TEMA DEL TRAIDOR Y DEL HÉROE: «Ay del que está solo», por Luis Algorri. «Está todo en Shakespeare. No hace falta buscar mucho más allá».

Está todo en Shakespeare

Tema del traidor y del héroe
(Artificios, 1944; Ficciones, 1944)

 

Está todo en Shakespeare
Jorge Luis Borges, (1899–1986)

So the Platonic Year
Whirls out new right and wrong,
Whirls in the old instead;
All men are dancers and their tread
Goes to the barbarous clangour of a gong.

W.B. Yeats: The Tower

 

Bajo el notorio influjo de Chesterton (discurridor y exornador de elegantes misterios) y del consejero áulico Leibniz (que inventó la armonía preestablecida), he imaginado este argumento, que escribiré tal vez y que ya de algún modo me justifica, en las tardes inútiles. Faltan pormenores, rectificaciones, ajustes; hay zonas de la historia que no me fueron reveladas aún; hoy, 3 de enero de 1944, la vislumbro así.

La acción transcurre en un país oprimido y tenaz: Polonia, Irlanda, La república de Venecia, algún estado sudamericano o balcánico... Ha transcurrido, mejor dicho, pues aunque el narrador es contemporáneo, la historia referida por él ocurrió al promediar o al empezar el siglo XIX. Digamos (para comodidad narrativa) Irlanda; digamos 1824. El narrador se llama Ryan; es bisnieto del joven, del heroico, del bello, del asesinado Fergus Kilpatrick, cuyo sepulcro fue misteriosamente violado, cuyo nombre ilustra los versos de Browning y de Hugo, cuya estatua preside un cerro gris entre ciénagas rojas.

Kilpatrick fue un conspirador, un secreto y glorioso capitán de conspiradores; a semejanza de Moises que, desde la tierra de Moab, divisó y no pudo pisar la tierra prometida, Kilpatrick pereció en la víspera de la rebelión victoriosa que había premeditado y soñado. Se aproxima la fecha del primer centenario de su muerte; las circunstancias del crimen son enigmáticas; Ryan, dedicado a la redacción de una biografía del héroe, descubre que el enigma rebasa lo puramente policial. Kilpatrick fue asesinado en un teatro; la policía británica no dio jamás con el matador; los historiadores declaran que ese fracaso no empaña su buen crédito, ya que tal vez lo hizo matar la misma policía. Otras facetas del enigma inquietan a Ryan. Son de carácter cíclico: parecen repetir o combinar hechos de remotas regiones, de remotas edades. Así, nadie ignora que los esbirros que examinaron el cadáver del héroe, hallaron una carta cerrada que le advertían el riesgo de concurrir al teatro, esa noche; también Julio César, al encaminarse al lugar donde lo aguardaban los puñales de sus amigos, recibió un memorial que no llegó a leer, en que iba declarada la traición, con los nombres de los traidores. La mujer de César, Calpurnia, vio en sueños abatir una torre que le había decretado el Senado; falsos y anónimos rumores, la víspera de la muerte de Kilpatrick, publicaron en todo el país el incendio de la torre circular de Kilgarvan, hecho que pudo parecer un presagio, pues aquél había nacido en Kilvargan. Esos paralelismos (y otros) de la historia de César y de la historia de un conspirador irlandés inducen a Ryan a suponer una secreta forma del tiempo, un dibujo de líneas que se repiten. Piensa en la historia decimal que ideó Condorcet; en las morfologías que propusieron Hegel, Spengler y Vico; en los hombres de Hesíodo, que degeneran desde el oro hasta el hierro. Piensa en la transmigración de las almas, doctrina que da horror a las letras célticas y que el propio César atribuyó a los druidas británicos; piensa que antes de ser Fergus Kilpatrick, Fergus Kilpatrick fue Julio César. DE esos laberintos circulares lo salva una curiosa comprobación, una comprobación que luego lo abisma en otros laberintos más inextricables y heterogéneos: ciertas palabras de un mendigo que conversó con Fergus Kilpatrick en día de su muerte, fueron prefiguradas por Shakespeare, en la tragedia de Macbeth. Que la historia hubiera copiado a la historia ya era suficientemente pasmoso; que la historia copie a la literatura es inconcebible... Ryan indaga que en 1814, James Alexander Nolan, el más antiguo de los compañeros del héroe, había traducido al gaélico los principales dramas de Shakespeare; entre ellos, Julio César. También descubre en los archivos un artículo manuscrito de Nolan sobre los Festpiele de Suiza: vastas y errantes representaciones teatrales, que requieren miles de actores y que reiteran hechos históricos en las mismas ciudades y montañas donde ocurrieron. Otro documento inédito le revela que, pocos días antes del fin, Kilpatrick, presidiendo el último cónclave, había firmado la sentencia de muerte de un traidor, cuyo nombre ha sido borrado. Esta sentencia no coincide con los piadosos hábitos de Kilpatrick. Ryan investiga el asunto (esa investigación es uno de los hiatos del argumento) y logra descifrar el enigma.

