«Usted no puede hacer realmente nada ahora, nadie puede hacer nada. Sería lo mismo tratar de impedir la llegada de la primavera.
Este mundo nuestro tiene que desplomarse ahora en la violencia, en la injusticia y la destrucción, y nada podrá detenerlo.
No he de vivir más en este tiempo. Lo conozco. Lo rechazo.
Estaré apartado de esta época tanto como pueda, viviré mi vida y en lo posible seré feliz, aunque el mundo entero se deslice horrorizado en un abismo insondable.
Existe una verdad más grande que la verdad del presente, existe un Dios por encima de estos dioses de hoy.
En cuanto a mí, en la medida de mis fuerzas, trataré de salvarme, porque yo creo que la virtud más alta es ser feliz, viviendo en la mayor verdad, sin someterse a la falsedad de estos tiempos individualistas»
Usted no puede hacer realmente nada ahora, nadie puede hacer nada. Sería lo mismo tratar de impedir la llegada de la primavera. Este mundo nuestro tiene que desplomarse ahora en la violencia, en la injusticia y la destrucción, y nada podrá detenerlo.
Lo único que es posible hacer ahora es, o caer con el navío, hundirse con la nave, o, en la medida de las propias fuerzas, abandonar la nave y vivir aparte como un paria. En cuanto a mí, no pertenezco a la nave. Si puedo evitarlo, yo no me hundiré con ella.
No he de vivir más en este tiempo. Lo conozco. Lo rechazo. Estaré apartado de esta época tanto como pueda, viviré mi vida y en lo posible seré feliz, aunque el mundo entero se deslice horrorizado en un abismo insondable.
Existe una verdad más grande que la verdad del presente, existe un Dios por encima de estos dioses de hoy.
Dejad que luchen y caigan en torno de sus ídolos, amigos míos, es cosa de ellos.
En cuanto a mí, en la medida de mis fuerzas, trataré de salvarme, porque yo creo que la virtud más alta es ser feliz, viviendo en la mayor verdad, sin someterse a la falsedad de estos tiempos individualistas.
Ayer hizo un hermoso día aquí con una brillante, nueva y vasta claridad solar, con deliciosos aromas nuevos como si la nueva sangre estuviera despertándose. Y el mar llegaba en grandes y largas olas atronando espléndidamente desde lo desconocido.
Esto es perfecto: sopla un viento fuerte y puro. ¿Qué importa ese hervidero revuelto de la humanidad en Europa? Si de seguro fuera esa la única verdad, uno podría desesperar.
El mundo es muy grande, y el curso de la humanidad, estupendo. ¿Qué significa ese derrumbe de las naciones aquí o allá? ¡Qué importa la muerte individual! No me preocupo si mueren sesenta millones de individuos.
El germen no está en las masas, está en otra parte.
Aldous Houxley y D. H. Lawrence
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AUTOR: D. H. Lawrence.Fragmentos de la carta a Lady Ottoline Morrell. Padstosw, Cornualles. 7 de Febrero de 1916. FUENTE:Cartas recopiladas por Aldous Huxley, Tomo II. Ediciones Imán, Buenos Aires, 1945. FD, 3 de junio de 2022.
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EL SEÑOR CHARLATÁN
«Estoy aburrido de los charlatanes y de su cháchara. Mi alma los odia.
Cuando a la mañana me levanto y examino las cartas y revistas, las encuentro llenos de cháchara, y todo lo que veo es charla perdida, vacía de significado, pero henchida de hipocresía.
Cuando voy al mercado, el señor Charlatán se detiene a la puerta de cada comercio y dictamina sobre la gente.
Si visito templos y otros lugares de culto lo encuentro sentado en un trono, con la cabeza coronada y un cetro refulgente en su mano.
Y cuando vuelvo a mi hogar, al caer la tarde, también lo encuentro en él.
El señor Charlatán está en todas partes.
¿Dónde puede hallar descanso quien ama el silencio?
¿Hay en este universo un rincón al que pueda ir y vivir felizmente por mí mismo?
¿Hay algún lugar donde no exista el tráfico de la conversación vacía?
¿Hay alguien en el mundo que no se autoadore cuando habla?
¿Hay alguna persona cuya boca no sea refugio en que se oculta el travieso señor Charlatán?
¿Alguna vez perdonará Dios mis pecados antes de bendecirme y ubicarme en el mundo de las Ideas, la Verdad, y el Afecto, donde los charlatanes no existen?«
Estoy aburrido de los charlatanes y de su cháchara. Mi alma los odia.
Cuando a la mañana me levanto y examino las cartas y revistas que hay al lado de mi cama, las encuentro llenos de cháchara, y todo lo que veo es charla perdida, vacía de significado, pero henchida de hipocresía.
Cuando me siento a la ventana para desprender el velo de sueño que me cubre los ojos y tomar un café turco, delante de mí se aparece el señor Charlatán saltando, gritando y rezongando, y condesciende a beber mi café y a fumar mis cigarrillos.
