GERARDO IGLESIAS. En la «nueva» política española, la honestidad se paga con dolor: «La Venganza», por Gregorio Morán.

GERARDO IGLESIAS. En la "nueva" política española, la honestidad se paga con dolor

 

Gerardo Iglesias se incorpora como picador a una mina

Por Javier Cuartas

El País, 21 NOV 1989

Enfermo y retirado de la política activa, el ex secretario general del PCE y fundador de IU, hoy casi octogenario, Gerardo Iglesias, llega, en 2022, postrado a su hasta ahora séptima intervención quirúrgica. Todos sus dolores y percances reglados en el diagnóstico: “síndrome de cirugía lumbar fallida”. Luego, “secuelas por las sucesivas intervenciones que explican un estado altamente incapacitante”. Han pasado 32 años, él 77. Ni se mantiene de pie y con dolores atroces. Sólo pide “posibles terapias que hagan mi vida algo más llevadera”. (Gregorio Morán, 2022).
 

"Trabajar en la mina no tiene precio. La mina es negra y muy dura. No ha cambiado nada", manifestó ayer Gerardo Iglesias al término de su primera jornada de trabajo como picador del pozo Polio, tras 12 años de excedencia laboral en la empresa estatal Hunosa. El que fue secretario general de Partido Comunista de España (PCE) y coordinador estatal de Izquierda Unida (IU) hasta el pasado día 1, en que dimitió, mostraba síntomas de cansancio a la salida del pozo.

"Éste es un trabajo muy duro, sobre todo estando deshabituado, pero todavía resisto. Yo no me rajo", manifestó el ex dirigente comunista poco antes de meterse en la ducha, mientras fumaba el primer cigarrillo, al cabo de siete horas de trabajo picando carbón y posteando a 250 metros de profundidad. "La sensación es de cansancio. Pero va a serlo más mañana por la mañana [hoy para el lector]. Lo sé por experiencia", manifestó Iglesias. "Ésta no es la primera vez que vuelvo a la mina después de una larga ausencia. A este mismo pozo ya me reincorporé en otra ocasión, después de nueve años de vivir apartado del tajo, cinco de ellos en la cárcel, y conozco bien esta sensación. Es cierto que entonces tenía 27 años y ahora tengo 44. Pero estoy dispuesto a seguir. Hoy he resistido y trabajé como cualquier otro. Yo no he venido a jubilarme, como se ha dicho, ni a permanecer cuatro días para salir luego por una puerta falsa". Iglesias llegó al pozo Polio, en el pueblo minero de Rioturbio (Mieres), a 27 kilómetros de Oviedo, conduciendo un Renault 9 matriculado en Madrid. Fue asignado a la capa 4, entre las plantas cuarta y quinta, en un taller en el que la extracción del mineral se sigue realizando manualmente, con un pico que pesa 7,5 kilos y con un hacha. Un guaje (aprendiz) le acompañó a lo largo de la jornada. Pese a padecer una hernia discal y artrosis ("Me han tenido que readmitir porque pertenezco a la plantilla de la empresa. Si fuera nuevo, me hubieran descartado en el reconocimiento médico"), sus compañeros aseguraron que Iglesias trabajó como uno más. En el pozo Polio, una de las 23 explotaciones de la empresa Hunosa, trabajan 760 mineros en varios turnos, de ellos 238 con la categoría laboral de picador. CC OO es el sindicato mayoritario.

 Nuevas responsabilidades.

El ex dirigente comunista ha reiterado que no descarta dejar la mina si es elegido por las bases del partido y de Izquierda Unida para nuevas responsabilidades políticas. "Pero no voy a forzar la situación. Ocurrirá si ocurre. He vuelto porque ésta es mi profesión. Yo no me cambio de chaqueta. Soy minero, procedo de una familia minera y me debo a esta gente, a mis compañeros. Decidí volver a Asturias y no tengo otra forma de ganarme la vida honradamente. Podía haber sido diputado por Asturias, pero mis compañeros opinaron de otra forma, y yo lo acepto sin rechistar".

 

Pozo minero Polio, noviembre de 1989, Gerardo Iglesias, en el centro en primer plano, tras reincorporarse a su trabajo en la mina. José Luis Cereijido/ Efe.