Kilpatrick fue ultimado en un teatro, pero de teatro hizo también la entera ciudad, y los actores fueron legión, y el drama coronado por su muerte abarcó muchos días y muchas noches. He aquí lo acontecido:

El 2 de agosto de 1824 se reunieron los conspiradores. El país estaba maduro para la rebelión; algo, sin embargo, fallaba siempre: algún traidor había en el cónclave. Fergus Kilpatrick había encomendado a James Nolan el descubrimiento del traidor. Nolan ejecutó su tarea: anunció en pleno cónclave que el traidor era el mismo Kilpatrick. Demostró con pruebas irrefutables la verdad de la acusación; los conjurados condenaron a muerte a su presidente. Éste firmó su propia sentencia, pero imploró que su castigo no perjudicara a la patria.

Entonces Nolan concibió un extraño proyecto. Irlanda Idolatraba a Kilpatrick; la más tenue sospecha de su vileza hubiera comprometido la rebelión; Nolan propuso un plan que hizo de la ejecución del traidor un instrumento para la emancipación de la patria. Sugirió que el condenado muriera a manos de un asesino desconocido, en circunstancias deliberadamente dramáticas, que se grabaran en la imaginación popular y que apresuraran la rebelión. Kilpatrick juró colaborar en ese proyecto, que le daba ocasión de redimirse y que rubricaría su muerte.

Nolan, urgido por el tiempo, no supo íntegramente inventar las circunstancias de la múltiple ejecución; tuvo que plagiar a otro dramaturgo, al enemigo inglés William Shakespeare. Repitió escenas de Macbeth , de Julio César. La pública y secreta representación comprendió varios días. El condenado entró en Dublin, discutió, obró, rezó, reprobó, pronunció palabras patéticas, y cada uno de esos actos que reflejaría la gloria, había sido prefigurado por Nolan. Centenares de actores colaboraron con el protagonista; el rol de algunos fue complejo; el de otros, momentáneo. Las cosas que dijeron e hicieron perduran en los libros históricos, en la memoria apasionada de Irlanda. Kilpatrick, arrebatado por ese minucioso destino que lo redimía y que lo perdía, más de una vez enriqueció con actos y con palabras improvisadas el texto de su juez. Así fue desplegándose en el tiempo el populoso drama, hasta que el 6 de agosto de 1824, en un palco de funerarias cortinas que prefiguraba el de Lincoln, un balazo anhelado entró en el pecho del traidor y del héroe, que apenas pudo articular, entre dos efusiones de brusca sangre, algunas palabras previstas.

En la obra de Nolan, los pasajes imitados de Shakespeare son los menos dramáticos; Ryan sospecha que el autor los intercaló para que una persona, en el porvenir, diera con la verdad. Comprende que él también forma parte de la trama de Nolan... Al cabo de tenaces cavilaciones, resuelve silenciar el descubrimiento. Publica un libro dedicado a la gloria del héroe; también eso, tal vez, estaba previsto.

 

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 "Ay del que está solo"

Si el número de traidores es lo bastante elevado (y aquí lo son todos menos dos o tres), la traición se convierte en heroísmo. Todo depende de quién lo cuente

Por Luis Algorri

Vozpopuli

 

Está todo en Shakespeare. No hace falta buscar mucho más allá.

