IAN BURUMA: “La defensa de Spinoza del pensamiento libre, la investigación científica y la libertad de expresión, es tan importante ahora como en el siglo XVII”

IAN BURUMA

 

SPINOZA, NUESTRO CONTEMPORÁNEO

Las viejas formas de intolerancia permanecen o incluso regresan; por otro, parece que nos esforzamos en encontrar otras nuevas. Ayer eran los soldados de la fe; hoy proliferan también los soldados del género, la raza, el lenguaje, la nación, la clase, la ideología, la cultura, el sexo. Entonces los inquisidores excomulgaban a los herejes. Ahora los iluminados de izquierda o derecha cancelan a los que piensan distinto o los queman vivos en las hogueras de las redes, las instituciones, la opinión pública. Para colmo, las guerras de conquista o las políticas de limpieza étnica, que creíamos extirpadas de la historia, han vuelto con renovada crueldad

 
 

 

¿Qué tiene que decir Baruch Spinoza, un remoto filósofo del siglo XVII, a los predicamentos del siglo XXI? Mucho, porque los fanatismos que enfrentó de manera solitaria en su tiempo se han multiplicado en el nuestro. Aquellos fanatismos de la identidad teológico-política provocaban guerras civiles; los actuales –surgidos de las muchas identidades– se disputan, con ferocidad, el reino de este mundo. Por un lado, las viejas formas de intolerancia permanecen o incluso regresan; por otro, parece que nos esforzamos en encontrar otras nuevas. Ayer eran los soldados de la fe; hoy proliferan también los soldados del género, la raza, el lenguaje, la nación, la clase, la ideología, la cultura, el sexo. Entonces los inquisidores excomulgaban a los herejes. Ahora los iluminados de izquierda o derecha cancelan a los que piensan distinto o los queman vivos en las hogueras de las redes, las instituciones, la opinión pública. Para colmo, las guerras de conquista o las políticas de limpieza étnica, que creíamos extirpadas de la historia, han vuelto con renovada crueldad. Por todo ello, la vida y la obra de Spinoza –emblema universal de la razón, la libertad y la tolerancia– tienen mucho que decir a nuestro siglo.

 

la vida y la obra de Spinoza –emblema universal de la razón, la libertad y la tolerancia– tienen mucho que decir a nuestro siglo

 

Letras Libres ha querido dedicar este número a “Spinoza, nuestro contemporáneo”. Para mostrar su trascendencia, hemos convocado a siete autores, entre historiadores, filósofos e intelectuales que han profundizado en distintos aspectos de su obra: Jonathan Israel explora su faceta política, de la que emerge un autor subversivo, no en el sentido clásico; Ian Buruma encuentra ecos de la intolerancia que combatió Spinoza en los conflictos identitarios de nuestra época; Enrique Krauze explica la osadía del filósofo que, al romper con la ortodoxia religiosa, representó un gozne en la historia intelectual de Occidente; Rebecca Newberger Goldstein analiza las bases de su racionalismo, compatible con el cuerpo, y su determinismo, para el que no existe la fatalidad. De acuerdo con Steven Nadler la libertad recorre y unifica sus escritos más diversos y, según Mauricio García Villegas, Spinoza anticipa muchas ideas sobre las emociones corroboradas siglos después por la neurociencia. Finalmente, Julio Hubard ofrece un recorrido por las ediciones de sus libros y sobre su figura.

Pocos son los filósofos cuyo pensamiento suscite publicaciones de toda índole, cursos, congresos, asociaciones o clubes de lectura; cuyas ideas provoquen airadas polémicas y nuevas excomuniones; cuya vigencia sostengan autoridades de las ciencias biológicas, la física, la filosofía analítica, la crítica histórica, la teoría moral y política. No hay muchos filósofos cuyos discípulos mantengan una animada cuenta en Twitter (Spinoza Quotes, @BenedictSpinoza) que reproduce sus pensamientos, píldoras de instantánea sabiduría que ayudan a vivir, como esta: “He cuidado atentamente no burlarme de las acciones humanas, no deplorarlas, ni detestarlas, sino comprenderlas.”

Spinoza ha tenido la virtud de inspirar devociones”, dijo Jorge Luis Borges. Como demuestra este número, las inspira aún en el siglo XXI.

 

Ian Buruma

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“LA DEFENSA DE SPINOZA DEL PENSAMIENTO LIBRE, LA INVESTIGACIÓN CIENTÍFICA Y LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN, ES TAN IMPORTANTE AHORA COMO EN EL SIGLO XVII.” ENTREVISTA A IAN BURUMA

Ian Buruma (La Haya, 1951) es escritor y editor. Entre sus obras están Taming the gods, El precio de la culpa, Occidentalismo (en colaboración con el filósofo Avishai Margalit), Asesinato en Ámsterdam y un ensayo sobre Spinoza que se publicará próximamente
 

 

HA ESCRITO UN LIBRO SOBRE SPINOZA. Y HACE UNOS AÑOS PUBLICÓ ASESINATO EN ÁMSTERDAM, SOBRE UN CRIMEN EXTRAÑO Y TERRIBLE EN UNA SOCIEDAD TRADICIONALMENTE TOLERANTE. ¿CÓMO LE AFECTA LA HISTORIA DE SPINOZA A USTED COMO LIBERAL Y COMO HOLANDÉS?