*******

La venganza

Por Gregorio Morán, 29 OCT 2022

GERARDO IGLESIAS
Ejecutiva Federal del PSOE (EP)

 

El 14 de octubre pasado cayó en viernes. A mediodía se plantó en Oviedo a la puerta del Hospital principal de Asturias un hombre ajado y maltrecho en silla de ruedas. En la mano un documento de 31 páginas; memoria de 32 años de sufrimiento físico y mental por la mala fortuna, la incompetencia médica y el deterioro de la Medicina Pública. Su nombre Gerardo Iglesias Argüelles, 77 años, de profesión minero.

Por el eco de su alegato, que presenciaron sus dos hijos, un puñado de periodistas locales y algunos amigos solidarios, podríamos decir que no pasó nada. Alguna reseña en los medios de la provincia y la premeditada ausencia de los referentes nacionales. Asturias dejó de existir informativamente desde hace décadas; una población mermada y viejuna que no llega al millón de habitantes, donde los jóvenes ya no hacen la mili pero igualmente huyen a la búsqueda de pastos donde abrevar. Los Paraísos Naturales dan para que las guías reseñen donde gozar en forma turística pero no aportan nada más que el aislamiento y la mala leche. Los detentadores de la idea de la España vacía mantienen un desdén absoluto hacia el objeto de sus penas. No hay corresponsales de prensa nacional en Asturias. Sin ir más lejos, “El País” mantiene su información asturiana desde Valladolid.

Llevo años diciendo que el monopolio político del PSOE en Asturias es tan letal y corrupto como lo fue en Andalucía. Ni siquiera cuando el presidente del Sindicato Minero (SOMA-UGT) se sentó ante los tribunales por corrupción manifiesta, mereció la mínima atención. Este antiguo confidente policial alzado a la cabeza de la organización obrera más potente de España salió de rositas cuando alegó ante los tribunales un “alzheimer severo”. Era ese mismo Fernández Villa el que convocaba a sus miles de fidelísimos afiliados en la famosa Campa de Rodiezmo, donde una vez al año Felipe González o Alfonso Guerra pronunciaban encendidos discursos obreristas.

Si el común, por edad o por ignorancia, tiene una idea turística y nada real de un pequeño mundo irremisiblemente acabado como es Asturias, quién se acuerda hoy de Gerardo Iglesias, un tipo de 77 años, atado de por vida a una silla de ruedas, que ha de convocar a periodistas locales y amigos veteranos a la puerta del principal hospital del Principado -singular epíteto para una región antaño insumisa- y recordarles, como en un verso de César Vallejo, que aún vive, con sus dolores de animal herido por la desidia y la venganza.
 

Mientras su avieso mentor cultivó una manera de vivir que mantuviera intacta su megalomanía y ampliara sus asegurados ingresos haciéndose un influencer “avant-la-lettre” en tertulias y saraos, incluso solicitando su ingreso en un PSOE entonces prepotente

 

Hablé con él una vez en mi vida, retirado ya por la enfermedad, del trabajo y de la vida política, con la dignidad del derrotado. Hizo de sucesor de Santiago Carrillo durante varios años en la dirección del PCE y fracasó como era lógico en el intento por enderezar un buque que zozobraba sin remedio. Mientras su avieso mentor cultivó una manera de vivir que mantuviera intacta su megalomanía y ampliara sus asegurados ingresos haciéndose un influencer “avant-la-lettre” en tertulias y saraos, incluso solicitando su ingreso en un PSOE entonces prepotente. (Aún recuerdo los sarcasmos de Alfonso Guerra cuando tuvo que driblar al mismo tiempo dos peticiones singulares de afiliación; la de Jorge Verstringe, el delfín de Manuel Fraga, y hoy en Podemos, al tiempo que Carrillo hacia lo mismo desde la otra orilla apelando al pedigrí familiar de su padre Wenceslao, mano derecha de Largo Caballero. ¡Vaya tropa!, hubiera exclamado Romanones). Por su parte, Gerardo Iglesias decidió algo insólito.

