La felicidad en Spinoza

La felicidad en Spinoza

 

La felicidad en Spinoza

 

Así pues, aunque los hombres se rigen en todo, por lo general, según su capricho, de la vida en sociedad con ellos se siguen, sin embargo, muchas más ventajas que inconvenientes. Por ello, vale más sobrellevar sus ofensas con ánimo sereno, y aplicar nuestro celo a todo aquello que sirva para establecer la concordia y la amistad.

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Lo que engendra la concordia tiene que ver con la justicia, la equidad y la honestidad. Pues los hombres, aparte de la injusticia y la iniquidad, también soportan mal lo que se tiene por deshonroso, o que alguien rechace lo que es costumbre establecida en el Estado. Para que el amor se establezca es, ante todo, necesario lo que tiene que ver con la religión y la moralidad.

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Suele también engendrarse la concordia, generalmente, a partir del miedo, pero en ese caso no es sincera. Añádase que el miedo surge de la impotencia del ánimo, y, por ello, no es propio de la razón en su ejercicio, como tampoco lo es la conmiseración, aunque parezca ofrecer una apariencia de moralidad.

También la liberalidad conquista a los hombres, y principalmente  a aquellos que no tienen medios de procurarse lo necesario para subsistir. Sin embargo, procurar ayuda a cada indigente es algo que supera con mucho las posibilidades y el interés de un particular. Pues las riquezas de un particular quedan muy por debajo de lo que sería una ayuda suficiente. Por otra parte, un solo hombre no tiene bastante capacidad para hacerse amigo de todos; por ello, el cuidado de los pobres compete a la sociedad entera y atañe sólo al interés común.

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Es necesaria otra clase de precauciones completamente distinta a la hora de aceptar beneficios, y de mostrarse agradecidos, retribuyéndolos.

 

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Por otra parte, el amor lascivo, esto es, el deseo de engendrar suscitado por la belleza y, en general, toda clase de amor que no reconozca como causa la libertad del alma, se convierte fácilmente en odio, salvo que sea -lo que es peor aún- una especie de delirio, en cuyo caso favorece la discordia más bien que la concordia.

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Por lo que atañe al matrimonio, es cierto que concuerda con la razón, si el deseo de unir íntimamente los cuerpos no es engendrado por la sola belleza, sino también por un amor de procrear hijos y educarlos sabiamente; y si, además, el amor de ambos -es decir, del varón y de la hembra- tiene por causa no la sola belleza, sino, sobre todo, la libertad del ánimo.

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La adulación engendra también la concordia, pero a través del repugnante vicio del servilismo, o de la perfidia; y los soberbios que quieren ser los primeros, no siéndolo, son los que más fácilmente caen en las redes de la adulación.

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La abyección lleva implícita una falsa apariencia de moralidad y religión. Y aunque la abyección sea contraria a la soberbia, está, con todo, el abyecto muy próximo del soberbio.

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La vergüenza también contribuye a la concordia, pero sólo en aquellas cosas que no pueden ocultarse. Además, puesto que la vergüenza es una especie de tristeza, no concierne al ejercicio de la razón.

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Los restantes afectos de la tristeza que se experimentan contra los hombres se oponen directamente a la justicia, la equidad, la honradez, la moralidad y la religión, y, aunque la indignación parezca ofrecer la apariencia de equidad, lo cierto es que se vive sin ley allí donde cada cual le es lícito enjuiciar los actos de otro y tomarse la justicia por su mano.

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La modestia, es decir, el deseo de agradar a los hombres, cuando es determinada por la razón, tiene que ver con la moralidad. Pero si brota de un afecto es una forma de la ambición, o sea, un deseo por el que los hombres, bajo la falsa apariencia de moralidad, suscitan por lo general discordias y sediciones. Pues quien desea ayudar a los demás, con su consejo o sus acciones, con vistas al disfrute conjunto del supremo bien, ante todo procurará ganarse su amor, y no tendrá la intención primordial de que le admiren -para que la doctrina que enseña lleve su nombre-, ni les dará, en absoluto, motivo alguno de envidia.

Además, en los coloquios ordinarios se guardará de referirse a los vicios de los hombres, y tendrá cuidado de no hablar de la impotencia humana sino con parquedad, y, en cambio, hablará ampliamente acerca de la virtud o de la potencia humana, y de la vía por la que puede perfeccionarse, para que, de esta suerte, los hombres se esfuercen cuanto esté en su mano, no movidos por el miedo o el aborrecimiento, sino por el solo afecto de la alegría, en vivir conforme a los preceptos de la razón.

