SI ESTO ES UN HOMBRE («Se questo è un uomo»)
Tabla de contenidos
SI ESTO ES UN HOMBRE (Se questo è un uomo)
Por Primo Levi
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Índice
EL TRABAJO.
UN DÍA BUENO.
MÁS ACÁ DEL BIEN Y DEL MAL.
LOS HUNDIDOS Y LOS SALVADOS….
EXAMEN DE QUÍMICA.
EL CANTO DE ULISES.
LOS ACONTECIMIENTOS DEL VERANO.
OCTUBRE DE 1944.
DIE DREI LEUTE VOM LABOR.
EL ÚLTIMO.
HISTORIA DE DIEZ DÍAS.
APÉNDICE DE 1976.

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EL TRABAJO

Antes de Resnyk, dormía conmigo un polaco cuyo nombre nadie sabia; era tranquilo y silencioso, tenía dos viejas heridas en las tibias y por las noches emanaba un fino olor a enfermo; tenía también delicada la vejiga y por eso se despertaba y me despertaba ocho o diez veces cada noche.
Una tarde me dio los guantes para que se los guardase y se fue al hospital. Durante media hora tuve la esperanza de que el furrier hubiese olvidado de que me había quedado como único ocupante de mi litera pero, ya después del toque de silencio, la litera tembló y un tipo alto y pelirrojo, con la numeración de los franceses de Drancy se subió a mi lado.
Tener un compañero de cama alto de estatura es una desgracia, significa perder horas de sueño; y precisamente a mi me tocan siempre compañeros altos porque yo soy bajo y dos altos juntos no pueden dormir. Pero a pesar de ello vi en seguida que Resnyk no era un mal compañero. Hablaba poco y cortésmente, era limpio, no roncaba, no se levantaba más que dos o tres veces cada noche y siempre con mucha delicadeza. Por la mañana, se ofreció a hacer él la cama (ésta es una operación complicada y penosa, y además de notable responsabilidad porque los que hacen mal la cama, los schlechte Bettenbauer, son castigados rigurosamente), y lo hizo de prisa y bien; de manera que experimenté cierto placer fugaz al ver más tarde, al pasar lista, que lo habían agregado a mi Kommando.
Durante la marcha hacia el tajo resbalándonos con los gruesos zuecos sobre la nieve helada, cambiamos algunas palabras, y supe que Resnyk es polaco; ha vivido en Paris veinte años, pero habla un francés increíble. Tiene treinta años pero, como a todos nosotros, se le podrían calcular entre diecisiete y cincuenta. Me contó su historia, que he olvidado hoy, pero era una historia dolorosa, cruel y conmovedora; porque asi son todas nuestras historias, cientos de miles de historias, todas distintas y todas llenas de una trágica y desconcertante fatalidad. Nos las contamos por las noches, y han sucedido en Noruega, en Italia, en Argelia, en Ucrania, y son sencillas e incomprensibles como las historias de la Biblia. ¿Pero acaso no son también historias de una nueva Biblia?
Al llegar al tajo, nos llevaron a la Eisenröhreplatz, que es la explanada donde se descargan los tubos de hierro, y empezaron a suceder las cosas acostumbradas de todos los días. El Kapo volvió a pasar lista, apuntó al nuevo y se puso de acuerdo con el Meister civil sobre el trabajo del día. Después, nos confió al Vorarbeiter y se fue a dormir a la caseta de las herramientas, cerca de la estufa; éste no es un Kapo molesto, porque no es judío y no tiene miedo a perder el puesto. El Vorarbeiter distribuyó las palancas de hierro entre nosotros y los gatos entre sus amigos, se desarrolló la pequeña lucha acostumbrada por conquistar las palancas más ligeras, y a mi me ha ido mal, la mía ha sido la torcida, que pesa unos quince kilos; sé que, aunque trabajase con ella en el vacío, media hora más tarde estaría muerto de cansancio.
Luego, nos fuimos, cada uno con su palanca, tropezando con la nieve en deshielo. A cada paso un poco de nieve y de fango se nos pegan a las suelas de madera hasta que andamos inestablemente sobre dos pesados amasijos informes de los que no podemos liberarnos; de repente, uno se despega y entonces es como si tuvieses una pierna un palmo más corta que la otra.
Hoy hay que descargar del vagón un enorme cilindro de hierro colado: creo que es un tubo de síntesis, debe de pesar varias toneladas. Para nosotros es mejor, porque es mucho menos lo que nos cansamos con las cargas grandes que con las pequeñas; en realidad el trabajo está más repartido y se nos dan herramientas adecuadas; pero estamos en peligro, no podemos distraernos, una distracción de un segundo y nos pueden aplastar.
Meister Nogalla en persona, el capataz polaco, tieso, serio y taciturno, ha vigilado la operación de descarga. Ahora el cilindro está en el suelo y Meister Nogalla dice: Bohlen holen.
Se nos oprime el corazón. Quiere decir «traed las traviesas para construir sobre el fango blando la vía sobre la que habrá que empujar el cilindro con las palancas hasta dentro de la fábrica». Pero las traviesas están hundidas en el terreno, y pesan ochenta kilos; se sitúan en el límite de nuestras fuerzas. Los más fuertes de nosotros pueden, trabajando en pareja, llevar traviesas durante algunas horas; para mí es una tortura, la carga se me hunde en el hueso del hombro, después del primer viaje estoy sordo y casi ciego por el esfuerzo, y cometería cualquier bajeza para sustraerme al segundo.
Voy a intentar emparejarme con Resnyk, que parece un buen trabajador, y además, como es alto, tendrá que soportar la mayor parte del peso. Sé que lo normal es que Resnyk me rechace con desprecio y se empareje con otro individuo fuerte; entonces pediré permiso para ir a la letrina, y me quedaré allí lo más posible, y luego intentaré esconderme con la seguridad de que inmediatamente me encontrarán, me insultarán y me pegarán; pero cualquier cosa es mejor que este trabajo.
Pero no: Resnyk acepta, y no solamente eso, sino que levanta él solo la traviesa y me la apoya en el hombro derecho con cuidado: luego levanta el otro extremo, se lo pone sobre el hombro izquierdo y echamos a andar.
