The Conversation
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El cine de lo que yo te diga, 20 de agosto de 2024
Querido primo Teo:
Uno de los grandes alicientes de la temporada es “Megalópolis” de Francis Ford Coppola, una obra mastodóntica, gestada durante décadas, que se ha financiado de manera independiente, los 120 millones de presupuesto han salido en su mayoría de lo producido por las bodegas del cineasta, y que pocos se atreven a distribuir porque es una ida de olla que arruinaría al más osado.
Las últimas obras experimentales del director apenas tuvieron recorrido, ni siquiera tirando del
poder de convocatoria que sigue teniendo su nombre. Hace medio siglo el director no se encontraba mendigando la atención de la industria porque era uno de los símbolos del nuevo Hollywood.
Había alcanzado lo más alto con “El padrino” (1972) e inmediatamente después rodó una producción mucho más modesta, “La conversación” (1974), una película adelantada a su tiempo y que era el reflejo de una sociedad paranoica como lo era la estadounidense tras el estallido del caso Watergate .
Cuando se estrenó “La conversación”, el 7 de abril de 1974, la administración Nixon estaba metida en el fango debido al escándalo Watergate, consistente en el espionaje al Partido Demócrata. Semanas después, el presidente Richard Nixon reconoció la responsabilidad de su Gobierno y terminaría presentando su dimisión el 9 de agosto del mismo año.
El mayor escándalo de la historia de los Estados Unidos llevó al ciudadano medio a perder su inocencia ya que cualquiera podía ser un objetivo de espionaje. Además no se necesita de la sofisticación de los agentes secretos retratados por la literatura y el cine. El vecino del quinto podía ser un cliente habitual de “La tienda del espía” y convertirse en un comisario Villarejo de andar por casa para tener controlados a los de su bloque.
Realmente “La conversación” no fue la reacción de Coppola ante la crispación política y social ya que tenemos que remontarnos a 1966 para encontrar el germen de la película. En ese momento, Francis Ford Coppola mantuvo una conversación con su amigo Irvin Keshner, que posteriormente habló de “Star Wars: El imperio contraataca” (1980), sobre los micrófonos direccionales que son capaces de grabar un diálogo a una gran distancia, incluso en un espacio abierto.
Inmediatamente después de ver “Blow-Up” (1966) de Michelangelo Antonioni, basada en el relato “Las
babas del diablo” de Julio Cortázar, sobre un fotógrafo que revelando una de sus sesiones rutinarias descubre un asesinato. Coppola encontró la inspiración y un año después comenzó a escribir “La conversación”, influido también por “El lobo estepario” de Herman Hesse aunque, a diferencia de lo que le sucede al fotógrafo de la película de Antonioni, a su protagonista sí se le presenta un dilema moral.
El éxito de “El padrino”, una gran producción de Paramount Pictures que recaudó 285 millones de dólares en todo el mundo, una locura entonces, y que ganó 3 Oscar, entre ellos el de mejor película, situó a Francis Ford Coppola en la cumbre de Hollywood, en un momento dulce para la libertad creativa que estaba consentida por los Estudios. Coppola, respaldado por Paramount Pictures, fundó junto a William Friedkin y Peter Bogdanovich la productora The Director’s Company que otorgaba carta blanca a cada uno de ellos para hacer la película que quisieran con una sola condición; que fuera barato.
Con la limitación de presupuesto de 3 millones de dólares a Peter Bogdanovich le salió una jugada redonda con “Luna de papel” (1973) y Francis Ford Coppola pondría en marcha “La conversación” con Gene Hackman como protagonista, un rólex que ya contaba con un Oscar por «The French Connection. Contra el imperio de la droga» (1971) de William Friedkin.
“La conversación” nos presenta a Harry Caul, un espía profesional que por encargo se dedica a grabar a la gente. Es un mercenario que está al servicio de quien le pague, sin importarle si es un cliente privado o un cargo público, y jamás se ha planteado qué podía pasar con lo capturado, hasta que un día tiene la tentación de escuchar lo que hablan dos personas a las que tiene que espiar y la información que dan es tan comprometedora que le llevan al abismo. Harry se ve con la obligación de impedir que se cometa un crimen y el justiciero se convierte en vigilado.
A nivel profesional Harry Caul es una autoridad, un tipo que es un invasor de la propiedad. Está especializado en violar la intimidad de otros y para ello, además de metódico, tiene que ser alguien solitario, asocial, para que nadie se dé cuenta de su existencia. Descubrir una información le lleva a tener un enorme complejo de culpa, porque no puede detener lo que va a suceder y su vida corre peligro. Iba a ser Marlon Brando el protagonista de “La conversación”, algo que iba a disparar el presupuesto limitado de la película debido a que volvía a gozar de una situación privilegiada en Hollywood.
Finalmente fue Gene Hackman el encargado de interpretar a Caul, logrando una de las mejores actuaciones de su carrera. Hackman resulta perfecto como un tipo hermético, teóricamente curtido hasta que se ve metido en una trampa de la que no puede salir aunque conozca todos los trucos para ello. Paradójicamente no fue nominado al Oscar y curiosamente retomó el personaje, aunque con otro nombre, en “Enemigo público” (1998) de Tony Scott en el que es Will Smith quien es perseguido por lo que sabe.
Francis Ford Coppola estaba comprometido con el rodaje de “El Padrino II” cuando “La conversación” comenzó su fase de montaje. Coppola confió plenamente en Walter Murch, el mejor sonidista de Hollywood para que también se encargara del montaje. Le había dado unas ideas, sabiendo que Murch iba a mejorarlas. El sonido de “La conversación”, en el que cuesta descifrar a veces, resultó realmente avanzado para la época. Más de un espectador se quedó pensando que los equipos de sonido de las salas estaban mal y se tuvo que explicar que las alteraciones del sonido eran deliberadas.
“La conversación” se llevó la Palma de Oro a la mejor película en el Festival de Cannes de 1974, la primera para Coppola, la segunda la consiguió cinco años después con “Apocalypse Now”. La obra más pegada a su propia personalidad, hay bastante de Harry Caul en el propio director, fue engullida por “El padrino II” que se estrenó a finales del mismo año y que arrasó en la edición de los Oscar, ganando 6 de los 11 premios a los que aspiraba y materializando los de mejor película y dirección para Coppola.
El director compitió contra sí mismo como productor ya que “La conversación” también estaba en el quinteto de finalistas al Oscar a la mejor película y aspiró además a los premios al mejor guión original y mejor sonido.
La huella dejada por “La conversación” es indiscutible. Su influencia es clara en “Impacto” (1981) de Brian De Palma, sobre un ingeniero de sonido que registra un disparo contra un político, en el mencionado “Enemigo público” y en numerosos thrillers en los que el poderoso trata de aniquilar al más pequeño.

