PRECEPTOS PARA UNA VIDA TRANQUILA: «¿Cómo vivir tranquilos?», por Séneca («Epístolas morales a Lucilio», 65 d. C.): «Es necesario practicar el verdadero estoicismo»
Seneca, «Cartas a Lucilio», Edición de 1494 en lengua toscana.
En la quinta de Alba, Séneca dispone de un pan malo, pero piensa que el vientre morigerado es un gran componente de la libertad.
Encuentra gran placer en que la fatiga se acostumbre a satisfacerse ella sola.
Ha comprendido que muchas cosas eran superfluas cuando le han venido a faltar (1-7).
Hay que evitar la conversación de los que elogian el vicio: llegan a decir que la virtud no vale, que la felicidad está en el disfrute de la vida.
En cambio, hemos de ejercitarnos en no temer cuanto nos repele: fatiga, dolor, muerte, y en no desear cuanto nos atrae: riquezas, ambición, placer.
Y no sólo dañan quienes elogian el placer, sino quienes exhortan al vicio con la apariencia de estoicismo (8-17).
Rubens, La muerte de Séneca, 1612, Museo del Prado, Madrid.
Agotado por un viaje más ingrato que prolongado, he llegado a mi quinta de Alba avanzada la noche: no encuentro nada preparado, excepto a mí mismo. Así, pues, pongo mi fatiga sobre la cama y acepto benévolo el retraso del cocinero y del panadero.
En efecto, hablo conmigo mismo sobre el hecho de que nada resulta molesto si lo acoges con buen ánimo, nada resulta indignante si tú mismo no añades algo con tu indignación.
Mi panadero no tiene pan; pero lo tiene el administrador, lo tiene el portero, lo tiene el granjero.
«Pan malo», replicas. Aguarda:
se hará bueno, el hambre te lo convertirá hasta en tierno y candeal.
Por ello, no debes comer antes que ella te lo ordene.
Así, pues, esperaré y no comeré hasta que comience a tener buen pan o deje de desdeñar el malo.
Es necesario acostumbrarse a la escasez:
muchas dificultades por el lugar y por el tiempo se les presentarán, incluso a los ricos y bien dotados para el placer, que pondrán obstáculos a sus deseos.
Nadie puede alcanzar todo cuanto quiere; puede, ciertamente, no desear lo que no posee, y servirse con alegría de los bienes que se le han ofrecido.
Nadie puede alcanzar todo cuanto quiere; puede, ciertamente, no desear lo que no posee, y servirse con alegría de los bienes que se le han ofrecido. Una gran parte de la libertad está en el vientre bien morigerado y capaz de soportar las privaciones.
No es posible valorar cuán grande es el placer que experimento por el hecho de que mi fatiga se habitúa a reanimarse ella sola: no pido masajistas, ni baño, ni cualquier otro remedio que no sea el tiempo.
En verdad, el cansancio que el trabajo ha procurado lo elimina el reposo.
Esta cena corriente me resultará más grata que un banquete inaugural.
He sometido justamente mi alma a un ejercicio improvisado, que por lo mismo resulta más simple y auténtico, puesto que, cuando uno se ha preparado e impuesto la paciencia, no se muestra igualmente la medida de la verdadera firmeza:
las pruebas más convincentes son las que uno ha dado de improviso, si no sólo contempla las contrariedades con resignación, sino también con serenidad;
si no se encoleriza, ni pleitea;
si compensa aquello que se le debería otorgar renunciando al deseo y juzga que algo falta a sus hábitos, pero nada a sí mismo.
No hemos comprendido cuán inútiles eran muchas cosas, sino cuando han comenzado a faltarnos
No hemos comprendido cuán inútiles eran muchas cosas, sino cuando han comenzado a faltarnos;
en verdad nos servíamos de ellas, no porque nos eran necesarias, sino porque las teníamos.
Y, ¿cuántas cosas nos procuramos ahora porque otros se las han procurado, porque la mayoría las posee?
Entre las causas de nuestros males se cuenta el que
vivimos siguiendo el ejemplo de los demás y no nos gobernamos por la razón, antes bien somos arrastrados por la costumbre.
Lo que no querríamos imitar si lo hicieran pocos, cuando empiezan a hacerlo más lo secundamos como si fuera más honesto porque es más frecuente; y el error ocupa para nosotros el puesto de la verdad cuando se ha generalizado [1].
Lo que no querríamos imitar si lo hicieran pocos, cuando empiezan a hacerlo más lo secundamos como si fuera más honesto porque es más frecuente
Ahora todos viajan precedidos de la caballería númida y llevando delante un tropel de corredores: sería vergonzoso que no hubiera nadie que apartara del camino a los viandantes que salen al paso, o que no atestiguara una gran polvareda que un hombre distinguido se acerca.
