ANIMALITOS. El BBVA premia a Peter Singer, «defensor del infanticidio y la eutanasia obligatoria como medios legítimos y legales de regulación social utilitaria».

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El BBVA premia al filósofo que cree que matar a un discapacitado mental es menos reprobable que matar a un chimpacé y defiende que es ético en algunos casos el infanticidio. Y nos lo presentan como paladín de la «compasión»

Miguel Ángel Quintana Paz.

 

Esperpentos de España: el premio a Peter Singer

Quienes elevan la condición animal a la humana en realidad animalizan la nuestra

Por Carlos Martínez Gorriarán, 17 MARZO 2023

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Premio de la Fundación BBVA “Fronteras del conocimiento” a Peter Singer

 

La agenda nacional y mundial de esperpentos llega tan cargada en esta época que es fácil perderse algunos que mereciendo cierta atención pasan casi desapercibidos. Uno de estos es el premio de la Fundación BBVA “Fronteras del conocimiento” a Peter Singer, ex aequo con Steven Pinker, por «sus innovadoras contribuciones académicas en el ámbito de la racionalidad y el progreso moral que han logrado un alto impacto en el espacio público«.

Steven Pinker es un candidato adecuado a ese premio porque, en efecto, tiene una larga trayectoria de compromiso con la racionalidad y el progreso moral; sólo se le podría reprochar la exagerada ingenuidad de su fe en la bondad natural humana, y la precipitación teórica de algunas de sus teorías lingüísticas (como la del lenguaje mental universal o mentalés).

Pero Peter Singer es harina de otro costal: llamarle “filósofo”, como hizo tanto medio dando noticia del suceso, es tan adecuado como llamar a Jack el Destripadorinvestigador anatómico”. Respecto a la racionalidad, nada es más ajeno al premiado, pues considera iguales la conciencia animal y la conciencia racional humana. Si las ideas de moralidad y progreso ocupan la actividad de Singer, tienen un sentido tan salvajemente antihumanista y reaccionario que le alinean con la larga estirpe de enemigos de la humanidad que han afligido la historia. Les dejo un resumen de sus opiniones en la Wikipedia bastante partidario, y por lo mismo más ilustrativo de su infamia. 

 

Se hizo popular con el “proyecto Gran Simio”, que postula considerar sujetos similares a los humanos, a efectos morales y jurídicos, a los grandes simios

 

Singer es considerado, con razón, el padre del animalismo, la teoría antiética que considera equivalentes la consciencia y los derechos humanos y los presuntos derechos y consciencia de los animales. Los animales tienen instintos y algunas especies –cetáceos, córvidos, cefalópodos, primates- costumbres y lenguajes elementales ligados a cierta consciencia básica, pero no conciencia ética, es decir, teorías y dudas sobre el bien y el mal: negarlo es una animalada. Singer se hizo popular con el “proyecto Gran Simio”, que postula considerar sujetos similares a los humanos, a efectos morales y jurídicos, a los grandes simios (gorilas, chimpancés, bonobos y orangutanes, de momento).

Algunas de sus ocurrencias se están en la Ley de Bienestar Animal, último intento de ingeniería social de la paleoizquierda monclovita. Convertir a un chimpancé en ciudadano equivale a convertir a los ciudadanos en chimpancés, proceso con firmes partidarios en ciertos entes políticos y al parecer también en grandes bancos. Incluso evocando el recuerdo sentimental de la entrañable mona Chita, remite mucho más a las distopías de El planeta de los simios o La isla del doctor Moreau que a cualquier paraíso animalista.

Como suele ser usual, quienes elevan la condición animal a la humana en realidad animalizan la nuestra, regla que se cumple exactamente con Peter Singer. Por eso también ha defendido el infanticidio y la eutanasia obligatoria como medios legítimos y legales de regulación social utilitaria, es decir, la vieja pesadilla de la eugenesia que el nazismo llevó a sus últimas consecuencias.

Las opiniones de Singer no son un secreto; le han valido muchos reconocimientos de los mismos estúpidos o criminales culturales que impulsan la cultura de la cancelación, la dictadura woke, las sectas queer y animalista, y practican la destrucción universitaria del concepto clásico de humanidades. Por tanto, la Fundación BBVA sabía que premiaba a un tipo sedicentemente filósofo y, en realidad, un activista distópico y antihumanista. Este nuevo profeta de la roca Tarpeya merecería ser arrojado por alguna si no estuviera protegido, precisamente, por los valores que impugna o desprecia: libertad de expresión, de conciencia y de iniciativa, y derechos humanos basados en el derecho incondicional a la vida. Es la vieja paradoja de la tolerancia del fanatismo intolerante que tantos problemas ha creado a la democracia y tantas facilidades regalado a los totalitarismos de izquierda y derecha. 