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La soledad: Gene Hackman
Gene Hackman desconocía las palabras «Gene Hackman». Ni sabía que aquel lugar era su casa, ni que a la mujer a la que cruzaba por el pasillo la amó un día un veterano actor que usaba su mismo nombre

Harry Caul ha ido despedazando su apartamento. Con el paciente método que debe serle exigido a un profesional de su envergadura. Los que fueron tabiques, son ahora desparejos agujeros, la tarima que cubría el suelo es un apilamiento de tablones, los muebles han sido minuciosamente desfondados. Hasta su estatuilla de la Inmaculada ha triturado el ferviente detective. Nada. No da con un solo micrófono. Puede, es lo más probable, que ni siquiera los haya. Y, sin embargo, la llamada telefónica, en la que puede escuchar cómo él mismo va haciendo trizas su domicilio, su vida, le está dando constancia de que ninguno sus gestos escapa al inasible oído que lo registra todo.
Queda en la habitación una silla. Rodeado de escombros, queda un saxo, su saxo. Harry Caul lo toma. Se sienta. ¡Qué más da ya todo! Los que poseen la potestad de matar han matado. Y él, el astuto especialista en escuchas, ha sido su incauto instrumento. Pueden matarlo ahora a él, desde luego. Si es que borrar al don nadie que graba encuentros de amantes furtivos vale la pena. Tal vez, con un poco de suerte, no la valga. Se aferra al saxo, como al último tablón un náufrago. Y, sobre el obsesivo tema musical de David Share, que ha ido enredando su tenue línea de piano a lo largo de la película, el hombre, que ahora se sabe acosado, hace sonar unos rugosos acordes, a modo de variaciones sobre el más oscuro Dexter Gordon.