Incomprensible en tiempos de “puertas giratorias” y nombramientos digitales honorarios, Iglesias decidió volver a la mina, a su trabajo de antaño en el que había empezado de adolescente, cuando la minería asturiana representaba algo muy diferente al subsidio. La coherencia se interpretó como una provocación y así la entendieron sus adversarios. No entraba en sus baremos de conducta apropiada. Volver al pozo, al casco, al montacargas, en definitiva, al negro hollín. Con las manos todos aplaudieron el gesto, con el corazón se destiló el odio que se cobrarían durante años. Mostrarse demasiado consecuente es un crimen en el ambiente de los espíritus normativos y escrupulosos, porque las comparaciones son odiosas.

 

Enfermo y retirado de la política activa, el ex secretario general del PCE y fundador de IU, casi octogenario, Gerardo Iglesias, llega, en 2022, postrado a su hasta ahora séptima intervención quirúrgica. Todos sus dolores y percances reglados en el diagnóstico: “síndrome de cirugía lumbar fallida”. Luego, “secuelas por las sucesivas intervenciones que explican un estado altamente incapacitante”. Han pasado 32 años, él 77. Ni se mantiene de pie y con dolores atroces. Sólo pide “posibles terapias que hagan mi vida algo más llevadera”.

 

Pronto llegó un accidente en la mina con rotura de cadera y empezó su viacrucis. Una primera intervención con injertos óseos en 1991. Pronto detectaron los médicos que padecía cierta intolerancia al material y el hombre se fue achicando de operación en operación. Se lo pasaban entre los cirujanos como un auténtico juguete roto; unos más incompetentes que otros, como sucede en todas las profesiones. ¿Por qué en la medicina debe ser diferente? Desde la epidemia de coronavirus la Sanidad alcanzó su grado más alto y más arriesgado y a veces parece como si hubiéramos concedido un aval profesional a todo el gremio; nuestra fragilidad ayuda a la mitificación. Todo el mundo debe ser bueno en el momento que necesitamos que sea bueno y como veteranos creyentes nos sumimos en el silencio de los corderos.

Cuando Gerardo Iglesias llega postrado a su hasta ahora séptima intervención quirúrgica se encuentra con una realidad en forma de documento. Todos sus dolores y percances reglados en el diagnóstico: “síndrome de cirugía lumbar fallida”. Luego, “secuelas por las sucesivas intervenciones que explican un estado altamente incapacitante”. Han pasado 32 años, él 77. Ni se mantiene de pie y con dolores atroces. Sólo pide “posibles terapias que hagan mi vida algo más llevadera”.

Su último recurso consiste en apelar al presidente de la Comunidad Autónoma, Adrián Barbón, que le recibe gracias a que va acompañado del máximo representante de CCOO en la región. Ni se digna dirigirle la palabra; al fin y a la postre no representa nada ni a nadie, apenas uno más de los 23.600 pacientes que están en lista de espera para la Sanidad Pública asturiana. “Se lo comentaré al consejero de Sanidad”, sentenció. Se refería a Pablo Fernández, médico digestólogo, a buen seguro la especialidad más afín a la política: todo lo digieren porque nada puede sentar mal a un estómago blindado.

Son socialistas crecidos en la disputada cucaña de las Juventudes Socialistas, el vivero asturiano donde prosperaron Adriana Lastra y este Adrián Barbón. Serviles por conciencia del cargo; donde los pongan, porque ninguno de ellos volverá al trabajo que dejaron, mitad porque no tuvieron otro, mitad porque lo entenderían como un baldón. Son profesionales de la política de partido y sólo quien los ayudó a llegar podría interrumpir su carrera sin meta. A veces se les presentan ocasiones para hundir esa espina letal de la venganza: que purguen sus ínfulas los que no quisieron subirse al tiovivo.

 

*******

La última batalla de Gerardo Iglesias

Enfermo y retirado de la política activa, el ex secretario general del PCE y fundador de IU, lucha a sus 75 años porque las torturas y la represión que él y otros antifranquistas sufrieron no queden impunes.

