¿Cómo se construye un nuevo mundo?: Destruyendo antes este.

Por AUSAJ

“Y nadie echa vino nuevo en odres viejos; de otra manera, el vino nuevo rompe los odres, y el vino se derrama, y los odres se pierden; pero el vino nuevo en odres nuevos se ha de echar”.

Marcos, 2:22

          Cuando leemos declaraciones como la que recientemente ha tenido eco mediático, en que la líder de la CUP, Anna Gabriel, aboga a favor de que sea la “tribu” -y no sus progenitores biológicos- la familia de los niños, desechando las categorías de la madre y el padre, debemos poder explicarnos esta aparente fortaleza de un Nihilismo que viene de la mano de la Globalización del capital; de la privatización de la vida; porque la del mundo ya es un hecho.

         Se privatiza convirtiendo lo común en público. De nuevo un aparente contrasentido. Que no lo es en realidad: lo público tiene un dueño, que se llama Gobierno. Ya ni siquiera es Estado; solo Imperio y virreyes con sus cortesanos y oligarquías gobernando las colonias.

         El Gobierno privatizado como dueño de la vida de sus súbditos; vida Humana, a la que ha de deshumanizar, reduciéndola al mundo de las pasiones animales. Las pasiones; eso es algo real, aunque intangible en su naturaleza; solo podemos aprehender sus consecuencias, sus efectos. Pero nos interesan sus causas.

          Es el Gobierno, mediante la ficción del Estado de Derecho -mero enunciado que se rellena con lo que a cada momento convenga al Poder-, quien nos concede o arrebata hilos del haz de derechos y obligaciones que configuran el Poder, la (Patria) Potestad sobre nuestros hijos; que en realidad son suyos. ¿Hijos del Gobierno? ¿Hijos de la Tribu?

          Dos Mitos se están manifestando en estos momentos, que merecen ser destacados. Uno, aparentemente evidente, encarnado por las citadas manifestaciones de la Diputada de las CUP, que denuncia el fin de las condiciones en que basamos nuestra aceptación del Sistema en que se inserta nuestra convivencia social, en un discurso dirigido a herir las convicciones fundamentales de nuestro modelo de sociedad –cuya crisis definitiva no acabamos de aceptar. La Familia, en la que basamos no solo la Seguridad individual, sino también la colectiva, está desapareciendo; se extingue irremediablemente.

         Este tipo de mitos colectivistas hacen patente esa realidad; y en último término nos impulsan a luchar contra ella hasta llegar a aceptarla. Pues sin aceptación de la realidad, toda lucha lo es contra molinos, dejando de lado al gigante, al que nuestra debilidad -producto de los enfrentamientos fratricidas a que nos conducen nuestras desviadas pasiones- fortalece. Así, en la Atenas anterior a Solón, la Aristocracia en el Poder tenía la misión de causar a los atenienses el mayor daño posible. No por sadismo, sino para mantener débil al “pueblo”, y así conservar, los muy pocos, el Poder sobre los muchos.

        Anna anuncia una realidad; la desaparición del modelo de sociedad basada, primero en la solidaridad intrafamiliar, y solo después en la colectiva; la extinción -progresiva e implacable- de la Familia como vínculo; no solo entre sus integrantes, sea familia extensa o familia estricta, sino de cada uno con su Tradición; cuyas sumas forman nuestras Tradiciones, forjadas por el tiempo. Desaparecen nuestros vínculos con los usos y costumbres sociales, que han constituido el fundamento de la convivencia desde tiempos históricos (los reinos, imperios y estados pasan; los grupos sociales permanecen).

        Así, el sacrificio que nos ofrece, sin duda heroicamente, Anna Gabriel, es el de su propio Honor. Al emprender el camino dictado por sus convicciones acepta la responsabilidad de su decisión, que le llevará –la ha llevado- a verse públicamente desacreditada, incluso a nivel personal; especialmente a nivel personal. Muerte al mensajero. Esta profesora estaría, con seguridad, mucho más cómoda fuera de la política, viviendo conforme a sus convicciones, dándose a “su tribu”; pero al decidir darse a todos, se ofrece a sí misma, como las míticas Ishtar o Perséfone, aceptando su descenso al inframundo. Bella metáfora de sí misma. Gracias Anna.