La traviesa tiene pegados nieve y barro, a cada paso me golpea la oreja y la nieve me da en el cuello. Después de una cincuentena de pasos, me siento en el límite de lo que suele llamarse la capacidad de aguante: se me doblan las rodillas, el hombro me duele como si me lo estuviesen mordiendo, no puedo aguantar el equilibrio. A cada paso siento que el fango ávido me chupa los zapatos, este fango polaco omnipresente cuyo monótono horror llena nuestras jornadas.
Me muerdo los labios profundamente: sabemos bien que el ocasionarse un pequeño dolor sirve de estimulante para poner en movimiento las últimas reservas de energía. También lo saben los Kapos, algunos nos golpean por pura bestialidad y violencia, pero hay otros que nos golpean cuando estamos ya bajo la carga, casi amorosamente, acompañando los golpes con palabras de exhortación y de ánimo, como hacen los carreteros con los buenos caballos.
Llegados al cilindro, descargamos la traviesa y yo me quedo rígido, con los ojos vacíos, la boca abierta y los brazos colgando, sumido en el éxtasis efímero y negativo del cese del dolor. En un crepúsculo de agotamiento, espero el empujón que me haga volver al trabajo, e intento aprovechar cada segundo de la espera para recobrar algo de energía.

Pero el empujón no llega: Resnyk me da en el codo, lo más despacio posible volvemos a las traviesas. Por allí están los otros, en parejas, todos tratando de tardar lo más posible en someterse a la carga.
Allons, petit, attrape. Esta traviesa está seca y es un poco más ligera, pero al terminar el segundo viaje me presento al Vorarbeiter y le pido permiso para ir a la letrina.
Tenemos la ventaja de que nuestra letrina está más bien lejos; lo que nos permite, una vez al día, una ausencia un poco más larga de lo normal, y además, como está prohibido que vayamos solos, nos acompaña Wachsmann, el más débil y torpe del Kommando, a quien se le ha dado el cargo de Scheissbegleiter, «el acompañante a las letrinas»; Wachsmann, en virtud de tal nombramiento, es responsable de cualquier hipotética (¡hipótesis ridícula!) tentativa de fuga y, más realistamente, de cualquier retraso.
Como mi petición ha sido atendida, me voy por el barro, por la nieve gris y por entre los escombros metálicos, escoltado por el pequeño Wachsmann. No llego a entenderme con él, porque no hablamos ninguna lengua en común; pero sus compañeros me han dicho que es rabino, y hasta Melamed, sabio de la Thorá, y además, que en su tierra, en Galitzia, tenía fama de sanador y de taumaturgo. Y puedo creerlo, al pensar cómo, tan delgado y frágil y delicado, puede trabajar desde hace dos años sin ponerse enfermo y sin haberse muerto, sino por el contrario animado de una asombrosa vitalidad en la mirada y en las palabras cuando por las noches pasa largas horas hablando de cuestiones talmúdicas, incomprensiblemente, en yiddish y en hebreo con Mendi, que es rabino modernista.
La letrina es un oasis de paz. Es una letrina improvisada, que los alemanes no han provisto todavía de los acostumbrados paneles de madera que separan los distintos compartimientos: Nur für Engländen, Nur für Polen, Nur für Ukrainische Frauen y asi sucesivamente y, un poco aparte. Nur für Häftlinge. En el interior, hombro contra hombro, están sentados cuatro Häftlinge famélicos; un viejo barbudo, obrero ruso, con el haz azul de OST en el brazo izquierdo; un muchacho polaco, con una gran P blanca en la espalda y el pecho; un preso militar inglés, con la cara espléndidamente afeitada y rosada, el uniforme caqui nítido, planchado y limpio, aparte de la gruesa marca de KG (Kriegsgefangener) en la espalda. Un quinto Häffing está en la puerta, y a todo civil que entra desabrochándose el cinturón le pregunta paciente y monótono: Etes-vous Français?
Cuando vuelvo al trabajo, se ven pasar las camionetas del rancho, lo que quiere decir que son las diez, y ésta es ya una hora decente, de manera que el descanso de mediodía se perfila ya en la niebla del futuro remoto y podemos empezar a sacar energía de la espera.
Hago todavía dos o tres viajes con Resnyk, tratando con todo cuidado, y hasta yéndonos a los montones alejados, de encontrar traviesas más ligeras, pero ya todas las mejores han sido transportadas y no quedan más que las otras, atroces, de aristas cortantes, cargadas de barro y hielo, con las láminas metálicas para sujetar los raíles clavadas ya.
Cuando viene Franz a llamar a Wachsmann para que vaya con él a recoger el rancho, quiere decir que son las once y que la mañana casi está pasada, y nadie piensa en la tarde. Después es la vuelta de la cuadrilla, a las once y media, y el interrogatorio de rigor, cuánto potaje hoy, y de qué clase, y si te ha tocado de arriba o del fondo del perol; yo me esfuerzo por no hacer esas preguntas, pero no puedo dejar de prestar un oído ávido a las respuestas, y la nariz al humo que el viento trae de la cocina.
Y por fin, como un meteoro celeste, sobrenatural e impersonal como una señal divina, la sirena de mediodía estalla para consolar nuestro cansancio y nuestra hambre anónima y unánime. Y de nuevo suceden las cosas acostumbradas: corremos todos al barracón y nos ponemos en fila con las escudillas tendidas, y todos tenemos una prisa animal por mojarnos las vísceras con el brebaje caliente, pero nadie quiere ser el primero, porque al primero le toca la ración más líquida. Como de costumbre, el Kapo nos escarnece y nos insulta por nuestra voracidad. Y mucho se guarda de remover la marmita, porque el fondo lo reserva claramente para él. Después viene la beatitud (ésta positiva y visceral) de la distensión y del calor en la barriga y en la caseta en torno a la estufa crepitante. Los fumadores, con gesto avaro y piadoso, lían un delgado cigarrillo, y toda nuestra ropa, empapada de nieve y de fango, humea densamente al calor de la estufa, con un olor de perrera y de rebaño.
