirituales”) que han sido proyectados como dioses -en otras palabras, destinado a prestar a esas fuerzas la atención que necesitan a fin de desempeñar su papel en la vida del individuo. En verdad, este es el significado primero de la palabra religio: una cuidadosa observancia y consideración (de relegere) de lo numinoso”
 
“Muy a menudo nuestras relaciones dependen casi exclusivamente de nuestras propias actitudes, si bien podemos no tener conciencia alguna de este hecho. Ocurre así que si un individuo es inconsciente de su papel en una relación, puede que ahí se esconda una sorpresa para él; contrariamente a su expectativa, puede aparecer él mismo como el agente principal, tal como el texto lo indica a veces en forma inequívoca. También puede ocurrir que tomemos una situación demasiado en serio y la consideremos de extrema importancia, en tanto que la respuesta que obtenemos al consultar al Yi Ching dirige la atención hacia algún otro aspecto insospechado implícito en la pregunta. Casos como éste podrían hacer pensar, por lo pronto, que, que el oráculo es falaz. Se dice que Confucio recibió una sola respuesta inapropiada, a saber el hexagrama 22, Lo Agraciado, un hexagrama que en toda su extensión tiene que con lo estético. Esto nos recuerda el consejo dado a Sócrates por su daimon: “Tú deberías hacer más música”, a raíz de lo cual Sócrates empezó a tocar la flauta. Confucio y Sócrates compiten por el primer puesto en lo que se refiere a sensatez y a una actitud pedagógica frente a la vida; pero es poco probable que ninguno de los dos se ocupara de “conferir gracia a la barbita de su mentón” como lo aconseja la segunda línea de ese hexagrama. Desgraciadamente, la sensatez y la pedagogía a menudo carecen de gracia y encanto, y así es posible que, después de todo, el oráculo no se haya equivocado”
 

“El sujeto de este hexagrama es alguien que tropieza en su ascenso con toda suerte de vicisitudes, y el texto describe la forma en que debería conducirse. El Yi Ching se encuentra en la misma situación: se eleva como el sol y se da a conocer, pero es rechazado y no halla confianza: se lo ve “progresando pero apesadumbrado”. Sin embargo, “uno obtiene gran felicidad de su antepasada”. La psicología puede ayudarnos a dilucidar este pasaje oscuro. En los sueños y en los cuentos de hadas, la abuela, o antepasada, a menudo representa al inconsciente, ya que éste contiene en el hombre el componente femenino de la psiquis. Si el Yi Ching no es aceptado por la parte consciente, por lo menos el incosciente lo acepta a medias, y el Yi Ching está más estrechamente conectado con el inconsciente que con la actitud racional de la conciencia. Dado que el inconsciente a menudo aparece representado en los sueños por una figura femenina, tal puede ser la explicación en el caso presente. La persona femenina podría ser la traductora que ha brindado al libro sus cuidados maternales, y esto muy bien podría parecerle al Yi Ching una “gran felicidad”. El Yi Ching anticipa la comprensión general, pero teme ser mal usado: “Progresa como una comadreja”. Pero está atento a la advertencia:”No te tomes a pecho ganancia y pérdida”. Permanece libre de “móviles no imparciales”.”

El Yi Ching insiste de un extremo a otro de su texto en la necesidad del conocimiento de sí mismo. El método que servirá para lograrlo está expuesto a toda clase de abusos; de ahí que no esté destinado a la gente inmadura y de mente frívola; tampoco es adecuado para intelectualizantes y racionalistas. Sólo es apropiado para gentes pensantes y reflexivas a quienes les place meditar sobre lo que hacen y lo que les ocurre- predilección que no debe confundirse con el morboso y rumiante cavilar del hipocondríaco. Como he señalado más arriba, no tengo respuesta para la multitud de problemas que surgen cuando tratamos de armonizar el oráculo del Yi Ching con nuestros cánones científicos aceptados. Pero, ni falta decirlo, nada “oculto” puede deducirse por raciocinio. Mi posición en estas cuestiones es pragmática, y las grandes disciplinas que me han enseñado la utilidad práctica de este punto de vista son la psicoterapia y la psicología médica. Probablemente en ningún otro campo tenemos que habérnoslas con tantas incógnitas, y en ninguna otra parte nos acostumbramos tanto a adoptar métodos que resultan operantes aun cuando por largo tiempo acaso ignoremos por qué son operantes. Pueden darse curas inesperadas ocasionadas por terapias cuestionables, e inesperados fracasos ocasionados por métodos presuntamente seguros. En la exploración del inconsciente nos topamos con cosas sumamente extrañas, de las que el racionalista se aparta con horror, asegurando luego que no ha visto nada. La plétora irracional de la vida me ha enseñado a no descartar nada jamás, aún cuando vaya contra todas nuestras teorías (de tan breve perduración en el mejor de los casos) o bien no admita ninguna explicación inmediata. Esto, naturalmente, resulta inquietante, y uno no sabe con certeza si la brújula está apuntando bién o no; pero la seguridad, la certidumbre y la paz no conducen a descubrimientos. Lo mismo ocurre con este método chino de divinación. Es obvio que la finalidad del método es el conocimiento de sí mismo, aun cuando en todas las épocas también se lo ha usado en un sentido supersticioso”.