Spinoza tuvo un revival en los primeros años de este siglo cuando algunos veían en el islamismo radical la mayor amenaza a la civilización europea. El nombre de Spinoza se invocaba a menudo como parangón del pensamiento ilustrado europeo, que había que defender contra el oscurantismo del islam. La activista nacida en Somalia Ayaan Hirsi Ali, que sostenía que el islam, y no solo el islamismo, era una amenaza clara para Occidente, fue comparada con Spinoza por Jonathan Israel. Este debate siempre me ha parecido bastante histérico. En la actualidad, las amenazas a la libertad de expresión y de conciencia vienen de fuentes muy distintas. En primer lugar, está el populismo radical de derechas, que, en Estados Unidos, a menudo está vinculado a fanáticos protestantes evangélicos y al catolicismo reaccionario. Pero de la izquierda también surge un espíritu puritano e iliberal. El celo ideológico en torno a la raza, el género y la sexualidad es una forma de fanatismo religioso con disfraz laico. Cuando alguien está en desacuerdo con ciertas creencias dogmáticas recibe trato de hereje: ya no se les quema en la hoguera, pero pueden sufrir graves daños sociales y profesionales. Uno sabe que vivimos en una nueva era de intolerancia religiosa, donde lo que importa no es el debate razonado sino la pureza de la fe.

 

En la actualidad, las amenazas a la libertad de expresión y de conciencia vienen de fuentes muy distintas. En primer lugar, está el populismo radical de derechas, que, en Estados Unidos, a menudo está vinculado a fanáticos protestantes evangélicos y al catolicismo reaccionario. Pero de la izquierda también surge un espíritu puritano e iliberal. El celo ideológico en torno a la raza, el género y la sexualidad es una forma de fanatismo religioso con disfraz laico. Cuando alguien está en desacuerdo con ciertas creencias dogmáticas recibe trato de hereje: ya no se les quema en la hoguera, pero pueden sufrir graves daños sociales y profesionales

 

Por eso me interesaba escribir sobre Spinoza. Las fuerzas de la intolerancia en su época eran los rabinos sefardíes que lo expulsaron de la comunidad judía, y la Iglesia calvinista, que tenía una influencia poderosa en la República holandesa. Parte de su anticlericalismo puede parecer ahora anticuado, pero su defensa del pensamiento libre, la investigación científica y la libertad de expresión es tan importante ahora como en el siglo XVII.

¿QUÉ ASPECTOS DE SPINOZA SE HAN DESCUIDADO HISTÓRICAMENTE? ¿CREE QUE EL ÉNFASIS EN SU IMPORTANCIA COMO HEREJE JUDÍO HA ECLIPSADO LOS ASPECTOS JUDÍOS DE SPINOZA?

Spinoza estaba muy implicado en la política de la República holandesa, que estaba entonces tan polarizada como lo están Estados Unidos y otros países hoy. Un lado lo representaba la aristocrática Casa de Orange, los stadtholders, que apoyaban los calvinistas conservadores y era popular en las provincias más rurales de la República. Por el otro lado estaban los patricios urbanos, los llamados regentes, que eran más liberales y estaban interesados en hacer negocios en vez de la guerra, y eran relativamente tolerantes hacia las diferentes ideas religiosas e intelectuales. Las ideas de Spinoza eran más radicalmente democráticas que las de los regentes, pero sabía que era libre de filosofar bajo su protección. Su texto más olvidado es el que nunca terminó, el Tratado político. Estaba trabajando en sus ideas sobre la democracia cuando murió.

¿CÓMO AFECTARON LAS GUERRAS Y TENSIONES RELIGIOSAS EN LOS PAÍSES BAJOS DURANTE LA SEGUNDA MITAD DEL SIGLO XVII EN EL PENSAMIENTO POLÍTICO DE SPINOZA?

Tuvieron una importancia vital. La idea más controvertida de Spinoza era que Dios no es el creador trascendente del mundo, sino que está inmanente en toda la naturaleza. Su otra idea polémica era que el alma no es inmortal. No creía que existiera. Desdeñaba la idea de los milagros y no creía en los ángeles. Y esto resultaba profundamente perturbador para los cristianos de su época, algunos de los cuales lo consideraban un discípulo de Satanás. Pero también para el clero judío. A los judíos, tradicionalmente, la vida después de la muerte les preocupaba menos que a los cristianos, pero en el tiempo de Spinoza creían en la inmortalidad del alma. Los judíos también debían tener cuidado de no ofender a los calvinistas porque su presencia era aceptada –en algunos casos recibida de buen grado– en la República holandesa mientras su religión no desafiara la ortodoxia cristiana. Eso puede explicar la vehemencia de la expulsión de Spinoza de la sinagoga. Era un peligro no solo para la autoridad de los rabinos, sino para el estatus de los judíos como residentes de la República holandesa. Los judíos eran sin duda tolerados en Holanda, lo que ya era una relativa bendición. Pero tuvieron que esperar hasta el final del siglo XVIII para gozar de los derechos civiles completos.

 

La idea más controvertida de Spinoza era que Dios no es el creador trascendente del mundo, sino que está inmanente en toda la naturaleza. Su otra idea polémica era que el alma no es inmortal. No creía que existiera. Desdeñaba la idea de los milagros y no creía en los ángeles. Y esto resultaba profundamente perturbador para los cristianos de su época, algunos de los cuales lo consideraban un discípulo de Satanás. Pero también para el clero judío. A los judíos, tradicionalmente, la vida después de la muerte les preocupaba menos que a los cristianos, pero en el tiempo de Spinoza creían en la inmortalidad del alma. Los judíos también debían tener cuidado de no ofender a los calvinistas porque su presencia era aceptada –en algunos casos recibida de buen grado– en la República holandesa mientras su religión no desafiara la ortodoxia cristiana

 

Expulsado por los judíos y considerado enemigo por los calvinistas ortodoxos, Spinoza encontró a sus mejores amigos entre disidentes librepensadores cristianos, como los menonitas, que compartían su desconfianza de las autoridades eclesiásticas y su repugnancia por la ortodoxia religiosa. Quizás eso explica por qué su crítica del oscurantismo judío era más áspera que la de la fe cristiana.

