{"id":25400,"date":"2019-12-29T00:30:14","date_gmt":"2019-12-28T23:30:14","guid":{"rendered":"https:\/\/puntocritico.com\/ausajpuntocritico\/?p=25400"},"modified":"2025-08-31T20:13:30","modified_gmt":"2025-08-31T18:13:30","slug":"esbozos-de-una-moral-sin-sancion-ni-obligacion-de-jean-marie-guyau-parte-13","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/puntocritico.com\/ausajpuntocritico\/2019\/12\/29\/esbozos-de-una-moral-sin-sancion-ni-obligacion-de-jean-marie-guyau-parte-13\/","title":{"rendered":"Esbozos de una moral sin sanci\u00f3n ni obligaci\u00f3n, de Jean-Marie Guyau \u2013 PARTE 13"},"content":{"rendered":"<p><a href=\"https:\/\/puntocritico.com\/ausajpuntocritico\/2019\/10\/13\/indice-posts-libro-esbozos-de-una-moral-sin-sancion-ni-obligacion-de-jean-marie-guyau\/\">INDICE de CAPITULOS\u00a0 \u00abESBOZOS DE UNA MORAL SIN SANCI\u00f3N NI OBLIGACI\u00f3N\u00bb, J. M. Guyau<\/a><\/p>\n<p style=\"text-align: center;\"><span style=\"font-size: 18pt;\"><strong>***<\/strong><\/span><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"aligncenter wp-image-25411\" src=\"https:\/\/puntocritico.com\/ausajpuntocritico\/wp-content\/uploads\/2019\/12\/guyuau-13-213x300.jpg\" alt=\"\" width=\"499\" height=\"704\" data-id=\"25411\" srcset=\"https:\/\/puntocritico.com\/ausajpuntocritico\/wp-content\/uploads\/2019\/12\/guyuau-13-213x300.jpg 213w, https:\/\/puntocritico.com\/ausajpuntocritico\/wp-content\/uploads\/2019\/12\/guyuau-13.jpg 616w\" sizes=\"auto, (max-width: 499px) 100vw, 499px\" \/><\/p>\n<h1>\u00a0<\/h1>\n<h1 class=\"entry-title\" style=\"text-align: center;\">Esbozos de una moral sin sanci\u00f3n ni obligaci\u00f3n<\/h1>\n<h1 class=\"entry-title\" style=\"text-align: center;\"><span style=\"font-size: 18pt; color: #008000;\">Jean-Marie Guyau\u00a0<\/span><\/h1>\n<h1 class=\"entry-title\" style=\"text-align: center;\"><span style=\"font-size: 14pt;\"> PARTE 13<\/span><\/h1>\n<p style=\"text-align: center;\">\u00a0<\/p>\n<p><span style=\"text-decoration: underline;\">Libro tercero<\/span><\/p>\n<p>La idea de sanci\u00f3n<\/p>\n<p>(\u2026)<\/p>\n<p><strong>Capitulo Segundo<\/strong>\u00a0<\/p>\n<p><strong>Principios de la justicia penal o defensiva en la sociedad<\/strong><\/p>\n<p style=\"text-align: center;\"><span style=\"font-size: 18pt; color: #008000;\"><strong>***<\/strong><\/span><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"aligncenter wp-image-25408\" src=\"https:\/\/puntocritico.com\/ausajpuntocritico\/wp-content\/uploads\/2019\/12\/descarga-1-300x167.jpg\" alt=\"\" width=\"480\" height=\"268\" data-id=\"25408\" srcset=\"https:\/\/puntocritico.com\/ausajpuntocritico\/wp-content\/uploads\/2019\/12\/descarga-1-300x167.jpg 300w, https:\/\/puntocritico.com\/ausajpuntocritico\/wp-content\/uploads\/2019\/12\/descarga-1.jpg 301w\" sizes=\"auto, (max-width: 480px) 100vw, 480px\" \/><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\"><span style=\"color: #008000;\"><strong><span style=\"font-size: 18pt;\">Cap\u00edtulo segundo<\/span><\/strong><\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: center;\"><strong><em><span style=\"font-size: 18pt;\">Principios de la justicia penal o defensiva en la sociedad<\/span><\/em><\/strong><\/p>\n<p><strong><em>\u00a0<\/em><\/strong><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-size: 14pt;\"><strong>Nuestra sociedad actual no puede, seguramente, realizar el lejano ideal de la indulgencia universal; pero puede a\u00fan menos tomar como tipo de conducta al ideal opuesto de la moral ortodoxa, o sea la distribuci\u00f3n de la felicidad y la desdicha de acuerdo al m\u00e9rito y al dem\u00e9rito. Hemos visto que no existe ninguna raz\u00f3n puramente moral para suponer distribuci\u00f3n alguna de penas al vicio y de premios a la virtud. Con mayor raz\u00f3n, es preciso reconocer que no hay, en derecho puro, sanci\u00f3n social, y que, los hechos designados con ese nombre, son simples fen\u00f3menos de defensa social<\/strong> <a id=\"ref1a\"><\/a><a href=\"#ref1\">(1).<\/a><\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-size: 14pt;\">Ahora, desde el punto de vista puramente te\u00f3rico en que hasta aqu\u00ed nos hemos colocado, es preciso que descendamos a la esfera m\u00e1s obscura de los sentimientos y de las asociaciones de ideas, en donde nuestros adversarios podr\u00edan sacarnos ventaja. La mayor\u00eda de la especie humana no comparte en absoluto las ideas de los hind\u00faes y de todo verdadero fil\u00f3sofo acerca de la justicia absoluta id\u00e9ntica a la caridad universal: tiene fuertes prevenciones contra el tigre hambriento por el que Buda se sacrific\u00f3, experimenta naturales preferencias por los corderos. No le resulta satisfactorio que la falta quede impune y que la virtud sea completamente gratuita. El hombre es como esos ni\u00f1os a quienes no les agradan las historias en que los muchachos buenos son devorados por los lobos y que, por el contrario, quisieran ver devorados a los lobos. Hasta en el teatro, se exige generalmente que la virtud sea recompensada, el vicio castigado, y, si no lo son, el espectador se marcha descontento, con el sentimiento de una esperanza burlada. <strong>\u00bfPor qu\u00e9 ese sentimiento tenaz, ese deseo persistente de una sanci\u00f3n en el ser sociable, esa imposibilidad psicol\u00f3gica de descansar en la idea del mal impune?<\/strong><\/span><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<blockquote>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"color: #008000;\"><em><strong><span style=\"font-size: 14pt;\">\u00abEn primer lugar, porque el hombre es un ser esencialmente pr\u00e1ctico y activo, que tiende a sacar una regla de acci\u00f3n de todo cuanto ve y para quien la vida ajena es una perpetua moral en ejemplos; (&#8230;.)\u00a0<\/span><\/strong><\/em><\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"color: #008000;\"><em><strong><span style=\"font-size: 14pt;\">En segundo lugar, ese mal ejemplo es como una especie de exhortaci\u00f3n personal al mal, murmurada a su o\u00eddo, contra la que sus m\u00e1s altos instintos se revelan (&#8230;)<\/span><\/strong><\/em><\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"color: #008000;\"><em><strong><span style=\"font-size: 14pt;\">Existe una tercera raz\u00f3n m\u00e1s profunda todav\u00eda para justificar la indignaci\u00f3n contra la impunidad: la inteligencia humana sufre al detenerse en la idea del mal moral; se subleva contra ella mucho m\u00e1s que contra una falta de simetr\u00eda material o por una inexactitud matem\u00e1tica. El hombre, al ser esencialmente un animal sociable, no puede resignarse ante el triunfo definitivo de los actos antisociales; all\u00ed donde le parece que tales actos han triunfado humanamente, la naturaleza misma de su esp\u00edritu lo lleva a\u00a0volverse hacia lo sobrehumano para exigir una reparaci\u00f3n y una compensaci\u00f3n. Si las abejas, encadenadas de improviso, viesen como se destruye el orden de sus c\u00e9lulas ante sus propios ojos, sin tener esperanza de poder remediarlo jam\u00e1s, todo su ser se trastornar\u00eda y esperar\u00edan instintivamente una intervenci\u00f3n cualquiera que restableciese un orden tan inmutable y sagrado para ellas, como puede serlo el de los astros para una inteligencia m\u00e1s amplia. El esp\u00edritu mismo del hombre se halla imbuido por la idea de sociabilidad; pensamos, por as\u00ed decirlo, con la categor\u00eda a priori de sociedad, como con los a priori tiempo y espacio\u00bb.