Ahora todos disponen de mulos para transportar vasos de cristal, murrinos [2] y cincelados por obra de grandes artistas: sería vergonzoso que dieras la impresión de poseer sólo un equipaje tal que pudiera ser sacudido sin peligro de romperse por los golpes.
A todos los pajes se les hace caminar con el rostro untado para que ni el calor, ni el frío dañe su delicada piel: sería vergonzoso que no hubiera en el séquito algún esclavo cuyo rostro sano exigiera el cosmético.
Se debe evitar la conversación de todos éstos:
son ellos los que enseñan los vicios y los propagan de una parte a otra.
Parecía ser la peor especie la de aquellos hombres que difunden la maledicencia:
hay algunos que difunden los vicios.
La conversación de estos hombres es muy nociva;
en efecto, aunque no consiga resultados de inmediato, deposita sus gérmenes en el alma y, por más que nos hayamos separado de ellos, nos persigue el mal que después resurgirá.
La conversación de quienes adulan y elogian las acciones perversas perdura en el alma más tiempo que su sonido en los oídos.
Como los que han escuchado un concierto llevan en sus oídos la melodía y dulzura del canto que dificulta el razonamiento y no permite aplicarse a cosas serias, así también la conversación de quienes adulan y elogian las acciones perversas perdura en el alma más tiempo que su sonido en los oídos.
Y no resulta fácil expulsar del espíritu su dulce melodía:
nos acompaña, perdura y vuelve a intervalos.
Por lo mismo debemos cerrar los oídos a los discursos perversos, sobre todo al principio:
cuando han hecho su entrada y, acogidos, se instalan dentro, tienen más osadía.
De ahí que se llegue a estas expresiones:
«Virtud, filosofía, justicia son el estrépito de palabras vacías; la única felicidad consiste en hacerse la vida agradable; comer, beber, gozar del patrimonio esto es vivir, esto es recordar que uno es mortal» [3].
¡Cuánto mejor es seguir el recto camino y elevarse hasta aquel estado en que sólo te sean gratas las acciones honestas!
Los días se nos escapan y la vida transcurre de forma irreparable [4].
¿Dudamos, acaso? ¿De qué sirve tener cordura, y a una vida no siempre apta para el placer, mientras puede y lo desea, imponerle entonces la sobriedad, anticiparse de este modo a la muerte y privarse ya ahora de cuanto ella nos ha de arrebatar?
No tienes una amante, tampoco un mancebo que despierte los celos de la amante; cada día te muestras sobrio, cenas como si tuvieras que justificar a tu padre los gastos de la jornada: esto no es vivir, sino asistir a la vida de otro.
«¡Cuán gran locura supone preocuparse por los bienes del propio heredero y privarse uno de todo, de suerte que tu gran herencia lo convierta de amigo en enemigo tuyo!; en verdad, se gozará tanto más de tu muerte cuanto más haya recibido.
No valores ni en un as a estos siniestros y huraños censores de la vida ajena, enemigos de la suya, pedagogos populares y no dudes en preferir una buena vida a una buena reputación».
Tales voces deben evitarse, no de otra suerte que aquellas que no quiso Ulises oír cuando pasaba, sino atado a la nave [5].
Producen el mismo efecto:
nos apartan de la patria, de los padres, de los amigos, de las virtudes, y nos impulsan a una vida torpe y vergonzosa, si no pasamos de largo.
¡Cuánto mejor es seguir el recto camino y elevarse hasta aquel estado en que sólo te sean gratas las acciones honestas!
Este objetivo lo podremos conseguir, si tenemos en cuenta que existen dos clases de realidades:
las que nos atraen y las que nos repelen.
Nos atraen ciertamente las riquezas, los placeres, la hermosura, la ambición y las restantes cosas lisonjeras y agradables: nos repelen el trabajo, la muerte, el sufrimiento, la ignominia y la estrechez de vida.
Nos atraen ciertamente las riquezas, los placeres, la hermosura, la ambición y las restantes cosas lisonjeras y agradables: nos repelen el trabajo, la muerte, el sufrimiento, la ignominia y la estrechez de vida.
Por lo tanto, debemos ejercitamos a fin de no temer estas penalidades y no codiciar aquellas ventajas.
Esforcémonos en sentido contrario: alejémonos de los objetos seductores y lancémonos con ímpetu contra los hostiles.
¿No ves cuán distinta es la actitud de los que bajan y de los que suben una cuesta?
Los que van hacia abajo echan para atrás el cuerpo y los que van hacia arriba lo impulsan adelante.
Porque si, al descender, inclinas su peso hacia la parte delantera o, si, al ascender, lo tiras hacia atrás, esto, Lucilio, supone consentir en el tropiezo.
