HENRY DAVID THOREAU – Del deber de la desobediencia civil.

“No importa cuán pequeño pueda parecer el comienzo: lo que se hace bien, bien hecho queda para siempre. Pero nos gusta más hablar de ello: esa, decimos, es nuestra misión. La Reforma cuenta con innumerables periódicos a su favor, pero no tiene un solo hombre. Dad vuestro voto completo, no una simple tira de papel; comprometed toda vuestra influencia. Una minoría es impotente sólo cuando se aviene a los dictados de la mayoría. Si un millar de personas rehusaran satisfacer sus impuestos este año, la medida no sería ni sangrienta ni violenta. Y esa es, de hecho, la definición de revolución pacífica, si tal es posible. Cuando el súbdito niegue su lealtad y el funcionario sus oficios, la revolución se habrá conseguido. Nuestros legisladores no han aprendido aún el valor relativo que encierra el libre comercio y la libertad, la unión y la rectitud. Nunca podrá haber un Estado realmente libre e iluminado hasta que no reconozca al individuo como poder superior independiente del que derivan el que a él le cabe y su autoridad. Un Estado que produjere esta clase de fruto y acertare a desprenderse de él tan pronto como hubiere madurado prepararía el camino hacia otro más perfecto y glorioso, que también he soñado, pero del que no se ha visto aún traza alguna.”

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No vacilo en decir que quienes se proclaman abolicionistas debieran retirar inmediata y efectivamente todo su apoyo, tanto personal como material, al gobierno de Massachusetts sin esperar a constituir una mayoría de uno para que les afecte el derecho de prevalecer por vía colectiva.

CUALQUIER HOMBRE QUE SEA MÁS JUSTO QUE SUS VECINOS, CONSTITUYE YA UNA MAYORÍA DE UNO: ¡AY, SI HUBIERA UN SOLO HOMBRE HONESTO EN EL ESTADO!

Cuando el súbdito niegue su lealtad y el funcionario sus oficios, la revolución se habrá conseguido.

Estimo que es suficiente si tienen a Dios de su parte, y que no hace falta aguardar a sumar ese uno adicional. Además, cualquier hombre que sea más justo que sus vecinos, constituye ya una mayoría de uno. Y yo confronto a este Gobierno americano o a su representante, el Gobierno del Estado, directamente, cara a cara, una vez al año nada más, en la persona de su recaudador de impuestos; del único modo que le cabe hacerlo a un hombre de mi situación; entonces, me dice taxativamente: Reconóceme; y la manera más sencilla y efectiva -y en el estado actual de las cosas, indispensable- de tratarlo en base a esta presentación, expresando tu poca satisfacción y amor para con él es negándolo. Mi convecino civil, el recaudador de impuestos, es la persona con que he de vérmelas -pues es con hombres, al fin y al cabo, y no con papeles, con lo que yo peleo-, persona que libremente ha elegido ser un agente del Gobierno.

Sé bien que si un millar, un centenar, una docena tan sólo de hombres que podría nombrar -si sólo diez hombres honestos…- ¡Ay, si UN HOMBRE HONESTO en este Estado, en Massachusetts, dejando de guardar esclavos se retirare efectivamente de esta sociedad nacional de la que es consocio, y fuera por ello encerrado en la cárcel del condado, la esclavitud daría fin en América.

Pues no importa cuán pequeño pueda parecer el comienzo: lo que se hace bien, bien hecho queda para siempre. Pero nos gusta más hablar de ello: esa, decimos, es nuestra misión. La Reforma cuenta con innumerables periódicos a su favor, pero no tiene un solo hombre.

COMPROMETED TODA VUESTRA INFLUENCIA: UNA MINORÍA ES IMPOTENTE SÓLO CUANDO SE AVIENE AL DICTADO DE LA MAYORÍA, PERO ES IRRESISISTIBLE CUANDO DETIENE EL CURSO DE LOS EVENTOS OPONIÉNDOLES SU PESO

Bajo un gobierno que encarcela a cualquiera injustamente, el lugar apropiado para el justo es también la prisión. Y, hoy, el sitio adecuado, el único que Massachusetts ha proporcionado para sus espíritus más libres y menos desalentables está en sus prisiones, donde han de ser separados y enajenados del Estado, por acción de éste, dado que ellos ya lo han hecho por sus principios.

Allí es donde debieran dar con ellos el esclavo fujitivo y el prisionero mejicano en libertad condicional, y el indio venido a denunciar las injusticias hechas a su raza; en este terreno de exclusión, pero más libre y honorable, donde el Estado coloca a aquellos que no están con él, sino contra él -el único hábitat donde, en un Estado esclavizador, el hombre puede vivir con honor.