En 1974, Francis Ford Coppola, omnipotente tras el éxito del primer Padrino, rueda, en esa secuencia que cierra La Conversación, su más estricta elegía a la soledad. Para dar cuerpo a ese personaje, cuya vida de técnico en escuchas es toda ella una difusa jaula de Faraday en la que nadie pueda escucharlo, pensó Coppola en Marlon Brando. Lo desechó, por suerte. Y eligió un actor a la medida del personaje. Gene Hackman cargaba a las espaldas con una larga carrera de actor secundario. Tiene 45 años. Y lo ha aprendido todo ante la cámara. También, a ser un don nadie. O a fingirlo. También, a ser invisible: Harry Caul. El director le encomienda una tarea: construir la imagen del hombre solo, perfectamente solo. Porque, para espiar una conversación furtiva, cualquier conversación furtiva, en cualquier sitio, es necesario no ser escuchado por nadie y en ninguna parte: no ser.

Hackman murió hace tres semanas. Nadie lo supo hasta el miércoles pasado. A Harry Caul hubiera podido pasarle lo mismo, de haber llegado a viejo. Un nonagenario se atrinchera frente a la hostilidad del mundo; porque el mundo es necesariamente hostil a un nonagenario. Tiene, en su bella fortaleza de Santa Fe, la compañía de la mujer a la que ama: Betsy Arakawa, pianista, 63 años. ¿Para qué más? Tienen, ambos, sus recuerdos. No es el peor modo de morir, si bien se mira: extinguirse a una edad poco frecuente, junto a la mujer elegida y rodeado de un arsenal esplendoroso de recuerdos. ¿De recuerdos? Del Harry Caul de La Conversación, desde luego, también del chandleriano Harry Moseby de La noche se mueve, de esa víctima del tiempo que es el Jedediah Tucker Ward de Class Action… De tantos otros. Una plenitud que recordar.

Pero no hay recuerdo para ese hombre, de cuya mente la vida, antes de borrarlo a él, borró toda memoria. Hasta dejarlo sólo en ese cascarón quebradizo que ni sabe quién es ni sabe que esa pregunta exista. Gene Hackman desconocía las palabras «Gene Hackman». Y todas las emociones que ese nombre mueve para tantos de nosotros, para él eran ruido. Ni sabía que aquel lugar era su casa, ni que a la mujer a la que cruzaba por el pasillo la amó un día un veterano actor que usaba su mismo nombre. No supo, cuando dejó de verla, que hubiera dejado de ver a nadie. No reconoció el bulto de su cuerpo, durante diez días, al pie del lavabo. Ni supo que era él ese al que una ignorada muerte se estaba llevando en silencio. Nadie se ocupaba de aquel viejo actor que él no sabía que era. Como no sabía que existen cosas llamadas comer, beber, despertarse, dormir, respirar…: existir es un término demasiado complejo.
Escucho ahora la aspereza de aquel saxo que Harry Caul tocaba a la manera de Dexter Gordon. Los recuerdos de Hackman, que no acudieron a la cita con el Hackman que moría, me estremecen. Es la soledad. Nada más que eso.

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The Conversation (Película)

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Ficha Técnica
Título original: The Conversation
Año: 1974
Duración: 113 min.
País: Estados Unidos
Dirección: Francis Ford Coppola
Guion: Francis Ford Coppola
Reparto:
Gene Hackman como Harry Caul.
John Cazale como Stan.
Allen Garfield como William P. «Bernie» Moran
Frederic Forrest como Mark.
Cindy Williams como Ann.
Michael Higgins como Paul.
Elizabeth MacRae como Meredith.
Teri Garr como Amy Fredericks.
Harrison Ford como Martin Stett.
Mark Wheeler como Recepcionista.
Robert Shields como El mimo.
Phoebe Alexander como Lurleen.
Robert Duvall como El director.
Richard Hackman como El sacerdote / el guardia (hermano de Gene Hackman).
Gian-Carlo Coppola como El niño en la iglesia (hijo de Francis Ford Coppola, de entonces 9 años).
Música: David Shire
Fotografía: Bill Butler, Haskell Wexler
Compañías: American Zoetrope, The Directors Company, Coppola Co. Production. Distribuidora: Paramount Pictures
Género: Intriga. Thriller | Espionaje. Thriller psicológico. Drama psicológico. Crimen
Sinopsis
Harry Caul, un detective de reconocido prestigio como especialista en vigilancia y sistemas de seguridad, es contratado por un magnate para investigar a su joven esposa, que mantiene una relación con uno de sus empleados. La misión, para un experto de su categoría, resulta a primera vista inexplicable, ya que la pareja no ofrece ningún interés. Sin embargo, cuando Harry da por finalizado su trabajo, advierte que algo extraño se oculta tras la banalidad del caso, ya que su cliente se niega a identificarse, utilizando siempre intermediarios. (FILMAFFINITY)