<\/span><\/strong><\/em><\/span><\/p>\n<\/blockquote>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-size: 14pt;\">En primer lugar, porque el hombre es un ser esencialmente pr\u00e1ctico y activo, que tiende a sacar una regla de acci\u00f3n de todo cuanto ve y para quien la vida ajena es una perpetua moral en ejemplos; con el maravilloso instinto social que posee siente de inmediato que un crimen impune es un elemento de destrucci\u00f3n social, tiene el presentimiento de un peligro para \u00e9l y para la sociedad; es como un ciudadano encerrado en una ciudad sitiada que descubre una brecha abierta.<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-size: 14pt;\">En segundo lugar, ese mal ejemplo es como una especie de exhortaci\u00f3n personal al mal, murmurada a su o\u00eddo, contra la que sus m\u00e1s altos instintos se revelan. Con esto se relaciona el que el buen sentido popular haga entrar siempre la sanci\u00f3n en la f\u00f3rmula misma de la ley y mire la recompensa o el castigo como m\u00f3viles. La ley humana tiene el doble car\u00e1cter de utilitaria y necesaria; lo que constituye exactamente lo contrario a una ley moral que ordena sin m\u00f3vil a una voluntad libre.<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-size: 14pt;\">Existe una tercera raz\u00f3n m\u00e1s profunda todav\u00eda para justificar la indignaci\u00f3n contra la impunidad: la inteligencia humana sufre al detenerse en la idea del mal moral; se subleva contra ella mucho m\u00e1s que contra una falta de simetr\u00eda material o por una inexactitud matem\u00e1tica. El hombre, al ser esencialmente un animal sociable, no puede resignarse ante el triunfo definitivo de los actos antisociales; all\u00ed donde le parece que tales actos han triunfado humanamente, la naturaleza misma de su esp\u00edritu lo lleva a\u00a0volverse hacia lo sobrehumano para exigir una reparaci\u00f3n y una compensaci\u00f3n. Si las abejas, encadenadas de improviso, viesen como se destruye el orden de sus c\u00e9lulas ante sus propios ojos, sin tener esperanza de poder remediarlo jam\u00e1s, todo su ser se trastornar\u00eda y esperar\u00edan instintivamente una intervenci\u00f3n cualquiera que restableciese un orden tan inmutable y sagrado para ellas, como puede serlo el de los astros para una inteligencia m\u00e1s amplia. El esp\u00edritu mismo del hombre se halla imbuido por la idea de sociabilidad; pensamos, por as\u00ed decirlo, con la categor\u00eda <em>a priori <\/em>de sociedad, como con los <em>a priori <\/em>tiempo y espacio.<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-size: 14pt;\"><strong>El hombre, por su naturaleza moral (tal como se la ha proporcionado la herencia) se siente, de esta forma, impulsado a creer que el malo no debe pronunciar la \u00faltima palabra en el universo; se indigna siempre contra el triunfo del mal y de la injusticia.<\/strong> Esta indignaci\u00f3n se comprueba hasta en los ni\u00f1os, aun antes de que sepan hablar bien, y se hallar\u00edan numerosas se\u00f1ales en los animales mismos. El resultado l\u00f3gico de esta protesta contra el mal, es la negativa a creer en el car\u00e1cter definitivo de su triunfo. Completamente dominada por la idea de progreso, no puede soportar que un ser permanezca largo tiempo detenido en su marcha adelante.<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-size: 14pt;\"><strong>Finalmente, hay que hacer valer tambi\u00e9n consideraciones est\u00e9ticas inseparables de las razones sociales y morales.<\/strong> Un ser inmoral encierra una fealdad mucho m\u00e1s repugnante que la fealdad f\u00edsica, sobre la que la vista no gusta detenerse. Se quisiera, pues, corregirlo o separarlo, mejorarlo o suprimirlo. Recordemos la precaria posici\u00f3n de los leprosos y de los impuros en la sociedad antigua: eran tratados como hoy d\u00eda tratamos a los culpables. Si los novelistas o los autores dram\u00e1ticos no dejan, en general, sin castigo al crimen, demasiado abiertamente, hagamos notar tambi\u00e9n, que no acostumbran a representar a sus principales personajes, a sus hero\u00ednas sobre todo, como francamente feos (con bocio, jorobados, tuertos, etc.); si a veces los presentan as\u00ed, como V\u00edctor Hugo con Quasimodo, su prop\u00f3sito consiste entonces en hacernos olvidar esa deformidad durante el resto de la obra o usarla como ant\u00edtesis; m\u00e1s a menudo, la novela termina con una transformaci\u00f3n del h\u00e9roe o de la hero\u00edna (como en la <em>Petite Fadette<\/em>, o en <em>Jane Eyre<\/em>). La fealdad produce, pues, en menor grado, exactamente el mismo efecto que la inmoralidad,\u00a0 y\u00a0 experimentamos\u00a0 el\u00a0 deseo\u00a0 de\u00a0 corregir tanto la una como\u00a0 la otra; pero,\u00a0\u00bfc\u00f3mo corregir la inmoralidad desde afuera? La idea de la pena infligida como reactivo, se presenta de inmediato al esp\u00edritu; el castigo es uno de esos viejos remedios populares como el aceite hirviendo en que, antes de Ambrosio Par\u00e9, se sumerg\u00edan los miembros de los heridos. En el fondo, el deseo de ver castigado al <em>culpable <\/em>parte de un <em>natural bueno<\/em>. Se explica, sobre todo, por la imposibilidad del hombre para permanecer inactivo, indiferente ante un mal cualquiera; desea intentar algo, tocar la llaga, ya sea para cerrarla o para aplicarle un revulsivo, y su inteligencia es seducida por esa simetr\u00eda aparente que nos ofrece la proporcionalidad del mal moral y del mal f\u00edsico. No sabe que es una de esas cosas que vale m\u00e1s no tocar. Los primeros que hicieron excavaciones en Italia, y que hallaron varias Venus con un brazo o una pierna de menos, experimentaron esa indignaci\u00f3n que nosotros sentimos a\u00fan hoy ante una voluntad mal equilibrada: quisieron reparar el mal, colocar un brazo tomado de otra parte, a\u00f1adir una pierna; hoy, m\u00e1s resignados y m\u00e1s t\u00edmidos, dejamos las obras maestras, tal cual est\u00e1n, soberbiamente mutiladas; nuestra admiraci\u00f3n hacia las m\u00e1s bellas obras se produce tambi\u00e9n con alg\u00fan sufrimiento; pero preferimos m\u00e1s sufrir que profanar. Este sufrimiento ante un mal, ese sentimiento de lo irreparable, debemos experimentarlo con mayor fuerza todav\u00eda ante el mal moral. \u00danicamente la voluntad interior puede corregirse eficazmente a s\u00ed misma, como s\u00f3lo los lejanos creadores de las Venus de m\u00e1rmol podr\u00edan devolverles esos\u00a0m\u00edembros pulidos y blancos que han sido rotos; nosotros estamos constre\u00f1idos a la cosa m\u00e1s dura para el hombre: a aguardar el porvenir. El progreso definitivo casi no puede provenir m\u00e1s que del interior de los seres. Los \u00fanicos medios que podemos emplear son todos indirectos (la educaci\u00f3n, por ejemplo). En cuanto a la voluntad misma, precisamente deber\u00eda ser sagrada para aquellos que la consideran libre o, por lo menos, espont\u00e1nea; no pueden intentar intervenir en ella, sin contradicci\u00f3n y sin injusticia.