“Yo, por supuesto, estoy absolutamente convencido del valor del autoconocimiento, pero ¿tiene algún objeto recomendar semejante introvisión cuando los hombres más sabios a través de las edades han predicado sin éxito su necesidad? Aun para la mirada más prejuiciosa resulta obvio que este libro representa una larga exhortación a una cuidadosa indagación de nuestro propio carácter, actitud y motivaciones. Esta posición encuentra resonancia en mí y me indujo a emprender el prólogo. Antes, en una sola ocasión había manifestado algo en relación con el problema del Yi Ching: fue en un discurso conmemorativo en homenaje a Richard Wilhelm. Fuera de esto, he mantenido un discreto silencio. No es nada fácil percibir cuál es nuestro propio camino para penetrar en una mentalidad tan remota y misteriosa como la que subyace en el Yi Ching. No se puede dejar de lado sin más a espíritus tan grandes como Confucio y Lao Tse, por poco que uno sea capaz de apreciar la calidad del pensamiento que ellos representan; mucho menos es posible pasar por alto el hecho de que el Yi Ching constituyó para ambos su fuente principal de inspiración. Sé que anteriormente no me hubiera atrevido a expresarme en forma tan explícita sobre una cuestión tan incierta. Puedo correr el riesgo porque estoy ahora en mi octava década y las cambiantes opiniones de los hombres ya apenas me impresionan; los pensamientos de los viejos maestros tienen para mí mayor valor que los prejuicios filosóficos de la mente occidental”.

 

“Sometí dos preguntas al método de azar representado por el oráculo de las monedas; la segunda de ellas, después de haber escrito mi análisis de la respuesta a la primera. La primera pregunta estuvo dirgida, por así decir, al Yi Ching: ¿qué tenía que decir sobre mi propia acción, es decir sobre la situación en que yo era la persona actuante, la situación descrita por el primer hexagrama que obtuve? A la primera pregunta el Yi Ching respondió comparándose con un calderouna vasija ritual que requiere una renovación, una vasija que solo contaba con una dudosa atención por parte del público. La respuesta a la segunda pregunta fué que yo había caído en una situación dificil, ya que el Yi Ching, representaba un foso profundo y peligroso lleno de agua, en el que uno podía fácilmente atascarse en el fango. Sin embargo, resultó que el foso era un viejo pozo que solo requería ser renovado para que se lo pudiera usar nuevamente con fines útiles.

Estos cuatro hexagramas tienen unidad temática en lo fundamental (vasija, foso, pozo) y, en lo que concierne a su contenido intelectual, parecen tener sentido. Si un ser humano hubiese dado tales respuestas, yo, como psiquiatra, habría tenido que declararlo mentalmente sano, por lo menos sobre la base del material presentado. Por cierto que no hubiera sido capaz de descubrir ningún elemento de delirio, idiotez o esquizofrenia en las cuatro respuestas. En vista de la extrema vejez del Yi Ching y de su origen chino, no puedo considerar anormal su lenguaje arcaíco, simbólico y florido. Por el contrario hubiera tenido que felicitar a esta persona hipotética por el alcance de su percepción de mi inexpresado estado de duda. Por otro lado cualquier persona de mente aguda y flexible puede dar vuelta toda la cuestión y mostrar cómo he proyectado mis contenidos subjetivos sobre el simbólismo de los hexagramas.

Semejante crítica aunque catástrofica desde el punto de vista de la racionalidad occidental, no afecta la función del Yi Ching. Por el contrario, el sabio chino me diría sonriendo: “ ¿No ve usted lo útil que es el Yi Ching, al hacer que usted proyecte sobre ese abstruso simbólismo pensamientos hasta ahora inadvertidos? Usted podía haber escrito su prólogo sin advertir para nada la avalancha de mal entendidos que el mismo podía desencadenar”.

