MATA HARI (película de 1931) dirigida por George Fitzmaurice, con Greta Garbo y Ramón Novarro

MATA HARI

 

Mata Hari, la trágica historia de la espía más famosa del mundo

El término Mata Hari se ha convertido en sinónimo de espía seductora y de mujer fatal. En realidad Margaretha Zelle, como así se llamaba, poco tuvo que ver con el espionaje.

Por Abel G.M.

National Geographic, 15 OCT 2024

Retrato de 1900

 

Margaretha Geertruida Zelle, más conocida por su nombre artístico Mata Hari, ha sido identificada durante más de un siglo como la “mujer fatal” por excelencia. Pero esta bailarina neerlandesa tuvo en realidad una vida muy desgraciada: casada con un hombre que la maltrataba, se hizo pasar por una princesa de Java y se labró una carrera como bailarina erótica, convirtiéndose después en una cortesana de la élite europea. Sus vida terminó bruscamente cuando, tras aceptar encargos de espionaje por necesidad económica, fue acusada de ser una agente doble y fusilada por los franceses en 1917.

La trampa del amor

Margaretha nació el 7 de agosto de 1876 en Leeuwarden (Países Bajos) en el seno de una familia medianamente acomodada, al menos lo suficiente para enviarla a estudiar a una escuela privada de magisterio. Entrada en la adolescencia su belleza empezó a procurarle problemas: el director de la escuela comenzó a flirtear con ella y, aunque no está claro si ella llegó a involucrarse o si fue víctima de acoso, el resultado fue que su padrino y tutor decidió sacarla de la institución.

Cumplidos los 18 años sin haber terminado sus estudios, Margaretha respondió a un curioso anuncio del periódico: Rudolf MacLeod, un capitán del ejército de las Indias Orientales Neerlandesas (hoy Indonesia) veinte años mayor que ella, buscaba esposa. En realidad parece que el anuncio fue publicado por un amigo del capitán para gastarle una broma, pero Margaretha respondió y, tras una entrevista, se prometieron y se casaron pocos meses después, trasladándose a vivir a la isla de Java.

Sin embargo, no fue en absoluto un matrimonio feliz. MacLeod cayó en el alcoholismo y empezó a maltratar a su esposa; el capitán era un personaje antipático a muchos y la familia sufrió un intento de envenenamiento por parte de un miembro del servicio doméstico, que causó la muerte de su hijo de dos años, Norman. La pareja regresó a Europa en 1902, separándose a los pocos años; a Margaretha le quedaba el apoyo de su otra hija, Jeanne, pero durante una visita a MacLeod este se negó a dejarla volver con su madre.

 

 

 

Mata Hari

 

 

 

*******

MATA HARI (película de 1931)

Dirigida por George Fitzmaurice, con Greta Garbo y Ramón Novarro

 

 

Mata Hari es una película de 1931 dirigida por George Fitzmaurice basada en la vida de Margaretha Geertruida Zelle (Mata Hari), una exótica bailarina acusada y ejecutada por espionaje durante la Primera Guerra Mundial (1914-1918).

La película está protagonizada por Greta Garbo en el papel de la famosa espía y por Ramón Novarro.

 

***

Ficha Técnica

 

Dirección: George Fitzmaurice

Producción: George Fitzmaurice e Irving Thalberg

Guion: Benjamin Glazer, Leo Birinsky, Doris Anderson y Gilbert Emery

Música: William Axt

Fotografía: William H. Daniels

Montaje: Frank Sullivan

Vestuario: Adrian

Reparto:

Greta Garbo: Mata Hari
Ramon Novarro: Alexis Rosanoff
Lionel Barrymore: General Serge Shubin
Lewis Stone: Andriani
C. Henry Gordon: Dubois
Karen Morley: Carlotta
Alec B. Francis: Mayor Caron
Blanche Friderici: Hermana Angelica 
Edmund Breese: Guardia
Helen Jerome Eddy: Hermana Genoveva
Frank Reicher: El espía de la cocina

 

Greta Garbo y Ramón Novarro

*******

Crítica de la película «Mata Hari» (1931)

Por Yasser Medina

Cinefilia, 04 MAYO 2025

 