Según un tácito acuerdo, nadie habla: pasado un minuto, todos duermen, apretados codo con codo, cayéndose de repente hacia delante y enderezándose con una sacudida de espaldas. Por detrás de los párpados apenas cerrados irrumpen violentamente los sueños, y éstos son también los de costumbre. Estar en nuestra casa, en un maravilloso baño caliente. Estar en nuestra casa sentados a la mesa. Estar en casa y contar este trabajo sin esperanza, este tener siempre hambre, este dormir de esclavos.
Luego, en el seno de los vapores de las digestiones torpes, un núcleo doloroso se condensa, y no punza, y crece hasta pasar los límites de la conciencia y nos quita la alegría del sueño. Es wird bald ein Uhr sein. Es casi la una. Como un cáncer rápido y voraz mata nuestro sueño y nos oprime angustiosamente: tendemos el oído al viento que silba fuera y al ligero roce de la nieve contra el cristal, es wird schnell ein Uhr sein. Mientras todos nos agarramos al sueño para que no nos abandone, tenemos los sentidos tensos en espera de la señal que va a llegar, que está fuera de la puerta, que está aqui…
Ya está. Un golpe contra el cristal, Meister Nogalla ha lanzado contra el ventanuco una bola de nieve y ahora está de pie, tieso, ahí afuera, y tiene el reloj en la mano vuelto hacia nosotros. El Kapo se pone en pie, se estira, y dice, en voz baja como quien no duda de que será obedecido: Alles heraus (todos afuera).
¡Ah, poder llorar! ¡Ah, poder enfrentarse al viento como antes lo hacíamos de igual a igual, y no como aquí, como gusanos sin alma!
Estamos fuera, y cada uno vuelve a su palanca, Resnyk se encoge de hombros, se hunde el gorro hasta las orejas y levanta la cara al cielo bajo y gris del que cae la nieve inexorable:
–Si j’avey une chien, je ne le chasse pas dehors.

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UN DÍA BUENO

La convicción de que la vida tiene una finalidad está grabada en todas las fibras del hombre, es una propiedad de la sustancia humana. Los hombres libres llaman de muchas maneras a tal finalidad, y sobre su naturaleza piensan y hablan mucho: pero para nosotros la cuestión es muy simple.
Aquí y hoy, nuestra finalidad es llegar a la primavera. De otras cosas, ahora, no nos preocupamos. Detrás de esta meta no hay, ahora, otra meta. Por la mañana, cuando en formación en la plaza de la Lista esperamos sin fin la hora de ir al trabajo, y cada soplo del viento se nos mete por debajo de la ropa y recorre en escalofríos violentos nuestros cuerpos indefensos, y todo alrededor está gris, y nosotros estamos grises; por la mañana, cuando todavía está oscuro, todos escrutamos el cielo hacia oriente acechando los primeros indicios de la dulce estación, y la salida del sol es comentada todos los días: hoy un poco antes que ayer; hoy un poco más caliente que ayer; dentro de dos meses, dentro de un mes, el frío nos dará tregua y tendremos un enemigo menos.
Hoy, por primera vez, el sol ha surgido vivo y nítido fuera del horizonte de barro. Es un sol polaco, frío, blanco y lejano, y no nos calienta más que la epidermis, pero cuando se ha deshecho de las últimas brumas ha corrido un murmullo por nuestra multitud sin color, y cuando incluso yo he sentido su tibieza a través de mi ropa, he comprendido que se pueda adorar al sol.
Das Schlimmste ist vorüber, dice Ziegler, estirando al sol los hombros puntiagudos: lo peor ha pasado. Junto a nosotros hay un grupo de griegos, de esos admirables y terribles judíos salónicos, tenaces, ladrones, prudentes, feroces y solidarios, tan decididos a vivir y tan despiadados adversarios en la lucha por la vida; de esos griegos que han sobrevivido, en las cocinas y en las canteras; y que hasta los alemanes respetan y los polacos temen. Hace tres años que están en el campo, y nadie mejor que ellos sabe lo que es el campo; ahora están reunidos, apiñados en un corro, hombro contra hombro, y cantan una de sus cantilenas interminables.

Felicio, el griego, me conoce:
–L’année prochaine à la maison! -me grita, y añade:…a la maison par la cheminée!
Felicio ha estado en Birkenau. Y siguen cantando. Y dan golpes con los pies rítmicamente, y se embriagan de canción.
Cuando por fin hemos salido por la gran puerta del campo el sol estaba discretamente alto y el cielo sereno. A mediodía se veían las montañas; al poniente, familiar e incongruente, el campanario de Auschwitz (¡un campanario aquí!) y todo alrededor los globos cautivos de las vallas. Los humos de la Buna se estancaban en el aire frío y se veía también una fila de colinas bajas, verdes de bosques: y se nos ha encogido el corazón, porque todos sabemos que aquello es Birkenau, que allí han terminado nuestras mujeres y que pronto también nosotros terminaremos allí: pero no estamos acostumbrados a verlo.
Por primera vez nos hemos dado cuenta de que, a los dos lados de la carretera, también aquí los prados están verdes: porque, si no hay sol, un prado es como si no fuese verde.
La Buna no: la Buna es desesperada y esencialmente opaca y gris. Este desmesurado enredo de hierro, de cemento, de barro y de humo es la negación de la belleza. Sus calles y sus edificios se Ilaman como nosotros, con números o letras, o con nombres inhumanos y siniestros. Dentro de su recinto no crece una brizna de hierba, y la tierra está impregnada por los jugos venenosos del carbón y del petróleo, y nada más que las máquinas y los esclavos están vivos: y más aquéllas que éstos.
La Buna es grande como una ciudad; allí trabajan, además de los dirigentes y los técnicos alemanes, cuarenta mil extranjeros, y se hablan quince o veinte idiomas. Todos los extranjeros viven en distintos Lagers, que rodean la Buna como una corona: el Lager de los prisioneros de guerra inglesa, el Lager de las mujeres ucranianas, el Lager de los voluntarios franceses, y otros que no conocemos. Nuestro Lager (Judenlager, Vernichtunslager, Kazett) aporta, sólo él, diez mil trabajadores, que provienen de todas las naciones de Europa; y nosotros somos los esclavos de los esclavos, a quienes todos pueden mandar, y nuestro nombre es el número que llevamos tatuado en el brazo y cosido en el pecho.