Spinoza nunca habría sido tan presuntuoso como para compararse con Jesucristo. Pero veía a Jesucristo como un gran profeta con una comprensión instintiva de los caminos de Dios. Y otros –como Heinrich Heine– vieron algo cercano a Cristo en la dedicación de Spinoza a un ideal cristiano.

¿CÓMO VALORA EL PAPEL DE SPINOZA EN EL LIBERALISMO CON RESPECTO A LA TRADICIÓN INGLESA Y LA INFLUENCIA DE AUTORES COMO LOCKE? ¿ERA, COMO HA ESCRITO JONATHAN ISRAEL, UNO DE LOS GRANDES PRECURSORES DEL LIBERALISMO?

Sí y no. Las ideas de Spinoza sobre la religión eran radicales y también lo fueron sus ideales políticos. Creía en cierto tipo de democracia: los hombres, aunque no las mujeres o los pobres, debían poder votar, según él. Pero no era radical en la práctica. Era profundamente ambivalente con respecto al papel de la gente común, por ejemplo. Por un lado, temía a la masa no educada, cuyas emociones podían agitar fácilmente violentos demagogos. Tenía cuidado de limitar sus ideas más peligrosas a un grupo pequeño de amigos y partidarios muy educados. Y, sin embargo, en su Tratado político defiende que la gente común debía también participar en la política. No tuvo tiempo de desarrollar cómo.

Su actitud hacia el gran estadista liberal y regente holandés Jan de Witt era típica de la política de Spinoza. No pensaba que De Witt fuera un demócrata del tipo que habría deseado, pero aun así apoyaba su gobierno sinceramente y quedó horrorizado cuando fue linchado por una muchedumbre furiosa en La Haya en 1672. Caute, cuidado, era el lema de Spinoza grabado en su anillo. Era un pensador radical, pero un hombre prudente. Jonathan Israel tiene razón cuando dice que las ideas de Spinoza influyeron en los jacobinos franceses, pero él mismo no era un protojacobino.

Y tampoco era un liberal en el sentido moderno. Como muchas personas del siglo XVII, Spinoza pensaba que el Estado debía tener autoridad total, hasta el punto de controlar las prácticas religiosas y romper sus propias leyes si era necesario. Un liberal moderno vería la Iglesia como parte de la sociedad civil, libre de la interferencia estatal. Spinoza no habría estado de acuerdo con eso.

La gran diferencia entre Spinoza y los filósofos de la Ilustración inglesa y escocesa reside en el grado de las concesiones que estaba dispuesto a hacer. Locke era un hombre religioso, cuya idea de la Ilustración incluía creencias cristianas tradicionales. Spinoza pensaba que una religión cívica –básicamente el cristianismo reducido a un llamamiento a la decencia común y el amor a los hombres– sería una manera útil de instalar un orden público y obediencia a la autoridad, pero estaba menos dispuesto que sus colegas ingleses a aceptar la religión organizada y la aristocracia.

PARECE QUE TAMBIÉN EL NUESTRO ES UN MUNDO DE INTOLERANCIA: EL MOVIMIENTO WOKE, EL FANATISMO DE LAS IDENTIDADES DE TODA ÍNDOLE (SEXUAL, NACIONAL, LINGÜÍSTICA, ÉTNICA) Y DESDE LUEGO EL NUEVO FANATISMO RELIGIOSO EN OCCIDENTE, SOBRE TODO EN ESTADOS UNIDOS. ¿QUÉ TIENE QUE DECIR SPINOZA AL MOMENTO ACTUAL? ¿CUÁL ES SU PERTINENCIA?

Una de las cuestiones contenciosas en tiempos de Spinoza era el conflicto en las universidades entre filósofos y teólogos. Los teólogos querían controlar la educación superior para que las ideas científicas no interfiriesen en las creencias sagradas. Ese problema no solo se producía en las universidades. Se deslizaba a la política –la autoridad de nombrar funcionarios públicos, la posición de la Iglesia en la sociedad, con respecto a las autoridades laicas, etcétera–. La respuesta de Spinoza a estos conflictos era separar por completo la filosofía de la teología. El conocimiento, especialmente del comportamiento ético, podía encontrarse en fuentes religiosas. Pero este tipo de conocimiento no debía confundirse con el científico, que solo puede obtenerse a través de la razón humana. La teología y la filosofía podían coexistir, pero solo si se mantenían en las esferas adecuadas.

 

Podemos aceptar que algunos hombres se identifican como mujeres, o que hay mujeres que se identifican como hombres, pese a las diferencias biológicas, y quieren ser reconocidos como tales. Deberían ser libres de seguir sus emociones. Pero esas emociones no pueden confundirse con la biología. La identidad sexual, como sensación subjetiva o estatus social, debería estar al margen de la clasificación biológica. Entonces, pueden respetarse tanto el argumento a favor de las identidades escogidas como el de las diferencias biológicas.

 

El mismo principio podría aplicarse a algunos de los conflictos de nuestra época. La política del género y lo trans ofrece un ejemplo. Es indiscutible que hay diferencias biológicas entre hombres y mujeres. Las mujeres menstrúan, los hombres no. Las mujeres pueden parir hijos, los hombres no. Podemos aceptar que algunos hombres se identifican como mujeres, o que hay mujeres que se identifican como hombres, pese a las diferencias biológicas, y quieren ser reconocidos como tales. Deberían ser libres de seguir sus emociones. Pero esas emociones no pueden confundirse con la biología. La identidad sexual, como sensación subjetiva o estatus social, debería estar al margen de la clasificación biológica. Entonces, pueden respetarse tanto el argumento a favor de las identidades escogidas como el de las diferencias biológicas.