        El segundo de estos Mitos actuales lo representa ante nuestra mirada –literalmente- el Movimiento Animalista. Es el Mito de la doma ecuestre, arte que Poseidón entregó a los primeros Indoeuropeos que poblaron las costas del Mar Egeo. El Arte de dominar la enorme fuerza del caballo por medio de una ligera brida.

        Y el Animalismo, en nuestro entorno, se visibiliza en el Movimiento Antitaurino, que niega lo que ha constituido un símbolo nacional; la Tauromaquia, el Arte del toreo. En este caso, todo permanece aparentemente oculto por su carácter simbólico: el Sol -vestido de luces, “grana” y oro-, mata a la Luna –el toro- con el descabello del “tercer pilar”, en mitad de la cornamenta, en una metáfora del ciclo cósmico de la vida y la muerte.

        Pero si estamos ante algo más que símbolos, involucrando Arquetipos, la percepción impacta en el inconsciente colectivo.

      El Toro, como símbolo, apunta al Arquetipo de “La Diosa”, la divinidad del Neolítico y de los primeros asentamientos agrícolas y ganaderos. Era una Diosa nutricia, femenina, maternal. Pero a la vez, como Divinidad total, presente en cada parte de la naturaleza, también representaba la muerte, la destrucción, el Thanatos. Y todo ello tenía lugar en un entorno energético, del que emana el movimiento que constituye la vida. Es la rueda con la cruz inscrita; que se transforma, por el movimiento, en svastica. Es la primera Trinidad de nuestra imagen de la trascendencia: Vida, muerte y energía.

      “La Diosa” era, pues, una Divinidad femenina, en la que se integraba el todo; por ello pudo coexistir con “Los Dioses” que trajeron las migraciones indoeuropeas. Dioses, estos, masculinos, propios de conquistadores, de guerreros.

     El Toro, con su cornamenta apuntando al cielo, es un símbolo lunar; como el León lo es solar. Pero antes de la aparición de “Los Dioses” (a que se refiere Marguerite Yourcenar en sus Memorias de Adriano), el Toro era femenino; representaba a La Diosa, en un mundo maternal, en una naturaleza nutricia, que da la vida y luego la toma, en un ciclo constante. El Sol da muerte a la Luna una vez al mes, y ésta renace, engendrándose a sí misma. Mientras se tenga tiempo, se tendrá dualidad, nacimiento y muerte. La Luna representaba el poder de la consciencia y la vida en el ámbito del tiempo y el espacio. El Ying, el Yang y el entorno energético por el que, y gracias al que, ambas polaridades se mueven.

        Con la llegada de “Los Dioses”, divinidades de los conquistadores que doblegaron por la fuerza de las armas a las culturas sedentarias, agrícolas y ganaderas, no solo impusieron un mundo masculino, sino que, al interponer una “especialización” de las diversas deidades, sujetándolas a pasiones, como los humanos, la naturaleza y los Seres Humanos quedaron separados.

        Del sistema Femenino, en el que el individuo se relaciona principalmente con la madre, se pasa a un sistema Masculino, en el que el individuo se relaciona con el padre, separándose de lo divino. La trascendencia y la unidad con el Universo dejan de pertenecernos. Estamos separados de Dios, como Dios lo está  del mundo.

        Es un nuevo modelo de leyes sociales en que la vida divina no está en nuestro interior, en el que la divinidad es exterior, a donde ahora se ha de dirigir la Oración, perdiendo la relación con lo divino inmanente que antes se buscaba en el interior de cada persona.

