“FOUCHÉ, el genio tenebroso”, por Stefan Zweig (PARTE VIII – Intermezzo involuntario)

INDICE DE POST de “FOUCHÉ, El genio tenebroso”, por Stefan Zweig

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FOUCHÉ

EL GENIO TENEBROSO

STEFAN ZWEIG

-PARTE VIII-

 

CAPÍTULO VII

INTERMEZZO INVOLUNTARIO
(1810-1815)

 

A comenzado el tercer destierro de José Fouché. En su magnífico palacio de Aix reside como un príncipe soberano el ministro de Estado destituido: el Duque de Otranto. Tiene cincuenta y dos años; ha experimentado la tensión enorme que producen todos los juegos, todos los éxitos y todas las contrariedades de la vida política, el cambio eterno de flujo y reflujo de las ondas del destino, hasta el fondo mismo. Ha conocido el favor de los poderosos y la desesperación de la soledad; ha sido pobre hasta sentir la angustia de la falta del pan cotidiano, y es inmensamente rico; ha sido estimado y odiado, celebrado y despreciado… Ya puede descansar en su buen retiro como Duque, Senador, Excelencia, Ministro de Estado, Consejero de Estado, multimillonario, dependiendo únicamente de su propia voluntad. Holgadamente pasea en su carroza de librea, hace visitas a las casas aristocráticas, recibe homenajes de su provincia y percibe el eco susurrado de las simpatías secretas de París.

Esta libre de la molestia enojosa de bregar diariamente con necios funcionarios y un amo despótico. A juzgar por su comportamiento y su aire satisfecho, se siente a las mil maravillas , procul negotiis (lejos de los negocios),  el Duque de Otranto. Pero cuan engañoso es su contento lo delata ese pasaje (sin duda auténtico) de sus Memorias*  (por lo demás muy poco dignas de crédito): 

«Me perseguía la costumbre arraigada de saberlo todo, más imperiosa en el aburrimiento de un destierro; desde luego, muy agradable pero monótono». Y el charme de sa retraite (encanto de su jubilación) no lo constituye, según propia confesión, el paisaje suave de la Provenza, sino una red de espionajes y comunicados en la capital. «Con ayuda de mis amigos seguros y mensajeros fieles compuestas, sin duda, por mano extraña, organicé una correspondencia secreta, a la que se añadían varios mensajeros, los cuales recibía con regularidad de París, que aunque con material en parte auténtico completaban aquélla. En una palabra: tenía en Aix mi policía particular.» Lo que se le propone como cargo, lo ejerce este hombre inquieto como deporte, y si ya no puede pisar los ministerios, le complace al menos mirar por ojo ajeno por los agujeros de las cerraduras, participar por oídos ajenos en las deliberaciones y, sobre todo, escuchar si al fin se da la ocasión de volverse a ofrecer, de volver a abrirse paso hasta la mesa de juego de la Historia Contemporánea. 

*Nota del autor: En este estudio casi nunca me he referido a las memorias del duque de Otranto, publicadas en 1824 en Paris, porque sin duda laguna fueron redactadas por mano ajena, en todo caso un material en parte auténtico. Hasta qué punto este hombre siempre lleno de doblez participó en su preparación es cosa que sigue ocupando en vano a la ciencia, y sigue siendo válida la alegre frase de Heinrich Heine, que escribía del «conocido falsario» Fouche que «había llevado tan lejos su falsedad como para publicar unas falsas memorias después de su muerte»

Pero el duque de Otranto aun tendrá que esperar largo tiempo al margen, porque Napoleón no le necesita. Está en la cumbre de su poder, ha dominado Europa, es yerno del emperador de Austria, es -¡supremo deseo hecho realidad!- padre de un rey de Roma. Todos los príncipes alemanes e italiano revolotean humildes a su alrededor, agradecidos pro el don de haberles permitido conservar sus coronas y coronitas; ya vacila y se tambalea el último y único enemigo: Inglaterra. Este hombre se ha vuelto tan fuerte que puede renunciar con una sonrisa a ayudantes tan ligeros y tan poco fiables como Joseph Fouché; sólo ahora que se le ha dado tan abundante tiempo para pensar tranquila y cómodamente, puede que el señor duque se dé cuenta de la loca arrogancia que le ha movido a medirse con el más poderoso de los hombres. El emperador ni siquiera le concede el honor de su odio…, desde la altura inmensa a la que el destino le ha llevado y alzado, ya ni siquiera ve al pequeño insecto mordaz que antaño anidó en su piel y del que se libro con una sola y fuerte sacudida. No aprecia ni su importunidad ni su ausencia., Fouché está liquidado para él. Y nada muestra con más claridad al caído lo poco que Napoleón le respeta y le teme ahora como que finalmente le permita volver a su castillo de Ferriérres, a dos horas de París. Desde luego, el emperador no le deja acercarse más, París y las Tullerías están cerrados para ese hombre que se ha atrevido a resistirse a él. 

