SED DE MAL, dirigida por Orson Wells (película de 1958)

SED DE MAL

 

Presenciar el pasado

Somos la primera gente en la historia con la capacidad y el privilegio de ver la vida de hace décadas, de asomarnos a mundos caducados a través del cine

Por Javier Marías 
 
El País, 26 MAY 2019 

 

COMO TANTOS OTROS cambios para mal, creo que este se produjo con la llegada del obtuso siglo XXI, o quizá poco antes. Las televisiones tenían la grata costumbre de emitir películas clásicas o simplemente antiguas, muchas de ellas en blanco y negro. El odio a esta combinación llevó, durante una temporada, a la bárbara práctica de “colorearCasablancaCon faldas y a lo loco y puede que hasta Psicosis.

La cosa no prosperó, por fortuna, pero muchos de los que apreciamos la maravillosa fotografía en blanco y negro nos vimos obligados a veces a quitar por completo el color de nuestros televisores, a fin de ver esas películas como habían sido concebidas y rodadas, y no convertidas en grotescos cromos. Hubo DVDs que hubieron de anunciar, en sus carátulas, “en glorioso blanco y negro”, para que los cinéfilos estuviéramos tranquilos cuando los comprábamos.

Lo cierto es que ese cine desapareció de golpe de las programaciones, y así se perdió un importante factor de la educación de la gente. El resultado es que, como en otros ámbitos (el literario, el musical, el artístico), contamos ya con varias generaciones de analfabetos.

Mis amigos cineastas Tano Díaz Yanes y Jaime Chávarri, o mi hermano el crítico Miguel Marías, me han contado cómo, en los cursos que daban a estudiantes, se encontraban con que para muchos de éstos el cine empezaba con El Padrino. Esa creencia fue de corta vida, porque poco después también ese clásico pasó a ser una “antigualla” y los jóvenes creían que se iniciaba todo con Tarantino.

Me imagino que hoy Pulp Fiction les parecerá antediluviana y no sé dónde situarán el nacimiento de ese arte. Los hay cultos, claro, pero muchos no han oído hablar de Ciudadano Kane ni de La regla del juego ni de La noche del cazador, de Amanecer ni de Metrópolis (que encima son mudas), de Perdición ni de El hombre que mató a Liberty Valance ni de Sed de mal, por no salirnos del desterrado blanco y negro.

Pero este desdén hacia el pasado, que está a la orden del día en todos los campos con el fin de crear ciudadanos no ya ignorantes, sino mentalmente lisiados e intelectualmente indigentes, no trae consigo tan sólo una pobre cultura general y cinematográfica en particular.

Si algo me asombra es lo siguiente: somos la primera gente en la historia con la capacidad y el privilegio de ver y oír el pasado, un pasado que ya es lejano si pensamos que este año cumplen ochenta, por ejemplo, Lo que el viento se llevó y La diligencia.

Hasta ahora la humanidad disponía de cuadros estáticos, crónicas, luego fotografías, y por supuesto novelas para hacerse una idea aproximada de cómo habían sido las personas de otros siglos y de cómo se vivía en ellos. Pero no podíamos verlas en movimiento, ni desde luego oír sus voces y saber cómo hablaban. Es decir, no podíamos asistir a los tiempos pasados, no podíamos presenciarlos.

Ahora tenemos la inmensa suerte de ver la vida de hace décadas, de asomarnos a mundos no lejanísimos, pero que están ya caducados. No es que el material documental abunde (aunque más de lo que parece), pero cada vez que me surgen en una pantalla imágenes “reales”, siento una absoluta fascinación y una curiosidad ilimitada.

Hoy mismo, en el telediario, he visto un fugaz plano de una calle de Barcelona hacia 1920. El motivo de que lo insertaran era la inauguración del Automobile en esa ciudad. Se veían coches de caballos, burros y mulas, unos cuantos automóviles en coexistencia con ellos, bicis que giraban veloz y ágilmente y, en medio de la calzada, transeúntes que esquivaban con naturalidad y pericia a la cámara: ésta, probablemente, viajaba a bordo de un tranvía, que era de lo que se apartaban.