Cuando voy a trabajar, el señor Charlatán me sigue, cuchicheándome al oído y repiqueteando en mi delicado cerebro. Cuando intento desembarazarme de él, pronto vuelve a inundarlo todo con la corriente de su charla sin sentido.
Cuando voy al mercado, el señor Charlatán se detiene a la puerta de cada comercio y dictamina sobre la gente. Lo veo hasta en las caras de los que están callados, porque a ellos también los acompaña. Y, aunque los perturba, ellos no son conscientes de su presencia.
Si me siento con un amigo, el señor Charlatán se incorpora al grupo, aunque no haya sido invitado. Si lo eludo, se las arregla para quedarse cerca, de modo que el eco de su voz me irrita y revuelve el estómago como el hedor de la carne podrida.
Cuando visito los tribunales y las instituciones de enseñanza lo encuentro en compañía de su padre y de su madre, adornando la Falsedad con ropajes de seda y la Hipocresía con un magnífico manto y un hermoso turbante.
Cuando voy a una fábrica, para mi gran sorpresa, allí también encuentro al señor Charlatán, a su madre, al tío y al abuelo, charlando y moviendo sus gruesos labios. Sus parientes lo aplauden y se ríen de mí.
Si visito templos y otros lugares de culto lo encuentro sentado en un trono, con la cabeza coronada y un cetro refulgente en su mano.
Y cuando vuelvo a mi hogar, al caer la tarde, también lo encuentro en él: se desliza del cielorraso como una culebra o repta como una boa por todos los rincones de la casa.
En resumen, el señor Charlatán está en todas partes, en el cielo y más allá de él, en la tierra o debajo de ella, en las alas del éter o sobre las olas del mar, en bosques y cavernas, en la cima de las montañas.
¿Dónde puede hallar descanso quien ama el silencio? ¿Acaso Dios premiará alguna vez mi alma y me otorgará la gracia de la sordera para que pueda vivir en el paraíso del Silencio?
¿Hay en este universo un rincón al que pueda ir y vivir felizmente por mí mismo?
¿Hay algún lugar donde no exista el tráfico de la conversación vacía? ¿Hay alguien en el mundo que no se autoadore cuando habla? ¿Hay alguna persona cuya boca no sea refugio en que se oculta el travieso señor Charlatán?
Me conformaría con que existiera una sola clase de charlatanes, pero son innumerables y puede dividirse en clanes y tribus.
Están los que viven todo el día en pantanos, y cuando llega la noche se van a la orilla, sacan la cabeza fuera del agua y del cieno y llenan el silencio de la noche con su horrible croar que rompe los tímpanos.
Está el clan de los que se emborrachan con aguardiente y cerveza, se instalan en las esquinas de la calle y llenan el aire de bramidos más poderosos que los de un búfalo revolcándose.
Hay también una extraña tribu cuya gente pasa el tiempo en las tumbas de la vida, convirtiendo el silencio en una especie de gemido más lúgubre que el chillido de la lechuza.
Existe además el grupo de los charlatanes que imaginan que la vida es un trozo de madera, y con él tratan de labrar algo para ellos, y mientras lo hacen, producen un chillido más feo que el estrépito de una sierra.
Hay también una partida de criaturas que se golpean entre sí con mazos, para producir tonos huecos más horribles que los tantanes de los salvajes de la jungla.
Por debajo de estas criaturas hay una secta cuyos miembros no tienen otra cosa que hacer que estar sentados –cuando hay un asiento disponible- y masticar palabras en lugar de pronunciarlas.
Una vez encontramos una facción de charlatanes que tejían aire con aire y no tenían vestidos.
A menudo encontramos un tipo de charlatanes cuyos representantes son como estorninos, pero se creen águilas cuando se remontan en las corrientes de sus palabras.
Y hay también charlatanes que son como las campanas, que repican llamando al pueblo al culto, pero que nunca entran a la iglesia.
Hay todavía más tribus y clanes de charlatanes, pero sería demasiado largo enumerarlos. Según creo, las más extraña es una secta de dormilones cuyos miembros perturban el universo con sus ronquidos y, de tanto en tanto, se despiertan diciendo:
“¡Que eruditos somos!”.
Después de expresar mi horror por el señor Charlatán y sus camaradas, me siento como el médico que no puede curarse o como el presidiario que predica virtud a sus compañeros de celda. Satiricé al señor Charlatán y a sus amigos charlatanes con mi propia charla.
Yo escapo de los charlatanes, pero soy uno de ellos.
¿Alguna vez perdonará Dios mis pecados antes de bendecirme y ubicarme en el mundo de las Ideas, la Verdad, y el Afecto, donde los charlatanes no existen?
¿Alguna vez perdonará Dios mis pecados antes de bendecirme y ubicarme en el mundo de las Ideas, la Verdad, y el Afecto, donde los charlatanes no existen?
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KHALIL GIBRAN, Pensamientos y meditaciones. Obras completas, tomo II. Ediciones Bosmar, 1980.
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