LA VIOLETA SALVAJE DE LA LIBERTAD (Romain Rolland, 1914). «Cuando la copia empieza a ser más real que el original» (Jesús Ferrero).

LA VIOLETA SALVAJE DE LA LIBERTAD

 

LA VIOLETA SALVAJE DE LA LIBERTAD, por Romain Rolland

LA VIOLETA SALVAJE DE LA LIBERTAD

 

«¿Quién destruirá los ídolos?

¿Quién abrirá los ojos a sus fanáticos adoradores?

¿Quién les hará comprender que ningún Dios, religioso o laico tiene derecho a imponerse por la fuerza al resto de los hombres ni de despreciarlos, incluso aunque parezca ser el mejor de todos?

Incluso aunque admitamos que vuestra Cultura hace en vuestro abono germánico más fértil la planta humana, ¿quién os da el derecho de ser sus jardineros?

Cultivad vuestro jardín, que nosotros cultivaremos el nuestro.

Hay una flor sagrada por la cual yo daría todos los productos de vuestra flora doméstica: la violeta salvaje de la libertad.

A vosotros os da igual, porque la pisoteáis sin contemplaciones.

Pero ella no morirá, vivirá más tiempo que vuestras obras maestras de invernadero; no teme a nada y se enfrenta a más tormentas aparte de la actual; brota bajo las zarzas y las hojas muertas…»

Filosofía Digital

Rabindranath se reunió con Romain Rolland el 19 de abril de 1919. Rathindranath escribió en su diario: «Té con Romain Rolland y su hermana. Charla interesante, principalmente sobre música«.

 

Desde hace más de cuarenta siglos, los más grandes espíritus se han esforzado por hacer partícipes a sus hermanos del don de la libertad, por liberar a la humanidad y por enseñarle a ver la realidad sin miedos ni errores, a mirarse a sí misma sin falso orgullo ni falsa humildad; han intentado enseñar a su hermanos a conocer sus flaquezas y sus fortalezas para encontrar su lugar en el universo, y en su camino han hecho brillar, como la estrella de los magos, la luz de su pensamiento y de su vida.

 

Sus esfuerzos han fracasado.

En los últimos cuarenta siglos la humanidad no ha dejado ni un momento de ser esclava no de sus amos (son del orden de la carne, y no hablo de ellos aquí, porque sus cadenas se rompen tarde o temprano), sino de los fantasmas de su espíritu.

Su servidumbre forma parte de ella.

Aunque nos empeñemos en romper esos lazos que la atan, la humanidad los renueva al instante para amarrarse mejor. De cada libertador hace un amo, y de cada ideal destinado a la libertad fabrica al instante un ídolo grosero.

La historia de la humanidad es la historia de los ídolos de sus reinos sucesivos. Y podríamos decir que a medida que la humanidad envejece, el poder del ídolo es más vasto y más mortífero.

 

Al principio fueron las divinidades de madera, de piedra o de metal que, al menos, no estaban fuera del alcance del hacha o el fuego. Enseguida llegaron otras imposibles de destruir, porque estaban talladas en el espíritu invisible; y todas aspiraban sin embargo al reino de lo material.

Bajo su dominación, los pueblos han derramado lo mejor de su sangre. ¡Ídolos de las religiones, ídolos de las patrias, ídolos de la libertad que los ejércitos sans culottes impusieron en Europa a cañonazos! Los dueños han cambiado, pero los esclavos son los mismos. […]

 

EL ESPÍRITU DE EUROPA, por Rabindranaz Tagore y Romain Rolland

 

El rasgo común al culto de todos los ídolos es la adaptación de un ideal a los malos instintos del hombre.

El hombre cultiva los vicios que le son de provecho, pero necesita legitimarlos. No quiere sacrificarlos, así que tiene que idealizarlos. De ahí que, a través de los siglos, no haya dejado de trabajar en la solución del problema que supone poner de acuerdo su ideal con su mediocridad. Siempre lo ha conseguido.