 

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Fuera de los hombres no conocemos en la naturaleza ninguna cosa singular de cuya alma podamos gozar, uniéndola a nosotros por la amistad o por algún otro género de asociación. Por ello, no exige la regla de nuestra utilidad propia que conservemos todo lo que hay en la naturaleza, a parte de los hombres, pues tal regla nos enseña, bien a conservarlo para usos diversos, bien a destruirlo o adaptarlo a nuestras conveniencias de cualquier manera.

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La utilidad principal que nos reportan las cosas que están fuera de nosotros, además de la experiencia y el conocimiento que adquirimos por el hecho de observarlas y de transformar unas en otras, es la conservación de nuestro cuerpo; y por esta razón son útiles, sobre todo, aquellas cosas que pueden alimentar y nutrir el cuerpo de manera que todas sus partes puedan cumplir correctamente su función: pues cuanto más apto es el cuerpo para ser afectado de muchas maneras, y para afectar de muchas maneras a los cuerpos exteriores, tanto más apta es el alma para pensar.

Ahora bien, parece que en la naturaleza hay muy pocas cosas de esta clase, por lo cual, para nutrir el cuerpo como es debido, resulta necesario servirse de muchos alimentos distintos de naturaleza diversa. Pues el cuerpo humano está compuesto de muchísimas partes de diversa naturaleza que precisan de un alimento continuo y variado, a fin de que el cuerpo íntegro sea igualmente apto para hacer todo lo que pueda seguirse de su naturaleza y, por consiguiente, pata que el alma sea también igualmente apta para concebir muchas cosas distintas.

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Pues bien, para procurarse dichas cosas, difícilmente serían suficientes las fuerzas de cada cual, si los hombres no se prestaran servicios mutuos. Pero el dinero ha llegado a ser un compendio de todas las cosas, de donde resulta que su imagen suele ocupar el alma del vulgo con la mayor intensidad; pues difícilmente pueden imaginar forma alguna de alegría que no vaya acompañada como causa por la idea  de la moneda.

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Pero este vicio sólo lo tienen aquellos que buscan el dinero, no por indigencia ni para subvenir a sus necesidades, sino porque han aprendido las artes del lucro, de las que están enormemente orgullosos. Por lo demás, los tales dan al cuerpo su ración por simple rutina, pero con parquedad, pues creen perder de sus bienes cuanto gastan en la conservación de su cuerpo. Ahora bien, quienes conocen la verdadera utilidad del dinero, y acomodan sus riquezas solo a sus necesidades, viven contentos con poco.

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Siendo buenas las cosas que ayudan a que las partes del cuerpo cumplan su función, y consistiendo la alegría en el hecho de que la potencia del hombre -en cuanto que éste consta de alma y cuerpo- se ve favorecida o aumentada, son, entonces, buenas todas las cosas que proporcionan alegría. Sin embargo, puesto que las cosas no ocurren con el fin de afectarnos de alegría, ni su potencia de obrar se atempera a nuestra utilidad, y, en fin, dado que la alegría, por lo general, se refiere a una sola parte del cuerpo, resulta que la mayor parte de los afectos de la alegría, y, por consiguiente, también los deseos que a partir de ellos se engendran, tienen exceso (a no ser que medien la razón y la atención). Se añade a ello que, por obra de un afecto, consideremos como primordial lo que es actualmente agradable, y no podamos valorar las cosas futuras con serenidad.

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La superstición, por el contrario, parece admitir que es bueno lo que reporta tristeza y malo lo que proporciona alegría. Pero, como ya hemos dicho, nadie sino un envidioso puede deleitarse con mi impotencia y mis penas. Pues cuanto mayor es la alegría que nos afecta, tanto mayor es la perfección a la que pasamos y, por consiguiente, tanto más participamos de la naturaleza divina, y no puede ser mala ninguna alegría que se rija por la verdadera norma de nuestra utilidad. Pero quien, por contra, es guiado por el miedo, y hace el bien para evitar el mal, no es conducido por la razón.

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De todas maneras, la potencia humana es sumamente limitada, y la potencia de las causas exteriores la supera infinitamente. Por ello, no tenemos la potestad absoluta de amoldar según nuestra conveniencia las cosas exteriores a nosotros. Sin embargo, sobrellevaremos con serenidad los acontecimientos contrarios a las exigencias de la regla de nuestra utilidad, si somos conscientes de haber cumplido con nuestro deber, y de que nuestra potencia no ha sido lo bastante fuerte como para evitarlos, y de que somos una parte de la naturaleza total, cuyo orden seguimos.