 

Los mayores enemigos de la libertad económica y la democracia liberal no suelen ser, como tiende a creerse, los revolucionarios y comunistas de distinto pelaje

 

Como otros grandes bancos –el Santander ha financiado cursos de formación de Podemos metidos en los de verano de la Complutense-, el BBVA muestra una frívola indiferencia por el sistema de valores al que deben la existencia y protege sus negocios: los derechos a la propiedad, a la libertad económica y resto de reglas y garantías del sistema que llamamos capitalismo con democracia liberal. Los mayores enemigos de la libertad económica y la democracia liberal no suelen ser, como tiende a creerse, los revolucionarios y comunistas de distinto pelaje.

No, los peores enemigos del sistema de doble libertad económica y política surgen entre los más privilegiados y mimados, que frivolizan con la tolerancia y protección de quienes quieren destruirlo. La mezcla de ignorancia arrogante, irresponsabilidad moral y miedo a la opinión demagógica llevó a muchos industriales y financieros alemanes a financiar a Hitler como insensato, criminal y destructivo medio de combatir el comunismo, pero también de protegerse del odio y la demagogia fascista, desviado contra los judíos, la izquierda y las minorías.

Alguien parece creer ingenioso y equilibrado premiar juntos a un ilustrado liberal como Steven Pinker y a un iliberal por ilustrar como Peter Singer. Hace un siglo algunos capitostes del gran capital pensaron eso mismo de los totalitarismos emergentes; antes de Hitler, el dinero alemán también financió el viaje de Lenin a Rusia que acabó con el zarismo e instauró la distopía soviética. Si releemos críticamente a los centenares de pensadores e intelectuales de aquella época, descubriremos que la mayoría apoyaban el derribo de la democracia y del capitalismo, seducidos –como Carl Schmitt o Nikolái Bujarin– por ser los consejeros áulicos de las nuevas dictaduras comunistas y fascistas. Y también muchos ingredientes presentes en las actuales ideologías posmodernistas que tan bien encarna Peter Singer. Hicieron falta dos guerras mundiales, varias civiles, revoluciones y golpes de Estado con centenares de millones de muertos por todo el planeta para que algunos cráneos privilegiados descubrieran, finalmente, que la democracia y la libertad económica no estaban tan mal comparados con los campos nazis de exterminio y el Gulag soviético o la Revolución Cultural de Mao.

Pero parece que a muchos se les ha vuelto a olvidar y les gusta intercambiar simios y ciudadanos.

 

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ANIMALITOS

No diga humanización de los animales, diga animalización de los hombres

Las teorías de Singer se sitúan en la mismísima frontera que se alza entre la estupidez y la farsa

Por Julio LLorente, 19 MARZO 2023

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El filósofo animalista Peter Singer – Farm Sanctuary

 

El BBVA le ha concedido a Peter Singer, filósofo animalista, el Premio Fronteras del Conocimiento. Se lo ha concedido por su «contribución al progreso moral» y por haber marcado «un punto de inflexión al entender y fundamentar la ética aplicándola al dominio de los animales, con notables consecuencias para la legislación internacional sobre el bienestar animal». Progreso moral es obviar las esencialísimas diferencias que existen entre el hombre y el animal. Progreso moral es afirmar que hombre y perro deben recibir un mismo trato. Progreso moral es decir ―¡lo hace Singer!― que entre salvar a una persona enferma y salvar a un animal sano debe elegirse la segunda opción. El progreso moral consiste, al parecer, en razonar como a un párvulo y que al BBVA le guste el razonamiento. 

Querría centrarme, sin embargo, en uno de los aspectos de la filosofía de Singer. Tras algunos años de atenta observación he concluido que los animalistas no defienden tanto que a los animales se les trate igual que a los hombres como que a los hombres se les trate igual que a los animales. Es una redención a la inversa, una igualación a la baja, similar a la que promueve el sistema educativo español. Es menos una humanización de los animales que una animalización del hombre, menos una elevación del inferior que una degradación del superior.  

El filósofo australiano, que corrobora mi tesis, afirma que hombre y animal son esencialmente lo mismo porque ambos sienten, son seres sintientes. ¡El progreso moral era igualar al hombre y al gusano! La dignidad ya no vendría de nuestra semejanza a Dios, ni siquiera de nuestra condición racional y de nuestra consecuente apertura al infinito. Vendría del sentir, de las sensaciones, de la experiencia del dolor y del placer. Del cosquilleo. Por eso puede eliminarse a un feto humano sin demasiado reparo: porque, según Singer, no siente. ¡Progreso moral era concluir que el ciempiés vale más que el feto! Uno se imagina a Singer investigando qué seres sienten gustito y cuáles no, y su filosofía adquiere de improviso una dimensión cómica, como de gag cutre. 