<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-size: 14pt;\"><strong>De esta forma, el sentimiento que nos obliga a desear una sanci\u00f3n, es, en parte, inmoral. Como muchos otros sentimientos, tiene un principio muy leg\u00edtimo y malas aplicaciones<\/strong>. Entre el instinto humano y la teor\u00eda cient\u00edfica de la moral existe, pues, una cierta contradicci\u00f3n. Vamos a demostrar que esta oposici\u00f3n es provisoria y que el instinto acabar\u00e1 por amoldarse a la verdad cient\u00edfica. Para ello, trataremos de analizar m\u00e1s profundamente cosa que aun no hemos hecho, la necesidad psicol\u00f3gica de una sanci\u00f3n del hombre en sociedad, esbozaremos su g\u00e9nesis y veremos c\u00f3mo, producida en principio por un producto natural y leg\u00edtimo, tiende a restringirse, a limitarse cada vez m\u00e1s con la marcha de la evoluci\u00f3n humana.<\/span><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<blockquote>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"color: #008000;\"><em><strong><span style=\"font-size: 14pt;\">\u00abSi en la vida hay una ley general, es la siguiente: Todo animal (podr\u00edamos extender la ley hasta a los vegetales) responde a un ataque mediante una defensa que, muy a menudo, es un ataque en respuesta, una especie de choque de vuelta; es \u00e9ste un instinto primitivo que tiene su origen en el movimiento reflejo, en la irritabilidad de los tejidos vivos, sin la que la vida ser\u00eda imposible: \u00bfno tratan a\u00fan de morder a quien los pellizca los animales privados de su cerebro? Los seres en que este instinto se hallaba m\u00e1s desarrollado y m\u00e1s seguro han sobrevivido m\u00e1s f\u00e1cilmente, como los rosales armados\u00a0 de espinas. En los animales superiores, como el hombre, este instinto se diversifica,\u00a0 pero existe siempre; hay en nosotros un instinto listo a distenderse contra quien lo\u00a0 toque, semejante a esas plantas que hacen disparos. Originariamente es un fen\u00f3meno mec\u00e1nico inconsciente; pero este instinto, al volverse consciente, no se debilita como tantos otros <a id=\"ref2a\" style=\"color: #008000;\"><\/a><a style=\"color: #008000;\" href=\"#ref2\">(2);<\/a> es, en efecto, necesario para la vida del individuo. Para vivir en toda sociedad primitiva, es preciso poder morder a quien os ha mordido, golpear a quien os ha golpeado. En nuestros d\u00edas todav\u00eda, cuando un ni\u00f1o, aunque sea jugando, ha recibido un golpe que no ha podido devolver, est\u00e1 descontento; tiene el sentimiento de una inferioridad; por el contrario, una vez que ha devuelto el golpe, acentu\u00e1ndolo a\u00fan con m\u00e1s energ\u00eda, est\u00e1 satisfecho, ya no se siente inferior, desigual en la lucha por la vida.\u00bb<\/span><\/strong><\/em><\/span><\/p>\n<\/blockquote>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-size: 14pt;\">Si en la vida hay una ley general, es la siguiente: Todo animal (podr\u00edamos extender la ley hasta a los vegetales) responde a un ataque mediante una defensa que, muy a menudo, es un ataque en respuesta, una especie de choque de vuelta; es \u00e9ste un instinto primitivo que tiene su origen en el movimiento reflejo, en la irritabilidad de los tejidos vivos, sin la que la vida ser\u00eda imposible: \u00bfno tratan a\u00fan de morder a quien los pellizca los animales privados de su cerebro? Los seres en que este instinto se hallaba m\u00e1s desarrollado y m\u00e1s seguro han sobrevivido m\u00e1s f\u00e1cilmente, como los rosales armados\u00a0 de espinas. En los animales superiores, como el hombre, este instinto se diversifica,\u00a0 pero existe siempre; hay en nosotros un instinto listo a distenderse contra quien lo\u00a0 toque, semejante a esas plantas que hacen disparos. Originariamente es un fen\u00f3meno mec\u00e1nico inconsciente; pero este instinto, al volverse consciente, no se debilita como tantos otros <a id=\"ref2a\"><\/a><a href=\"#ref2\">(2);<\/a> es, en efecto, necesario para la vida del individuo. Para vivir en toda sociedad primitiva, es preciso poder morder a quien os ha mordido, golpear a quien os ha golpeado. En nuestros d\u00edas todav\u00eda, cuando un ni\u00f1o, aunque sea jugando, ha recibido un golpe que no ha podido devolver, est\u00e1 descontento; tiene el sentimiento de una inferioridad; por el contrario, una vez que ha devuelto el golpe, acentu\u00e1ndolo a\u00fan con m\u00e1s energ\u00eda, est\u00e1 satisfecho, ya no se siente inferior, desigual en la lucha por la vida.<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-size: 14pt;\">El mismo sentimiento en los animales: cuando se juega con un perro, es preciso dejarse agarrar la mano por \u00e9l de tiempo en tiempo, si no se quiere encolerizarlo. En los juegos del hombre adulto, se halla la misma necesidad de un determinado equilibrio entre las probabilidades; los jugadores desean siempre, de acuerdo a la expresi\u00f3n popular, estar, por lo menos, <em>mano a mano<\/em>. Sin duda, en el hombre intervienen nuevos sentimientos que se a\u00f1aden al instinto primitivo: son el amor propio, la vanidad, la preocupaci\u00f3n por la opini\u00f3n ajena; no interesa, bajo todo eso se puede descubrir algo m\u00e1s profundo: el sentimiento de las necesidades de la vida.<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-size: 14pt;\">En las sociedades salvajes, un ser que no es capaz de devolver, y a\u00fan super\u00e1ndolo, un mal que se le ha hecho, es un ser mal dotado para la existencia, destinado, tarde o temprano, a desaparecer. La vida misma, esencialmente, es un desquite, un desquite permanente contra los obst\u00e1culos que la dificultan. Por eso el desquite es psicol\u00f3gicamente necesario para todos los seres vivientes, est\u00e1 de tal forma arraigada en ellos, que el instinto brutal subsiste hasta en el momento de la muerte. Conocida es la\u00a0historia de ese suizo mortalmente herido que, al ver pasar cerca de \u00e9l a un jefe austr\u00edaco, hall\u00f3 fuerzas para agarrar una piedra y romperle con ella la cabeza, agot\u00e1ndose definitivamente por este esfuerzo. Podr\u00edan citarse muchos otros hechos de ese g\u00e9nero, en que el desquite no se halla ya justificado por la defensa personal, y se prolonga, por decirlo as\u00ed, hasta m\u00e1s all\u00e1 de la vida, por una de esas contradicciones numerosas y a veces fecundas que producen en el ser social, ya los malos sentimientos, como la avaricia, ya los sentimientos \u00fatiles, como el amor a la gloria.