La Torre del Carburo, que surge en medio de la Buna y cuyo pináculo es raramente visible entre la niebla, la hemos construido nosotros. Sus ladrillos han sido llamados Ziegel, briques, tegula, cegli, kamenny, bricks, téglak, y el odio los ha cimentado; el odio y la discordia, como la Torre de Babel y así la llamamos: Babelturm, Bobelturm, y odiamos en ella el demente sueño de grandeza de nuestros amos, su desprecio de Dios y de los hombres, de nosotros los hombres.
Y todavía hoy, como en aquella fábula antigua, todos nosotros sentimos, y los mismos alemanes sienten, que una maldición no trascendente y divina sino inmanente e histórica se cierne sobre la insolente trabazón, fundada en la confusión de las lenguas y erigida desafiando al cielo como una blasfemia de piedra.
Como ya diremos, de la fábrica de la Buna, por la cual se afanaron los alemanes durante cuatro años y en donde sufrimos y morimos miles de nosotros, no salió nunca un solo kilo de goma sintética.
Pero hoy los eternos charcos, sobre los que tiembla un velo irisado de petróleo, reflejan el cielo sereno. Las vigas, las calderas, los tubos todavía fríos del hielo nocturno, chorrean rocío. La tierra removida de las zanjas, los montones de carbón, los bloques de cemento, exhalan en una leve niebla la humedad del invierno.
Hoy es un buen día. Miramos alrededor, como ciegos que recobran la vista, y nos miramos unos a otros. Nunca nos habíamos visto al sol: algunos sonríen. ¡Si no fuese por el hambre!
Porque así es la naturaleza humana, las penas y los dolores que se sufren simultáneamente no se suman por entero en nuestra sensibilidad, sino que se esconden, los menores detrás de los mayores, según una ley de perspectiva muy clara. Es algo providencial y que nos permite vivir en el campo. Y también es ésta la razón por la cual con tanta frecuencia, en la vida en libertad, se oye decir que el hombre es insaciable: mientras, más que de una incapacidad humana para el estado de bienestar absoluto, se trata de un conocimiento siempre insuficiente de la naturaleza compleja del estado de desgracia, por lo cual a causas que son múltiples y ordenadas jerárquicamente se les da un solo nombre, el de la causa mayor; hasta que ésta llegue a desaparecer, y entonces uno se asombra dolorosamente al ver que detrás de una hay otra; y en realidad, muchas otras.
Por eso, aún no acaba de cesar el frio, que durante todo el invierno nos ha parecido el único enemigo, y ya nos damos cuenta de que tenemos hambre: y, repitiendo el mismo error, decimos hoy: «¡Si no fuese por el hambre!»…
Pero ¿cómo podría pensarse en no tener hambre? El Lager es el hambre: nosotros somos el hambre, un hambre viviente.
Más allá de la carretera está funcionando una excavadora. Su cesta, suspendida de los cables, abre las mandíbulas dentadas, se queda un momento como dudando en la elección, luego se lanza sobre la tierra arcillosa y blanda y la muerde vorazmente, mientras de la cabina de mando sale un bufido satisfecho de humo blanco y denso. Luego se alza, gira a medias, vomita por la trasera el bocado de que está cargada y vuelve a empezar.
Apoyados en las palas, nos quedamos mirándola fascinados. A cada mordisco de la cesta las bocas se cierran, las nueces suben y bajan miserablemente en las gargantas, visibles bajo la piel fláccida. No conseguimos sustraernos al espectáculo de la comida de la excavadora.
Sigi tiene diecisiete años y es el más hambriento aunque recibe cada tarde un poco de potaje que le da un protector suyo, verosímilmente no desinteresado. Había empezado a hablar de su casa de Viena y de su madre, pero luego ha pasado al tema de la cocina y ahora nos habla sin parar de no sé qué banquete de bodas y recuerda, con verdadero desconsuelo, que no terminó el tercer plato de potaje de habas. Todos lo mandan callar, y no han pasado diez minutos cuando Bela nos describe su campiña húngara, y los campos de maíz, y una receta para hacer polenta dulce con maíz tostado, y manteca, y especias, y… y lo insultan, lo maldicen, y hay otro que empieza a contar…

¡Qué débil es la carne! Yo me doy perfecta cuenta de cuán vanas son estas imaginaciones del hambre, pero no puedo sustraerme a la ley común, y ante los ojos me baila la pasta asciutta que acabábamos de hacer Vanda, Luciana, Franco y yo, en Italia, en el campo de espera, cuando nos dieron la noticia repentina de que al día siguiente teníamos que salir para venir aquí; y estábamos comiéndola (estaba tan buena, amarilla, sólida) y la dejamos, necios de nosotros, insensatos: ¡si hubiésemos sabido! Y si ocurriese otra vez… Absurdo; si hay una cosa segura en el mundo es ésta: que no nos sucederá otra vez.
Fischer, el último que ha llegado, se saca del bolsillo un envoltorio, preparado con la minuciosidad de los húngaros, y dentro hay media ración de pan: la mitad del pan de esta mañana. Es bien sabido que sólo los Números Altos son capaces de quedarse con el pan en el bolsillo: ninguno de nosotros, los antiguos, está en condiciones de conservar el pan durante una hora entera. Varias teorías circulan para justificar esta incapacidad nuestra: el pan comido poco a poco a veces no se asimila del todo, la tensión nerviosa necesaria para guardar el pan, sin atacarlo cuando se tiene hambre, es nociva y debilitante en grado sumo; el pan endurecido pierde rápidamente su valor alimenticio, por lo que cuanto antes es ingerido tanto más nutritivo, resulta; Alberto dice que el hambre y el pan en el bolsillo son cantidades de signo contrario, que se neutralizan automáticamente y no pueden coexistir en el mismo individuo; y muchos, en fin, afirman justamente que el estómago es la caja fuerte más segura contra los robos y las extorsiones.
–Moi, on m’a jamais volé mon pain!-gruñe David golpeándose el estómago cóncavo: pero no puede apartar los ojos de Fischer, que mastica lento y metódico, del «afortunado que posee todavía media ración a las diez de la mañana… sacré veinard, va!»