 
Las teorías de Singer se sitúan en la mismísima frontera que se alza entre la estupidez y la farsa 
 
El sistema tiene su complejidad, no obstante. A la distinción entre ser sintiente y ser no sintiente hay que añadirle la distinción entre ser humano y persona. Ni todos los seres humanos son personas, ni todas las personas son seres humanos. En el delirio de Singer, hay chimpancés-personas y seres humanos que, por no ser personas, valen menos que según qué chimpancés. Recuerda esto a la cuñadez perezrevertiana de que hay hombres menos dignos que muchos perros. Pero, ¿qué seres humanos son menos valiosos que los animales superiores? Quienes no piensan ―no tienen conciencia― y sienten más bien poquito: los bebés discapacitados, los señores comatosos o los ancianos aquejados de alguna enfermedad mental. A todos estos seres, aun siendo humanos, es legítimo, casi imperativo, matarles. Nótese que hay en Singer una obsesión patológica por la muerte, que su filosofía podría concebirse como una filosofía del deceso: no se pregunta para qué hemos de vivir ni cómo hemos de hacerlo, como el resto de los filósofos, sino quién debe morir, como un carnicero. ¡Es el filósofo-carnicero! «¿Se puede acabar con la vida de los humanos»?, se titula el capítulo de uno de sus libros. La respuesta puede imaginársela el lector.
 

Consejos vendo…

Lo peor de Singer es en su momento tuvo una oportunidad pintiparada para predicar con el ejemplo y, sin embargo, la desaprovechó. Su madre enfermó de alzhéimer y el filósofo-carnicero, lejos de eutanasiarla para ahorrarle así un sufrimiento gratuito, contrató a tres enfermeras para que velasen por ella día y noche. El gesto se lo alabo ―qué bien que un hijo cuide de su madre―, pero la impostura no puedo sino afeársela. 

Con todo, no habría ocurrido nada si, habiendo constatado la imposibilidad práctica de su filosofía, Singer hubiera reconocido también su falsedad teórica. Si hubiera reconocido su error. Pero nada de eso. Ha seguido vendiéndonos una mercancía que él sabía averiada ―¡quiere la eutanasia para nuestras madres!―, vicio éste relativamente frecuente entre los filósofos modernos: los escépticos que niegan la posibilidad de conocer la verdad nunca terminan de aplicarle el cuento a su teoría; los nihilistas que proclaman la absurdidad de la vida y la consecuente conveniencia del suicidio nunca terminan de posar la pistola sobre su sien; y los utilitaristas que, como Singer, cantan las bondades de la eutanasia nunca terminan de «suministrársela», ejem, a sus seres queridos. 

Tiene mucho sentido que el Premio Fronteras del Conocimiento se lo hayan concedido a Singer, cuyas teorías se sitúan, en efecto, en la mismísima frontera que se alza entre la estupidez y la farsa. 

 

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ANIMALISMO Y EUGENESIA

LAS ANIMALADAS DE PETER SINGER

A través del adoctrinamiento escolar y a premios como el que le otorga la Fundación BBVA, los postulados radicales de Singer se van normalizando.

Por Santiago Navajas

LD, 13 MARZO 2023

Peter Singer | Archivo

 

Peter Singer, filósofo de Stanford, ha sido galardonado con el Premio Fronteras del Conocimiento de la Fundación BBVA (FBBVA). A Singer, un filósofo utilitarista y consecuencialista, le han dado el premio por animalista. Pero se suele obviar por la prensa políticamente correcta que también es infanticida. Es sintomático de nuestra época, la del «último hombre» que decía Nietzsche, al que le resulta más importante sentir que pensar. Singer defiende que cualquier uso de los animales es un abuso injustificable. También que la posibilidad de abortar a discapacitados se debería ampliar más allá del nacimiento. Es decir, el infanticidio.

El mérito que subraya FBBVA en el pensador australiano es que postula borrar la distinción moral entre los seres humanos y otros animales. Si tradicionalmente se definía al ser humano por su facultad racional, Singer le quita importancia a dicha característica y subraya el hecho de ser sintiente, de tener la capacidad de sentir placer y dolor. Desde esta perspectiva sintiente antirracionalista, no habría diferencia sustantiva entre un hombre, un perro y un gusano, de modo que del mismo modo que no nos comemos al vecino del quinto tampoco nos deberíamos comer a su mascota, aunque fuese un cerdo ibérico, o su manada de vacas.