A la multitud no le cuesta ningún esfuerzo; yuxtapone su virtudes y sus vicios, su heroísmo y su maldad. La fuerza de sus pasiones y el rápido devenir de los días le hacen olvidad su falta de lógica.

Sin embargo, la élite inteligente no se da por satisfecha con esta solución, y no es porque, como dicen, sea menos pasional (Es un grave error. Cuanto mas rica es una existencia, más alimento ofrece a la pasión; y la historia muestra el espantoso paroxismo a que han llegado algunos granes religiosos y revolucionarios).

Lo que sucede es que estos obreros del espíritu aman la obra cuidada y sienten repulsión ante el pensamiento popular, que escapa siempre a las redes del razonamiento.

Necesitan tejer un punto más cerrado en el que instintos e ideas, cueste lo que cueste, se unan en un tejido sin agujeros. Es así como obtienen sus monstruosas obras maestras.

Dadle a un intelectual un ideal y una mala pasión cualquiera, y siempre encontrará la forma de combinarlos.

 

EL MITO DE LA IZQUIERDA, por Raymond Aron (El opio de los intelectuales, 1955)

 

Siempre se ha invocado el amor a Dios y los hombres para matar, quemar, saquear. La fraternidad del 93 fue hermana de la Santa Guillotina.

Nuestra generación ha visto cómo hombres de la Iglesia buscaban y encontraban en el Evangelio la legitimación de la banca o la guerra. No hace apenas ni un mes que un pastor wurtembergués establecía que ni san Juan Bautista ni Jesús ni los apóstoles habían pretendido suprimir el militarismo.

Un intelectual hábil es un prestidigitador del pensamiento… ¡Nada por aquí, nada por allá!…

Lo glorioso es hacer surgir de una idea su contraria, del Sermón de la Montaña la guerra entre los hombres o, como el profesor Ostwald, del sueño de un internacionalismo intelectual la dictadura militar del káiser. Para estos Houdinis, no es más que un juego de niños. […]

Alemania no habrá tenido enemigos más funestos que sus intelectuales. No es que tome partido. Tampoco estoy orgulloso de los intelectuales franceses.

El ídolo de la raza o de la civilización, o de la latinidad, de los que tanto se abusa, no me satisface. No me gustan los ídolos, ni siquiera el de la Humanidad.

 

Al menos, aquellos a quienes adoran los míos presentan menos peligros, porque no son agresivos. […] Pero también hay que decir que ni de un lado ni del otro los intelectuales no han hecho un gran honor a la inteligencia, ya que no han sabido defenderla contra los brotes de violencia y de locura.

Hay una gran cita de Emerson que define a la perfección su deriva:

«Nada es más raro en un hombre que un acto propio, que venga de él mismo».

 

Sus actos y sus escritos proceden de otros, de fuera, de la opinión pública ciega y amenazadora. No quiero dar la razón a los que tuvieron que callar por estar en el ejército, o por el silencio que la censura impone en los países en guerra.

Pero la debilidad inaudita conque los líderes del pensamiento han abdicado en todas partes ante la locura colectiva ha demostrado sobradamente que no tenían la personalidad suficiente.

 

LÍDERES: CIEGOS GUIANDO A CIEGOS, por Jiddu Krishnamurti

 

Algunos pasajes de mis libros, un poco paradójicos, me han valido a veces fama de anti-intelectual, algo absurdo para quien ha consagrado su vida al culto del pensamiento. pero es cierto que

el intelectualismo a menudo me ha parecido una caricatura del pensamiento, un pensamiento mutilado, deformado, petrificado, impotente, no solo para dominar el espectáculo de la vida, sino también para comprenderlo; y los acontecimientos de hoy en día me han dado más razón de la que hubiera deseado.

 

El intelectual vive con demasiada frecuencia en el reino de las sombras, de las ideas.

