LA CONSPIRACIÓN DEL SILENCIO
LA CONSPIRACIÓN DEL SILENCIO
«Acaba de detenerse el gran diálogo de los hombres. Y, por supuesto, un hombre al que no se puede persuadir es un hombre que da miedo.
Es así cómo junto a gentes que no hablaban, porque lo consideraban inútil, se extendía y sigue extendiéndose una inmensa conspiración del silencio, aceptada por los que tiemblan, y que se dan a sí mismos muy buenas razones para ocultárselo, y suscitada por los que tienen interés en hacerlo.
Vivimos en el terror porque ya no es posible la persuasión; porque vivimos en el mundo de la abstracción, el de las oficinas y las máquinas, el de las ideas absolutas y el mesianismo sin matices.
Nos ahogamos en medio de gentes que creen tener absolutamente razón, sea en sus máquinas o en sus ideas. Y para todos aquellos que no pueden vivir más que con el diálogo y con la amistad de los hombres, este silencio es el fin del mundo.
Sin embargo, en vez de censurar este miedo, lo que hay que hacer es considerarlo como uno de los primeros elementos de la situación y tratar de remediarlo. No hay nada más importante.
Esa es la alternativa en la que se coloca a esta gran masa de hombres en Europa que no son de ningún partido o que no están a gusto en el que han escogido.
En medio de los poderosos del día, son unos hombres sin reino.
Estos hombres no podrían hacer admitir (no digo triunfar, sino admitir) su punto de vista y no podrán volver a encontrar su patria más que cuando hayan adquirido conciencia de lo que ellos quieren y que lo digan lo bastante sencilla y fuertemente para que sus palabras puedan formar un lazo de energía alrededor suyo»
Por Albert Camus
Filosofía Digital, 2009