Si alguien cree que su influencia se perdería en ese lugar, que sus voces, pues, han dejado de infligirse a los oídos del Estado, y que ya no es enemigo de cuenta tras de los muros, si alguien piensa así, digo, es que no sabe que la verdad es mucho más fuerte que el error, ni con cuánta mayor eficacia y elocuencia puede combatir la injusticia aquél que la ha experimentado, aunque sólo sea en medida escasa, en su propia persona.

Dad vuestro voto completo, no una simple tira de papel; comprometed toda vuestra influencia. Una minoría es impotente sólo cuando se aviene a los dictados de la mayoría; no es, entonces, siquiera minoría. Pero es irresistible cuando detiene el curso de los eventos oponiéndoles su peso.

Si un millar de personas rehusaran satisfacer sus impuestos este año, la medida no sería ni sangrienta ni violenta, como sí, en cambio, el proceder contrario, que le permitiría al Estado el continuar perpetrando acciones violentas con derramamiento de sangre inocente. Y esa es, de hecho, la definición de revolución pacífica, si tal es posible.

SUPONED, NO OBSTANTE, QUE CORRE LA SANGRE; ¿ACASO NO SE VIERTE TAMBIÉN LA SANGRE DEL HOMBRE CUANDO SE HIERE SU CONCIENCIA? LA AUTÉNTICA VIRILIDAD E INMORTALIDAD DEL HOMBRE SE PIERDE POR ESA HERIDA

Si el recaudador de impuestos o cualquier otro funcionario público me pregunta, como así ha ocurrido ya, “pero ¿qué he de hacer yo?”, mi respuesta es: “Si en verdad deseas colaborar, renuncia al cargo”. Cuando el súbdito niegue su lealtad y el funcionario sus oficios, la revolución se habrá conseguido. Suponed, no obstante, que corra la sangre. ¿Acaso no se vierte ésta cuando es herida la conciencia? La auténtica virilidad e inmortalidad del hombre se pierden por esa herida, ya que se desangra hasta la muerte eterna. Y yo veo correr ahora esos ríos de sangre.

Si hubiere alguien que viviere totalmente ajeno al uso del dinero, el propio Estado dudaría en reclamárselo. Pero el rico -para no llegar a ninguna comparación envidiosa- se vende siempre a la institución que lo enriquece. En términos absolutos: cuanto más dinero, menos virtud; pues aquél se interpone entre el hombre y sus objetivos, que alcanza por él, de modo que no hubo mucho de virtud en su logro. El soporte moral, pues, desaparece de debajo de sus pies.

Las oportunidades de vivir disminuyen en proporción directa al aumento de los llamados “medios”. Lo mejor que un hombre puede hacer por su cultura cuando es rico consiste en tratar de desarrollar y sacar adelante los planes que abrigara de pobre.

Es posible enriquecerse incluso en Turquía, siempre que se sea un buen súbdito del gobierno turco en todos los aspectos. Confucio dijo: “Si un Estado se gobierna por los principios de la razón, la pobreza y la miseria están sujetas a vergüenza; pero si no se gobierna por aquéllos, son la riqueza y los honores los sujetos a la vergüenza”. Me cuesta menos, en todos los sentidos, el incurrir en pena de desobediencia al Estado que el obedecer, en cuyo caso me sentiría mermado en mi propia estimación.

YO NO HE NACIDO PARA SER VIOLENTADO: VIVIRÉ LIBRE. ¿QUÉ FUERZA TIENE LA MULTITUD? SÓLO PUEDEN FORZARME A ALGO AQUELLOS QUE OBEDECEN A UNA LEY SUPERIOR A LA MÍA: ME OBLIGAN A SER COMO ELLOS

Pero yo no he nacido para ser violentado. Y respiraré a mi aire; veremos quién es el más fuerte. ¿Qué fuerza tiene la multitud? Sólo pueden forzarme a algo aquellos que obedecen a una ley superior a la mía: me obligan a ser como ellos. Pero no he oído que los hombres sean forzados a vivir de ese u otro modo. ¿Qué vida sería esa?

Yo no soy responsable del buen funcionamiento de la sociedad. No soy el hijo del ingeniero. Observo que cuando una bellota y una castaña caen juntas, una no permanece inerte para dejar paso a la otra, sino que ambas obedecen sus propias leyes y rebrotan, crecen tan bien como les es posible, hasta que una acaso supere y destruya a la otra. Si una planta no puede vivir de acuerdo con su naturaleza, muere; igual ocurre con el hombre.