Si entendemos eso con claridad y distinción, aquella parte nuestra que se define por el conocimiento, es decir, nuestra mejor parte, se contentará por completo con ello, esforzándose por perseverar en ese contento. Pues en la medida en que conocemos, no podemos apetecer sino lo que es necesario, ni, en términos absolutos, podemos sentir contento si no es ante la verdad. De esta suerte, en la medida en que entendemos eso rectamente, el esfuerzo de lo que es en nosotros la mejor parte concuerda con el orden de la naturaleza entera.

 

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BARUCH DE SPINOZA (1632-1677)Ética, Parte cuarta, Apéndice (capítulos XIV al XXXII)

 

La felicidad en Spinoza

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La ética de Spinoza: ¿puede la razón guiar el bienestar personal?

Sostenía que es un un instrumento vital para alcanzar la felicidad. Fue uno de los filósofos más influyentes del siglo XVII.

Clarín, 17 ENERO 2025

 

En la búsqueda del bienestar personal, miles de filósofos occidentales reflexionaron acerca de la felicidad y cómo encontrarla. En este sentido, la concepción de ética de Baruch Spinoza, representante del racionalismo moderno del siglo XVII, puede dar una clave de cómo guiarnos hasta allí.

Presentó una de las teorías filosóficas más audaces y revolucionarias de la modernidad. En su obra Ética demostrada según el orden geométrico, el filósofo neerlandés reformuló la concepción de Dios y la naturaleza, y también propuso una visión radical sobre la relación entre la razón y el bienestar humano.

Para Spinoza, la razón no es simplemente una facultad abstracta, sino un instrumento vital para alcanzar la felicidad. Su ética, basada en una profunda comprensión de la naturaleza humana y el universo, sugiere que el bienestar personal no depende de la evasión del sufrimiento, sino de una adecuada comprensión de las leyes naturales y la capacidad de alinearse con ellas.

Uno de los principales cuestionamientos que se hace Spinoza es cómo podemos ser felices, y una de sus primeras propuestas fue considerar nuestras acciones y sentimientos como si fuesen líneas, planos o cuerpos con la intención de que se crucen la corriente fría de la argumentación y la corriente cálida de las pasiones, con el objetivo que entre ambas construyan un razonamiento que culmine con la felicidad.

La ética de Spinoza: ¿puede la razón guiar el bienestar personal?

A diferencia de muchos filósofos contemporáneos, que conciben la razón y las emociones como fuerzas opuestas, Spinoza sostiene que ambas son componentes esenciales del ser humano, pero deben estar en un equilibrio adecuado. Según él, las emociones (o «afectos») no son irracionales por naturaleza, sino que surgen cuando la mente no comprende adecuadamente las causas que las generan.

Es decir, las emociones no son inherentemente negativas, sino que se convierten en problemáticas cuando no se les da una explicación racional. Para Spinoza, el primer paso hacia el bienestar personal es la comprensión de los afectos y el reconocimiento de sus causas.

La ignorancia de estas causas nos lleva a ser dominados por pasiones negativas como la tristeza, el odio o el miedo. Lejos de contribuir a un bienestar para la persona, lo mantienen atado a un estado de sufrimiento constante y alejado de la felicidad y el bienestar personal.

 

Baruch Spinoza, bautizado como el “Príncipe de la inmanencia”

 

Por el contrario, al adquirir una mayor comprensión de las leyes naturales que rigen nuestra mente y las emociones, podemos transformar esas pasiones en sentimientos más constructivos, tales como: amor, alegría y serenidad. Entonces, la razón en la ética de Spinoza es el medio que permite a los seres humanos liberarse de ser esclavos de sus propias pasiones.

Entonces: ¿Puede la razón guiar el bienestar personal? Tal como la entiende Spinoza, sí. Argumenta que el ser humano es parte de un todo, y que la comprensión profunda de nuestra relación con la naturaleza y los demás es lo que nos lleva a la paz interior. Este tipo de bienestar no depende de factores externos.

Quién fue Baruch Spinoza

Considerado uno de los tres grandes representantes del racionalismo moderno del siglo XVII, al igual que el alemán Godofredo Leibniz y el francés René Descartes, es reconocido por su constante trabajo acerca de qué es y cómo alcanzar la felicidad.