Dotar de dignidad de persona a los animales significa, automáticamente, reducirla a los seres humanos. De ahí que Singer defienda también que un chimpancé o un delfín deban tener más consideración moral que, por ejemplo, un bebé, ya que son más «personas». De hecho, Singer, que es coherente con sus postulados, sostiene también que la posibilidad de matar por parte de los padres debería extenderse incluso más allá del nacimiento en el caso de discapacitados. Recordemos que la eugenesia para mejorar la especie no fue solo cosa de los nazis, sino también de gobiernos progresistas y de intelectuales de izquierda como George Bernard Shaw. Es un lugar común en la época del confort pequeño burgués elevado a principio moral.

La FBBVA argumenta que los posicionamientos de Singer han sido decisivos para mejorar el bienestar animal. Esto es falso. O, al menos, es solo una parte de la historia. Porque el aumento de la preocupación por el bienestar animal se anticipa en muchos años a Singer. La encontramos, por ejemplo, en la imposición por parte del muy «animalista» dictador Primo de Rivera para que se pusiesen petos a los caballos de las corridas de toros. Y quien realmente ha hecho avances significativos para el bienestar animal ha sido la zoóloga Temple Grandin, que ha diseñado sistemas para que los animales sufran menos en las granjas, establos y mataderos. Pero se ve que la perspectiva de género no ha llegado a la Fundación BBVA, la cual, sospecho, ha confundido los libros de Peter Singer con las películas de Walt Disney. O nos están tratando de dar gato por liebre.

No tenemos que ser ingenuos. Singer es un utilitarista pragmático y realista. Lo que significa que no pretende meramente mejorar la situación de los animales en las granjas y mataderos, sino mucho más: en el largo plazo prohibir absolutamente todo tipo de consumo de animales y sus derivados, de la cosmética a la ropa pasando por las mascotas y las corridas de toros. Como sabe que una agenda radical será rechazable por la mayor parte de la población, edulcora sus puntos de vista haciéndose pasar por un razonable amigo de los animales. Gota a gota y a través del adoctrinamiento escolar y premios como este, los postulados radicales de Singer se van normalizando. Según la Fundación BBVA, ya el 40% de los españoles consideran que los animales y los seres humanos tenemos un carácter moral equiparable y el 80% que a los animales se les debe atribuir la característica de la dignidad. Sin embargo, sólo hay un 2% de veganos y vegetarianos, así que hay entre un 38% y un 78% de españoles que o bien no entienden lo que les preguntan, o responden lo que se espera de ellos desde el punto de vista de la corrección política, o se comerían a su abuela si pudieran.

Singer suele introducir sibilinamente en sus libros y entrevistas analogías entre los mataderos de animales y los campos de exterminio de los nazis. De nuevo, es plenamente lógico que si se parte de la premisa de igual dignidad entre seres humanos y vacas se haga equivaler Auschwitz con cualquier matadero municipal. Le gusta recordar a un personaje de Isaac B. Singer que decía: «Para los animales, todos los días son Treblinka». Y es que de premisas erróneas se suelen deducir auténticas animaladas.

Llevado a sus últimas consecuencias, la postura radical animalista de Singer conduce a más conclusiones que él mismo obvia. Incluso la coherencia choca en los más iluminados con el confort. Si los animales tienen derecho a que no los maten, nuestro deber como humanos sería evitar que ningún animal devorase a otro animal. En general, que ningún ser vivo matase y consumiese a otro ser vivo. Esta conclusión lógica de la posición de Singer evidencia que lo que late en el fondo del animalismo antiespecista no es otra cosa que lo que Nietzsche llamó el resentimiento contra la vida, que se basa paradójicamente en la muerte. La superioridad moral de los seres humanos sobre el resto de las especies, y donde se justifica el especismo, es que nosotros sí somos capaces de obligaciones hacia los animales, como usarlos con el menor daño posible. Lo que no le pasaría a Singer si fuese cazado por una manada de hienas o la marabunta.