 

La confusión entre la emoción privada y el conocimiento basado en la razón sigue siendo una amenaza para la libertad de pensamiento y expresión en la actualidad

 

Por desgracia, la confusión entre la emoción privada y el conocimiento basado en la razón sigue siendo una amenaza para la libertad de pensamiento y expresión en la actualidad. Spinoza todavía tiene mucho que enseñarnos.

SPINOZA, DECÍA BORGES, ES CAPAZ DE DESPERTAR DEVOCIONES. PERO TAMBIÉN ODIOS. TODAVÍA OCURRE HOY. NADIE “ODIA” A DESCARTES O A KANT, PERO SÍ A SPINOZA. ¿A QUÉ LO ATRIBUYE?

La respuesta a esta pregunta está estrechamente unida a la anterior. La gente recurre al pensamiento mágico –milagros, coincidencias, portentos, etcétera– para consolarse. Vivimos en un estado de constante incertidumbre y mucha gente necesita alcanzar fuerzas más elevadas que ofrecen sentido, protección y seguridad. La religión organizada, con todas sus supersticiones y rituales, ofrece esos consuelos. Spinoza ha sido reverenciado como un hombre que nos enseñó a ser libres (a pesar de que no creía en el libre albedrío), pero se le ha detestado porque se llevó el atrezo que promete seguridad a la gente: Dios como el padre que todo lo ve y todo lo sabe, la vida después de la muerte, los ángeles que nos cuidan y mucho más. Muchos pensadores, en la política y en la religión, prometen a la gente un grado de esperanza. Spinoza solo ofrece la oportunidad de profundizar nuestro conocimiento. La mayor parte de la gente prefiere incluso la esperanza falsa al riguroso racionalismo de Spinoza.

ES UN AUTOR DIFÍCIL DE LEER, SOBRE TODO SU ÉTICA. ¿CÓMO ACONSEJA LEERLO? ¿QUÉ LIBROS SOBRE EL PENSAMIENTO Y LA VIDA DE SPINOZA RECOMIENDA?

Empezaría por el Tratado teológico-político y solo leería la Ética después. Ayuda conocer las ideas básicas de Spinoza antes de empezar la Ética. Y sus ideas están expuestas de manera más accesible en el Tratado.

Algunas de las mejores cosas que se han escrito sobre Spinoza están en libros que no tratan solo del gran filósofo. Uno de ellos es el maravilloso Sobre la historia de la religión y la filosofía en Alemania (1834). Dice cosas fascinantes sobre Spinoza, no todas ellas necesariamente ciertas, pero siempre llenas de una perspicacia singular. Otro autor que ha escrito muy bien sobre Spinoza en varios libros es Jonathan Israel. El mejor, quizá, es La ilustración radical (FCE, 2012). La mejor biografía de Spinoza escrita en inglés es la de Steven NadlerSpinoza: Una vida (Akal, 2021). Su libro sobre el Tratado teológico-político, Un libro fraguado en el infierno (Trotta, 2022), también es muy bueno. Finalmente, quiero mencionar dos libros. Uno es Spinoza (1951), de Stuart Hampshire, y el otro (en holandés) Spinoza en zijn kring (1896), de Koenraad Oege Meinsma

 

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NUEVAS CENSURAS: LA LUCHA DE CLASES EQUIVOCADA

¿Es aceptable que se prohíba por ley dudar del relato dominante sobre el cambio climático?

Por Víctor Lenore, 1 OCT 2023

Los activistas ecológicos que se pegaron al marco de los cuadros de ‘Las Majas’ de Goya en el Museo del Prado, en otra protesta

 

Francia atraviesa una situación política inquietante: su clase política prepara para el próximo enero una proposición de ley destinada a «eliminar el escepticismo climático» en los medios de comunicación, según adelanta ‘Le Figaro’. Los principales partidos del país están implicados, excepto Reagrupación Nacional, la formación dirigida por Marine Le Pen. «El objetivo de este proyecto de ley es prohibir en el debate público cualquier cuestionamiento del cambio climático, así como de su causa antropogénica», todo ello «en nombre de la ciencia o, más precisamente, del ‘consenso científico’. Por tanto, se trata de estructurar el debate público de tal manera que ya no esté permitido cuestionar esta afirmación fundamental«, explica el diario conservador.

Tampoco nos pilla por sorpresa: la popularidad de términos como ‘wokismo’, ‘cultura de la cancelación’ y el creciente uso de la etiqueta ‘negacionista’ como insulto confirman que vivimos un momento histórico donde el silenciamiento de otros conlleva cierto prestigio social. ¿Cómo es posible que esta corriente censora crezca en el continente más tolerante del mundo y lo haga además desde sus élites ilustradas? La iniciativa llega después de la publicación de un manifiesto donde más de 1.600 académicos niegan la emergencia climática, sin cuestionar los datos, pero sí el relato dominante en los grandes medios y la clase política.

Estamos ante un debate candente, como explica Ian Buruma, exdirector de la ‘New York Review of Books’, en el artículo de portada de la revista ‘Letras Libres’: la actual ola de puritanismo, similar a otras que se vienen produciendo desde el siglo XVII, «no es ya el coto de pobladores rurales reunidos para rezar bajo toldos improvisados, sino de sofisticados urbanitas con educación. Desde bancos y corporaciones globales hasta fundaciones culturalmente prestigiosas, museos y organizaciones de salud, periódicos de calidad y revistas literarias», destaca Buruma. «Se ha vuelto casi obligatorio, por ejemplo para las compañías de la lista Fortune 500, publicar una declaración de Diversidad, Equidad e Inclusión (DEI) que jura obedecer los valores correctos, independientemente de cuán divorciados estén esos valores de lo que hace la compañía», denuncia.