Pero no sólo debido al sol es el de hoy un día alegre: a mediodía nos espera una sorpresa. Además del rancho normal de la mañana, encontramos en la barraca una maravillosa marmita de cincuenta litros, de las de la Cocina de la Fábrica, casi llena. Templer nos mira triunfante: esta organización es obra suya.
Templer es el organizador oficial de nuestro Kommando: tiene para la sopa de los Civiles una sensibilidad exquisita, como las abejas para las flores. Nuestro Kapo, que no es un mal Kapo, le deja las manos libres, y con razón: Templer se echa a andar siguiendo pistas imperceptibles, como un sabueso, y vuelve con la preciosa noticia de que los obreros polacos del Alcohol Metílico, a dos kilómetros de aquí, han dejado cuarenta litros de sopa porque sabía a rancio, o que un vagón de nabos se ha quedado sin guardia en la vía muerta de la Cocina de la Fábrica.
Hoy, los litros son cincuenta, y nosotros somos quince, Kapo y Vorarbeiter comprendidos. Son tres litros por cabeza; uno lo tomaremos a mediodía, además del rancho normal, y para los otros dos iremos por turno esta tarde a la barraca, y nos será, concedidos excepcionalmente cinco minutos de suspensión del trabajo para que nos hartemos.
¿Qué más podría desearse? Hasta el trabajo nos parece ligero ante la perspectiva de los dos litros densos y calientes que nos esperan en la barraca. Periódicamente se nos acerca el Kapo y llama:
– Wer hat noch zu fressen?
Esto, no ya por burla o por escarnio, sino porque verdaderamente este nuestro comer de pie, furiosamente, escaldándose la boca y la garganta, sin tiempo para respirar, es «fressen», el comer de las bestias, y no por cierto «essen», el comer de los hombres, sentados ante una mesa, religiosamente. «Fressen» es el vocablo apropiado, el comúnmente usado entre nosotros.
Meister Nogalla está aquí y hace la vista gorda ante nuestra ausencia del trabajo. También Meister Nogalla tiene cara de hambriento, y si no fuese por las conveniencias sociales quizás no rechazara un litro de nuestro aguaje caliente.
Le llega el turno a Templer, al que, con plebiscitario consentimiento, le han sido asignados cinco litros, sacados del fondo de la marmita. Porque Templer, además de ser un buen organizador, es un excepcional comedor de potaje y, caso único, está en condiciones de vaciar los intestinos, voluntaria y preventivamente, en vista de la comida voluminosa: lo que contribuye a su asombrosa capacidad gástrica.
De esta habilidad suya está justamente orgulloso, y todos, hasta Meister Nogalla, la conocen. Acompañado por la gratitud de todos, el benefactor Templer se encierra unos instantes en la letrina, sale radiante y pronto, y se dispone, entre la general benevolencia, a gozar del fruto de su obra:
–Nu. Templer, hast du Platz genug für die Suppe gemacht?
Al atardecer, suena la sirena del Feierabend, del final del trabajo; y puesto que todos estamos, al menos durante unas horas, saciados, no hay lugar a litigios, nos sentirnos bondadosos, el Kapo no tiene deseos de castigarnos y somos capaces de pensar en nuestras madres y en nuestras mujeres, lo que no sucede con frecuencia. Durante unas horas podemos ser infelices a la manera de los hombres libres.

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MÁS ACÁ DEL BIEN Y DEL MAL

Teníamos una incorregible tendencia a ver en cada acontecimiento un símbolo y un signo. Desde hacía setenta días se hacia esperar el Wäschetauschen, la ceremonia del cambio de la ropa interior, y ya circulaba insistente la voz de que faltaba ropa interior de recambio porque, debido al avance del frente, los alemanes no podían hacer afluir a Auschwitz nuevos transportes: «por eso la liberación estaba cerca«; y paralelamente, la interpretación opuesta, que el retraso de la muda era signo seguro de una próxima liquidación integral de todo el campo. Pero la muda llegó y, como de costumbre, la dirección del Lager se preocupó de que llegase de improviso y al mismo tiempo a todos los barracones.
Es preciso saber que en el Lager la tela escasea y es preciosa; y que el único modo que tenemos de procurarnos un trapo para limpiarnos la nariz, o un retazo para los pies, es precisamente el cortarle el faldón a una camisa en el momento de la muda. Si la camisa es de manga larga, se le cortan las mangas; si no, uno se contenta con un rectángulo de abajo, o se descose uno de sus numerosos remiendos. En todo caso, hace falta algún tiempo para procurarse aguja e hilo, y para realizar la operación con cierto arte, de modo que el estropicio no sea demasiado evidente en el acto de la entrega. La ropa sucia y rasgada pasa a granel a la Sastrería del campo donde es sumariamente zurcida, luego a la desinfección con vapor (¡no al lavado!) después es redistribuida; de ahí que, para salvar la ropa usada de las mencionadas mutilaciones, sea necesario hacer llegar la muda de la manera más imprevista.
Pero, siempre como de costumbre, no se ha podido evitar que alguna mirada sagaz penetrase bajo el toldo del carro que salía de la desinfección, de modo que en pocos minutos el campo se ha enterado de la inminencia de un Wäschetauschen y, por añadidura, de que esta vez se trataba de camisas nuevas, procedentes de un transporte de húngaros llegado hace tres días.
La noticia ha tenido una resonancia instantánea. Todos los detentadores abusivos de segundas camisas, robadas u organizadas, o tal vez honestamente compradas con pan para protegerse del frío o para invertir capital en un momento de prosperidad, se han precipitado hacia la Bolsa, esperando llegar a tiempo de cambiar por géneros de consumo su camisa de reserva antes de que la oleada de camisas nuevas, o la certeza de su llegada, devaluasen irreparablemente el precio del articulo.