Hacia los placeres el camino es descendente, hacia las asperezas y penalidades, ascendente:
en este caso impulsemos el cuerpo adelante, en el otro echémoslo para atrás.
¿Piensas, quizá, que digo ahora que para nuestros oídos solamente son perjudiciales los que elogian el placer, los que infunden temor al sufrimiento, cosas ya de por sí terribles?
Considero que también nos perjudican los que, bajo apariencia de estoicismo, nos exhortan a los vicios. En efecto, afirman con jactancia que sólo el sabio y docto es un buen amante.
«Él sólo es apto para este arte; asimismo, el sabio es un gran experto en el arte de beber y de vivir en compañía. Indaguemos hasta qué edad los jóvenes deben ser amados».
Considero que también nos perjudican los que, bajo apariencia de estoicismo, nos exhortan a los vicios.
Dejemos estas bagatelas para las costumbres griegas, y nosotros, por el contrario, apliquemos la atención a las siguientes enseñanzas:
«Nadie es bueno por azar: la virtud debe aprenderse [6].
El placer es cosa baja y mezquina e indigna de aprecio alguno; nos es común con los animales mudos, y hacia él se lanzan los seres más ínfimos y despreciables.
La gloria es cosa vana y voluble, y más inconstante que un soplo de aire.
La pobreza no es un mal para nadie, excepto para el que se resiste a ella.
La muerte no es un mal: ¿quieres saber qué es? La única ley igual para todo el linaje humano.
La superstición es un error de mente insana: teme a los que debe amar y profana a los que rinde culto. En efecto, ¿qué diferencia existe entre negar a los dioses o profanarlos?».
Estas máximas hay que aprenderlas, sin duda aprenderlas profundamente,
la filosofía no debe procurar pretextos al vicio. Ninguna esperanza de salvación tiene el enfermo al que su médico lo exhorta a la intemperancia.
Lucio Anneo Seneca
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Notas
[1] Cf. Ep. 81, 29, donde se expresan conceptos similares.
[2] Boella traduce: «de espato de flúor». La substancia de tales vasos era, pues, la fluorina o fluorita, que les confería gran valor.
[3] Posible reminiscencia de Virg., Geórg. III 66-68.
[4] Cf. Virg., Geórg. III 284, y En. X 467-69. Pero en Virgilio la velocidad con que transcurre el tiempo estimula también a trabajar y a propagar la fama con los hechos, lo que es obra de la virtud.
[5] En realidad se trata del canto de las Sirenas. Ulises se hizo atar al mástil de la nave para evitar la seducción del mismo: cf. Hom., Od. XII 1-78.
[6] La virtud, como la sabiduría, en tanto que constituyen un arte, deben aprenderse, pero «la virtud no se desaprende» (Ep. 50, 8).
Lucio Anneo Seneca
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PRECEPTOS PARA UNA VIDA TRANQUILA: «¿Cómo vivir tranquilos?»
Séneca
(«Epístolas morales a Lucilio»)
Expone el filósofo los preceptos para una vida tranquila.
Señala las causas que mueven al hombre a hacer daño a otro. La más leve está en el desprecio que manifiesta al prójimo.
Los deseos de los malvados los evitaremos si no poseemos nada que excite su codicia; la envidia, si no nos exponemos a sus miradas; el odio, si no lo provocamos (1-3).
Una modesta fortuna y un carácter suave conseguirán que no inspiremos temor a los demás.
También es muy provechoso hablar poco y reflexionar mucho.
Y no debemos cometer injusticias para que no nos atormente la mala conciencia y el temor al castigo (4-8).
Te indicaré las normas que debes observar para vivir más seguro. Pero te aconsejo que escuches estos preceptos como si te enseñase la forma de proteger tu salud en tus dominios junto a Árdea[1].
Considera cuáles son los motivos que impulsan al hombre a causar daño a otro hombre:
descubrirás que son la esperanza, la envidia, el odio, el temor, el desprecio.
De todos ellos el desprecio es hasta tal punto el más leve, que muchos se han refugiado en él con el fin de protegerse.
Al que uno desprecia, ciertamente lo pisotea, pero luego pasa de largo; al hombre despreciado nadie lo daña con ensañamiento, nadie con empeño; incluso el soldado que yace en el campo de batalla es dejado de lado, se combate con el que está en pie.
Evitarás los deseos de los malvados si no tienes nada que excite la injusta codicia de los demás, si no posees nada llamativo:
en verdad se ambicionan aun las cosas de poco valor, si son poco conocidas, si son raras.
Rehuirás la envidia si no te expones a las miradas de los otros,
si no haces ostentación de tus bienes, si aprendes a alegrarte en tu intimidad.