 

Napoleón en las Tullerías

 

Una sola vez es llamado a palacio José Fouché durante esos dos años de vacío. Napoleón prepara la guerra contra Rusia y desea conocer la opinión de Fouché, ya que todos los demás se manifiestan en contra. Fouché se declara apasionadamente contra esta guerra, y aún entrega (si no lo falsificó post festum) el memorándum que se encuentra en sus Memorias; pero Napoleón sólo quiere oír confirmada su propia voluntad; no desea más que ciego asentimiento a sus palabras. Quien le aconseja en contra de la guerra parece dudar de su grandeza. Así Fouché es enviado fríamente de nuevo a su castillo, a su destierro, inactivo, mientras parte el Emperador, con seiscientos mil hombres, para la más loca y audaz de sus empresas, camino de Moscú.

Un extraño ritmo da la pauta de la vida rara y cambiante de José Fouché. Si asciende, lo consigue todo; si cae, se vuelve el destino contra él. Ahora, que tiene que aguardar amargado, apenado, a la sombra, caído en desgracia en su apartado palacio, fuera de la escena de los acontecimientos; precisamente ahora, cuando su desengaño está necesitado de ayuda espiritual, de leal consejo, de consuelo cariñoso; precisamente ahora pierde a la única persona que le acompañó durante veinte años con amor, constancia y fuerza de ánimo por todos los caminos peligrosos: su mujer. En aquella buhardilla del primer destierro se le murieron los dos primeros hijos, a los que amaba sobre todo; en el tercer destierro le deja su compañera. Esta pérdida hiere en lo más profundo de su alma al hombre aparentemente insensible. Desleal y veleidoso en cuanto se refiere a partidos e ideas, era este hombre impenetrable, para su esposa fea, el marido más cariñoso, más leal y atento; para sus hijos, el padre más ejemplar; igual que tras la máscara del burócrata seco se esconde el jugador espiritual nervioso e intrigante, así se esconde, tímido e invisible, detrás del hombre peligroso y desleal, el marido burgués, enamorado y fiel; el hombre solitario, que sólo se siente seguro y bien en el círculo íntimo del hogar. Lo que había de bondad y sinceridad ocultas en este diplomático astuto se lo brindo en un cariño silencioso a su compañera, que sólo vivía para él; que jamás se presentaba en las fiestas de la Corte, en banquetes o recepciones; que nunca se mezcló en sus juegos peligrosos. En el fondo impenetrable de su vida particular gravitaba algo que contrapesaba lo relajado, caprichoso y veleidoso de su existencia política; y ese apoyo se derrumba precisamente cuando más necesita de él. Por primera vez se siente en este hombre marmóreo una conmoción verdadera; por primera vez trasciende de sus cartas un tono cálido, sincero, humano. Cuando los amigos le instigan para que procure obtener nuevamente el Ministerio de Policía, después de la enorme estupidez de su sucesor, el Duque de Rovigo, que ante la risa de todo París se dejó aprisionar sin resistencia en el complot ridículo de un medio loco, rehúsa volver al mundo político: «Mi corazón se ha cerrado a todas esas tonterías humanas. El Poder ya no tiene atracción para mí, el reposo no es solamente un estado adecuado a mi situación actual, sino el único necesario. Los asuntos oficiales me presentan el cuadro de un tumulto de perturbaciones y de peligros». Por primera vez parece que en la escuela del dolor, el hombre experimentado ha adquirido verdadera experiencia. Un deseo profundo de tranquilidad, de sosiego interno, se apodera, después de la época de eternas e insensatas ambiciones, del hombre envejecido desde que vió morir a su lado a la compañera de veinte años de tremendas pruebas. Todo el placer de la intriga parece apagado en él para siempre, laxa por fin la ambición de poder en este espíritu inquieto e insaciable.