Por Diego Díaz

El Salto, 4 FEBRERO 2021

Gerardo Iglesias

 

A Gerardo Iglesias en el Partido Comunista los veteranos en Asturies lo llamaban 'el Guaje', palabra que en castellano significa niño, muchacho, chaval, y en el argot de la mina aprendiz o ayudante. La anécdota es reveladora de una vida ligada casi desde la cuna al movimiento obrero y el compromiso político. Iglesias suele decir que nunca hubo un momento en el que decidiera unirse al PCE, porque de algún modo él ya nació en el PCE, partido en el que militaban desde antes de la Guerra su padre, su madre y sus abuelos maternos. Fue su secretario general entre 1982 y 1988, impulsó en 1986 la creación de Izquierda Unida y a finales de 1989, para sorpresa de propios y extraños, dejó todos sus cargos para volver a su puesto de picador en la mina, donde sufrió un accidente que le destrozó la espalda dejándole secuelas y terribles dolores que arrastra hasta el día de hoy.

A sus casi 76 años Gerardo Iglesias es un jubilado que vive en un piso de un barrio popular de Oviedo/Uviéu y al que la enfermedad le impide cada vez más llevar una vida normal. Por eso prefiere no hablar con El Salto sobre la decisión del Tribunal Constitucional de dar carpetazo a su denuncia y no investigar las torturas que sufrió en 1974 por la policía franquista. Dice que su delicado estado de salud no le permite hacer esfuerzos y que está a la espera de leer los votos particulares de los magistrados discordantes, Juan Antonio Xiol, Encarnación Roca y María Luisa Balaguer, contrarios a la resolución del pleno del alto tribunal.

Las pequeñas Rusias. 

El Guaje nació en 1945 en La Cerezal, una aldea de Mieres, cuenca minera del Caudal. Su lugar de nacimiento era uno de esos pueblos obreros a los que en toda Europa Occidental llamaban durante el siglo XX las “pequeñas rusias” por su alta densidad de militantes comunistas. Sus primeros recuerdos de infancia están ya ligados a la lucha antifranquista. Su casa fue un punto de apoyo a la guerrilla que sobrevivió en los montes asturianos hasta principios de los años 50 y el propio Iglesias, siendo un crío, participó en estas tareas yendo a avisar a los guerrilleros a sus refugios cuando había alguna partida de la Guardia Civil al acecho.

El encarcelamiento de su padre a causa de su militancia política le obligaría a trabajar en la construcción siendo casi un niño. A los 15 entraba a trabajar con papeles falsos como minero en el Pozu Fondón, en la cuenca del Nalón. Cada día recorría diez kilómetros a pie a la ida y otros diez a la vuelta para ir a trabajar a la mina. A los 16 años ya era picador. En 1962, con 17, vive la huelgona que el movimiento obrero gana al franquismo, y un año más tarde la cruel revancha del régimen que decide imponer un castigo ejemplar al incipiente sindicalismo democrático. Será la primera vez que le detengan. En comisaría sufre cuatro días de interrogatorios y palizas a manos de Claudio Ramos, jefe de la Brigada Político Social en Asturies.

 

Iglesias era un referente para los jóvenes, pero también para los conservadores veteranos, que por su solera y pedigrí se fiaban más de él que de los nuevos cuadros sin raíces familiares comunistas

 

Este entronque de Gerardo con la tradición comunista asturiana se revelará como uno de sus grandes atractivos como dirigente llegados al tardofranquismo y la Transición. Uno de sus estrechos colaboradores en aquel entonces comenta que Iglesias era un referente para los jóvenes, pero también para los conservadores veteranos, que por su solera y pedigrí se fiaban más de él que de los nuevos cuadros sin raíces familiares comunistas procedentes del movimiento obrero, el movimiento estudiantil o los llamados sectores profesionales. Estos últimos, los “cuellos blancos”, liderados por el profesor universitario Vicente Álvarez Areces, posterior alcalde socialista de Xixón y presidente autonómico asturiano, serían los grandes derrotados en la fraticida Conferencia de Perlora del PCE asturiano, celebrada en marzo de 1978.

 

Gerardo Iglesias, durante una de las vistas de la Querella Argentina contra los crímenes del franquismo.

 

El PCE asturiano tenía en aquel momento 10.000 militantes y la tensión latente entre los mineros y trabajadores fabriles y el sector universitario y profesional estallaría en esta ciudad vacacional a orillas del Mar Cantábrico, resolviéndose la crisis en favor de la tradición obrerista del partido. Experimentos los justos, sería la conclusión de la mayoría de la organización. 