<\/span><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"aligncenter wp-image-25413\" src=\"https:\/\/puntocritico.com\/ausajpuntocritico\/wp-content\/uploads\/2019\/12\/Penas-300x148.jpg\" alt=\"\" width=\"520\" height=\"256\" data-id=\"25413\" srcset=\"https:\/\/puntocritico.com\/ausajpuntocritico\/wp-content\/uploads\/2019\/12\/Penas-300x148.jpg 300w, https:\/\/puntocritico.com\/ausajpuntocritico\/wp-content\/uploads\/2019\/12\/Penas.jpg 315w\" sizes=\"auto, (max-width: 520px) 100vw, 520px\" \/><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-size: 14pt;\"><strong>Hagamos notar que la noci\u00f3n moral de justicia o de m\u00e9rito, es a\u00fan extra\u00f1a a todo ese mecanismo<\/strong>. Si un animal sin cerebro muerde a quien lo hiere, la idea de sanci\u00f3n no tiene nada que ver all\u00ed; si se pregunta a un ni\u00f1o, o, a un hombre de la calle, por qu\u00e9 golpea a alguien, pensar\u00e1 justificarse plenamente, al decir que \u00e9l mismo ha sido golpeado con anterioridad. No hay que preguntarle m\u00e1s, en el fondo, para quien no mira m\u00e1s que las leyes generales de la vida, es una raz\u00f3n suficiente.<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-size: 14pt;\">Estamos aqu\u00ed en el origen mismo y como en el punto de emergencia f\u00edsico de esa pretendida necesidad moral de sanci\u00f3n, que no nos ofrece hasta el presente nada de moral, pero que pronto va a modificarse. Supongamos que un hombre, en lugar de ser objeto de un ataque, es simplemente un espectador, y que ve al agresor vigorosamente rechazado; no podr\u00e1 dejar de aplaudir porque, mentalmente, se colocar\u00e1 en el lugar del que se defiende y, como lo ha demostrado la escuela inglesa, simpatizar\u00e1 con \u00e9l. Cada golpe dado al agresor le parecer\u00e1 algo as\u00ed como una justa compensaci\u00f3n, un desquite leg\u00edtimo, una sanci\u00f3n <a id=\"ref3a\"><\/a><a href=\"#ref3\">(3).<\/a> Stuart Mill ten\u00eda, pues, raz\u00f3n al pensar que la necesidad de ver castigado todo ataque contra el individuo se relaciona con el simple instinto de defensa personal; s\u00f3lo que ha confundido demasiado la defensa con la venganza, y no ha demostrado que este mismo instinto se reduce a una acci\u00f3n refleja excitada directa o simp\u00e1ticamente. Cuando esta acci\u00f3n refleja es excitada por simpat\u00eda, parece revestir un car\u00e1cter moral, al tomar un car\u00e1cter desinteresado; lo que llamamos sanci\u00f3n penal no es, pues, en el fondo, m\u00e1s que una defensa ejercida por los individuos en cuyo lugar podemos colocarnos espiritualmente, contra otros en cuyo lugar no queremos ponemos.<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-size: 14pt;\"><strong>La necesidad f\u00edsica y social de sanci\u00f3n tiene un doble aspecto, puesto que la sanci\u00f3n es ya castigo, ya recompensa. Si la recompensa nos parece tan natural como la pena, es porque tambi\u00e9n ella tiene su origen en una acci\u00f3n refleja, en un instinto primitivo de la vida<\/strong>. Toda caricia requiere y espera otra caricia en respuesta; todo testimonio de benevolencia, provoca en el otro un testimonio an\u00e1logo: esto es verdad, desde lo m\u00e1s alto hasta lo m\u00e1s bajo de la escala animal; un perro que, moviendo la cola, se acerca dulcemente a un camarada suyo para lamerlo, se indigna si se ve acogido a dentelladas, como puede indignarse un hombre de bien al recibir el mal como pago a su bondad. Exti\u00e9ndase con la simpat\u00eda y general\u00edcese esta impresi\u00f3n, desde luego completamente personal, y se llegar\u00e1 a formular este juicio: es natural que todo ser que trabaja por la felicidad de sus semejantes reciba a su vez, en cambio, los medios para ser feliz. Al considerarnos solidarios nos sentimos obligados por una especie de deuda con todo bienhechor para la sociedad. Al determinismo natural que liga el beneficio al beneficio se agrega as\u00ed un sentimiento de simpat\u00eda y hasta de reconocimiento para el bienhechor; ahora bien, en virtud de una inevitable ilusi\u00f3n, la felicidad nos parece siempre m\u00e1s merecida por quienes nos inspiran m\u00e1s simpat\u00eda<a id=\"ref4a\"><\/a><a href=\"#ref4\"> (4).<\/a><\/span><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"aligncenter wp-image-25410\" src=\"https:\/\/puntocritico.com\/ausajpuntocritico\/wp-content\/uploads\/2019\/12\/guyuau-14-300x113.jpg\" alt=\"\" width=\"480\" height=\"181\" data-id=\"25410\" srcset=\"https:\/\/puntocritico.com\/ausajpuntocritico\/wp-content\/uploads\/2019\/12\/guyuau-14-300x113.jpg 300w, https:\/\/puntocritico.com\/ausajpuntocritico\/wp-content\/uploads\/2019\/12\/guyuau-14.jpg 365w\" sizes=\"auto, (max-width: 480px) 100vw, 480px\" \/><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-size: 14pt;\">Despu\u00e9s de esta r\u00e1pida g\u00e9nesis de los sentimientos que excitan en el hombre el castigo de los malos o la recompensa de los buenos, se comprender\u00e1 c\u00f3mo se ha formado la\u00a0noci\u00f3n de una justicia distributiva inflexible, que acuerda el bien al bien, el mal al mal: eso no es m\u00e1s que el s\u00edmbolo metaf\u00edsico de un instinto f\u00edsico vivaz que, en el fondo, se halla comprendido en el de conservaci\u00f3n de la vida <a id=\"ref5a\"><\/a><a href=\"#ref5\">(5).<\/a> Nos queda por ver c\u00f3mo, en la sociedad humana, medio en parte artificial, este instinto se modifica poco a poco, de tal suerte que un d\u00eda la noci\u00f3n de justicia distributiva perder\u00e1 hasta el apoyo pr\u00e1ctico que le presta, a\u00fan hoy, el sentimiento popular.<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-size: 14pt;\"><strong>Sigamos, en efecto, la marcha de la sanci\u00f3n penal a trav\u00e9s de la evoluci\u00f3n de las sociedades.<\/strong> En su origen, el castigo era mucho m\u00e1s fuerte que la falta, la defensa superaba al ataque. Irritad una fiera, os destrozar\u00e1; atacad a un hombre de mundo; os responder\u00e1 con un rasgo de ingenio, injuriad a un fil\u00f3sofo, no os responder\u00e1 nada. Es la ley de econom\u00eda de la fuerza la que produce ese suavizamiento creciente de la sanci\u00f3n penal. El animal es un resorte groseramente regulado cuya distensi\u00f3n no es siempre proporcional a la fuerza que la provoca; igual ocurre con el hombre primitivo y tambi\u00e9n con la penalidad de los primeros pueblos. Para defenderse contra un agresor se lo aplastaba. M\u00e1s tarde se aperciben de que no hay necesidad de castigar tan duramente; tratan de que la reacci\u00f3n refleja sea exactamente proporcional al ataque; es el per\u00edodo resumido en el precepto: <em>ojo por ojo, diente por diente <\/em>-precepto que expresa un ideal todav\u00eda infinitamente elevado para los primeros hombres, un ideal al que, nosotros mismos, hoy d\u00eda, estamos muy lejos de haber llegado completamente, aunque lo superemos desde otros puntos de vista. <em>Ojo por ojo<\/em>, es la ley f\u00edsica de la igualdad entre la acci\u00f3n y la reacci\u00f3n que debe regir un organismo perfectamente equilibrado y que funcione de una manera muy regular. S\u00f3lo con el tiempo se apercibe el hombre de que no es \u00fatil, ni siquiera para su conservaci\u00f3n personal, que la pena infligida sea absolutamente proporcional al sufrimiento recibido. Tiende, pues, y lo har\u00e1 