¡Ironía trágica! La primera y única vez que Fouché, el espíritu siempre inquieto, quiere verdaderamente reposo y no desea ningún cargo, se lo impone a la fuerza su adversario Napoleón.

No por amor, ni por simpatía, ni por confianza toma Napoleón a Fouché otra vez a su servicio, sino por desconfianza, por un sentimiento repentino de inseguridad. Por primera vez ha regresado el Emperador como vencido. No atraviesa a caballo el Arco de Triunfo de París a la cabeza de un ejército rodeado de banderas; regresa con el cuello de piel levantado para no ser reconocido, fugitivo en la noche. El ejército más espléndido que creó jamás yace helado en la nieve rusa; y junto con su aureola de invencibilidad huyeron también los amigos. Todos los emperadores y reyes que se doblegaban aún ayer ante él se acuerdan, de pronto, ante el Emperador vencido, de la propia dignidad. Un mundo armado se levantaba contra el duro amo.

 

Batalla de Marengo (Italia)

 

Desde Rusia avanzan cosacos; desde Suecia presiona el viejo rival Bernadotte como enemigo; su propio suegro, el Emperador Francisco, moviliza las tropas en Bohemia; la Prusia, saqueada y sometida, se levanta con el ardor de la venganza; la simiente terrible de innumerables guerras brota de la tierra quemada, surcada, atormentada de Europa, y madurará en el otoño en los campos de Leipzig. En todas partes vacila y cruje el edificio gigantesco que erigió en diez años esta voluntad grandiosa y única. Arrojados de España, de Westfalia, de Holanda y de Italia, huyen los hermanos Bonaparte. Ahora ha de desplegar Napoleón la energía más extrema. Con mirada mágica y clarividente, con energía duplicada, lo prepara todo para la última lucha decisiva. Todo el que puede llevar una mochila, el que es capaz de sostenerse a caballo, es sacado de Francia; de todas partes, de España, de Italia, son retiradas las tropas veteranas para sustituir las que trituró el invierno ruso con sus mandíbulas heladas. Día y noche trabajan miles de hombres en las fábricas de sables y cañones, se acuña oro de tesoros ocultos, se sacan los ahorros de las cámaras secretas de las Tullerías, los fuertes son reparados, y mientras del Este y del Oeste avanzan las tropas con paso tardo hacia Leipzig, se echan las redes diplomáticas en todas las direcciones. En ninguna parte ha de quedar un puesto débil o inseguro, por ninguna parte un hueco en esta alambrada que ha de cercar a Francia; toda posibilidad ha de prevenirse, y lo mismo que el frente ha de quedar asegurada la retaguardia. Pues un loco o un maligno no ha de conmover o turbar por segunda vez, como durante la campaña rusa, la confianza del pueblo hacia Napoleón. Ningún sospechoso puede quedar atrás, ningún peligroso sin vigilancia.

El Emperador piensa en cada factor de poder, en cada eventualidad, en cada peligro posible ante esta última lucha decisiva. Así también piensa en alguien que podría ser peligroso: en José Fouché, al que no ha olvidado. Le despreció mientras él mismo se sentía fuerte; pero ahora, que empieza a sentirse inseguro, tiene que afianzarse nuevamente. No puede dejar en París, a su espalda, a ningún enemigo eventual. Y como no cuenta a Fouché entre sus amigos, decide que se ausente de París. Claro que para mandarlo preso a un castillo, con el fin de que no pueda tramar ninguna intriga, no hay motivo evidente.

Pero en libertad tampoco debe quedar. Así se decide a atarle las manos inquietas a un cargo, y, de ser posible, bien lejos de París. En vano se busca, en medio del tumulto de los asuntos y de los preparativos bélicos en el Cuartel general de Dresde, un cargo que parezca honroso y ofrezca, al mismo tiempo, seguridad: no se encuentra tan rápidamente. Napoleón anhela ver fuera de París al sombrío personaje. Y como no se ha hallado todavía un cargo para él, se inventa uno, que es una utopía: la administración de los territorios ocupados en Prusia. Un cargo magnífico, honroso, un cargo de primera clase, que sólo tiene un pequeño defecto, que todavía existe: que esta administración no puede empezar hasta que Napoleón haya conquistado Prusia, de lo que dan poca esperanza los acontecimientos guerreros, ya que Blecher ataca seriamente al Emperador en su flanco sajón. De modo que, en realidad, sólo se trata de un reparto de opereta, con un puesto imaginario, cuando el Emperador escribe, el 10 de mayo, al Duque de Otranto:

«He mandado que le comuniquen que es mi intención llamarle a mi lado tan pronto como yo entre en el territorio del Rey de Prusia, para ponerle al frente del Gobierno de dicho país. Nada de esto debe saberse en París. Se supondrá que se dirige usted a su finca, aunque en realidad estará usted ya aquí mientras todo el mundo le creerá en su casa, únicamente la Emperatriz tiene conocimiento de su partida. Me será grato ofrecerle ocasión próxima de brindarme nuevos servicios y nuevas pruebas de su lealtad».

Así escribe el Emperador a José Fouché, precisamente porque no se fía en absoluto de su «lealtad». Y de mala gana, desconfiado, dándose cuenta enseguida de las verdaderas intenciones de su amo, Fouché se pone en camino para Dresde. «Enseguida me di cuenta -dice en sus Memorias- que el Emperador me llamaba a su lado en calidad de rehén por miedo de dejarme en París.» Por eso no se da mucha prisa, el futuro Regente de Prusia, para llegar al Consejo de Estado de Dresde, pues sabe que lo que en realidad se quiere no es su consejo en el Estado, sino atarle las manos. No llega hasta el 29 de mayo, y el Emperador le recibe con estas palabras: «Llega usted tarde, Duque».

 

 

Del pretexto ridículo de darle la Regencia de Prusia no se habla en Dresde, naturalmente, ni una palabra: el momento es demasiado serio para tales bromas. Sin embargo, se le tiene sujeto y felizmente se encuentra otro puesto magnífico para alejarle del teatro de los acontecimientos, no ya, como antes, en un puesto utópico, en la luna, sino en uno auténtico: en la Gobernación de Iliria, a varios cientos de kilómetros de París. El viejo camarada de Napoleón, general Junot, que gobernaba esta provincia, se ha vuelto loco repentinamente y ha dejado libre su puesto: una celda para espíritus inquietos. Así entrega el Emperador, con ironía mal disimulada, esa Regencia de tan corta vida a Fouché, que, como siempre, no contradice, se inclina obediente y declara estar dispuesto a partir inmediatamente.

Iliria… ; el nombre suena a opereta, y, efectivamente, ¡qué Estado multicolor se ha compuesto en la última paz forzosa con pedazos de Friul, Carintia, Dalmacia, Istria y Trieste! Un Estado sin idea común, sin sentido, sin motivo; y como residencia, una capital diminuta de provincia, pueblerina: Laibach. Una monstruosidad sin fuerza vital, creada por la obcecación de un Soberano y por una diplomacia ciega. Fouché encuentra las cajas del Tesoro medio vacías, un par de docenas de empleados aburridos, muy pocos soldados y unos habitantes desconfiados que no esperan otra cosa que la retirada de los franceses. Por todas partes crujen ya los soportes de este Estado artificial, construido tan aprisa. Con unos cuantos cañonazos, el edificio vacilante se derrumbará. Estos cañonazos los dispara bien pronto el propio suegro de Napoleón, el Emperador Francisco. En una resistencia seria no puede pensar Fouché, con los pocos regimientos de que dispone, compuestos, además, en su mayor parte, de croatas dispuestos a pasarse, al primer tiro, a sus antiguos camaradas. Así que solo prepara desde el primer día, la retirada; y para disfrazarla hábilmente, mantiene un gesto magnífico de soberano confiado: da bailes y reuniones, hace desfilar orgullosamente, en pleno día, las tropas, mientras por la noche ordena sean llevados de Trieste, secretamente, las cajas y documentos del Gobierno. Todas sus proezas, como señor y soberano, tienen que limitarse a evacuar cautelosamente, paso a paso, el país, reduciendo las pérdidas a un mínimo. Y en esta retirada estratégica se prueba otra vez la sangre fría de Fouché, su energía decidida, su maestría insuperable de siempre. Paso a paso se retira, sin pérdidas, de Laibach a Goricia, de Goricia a Trieste, de Trieste a Venecia, llevando consigo casi todos los empleados, la caja y mucho material de valor de su Iliria… Pero ¡qué importa la pérdida de esa provincia ridícula! En los mismos días pierde Napoleón la más importante y última de sus grandes batallas en esta guerra: la batalla de Leipzig y, con ella, el dominio del mundo.