Por otra parte, si Singer fuese plenamente lógico con su posición, también extendería su preocupación por los «seres sintientes» a las plantas, como hacen los jainos en la India, lo que les lleva a consumir frutos como los tomates y las naranjas, pero no aquellos vegetales que implicarían una «violencia innecesaria» hacia plantas subterráneas (zanahorias, patatas, cebollas…) Ser un antiespecista a favor de los animales, pero no de las plantas, es como declararse amigo de los indios de América, para a continuación esclavizar a los negros de África. Sigamos con su lógica contra los discapacitados, ¿por qué dejar que sean los padres los que decidan si bebés con algún tipo de discapacidad pueden vivir o no? Ya estamos viendo en algunos casos que el Estado obvia la decisión de los padres cuando se inclina por la vida, y ordena a los médicos que maten o dejen morir a los bebés discapacitados.

Singer ha sido cancelado en ocasiones. Mal. Es un filósofo potente que ha cambiado la forma de pensar de muchos. A Singer hay que debatirlo, no destruirlo. Pero no es el abuelito de Heidi que trata de hacer creer la Fundación BBVA, que ha premiado a un utilitarista defensor del animalismo radical, el infanticidio eugenésico y, pero esto lo dejamos para otra ocasión, la eutanasia no voluntaria.

 

 

 


2 Comments

  1. La eutanasia será posible en Países Bajos para los menores de 12 años
    El Ejecutivo precisó que la medida concierne a un «pequeño grupo» de cinco a diez niños cada año
    ABC

    La eutanasia para los menores de 12 años que padecen sufrimientos intolerables e incurables, reclamada desde hace años por los pediatras, será posible en Países Bajos, anunció el viernes el gobierno.

    El Ejecutivo precisó que esto concierne a un «pequeño grupo», de cinco a diez niños cada año, «para quienes las opciones de cuidados paliativos no son suficientes para calmar sus sufrimientos».

    «Esto concierne a los niños afectados por una enfermedad o un padecimiento tan grave que la muerte es inevitable y (…) esperada sin futuro posible», declaró el ministro neerlandés de la Salud, Ernst Kuipers.

    La ayuda a morir será posible «cuando se trata de la única alternativa razonable para un médico de poner fin a los sufrimientos desesperados e insoportables del niño«, subrayó en una carta al Parlamento.

    La eutanasia ya es legal en Países Bajos para los mayores de 12 años que pueden dar su consentimiento, y para los bebés de menos de un año con el consentimiento de los padres.

    Bélgica se convirtió en febrero de 2014 en el primer país del mundo que autorizó la eutanasia a los menores «con capacidad de discernimiento», y sin límite de edad.

    Tras una reevaluación del reglamento existente, el gobierno neerlandés decidió ampliar el acceso a la eutanasia «para incluir a los niños de 1 a 12 años».

    Pero en los Países Bajos «si el niño no puede pedirlo, el padre podrá hacerlo, consultando con el médico», precisó a AFP Axel Dees, portavoz del ministerio de Salud.

    El reglamento debe ser publicado este año, según el Gobierno.

    Cada año en los Países Bajos aumenta el número de personas que recurren a la eutanasia, 8.700 personas el año pasado, según cifras oficiales. La mayoría sufrían cáncer en su etapa terminal.

    https://www.abc.es/sociedad/eutanasia-posible-paises-bajos-menores-anos-20230414191409-nt.html

  2. La desposesión de lo humano: el animalismo como barbarie
    El animalismo forma parte de las ideologías autoritarias que en nombre del género, la digitalización o el cambio climático intentan modificar nuestra racionalidad
    Por GREGO CASANOVA

    El animalismo, ese virus moral que defiende la igualdad jurídica entre humanos y animales, ha llegado como un ejército invasor a nuestras vidas para obligarnos a modificar hábitos, tradiciones e incluso la concepción que tenemos de nosotros mismos. Por medio de una macabra inversión de sentido, todos aquellos que defendemos los derechos humanos hemos pasado de ser considerados “humanistas” (defensores de la humanidad) a ser vilipendiados como “especistas” o guardianes de fronteras entre especies que legitiman la primacía humana sobre los animales. Incubado en las universidades de élite americanas como una corriente de activismo minoritaria (igual que la teoría queer o el posthumanismo), el animalismo se ha convertido en tiempo récord en uno de los instrumentos ideológicos de dominación poblacional. En España, su tóxica fumigación sobre la ciudadanía ha tenido lugar el pasado marzo por medio de una serie de eventos que han culminado en la aprobación de la Ley de Bienestar Animal y que buscan convertir el animalismo en un nuevo sentido común.

    Si el 8 de marzo el PACMA conseguía copar titulares en todos los medios con un cartel anti-especista que equiparaba a una vaca con una mujer para reclamar “un feminismo sin distinción de especies” en el que no hubiese ni oprimidas (vacas) ni opresoras (mujeres, en tanto que humanas), tan solo un día después se anunciaba la concesión del premio BBVA a Peter Singer, fundador del movimiento animalista. Según el jurado, este galardón se debía al “progreso moral” ocasionado por las teorías del filósofo australiano, que inspiran de manera directa la ley animalista que se oficializó el 28 marzo impulsada por Unidas Podemos.