Nació en Ámsterdam el 24 de noviembre de 1632 y murió en La Haya, el 21 de febrero de 1677 (44 años). Fue uno de los principales pensadores de la Ilustración, de la crítica bíblica moderna y del racionalismo, incluyendo concepciones modernas del ser y del universo.

Llegó a ser considerado «uno de los filósofos más importantes de la Edad Moderna». Tuvo un pensamiento inspirado por el estoicismo, el racionalismo judío, la obra de Maquiavelo, Hobbes, Descartes y diversos pensadores religiosos heterodoxos de su época.

 

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La filosofía de Spinoza: las principales claves para alcanzar la felicidad

Su pensamiento era cuestionado y censurado en su momento. Cuáles son las claves para alcanzar una vida plena.

Clarín, 1 OCT 2024

Cómo la filosofía de Spinoza puede guiarte hacia la felicidad

 

Considerado uno de los tres grandes representantes del racionalismo moderno del siglo XVII al igual que Leibniz y DescartesBaruch Spinoza es reconocido por su constante trabajo acerca de qué es y cómo alcanzar la felicidad. En detalle, qué creía este filósofo y qué lo llevó a la búsqueda del camino hacia la felicidad.

¿Cómo podemos ser felices? Es uno de los principales cuestionamientos que se hace Spinoza. Una de sus primeras propuestas fue considerar nuestras acciones y sentimientos como si fuesen líneas, planos o cuerpos con la intención de que se crucen la corriente fría de la argumentación y la corriente cálida de las pasiones con el objetivo que entre ambas construyan un razonamiento que culmine con la felicidad.

En ese sentido, también se caracterizó por la identificación de Dios con la naturaleza. Es decir, que para él no era un ser dotado de omnipotencia, sino que lo definió como «una sustancia que abarca todo lo real, todo lo que existe«.

 

Cómo podemos ser felices, según Spinoza

 

Este hombre rompió con los esquemas que predominaban en la época, lo que lo transformó en uno de los pensantes más censurados de su época. Sin embargo, esta particular personalidad le sirvió para ser influencia directa con grandes filósofos como Hegel, Marx y Nietzsche.

«La filosofía de Spinoza fue muy censurada en su época. Esto se debe, en gran parte, a que sus reflexiones no estaban en sintonía con los preceptos judeocristianos que dominaban en la Europa de su tiempo. De hecho, sus contemporáneos solían llamarlo «ateo», aunque en ninguna parte de su obra negó la existencia de Dios», detalla el portal especializado «McS».

«Además, sus textos fueron incluidos en el Índice de libros prohibidos de la Iglesia católica en 1679. ​Por lo tanto, su obra circuló clandestinamente hasta que fue reivindicada por grandes filósofos alemanes de principios del siglo XIX», añade.

 

Características de la filosofía de Spinoza

«Mejor con Salud» publicó un listado con las principales características de la filosofía de Spinoza. Entre ellas, se destacan los siguientes aspectos:

Política: La filosofía de Spinoza también tocó temas políticos. En este caso, defendió la separación de la iglesia respecto al Estado, así como la libertad de expresión como base de la convivencia. El filósofo también defendió la democracia y afirmó que el fin del Estado es hacer a todos los hombres libres. Es decir, que no sean autómatas.

Ética: Si partimos de que todo lo que hay es naturaleza, entonces no hay nada que se le escape o se le oponga a ella; ni siquiera el alma humana. Por lo tanto, todo lo que le ocurre al hombre se supedita al curso de la naturaleza. Sin embargo, el hombre puede alcanzar la libertad a través del conocimiento. Para él, la libertad no es cuestión de la voluntad humana, sino del entendimiento.

Epistemología: En la filosofía de Spinoza no hay dualismo. Es decir, alma y cuerpo no son entes separados, sino que se trata de una y la misma cosa, pero vista desde distintas perspectivas. En otras palabras, alma y cuerpo son dos atributos diferentes (pensamiento y extensión, respectivamente) de la misma sustancia (Dios).

Metafísica: En primer lugar, debemos tener en cuenta que Spinoza, a diferencia de Descartes, defendía que toda la realidad partía de una única sustancia; entendida esta como aquello que no necesita nada para existir. Es decir, que es causa de sí misma. Ahora bien, Spinoza refutaba a Dios como creador de la naturaleza.