Se ha desembarazado, pues, Fouché de su misión, y por cierto de manera intachable y honrosa. Ahora que ya no hay que administrar ninguna Iliria, se siente libre y quiere regresar, naturalmente, a París. Pero no es ese, ni mucho menos, el propósito de Napoleón. «Fouché es un hombre que de ninguna manera debe estar ahora en París.» Estas palabras, pronunciadas por el Emperador en Dresde, tienen, después de la batalla de Leipzig, doble valor. Hay que alejarle y bien lejos, cueste lo que cueste.

 

Congress of Vienna, vintage engraved illustration. History of France – 1885.

 

En medio de la tarea formidable de defenderse de un enemigo que le supera cinco veces en numero, Napoleón piensa principalmente en otra misión para el hombre peligroso, que le ate también las manos durante el tiempo de la campaña. ¡Que ponga sus manos en alguna maniobra diplomática, que pueda intrigar; pero que no alargue la mano inquieta hacia París! Que marche inmediatamente, por lo pronto, a Nápoles (Nápoles está lejos), para recordar su deber a Murat, Rey de Nápoles, cuñado de Napoleón, que teme más por su propio Reino que por el Imperio, y para convencerle de que debe ir en ayuda del Emperador con un ejército. Cómo cumplió Fouché este encargo -si quiso persuadir verdaderamente al viejo general de caballería de Napoleón para que se mantuviera fiel, o si le apoya en su deserción- es cosa que no ha podido aclarar la Historia. Desde luego, el fin principal del Emperador: retener a Fouché durante cuatro meses más allá de los Alpes, a mil leguas, en negociaciones incesantes , se ha conseguido. Mientras marchan sobre París los austriacos, los prusianos y los ingleses, él ha de ir y venir de Roma a Florencia y Nápoles, de Luca a Génova, derrochar otra vez su tiempo y su energía en una misión insoluble. Lo mismo que Iliria se pierde Italia, el segundo país que se le ha designado, y por fin, a primeros de marzo, no tiene Napoleón país donde enviarle, pues ni en la propia Francia puede ya prohibir ni mandar. Así regresa el 11 de marzo José Fouché, por los Alpes, a su patria, alejado, por la perspicacia genial del Emperador, cuatro meses irrecuperables de toda maquinación política dentro de Francia. Y cuando, por fin, rompe las Cadenas, ve que llega con cuatro días de retraso.

En Lyon se entera que marchan sobre París las tropas de los tres Emperadores. En pocos días, pues, habrá caído Napoleón y se habrá formado un nuevo Gobierno. Naturalmente, se consume su amor propio de impaciencia, d’avoir la main dans la páte, de tener los dedos en la masa, para poder sacar el mejor partido. Pero el camino directo a París esta cortado ya por las tropas y tiene que dar un largo rodeo por Tolosa y Limoges. Por fin, el 8 de abril, atraviesa en su coche de posta las puertas de París. A primera vista reconoce que ha llegado demasiado tarde. Y el que llega tarde, pierde la ocasión. Todos sus juegos secretos y sus trastadas se las ha pagado Napoleón nuevamente con la magistral perspicacia de tenerle alejado mientras había oportunidad de pescar a río revuelto. Ahora se encuentra con que París ha capitulado, Napoleón ha sido destronado, Luis XVIII erigido Rey y el Gobierno ha sido formado, íntegro, por Talleyrand. Este maldito cojo estuvo a tiempo en su puesto y dió el cambio de frente más pronto de lo que le fué posible a él, a Fouché, el hombre previsor. El Zar de Rusia vive en casa de Talleyrand, el nuevo Rey le mima con pruebas de confianza, ha repartido a su arbitrio todos los cargos de ministro, y ladinamente no ha reservado ninguno para el Duque de Otranto, que administraba sin sentido y sin provecho Iliria y andaba metido en maniobras diplomáticas por Italia. Nadie le ha esperado, nadie se ocupa de él, nadie desea de él consejo o ayuda.