    La polémica tardó poco en explotar, pues Singer lleva desde 1975 defendiendo el infanticidio, la experimentación en laboratorios con personas con retraso mental o la zoofilia como condición para borrar la frontera entre humanos y animales. Por ejemplo, mientras que Julio Llorente glosaba la barbarie animalista del premiado en un artículo publicado en estas mismas páginas, Pablo de Lora realizaba en The Objective una encendida, pero vacua defensa suya porque el filosofar de Singer, decía, “es revoltoso y escandaloso y no tiene empacho en formular las preguntas inaugurales”.

    El animalismo como anti-ética

    El animalismo forma parte de las ideologías autoritarias que en nombre del género, la digitalización o el cambio climático intentan modificar nuestra racionalidad con el objetivo de hacernos creer que nuestra naturaleza ha cambiado o que tiene que cambiar a fuerza de ley. La desposesión, jurídica, pero también material, que el animalismo pone en marcha, pudiendo parecer la más inofensiva, es la más peligrosa de todas. Mediante la creación de un marco inhumano que sirve a los intereses del posthumanismo (hay que desterrar todo lo que sea humano, porque lo humano es irremediablemente igualitario por inmutables leyes naturales), el animalismo desprotege tanto a humanos como animales y nos somete a los designios arbitrarios de una élite tecnócrata que decide quién debe ser protegido y quién abandonado.

    Las teorías animalistas de Peter Singer son las que más nos debieran preocupar pues son las que han directamente inspirado la Ley de Bienestar Animal, que no solo propone hasta 18 meses de cárcel por matar a un vertebrado (por ejemplo, un ratón), sino que legaliza la zoofilia y se compromete a otorgar derechos casi humanos a los grandes simios. El animalismo de Singer derriba la frontera entre humanos y animales de manera que ciertos seres humanos (bebés, personas con retraso mental, etcétera) dejan de tener derechos y pasan a ocupar el rol de bestias sacrificables, mientras que ciertos animales detentan derechos humanos. En palabras de Singer: “Algunos miembros de otras especies son personas: algunos miembros de nuestra propia especie no lo son. Ninguna valoración objetiva puede apoyar la postura de que en todas las ocasiones es peor matar a miembros de nuestra especie que no sean personas, que a miembros de otras especies que sí lo son”. Esta reformulación de categorías éticas que afirma que un bebé no es una persona, pero un cerdo sí lo es, lleva al propio Singer a aventurar que “si perros y gatos pueden ser calificados como personas, los mamíferos que utilizamos como alimentos no pueden encontrarse demasiado lejos” y a lamentar: “¿No estaremos convirtiendo personas en beicon?”.

    El cambio radical que animalismo propone se basa en sacrificar aquello que nos hace humanos (la defensa de los vulnerables) para construir una nueva ética anclada en principios de eficacia propios de la filosofía utilitarista. Según esta corriente, que pensadores como Durkheim, Weber, Rawls o Nozick consideraban como incompatible con la naturaleza humana, la sintiencia (la capacidad de experimentar sufrimiento o placer) es la única fuente originaria de derechos, que serán tenidos en cuenta, en mayor o menor medida, dependiendo de la capacidad de autoconciencia y la probabilidad de ser felices, no solo en el presente sino también en el futuro. Por ejemplo, en libros como Liberación animal o Ética Práctica, Singer defiende que en los experimentos clínicos habría que sustituir a animales por humanos con retraso mental severo, pues así “el número de experimentos realizados con animales se reduciría de forma significativa”, puesto que “existen humanos discapacitados intelectualmente que tienen menos derecho a que se les considere conscientes de sí mismos o autónomos que muchos animales no humanos”.

    El peligro de abrir la caja de Pandora de la animalidad se hace evidente cuando Singer defiende el derecho al infanticidio, ya que, según argumenta, “si podemos dejar a un lado los aspectos emocionalmente conmovedores, pero estrictamente sin pertinencia alguna, que surgen al matar un bebé, veremos que los motivos para matar personas no se aplican a los recién nacidos”. Esto sería así según este premiado y alabado impulsor del “progreso moral” porque “si el derecho a la vida debe basarse en la capacidad de querer seguir viviendo, o en la capacidad de verse a sí mismo como un sujeto con mente continua, un recién nacido no puede tener derecho a la vida”. Anticipándose a las posibles objeciones, Singer explica que “si estas conclusiones parecen demasiado escandalosas para ser tomadas en serio, quizá merezca la pena recordar que nuestra actual protección absoluta de la vida de los niños es una actitud típicamente cristiana más que un valor ético universal” y que “quizá ahora sea posible pensar en estos temas sin asumir el marco moral cristiano que ha impedido, durante tanto tiempo, cualquier revaloración fundamental”. Estas “preguntas inaugurales” que Pablo de Lora parecía celebrar en su artículo ponen fin a un tabú que según el filósofo australiano hace que “desde la derrota de Hitler, no ha[ya] sido posible (…) comparar el valor de la vida humana y no humana”.