Censura y clasismo

«Como no digo a todo que sí, me llaman negacionista’, rezaba el pasado 10 de septiembre una viñeta de El Roto, referente de la izquierda española durante décadas. Hoy el término ‘negacionista’ se usa de manera cada vez más amplia y se aplica con ánimo cancelador a quienes disienten de las leyes contra la violencia de género o no asumen las categorías de la teoría ‘queer’. La escritora Lucía Etxebarría fue demandada esta semana -11.000 euros- por afirmar que un excargo del PSOE, Marcos Ventura Armas, era un hombre en vez de una mujer trans. La foto a la que se refería Etxebarría es poco ambigua: un señor con barba y sin ningún atuendo o atributo femenino. Recordemos también el caso de la cajera de un supermercado de Málaga demandada este verano por llamar «caballero» a una mujer trans a la que no había sabido distinguir de un hombre.

 

 

Las causas de este nueva fiebre son diversas. Por un lado, la influencia de la cultura protestante, muy dada a las confesiones públicas y poco propensa al perdón. También pesa la creciente impotencia de la izquierda, que ha perdido la capacidad de articular grandes cambios sociales, debido al hundimiento de sus partidos de masas y sindicatos de clase. Su influencia en el mundo del trabajo ha ido decayendo, al tiempo que el poder del Estado decrecía -desde los años ochenta- en favor del sector privado. Por eso hoy el progresismo se entrega a una especie de inquisición moral, alimentada por la velocidad y voracidad de las redes sociales.

En el largo artículo de Buruma se usa una expresión muy elocuente: lucha de clases equivocada. Esto ocurre «cuando a los europeos críticos con la UE se les desestima como ‘xenófobos’. O cuando se llama ‘racistas’ a quienes se quejan de no sentirse como en casa en sus viejos barrios. En algunos casos, o tal vez incluso en muchos, esas etiquetas pueden ser apropiadas. Pero las pretensiones de superioridad moral tienen un fuerte aire de hipocresía cuando aquellos que se benefician de un orden político particular pretenden también tener autoridad moral y denuncian a sus críticos como pecadores perversos. Peor que esto: el moralismo de la política cultural y la insistencia obsesiva en la raza, el sexo y el género entierran a menudo el problema fundamental de nuestro tiempo: la peligrosa distancia entre ricos y pobres», lamenta Buruma. 

 

¿Sabes cuál es mi problema con los marxistas estadounidenses? Todos son niños ricos blancos que te sermonean

 

Resulta revelador que la izquierda hable tan poco sobre clases sociales en una época en la que se han disparado los precios del acceso a las universidades y en la que los apellidos de las élites progresistas se repiten cada vez más en los centros de poder, creando una especie de aristocracia política. De todas las discriminaciones existentes (racismo, machismo, colonialismo…) parece que la única que no merece atención sea el clasismo. El politólogo Mark Lilla explicó hace unos años una experiencia universitaria que ayuda a comprender estos procesos: su madre era enfermera, mientras que su padre trabajaba en la cadena de montaje de General Motors. En 1974, con mucho esfuerzo y una beca, consiguió acceder a la universidad de Michigan. «De pronto, los hijos de ejecutivos de Ford empezaron a sermonearme sobre la naturaleza de la clase trabajadora», recuerda. Un reproche idéntico exponía el escritor punk Jim Goad, autor del ‘Manifiesto redneck’: «Es difícil no interesarse por la lucha de clases cuando vienes de un entorno obrero y ves que otros niños del colegio lucen los correctores bucales que tu familia no se puede permitir. ¿Sabes cuál es mi problema con los marxistas estadounidenses? Todos los que me he encontrado son niños ricos blancos que te sermonean sobre cómo deberías sentirte por pertenecer a la clase trabajadora», compartía.

Vivimos un momento donde prácticamente no existe el negacionismo en el debate público. Los medios de comunicación progresistas acusan de esta postura a Vox, al trumpismo o a Andrjez Duda, presidente de Polonia, pero la actitud mayoritaria de estos agentes políticos no es negar los datos, sino defender una «transición justa», donde el reparto de los costes no recaiga en los sectores o países más pobres, ni se limite a someterse a la Agenda 2030. El Gobierno polaco anunció el pasado agosto su intención de presentar impugnaciones contra dos leyes ambientales de la Unión Europea: el Mecanismo de Ajuste Fronterizo de Carbono (CBAM) y el Sistema de Comercio de Emisiones (ETS). ¿Está Francia tratando de ganar un conflicto político por intimidación en vez de usando el debate y la negociación?

De aprobarse la ley francesa, tendremos una polémica con ecos del gran escándalo académico de 1979, cuando el profesor de literatura Robert Faurisson remitió dos cartas a ‘Le Monde’ afirmando que las cámaras de gas nunca existieron. Más tarde publicó sus tesis en forma de ensayo, colocando como prólogo un texto de Noam Chomsky titulado «Comentarios elementales sobre la libertad de expresión«, sin pedir permiso al autor. Faurisson fue condenado a tres meses de prisión, que luego fueron suspendidos, y unos tres mil euros de multa. La actitud de Chomsky fue defender el derecho del profesor a publicar sus textos negacionistas: «Es elemental que la libertad de expresión (incluyendo la libertad académica) no puede ser restringida a los puntos de vista que uno aprueba, y es precisamente en el caso de puntos de vista que son casi universalmente descartados o condenados que este derecho debe ser defendido con mayor fuerza«, argumentó Chomsky. ¿Tendremos que insistir en algo tan obvio dentro de tres meses?