La Bolsa es siempre activísima. Aunque todo cambio (mejor, toda forma de propiedad) esté explícitamente prohibido, y aunque frecuentes rastreos de los Kapos o de los Blockälteste atropellen periódicamente en una sola fuga a mercaderes, clientes y curiosos, sin embargo, en el ángulo nordeste del Lager (significativamente en el ángulo más alejado de las barracas de la SS), apenas las escuadras han vuelto del trabajo, se reúne un concurso tumultuoso, al aire libre en verano, dentro del lavadero en invierno.

Aquí vagan a decenas, con los labios entreabiertos y los ojos relucientes, los desesperados por el hambre, a los que un instinto falaz empuja allá donde las mercancías exhibidas hacen más agria la roedura del estómago y más asidua la salivación. Van provistos, en el mejor de los casos, de la misera media ración de pan que, con esfuerzo doloroso, han ahorrado desde la mañana, con la esperanza insensata de que se presente la ocasión de un trueque ventajoso con algún ingenuo, desconocedor de las cotizaciones del momento. Algunos de éstos, con salvaje paciencia, adquieren con la media ración un litro de potaje que, al ir alejándose, someten a la metódica extracción de los pocos pedazos de patata que yacen en el fondo; hecho lo cual, la cambian por pan, y el pan por un nuevo litro que expoliar, y esto hasta el agotamiento de los nervios, o hasta que cualquier perjudicado, cogiéndole in fraganti, no les inflija una severa lección, exponiéndolos a la pública irrisión. A la misma especie pertenecen los que van a la Bolsa a vender su única camisa; ésos saben bien lo que va a suceder, en la primera ocasión, cuando el Kapo compruebe que están desnudos bajo la chaqueta. El Kapo les preguntará qué han hecho de la camisa; es una pura pregunta retórica, una formalidad útil tan sólo para entrar en materia. Le responderán que la camisa se la han robado en el lavadero; también es de rigor esta respuesta, y no pretende ser creída; en realidad, hasta las piedras del Lager saben que en noventa y nueve veces de cada ciento quien no tiene camisa la ha vendido por hambre, y que además se es responsable de la camisa porque pertenece al Lager. Entonces, el Kapo lo golpeará, le será asignada otra camisa, y antes o después todo volverá a empezar.
Cada uno en su rincón acostumbrado, se estacionan en la Bolsa los mercaderes profesionales; los primeros de entre ellos, los griegos, inmóviles y silenciosos como esfinges, agazapados detrás de las escudillas de potaje denso, fruto de su trabajo, de sus combinaciones y de su solidaridad nacional.
Los griegos se han reducido ahora a poquísimos, pero han aportado una contribución de primer orden a la fisonomía del campo y a la jerga internacional que por él circula. Todos saben que «caravana» es la escudilla, y que «la comedera es buena» quiere decir que el potaje es bueno; el vocablo que expresa la idea genérica de hurto es «klepsi-klepsi», de evidente origen griego. Estos pocos supervivientes de la colonia judía de Salónica, la del doble lenguaje, español y helénico, y de las múltiples actividades, son los depositarios de una concreta, terrena, cómplice sabiduría en la que confluyen las tradiciones de todas las civilizaciones mediterráneas. Que esta sabiduría se resuelva en el campo con la práctica sistemática y científica del hurto y del asalto a los cargos y con el monopolio de la Bolsa de los trueques, no debe hacer olvidar que su repugnancia por la brutalidad gratuita, su asombrosa conciencia de la subsistencia de una, cuando menos potencial, dignidad humana, hacían de los griegos del Lager el núcleo nacional más coherente y, bajo este punto de vista, el más civil.
Se puede encontrar en la Bolsa a los especialistas de los hurtos en la cocina, con las chaquetas hinchadas por misteriosos bultos. Mientras para el potaje hay un precio casi estable (media ración de pan por un litro), la cotización de los nabos, remolachas, patatas, es caprichosa en extremo y depende mucho, entre otros factores, de la diligencia y la corruptibilidad de los guardianes de turno en los almacenes.
Se vende el Mahorca: el Mahorca es un tabaco de desecho, en forma de astillas leñosas, oficialmente en venta en la Kantine, en paquetes de cincuenta gramos, contra la entrega de «bonos-premio» que la Buna debería distribuir entre los mejores trabajadores. Tal distribución se hace irregularmente, con gran parsimonia y evidente iniquidad, de modo que la mayor parte de los bonos terminan, directamente o por abuso de autoridad, en manos de los Kapos y de los prominentes; sin embargo, los bonos-premio de la Buna circulan en el mercado del Lager a guisa de moneda, y su valor varía en estricta obediencia a las leyes de la economía clásica.
Ha habido periodos en los que se ha pagado una ración de pan por bono-premio, luego una y cuarto, también una y un tercio; una vez ha sido cotizado a ración y media, pero luego el suministro de Mahorca en las Kantinas ha disminuido y entonces, al faltar la cobertura, la divisa se ha precipitado de golpe a un cuarto de ración. Le ha sucedido otro periodo de alza debido a una razón singular: el cambio de la guardia en el Frauenblock, con la llegada de un contingente de robustas muchachas polacas. En efecto, puesto que el bono-premio es válido (para los criminales y los políticos: no para los judíos, los cuales, por lo demás, no sufren por la limitación) para un ingreso en el Frauenblock, los interesados han hecho un activo y rápido acaparamiento: de donde el alza que, por lo demás, no ha durado mucho.
Entre los comunes Häftlinge, pocos son los que buscan el Mahorca para fumárselo personalmente; casi siempre sale del campo y termina en los laboratorios civiles de la Buna. Es un sistema de «kombinacja» bastante difundido: el Häftling, una vez economizada del modo que sea una ración de pan, la invierte en Mahorca; se pone cautamente en contacto con un «aficionado civil», que adquiere el Mahorca efectuando el pago al contado con una dosis de pan superior a la inicialmente establecida. El Häftling se come el margen de ganancia y pone en circulación la ración sobrante. Especulaciones de esta clase establecen una conexión entre la economía interior del Lager y la vida económica del mundo exterior: cuando, accidentalmente, ha llegado a faltar la distribución del tabaco a la población civil de Cracovia, el hecho, superando la barrera de alambre de púa que nos segrega del consorcio humano, ha tenido repercusión en el campo, provocando una clara alza de la cotización del Mahorca y, en consecuencia, de los bonos-premio.