    Es quizás por eso que en un texto titulado “Heavy Petting” Singer va más allá y defiende la zoofilia tras asegurar que la vagina de una vaca puede satisfacer sexualmente a un hombre, que las mujeres se sienten más atraídas hacia los caballos que hacia los seres humanos o que es muy normal que un orangután tenga una sincera erección al ver a una mujer por ser los límites entre especies algo artificial. Es más, Singer asegura que nuestro rechazo a la zoofilia “se ha originado como parte de un más amplio rechazo al sexo no reproductivo” como el sexo oral o el anal, pero que “la vehemencia con la que esta prohibición se mantiene mientras otras prácticas sexuales no reproductivas han sido aceptadas sugiere que hay otro poderoso motivo: nuestro deseo para diferenciarnos, eróticamente y de cualquier otra manera posible, de los animales”.

    Francisco de Vitoria

    El universalismo cristiano que Singer crítica como base de la vieja moral que nos impide matar a inocentes (niños, personas con retraso mental, etc.) y que prohíbe que humanos y animales tengamos los mismos derechos tiene su origen en el teólogo español Francisco de Vitoria (1483-1546). En su ensayo (relectio) “Sobre los indios”, considerado como el fundamento de los derechos humanos actuales, Vitoria explora las posibles razones ilegítimas que, de acuerdo con la ley natural, impedirían a los españoles ejercer su dominio sobre los indios del Nuevo Mundo, aun cuando leyes creadas por humanos lo permitiesen. Las conclusiones de Vitoria son claras: no existe ninguna razón por la que los españoles puedan dominar a los indios, ya que estos tienen dominio (dominium) sobre sus propios cuerpos, territorios y son perfectamente capaces de gobernarse a sí mismos sin importar que sean paganos, herejes o delincuentes. En su argumentación escolástica, Vitoria invierte avant la lettre los razonamientos animalistas de Singer y afirma que aunque los indios fuesen como niños pequeños, tuviesen algún retraso mental o estuviesen locos, no habría razón para dominarlos, pues de hacerlo serían víctima de una injusticia (iniura) por ser imágenes de Dios (imago dei).

    El argumento de Vitoria es especista de principio a fin, y muestra que la igualdad y los derechos solo son posibles desde postulados especistas. Hablando en plata, los indios tienen tantos derechos como los españoles por la sencilla razón de que son humanos. Pese a las acusaciones de canibalismo, su humanidad se confirma mediante dos argumentos complementarios: tienen dominio, es decir, derecho natural a gestionar los recursos naturales y a autogobernarse, que se basa en que han sido creados a imagen y semejanza de Dios (son imagen de dios, no Dios, como parecen creer los posthumanos y los animalistas). Este dominio, que tiene un soporte legal humano o positivo mediante derechos como el de propiedad, es ajeno por completo a los animales, quienes según Vitoria no pueden ser víctimas de una injusticia pues “privar a un lobo o león de su presa no supone una injusticia”. Si los animales tuviesen dominio, prosigue, “cualquier persona que vallase un terreno con hierba que antes era consumida por ciervos estaría cometiendo un delito, pues estaría robando comida sin permiso del propietario”.

    La lógica argumental de Vitoria es implacable. Pensemos, de hecho, que la mayor prueba de que los animales no tienen dominio la constituye la propia doctrina animalista que en su despiadada defensa de lo animal se arroga el derecho, por ejemplo, a esterilizar gatos sin su consentimiento o a intervenir en hábitats naturales si consideran, en base a principios utilitarios, que obtendrán un balance ecológico más justo aunque maten a miembros de tal o cual especie. Este mismo derecho a esterilizar o matar animales no existe con respecto a los seres humanos por la sencilla razón de que esterilizar o matar a miembros de una población (o a un individuo), fuese cual fuese la causa, sería visto como una injusticia. Es más, los miembros humanos de esa comunidad podrían declararle la guerra o directamente matar a los humanos que hubiesen esterilizado a su población, puesto que uno de los objetivos de los derechos humanos consiste en asegurar, en la medida lo posible, que aquellos que son capaces de agredirse a sí mismos con unos niveles de eficacia no poseídos por otras especies -los seres humanos- no lleguen a hacerlo.