Otra vez es José Fouché, como tantas otras en su vida, un hombre liquidado. Tarda mucho tiempo en convencerse de que no le hacen caso: a él, el gran adversario de Napoleón. Entonces se ofrece abiertamente: se le ve en todas partes, en la antecámara de Talleyrand, con el hermano del Rey, con el Embajador inglés, en las salas del Senado… Y, sin embargo, nadie le escucha.

 

 

Escribe cartas, una a Napoleón, al que da el consejo de emigrar a América, mandando al mismo tiempo una copia de ella al rey Luis XVIII, para ganar así su simpatía; pero no recibe contestación. Les pide a los ministros un cargo digno, y éstos le reciben fríos y corteses, pero no le protegen. Se hace recomendar por mujeres y por antiguos protegidos, pero en balde. Ha cometido la falta más imperdonable en política: ha llegado tarde. Todas las plazas están ocupadas y ningún dignatario piensa en levantarse voluntariamente para dejar su puesto al Duque de Otranto. No le queda, pues, al ambicioso otro remedio que volver a hacer las maletas y retirarse a su castillo de Ferriéres, únicamente tiene un compañero, muerta su mujer: el Tiempo. Hasta ahora siempre le ha ayudado. Y esta vez también le ayudara.

En efecto: pronto advierte Fouché que el aire vuelve a oler a pólvora. Si se tienen oídos finos, también se oye desde Ferrieres como cruje y rechina un trono. El nuevo amo, Luis XVIII, comete falta sobre falta. Le place ignorar la Revolución y olvidar que tras veinte años de ciudadanía no quiere humillarse Francia otra vez ante veinte generaciones de nobles. Desprecia además el peligro de la camarilla pretoriana de los oficiales y generales que, reducidos a media paga, protestan descontentos contra esta avaricia infame del «Rey-pepino». ¡Ah, si volviera Napoleón habría enseguida una guerra magnífica! Entonces volverían a marchar sobre los países, saqueándolos, se harían carreras y se tendrían nuevamente las riendas en la mano. Se cruzan ya mensajes sospechosos de una zona a otra, y se prepara, poco a poco, en el ejército una conspiración. Fouché, que nunca corto por completo el cordón umbilical entre él y su criatura, la Policía, escucha y oye muchas cosas que le dan que pensar. Silenciosamente sonríe para sus adentros: el buen Rey se hubiera enterado de todo si hubiese tomado como ministro de Policía al Duque de Otranto. Pero ¿para qué prevenir a esos cortesanos estúpidos? Hasta ahora ha aprovechado siempre Fouché todas las subversiones Para elevarse, todos los cambios de viento. Por eso se está quieto, se esconde, no se mueve y contiene el aliento como un luchador antes del combate.

El 5 de marzo de 1815 se precipita en las Tullerías un mensajero con la impresionante noticia de haberse evadido Napoleón de la isla de Elba y de haber desembarcado el I.º de marzo en Fréjus con seiscientos hombres. Sonrientes y despectivos, acogen los cortesanos reales la noticia. Naturalmente, ellos ya lo habían dicho siempre que este Napoleón Bonaparte, del que se hace tanto aspaviento, no debe estar en sus cabales. ¡Con seiscientos hombres, parbleu, vale la pena de reírse! ¿Así quiere luchar este loco contra el Rey, detrás de quien esta todo el ejército y toda Europa? Pues no hay motivo para intranquilizarse: con un puñado de gendarmes se domará a este aventurero miserable. El mariscal Ney, el antiguo compañero de armas de Napoleón, recibe la orden de apoderarse de él. Vanidosamente promete al Rey no sólo capturar al perturbador, sino «pas earlo por el país metido en una jaula de hierro». Luis XVIII y sus secuaces hacen ostensiva su despreocupación por París, al menos durante los primeros ocho días; el Moniteur da cuenta del asunto en tono de chanza. Pero pronto aumentan las noticias desagradables. En ninguna parte ha encontrado Napoleón resistencia; cada regimiento que sale contra él engrosa su diminuto ejército en vez de cerrarle el paso, y el mismo mariscal Ney, que le iba a capturar y pasear en una jaula hierro, se pasa con las banderas desplegadas al lado de su antiguo señor. Ya ha entrado Napoleón en Grenoble y en Lyon. Una semana más y queda cumplida su profecía: el águila imperial se posa sobre las torres de Notre Dame.