El caso arriba esbozado no es sino el más esquemático: otro más complejo es el siguiente. El Häftling adquiere mediante Mahorca o pano quizás por donación de un civil cualquier abominable, rasgado, sucio trapo de camisa, sin embargo, provisto aún de tres agujeros por los que pasar bien o mal los brazos y la cabeza. Siempre que no muestre más que signos de desgaste, y no de mutilaciones artificiosamente realizadas, semejante objeto, en lo que al Wäschentauschen se refiere, es válido como camisa y da derecho al cambio; todo lo más, quien lo muestra podrá recibir una adecuada dosis de golpes por haber puesto tan poco cuidado en la conservación de los indumentos de ordenanza.
Por ello, en el interior del Lager no hay gran diferencia de valor entre una camisa digna de tal nombre y un andrajo lleno de remiendos; el Häftling no tendrá dificultad en encontrar un compañero en posesión de una camisa en estado comerciable que no pueda valorizar porque, por razones de ubicación del trabajo, o de lenguaje, o de intrínseca incapacidad, no está en relación con los trabajadores civiles. Estos últimos se contentarán con un modesto porcentaje de pan para aceptar el cambio; efectivamente, el próximo Wäschentauschen restablecerá en cierto modo la nivelación repartiendo ropa buena o mala de manera perfectamente casual. Pero el primer Häftling podrá contrabandear en la Buna la camisa buena y vendérsela al civil de antes (o a cualquier otro) por cuatro, seis, hasta diez raciones de pan. Este tan elevado margen de ganancias refleja la gravedad del riesgo de salir del campo con más de una camisa puesta, o de regresar sin camisa.
Muchas son las variaciones sobre este tema. Hay quien no duda en sacarse las fundas de oro de las muelas para venderlas en la Buna por pan o tabaco: pero es más común el caso de que semejante tráfico tenga lugar por persona interpuesta. Un «número alto», es decir, un recién llegado, llegado hace poco pero ya lo suficientemente embrutecido por el hambre y por la extremada tensión de la vida en el campo, es oteado por un número bajo a causa de alguna rica prótesis dental que lleve puesta: el bajo ofrece al «alto» tres o cuatro raciones de pan al contado por someterse a la extracción. Si el alto acepta, el bajo paga, se lleva el oro a la Buna y, si está en contacto con un civil de confianza, del que no sean de temer delaciones o estafas, puede realizar sin más una ganancia de hasta diez, veinte o más raciones, que le son pagadas gradualmente, una o dos al día. Advirtamos a tal propósito que, contrariamente a lo que sucede en la Buna, cuatro raciones de pan son el importe máximo de los negocios que se concluyen en el campo, porque aquí sería prácticamente imposible tanto estipular contratos a crédito, como preservar de la codicia ajena y del hambre propia una cantidad mayor de pan.
El tráfico con los civiles es un elemento característico del Arbeitslager y, como se acaba de ver, determina la vida económica. Es por lo demás delito, explícitamente contemplado por el reglamento del campo y asimilado al delito político; por ello es castigado con particular severidad. El Häftling convicto de Handel mit Zivilisten, si no dispone de buenas influencias; acaba en Gleiwitz III, en Janina, en las minas de carbón de Heidebreck; lo que significa la muerte por agotamiento en el transcurso de unas pocas semanas. Además, el mismo trabajador civil cómplice suyo puede ser denunciado a la autoridad competente alemana y condenado a pasar un periodo variable, según me consta, de quince días a ocho meses en Vernichtunslager, en las mismas condiciones que nosotros. Los obreros a los que se aplica este género de talión son expoliados como nosotros a la entrada, pero sus efectos personales se conservan en un almacén a propósito. No se los tatúa y conservan su pelo, lo que los hace fácilmente reconocibles, pero durante todo el tiempo del castigo se los somete al mismo trabajo que a nosotros y a nuestra disciplina; excluidas, desde luego, las selecciones.
Trabajan en Kommandos especiales y no tienen contacto de ningún género con los Häftlinge comunes. En efecto, para ellos el Lager es un castigo y, si no mueren de cansancio o de enfermedad, tienen muchas probabilidades de volver entre los hombres; si se les diese la posibilidad de comunicarse con nosotros, ello abriría una brecha en el muro que nos tiene muertos para el mundo, y una rendija sobre el misterio que reina entre los hombres libres en torno a nuestro estado. En cambio, para nosotros, el Lager no es un castigo; para nosotros no se prevé un término, y el Lager no es otra cosa que el género de existencia a nosotros asignado, sin límites de tiempo, en el seno del organismo social germánico.
Una sección de nuestro mismo campo está destinada por supuesto a los trabajadores civiles de todas las nacionalidades que deben residir en él durante un tiempo más o menos largo, en expiación de sus relaciones ilícitas con los Häftlinge. Dicha sección está separada del resto del campo mediante un alambre de púas, y se llama E-Lager. y E-Häftlinge se llaman sus huéspedes. E es la inicial de Erziehung, que significa «educación».
Todas las combinaciones hasta ahora descritas están fundadas en el contrabando de material perteneciente al Lager. Por eso, los SS son tan rigurosos al reprimirlos: el mismo oro de nuestros dientes es propiedad suya, puesto que, arrancado de las mandíbulas de los vivos y de los muertos, todo termina antes o después en sus manos. Es, por lo tanto, natural que se ocupen de que el oro no salga del campo.

Pero contra el hurto en si la dirección del campo no tiene ninguna prevención. Lo demuestra la actitud de amplia connivencia manifestada por los SS frente al contrabando inverso.
Aquí, las cosas son generalmente más sencillas. Se trata de robar o de comprar después de robado alguno de los variados utensilios, herramientas, materiales, productos, etcétera con los que a diario estamos en contacto en la Buna por razones de trabajo: introducirlo en el campo por la tarde, encontrar el cliente y efectuar el trueque por pan o sopa. Este tráfico es intensísimo: para determinados artículos, que no obstante son necesarios para la vida normal del Lager, ésta, la del hurto en la Buna, es la única y regular vía de abastecimiento. Son típicos los casos de las escobas, de los barnices, del alambre eléctrico, del betún de los zapatos. Valga como ejemplo el tráfico de esta última mercancía.