    La desposesión de lo humano (especismo o barbarie… tecnócrata)

    El animalismo defendido por Peter Singer e inoculado en la política española por parte de nuestros políticos más “izquierdistas” (aspirantes eternos a mediocre profesor universitario, tecnócratas sin oficio que asumen como verdad toda vileza que la academia americana produce) implementa una desposesión humana que nos hace pasar de ser iguales en tanto que imago dei a estar sometidos a los caprichos de un dios arbitrario encarnado en la tecnocracia global. El animalismo, como recordaba Miguel Ángel Quintana en un debate reciente con Ernesto Castro, sustituye la ética de vínculos propia de la humanidad por una ética de atributos. Este modelo supone una desprotección absoluta de los seres humanos (y de los animales) en tanto que hace depender nuestros derechos y supervivencia de la posesión de un determinado atributo (un mayor grado de inteligencia, una mayor voluntad de vivir de manera feliz, etc.) que cambia de acuerdo con los deseos de aquel que dicta las reglas. Esta nueva ética, a diferencia de la humana, solo es posible mediante una violencia coercitiva y vertical que, en su aspecto aterciopelado, toma forma de lo que Ignacio Castro Rey ha denominado en En Espera como “violencia perfecta”.

    La ética de atributos que el animalismo hace suya ha sido la mayor promotora de desigualdad a lo largo de la historia, pues es solo mediante ella como pueden llegar a darse males como el racismo o el machismo, que consideran que ciertos sujetos carecen de determinado atributo y no se bastan de su humanidad para tener derechos. Esta violencia animalista no tiene otro fin que promover una tecnocracia posthumana que elimine la frontera entre humanos y animales y nos convierta a todos en bestias que habitan el zoológico humano soñado por Sloterdijk. Estamos ante el enésimo uso instrumental de los animales, solo que esta vez en lugar de ser empleados en fábulas como fuentes de moralidad, los animales son utilizados como arma con la que desposeernos de la dignidad humana y de nuestra responsabilidad con la naturaleza.

    El animalismo sustituye la ética de vínculos propia de la humanidad por una ética de atributos

    El animalismo, como mostraré en otro artículo, es una doctrina alienante que mediante una moral new age hipnotiza a cantidades cada vez más grandes de población antes de que estas mueran ahogadas en el río de las falsas promesas identitarias. Por una parte, en tanto que defensor del principio utilitario del no sufrimiento y la felicidad como base del derecho a la vida, el animalismo hace creer a parte de la ciudadanía que toda frustración debe ser evitada por ir en contra de los delirantes postulados de la felicidad eficaz, que para ser efectiva debe ser medida en todo momento (de ahí, la incitación actual a cambiarse de sexo o a solicitar una eutanasia ante la menor contrariedad, como sucede en Canadá). Por otra parte, la proyección que el animalismo hace del pasado humano previo al surgimiento del utilitarismo como una época de barbarie refuerza la creencia de que la Ilustración, madre de todas las distopías del presente, es la verdadera época de la racionalidad y no una de sus más peligrosas negaciones.

    En un contexto de desposesión humana como el actual solo nos queda mirar hacia adelante con un prudente retrovisor que nos permita visualizar en toda su complejidad teorías del pasado como la de la ética universal de Francisco de Vitoria, que hace de la vulnerabilidad humana la fuente de derechos y no un principio de exterminio. Vitoria, como Hegel, dio lugar a una izquierda y a una derecha vitoriana (cierta interpretación de sus teorías legitimó atrocidades cometidas en tierras extranjeras en nombre de lo que hoy denominaríamos libre mercado), pero defendió ante todo las bases naturales de la libertad humana y la necesidad de crear legislaciones que protegiesen esta. En un ejercicio de preventiva anticipación a la actual izquierda hobbesiana, que donde ve un ser humano detecta un criminal, el teólogo español aseguró, por medio de Ovidio, que “El hombre no es un lobo para el hombre, sino un hombre”. Si queremos evitar la criminal deshumanización del prójimo impulsada por el animalismo y demás golpes de estado woke, así como respetar a nuestros compañeros los animales, haríamos bien en memorizar esta máxima milenaria y en asimilar, sílaba a sílaba, su incontestable verdad.

    https://www.vozpopuli.com/altavoz/cultura/animalismo-como-barbarie.html

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