Se apodera el pánico de la corte. ¿Qué hacer? ¿Que diques oponer a este alud? Demasiado tarde reconocen el Rey y sus aristocráticos y principescos consejeros la enorme falta que habían cometido al divorciarse del pueblo, olvidando erróneamente que entre 1792 Y 1815 hubo en Francia algo así como una Revolución. ¡Hay que procurar, pues, atraerse rápidamente las simpatías! ¡Hay que mostrar de alguna manera al pueblo imbécil que se le ama verdaderamente, que se respetan sus deseos y derechos, hay que apresurarse a gobernar de manera republicana, de manera democrática! Cuando ya es tarde, suelen descubrir siempre los emperadores y los reyes que late en sus pechos un corazón democrático. Pero ¿cómo ganar a los republicanos?

Pues muy sencillo: concediendo a alguno de ellos, a uno de los más radicales, un ministerio, ¡a uno que sea capaz de poner en la bandera de la flor de lis una alegoría roja! Pero ¿donde encontrarlo? Se hace memoria y de pronto se acuerdan de un tal José Fouché, que un par de semanas antes presentaba sus respetos en todas las antecámaras y agobiaba las mesas del Rey y de sus ministros con proposiciones. Sí, este es el único, el que siempre se puede utilizar para todo; ¡a sacarle, pues, cuanto antes del ostracismo! Siempre que se encuentra en situación difícil un Gobierno, bien sea el Directorio, el Consulado, el Imperio o el Reino, siempre que se necesita un mediador, un hombre bueno que restablezca el orden, hay que recurrir al hombre de la bandera roja, al carácter más desleal y al más leal de los diplomáticos, a José Fouché.

Luis XVIII

Así tiene el Duque de Otranto la satisfacción de que los mismos condes y duques que le despachaban fríamente algunas semanas antes y le daban la espalda, se dirijan a él con urgencia respetuosa y le ofrezcan una cartera de ministro; incluso a la fuerza quieren hacer que la acepte. Pero el antiguo ministro de Policía conoce demasiado bien la verdadera situación política para comprometerse a última hora con los Borbones. Comprende que el período agónico debe haber empezado ya cuando le llaman con tanta urgencia, como médico. Y rehusa cortésmente, con varios pretextos, dejando entrever que ya se podían haber acordado de él un poco antes. Cuando más se acercan las tropas de Napoleón, más se derrite el pundonor en la Corte. Cada vez con mas insistencia se amonesta y se ruega a Fouché para que se haga cargo del Gobierno; hasta el propio hermano de Luis XVIII le invita a una conferencia secreta. Pero esta vez permanece firme Fouché, no por convicción de carácter, sino porque le entusiasman poco los desperdicios que le ofrecen y porque se siente muy a sus anchas en el columpio oscilante entre Luis XVIII y Napoleón. Ya es tarde -de momento-, dice tranquilizador al hermano del Rey, y le aconseja que éste se ponga a salvo, pues la aventura napoleónica no ha de ser de mucha duración; y él, por su parte, hará, entre tanto, todo lo posible por ofrecerse al Emperador. ¡Que tenga confianza en él! Así se gana simpatías y puede, si quedan los Borbones victoriosos, llamarse su fiel servidor. Y, por otra parte, si vence Napoleón, puede demostrar orgullosamente haber rehusado la proposición de los Borbones. Ha probado ya tantas veces el viejo sistema de cubrir la retirada, ¿por qué no probarlo nuevamente y pasar por fiel servidor de dos amos al mismo tiempo: del Emperador y del Rey?

Pero esta vez ha de ser con más gr acia aún. Siempre se convierte, precisamente en el momento del cambio decisivo, la escena trágica en cómica en la vida de José Fouché. Algo han aprendido mientras tanto los Borbones de Napoleón: que no se debe dejar a la espalda a un hombre como Fouché en tiempos peligrosos. La policía recibe tres días antes de la partida del Rey la orden, mientras que Napoleón está ya muy cerca de París, de detener enseguida a Fouché como sospechoso, por negarse a ser ministro del Rey, y conducirle lejos de París.