Las ideas no tienen existencia ninguna por sí mismas, sino por las experiencias que pueden darles contenido: son síntesis o hipótesis, marcos para lo que fue o para lo que será, fórmulas cómodas y necesarias sin las que no podemos vivir ni actuar…

Pero lo malo es que hacemos de ellas realidades opresoras; y nadie contribuye tanto a ello como el intelectual, que las emplea en su oficio y que, por deformación profesional, está siempre tentado de someter a ellas las cosas reales.

Si surge, por añadidura, una pasión colectiva que termine de cegarlo, esa pasión se cuela en la idea que más le convenga, le transmite su sangre y la magnifica.

Y en el hombre apenas queda un fantasma de su espíritu en el que se unen el delirio de su corazón y el de su pensamiento.

 

«La enfermedad de la angustia», por René Guénon

 

Por eso los intelectuales, en la crisis actual, no solo han sido más proclives que otros a la epidemia, sino que también han contribuido prodigiosamente a extenderla.

Debo añadir (es su castigo) que serán víctimas durante mucho más tiempo, porque

las personas sencillas, sometidas a la prueba constante de la acción diaria y de sus experiencias, se modifican sin remordimientos; los intelectuales se encuentran enredados en las trampas de su espíritu, y cada de sus escritos es una atadura adicional.

 

Además, cuando vemos que ya en los soldados de todos los ejércitos se va desvaneciendo el agrio humo del odio y que comienzan a fraternizar de trinchera en trinchera, los escritores intensifican sus furioso argumentos. Por lo tanto podemos vaticinar sin pena que cuando el recuerdo de esta guerra insensata se haya apagado entre los pueblos, sus rencillas serán rescoldos todavía en el corazón de los hombres de pensamiento…

¿Quién destruirá los ídolos? ¿Quién abrirá los ojos a sus fanáticos adoradores? ¿Quién les hará comprender que ningún Dios, religioso o laico tiene derecho a imponerse por la fuerza al resto de los hombres ni de despreciarlos, incluso aunque parezca ser el mejor de todos?

 

Incluso aunque admitamos que vuestra Cultura hace en vuestro abono germánico más fértil la planta humana, ¿quién os da el derecho de ser sus jardineros? Cultivad vuestro jardín, que nosotros cultivaremos el nuestro.

Hay una flor sagrada por la cual yo daría todos los productos de vuestra flora doméstica: la violeta salvaje de la libertad. A vosotros os da igual, porque la pisoteáis sin contemplaciones. Pero ella no morirá, vivirá más tiempo que vuestras obras maestras de invernadero; no teme a nada y se enfrenta a más tormentas aparte de la actual; brota bajo las zarzas y las hojas muertas…

 

Intelectuales de Alemania, intelectuales de Francia, trabajad y sembrad los campos con la simiente de vuestro espíritu, pero respetad la de los otros.

Antes de organizar el mundo, ocupaos de organizar vuestro mundo interior. Si es posible, olvidaos por un momento de vuestras ideas y miraos al espejo.

 

CONÓCETE A TÍ MISMO, Por René Guénon

 

Y, sobre todo, ¡vednos a nosotros! Campeones de la Cultura y de la civilización, de la raza germánica y de la latinidad, enemigos, amigos, mirémonos a los ojos…

Hermano mío, ¿no ves un corazón como el tuyo, con los mismos sufrimientos y las mismas esperanzas, el mismo egoísmo y el mismo heroísmo, y esta capacidad de soñar que rehace constantemente su tela de araña?

«¿Ves que eres yo?», decía el viejo Víctor Hugo a uno de sus enemigos…

El auténtico intelectual, el verdaderamente inteligente, es el que no hace de sí mismo su ideal, el centro del universo, sino el que, al mirar a su alrededor, ve, cómo en el cielo vemos el océano de la Vía Láctea, los millares de pequeñas llamas que tiemblan con la suya, y no intentan absorberlas ni imponerles su itinerario, sino que sienten la necesidad de impregnarse de todas, y también de la fuente común de fuego que las alimenta.