 

Al frente del PCA Gerardo Iglesias abanderará el llamado “regionalismo asturiano de clase”: la defensa de la autonomía como herramienta para revertir la incipiente crisis económica de la comunidad

 

Gerardo, a sus 33 años y ya con su característico bigotazo al gusto setentero, destacaba como uno de los grandes líderes obreros del partido. Detenido en 1967, había pasado cuatro años en la cárcel. Tras su paso por prisión, regresa al activismo en 1973 jugando un papel clave en la reconstrucción de Comisiones Obreras en Asturies, desmantelada entonces por la represión franquista. La central sindical sobrevivía en las empresas, pero sin una coordinación regional. Despedido otra vez de la mina por su militancia sindical y en la lista negra de aquellos a los que no se puede dar empleo, sobrevive como puede llegando incluso a trabajar como viajante de una marca de chocolates.

En 1976 se convierte en secretario general de CC OO de Asturies. Ya entonces, Horacio Fernández Inguanzo 'El Paisano', antiguo maestro de escuela y dirigente de los comunistas asturianos desde finales de los años 50, es su mentor y una figura clave que hará de Gerardo su ahijado político. En 1978 llega su hora y el Guaje se convierte en su sucesor al frente del Partido Comunista Asturiano (PCA).

 

 

Al frente del PCA Gerardo Iglesias abanderará el llamado “regionalismo asturiano de clase”: la defensa de la autonomía como herramienta para revertir la incipiente crisis económica de la comunidad. Socialistas y comunistas impulsarán en esos años multitudinarias manifestaciones bajo el lema Salvar Ensidesa es salvar Asturias, en alusión al entonces incierto futuro de la industria siderúrgica. Esta posición chocará sin embargo con el progresivo desinterés del PSOE, partido más votado en Asturies, por promover un estatuto de autonomía de máximos. El Principado se convertirá de hecho en una de las primeras autonomías de la llamada vía lenta.

En octubre de 1982 el PCE se derrumba en las elecciones generales, pasando de 21 a 4 diputados. Dentro del desastre general, los resultados asturianos son los menos malos. Santiago Carrillo, mayoritariamente cuestionado por la dirección del partido del que ha sido dos décadas todopoderoso secretario general se ve obligado a dimitir. Lo hace de mala gana. Busca para sustituirle a un hombre de su cuerda y que espera sea fácilmente manejable. El elegido es Iglesias, que acepta después de muchas dudas y una larga conversación con esa figura paternal que era el Paisano. El Guaje tiene 37 años y al poco de llegar el sector prosoviético se escinde para fundar el Partido Comunista de los Pueblos de España.

A pesar de su procedencia “carrillista”, los intentos de Carrillo de seguir manejando el partido entre bambalinas pronto enfrentarían a ambos hombres. “Yo no soy yo y la mitad de otro. Yo soy yo”, advertiría al aceptar el cargo, enviando el recado de que no asumiría tutelas en el cargo. No iba de farol. Resultado: otra escisión, el Partido de los Trabajadores de España-Unidad Comunista, liderado por un decrépito Santiago Carrillo, que se estrellaría en sucesivas convocatorias electorales hasta disolverse y Carrillo recomendaría a los suyos ingresar en el PSOE.

A pesar de la inestabilidad interna, Iglesias lograría poner en marcha una política de convergencia que en 1986 daría lugar a la fundación de IU. Acompañarían al PCE en la nueva coalición de izquierdas algunas de las fuerzas que habían hecho campaña por el no al ingreso de la OTAN en el referéndum de marzo de 1986. IU recuperará algo del terreno cedido por el PCE al PSOE, pero aún lejos de los apoyos del partido en 1979.