Mata Hari es una película pre-Code del olvidado director George Fitzmaurice que tiene a Greta Garbo como la bailarina exótica holandesa que fue condenada por ser una espía de Alemania durante la Primera Guerra Mundial y de la que, dicho sea de paso, se ha hablado demasiado en la cultura popular. Se dice que en el momento de su estreno se convirtió en la más taquillera de Garbo durante su estancia en Hollywood y, más adelante, fue objeto de censura por las autoridades del código. La edición censurada que he logrado ver en hora y media me induce a pensar lo suficiente como para saber que la sueca es la única razón para ver esta película porque, francamente, es un melodrama pre-Code aburrido y sin fuerza que apenas goza de una actuación decente de Garbo como la espía del baile, donde en cada escena me asalta la terrible sensación de que todo se repite inútilmente cuando gravita sobre su epicentro de seducción, disparos y espionaje.

Luego de la breve secuencia de un pelotón de fusilamiento, la trama sigue a Mata Hari en los días en que es mostrada como una célebre bailarina exótica que es deseada por todos los hombres de París, mientras realiza danzas sensuales en el escenario pomposo y coquetea con un general al que suele manipular para obtener lo que desea, pero cuya doble vida cambia de inmediato cuando se enamora de un teniente de la Fuerza Aérea Imperial Rusa.

En general, la narrativa se esboza sobre las bases comunes del melodrama clásico del cine pre-Code de Hollywood sobre mujeres, en el que la mujer fuerte y oportunista utiliza sus dotes de seducción para conseguir lo que quiere antes de conocer al galán elegido del que se enamora a primera vista. Esto, hasta cierta medida, es así.

El problema fundamental, sin embargo, radica en que los personajes son unidimensionales y, por lo regular, sus acciones se reducen a una serie de situaciones previsibles que carecen de emoción bajo una capa descriptiva que siempre los mantiene en la superficie. El lado superficial se amplifica con el flirteo de Mata Hari con el teniente ruso; las intervenciones del oficial del bigote que sospecha que Mata Hari es espía; la ingenuidad del general francés que pasa información clasificada a Mata Hari al intentar seducirla como en los viejos tiempos. Hay amenazas, tiros, secretos, celos, romance, persecuciones. Pero el dramatismo y la teatralidad de las escenas no posee el impulso necesario como para que yo pueda quedar enganchado por lo que veo.

A pesar de la torpe narración y sus facilismos, encuentro algo aceptable la actuación de Garbo cuando ejerce su icónico acento, los gestos serenos y la mirada misteriosa para ponerse en la piel de una bella y astuta bailarina exótica que usa sus poderes de seducción como espía para hechizar a los hombres que la rodean con un par de líneas de diálogo, casi como una femme fatale parisina. Garbo, desafortunadamente, no tiene nada de química con Ramón Novarro, y se nota claramente por varias razones que me reservo para una columna de chismes.

Pero, de igual forma, reconozco que ella queda más o menos bien encuadrada por Fitzmaurice en una puesta en escena que saca algunas cartas en la reproducción teatralizada de la época, el uso del plano medio, la iluminación artificial y el fabuloso diseño de vestuario de Adrian que viste a la Garbo con unos vestidos que la convierten en una diosa sofisticada e inalcanzable. Todo lo otro pasa ante mis ojos como el apresurado juicio de la bailarina antes de ser condenada a muerte. Se trata, sin lugar a dudas, de una película bastante floja de la eterna diva de Hollywood que no se reía.

 

*******

La cruel muerte de Mata Hari, la espía más famosa de la historia

La bailarina Mata Han, cuyo verdadero nombre era Gertrudis Zelle, fue condenada a muerte en julio de 1917 por espionaje e inteligencia con el enemigo

Por César Cervera

ABC, 12 MAYO 2022

 

A principios del siglo XX se levantó en la plaza del Carmen el Gran Kursaal, que era un frontón de día y una sala de variedades al estilo parisino de noche. Los madrileños más bohemios celebraron el salto de calidad de la mala vida con una sala que atrajo a artistas internacionales y dio cita a los más atrevidos espectáculos, entre ellos el cuplé, un estilo catalogado de pornográfico. El Rey Alfonso XIII y la nobleza picotearon entre aquellas mujeres ambivalentes y fuera de lo común, como La Chelito, Raquel Meller o Consuelo Vello, la Fornarina.