La inteligencia del pensamiento no es nada sin la inteligencia del corazón.

 

Y tampoco es nada sin el sentido común y el espíritu –el sentido común, que muestra a cada pueblo y a cada ser su posición en el universo–, el espíritu, que es el juez de la razón alucinada, el soldado que, en el Capitolio, recuerda al César triunfante que está calvo.

 

Romain Rolland con Gandhi

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AUTOR: Romain Rolland (1866-1944). Escritor francés, premio Nobel de Literatura de 1915. Extracto de Ídolos, incluido en Más allá de la contienda, 1914. 

 

Romain Rolland

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Cuando la copia empieza a ser más real que el original

«El triunfo del simulacro y de la inteligencia artificial destruye completamente el gran relato que era la realidad»

The Objective, 10 octubre 2026

Por Jesús Ferrero

 

En el quiosco del Ángel Caído está mi terraza preferida, donde hoy acudo para tomar un café y leer el periódico. Junto a mí, una pareja habla. Ella mira a la vez su teléfono, sonríe y se hace una foto. ¿Para enviársela a alguien? ¿Para constatar, con un simulacro, que lo que está pasando es real?

Junto a ellos otros hacen más o menos lo mismo. Fotografían la comida antes de probarla, hurgan en otras vidas que circulan por la pantalla mientras fingen conversar. Están donde no están, viviendo entre simulacros. Mientras los observo, me preocupa que no nos demos cuenta de que está desapareciendo la realidad.

Lo llevo diciendo en varios artículos y no es una hipótesis, es una constatación. Infinitas cadenas de simulacros están suplantando al mundo.

 

Infinitas cadenas de simulacros están suplantando al mundo.

 

El amor, por ejemplo, ha dejado de ser una emoción compartida de naturaleza abismal para derivar en pura fantasmagoría pornográfica saturando las cabezas solitarias de una nueva geografía emocional.

¿Y la sociedad? Como tejido está desapareciendo por completo.

Los vecinos de los inmuebles ni se hablan ni se saludan, ni se conocen. Las ciudades están llenas de gente solitaria, íntimamente desamparada y rota, y la amistad está siendo reemplazada por un simulacro que se le parece pero que, si lo analizas a fondo, solo es narcisismo y vacío existencial. El amigo es un ser cada vez más fantasmal, y antes no lo era.

 

La política también se ha convertido en un simulacro de sí misma, cada vez más teatral y más saturada de significantes vacíos.

Y los partidos políticos? Para mí es evidente que ya solo son simulacros que no representan a nadie, porque se ha extinguido el sistema mismo de la representación y sus convenciones.

 

LA TRANSFORMACIÓN DE LA IZQUIERDA EN EL SIGLO XXI, por Alexander Dugin

 

 

Los originales están desapareciendo y solo circulan copias, copias de todo: copias del amor, del deseo, de las emociones, de los sentimientos, de la vida, de la muerte.

Y el colofón ha llegado con la irrupción de la inteligencia artificial y la instauración de la teoría de la sospecha.

 

EL CRIMEN PERFECTO: «Desinformación y organización del silencio», por Guy Debord (1975)

 

A ese simulacro, a veces muy poderoso, que es en sí misma la novela, se le añade ahora el hecho de que puede llegar a ser elaborada, casi en su totalidad, o en su totalidad misma, por un simulacro de conciencia.

El triunfo del simulacro y de la inteligencia artificial destruye completamente el gran relato que era la realidad y abre las puertas al mundo como virtualidad, que también podría ser el mundo como pesadilla o sencillamente el mundo como locura.

Harto de tanto espejismo, salgo a pasear por el bosque. ¡Qué alivio, entre los árboles, el mundo vuelve a ser como hace milenios! Pero ¿y si el pinar es un simulacro?

Toco un árbol con desesperación. Es robusto y antiguo. Siento su fortaleza y su respiración. Siento que lo que toco es real. Respiro hondo. 