Nunca me he negado a pagar el impuesto viario, pues tan deseoso estoy de ser un buen vecino como un mal súbdito; y en lo que al sostenimiento de las escuelas se refiere, ahora mismo estoy aportando mi parte a la educación de mis conciudadanos. No es por nada en particular que me niego a someterme a la ley fiscal. Simplemente, deseo rehusar mi adhesión al Estado, retirarme y mantenerme efectivamente al margen de él. De hecho, declaro llanamente mi guerra al Estado, a mi modo, aunque seguiré haciendo uso y obteniendo cuantas ventajas pueda de él, como es habitual en estos casos.

No deseo querella con hombre o nación alguna. No busco tampoco purismos ni sutilísimas distinciones, como tampoco el situarme en un plano mejor que el de mis convecinos. Trato, más bien, si puedo decirlo, de dar incluso con una excusa para atenerme a las leyes del país. Estoy más que presto a convenir con aquéllos. Y, ciertamente, tengo razones para pensar que me hallo ya en esta vía; y cada año, cuando aparece el recaudador de impuestos, está en mi ánimo el revisar los actos y la postura de los gobiernos general y del Estado, así como el espíritu de las gentes, para descubrir un pretexto que me permita dar mi conformidad.

LOS ESTADISTAS Y LOS LEGISLADORES, INTEGRADOS EN EL SISTEMA, NUNCA LO CONTEMPLAN CRÍTICA Y CRUDAMENTE; TIENDEN A OLVIDAR QUE EL MUNDO NO ESTÁ REGIDO POR UN PROGRAMA POLÍTICO O LA CONVENIENCIA

Desde un punto de vista más llano, la Constitución es muy buena, aun con todas sus faltas; las leyes y los tribunales son muy respetables; hasta el gobierno de este Estado y aun el americano son muy admirables y raros en numerosos sentidos y acreedores de nuestro agradecimiento, tal como han sido descritos por numerosos grandes; sin embargo, desde un punto de vista algo más elevado, no son más que lo que revela mi retrato de ellos.

Con todo, el Gobierno no es algo que me preocupe en demasía, y pocos serán los pensamientos que gaste en él. No son muchos los momentos de mi vida que vivo bajo una regla, ni siquiera en este mundo. Si un hombre es libre de pensar, de soñar, de desear, no hay reformadores ni gobiernos insensatos que puedan interrumpirle fatalmente.

Sé que la mayoría de los hombres piensan de un modo diferente a mí; y aquellos cuyas vidas están por profesión dedicadas al estudio de estos temas o similares me satisfacen tan poco como los demás. Los estadistas y los legisladores, que de forma tan plena se hallan integrados en la institución, jamás la contemplan crítica y crudamente. Tienden a olvidarse de que el mundo no es gobernado mediante un programa político y la conveniencia.

No ha habido hombre alguno de genio legislador en América. Son raros en la historia del mundo. Abundan los oradores, los políticos, los hombres especialmente elocuentes: se cuentan por miles; pero no ha abierto aún la boca aquel orador capaz de resolver los numerosos y muy vilipendiados problemas que nos acucian hoy. Nos gusta la elocuencia por sí misma y no por la verdad de que puede ser portadora o por el heroísmo que pueda inspirar.

NUESTROS LEGISLADORES NO HAN APRENDIDO AÚN EL VALOR QUE ENCIERRAN -ADEMÁS DEL LIBRE COMERCIO- LA LIBERTAD, LA UNIÓN Y LA RECTITUD

Nuestros legisladores no han aprendido aún el valor relativo que encierra el libre comercio y la libertad, la unión y la rectitud. El Nuevo Testamento ha sido escrito hace ya mil ochocientos años -aunque acaso no tenga derecho a referirme a ello- y sin embargo, ¿dónde está el legislador con sabiduría y talento práctico suficiente para hacer uso de la luz que aquél imparte sobre la ciencia de la legislación?

El progreso desde una monarquía absoluta a otra de carácter limitado es un avance hacia el verdadero respeto por el individuo. Nunca podrá haber un Estado realmente libre e iluminado hasta que no reconozca al individuo como poder superior independiente del que derivan el que a él le cabe y su autoridad, y, en consecuencia, le dé el tratamiento correspondiente.

Me complazco imaginándome un Estado, al fin, que puede permitirse el ser justo con todos los hombres y acordar a cada individuo el respeto debido a un vecino; que incluso no consideraría improcedente su propio reposo el que unos cuantos decidieran vivir marginados, sin interferir con él ni acogerse a él, pero cumpliendo sus deberes de vecino y prójimo.

Un Estado que produjere esta clase de fruto y acertare a desprenderse de él tan pronto como hubiere madurado prepararía el camino hacia otro más perfecto y glorioso, que también he soñado, pero del que no se ha visto aún traza alguna.

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HENRY DAVID THOREAU (1817-1862), Del deber de la desobediencia civil (3ª parte). Ediciones del Cotal, 1976 – Filosofía Digital 2006

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