Salvador Dalí, «El sueño americano»
El odio o es el resultado de una injuria (esto lo evitarás no provocando a nadie), o es injustificado, del cual te protegerá el sentido común.
Tal odio resultó peligroso a muchos:
algunos se han ganado el odio sin tener enemigo [2].
Una modesta fortuna y un carácter dulce lograrán queno infundas temor:
los hombres deben saber que eres de tal condición que pueden herirte sin riesgo de represalias; que la reconciliación contigo sea fácil y segura.
Ser temido es, en verdad, tan enojoso entre la familia, como fuera de ella, tanto por los siervos, como por los hombres libres:
no existe ninguno que no tenga fuerza suficiente para hacer daño.
Añade ahora que el que infunde temor teme a su vez:
nadie ha podido ser temible sin inquietud.
Queda el desprecio,
cuya medida la tiene a su disposición quien se lo ha procurado, quien es menospreciado porque ha querido, no porque lo ha merecido.
Las incomodidades de éste las desvanecen las buenas costumbres y las amistades de aquellos que son influyentes ante algún poderoso, a los que conviene acercarse, pero no encadenarse [3] para que el remedio no sea más costoso que el peligro.
Sin embargo,
nada aprovechará tanto como estar tranquilo y hablar muy poco con los demás y muchísimo consigo mismo.
Existe un cierto encanto en la conversación que se insinúa y halaga y, no de otra suerte que la embriaguez y el amor, descubre los secretos.
Nadie silenciará lo que ha escuchado, nadie comunicará sólo cuanto ha escuchado[4].
Quien no silencie el hecho, no silenciará al autor.
Cada cual tiene alguien en quien confiar tanto cuanto a él se ha confiado;
por más que modere su locuacidad y se contente con los oídos de uno solo, hará pública la noticia; así lo que poco ha era secreto, ahora es voz popular.
ALEGORÍA DEL ÁRBOL DE LA VIDA (Ignacio de Ries)
Una gran parte de nuestra seguridad radica en no cometer injusticia alguna:
los prepotentes llevan una vida turbia y desordenada;
temen en la misma medida en que hacen daño y no descansan en ningún momento.
En verdad, tiemblan cuando han obrado el mal y andan perplejos.
Su conciencia no les permite ocuparse, de otra cosa y en seguida les obliga a responder ante su juicio.
El castigo lo expía quien lo espera y lo espera quien lo ha merecido.
Ciertos delitos dejan a uno tranquilo en medio del remordimiento, pero ninguno le deja seguro;
en efecto, piensa que si aún no ha sido descubierto, puede serlo, y durante el sueño se agita y, cuantas veces habla del crimen de alguno, recuerda el suyo; no le parece bastante olvidado, ni bastante oculto.
El culpable tiene a veces la suerte, mas nunca la certeza de mantenerse oculto[5].
(titulada originalmente Séneca, después de abrirse las venas, se mete en un baño y sus amigos, poseídos de dolor, juran odio a Nerón, que decretó la muerte de su maestro), un óleo pintado en 1871 por el artista español Manuel Domínguez Sánchez.
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Notas
[1] La ciudad de Ardea, antigua capital de los rútulos, estaba edificada sobre una roca en cuyas faldas se extendían vastas lagunas, por ello era considerada aquella zona la más insalubre de toda la región.
Séneca, pues, quiere decir a Lucilio que debe acoger los consejos morales de esta epístola con la misma voluntad de aplicarlos con que atendería a los consejos de naturaleza higiénica si tuviera que vivir en una zona malsana.
[2] Con intuición psicológica afirma el filósofo que hay personas que son objeto de odio, aunque no hayan ofendido a nadie de modo particular, tan sólo por su ingrato carácter.
[3] Consejo más práctico que moral. Hemos tratado de reproducir de algún modo en la traducción el juego de palabras de base etimológica (ap-plicari, im-plicari) y con homeoteleuton.
[4] Porque al contar con detalle a los demás el secreto confiado, uno añadirá sus propios comentarios con observaciones un tanto falseadas.
[5] Cuando se ha obrado mal, uno puede quedar libre de castigo, pero nunca de la angustia del remordimiento y del temor al castigo.
Señala Grimal (cf. Sénèque ou la conscience…, págs. 194-195) que antes de la crisis del 59, para Séneca la idea de conciencia moral se limita casi a los tormentos que sufre el tirano o al sentimiento de la propia virtud que es fuente de felicidad.
Mas, a partir del 59, la conciencia se presenta como fuente de tormentos para todo el que ha cometido una falta, tanto en las Epístolascomo el tratado De beneficiis. Sin duda, tal concepción se inspiraba directamente en la experiencia tenida en la corte de Nerón.
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