 

«Los simulacros de ahora absorben más porque aspiran a suplantar la realidad y no simplemente a ilustrarla»

 

Jesús Ferrero

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Hemos perdido a Virgilio

El Debate, 10 octubre 2026

Por Esteban Fernández-Hinojosa

Círculo de aduladores: Dante y Virgilio se encuentran con Alessio Interminelli (o Intermineii), Señor de Lucca, y Thais la prostituta. Página iluminada que ilustra el canto 18 del Infierno de la “Divina Comedia” de Dante Alighieri (1265-1321). Anónimo, Siglo XIV-V.

 

Hace unas semanas, El Debate recordaba que casi la mitad de los jóvenes españoles reconoce haber sufrido malestar emocional. El dato merece algo más que una lectura estadística.

Dante comienza la Divina comedia extraviado en una selva oscura. Aún ignoramos los peligros que le aguardan, pero sabemos ya lo esencial, y es que ha perdido el camino. Tiene la inteligencia, la experiencia y la memoria necesarias; y, sin embargo, le falta orientación.

Para salir del bosque no le bastará con escrutar sus emociones ni con buscar dentro de sí una senda que todavía desconoce. Necesitará a Virgilio. Muchas personas jóvenes viven también en bosques parecidos. Sobre ellos pesa un mundo que reclama una capacidad de adaptación permanente y, al mismo tiempo, ofrece cada vez menos razones para saber adónde merece la pena dirigirse.

La precariedad económica, la dificultad de acceder a una vivienda, la competencia sin tregua o ese espejo falsario que resultan las redes sociales forman en conjunto una espesura difícil de atravesar. Se les exige velocidad después de haber borrado del mapa buena parte de los caminos. Y cuando aparece ese desconcierto, se convierte con demasiada facilidad en problema médico.

 

Se les exige velocidad después de haber borrado del mapa buena parte de los caminos. Y cuando aparece ese desconcierto, se convierte con demasiada facilidad en problema médico.

 

El Infierno de Dante, de Sandro Botticelli.

 

Las aplicaciones de terapia y bienestar emocional, con su meditación, su acompañamiento psicológico y sus consultas a demanda, se han multiplicado en estos años. Es evidente que su crecimiento refleja un sufrimiento hondo. Hay demasiados jóvenes ansiosos, solos, cansados, incapaces de encontrar un hilo que ordene la existencia.

Buscan alivio, claro, aunque a veces buscan también algo que ninguna aplicación puede ofrecer.

Quiero decir, una cierta idea de la vida buena y alguien cuyo ejemplo ayude a reconocerla. Nunca habíamos dispuesto de un vocabulario tan rico para nombrar el malestar. Trastorno adaptativo, ansiedad, depresión reactiva, burnout… Poner nombre a las cosas permite conocerlas mejor y, en el caso del sufrimiento, comprenderlo y tratarlo cuando corresponda.

Lo problemático del diagnóstico es que pueda poner punto final a una pregunta que debería continuar abierta. Entonces la persona aparece como la pieza averiada de una maquinaria cuyo diseño queda fuera del examen.

 

Lo problemático del diagnóstico es que pueda poner punto final a una pregunta que debería continuar abierta. Entonces la persona aparece como la pieza averiada de una maquinaria cuyo diseño queda fuera del examen.

 

 

Si alguien deja de soportar el ritmo de la existencia, se interroga al exhausto. Se mide su capacidad para adaptarse, se modula su respuesta emocional y se procura devolverlo cuanto antes a su puesto. La medicina, nacida para aliviar el sufrimiento y combatir la enfermedad, puede acabar así desempeñando la modesta tarea de mantenimiento de engranajes.

 

La medicina, nacida para aliviar el sufrimiento y combatir la enfermedad, puede acabar así desempeñando la modesta tarea de mantenimiento de engranajes.

 

Cada vez se pregunta menos por ese mundo que ha engendrado el dolor; el paciente debe regresar el lunes compensado y disponible. Durante buena parte de nuestra historia, el estrés fue una respuesta extraordinaria ante el peligro. El organismo se tensaba, actuaba y, atravesado el riesgo, regresaba poco a poco a la calma.