Las ganas de ver más, de que ese plano se prolongara, de seguir contemplando el espectáculo callejero de un día cualquiera de hace un siglo, se me han hecho irresistibles. Como no me considero raro, sino común y corriente, me pregunto cómo es que tantísima gente no siente esa curiosidad, esa fascinación, y da la espalda a “lo antiguo”.

Claro que las películas son ficciones, pero en ellas, hasta en las no “realistas” y endulzadas, se observa cómo era la vida en los años treinta, cuarenta, cincuenta, sesenta. Cómo se vestían y se comportaban las personas, cómo se trataban y hablaban (aunque los diálogos sean siempre una estilización del habla, incluidos los “naturalistas”), qué aspecto tenían las ciudades y los pueblos; cuáles eran sus tribulaciones, cómo se organizaban, qué dificultades e ilusiones tenían, cuáles eran sus reglas y sus modales, cuál era la pasta de la que estaba hecha la mayoría.

Los autollamados “millennials” (no recuerdo una generación tan ridículamente orgullosa de haber nacido en unas fechas tan azarosas como el resto de fechas) juzgan que cuanto los antecedió es “atrasado”, despreciable y erróneo, y carecen de interés por ello.

Un síntoma más de ignorancia: la historia nunca progresa linealmente, y hay épocas remotas mucho más avanzadas, inteligentes, modernas y libres que la actual, cada día más puritana, autoritaria, boba y amedrentada. Otros mundos existieron, y contamos con el privilegio de visitarlos. Es más, cada vez que vemos una película clásica, ahí están y existen de nuevo.

 

Otros mundos existieron, y contamos con el privilegio de visitarlos. Es más, cada vez que vemos una película clásica, ahí están y existen de nuevo.

 

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Orson Wells y Charlton Heston durante el rodaje

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SED DE MAL (1958)

Dirigida por Orson Wells 

 

 

FICHA TÉCNICA

Título original: Touch of Evil

Año: 1958 Duración 108 min. País Estados Unidos

Dirección: Orson Welles

Guion: Orson Welles (Novela: Whit Masterson)

Música: Henry Mancini

Fotografía: Russell Metty (B&W)

Reparto:

Charlton Heston, Janet Leigh, Orson Welles, Marlene Dietrich, Joseph Calleia, Akim Tamiroff, Dennis Weaver, Ray Collins, Mercedes McCambridge, Joseph Cotten, Zsa Zsa Gabor

Productora Universal Pictures

Género: Cine negro.

Sinopsis:

Un agente de la policía de narcóticos (Heston) llega a la frontera mexicana con su esposa justo en el momento en que explota una bomba. Inmediatamente se hace cargo de la investigación contando con la colaboración de Quinlan (Welles), el jefe de la policía local, muy conocido en la zona por sus métodos expeditivos y poco ortodoxos. Una lucha feroz se desata entre los dos hombres, pues cada uno de ellos tiene pruebas contra el otro. (FILMAFFINITY)

 

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Fue Charlton Heston el que propuso a Welles como director del film a Universal, pues al principio sólo debía intervenir como actor, haciendo el papel del detective.

Heston dijo de Welles que “fue el hombre con más talento que he conocido, lo cual no quiere decir que fuera el mejor actor o el mejor director. No pienso que lo fuera. Pero eso que llamamos ‘talento’, esa capacidad de crear arte, Orson la tenía a punta pala.”

Quedó para la posteridad, y ha sido requeteestudiado en las escuelas de cine el plano secuencia con que se abre el film, en que somos testigos de cómo un tipo pone una bomba. Las acrobacias que hace la cámara son sencillamente increíbles.

