LA LIBERTAD DE PRENSA EN EL CINE: «El cuarto poder», 1952 – («Deadline»)

 

El cuarto poder (1952) - Deadline

 
 
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El cuarto poderTítulo original: Deadline - U.S.A. (Deadline USA)

Año: 1952

Duración: 87 min.

País: Estados Unidos

DirecciónRichard Brooks

Guion: Richard Brooks

Música: Cyril Mockridge

Fotografía: Milton Krasner (B&W)

RepartoHumphrey Bogart, Ethel Barrymore, Kim Hunter, Ed Begley, Warren Stevens,Paul Stewart, Martin Gabel, Joe De Santis, Joyce Mackenzie, Audrey Christie,Fay Baker, Jim Backus

Productora: Twentieth Century-Fox

Sinopsis: Cuando el 'New York Day' está a punto de ser vendido por sus propietarios, Ed Hutcheson, el editor del periódico, decide sacar a la luz los turbios negocios de un importante jefe mafioso. (FILMAFFINITY)

 

 

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Hay películas que, si bien pueden quedar obsoletas en algunos aspectos, su esencia se mantiene intacta en el tiempo. ‘El cuarto poder ‘es una de ellas, y ya han pasado 70 años desde su estreno. La historia es sencilla: un periódico, el New York Day, va a venderse. El editor Ed Hutcheson, interpretado por Humphrey Bogart, intenta disuadir a las propietarias y, entre medias, aparece una chica muerta. Todo parece indicar que el responsable es Tomas Rienzi (Martin Gabel), un gánster disfrazado de empresario. Bogart intenta esclarecer el asunto porque cree que sacando la verdad salvará el periódico.

Como es habitual, Bogart interpreta al tipo duro pero leal rodeado de su equipo de periodistas, también leales a su editor y a la noticia. Es un reflejo del trabajo en equipo, todos forman parte del mismo engranaje y comparten una realidad: la noticia está por encima de todo. Un puñado de redactores, unos ‘Don nadie’ fuera del edificio del diario, provoca la caída del tipo cuyas acciones nunca parecen tener consecuencias.

De la película podemos destacar varios detalles: el primero y tal vez el más doloroso es que el periodismo, como todo, es un negocio. Nos guste o no, lo es. Está sujeto a las audiencias, al público caprichoso y a la publicidad. A pesar de ser una carrera de letras, cuentan más los números que las palabras. A veces se nos olvida que la verdad también va sujeta al dinero. No debería ser así, pero lo es.

 

 

Otro detalle que puede chocar, sobre todo a los más jóvenes, es la casi inexistente presencia de mujeres redactoras. Si bien era algo habitual en la época y para muchos hombres encontrar al sexo femenino en estos entornos era, tal y como se refieren a Peggy Olson en ‘Mad Men’, como “ver a un perro tocar el piano”, es algo que se siente extraño hoy en día. A pesar de que aún queda mucho para conseguir una igualdad total, el largometraje confirma que, afortunadamente, hay cosas que sí han cambiado.

Por último, la presencia del sensacionalismo siempre ha ensombrecido la profesión periodística, algo que, a lo largo de la película, aparece representado por la figura de la competencia. En el momento en el que Ed Hutcheson es el único editor que no permite que se saque una foto completa de la mujer desnuda asesinada, uno intuye que el New York Day venderá menos ejemplares.

Sin embargo, este pequeño gesto es el que marca la diferencia y anima a la madre de la muchacha a acercarse a la redacción para ofrecerle la prueba definitiva de que Rienzi es el culpable. Aquí se golpea dos veces: al sensacionalismo y al empresario-gánster que abusa de su poder.

 

 

El sensacionalismo siempre ha planeado como una sombra sobre el periodismo. Nos hemos acostumbrado a él, flexibilizando conceptos como la ética o la dignidad porque, no nos engañemos, lo que vende es la imagen más cruda, la herida abierta, la sangre. No importa tanto la noticia, sino lo explícita que sea la imagen, esa que pueda herir una sensibilidad dormida.

Muchos acusan a las propias redacciones de fomentar este tipo de práctica. Sin embargo, no olvidemos que su existencia está atada al público. Todos somos culpables. Es la ley de la oferta y la demanda. Nadie ofrece algo que no es solicitado, claro que también está quien defiende que lo que no se oferta no se puede demandar. ¿Nos encontramos entonces ante la pregunta del millón? Qué fue primero, ¿el huevo o la gallina? ¿El sensacionalismo o el consumidor morboso?

Vivimos en una época tan condicionada por la tecnología (supongo que toda época lo ha estado a su manera), que me reconforta refugiarme en ‘El cuarto poder’ y regresar a la analogía, al blanco y negro, al humo que tanto detestamos ahora, a la ausencia de ordenadores, al sonido ambiente de las voces cuyo tono nadie se molesta en bajar, al ruido de las máquinas de escribir… todo tan alejado de la imagen pulcra y esterilizada que caracterizan los espacios de trabajo de hoy en día. No era mejor, era diferente. Ahora tampoco es mejor, pero también es diferente.

Llama la atención, de un modo que entristece, la cantidad de información de la que disponemos en la actualidad y la poca idea que tenemos de nada. Vivimos intentando que la realidad no nos amargue la existencia, y puede que esta sea la razón por la que nos creamos todo lo que nos presentan sin molestarnos en contrastarlo. Sea como fuere, la verdad es que ‘El cuarto poder’ es una buena película. Disfrutadla.