Como ya hemos dicho en otra parte, el reglamento del campo prescribe que todas las mañanas los zapatos se embetunen y se les saque brillo, y cada Blockältester es responsable ante los SS de la obediencia a esta disposición por parte de todos los hombres de su barracón. Se podría, pues, pensar que cada barracón disfruta de una asignación periódica de betún para los zapatos, pero no es así: el mecanismo es otro. Es necesario anticipar que cada barracón recibe, por las tardes, una asignación de potaje que es un poco mayor que la suma de las raciones reglamentarias; el exceso es repartido según el arbitrio del Blockältester, el cual se procura, en primer lugar, las atenciones para sus amigos y protegidos, en segundo, las compensaciones debidas a los barrenderos, a los guardias nocturnos, a los inspectores de piojos y a todos los demás funcionarios prominentes de la barraca. Lo que todavía queda (y todo Blockältester astuto hace que siempre sobre), sirve precisamente para las compras.
Lo demás se comprende: los Häftlinge a los que se les ofrece en la Buna la ocasión de llenarse la escudilla de grasa o de aceite de máquina (o de otras cosas: cualquier sustancia negruzca y untuosa se considera al fin adecuada), llegados al campo por la tarde, hacen sistemáticamente la ronda de los barracones hasta que encuentran al Blockältester desprovisto del artículo o que quiere tenerlo en reserva. Por lo demás, cada barraca tiene por lo menos su abastecedor habitual, con el cual ha sido pactada una compensación fija diaria a condición de que proporcione la grasa cada vez que la reserva esté a punto de acabarse.
Todas las noches, junto a las puertas de los Tagesräume, se estacionan pacientemente los puestos de los proveedores; quietos y en pie durante horas y horas bajo la lluvia o la nieve, hablan agitadamente y en voz baja de cuestiones relacionadas con las variaciones de los precios y del valor del bono-premio. De cuando en cuando alguno se separa del grupo, hace una breve visita a la Bolsa y vuelve con las últimas noticias.
Además de los ya nombrados, son innumerables los artículos disponibles en la Buna que pueden ser útiles en el Block, ser agradecidos por el Blockältester, o suscitar el interés o la curiosidad de los prominentes. Bombillas, cepillos, jabón corriente o de barba, limas, pinzas, sacos, clavos; se despacha el alcohol metílico, bueno para hacer bebidas, y la bencina, buena para encendedores, prodigios de la industria secreta de los artesanos del Lager.
En esta compleja red de hurtos y contrahurtos, alimentados por la sorda hostilidad entre los comandos SS y la autoridad civil de la Buna, función de primer orden tiene el Ka-Be. El Ka-Be es el lugar de menor resistencia, la válvula por la que más fácilmente pueden evadirse los reglamentos y eludirse la vigilancia de los Kapos. Todos saben que son los mismos enfermeros los que reincorporan al mercado, a bajo precio, la ropa y los zapatos de los muertos y de los seleccionados que parten desnudos para Birkenau; son los enfermeros y los médicos los que exportan de la Buna los sulfamídicos asignados, vendiéndolos a los civiles contra géneros alimentarios.
Además, los enfermeros obtienen grandes ganancias del tráfico de cucharas. El Lager no provee de cuchara a los recién llegados, aunque el potaje semilíquido no pueda ser consumido de otra manera. Las cucharas se fabrican en la Buna, a escondidas y en los ratos libres, por los Häftlinge que trabajan como especialistas en los Kommandos de herreros y hojalateros; se trata de bastas y pesadas herramientas, hechas con chapas trabajadas a martillazos, frecuentemente con el mango afilado, de modo que sirva al mismo tiempo de cuchillo para cortar el pan. Los mismos fabricantes las venden directamente a los recién llegados; una cuchara sencilla vale media ración, una cuchara-cuchillo tres cuartos de ración de pan. Ahora bien, es ley que en el Ka-Be se pueda entrar con la cuchara, pero no salir con ella. A los curados, en el acto de darlos de alta y antes de vestirlos, la cuchara les es confiscada por los enfermeros, que la envían en venta a la Bolsa. Añadiendo a las cucharas de los curados las de los muertos y las de los seleccionados, los enfermeros llegan a percibir a diario las ganancias de la venta de una cincuentena de cucharas. Por el contrario, los enfermos dados de alta se ven obligados a reanudar el trabajo con la desventaja inicial de media ración de pan asignada a la adquisición de una nueva cuchara,
En fin, el Ka-Be es el principal cliente y comprador de los hurtos consumados en la Buna: del potaje destinado al Ka-Be veinte buenos litros al día son presupuestados como fondo de hurtos para adquirir de los especialistas los artículos más variados. Hay quien roba el fino tubo de goma utilizado en el Ka-Be para las enteroirrigaciones y las sondas gástricas; quien llega a ofrecer los lapiceros y tintas de colores, necesarios para la complicada contabilidad de la comandancia del Ka-Be; los termómetros y la vajilla y los reactivos químicos que salen de los almacenes de la Buna en los bolsillos de los Häftlinge y se emplean en la enfermería como material sanitario.
Y no querría pecar de inmodestia al añadir que ha sido nuestra, de Alberto y mía, la idea de robar los rollos de papel milimetrado de los termógrafos de la Oficina de Desecación y ofrecérselos al Médico Jefe del Ka-Be, sugiriéndole que lo emplee bajo la forma de módulos para los diagramas pulso-temperatura.
En conclusión, el hurto en la Buna, castigado por la Dirección Civil, es autorizado y estimulado por los SS; el hurto en el campo, reprimido severamente por los SS, es considerado por los civiles una operación normal de cambio; el hurto entre Häftlinge es generalmente castigado pero el castigo afecta con la misma gravedad al ladrón y al robado. Quiero invitar ahora al lector a que reflexione sobre lo que podrían significar en el Lager nuestras palabras «bien» y «mal», «justo» e «injusto»; que juzgue, basándose en el cuadro que he pintado y los ejemplos más arriba expuestos, cuánto de nuestro mundo moral normal podría subsistir más allá de la alambrada de púas.