 

 

“Como si fuera una parte de la naturaleza, espera hasta que se lo descubra. No ofrece hechos ni poder, pero para los amantes del autoconocimiento, de la sabiduría- si los hay- parece ser el libro indicado. Para alguno su espíritu aparecerá tan claro como el día; para otro, umbrío como el crepúsculo; para un tercero, oscuro como la noche. Aquel a quien no le agrade no tiene por qué usarlo, aquel que se oponga a él no está obligado a hallarlo verdadero.

Dejémoslo salir al mundo para beneficio de quienes sean capaces de discernir su significación.”  

C.G.Jung

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[3] Borges, Jung y el I Ching

Por ANGÉLICA LÓPEZ GÁNDARA

https://www.elsiglodetorreon.com.mx/sup/siglon/07/230/11siglon46.pdf
 

Entre los estantes de filosofía de una librería, encontré el Libro de las mutaciones, también conocido como I Ching, Yi Ching, Jiying o I King, para muchos se trata sólo de un texto esotérico de utilidad adivinatoria. En esta edición, traducida del chino al alemán por Richard Wilhelm y del alemán al español por D.J. Vogelmann, me sorprendió ver que contenía un prólogo del psiquiatra suizo Carl Gustav Jung y una poesía del escritor argentino Jorge Luis Borges. La sorpresa me vino porque el esoterismo es despreciado por muchos científicos y literatos, ya que lo consideran charlatanería y propio de ignorantes; una contradicción a ese pensamiento es que Borges y Jung estén juntos en esta edición argentina, publicada por Editorial Hermes en 1960.

Supongo que al pasar de los años, algunos aceptamos que el misterio es parte de la vida y que, nos guste o no, la magia está allí, porque no podemos explicar el universo. No digo que, tal vez, algún día no será revelado el secreto de la vida, la muerte y el universo, el caso es que hasta ahora se han tratado de explicar religiosa y científicamente, pero ni uno ni otro han convencido del todo.

La participación de Borges fue a petición de Vogelmann con los versos que tituló: “Poema para la versión del I Ching de Richard Wilhelm”, y habla de lo irremediable que es el pasado pero también de lo inevitable del futuro, considerando que en el presente somos ya lo que fuimos y lo que seremos para después llegar a la inevitable fatalidad, dice así: El porvenir es tan irrevocable / Como el rígido ayer. No hay una cosa / Que no sea una letra silenciosa / De la eterna escritura indescifrable / Cuyo libro es el tiempo. Quien se aleja / De su casa ya ha vuelto. Nuestra vida / Es la senda futura y recorrida. / El rigor ha tejido la madeja. / No te arredres. La ergástula es oscura, / La firme trama es de incesante hierro, / Pero en algún recodo de tu encierro / Puede haber una luz, una hendidura. / El camino es fatal como la flecha. / Pero en las grietas está Dios, que acecha.

El prólogo de Carl G. Jung es extenso y al principio, amanera de disculpa, aclara que él no es especialista en cultura china: Como no soy sinólogo, una presentación del Libro de la mutaciones preparada por mí habrá de ser un testimonio de mi experiencia personal… Explica lo difícil que es para la mente occidental comprender la cultura oriental y específicamente la cultura china, habla de las diferencias en la percepción del azar o la casualidad y de cómo nosotros pensamos más en la causalidad.

El I Ching se usa para el arte adivinatorio lanzando palillos o monedas que dan un número de donde surgen las direcciones de los textos (hexagramas) que proporcionarán el consejo solicitado, generalmente, la comprensión es fácil. Para su prólogo, Jung, jugó consultando al I Ching como si la propia obra fuera un personaje; le preguntó el “dictamen sobre su situación actual”, el libro hablaría sobre la importancia de su presentación en occidente. En la interpretación de Jung, el I Ching arroja las siguientes ideas: Contengo alimento (espiritual). Y en vista de que participar en algo grande siempre despierta envidia, el coro de los envidiosos es parte del cuadro […] pero su enemistad es en vano, la riqueza del I Ching está asegurada… El oráculo no se equivocó, este método adivinatorio es de los más visitados, desde que se creó hasta la actualidad, las consultas van desde problemas amorosos hasta el planteamiento de estrategias de guerra.

El I Ching puede ser leído como filosofía o literatura china, pero para la mayoría es un ser animado en el que se manifiestan “agentes espirituales”. Esta obra tiene una antigüedad de más de tres milenios, fue escrito mil doscientos años antes de Cristo. Se considera de origen taoísta pero una parte se le atribuye a Confucio, de manera que no se sabe claramente quién lo escribió. Es un libro lleno imágenes poéticas y sentencias sabias. No tiene una cronología que nos haga mantener el interés para leerlo de manera lineal. Entonces, hablo de un libro del que sólo he leído (bien) el prólogo de Jung y el poema de Borges que contiene.

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