cada vez m\u00e1s en el porvenir, a disminuir la pena; economizar\u00e1 los castigos, las prisiones, las sanciones de toda clase; son gastos de fuerza social perfectamente in\u00fatiles por cuanto sobrepasan el \u00fanico fin que los justifica cient\u00edficamente: defensa del individuo y del cuerpo social atacado. Hoy d\u00eda, se reconoce cada vez m\u00e1s que hay dos maneras de herir al inocente: 1) herir al que es absolutamente inocente; 2) herir demasiado al culpable. El rencor mismo, el odio, el esp\u00edritu de venganza, ese empleo tan vano de las facultades humanas, tienden a desaparecer para dejar lugar a la comprobaci\u00f3n del hecho y la b\u00fasqueda de los medios m\u00e1s racionales para impedir que se repita. \u00bfQu\u00e9 es el odio? Una simple forma del instinto de conservaci\u00f3n f\u00edsico, el sentimiento de un peligro siempre presente en la persona de otro individuo. Si un perro piensa en alg\u00fan ni\u00f1o que le ha tirado una piedra, un mecanismo natural de im\u00e1genes asocia actualmente para \u00e9l a la idea del ni\u00f1o, la acci\u00f3n de arrojar la piedra: de ah\u00ed la c\u00f3lera y el rechinar de los dientes. El odio ha tenido pues, su utilidad y se justifica racionalmente en un estado social poco avanzado: era un precioso excitante del sistema nervioso y, por intermedio de \u00e9ste, del muscular. En el estado social superior, en que el individuo no tiene ya necesidad de defenderse por s\u00ed mismo, el odio no tiene ya sentido. Si uno es robado, se queja a la polic\u00eda; si es lastimado, pide indemnizaci\u00f3n por da\u00f1os y perjuicios. En nuestra \u00e9poca ya no hay m\u00e1s quien pueda experimentar odio, fuera de los ambiciosos, los ignorantes o los tontos. El duelo, esa cosa absurda, desaparecer\u00e1; por lo dem\u00e1s actualmente se halla reglamentado en sus detalles como una visita oficial, y, muy a menudo, la gente se bate por f\u00f3rmula. La pena de muerte o desaparecer\u00e1 o ser\u00e1 conservada s\u00f3lo como medio preventivo, con el objeto de espantar mec\u00e1nicamente a los criminales de raza, a los criminales mec\u00e1nicos. Las c\u00e1rceles y los presidios ser\u00e1n, probablemente, demolidas, para ser reemplazados por la deportaci\u00f3n, que es la m\u00e1s simple forma de eliminaci\u00f3n; la prisi\u00f3n misma se ha suavizado ya <a id=\"ref6a\"><\/a><a href=\"#ref6\">(6);<\/a> se deja penetrar m\u00e1s en ella el aire y la luz: los\u00a0barrotes de hierro que detienen al culpable sin obstruir demasiado el paso de los rayos del sol, representan simb\u00f3licamente el ideal de la justicia penal, que se puede expresar con esta f\u00f3rmula cient\u00edfica: el m\u00e1ximo de defensa social, con el m\u00ednimo de sufrimiento individual.<\/span><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<blockquote>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"color: #008000;\"><em><strong><span style=\"font-size: 14pt;\">\u00ab&#8230;S\u00f3lo con el tiempo se apercibe el hombre de que no es \u00fatil, ni siquiera para su conservaci\u00f3n personal, que la pena infligida sea absolutamente proporcional al sufrimiento recibido. Tiende, pues, y lo har\u00e1 cada vez m\u00e1s en el porvenir, a disminuir la pena; economizar\u00e1 los castigos, las prisiones, las sanciones de toda clase; son gastos de fuerza social perfectamente in\u00fatiles por cuanto sobrepasan el \u00fanico fin que los justifica cient\u00edficamente: defensa del individuo y del cuerpo social atacado. Hoy d\u00eda, se reconoce cada vez m\u00e1s que hay dos maneras de herir al inocente: 1) herir al que es absolutamente inocente; 2) herir demasiado al culpable. El rencor mismo, el odio, el esp\u00edritu de venganza, ese empleo tan vano de las facultades humanas, tienden a desaparecer para dejar lugar a la comprobaci\u00f3n del hecho y la b\u00fasqueda de los medios m\u00e1s racionales para impedir que se repita. \u00bfQu\u00e9 es el odio? Una simple forma del instinto de conservaci\u00f3n f\u00edsico, el sentimiento de un peligro siempre presente en la persona de otro individuo&#8230;.\u00bb<\/span><\/strong><\/em><\/span><\/p>\n<\/blockquote>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-size: 14pt;\">As\u00ed, cuanto m\u00e1s avanzamos, m\u00e1s se impone la verdad te\u00f3rica, hasta entre las masas, y modifica la necesidad popular de castigo. Cuando la sociedad castiga hoy, no es nunca por el acto que ha sido cometido en el pasado, sino por los que el culpable, u otros siguiendo su ejemplo, podr\u00edan cometer en el porvenir. La sanci\u00f3n no vale m\u00e1s que como promesa o como una amenaza que precede al acto e influye mec\u00e1nicamente en su realizaci\u00f3n; una vez llevado a cabo \u00e9ste, pierde todo su valor; es un simple escudo o un simple resorte determinista y nada m\u00e1s. Es por eso que no se castiga a los locos, por ejemplo: se ha renunciado a ello despu\u00e9s de haber reconocido que el temor al castigo no ejerc\u00eda una acci\u00f3n eficaz sobre ellos. Hace apenas un siglo, antes de Pinel, el instinto popular quer\u00eda que se los castigase como a todos los dem\u00e1s culpables, lo que prueba cu\u00e1n vagas son las ideas de responsabilidad o de irresponsabilidad en el concepto vulgar y utilitario de la sanci\u00f3n social. El pueblo, cuando reclamaba en otros tiempos castigos crueles, en armon\u00eda con sus costumbres, no hablaba en nombre de esas ideas metaf\u00edsicas, sino m\u00e1s bien en nombre del inter\u00e9s social; los legistas, al trabajar actualmente para reducir la pena a lo estrictamente necesario, no deben seguir preconizando esas ideas. El <em>libre arbitrio <\/em>y la <em>responsabilidad absoluta <\/em>por si solos, no legitiman m\u00e1s un castigo social que la irresponsabilidad y el determinismo metaf\u00edsicos; lo \u00fanico que justifica la pena, es su eficacia desde el punto de vista de la defensa social <a id=\"ref7a\"><\/a><a href=\"#ref7\">(7).<\/a><\/span><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"aligncenter wp-image-25414 size-full\" src=\"https:\/\/puntocritico.com\/ausajpuntocritico\/wp-content\/uploads\/2019\/12\/guyuau-13-3.jpeg\" alt=\"\" width=\"478\" height=\"640\" data-id=\"25414\" srcset=\"https:\/\/puntocritico.com\/ausajpuntocritico\/wp-content\/uploads\/2019\/12\/guyuau-13-3.jpeg 478w, https:\/\/puntocritico.com\/ausajpuntocritico\/wp-content\/uploads\/2019\/12\/guyuau-13-3-224x300.jpeg 224w\" sizes=\"auto, (max-width: 478px) 100vw, 478px\" \/><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-size: 14pt;\">De la misma manera que los castigos sociales se reducen en nuestro tiempo a lo estrictamente necesario, las recompensas sociales (t\u00edtulos de nobleza, cargos honor\u00edficos, etc.) se hacen tambi\u00e9n mucho m\u00e1s raras y m\u00e1s excepcionales. Anta\u00f1o, cuando un general era vencido, se lo condenaba a muerte y algunas veces se lo crucificaba; cuando venc\u00eda, se lo nombraba <em>imperator<\/em>, o se lo llevaba en triunfo; hoy d\u00eda, un general no tiene necesidad de esperar tales honores, ni un fin tan lamentable para