Por el Gran Kursaal pasó también la excéntrica Mata Hari, bailarina de danzas eróticas, con fama merecida de mujer fatal y un velo de misterio con el que se cubrió para ejercer de espía durante la Primera Guerra Mundial.

De la holandesa se han dicho auténticas burradas, quién sabe cuántas ciertas, como que dominaba de cabo a rabo el Kamasutra o que no se despojaba de su cache-seins metálico ni siquiera para hacer el amor desde que un amante, enardecido por la pasión, le había arrancado los pezones a mordiscos. La propia Mata Hari, hija de un sombrerero de provincias, era la principal forjadora de estas leyendas al interpretar toda su vida la personalidad de una danzarina hindú sagrada dedicada desde la pubertad a Siva, papel para el que se había documentado cuando vivió en Indonesia casada con un oficial del ejército colonial.

Y también ella, que escandalizó a la belle époque con sus golpes de cintura, fue la responsable máxima de su perdición. La bailarina vio una vía fácil para conseguir dinero en un juego de espías y contraespías que terminó por superarla. Un tribunal de guerra de Francia la condenó a muerte, en un juicio repleto de irregularidades, acusada de ser una agente doble y hasta triple durante el conflicto mundial. «¡Parbleu!, ¡esta dama sabe morir!», exclamó uno de los soldados que la ejecutaron al amanecer del 15 de octubre de 1917. No se amilanó ante los doce zuavos que formaron su pelotón de fusilamiento. Dicen que les lanzó un beso y hasta se abrió el abrigo negro que llevaba para mostrar de qué color era su carne. Uno de ellos cayó desmayado.

La tragedia

El 19 de octubre, el diario ABC informaba así de su muerte:

«La bailarina Mata Han, cuyo verdadero nombre era Gertrudis Zelle, fue condenada a muerte en julio por espionaje e inteligencia con el enemigo. La artista, de origen holandés, que había residido en varias capitales de Europa y principalmente en París, fue detenida en Francia en el mes de febrero. Desde el principio de la guerra, según periódicos de París, poseían las autoridades francesas pruebas de la culpabilidad de Mata Hari que facilitaba al adversario datos importantísimos.

 

Mata Hari, poco antes de la declaración de guerra, frecuentaba en Berlín los círculos políticos y militares y policíacos, por estar al servicio de Alemania, donde la habían matriculado y asignándole un número de orden. Fuera del territorio francés conferenciaba con altas personalidades enemigas, y desde mayo había recibido de Alemania importantes sumas, como remuneración por sus informes. Se le presentaron pruebas materiales y la acusada reconoció la certeza de los hechos que se le imputaban».

A Mata Hari los uniformes le despertaban su lado más primitivo, aunque en su caso era una cuestión sexual. «Siempre he amado a los militares. Prefiero estar con un militar cualquiera que con el banquero más rico de la ciudad», afirmaba la mujer fatal. Ante el tribunal que la juzgó trató de explicar que se acostaba con los militares por placer, no para sacarles información. Quizá fue la única vez que no mintió en su vida, pero no la creyeron. Nadie reclamó el cadáver de Mata Hari.

La culpabilidad quedó demostrada, pero no explicada a una sociedad que desde entonces empezó a escribir novelas y relatos para aclarar tanta confusión. Según el relato oficial de las audiencias del Consejo de guerra, el comandante Massard, publicado parcialmente por ABC el 21 de mayo de 1923, «recibir la orden de hacer fusilar a un hombre o a una mujer causa siempre una impresión desagradable. La orden de fusilar a Mata Hari no me emocionó mucho. Yo había asistido a las audiencias secretas del Consejo de guerra y sabía por qué y de qué manera la bailarina había sido condenada. Aquel Consejo de guerra estaba presidido por el coronel Semprou, antiguo jefe de la Guardia Republicana, y celebraba sus audiencias en la Sala de la Corte de Justicia, a puertas cerradas. Nadie podía penetrar en la sala y yo era el único oficial autorizado a asistir a los debates. Los centinelas no dejaban acercarse a menos de diez pasos de las puertas, y ningún ruido de fuera, ninguna influencia exterior, podía turbar la majestuosa calma de aquél Tribunal, tan terrible en apariencia y tan imparcial, tan frío en el fondo».