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La Conversación [The Conversation] (1974) de Francis Ford Coppola

Inicialmente, La Conversación podría parecer un mero film de intriga sobre un detective que hace un trabajo para el director de una gran empresa, grabando a su mujer y un empleado teniendo una conversación en una plaza. Pero la película decididamente no engaña a nadie y se revela enseguida como una criatura totalmente distinta: un estudio sobre su protagonista, Harry Caul, y sobre el acto de grabar en sí mismo. Coppola llevaba años con el guión de La Conversación guardado en un cajón confiando que algún estudio se lo quisiera producir. No es de extrañar que a nadie le interesara: demasiado especial, demasiado europeo en el peor sentido del término para un productor de Hollywood. Tuvo que esperar al enorme éxito de El Padrino (1972) para lanzarse a producir la que sería una de las grandes obras maestras del nuevo cine americano de los 70.
Pocos personajes surgidos en una película de Hollywood de esa época resultan tan fascinantes como Harry Caul, un detective que espía a los demás pero quiere evitar involucrarse en lo que graba («No me interesa el contenido, sólo la calidad de la grabación»). Alguien introvertido que se gana la vida entrando en la vida de los otros pero no tolera que nadie sepa nada sobre él. El tipo de persona que encuentra en su casa una botella de vino por su cumpleaños y lo primero que hace es averiguar cómo han podido entrar en su casa y saber la fecha de su aniversario. Un saxofonista que toca solo encerrado en su piso antes que con una banda y que tiene que aceptar los aplausos del disco de jazz que está escuchando como si fueran dirigidos a él.

Seguramente se trate de la mejor actuación de la carrera de Gene Hackman, y eso no es decir poco. Reservado hasta rozar lo insociable e incapaz de involucrarse emocionalmente con nadie («No tengo nada personal», dice en cierto momento), un auténtico genio en su trabajo a costa de aplicar en él esa metodología fría y racional con la que rige su vida. Hackman no solo refleja perfectamente el complejo carácter de su personalidad, sino también su vulnerabilidad, esos pequeños flecos que se revelan bajo esa apariencia de imperturbable frialdad en que intuimos cómo, pese a su estricta profesionalidad, también es humano y no puede evitar involucrarse en los fragmentos de vida que pasan por sus manos.
De hecho, ¿hasta qué punto puede alguien que dedica su trabajo a introducirse en vidas ajenas no involucrarse en éstas? A menudo confiamos una parte nada desdeñable de nuestra intimidad a perfectos desconocidos, y damos casi por hecho que esa persona está exenta de curiosidad y que se mostrará fría y meramente profesional ante ese pedazo de intimidad ajena. Eso es lo que intenta respetar Harry como norma principal en contraste con su ayudante más informal (John Cazale, de nuevo fantástico en uno de los pocos papeles de su tristemente breve carrera). Pero la gran paradoja de La Conversación estriba en que Harry le exige que no sienta curiosidad ni se implique por lo que graban cuando eso será precisamente lo que él acabará haciendo con ese misterioso encargo, conduciéndole a la perdición. El gran conflicto del film estará en que Harry no respeta sus propias reglas y decide llegar al fondo de lo que ha grabado, entender a los personajes implicados y desentrañar el fondo de la cuestión.