vencer. Al descansar la sociedad en un conjunto de cambios, el que presta servicio espera recibir, en virtud de las leyes econ\u00f3micas, no una sanci\u00f3n, sino, simplemente, otro servicio: honorarios o un salario que reemplace a la recompensa propiamente dicha; el bien llama al bien a causa de una especie de equilibrio natural. En el fondo, la recompensa, tal como exist\u00eda, y existe a\u00fan hoy en las sociedades no democr\u00e1ticas, constitu\u00eda siempre un privilegio. Por ejemplo, el autor que el rey eleg\u00eda en otro tiempo, para darle una pensi\u00f3n, era seguramente un escritor privilegiado, mientras que hoy, el escritor cuyos libros se venden es simplemente un autor le\u00eddo. La recompensa se consideraba anta\u00f1o de tal forma como un privilegio, que, muy a menudo, llegaba a ser hereditaria, como los feudos y los t\u00edtulos; es as\u00ed que la pretendida justicia distributiva produc\u00eda de hecho las m\u00e1s chocantes injusticias. Adem\u00e1s, el mismo que era recompensado perd\u00eda por ello en dignidad moral, porque lo que recib\u00eda era visto por \u00e9l mismo como un don, en lugar de ser una posesi\u00f3n leg\u00edtima. Cosa notable: el r\u00e9gimen econ\u00f3mico que tiende a predominar entre nosotros, tiene, en ciertas partes, un aspecto mucho m\u00e1s moral que el r\u00e9gimen de la pretendida justicia distributiva, porque, en lugar de hacer de nosotros vasallos, nos convierte en leg\u00edtimos y absolutos poseedores de todo lo que ganamos mediante nuestro trabajo y nuestras obras. Todo lo que en otro tiempo se obten\u00eda por recompensa o por favor, se obtendr\u00e1 cada vez m\u00e1s por concurso. Los concursos, en los que Ren\u00e1n ve una causa de decadencia para la humanidad, permiten\u00a0hoy d\u00eda al hombre de talento crearse una posici\u00f3n propia, y deberse a s\u00ed mismo el lugar que llega a alcanzar. Ahora bien, los concursos son un medio de reemplazar la recompensa, y el don gracioso, por un pago exigible. Cuanto m\u00e1s progresamos, m\u00e1s siente cada uno lo que se le debe al concurso, y m\u00e1s lo reclama; pero lo que a cada uno se debe, va perdiendo progresivamente el car\u00e1cter de sanci\u00f3n, para tomar el de un compromiso que liga a la vez a la sociedad y al individuo.<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-size: 14pt;\">Del mismo modo que las recompensas sociales determinadas que venimos de recordar, las otras m\u00e1s vagas, como la estimaci\u00f3n p\u00fablica y la popularidad, tienden tambi\u00e9n a perder su importancia con la marcha misma de la civilizaci\u00f3n. Entre los salvajes, un hombre popular es un dios o poco menos; en los pueblos civilizados, es todav\u00eda un hombre de talla sobrehumana, un <em>instrumento providencial<\/em>; llegar\u00e1 un momento en que ser\u00e1 para todos un hombre y nada m\u00e1s. El delirio de los pueblos por los C\u00e9sares o los Napoleones desaparecer\u00e1 gradualmente; ya hoy, el renombre de los hombres de ciencia, nos parece el \u00fanico verdaderamente grande y perdurable; ahora bien, como \u00e9stos son admirados por la gente que los comprende, y s\u00f3lo pueden ser comprendidos por un peque\u00f1o n\u00famero, su gloria estar\u00e1 siempre restringida a un peque\u00f1o c\u00edrculo. Perdidos en la marea creciente de las cabezas humanas, los hombres de talento se habituar\u00e1n, pues, a no necesitar, para persistir en sus trabajos, mas que de la estimaci\u00f3n de muy pocos y de la suya propia. Se abrir\u00e1n un camino aqu\u00ed abajo y lo abrir\u00e1n para la humanidad, impulsados m\u00e1s por una fuerza interior que por el atractivo de las recompensas. A medida que avanzamos, sentimos con m\u00e1s intensidad que el nombre de un hombre se convierte en poca cosa; s\u00f3lo nos preocupamos por eso a causa de una especie de puerilidad consciente; pero la obra es, para nosotros mismos, como para todos, lo esencial. Las altas inteligencias, mientras trabajan casi silenciosamente, deben ver con alegr\u00eda a los peque\u00f1os, a los \u00ednfimos, a los que no tienen nombre ni m\u00e9rito, tener una parte cada vez mayor en las preocupaciones de la humanidad. <strong>Nos esforzamos mucho m\u00e1s hoy d\u00eda por suavizar la suerte de los que son desgraciados, o hasta culpables ya,\u00a0 que por colmar de beneficios a quienes tienen la dicha de ocupar el primer rango en la escala humana; por ejemplo, una ley nueva que concierna a los pobres o al pueblo, podr\u00e1 interesarnos m\u00e1s que tal acontecimiento ocurrido a un alto personaje; en otro tiempo era todo lo contrario. Las cuestiones individuales y los beneficios al m\u00e9rito de\u00a0 tal o cual individuo desaparecer\u00e1n para dejar lugar a las ideas abstractas de la ciencia o al sentimiento concreto de la piedad y la filantrop\u00eda. La miseria de un grupo social atraer\u00e1 mucho m\u00e1s la atenci\u00f3n desear\u00e1 m\u00e1s todav\u00eda aliviar a los que sufren, que recompensar de una manera brillante y superficial a los que han obrado bien. La justicia distributiva -que es una justicia completamente individual, completamente personal, una justicia de privilegio -(\u00a1si ciertas palabras protestasen cuando se las junta con otras!)- debe, pues, reemplazarse por una equidad de un car\u00e1cter m\u00e1s absoluto y que, en el fondo, no es m\u00e1s que la caridad. Caridad para todos los hombres, cualquiera que sea su valor moral, intelectual o f\u00edsico, tal debe ser el fin \u00faltimo perseguido hasta por la opini\u00f3n p\u00fablica.<\/strong><\/span><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"aligncenter wp-image-25407 size-mh-magazine-content\" src=\"https:\/\/puntocritico.com\/ausajpuntocritico\/wp-content\/uploads\/2019\/12\/pedir-perdon-678x381.jpg\" alt=\"\" width=\"678\" height=\"381\" data-id=\"25407\" srcset=\"https:\/\/puntocritico.com\/ausajpuntocritico\/wp-content\/uploads\/2019\/12\/pedir-perdon-678x381.jpg 678w, https:\/\/puntocritico.com\/ausajpuntocritico\/wp-content\/uploads\/2019\/12\/pedir-perdon-300x168.jpg 300w\" sizes=\"auto, (max-width: 678px) 100vw, 678px\" \/><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<hr \/>\n<p><span style=\"background-color: #ccffcc;\"><strong><span style=\"font-size: 14pt; background-color: #ccffcc;\">Notas<\/span><\/strong><\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><a id=\"ref1\"><\/a><a href=\"#ref1a\">[1]<\/a> Se nos har\u00e1, sin duda, la vieja objeci\u00f3n: Si los castigos no fuesen, por parte de la sociedad, m\u00e1s que medios de defensa, ser\u00edan golpes y no castigos (Janet, <em>Curso de filosof\u00eda<\/em>, P\u00e1g. 30). Por el contrario, cuando los castigos no se hallan justificados por la defensa, son precisamente verdaderos golpes, cualquiera sea el eufemismo con que se los designe: fuera de las razones de defensa social, el acto de\u00a0administrar, por ejemplo, cien palos en la planta de los pies a un ladr\u00f3n, para castigarlo, jam\u00e1s se transformar\u00e1 en un acto moral.