El siglo XVII fue el siglo de las matemáticas; el XVIII, el de las ciencias físicas; el XIX, el de la biología. Nuestro siglo XX es el siglo del miedo. Se me dirá que eso no es una ciencia. Pero en primer lugar la ciencia tiene algo que ver con ello, puesto que sus últimos progresos teóricos la han llevado a negarse a sí misma y puesto que sus perfeccionamientos prácticos amenazan a la tierra entera con la destrucción. Además, si el miedo en sí mismo no puede ser considerado como una ciencia, no hay duda, sin embargo, de que sea una técnica.
JUNTO A GENTES QUE NO HABLAN, PORQUE LO CONSIDERAN INÚTIL, SIGUE EXTENDIÉNDOSE UNA INMENSA CONSPIRACIÓN DEL SILENCIO, ACEPTADA POR LOS QUE TIEMBLAN, Y SUSCITADA POR LOS QUE TIENEN INTERÉS EN HACERLO
Lo que más sorprende, en efecto, en el mundo en que vivimos, es, en primer lugar y en general, que la mayor parte de los hombres (salvo los creyentes de todas las especies) están privados de porvenir. No hay una vida valedera sin una proyección sobre el porvenir, sin la promesa de la madurez y del progreso. Vivir contra una pared es la vida de un perro. ¡Pues bien! Los hombres de mi generación y de la que hoy entra en talleres y universidades han vivido y viven cada vez más como perros.
Naturalmente, no es la primera vez que los hombres se encuentran frente a un porvenir materialmente cerrado. Pero triunfaban de ello ordinariamente mediante la palabra y el grito. Apelaban a otros valores que constituían su esperanza. Hoy ya nadie habla de eso (salvo los que se repiten), porque nos parece que el mundo está conducido por fuerzas ciegas y sordas que no oirán los gritos de advertencia, ni los consejos, ni las súplicas.
Hay algo en nosotros que ha sido destruido por el espectáculo de los años que acabamos de pasar. Y ese algo es esta eterna confianza del hombre, que le ha hecho creer siempre que se podían obtener de otro hombre reacciones humanas, hablándole el lenguaje de la humanidad.
Nosotros hemos visto mentir, envilecer, matar, deportar, torturar, y a cada vez no era posible persuadir a los que lo hacían de que no lo hiciesen, porque ellos estaban seguros de sí mismos y porque no se persuade a una abstracción, es decir, al representante de una ideología.
Acaba de detenerse el gran diálogo de los hombres. Y, por supuesto, un hombre al que no se puede persuadir es un hombre que da miedo. Es así cómo junto a gentes que no hablaban, porque lo consideraban inútil, se extendía y sigue extendiéndose una inmensa conspiración del silencio, aceptada por los que tiemblan, y que se dan a sí mismos muy buenas razones para ocultárselo, y suscitada por los que tienen interés en hacerlo.
«No debe usted hablar de la depuración de los artistas en Rusia, porque eso sería ventajoso para la reacción.» «Debía usted callarse sobre el mantenimiento de Franco por los anglosajones, porque eso aprovecharía al comunismo.» Bien decía yo que el miedo era una técnica.
ENTRE LOS PODEROSOS DEL DÍA, LOS QUE NO PERTENECEN A NINGÚN PARTIDO O NO ESTÁN A GUSTO EN EL SUYO, Y DUDAN DE QUE EL SOCIALISMO SE REALIZARA EN RUSIA O EL LIBERALISMO EN AMÉRICA, SON HOMBRES SIN REINO
Entre el miedo general de una guerra que prepara todo el mundo y el miedo muy particular de las ideologías criminales, es muy cierto, pues, que vivimos en el terror.
Vivimos en el terror porque ya no es posible la persuasión, porque el hombre ha sido entregado por entero a la historia y porque ya no puede volverse hacia esta parte de sí mismo, tan verdadera como la parte histórica, y que vuelve a encontrar ante la belleza del mundo y de los rostros; porque vivimos en el mundo de la abstracción, el de las oficinas y las máquinas, el de las ideas absolutas y el mesianismo sin matices.
Vivimos en el terror porque ya no es posible la persuasión
Nos ahogamos en medio de gentes que creen tener absolutamente razón, sea en sus máquinas o en sus ideas. Y para todos aquellos que no pueden vivir más que con el diálogo y con la amistad de los hombres, este silencio es el fin del mundo.
Para salir de este terror sería necesario poder reflexionar y actuar según esta reflexión. Pero el terror no es precisamente un clima favorable para la reflexión. Soy, sin embargo, de la opinión de que, en vez de censurar este miedo, lo que hay que hacer es considerarlo como uno de los primeros elementos de la situación y tratar de remediarlo.
No hay nada más importante. Pues eso concierne a la suerte de un gran número de europeos que, hartos de violencias y de mentiras, desengañados en sus más caras esperanzas, sienten repugnancia ante la idea de tener que matar a sus semejantes, aunque fuera para convencerlos, así como también les repugna igualmente la idea de ser convencidos de forma semejante.
Sin embargo, esa es la alternativa en la que se coloca a esta gran masa de hombres en Europa que no son de ningún partido o que no están a gusto en el que han escogido, que dudan de que en Rusia se realice el socialismo y el liberalismo en América, que reconocen, sin embargo, a éstos y a aquéllos el derecho de afirmar su verdad, pero que les niegan el de imponerla mediante el crimen, individual o colectivo. En medio de los poderosos del día, son unos hombres sin reino.
Estos hombres no podrían hacer admitir (no digo triunfar, sino admitir) su punto de vista y no podrán volver a encontrar su patria más que cuando hayan adquirido conciencia de lo que ellos quieren y que lo digan los bastante sencilla y fuertemente para que sus palabras puedan formar un lazo de energía alrededor suyo. Y si el miedo no es clima propicio para la justa reflexión, necesitan entonces, en primer lugar, ponerse en regla con el miedo.
Para ponerse en regla con él, hay que ver lo que significa y lo que rechaza. Significa y rechaza el mismo hecho: un mundo en que es legitimado el crimen y en el que a la vida humana se la considera como algo fútil. He ahí el primer problema político de hoy. Y antes de analizar los restante, es necesario tomar posición con relación a él. Previamente, hay que plantear dos interrogantes, antes de construir nada:
«Sí o no, directa o indirectamente: ¿quiere usted ser matado o violentado? Sí o no, directa o indirectamente: ¿quiere usted matar o violentar?»
Todos los que respondan que no a estas interrogaciones se embarcan automáticamente en una serie de consecuencias que deben modificar su manera de plantear el problema. Mi proyecto es el de precisar únicamente dos o tres de estas consecuencias. Mientras tanto, el lector de buena voluntad puede preguntarse a sí mismo y contestar.

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ALBERT CAMUS, Premio Nobel 1957. El siglo del miedo, Combat, noviembre de 1948. Ensayos-Actualidades, 1. Obras completas, Aguilar, 1968. Traducción: Doctor Julio Lago Alonso.

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EL TOTALITARISMO: «Ideología y terror de una nueva forma de gobierno», por Hannah Arendt