        El León –que, como el Sol, es el símbolo Masculino del poder material, ocupa el lugar supremo; lo creado se sitúa por encima del creador- pasa a representar este nuevo modo, impuesto por los conquistadores a partir de la  Edad de Bronce, de relacionarse con la divinidad, en el que el culto a La Diosa permanece oculto; en Grecia subsistió en Eleusis, donde se iniciaban en los cultos mistéricos. Por todas partes, y en todos los tiempos, se extendieron estos cultos secretos, en que se venera a La Diosa, desde el interior. Es el “conócete a ti mismo y conocerás el Universo y a los Dioses”, de Delfos.

        Tras este cambio de paradigma, se llega a lo divino a través de un grupo social, una casta, una iglesia. Y, a la vez que se fortalece el papel del padre, se repudia a la naturaleza, a la madre, a la mujer.

        La relación entre la vida y la muerte, que en el culto a La Diosa era armónica, se disocia del individuo, pues el Padre surge de la madre, “la mujer que recibe la semilla del pasado, y a través del milagro de su cuerpo” (las “Venus” del Neolítico), “la convierte en vida futura”. La mujer es transformadora; el hombre es lo trasformado; ella es la intermediaria entre el hijo y el padre. Ahora el Hombre es el centro de la sociedad, y afirma su identidad a través del padre.

        Los símbolos se estructuran en un doble nivel, el social y el trascendente. La vida en común y la relación con la espiritualidad. Ambas funciones se retroalimentan mutuamente, y así construyen la realidad. La comprensión del símbolo es abstracta; su significado se percibe, pero su conocimiento no es sencillo. Es a través de los símbolos que el individuo- y el grupo en que se integra- se reconoce a sí mismo como sociedad, más allá de intereses personales.

        Sin embargo, llega un momento en que el individuo,  y con él, el grupo social, se separa del paradigma; se separan del Viejo Mundo para aspirar a crear un Mundo Nuevo. No es un fenómeno actual; llevamos más de un siglo tratando de alumbrar una nueva forma de relacionarnos entre nosotros y con la naturaleza.

        Es ahora, cuando el individuo vuelve, de nuevo, su mirada –oración- hacia su interior, que encontramos una “nueva” simbología; un nuevo significado de la trascendencia. De nuevo, los opuestos: deber social –historia- y trascendencia natural –espíritu. Una nueva definición moral del bien y el mal; que tiende a surgir como ética. Ética del Individuo; Moral de la sociedad; dan como resultado una Estética, que visibiliza en la sociedad –moral- la ética individual.

        Volvamos la vista hacia la “Vieja Europa”, la de La Diosa; Cibeles, Hera (que antes fueron Ishtar o Innana); la misma Diosa representada en las estatuillas femeninas del Neolítico. Diosas Triples, que aunaban los poderes de dar la vida, de quitarla, y el de la energía trascendente que lo hace todo posible. La cruz y la rueda cuyo movimiento forma la esvástica, que se ancla en un eje inmóvil, La Diosa. Las Tres Gracias – tres son los aspectos de Afrodita- y las Nueve –tres veces tres- Musas.

         La Energía, que es igual al producto de la Masa por la Constante de la velocidad de la luz al cuadrado. ¿Nos suena? Es Einstein, formulando a La Diosa (Energía) como producto de la Masa (rueda de la vida y de la muerte) y la velocidad (velocidad al cuadrado) con que todo cambia mientras permanece.

      La Diosa de los albores de la humanidad, cuyo declive tiene lugar con el descubrimiento del metal como arma de guerra, en que se basó la expansión Indoeuropea, con  la conquista de los pueblos pacíficos, agricultores y ganaderos. Cerdo contra Vaca; que primero fue Toro contra Jabalí (cielo contra tierra; materia contra espíritu), enfrentamiento que persiste en la actualidad, en su versión religiosa, que no trascendente. Esta es la mitología que ahora, nuevamente, asoma; y nos escandaliza, pues nos sitúa frente a nuestras más íntimas contradicciones.

         Quizás fue a finales del Siglo XVIII, con la primera traducción al Inglés de los Vedas Hindúes (en realidad, la traducción al Inglés lo fue de una anterior traducción del Sánscrito original al Parsi), cuando la locura que embargó a Goethe se extendió entre las florecientes sociedades secretas de la época, que se hizo evidente para muchos lo que antes solo lo había sido para Spinoza y algunos pocos más.