 

 

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EL CASO BURUMA Y LA IMPOSIBILIDAD DEL DEBATE

Ian Buruma ha dimitido como editor de The New York Review of Books por publicar un artículo de Jian Ghomeshi, que fue acusado de acoso sexual por veinticuatro mujeres. ¿Qué implicaciones tiene esto para el periodismo?
Ian Buruma
Ian Buruma

 

En la película Broadcast news (James L. Brooks, 1987), William Hurt interpreta a un periodista muy telegénico pero sin demasiado talento. Un día, al entrevistar a la víctima de una violación, el periodista deja escapar unas lágrimas. Con ello no solo se gana la admiración de sus compañeros; también seduce por fin a la productora (Holly Hunter), que se lleva un gran disgusto cuando descubre que las lágrimas fueron un montaje a base de colirio. Pero el fraude de la película es otro: que las lágrimas auténticas se consideren una hazaña periodística.

Hace un año, el ensayista y crítico holandés Ian Buruma pasó a ser el nuevo director de The New York Review of Books tras la muerte de su veterano predecesor, Robert Silvers. Bajo su dirección, la revista dedicó su portada a temas que van de la crisis venezolana, las armas, el conflicto palestino, Trump o la homosexualidad en Turquía al cine, la ficción y el arte.

Su último número, titulado The fall of men, “La caída de los hombres”, incluye un relato personal escrito por el exlocutor canadiense Jian Ghomeshi, caído en desgracia en 2014 tras ser acusado por veinticuatro mujeres de acoso sexual y maltrato físico y verbal durante el sexo. Fue juzgado por cinco delitos y absuelto de cuatro. El quinto cargo fue retirado tras negociar con la denunciante, acogiéndose a lo que en la ley canadiense se denomina peace bond: un paquete de medidas para proteger a las posibles víctimas cuando “no se encuentran fundamentos razonables para creer que se haya cometido realmente un delito”, según la web del Departamento de Justicia de Canadá. En su artículo, Ghomeshi narra, desde su perspectiva, su muerte civil y reflexiona sobre el perdón, su abuso de poder, la cultura social masculina y el linchamiento digital.

El artículo provocó inmediatamente un escándalo (las polémicas son ya de otra época), lo que llevó a Isaac Chotiner, de Slate, a interrogar a Ian Buruma acerca de su decisión de publicarlo. Buruma explicó que su interés era abordar un ángulo, a su juicio borroso, del movimiento Me Too: durante cuánto tiempo, y en qué medida, debe un hombre absuelto por la justicia seguir arrastrando unas cadenas impuestas por millones de desconocidos. Qué distinciones se trazan y cómo se mide la proporcionalidad en esta suerte de justicia paralela.

Cinco días más tarde, Ian Buruma se vio obligado a dimitir, según sus breves declaraciones, ante las amenazas de boicot de las editoriales universitarias, que financian la revista, y la reacción en las redes sociales. También se reafirmó en su decisión. Y eliminó su cuenta de Twitter.

Las críticas a la decisión de Buruma se pueden dividir en cuatro categorías: a) le faltó verificar los hechos, b) le faltó sensibilidad, c) le faltó criterio editorial y d) le faltó ser mujer.

La verificación de los hechos

La principal premisa de la que parte Buruma para decidir publicar el artículo es que la justicia absolvió a Ghomeshi. Es un hecho establecido, verificado. Y a partir de ahí se empiezan a difuminar las cosas. Entre ellas, la plausible sospecha –que Buruma no hurta– de que la brutalidad sexual de Ghomeshi no fuese consentida y la certeza de que fue un capullo que “tal vez merezca el oprobio social”. Otra de las premisas es que, hasta la fecha, Ghomeshi no ha sido acusado de violación, como en el caso de Harvey Weinstein. Entre una violación y el sadismo sexual –de mutuo acuerdo– hay múltiples sombras: cincuenta, para ser exactos. No es una cuestión menor, aunque sí muy básica: si todo es violación, nada es violación.

El periodista Jesse Brown, que junto a Kevin Donovan destapó originalmente el caso de Ghomeshi en 2014 para el Toronto Star, publicó hace unos días una pieza titulada “Factchecking Jian Ghomeshi’s Comeback Attempt” que tuvo bastante repercusión por su supuesto carácter “demoledor”. Es natural que los periodistas quieran defender sus reportajes, pero como ocurre con algunos productos envasados como “gourmet”, el prestigio de la etiqueta factchecking eclipsó el contenido neto de la pieza y, sobre todo, desvirtuó los objetivos de Buruma.

Brown le reprocha a Buruma que haya publicado un testimonio simplista, sesgado y no sometido a un proceso de verificación. Pero el “demoledor” factchecking de Brown es decepcionante, y en algunos casos absurdo e incluso contraproducente. Por corregir un anacronismo, nos enteramos de que existen unas imágenes que probarían que la violencia durante el sexo fue, al menos en un caso, consentida. Cinco mujeres hablaron con Brown antes de hacerse público el caso –y no inspiradas por la tormenta mediática tras un solo caso, como insinúa Ghomeshi–. ¿Qué inspiró a esas cinco? ¿Y a las otras diecinueve? (Los hechos abarcan veinte años, según dice Brown más adelante: “los que tuvo para darse cuenta de que era un gilipollas”, otro fact, aunque sí admite que el gilipollas pudiera darse cuenta de repente, como dice). A veces presenta como desmentidos lo que son confirmaciones: “[Que fuese absuelto de todos los cargos] Es falso: como él mismo dice en la siguiente frase, negoció una de las acusaciones”; “Aun así, sí es posible que Ghomeshi no fuese consciente de estas quejas, como afirma”, etc. Hace preguntas retóricas (“¿Qué tipo de cosas le gustaban en la cama?”) que Ghomeshi ya responde en otras partes del texto (morder, tirar del pelo), sin omitir la acusación más grave: la asfixia no consentida.