Hoy se ha convertido para millones de personas en una forma común de habitar el tiempo. Nos empuja a llegar antes, marcharnos tarde e incluso a sentir un poco de culpa en el descanso. Su presencia se ha normalizado hasta el extremo de creer que una vida sin ansiedad es, en el fondo, falta de ambición.

El mismo orden cultural que favorece determinadas formas de sufrimiento desarrolla después su propia industria para volverlas soportables. Se produce ansiedad, se individualiza y se ofrecen fármacos o aplicaciones capaces de contenerla. En cada eslabón alguien obtiene su beneficio, pero pierde quien abre un blíster a medianoche y se pregunta en silencio por qué ya no puede más.

 

Se produce ansiedad, se individualiza y se ofrecen fármacos o aplicaciones capaces de contenerla. En cada eslabón alguien obtiene su beneficio, pero pierde quien abre un blíster a medianoche y se pregunta en silencio por qué ya no puede más.

 

William Blake para la Divina comedia de Dante. «Dante y Virgilio, infierno»

 

Nada de esto disminuye el valor de los psicofármacos ni de la terapia. Hay enfermedades que exigen tratamiento y dolores para los que la ayuda profesional resulta rigurosamente necesaria. Un medicamento puede rescatar a una persona de una oscuridad casi inhabitable. Un buen terapeuta ayuda a reconocer heridas que durante años permanecían mudas.

Pero hay desorientaciones cuyas raíces se hunden a la vez en la economía, en la vida común y en el espíritu. Hemos levantado un mundo que exige mucho y forma poco, y esa desproporción termina dejando su huella.

Otras épocas comprendieron mejor que los jóvenes no maduran por generación espontánea. Eran introducidos gradualmente en el mundo adulto a través de aprendizajes pautados, responsabilidades graduadas, relatos y ritos de paso.

Crecer significaba ir dejando atrás la condición de quien sólo recibe cuidados para convertirse, poco a poco, en alguien capaz de cuidar y responder por otros.

El maestro artesano transmitía su técnica y, mezclada con ella, una manera de estar en el mundo. Al enseñar el oficio, tenía que educar la paciencia, la disciplina, la honradez del trabajo bien hecho y el respeto por los límites de los materiales.

El aprendiz, además de alcanzar competencia, debía llegar a ser una persona digna de confianza. Algún día recibiría en su taller a otro joven y tendría la obligación de entregar el mismo legado que había recibido.

 

Masonería medieval

 

La educación religiosa también perseguía algo parecido. Las Escrituras, la filosofía, los relatos de los profetas, las vidas de los santos e incluso la memoria de los antepasados proporcionaban figuras concretas en las que percibir el valor o la justicia.

Nadie estaba condenado a descubrir en soledad el significado del bien o de la felicidad. Se recibía una tradición que aún podía discutirse, corregirse o profundizarse antes de hacerla propia. El punto de partida ya estaba ahí y evitaba la condena moderna de comenzar desde cero.

Nuestra época ha dilatado de manera formidable la libertad y las oportunidades. En ese mismo movimiento ha debilitado muchas de las mediaciones que ayudaban a convertir la libertad en una vida con rumbo.

 

Enseñamos habilidades, llenamos a los jóvenes de información y procuramos que no les falte casi nada en lo material.

En cambio, titubeamos cuando llega la hora de educar el corazón o mostrar por qué algunas cosas merecen ser amadas y de otras conviene apartarse.

 

Enseñamos habilidades, llenamos a los jóvenes de información y procuramos que no les falte casi nada en lo material. En cambio, titubeamos cuando llega la hora de educar el corazón o mostrar por qué algunas cosas merecen ser amadas y de otras conviene apartarse.

De ahí procede quizá una de las paradojas de nuestro tiempo, el hecho de que tantos jóvenes dispongan de capacidades admirables y, al mismo tiempo, de tan frágil orientación vital.