Otro arranque de genialidad ocurrió el primer día de rodaje: Welles estuvo casi todo el día preparando un plano, sin rodar nada, para desesperación de los ejecutivos del estudio. Cuando al fin lo hizo, declaró que ese plano correspondía a doce páginas del guión, y que por tanto iban con dos días de adelanto con respecto al calendario previsto. (decine21)

 

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Orson Welles y el mejor plano secuencia de la historia del cine

Raúl Macguffin007, 2015

Sed de mal
Fotogramas del plano secuencia de «Sed de mal» dirigido por Orson Welles

 

Que mejor forma de homenajear a Orson Welles que hablar del magnífico plano secuencia con el que comienza ‘Sed de mal‘. El director estadounidense nos dio una visión del cine en estado puro, al conseguir solo a través de las imágenes y de la banda sonora, y sin apenas diálogos, crear una atmósfera de suspense desde el primer momento.

‘Sed de mal’ (1958) cuenta el enfrentamiento entre el inspector Manuel Vargas (Charlton Heston), un serio policía mexicano y el comisario Hank Quinlan (Orson Welles), un tan fascinante como repulsivo policía norteamericano que se deja llevar por su instinto durante un caso de tráfico de estupefacientes que se desarrolla en la frontera entre México y Estados Unidos.

 

El famosísimo plano-secuencia con el que comienza la película.

 

Dirigida 17 años después de ‘Ciudadano Kane’, película considerada por muchos su obra maestra, Welles nos sorprende con ‘Sed de mal’, una brillante muestra de cine negro y sin lugar a dudas una de sus mejores y más originales películas, que el mismo escribió, dirigió y protagonizó.

Orson Welles consigue convertir una insignificante novela de Whit Masterson, planteada como una producción de serie B, en un ambiguo y genial conflicto dramático con planos de gran complejidad, como el inicial de 3 minutos de duración en el que la cámara no deja de moverse.

El mecanismo de la secuencia es muy sencillo. El espectador sabe desde un principio que la bomba ha sido situada en el maletero del coche por un desconocido. Sin embargo tanto la pareja del coche como el resto de los personajes lo ignoran por completo.

Esto provoca en el espectador un mayor estado de angustia al habernos dado una información que desconocen los protagonistas.

A medida que se va desarrollando este plano secuencia se va acumulando la tensión en el espectador, quién sabe que en un momento dado la bomba estallará.

Para remarcar este hecho la banda sonora simula el sonido del mecanismo del reloj que se inicia en el momento en que va a colocarla dentro del maletero y vuelve a incidir sobre ello cuando la señora del coche se percata de que hay un extraño ruido procedente de la parte trasera del vehículo.

El juego de paralelismos que plasma el cineasta estadounidense en su realización cobra pleno sentido. Las dos parejas que van alternándose en la pantalla en esta secuencia inicial van a ver truncado su destino de forma trágica. La pareja americana van a ser asesinados; el matrimonio Vargas, que se disponía a pasar su luna de miel de forma apacible, va a acabar involucrándose en el asesinato peligrosamente.

Él tendrá que defender la honradez y la integridad frente a los policías americanos y el corrupto Quinlan. Mientras que ella será drogada y acusada de un asesinato en la parte central de la trama.

Como vemos, partiendo de una situación de aparente felicidad se va a producir una tragedia que cambiará la vida de ambas parejas.

Si se hubiese optado por la fragmentación de esta secuencia, probablemente hubiese perdido mucha fuerza dramática.

En primer lugar, la sensación que causa dicha acumulación de tiempo sería mucho más falseada en el sentido de que no nos daría la misma impresión de reproducción de tiempo real.

En segundo lugar, el entrecruce de líneas argumentales que podría presentarse con un montaje en paralelo produciría un efecto totalmente diferente.

Aquí pueden ver íntegramente este grandioso plano secuencia, que demostró el virtuosismo detrás de la cámara de Orson Welles, uno de los más importantes cineastas de la historia del cine.