El relato personal de Ghomeshi sí es a veces sesgado, simplista, egocéntrico y deja fuera datos importantes (no es lo mismo un año de buena conducta que una orden de alejamiento). No obstante, también omite datos a su favor. ¿Por qué lo absolvieron? Los jueces consideraron que los testimonios de las víctimas no eran fiables, aunque compartieran rasgos entre sí. La sentencia señala, por ejemplo, que es extraño enviarle flores a un hombre que ha intentado asfixiarte contra tu voluntad. Quizá sea extraño, aunque ni mucho menos imposible.

Pero sin el código penal en la mano, ¿quién dicta, y por qué, un destierro profesional y la duración de una condena? ¿Quién decide quién tiene derecho a la presunción de inocencia y la defensa propia? ¿Debe dirimirse todo en un concurso de decibelios? “La respuesta del mercado fue contundente”, escribió Sam Wilkinson en la web Ordinary Times, refiriéndose a las supuestas fugas de suscriptores de la New York Review of Books. El mercado reaccionó con una ovación cerrada a Louis C. K. cuando reapareció por sorpresa en un escenario el pasado agosto. “Los clubs de la comedia están listos para el regreso de Louis C. K.”, decía un titular del New York Times, y añadía: “¿Y los demás?”. El mercado nunca son los otros.

Si de verificar testimonios personales se trata, ¿qué hacer con la carta de Dylan Farrow, y con Nicholas Kristof, que la publicó en el New York Times, entonces dirigido por Jill Abramson?

La Sensibilidad

Sobre la naturaleza exacta de su conducta –cuánto consentimiento hubo– no tengo ni idea, ni es realmente lo que me importa.” Esta es probablemente la frase más condenatoria de Buruma en su entrevista con Chotiner. Aunque es entendible su tosquedad: ya había explicado varias veces por qué y para qué publicó la historia. Tal vez Chotiner buscaba una disculpa de Buruma o una abierta apología de Ghomeshi. En su lugar se encontró con una especie casi en extinción: la autoridad editorial. Más que frivolidad, que Buruma defendiera con firmeza –y después hastío– su decisión sugiere precisamente que no fue tomada a la ligera.

Damon Linker, en The Weekapuntó que lo que agravó su situación fue que no exhibiera su “rabia y su indignación” por los actos de Ghomeshi. Jia Tolentino reprochaba a los editores, en un artículo sobre “las leyes físicas del patriarcado” en The New Yorker, que no pidiesen a este tipo de sujetos que se disculpen con las víctimas, un raro concepto de periodismo multitarea. En esta creciente tendencia catequista del periodismo, no basta con rezar: te tienen que ver en misa de doce.

Por último, resulta llamativa la crueldad, a veces sutil pero espeluznante, en algunos artículos que acusan a Buruma de ser insensible. “No he leído sus inquietantes memorias [de Buruma] sobre su depravada juventud en Japón, lo que podría explicar algunas cosas” (Heather Mallickstar, The Star); “Me pregunto cuánto tiempo pasará hasta que Buruma escriba sobre su propia caída en desgracia, y quién le proporcionará la plataforma para hacerlo. […] ¿Cuánto durará su caída y cómo será de mullida cuando por fin llegue al suelo?” (Esther WangJezebel.com). También es sintomático el lenguaje empleado (“pretende reaparecer”, “tramas”) para describir los intentos de los acusados –no condenados– de rehacer mínimamente sus vidas.

El criterio editorial

Ian Buruma es un intelectual de sesenta y seis años, experto en Asia, que ha colaborado en medios e instituciones culturales de todo el mundo. Imparte una asignatura llamada “Democracia, Derechos Humanos y Periodismo” en el Bard College. Recibió el premio Erasmus por su “importante contribución a la cultura, la sociedad y las ciencias sociales en Europa”, además de otros reconocimientos por sus ensayos. Ha publicado aproximadamente una treintena de libros sobre Asia, la guerra, la religión y la libertad. Uno de sus libros más célebres es Asesinato en Ámsterdam, sobre las tensiones entre el islam y el laicismo en los Países Bajos y el asesinato de Theo Van Gogh.

Ian Buruma es un editor que asume que sus lectores son personas adultas capaces de hacer una lectura crítica de un texto y sacar sus propias conclusiones. Aunque lo haya escrito un predador sexual. Le han recriminado también la baja calidad de la prosa de Ghomeshi. Sería interesante preguntarles a estos críticos, sin ánimo de ofuscarlos, si habría que publicar un artículo de Josef Fritzl, el criminal de Amstetten, por sus cualidades literarias.

Meghan O’Rourke, en The Atlantic, y otros, han afirmado que es “falso pretender” que la decisión de Buruma de publicar el artículo haya aportado nada útil al debate. Creo que sí hay algunas cuestiones en el texto –y subtexto– de Ghomeshi que vale la pena considerar.

Mi nombre, al menos en Canadá, se convirtió en una metonimia que abarcaba desde el privilegio masculino a la necesidad del proceso debido.” El periodismo activista es muy selectivo al fijar cuáles son “los grandes temas de nuestro tiempo” y cuándo es lícito cargarlos metonímicamente sobre los hombros de un drama particular. Jill Filipovic escribió en CNN: “Por qué la revista New York accedió a publicar esa pieza de periodismo antiético y cutre [se refería a la entrevista a Soon-Yi Previn, la mujer de Woody Allen] es una pregunta sin resolver. Aquí la revista tuvo la oportunidad de explorar con honestidad una compleja […] serie de relaciones, tropiezos y dinámicas de poder y género que guardan una profunda relación con el punto de inflexión en que se encuentra la sociedad estadounidense en 2018.”