 

Muchos no lo creían: el 20 de noviembre de 1989 Gerardo volvía a la mina tras 12 años de ausencia

 

A pesar de la ligera recuperación electoral, Iglesias no logra consolidarse en Madrid como dirigente nacional. Hacia finales de los 80 su estrella comienza a declinar. Según uno de sus críticos de entonces, su leyenda de viva la virgen, noctámbulo, asiduo de discotecas y mujeriego empedernido, muy extendida en la villa y corte, no ayudaban a que muchos de los suyos se lo tomasen en serio. Sus maneras chulescas y su estilo autosuficiente tampoco gustan entre buena parte de los dirigentes comunistas de la capital, que le tienen por un provinciano arrogante. Un pueblerino que se ha venido arriba.

Se gana el cariño de la octogenaria Pasionaria, quizá por aquello de ser un minero asturiano joven y buen mozo, pero en el debate metafísico sobre la disolución o no del PCE parece ir inclinándose cada vez más por la opción de disolver el partido para potenciar IU, lo que enciende las señales de alarma en el sector más identitario del comunismo. Resulta demasiado moderado para la izquierda del partido y demasiado radical para el ala más socialdemócrata, encabezada por Nicolás Sartorius, con el que sus relaciones son pésimas.

“Se quedó en tierra de nadie”, comenta un ex colaborador de Julio Anguita, que reconoce de manera autocrítica que en aquel momento “fuimos muy duros con un tipo de izquierdas que se enfrentó con valentía a Felipe González”. Iglesias revelaría años más tarde que González le plantearía abiertamente en La Moncloa un tratamiento mediático amable si optaba por una oposición de bajo perfil. Lo rechazaría. Después de eso vendrían las bromas maliciosas del presidente y de Alfonso Guerra, ampliadas en la televisión pública. El vicepresidente llegaría a decir de Iglesias que “es poco sólido y parece que llega cargado a los mítines”

“Aquí son todos unos pillos. Madrid no lo soporto”, confesaría un abatido Iglesias a un amigo y compañero asturiano, al que anunciaría también su deseo de regresar a Asturies y al trabajo físico en la mina, desencantado y cansado de soportar las intrigas y conspiraciones en la capital. En 1988 cedía la secretaría general del PCE a Julio Anguita y un año más tarde la coordinación de IU. También abandonaba su escaño.

 

Manuel Vázquez Montalbán escribiría sobre el ex secretario general reconvertido en hostelero, que “de vez en cuando Gerardo Iglesias vuelve a la Historia y dice lo que piensa, lo que siempre ha pensado, sobre izquierdas, derechas y todo lo contrario”

 

Muchos no lo creían: el 20 de noviembre de 1989 Gerardo volvía a la mina tras 12 años de ausencia. Medios regionales y nacionales aguardaban expectantes su salida del Pozu Polio, en Rioturbio, Mieres. Nadie quería perderse un momento insólito en la historia de la política española: un exdiputado saliendo de la mina. “Este es un trabajo muy duro, sobre todo estando deshabituado, pero todavía resisto. Yo no me rajo” declaró a El País a la salida de su primer jornada como picador en la capa cuatro de esta explotación de la empresa pública Hunosa. Tenía 44 años y el Muro de Berlín acababa de derrumbarse.

 

Gerardo Iglesias, saliendo de la mina tras su reincorporación.

 

Para un ex dirigente gijonés del PCE y de IU, Gerardo nunca había pintado nada en Madrid, pero en cambio podía ser un gran candidato a la presidencia autonómica del Principado de Asturias. Así lo pensaban importantes sectores de CC OO que respaldaban su candidatura. Iglesias pondría una condición para ser el cabeza de lista de la coalición de izquierdas: un amplio consenso desde las asambleas de base hasta la cúpula de IU y el PCA, cuyo secretario general era entonces Gaspar Llamazares. “Gerardo quería un proceso asambleario que respaldase su candidatura y Llamazares no estaba muy ilusionado con eso”, señala este exdirigente. Al no darse las condiciones y considerar que se le estaba aceptando de mala gana como candidato, Iglesias declinaría la propuesta y Laura González sería finalmente la candidata de IU a las elecciones autonómicas de 1991.