Hace días… No, hace días no; aquí la fecha es importante. El miércoles l6 de febrero, día antes del Jueves de Dolores, yo conversaba con una persona importante dentro del PP. Ocupa y ha ocupado puestos de relevancia. Es un gran tipo. Pero no hablábamos de política sino de literatura, de arte, de la construcción de los personajes de una novela, de Cinco horas con Mario (Delibes), de las mujeres, del feminismo, de la honradez. Como ya rozábamos la cosa pública, se arrancó: “En política hay muchas buenas personas. Muchas y muy buenas. Pablo Casado es una buena persona, por ejemplo”.

Yo sonreía y callaba. Y él insistió: “No, Luis, en serio. Pablo Casado es muy buena persona”. Le dejé hablar y lo repitió: “Muy buena persona”. A la cuarta vez le hice ver, con toda delicadeza, que estábamos hablando de otra cosa. Que yo no le había preguntado en absoluto por Pablo Casado. Que no entendía su interés en convencerme de aquello.

Eso fue la víspera de la erupción. Tengo la firme convicción de que mi amigo no tenía ni la más remota idea de lo que iba a suceder al día siguiente, eso lo sabían muy pocos. Pero sus palabras sonaban casi igual que las que Antonio pronunció ante el cadáver de César en el drama de Shakespeare: “Bruto es un hombre honrado… Bruto es un hombre honrado…” Hasta que la multitud, enardecida por tanta honradez, corrió a buscar a Bruto para asesinarlo.

Está todo esto en Shakespeare. No es nada difícil ver a Casado en la figura de Lear cuando el monarca se da cuenta, aterrado, de que nadie lo quiere. Ha dado a sus hijas, y a los maridos de sus hijas, todo cuanto son, todo cuanto tienen. Pero una tras otra lo abandonan (salvo Cordelia), lo traicionan, lo reducen a la miseria y lo echan de su casa. ¿Por qué lo hacen? Para quedarse con el trono y con las riquezas del rey, el motivo siempre suele ser el mismo. Y lo hacen, no faltaba más, en nombre del reino, de la paz y de la prosperidad, del bien supremo. Pero, una vez depuesto Lear, sus vencedores (los traidores) se despedazan entre sí. Todavía no hemos llegado a eso. Hay tiempo: el drama de Shakespeare dura cinco actos y estamos más o menos al final del segundo.

 

El espectáculo de la traición, de la deslealtad, de la doblez y de la ingratitud elevados a un grado inimaginable

 

Está todo en Shakespeare. La pérfida Lady Macbeth (un personaje con barba y ojos azules) calentando incesantemente la cabeza de su marido, Lord Macbeth Ayusoun tipo no demasiado inteligente pero muy pagado de sí mismo y extraordinariamente ambicioso, para que vaya deshaciéndose uno por uno de todos sus rivales hasta alcanzar lo que quiere: el trono, el poder. Con los géneros cambiados, es casi lo mismo. Tampoco ha terminado el drama. Estamos al final del primer acto y Macbeth ha hecho una pausa antes de lanzarse contra el querido y aclamado rey Duncan, un gallego al que todos respetan ahora pero que tiene lo que el otro ambiciona: la corona. El poder. Como saben, la obra de Shakespeare termina con el bosque de Birnam (diríamos que los militantes o los votantes) avanzando hacia el refugio de Macbeth y acabando con él. Démosles tiempo. Hace falta para que la Justicia analice como es debido esos contratos extraños de las mascarillas.

Ay del que está solo, dice el Eclesiastés, porque no hallará a nadie que lo levante. Pero ni ese libro terrorífico y deprimente, ni la obra completa de Shakespeare contienen lo que hemos tenido la desdicha de ver en estos días: el espectáculo de la traición, de la deslealtad, de la doblez y de la ingratitud elevados a un grado inimaginable. Como suele decir mi padre, santos, lo que se dice santos, vamos quedando cada vez menos.