Dice Ghomeshi: “No puedo simplemente mudarme a otra ciudad y empezar de nuevo con un seudónimo. Compito constantemente con una versión villana de mí online. Este es el poder de la humillación masiva contemporánea.” ¿Qué hace el cuarto poder frente a este poder?Durante semanas fui utilizado como clickbait y el pan del día para ciertos reporteros que sacaban cualquier historia en cuyo titular pudieran incluir mi nombre. […] Un escritor comparó mi educación con la del asesino condenado Paul Bernardo.” El problema no es nuevo, pero sí su naturaleza exponencial.

Y tal vez algunos críticos –hombres– puedan tomar nota de este aviso a navegantes: “La imagen requerida a un locutor público de izquierdas puede ser tediosamente correcta. Llevaba los lazos correctos, usaba los hashtags correctos, llevé a los invitados correctos, […] Fui a las manifestaciones y hablé en fiestas para recaudar fondos. Nunca se me ocurrió que yo pudiese ser uno de los malos”, dice Ghomeshi.

En las críticas se insiste mucho en que el Me Too es “uno de los grandes temas de nuestro tiempo” (lo es), pero a la vez se quejan de que es un debate esquinado sobre el que no se hacen preguntas difíciles. Si es “de nuestro tiempo” no es solo por los progresos alcanzados por las mujeres y su desafío a las viejas dinámicas patriarcales, que no son de este año: también porque ahora se está afrontando el debate y se están haciendo preguntas difíciles para culminar ese progreso. Pero no son las únicas: en una sociedad libre también hay espacio para otras.

Ser mujer

Se ha sugerido que el sucesor de Buruma sea una mujer. (Según la organización VIDA, solo el 23,3% de los artículos publicados por la revista en 2017 fueron escritos por mujeres.) Buruma no es un ningún misógino, y varias mujeres editoras se han encontrado con el mismo problema, que no es el objeto de este artículo.

Dicen que no es un problema de libertad de expresión –quienes lo dicen suelen referirse a la suya–, y que por supuesto se aceptan matices sobre las consecuencias del movimiento Me Too. Meghan O’Rourke, en The Atlantic: “Podría haberle pedido a una serie de escritores o pensadores más sofisticados –quizá incluso a una mujer– que escribiera un ensayo investigado más a fondo sobre las ‘indeseables consecuencias’ del movimiento #MeToo.”

Que se lo digan a Katie Roiphe.

Cuando se abre un tema de debate, y en especial uno que afecta al sufrimiento de tantísimas personas, te expones a las críticas. Y así debe ser. Pero últimamente, el debate es aplastado por las llamadas, más o menos disfrazadas, al boicot o la censura. La reacción que provocó la entrevista a Buruma no hizo más que confirmar la pertinencia de las preguntas que planteó mediante la publicación del relato de Ghomeshi.

Soy optimista y creo que el proceso civilizatorio de internet seguirá su curso: empiezan a estar mal vistos los saqueos con las leyes sobre propiedad intelectual y las nuevas plataformas, y también espero que algún día imperen los valores del Estado de derecho en la red y se condenen todos los linchamientos masivos.

Quizá habría que empezar por dejar de bombardear las instituciones. No es la libertad de expresión de Steve Bannon. No es la libertad de expresión de Jian Ghomeshi. Tienen infinidad de plataformas para expresarse.

Es la libertad de expresión de The New Yorker y de The New York Review of Books. Es algo que entendió muy bien Zanny Minton Beddoes, la directora de The Economist. Y el ya defenestrado Ian Buruma.

 

 
 

 


1 Comment

  1. CENSURADO POR VOXPÓPULI, EN NOMBRE DE LA LIBERTAD SUPONGO …

    Lo que hay que hacer para vender aire. Aire antaño impreso, hoy virtual.

    España tiene un Presidente (ahora en funciones) al que ni he votado ni me planteo votar, pero que es mi Presidente.

    El ad homine con que VOZPOPULI pretende agradar a sus «contribuyentes» solo vale para hacer cada vez más tenue el «Affectio Societatis», que proporciona la Paz Social, haciendo posible la convivencia.

    Pero, los bardos de la postmodernidad, han descubierto que cabrear a sus lectores incrementa sus ingresos.

    Y año tras año, el nuevo monstruo desinformativo creció y creció, hasta abarcarlo todo.

    Libre e iguales dice usted, Cacho.

    Usted, que es Libre para censurar mi opinión, a buen seguro porque rechaza la Igualdad, que siempre es en derechos. Porque pese a su extrema importancia para el Orden Jurídico y la Paz Social, la Libertad de Información no obliga a los poderes privados. Sólo hay sanción para los medios públicos.

    Esto es esencial hoy, que ya casi no quedan medios públicos (y los que quedan no son medios de información, sino armas contra la población, «Divide y Vencerás»).

    Usted Cacho, que es Libre para censurar, se iguala con sus víctimas, que tenemos derecho a ser Censurados, porque somos «Libres e Iguales». Me pregunto ¿En qué somos iguales?; ¿para qué somos Libres?

    Los míos -sean los que sean- tienen razón en TODO. Y los «otros» -fueren quienes fueren- no tienen razón en NADA.

    Así mueren las Democracias, quedándose sin Ciudadanos.

    Porque eso está pasando. Creemos legítimo que los votos que no nos gustan no tengan efecto alguno (no me refiero SOLO a los votos a independentistas, aunque tengan una relevancia obvia en estos tiempos). Y nos llamamos demócratas. Con un par.

    Sin Affectio no hay societatis.

    Y sin sociedad, la Justicia es la del más fuerte.

    Y así, no podremos ponernos de acuerdo ni para evitar el desastre.

    Gracias, vendedor de panfletos, en nombre de todos los cobardes que confunden la ira con el valor.

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