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><a id=\"ref2\"><\/a><a href=\"#ref2a\">[2]<\/a> Acerca de esto ver: <em>La Moral Inglesa Contempor\u00e1nea<\/em>, parte II, t. III.\u00a0<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><a id=\"ref3\"><\/a><a href=\"#ref3a\">[3]<\/a> \u00bfPor qu\u00e9 se colocar\u00e1 en lugar del que se defiende y no en el del otro? Por muchas razones que no implican todav\u00eda el sentimiento de justicia que se trata de explicar: 1) porque el hombre atacado y sorprendido se halla siempre en una situaci\u00f3n inferior, m\u00e1s capaz para excitar el inter\u00e9s y la piedad; acaso, cuando somos testigos de una lucha, \u00bfno tomamos siempre parte por el m\u00e1s d\u00e9bil, a\u00fan sin saber si es \u00e9l quien tiene raz\u00f3n? 2) la situaci\u00f3n del agresor, es antisocial, contraria a la seguridad mutua que presupone toda asociaci\u00f3n; y, como siempre formamos parte de una sociedad cualquiera, simpatizamos m\u00e1s con aquel de los dos adversarios que se halla en la situaci\u00f3n m\u00e1s parecida a la nuestra, la m\u00e1s social. Pero supongamos que la sociedad de la que un hombre forma parte, no sea la gran sociedad humana, y, resulte ser, por ejemplo, una sociedad de ladrones; entonces se producir\u00e1n en su conciencia hechos bastante extra\u00f1os: aprobar\u00e1 a un ladr\u00f3n que se defiende contra otro ladr\u00f3n y lo castiga, pero no aprobar\u00e1 a un polic\u00eda que se defienda contra un ladr\u00f3n en nombre de la gran sociedad; experimentar\u00e1 una repugnancia invencible a colocarse en el lugar del polic\u00eda y a simpatizar con \u00e9l, lo que falsear\u00e1 sus juicios morales. As\u00ed las gentes del pueblo toman parte en todo mot\u00edn contra la polic\u00eda, sin informarse siquiera de lo que se trata, as\u00ed, en el extranjero, nos inclinar\u00edamos a tomar partido por los franceses, etc.\u00a0 La conciencia est\u00e1 llena de fen\u00f3menos de ese g\u00e9nero, complejos hasta el punto de que parecen contradecirse, y que, sin embargo, caen bajo una ley \u00fanica. La sanci\u00f3n es esencialmente la conclusi\u00f3n de una lucha a la que asistimos como espectadores y en la que tomamos parte por uno u otro de los adversarios: si es un polic\u00eda o un ciudadano correcto, aprobar\u00e1 las esposas, la prisi\u00f3n y, en caso de necesidad, la horca; s\u00ed es ladr\u00f3n, <em>lazzarone<\/em>, o, a veces, simplemente, un hombre del pueblo, aprobar\u00e1 el tiro disparado desde una emboscada, el pu\u00f1al hundido misteriosamente en la espalda de los <em>carabinieri<\/em>. Bajo todos estos juicios morales o inmorales, no quedar\u00e1 de id\u00e9ntico m\u00e1s que la comprobaci\u00f3n de este hecho de la experiencia: el que golpea, debe esperar, natural y socialmente, ser golpeado a su vez.\u00a0<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><a id=\"ref4\"><\/a><a href=\"#ref4a\">[4]\u00a0<\/a> \u00bfNos negar\u00e1 alg\u00fan pesimista este instinto natural de gratitud, y nos objetar\u00e1 que, por el contrario, el hombre es naturalmente ingrato? Nada m\u00e1s inexacto: es olvidadizo, he ah\u00ed todo. Los ni\u00f1os y los animales lo son todav\u00eda m\u00e1s. Hay una gran diferencia entre esas dos cosas. El instinto de gratitud existe en todos los seres y subsiste mientras el recuerdo del beneficio dura vivo e intacto; pero ese recuerdo se altera con mucha rapidez. Instintos m\u00e1s fuertes, como el inter\u00e9s personal, el orgullo, etc., lo combaten. Es por esto que cuando nos colocamos en lugar de otro, nos sorprende tanto no ver una buena acci\u00f3n recompensada, mientras que nosotros mismos, con frecuencia, experimentamos tan pocos remordimientos al olvidar de corresponder a una buena acci\u00f3n. El sentimiento de gratitud es uno de esos sentimientos altruistas naturales que, estando en contradicci\u00f3n con el ego\u00edsmo, igualmente natural, son m\u00e1s fuertes cuando se trata de apreciar la conducta ajena, que cuando se trata de reglamentar la propia.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><a id=\"ref5\"><\/a><a href=\"#ref5a\">[5]<\/a> Este instinto, despu\u00e9s de haber creado el complejo sistema de las penas y las recompensas sociales, se vio fortificado por la existencia misma de ese sistema protector. No hemos tardado en reconocer que, cuando lesion\u00e1bamos a alguien de esta u otra manera, deb\u00edamos esperar una represi\u00f3n proporcionalmente viva: as\u00ed se ha establecido una asociaci\u00f3n natural y racional (se\u00f1alada ya por la escuela inglesa) entre tal conducta y cierto castigo. En la <em>Revue philosophique<\/em>, hallamos un ejemplo curioso de una asociaci\u00f3n naciente de ese g\u00e9nero en un animal: Hasta ahora, dice Delboeuf, no he visto nunca el relato de ning\u00fan hecho con alcance tan significativo. El hecho es un peque\u00f1o perrito, cruza de sabueso y perro lobo. Estaba en la edad en que, para su especie, comienza la serie de los deberes de la vida social. Autorizado para elegir domicilio en mi gabinete de trabajo, se portaba con frecuencia, indignamente. Como tutor inflexible, yo siempre le hac\u00eda ver lo horrible de su conducta, lo llevaba r\u00e1pidamente al patio y lo hacia parar sobre las patas de atr\u00e1s mirando a un rinc\u00f3n. Despu\u00e9s de una espera que variaba de acuerdo a la importancia del delito, lo hacia volver. Esta educaci\u00f3n le hizo comprender bastante r\u00e1pidamente ciertos art\u00edculos del c\u00f3digo de la civilizaci\u00f3n &#8230; canina, hasta el punto de que pude creer que se hab\u00eda corregido de su costumbre a olvidarse de las conveniencias. \u00a1Oh decepci\u00f3n! Un d\u00eda, al entrar en una habitaci\u00f3n, me hallo frente a un nuevo desaguisado. Busco a mi perro para hacerle sentir toda la indignidad de su reincidencia: no est\u00e1 all\u00ed. Lo llamo, no viene. Bajo al patio &#8230;, estaba all\u00ed, parado, en el rinc\u00f3n, con las manos tristemente ca\u00eddas sobre su pecho, con aire contrito, avergonzado, arrepentido. Me desarm\u00f3. J. Delboeuf, <em>Revue philosophique<\/em>, abril de Ver tambi\u00e9n en <em>Romanes<\/em>, hechos m\u00e1s o menos an\u00e1logos.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><a id=\"ref6\"><\/a><a href=\"#ref6a\">[6]\u00a0<\/a> Para todos aquellos delitos que no justifican la deportaci\u00f3n, Le Bon ha propuesto razonablemente la multa o un trabajo obligatorio (industrial o agr\u00edcola) o, en fin, un servicio militar obligatorio con una severa disciplina. (<em>Revue philosophique<\/em>, mayo de 1881). Se sabe que nuestras prisiones son lugares de perversi\u00f3n m\u00e1s que de conversi\u00f3n. Son lugares de reuni\u00f3n y de asociaci\u00f3n para los malhechores, <em>clubs antisociales<\/em>. Cada a\u00f1o, escrib\u00eda un presidente del tribunal de casaci\u00f3n, cien mil individuos <em>van a hundirse m\u00e1s profundamente en el crimen<\/em>, o sea un mill\u00f3n en diez a\u00f1os. De all\u00ed el aumento considerable de las reincidencia. (Este aumento es, t\u00e9rmino medio, de m\u00e1s de dos mil por a\u00f1o).