La Conversación es además una magnífica reflexión sobre el acto de capturar la realidad y la relación que establece con el que le ha grabado. Harry parte de un pedazo de realidad compuesto de una serie de grabaciones de sonido que debe desentrañar y componer haciendo que tengan sentido. Coppola es especialmente minucioso a la hora de retratar el proceso de reescuchar una y otra vez la conversación y exprimir el significado de cada frase. No obstante, por mucho que Harry intente abarcar todo lo sucedido en esos instantes, lo que posee es un trozo de realidad que no puede aspirar a conocer del todo, de ahí el giro final.
El hecho de que ese desenlace tenga algunos puntos que no terminen de aclararse del todo no solo no creo que reste al resultado final sino que (sea a propósito o no por parte del director) le aportan más valor. Porque al fin y al cabo nosotros como espectadores hemos presenciado la versión de esa historia en función de la información que posee Harry y no tenemos el privilegio de conocer más que él. Si se nos aclarara del todo lo sucedido no compartiríamos su sensación paranoica de intuir qué ha sucedido pero sin tenerlo claro, lo cual iría contra una película basada precisamente en la forma como interpretamos la realidad.

El propio Coppola ha reconocido la enorme deuda que tiene su film con la excelente Blow Up (1966) de Michelangelo Antonioni, pero para mí guarda casi tantos vínculos con La Ventana Indiscreta (1954) de Alfred Hitchcock. Ambos son analogías sobre el acto de filmar y consumir cine, y en ambas la relación entre observador y observado es muy similar: Harry, al que igual que Jeffries en el film de Hitchcock, observa un pedazo de realidad que no entiende y lo interpreta a su manera a través de los medios a su alcance (micrófonos o una cámara fotográfica). El peligro radica en el momento en que el observado devuelve la mirada al observador: el terrorífico plano del asesino mirando a Jeffries en la película de Hitchcock o, en el caso que nos ocupa, la pareja a la que Harry estuvo vigilando en el parque, quienes reparan su presencia hacia el final entre los periodistas (anteriormente Harry se había topado con ellos en los ascensores y los había podido observar sin ser reconocido porque aun no era más que un mero voyeur, pero en la escena final pasa a ser entendido como un personaje más del drama).

El tramo final de la película tiene algo de alucinatorio, como se puede ver claramente en el registro que hace Harry de la habitación del hotel, que acaba en una imagen casi propia de un film de terror. A estas alturas es difícil dilucidar si estamos viviendo una ilusión de Harry, tan obsesionado con la grabación que de tanto reescucharla ha acabado construyendo su propia versión de lo sucedido. Del mismo modo, la soberbia escena final también tiene algo de pesadilla paranoica en que se hace realidad su peor temor: pasar a ser el objeto vigilado en vez del vigilante y no tener manera de escapar a esa condición. Encerrado en su piso casi como un animal enjaulado, Harry se rebela destrozando todos los muebles en busca de un micrófono que nunca aparece y que tal vez no existe. El hombre que abogaba por no implicarse nunca con aquello que filma ha pagado la ruptura de sus propios principios convirtiéndose en lo que precisamente parecía querer evitar: una persona también vulnerable, susceptible de ser espiada (la escena con el bolígrafo-micrófono y su airada reacción muestran lo mucho que le duele ocupar ese rol) y por tanto de perder su intimidad.
Se trata pues de una obra fascinante y llena de lecturas, tanto el retrato de un personaje en apariencia contradictorio como una reflexión sobre el acto de grabar la realidad, la incapacidad para entenderla y el vínculo que se establece con su creador. Puede que Coppola tenga alguna película mejor que ésta pero ninguna tan audaz y tan especial como La Conversación.



poder de convocatoria que sigue teniendo su nombre. Hace medio siglo el director no se encontraba mendigando la atención de la industria porque era uno de los símbolos del nuevo Hollywood.
babas del diablo” de Julio Cortázar, sobre un fotógrafo que revelando una de sus sesiones rutinarias descubre un asesinato. Coppola encontró la inspiración y un año después comenzó a escribir “La conversación”, influido también por “El lobo estepario” de Herman Hesse aunque, a diferencia de lo que le sucede al fotógrafo de la película de Antonioni, a su protagonista sí se le presenta un dilema moral.
A nivel profesional Harry Caul es una autoridad, un tipo que es un invasor de la propiedad. Está especializado en violar la intimidad de otros y para ello, además de metódico, tiene que ser alguien solitario, asocial, para que nadie se dé cuenta de su existencia. Descubrir una información le lleva a tener un enorme complejo de culpa, porque no puede detener lo que va a suceder y su vida corre peligro. Iba a ser Marlon Brando el protagonista de “La conversación”, algo que iba a disparar el presupuesto limitado de la película debido a que volvía a gozar de una situación privilegiada en Hollywood.