Conocen de sobra los medios para alcanzar sus fines, pero nadie les ayuda a preguntarse qué fines merecen una vida. De tal suerte que, al final, el bosque penetra en ellos. Han recibido instrumentos magníficos para abrirse paso, pero pocas razones para elegir su destino.

 

Han recibido instrumentos magníficos para abrirse paso, pero pocas razones para elegir su destino.

 

 

Hemos perdido a Virgilio.

En el gran poema, éste va mucho más allá de aliviar el malestar de Dante. Lo acompaña, lo corrige y hasta ordena su mirada.

A lo largo del Infierno, Dante interpreta mal parte de cuanto contempla. Se conmueve ahí donde su juicio todavía vacila, se deja arrastrar por la indignación o seducir por algunas figuras que despiertan en él una compasión equivocada. Tarda también en comprender la relación entre los actos humanos y lo que de ellos se sigue.

Virgilio le enseña a distinguir. Le obliga a mirar mejor.

Eso que desde lejos parecía noble puede esconder pudriciones; lo que provoca una emoción inmediata quizá necesite un juicio a la luz de un bien más alto.

Antes de poder contemplar el Paraíso, Dante tiene que educar su mirada y ordenar sus deseos.

Una formación así no cabe en un comprimido de Orfidal. Ni puede descargarse desde una tienda de aplicaciones. Necesita tiempo, autoridad moral y una relación lo bastante cercana para que alguien pueda decirnos que comprende nuestro dolor y advertirnos, a la vez, de que estamos leyendo mal una parte del camino.

 

Necesita tiempo, autoridad moral y una relación lo bastante cercana para que alguien pueda decirnos que comprende nuestro dolor y advertirnos, a la vez, de que estamos leyendo mal una parte del camino.

 

SER CUERDO EN UNA SOCIEDAD DEMENTE

 

El terapeuta escucha y ayuda a reconstruir. El maestro —si lo hay— ayuda además a levantar la vista y a descubrir hacia dónde merece la pena ir. Puede enseñar que algunas heridas necesitan tiempo, que ciertos deseos extravían o que la libertad sin dirección termina por dejarnos a la intemperie.

Si es cierto que cada figura cumple una función valiosa, también lo es que la segunda se ha vuelto extraña entre nosotros.

Pudiera ser que la proliferación de las terapias a demanda revele una ausencia de fondo. Hemos creado un orden que multiplica el cansancio en un tiempo en el que se han ido debilitando las familias, los lugares de pertenencia y los maestros que ayudaban a interpretarlo.

 

Fabricamos el bosque, despedimos a Virgilio y luego entregamos al extraviado un tratamiento para que siga andando y no se detenga.

 

La vieja pregunta por el sentido ha quedado reducida a una cuestión de bienestar. Con ella se ha empobrecido también el vocabulario con el que comprender ciertas formas de sufrimiento. Hay dolores que se vuelven casi ininteligibles si desaparecen del lenguaje palabras como vocación, esperanza o bien.

Fabricamos el bosque, despedimos a Virgilio y luego entregamos al extraviado un tratamiento para que siga andando y no se detenga. A medianoche, alguien vuelve a tomar su comprimido mientras contempla, con una mezcla de cansancio y perplejidad, el blíster que sostiene entre las manos.

Quizá debamos ampliar la pregunta. Claro que importa saber qué les ocurre a los jóvenes. Pero importa también preguntarnos quién trazó los senderos que recorren, qué horizonte les hemos ofrecido y por qué una generación tan preparada acaba tantas veces caminando a oscuras y en soledad.

 

Claro que importa saber qué les ocurre a los jóvenes.

Pero importa también preguntarnos quién trazó los senderos que recorren, qué horizonte les hemos ofrecido y por qué una generación tan preparada acaba tantas veces caminando a oscuras y en soledad.

 

Círculos del Infierno de Dante, de Sandro Botticelli