<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><a id=\"ref7\"><\/a><a href=\"#ref7a\">[7]\u00a0<\/a> Es preciso aprobar, pues, la nueva escuela de juristas, particularmente brillante y numerosa en Italia, que se esfuerza por colocar al derecho penal fuera de toda consideraci\u00f3n moral y metaf\u00edsica. Notemos, no obstante, que esta escuela est\u00e1 equivocada cuando, despu\u00e9s de haber apartado toda idea de responsabilidad metaf\u00edsica, cree hallarse obligada por sus propios principios a excluir legalmente <em>el elemento intencional y voluntario<\/em>. De acuerdo a Lombroso, Ferri y Gar\u00f3falo, el juicio legal s\u00f3lo debe alcanzar a la acci\u00f3n y a los m\u00f3viles sociales y, antisociales que la han producido, sin pretender apreciar nunca el poder m\u00e1s o menos grande y la cualidad intr\u00ednseca de la voluntad. Gar\u00f3falo y Ferri se apoyan en un ejemplo que se vuelve contra ellos: citan ese art\u00edculo del c\u00f3digo italiano y del franc\u00e9s que castiga con prisi\u00f3n y multa <em>el homicidio, los golpes y las lesiones involuntarias <\/em>(Gar\u00f3falo, <em>Di un criterio positivo della penalit\u00e1<\/em>, N\u00e1poles, 1880 ; Ferri, <em>Il diritto di punire<\/em>, Tur\u00edn. 1882 ). Seg\u00fan ellos, este articulo de la ley, al no tener en cuenta la voluntad del culpable, no considera m\u00e1s que el acto bruto, completamente desligado de la intenci\u00f3n que lo ha dictado, esta ley, seg\u00fan ellos, es uno de los tipos a que deben acercarse las leyes del porvenir. Pero no es absolutamente exacto que el art\u00edculo en cuesti\u00f3n no tenga en cuenta para nada a la voluntad del culpable; si los golpes y las heridas considerados involuntarios o, m\u00e1s bien, por imprudencia, fuesen absolutamente tales, no se los castigar\u00e1, porque ser\u00eda ineficaz; la verdad es que se producen debido a una falta de atenci\u00f3n: ahora bien, al ser la atenci\u00f3n un producto de la voluntad, puede ser mec\u00e1nicamente excitada o sostenida a causa del temor por la pena, y es por esto que la pena interviene. La vida de sociedad exige precisamente en el hombre, entre todas las otras cualidades, una cierta dosis de atenci\u00f3n, un poder y una estabilidad de la voluntad que el salvaje, por ejemplo, es incapaz de tener. El objeto del derecho penal, entre otros, consiste en desarrollar la voluntad en ese sentido; tampoco tienen raz\u00f3n Carrara y Ferri al no hallar <em>ninguna responsabilidad social <\/em>en el que ha cometido un crimen sin hacerlo por iniciativa propia y de acuerdo a un m\u00f3vil antisocial, sino porque otro lo ha obligado a dar la pu\u00f1alada o a verter el veneno. Un hombre as\u00ed, piensen lo que quieran los modernos juristas italianos, constituye un cierto peligro para la sociedad, indudablemente, no a causa de sus pasiones y hasta de sus acciones personales, sino simplemente debido a su debilidad de voluntad: es un instrumento en lugar de ser una persona; ahora bien, en un estado es siempre peligroso tener instrumentos en lugar de ciudadanos. Lo antisocial puede existir no solamente en los m\u00f3viles exteriores que obran sobre la voluntad, sino hasta en la naturaleza de esa voluntad; ahora bien, donde quiera que se encuentre algo antisocial, hay motivo para una sanci\u00f3n legal. No es preciso, pues, considerar la sanci\u00f3n humana como s\u00ed fuese absolutamente del mismo orden que la pretendida sanci\u00f3n natural, que extrae las consecuencias de un acto dado, el de caer al agua, por ejemplo, sin preocuparse nunca de la voluntad y la intenci\u00f3n que han precedido a ese acto. (E. Ferri. <em>II diritto di punire<\/em>. P\u00e1g. 25). No, el determinismo interior del individuo no puede escapar enteramente a la acci\u00f3n legal, y de que un juez no tenga que preguntarse nunca si un acto es moral o metaf\u00edsicamente libre, no se deduce que deba en ning\u00fan caso descuidar el examen de la dosis de atenci\u00f3n y de intenci\u00f3n, en fin, con qu\u00e9 grado de voluntad consciente ha sido realizado este acto.\u00a0<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Gradualmente, el castigo se ha convertido en nuestro tiempo \u00fanicamente en una medida de precauci\u00f3n social; pero esta precauci\u00f3n debe atender, adem\u00e1s de al acto y a sus m\u00f3viles, a la voluntad que se oculta atr\u00e1s: esa voluntad, cualquiera que sea su naturaleza \u00faltima, es mec\u00e1nicamente una fuerza cuya intensidad, m\u00e1s o menos grande, debe entrar en los c\u00e1lculos sociales.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Ser\u00eda absurdo que un ingeniero que quiere poner un dique a un r\u00edo se preocupase \u00fanicamente por el volumen de sus aguas, sin tener en cuenta la fuerza de la corriente que las arrastra. Hagamos notar, por lo dem\u00e1s, que no hacemos en absoluto de la <em>voluntad <\/em>una facultad misteriosa colocada atr\u00e1s de los motivos. La voluntad de que he querido hablar es, simplemente, para nosotros el car\u00e1cter -el sistema de tendencias de toda clase a las que acostumbra obedecer el individuo, y que constituyen su yo moral-, en fin, la resistencia m\u00e1s o menos grande que ese fondo de energ\u00eda interior es capaz de presentar a los m\u00f3viles antisociales. Creemos que la apreciaci\u00f3n de los tribunales alcanzar\u00e1 siempre, no s\u00f3lo a la comprobaci\u00f3n de los m\u00f3viles determinantes de un acto dado, s\u00ed no tambi\u00e9n a la persona misma y al car\u00e1cter del acusado; ser\u00e1 preciso juzgar siempre aproximadamente, no s\u00f3lo los motivos o m\u00f3viles, sino las personas (que no\u00a0son en s\u00ed mismas m\u00e1s que complicados sistemas de m\u00f3viles v motivos que se contrabalancean y forman un equilibrio inestable). En otros t\u00e9rminos: no existe m\u00e1s que una responsabilidad social, de ninguna forma moral: pero, a\u00f1ado que el individuo no ha de responder solamente por tal o cual acto antisocial y por los m\u00f3viles pasajeros que han podido obligarlo a realizar ese acto: debe responder por su car\u00e1cter mismo, y es sobre todo ese car\u00e1cter lo que la penalidad debe buscar de corregir. Los jurados quieren siempre juzgar a la persona; se dejan influir por los antecedentes buenos o malos; a veces llevan esto a la exageraci\u00f3n pero, en principio, no creo que est\u00e9n equivocados, porque un acto no est\u00e1 jam\u00e1s aislado, sino que es simplemente un s\u00edntoma y la sanci\u00f3n social debe alcanzar a todo el individuo.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\"><a href=\"https:\/\/puntocritico.com\/ausajpuntocritico\/author\/punto-critico\/\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"wp-image-48 aligncenter\" src=\"https:\/\/puntocritico.com\/ausajpuntocritico\/wp-content\/uploads\/2016\/11\/Mosca_Punto_Cr\u00edtico_40.png\" alt=\"\" width=\"80\" height=\"80\" data-id=\"48\" \/><\/a><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<div class=\"mh-excerpt\"><p>INDICE de CAPITULOS\u00a0 \u00abESBOZOS DE UNA MORAL SIN SANCI\u00f3N NI OBLIGACI\u00f3N\u00bb, J. M. 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