El ministro de Policía, a quien corresponde llevar a cabo esta orden de detención desagradable, se llama -la Historia se complace verdaderamente en las sorpresas originales -Bourrienne. Es el amigo de infancia de Napoleón, su más íntimo camarada de la escuela de guerra, su compañero de Egipto, su secretario durante muchos años; conoció, pues a todos sus confidentes; conoce, por lo tanto, y a fondo a Fouché. Por eso se asusta un poco cuando el Rey le da la orden de detener al Duque de Otranto. Se permite observar «si se cree la detención verdaderamente conveniente». Y cuando el Rey repite enérgicamente la orden, mueve otra vez la cabeza: no ha de ser cosa fácil. Sabe muy bien que este viejo zorro tiene demasiada experiencia en evitar trampas, para caer en el lazo en pleno día. Para llevar a cabo semejante caza del hombre se necesita más tiempo y medidas llenas de habilidad; pero, de todas maneras, transmite la orden. Y, efectivamente, el 16 de marzo de 1815, a las once de la mañana, cercan los policías, en pleno boulevard, el coche del Duque de Otranto y le declaran detenido por orden de Bourrienne. Fouché, que nunca pierde su sangre fría, sonríe despectivo: «No se detiene a un antiguo senador en plena calle». Y antes de que se puedan rehacer los agentes que tanto tiempo fueron sus subalternos, grita al cochero que fustigue fuertemente los caballos, y la carroza vuela a su palacio. Estupefactos, se quedan los policías con la boca abierta y tragan el polvo que levanta la carroza en su huída. Bourrienne tenía razón: no es empresa fácil coger al hombre que se le había escapado indemne a Robespierre, a una orden de la Convención y a Napoleón mismo.

 

 

Al comunicar los policías engañados a su ministro habérseles escapado Fouché, toma éste medidas mas enérgicas: ahora se trata de su autoridad; no puede consentir que se burlen de él de esta manera. Inmediatamente manda cercar la casa de la rue Cerutti y vigilar el portal, mientras policías bien armados suben por la escalera para aprisionar al fugitivo. Pero Fouché les tiene preparada una segunda broma, una de esas trastadas magníficas y únicas, magistrales, como sólo en las situaciones más difíciles y angustiosas es capaz de llevar a cabo. Precisamente en los momentos de peligro, como hemos visto, es cuando le acucia un deseo insensato de bromear y de burlar a la gente. El astuto farsante recibe, pues, a los agentes que vienen a detenerle con mucha cortesía y examina la orden de detención. «Sí, es valedera… Y naturalmente -dice- no pienso hacer resistencia contra una orden de Su Majestad el Rey. Que tomen asiento los señores aquí en el salón: he de ordenar aún algunas pequeñeces y enseguida los seguiré.» Así lo asegura Fouché cortésmente, y entra en la habitación vecina. Los agentes esperan respetuosamente a que haya terminado su toilette: al fin y al cabo no se puede tratar a un senador, a un antiguo ministro y dignatario de la Corte, como a un cualquiera y apresarle como a un ratero. Esperan respetuosamente…, esperan algún tiempo; hasta que les parece la tardanza sospechosa. Como tarda aún en volver, entran en la otra habitación y descubren -verdadera escena cómica en medio del tumulto político- que Fouché se les ha escapado. A los cincuenta y seis años se anticipa este hombre a interpretar una verdadera escena cinematográfica: tiende al jardín una escalera, que apoya en la pared, y, mientras le esperan los policías en el salón, gatea con agilidad sorprendente a sus años y desciende al vecino parque de la reina Hortensia, donde se pone en salvo. Por la noche todo París se ríe de la treta tan bien acertada. Claro que mucho tiempo no puede durar una broma semejante: el Duque de Otranto es demasiado conocido en la capital para poderse ocultar indefinidamente. Pero Fouché había demostrado nuevamente que sabía calcular bien y que su situación no duraría más de unas horas. Efectivamente, el Rey y sus secuaces han de procurarse muy pronto de que no los aprisione a ellos mismos la caballería de Napoleón. A toda prisa se hacen las maletas en las Tullerías. Con su grave orden de detención sólo ha logrado Luis XVIII dar a Fouché testimonio público de una lealtad al Emperador que nunca existió; lealtad en la que, por otra parte, no creerá Napoleón. Pero cuando se entera de la jugarreta llevada a cabo con tanta gracia por este artista de la política, no tiene más remedio que reírse y dice con una especie de admiración brusca: Il est décidément plus malin qu’eux tous. «¡Decididamente es más listo que todos ellos juntos!» 

 

 

 

 

 

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