Casado cantó su último lamento en el Congreso, el pasado miércoles. Como en tantas ocasiones más, no dijo la verdad. “Entiendo la política desde la defensa de los más nobles principios y valores; desde el respeto a los adversarios y la entrega a los compañeros”. Eso no es cierto. Su pelea ha sido la de Ricardo III, también de Shakespeare: la eliminación de sus adversarios internos, primero, y el intento despiadado de acabar con los de enfrente para lograr el poder. Eso era todo. No ha habido ningún respeto al adversario, jamás. No hay insulto que no haya repetido, no hay improperio que se haya ahorrado, no hay obstrucción ni trampa que no haya intentado: la última, la de la votación del decreto de la reforma laboral, fue de las más sañudas y también le salió mal, pero de ningún modo ha sido la única. Casado, cuyo apuñalamiento a los pies de la estatua de Pompeyo Sánchez (Shakespeare, una vez más) ha provocado lágrimas de sincero dolor en personajes como Pablo Montesinos (sería la Ofelia de Hamlet), ha tenido optimismo, alegría, bisoñez, impremeditación, juventud, sonrisas, audacia, lo que se quiera. Lo que no ha tenido jamás ha sido piedad.

 

Cuando Ayuso y su mentor decidieron reventar el partido para generar un siempre útil río revuelto, lo primero que pidió todo el mundo fue la cabeza de García Egea

 

El partido, y sobre todo el grupo parlamentario, han tenido motivos más que sobrados para detestar a su número dos, García Egea, que es el Yago de esta historia, o quizá el Shylock. Ha pastoreado a los diputados y a los altos cargos con la dulzura con que el lobo cuida de las ovejas. No el mastín: el lobo. Su aparición en televisión justo después de dimitir, súbitamente convertido en Teo, el amigo de los niños, resultó patética. Nunca fue tal cosa. Se ganó a conciencia el odio personal de todos, o de casi todos. Cuando Ayuso y su mentor decidieron reventar el partido para generar un siempre útil río revuelto (¿quién convocó, y cómo, y con la ayuda de quién, las manifestaciones a las puertas de Génova, vamos a ver?), lo primero que pidió todo el mundo fue la cabeza de García Egea. La de Casado la pidieron después.

Pero lo peor no se encuentra siquiera en Shakespeare. Lo peor de este espanto es que todos, vencedores y vencidos en esta reyerta, tienen ya la conciencia clara de que esto le puede pasar a cualquiera. ¿Por qué? Porque todo es mentira. En el PP y en cualquier otro partido. Las sonrisas, las palmadas en la espalda, las alabanzas, los vítores de “presidente, presidente”. Los apoyos. Las adhesiones inquebrantables. Todo eso es falso, lo acabamos de ver… o lo acabamos de volver a ver.

Casado, habituado durante cuatro años al sahumerio de los suyos, a las aclamaciones, los abrazos y a la más descarada adulación, debió de pensar que algo de verdad, algo de sinceridad habría en ello. No era así en absoluto. Pero no por él, que lo único que hizo fue intentar acabar con una rival peligrosa (algo que habrían hecho muchos en su lugar); le puede suceder a cualquiera. Ese es el horror de hoy mismo: que todos saben que ninguno está a salvo. Que todos saben que todos mienten, que todos fingen, que todos se doblegan y luego todos traicionan. A quien sea, eso da igual. Y todos, por supuesto, defienden luego su traición como un acto noble, un gesto de valentía, de pundonor y de justicia. Lo único que les faltaba era sentirse culpables. Eso jamás. Es una cuestión de cantidad. Si el número de traidores es lo bastante elevado (y aquí lo son todos menos dos o tres), la traición se convierte en heroísmo. Todo depende de quién lo cuente. Y de cuántas veces.

En Shakespeare, César, al caer herido de muerte por muchos, vio su amigo más querido con el puñal ensangrentado en la mano. “¿Tú también, Bruto?”, murmuró. Si Pablo Casado hubiese tenido que decir lo mismo a cada uno de sus fidelísimos que lo han apuñalado, los que le deben el puesto y la carrera, la escena del apuñalamiento de César duraría tres horas.

Ay del que está solo, porque no hallará a nadie que lo levante. Ay del que está solo y no lo sabe, porque está rodeado de gente que le aclama. Es obligado repetir la célebre cita de Winston Churchill: En política hay amigos íntimos, amigos corrientes, conocidos, adversarios, enemigos, enemigos acérrimos y… compañeros de partido”.

 

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LORD OF THE DANCE

 

 

 


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