         “Todo lo transitorio no es más que un símbolo”, escribe al final del Fausto. Kant –como antes Locke-, ya se había preguntado si lo que percibimos por nuestros sentidos es realmente lo que existe. Comenzamos a pensar en abstracto, no como antes Descartes lo había hecho, sino de una manera total; ahora ni siquiera el pensamiento demuestra nuestra existencia. Como tras Platón, Aristóteles hubo de desembarazarse del mundo de las ideas por medio de la lógica, tras Spinoza la filosofía occidental tuvo que acudir a las categorías apriorísticas. Que finalmente dan lugar, en una broma del destino, a categorías de opuestos. De esa oposición –masas- depende el movimiento –fuerzas-, y en última instancia, la energía del sistema, la vida.

         En ese equilibrio tendencial, e inalcanzable para la vida, se sitúa la Divina Proporción, “Phi”; que simplifico en el factor 1.6, que garantiza un perpetuo movimiento tendente a un equilibrio inalcanzable, que denominaré Vida, en homenaje a Kant, para quien deseo es la facultad de ser causa de los objetos de nuestras representaciones por medio de esas mismas representaciones, y vida no es sino la facultad que tiene un ser de obrar según sus propias representaciones.

         Desgajados del tiempo y del espacio, ninguna separación existiría entre las partes del todo. En la Sustancia ilimitada desaparece todo individuo. También Nietzsche -en su locura; o gracias a ella- lo supo apreciar.

         Schopenhauer conectó la intuición de Goethe a la mitología hindú mediante la idea de compasión (“sufrir con”). Con ello infringe la primera ley de la naturaleza, la Ley de Autoprotección del individuo, a la que antepone una nueva Ley, la Ley de la Compasión. De todo esto extraerá, al final de sus días, el naturalista Kropotkin su “Moral Anarquista”, tan conectada a su vez a los filósofos naturalistas americanos, tales como Emerson, Thoreau o el mismo Whitman.

         Se trata de “una comprensión metafísica que alcanza a romper el velo de la separación” (Schopenhauer), por la que uno se reconoce a sí mismo en otro, como la vida misma fluyendo en sus variadas formas. Volviendo así al mundo de La Diosa, de los albores de la Civilización; en el tiempo previo a las guerras –que siempre son y han sido de conquista-, el de las pacíficas sociedades avanzadas que serían destruidas a la vez que conquistadas por el bronce de estaño – y luego por el hierro- indoeuropeo. Civilizaciones perdidas de cuyos retazos aún hoy nos asombramos.

        Vemos que nuestro camino es coincidente con el de viajeros pretéritos. Una diferencia nos favorece: podemos extraer consecuencias de sus pasos previos. Un proceso (evolución) está formado por hitos (pasos).

        El Proceso es independiente de sus hitos; tiene sustancia propia. Es real, más allá de las falsificciones mediáticas, de las construcciones de la vieja clase dominante, del formato de lo pretendidamente nuevo, que no son más que estériles intentos de perpetuar unos esquemas sociales que han perdido su virtualidad como vínculo común. La estática de la inercia, aparenta movimiento libre, cuando solo es pérdida de aceleración, masa vuelta energía. Cambio, que tropieza con la más sólida de nuestras pasiones: la Inercia.

         Contra la inercia paralizante, resurge el pensamiento mítico. Renace el viejo espíritu femenino; nada puede oponerse a la potencia de la llamada materna; al mito que hace renacer a la realidad el Arquetipo de La Diosa. El movimiento que nos devuelve al pasado ancestral, en el que se encuentra anclado el futuro.

         Como enseñó, pese a su juventud, el preclaro –y malogrado- Jean Marie Guyau – “Esbozo de una moral sin obligación ni sanción”.

 

Decárgate aquí “Esbozo de una moral sin obligación ni sanción” de Jean Marie Guyau