El ex secretario general del PCE y fundador de IU desaparecía entonces casi por completo de la vida pública. A partir de entonces solo hará algunas fugaces y esporádicas apariciones en los medios. Su accidente en la mina y su retiro por invalidez en 1992 darían lugar a una campaña de calumnias por parte del SOMA-UGT de José Angel Villa sobre el supuesto carácter fraudulento de su jubilación, que le obligarían a salir defendiendo su honorabilidad con los papeles médicos en la mano. Su abandono de IU y del PCE en 1993, entre críticas a Anguita y Llamazares. Y, por último, la puesta en marcha en 1994 de un restaurante en Xixón, de nombre La Cerezal, como la aldea en la que había nacido 50 años antes.

Manuel Vázquez Montalbán escribiría sobre el ex secretario general reconvertido en hostelero, que “de vez en cuando Gerardo Iglesias vuelve a la Historia y dice lo que piensa, lo que siempre ha pensado, sobre izquierdas, derechas y todo lo contrario, pero su vida cotidiana se mueve ahora entre sardinas rellenas y lomos a la cerveza negra, desde el placer inocente de dar de comer bien y barato dentro de lo que cabe”. Y después un gran silencio. Un silencio de casi dos décadas roto por la crisis económica y el 15M.

En octubre de 2011 Iglesias reaparecía con la publicación de Por qué estorba la memoria, un libro sobre la historia de la guerrilla antifranquista en Asturies a la que seguiría una exposición comisariada por él mismo, y un segundo libro Amnesia de los cómplices150 historias que claman contra la impunidad del franquismo. Emergía así un Iglesias desconocido, que había dedicado su jubilación de todo a trabajar en la documentación histórica del primer antifranquismo asturiano. Había expectación por volver a escuchar hablar a Gerardo, Gerardín para su gente, después de tantos años desaparecido de todo. La guerrilla era importante, pero lo que la gente quería escuchar sobre todo era qué pensaba de lo estaba pasando en España y en el mundo.

 

Para un ex dirigente gijonés del PCE y de IU, Gerardo nunca había pintado nada en Madrid, pero en cambio podía ser un gran candidato a la presidencia autonómica del Principado de Asturias

 

El regreso de Iglesias tenía lugar al calor de las grandes movilizaciones sociales del periodo 2011-2014 y las presentaciones de su libro generarían tanta expectación como 20 años atrás había generado su insólito regreso a la mina. Iglesias volvía a opinar en largas entrevistas sobre todo un poco: la crisis económica y política, la corrupción, la Transición, la memoria histórica, el 15M, el futuro de la izquierda… El desprestigio de la política profesional revalorizaba la trayectoria biográfica de un tipo honesto y fiel a sus ideas. Una nueva generación le descubría y otras anteriores le redescubrían, tal y como pasaría entonces con otros viejos rockeros de la izquierda como Julio Anguita o Xosé Manuel Beiras, otra vez de moda con el post 15M.

Iglesias volvía a estar en su salsa, cómodo con un público que acudía a escucharle y unos medios que ahora le trataban con el respeto de un gurú. En 2014 acogería con ilusión el nacimiento de Podemos, se dejaría querer por sus fundadores en Asturies y el secretario general de la formación morada, Daniel Ripa, le llegaría a sondear para ir en las listas del partido. Iglesias rechazaría la invitación no por falta de ganas, sino de salud, y quizá porque seguía conservando bastantes amigos en IU con los que no quería enfrentarse, aunque por entonces también diría públicamente y en privado que Podemos se parecía a la IU con la que él había soñado, una IU en la que siempre le había estorbado el PCE. También defendería la formación de Unidas Podemos y la confluencia de Podemos e IU con las mareas gallegas, Compromís o los comunes. Pablo Iglesias, candidato de Podemos en 2015, insistió en que Gerardo se encargara de defender en el Congreso la propuesta de ley de memoria histórica del partido morado. 

En 2016 dando por roto el Pacto de la Transición se unía a la Querella Argentina contra los crímenes del franquismo con un duro alegato contra la impunidad de la dictadura. Antes había reclamado un museo de la guerrilla antifranquista similar a los de la resistencia antifascista que existen en otros países de Europa. Luchar contra la impunidad de los últimos torturadores vivos y lograr los mismos honores de los resistentes franceses o los partisanos italianos para aquellos guerrilleros que le tuvieron en brazos siendo un niño es la última batalla del Guaje de La Cerezal.

 

 

 


Deja tu opinión

Tu dirección de correo no será publicada.


*