HOJAS DE HIERBA, por Walt Whitman. «¡Por Dios! Nada aceptaré que no sea ofrecido a los demás en iguales condiciones».

Walt Whitman

Biografías y Vidas

Walt Whitman en una imagen de 1887

 

(West Hills, Estados Unidos, 1819 - Camden, id., 1892) Poeta estadounidense. Hijo de madre holandesa y padre británico, fue el segundo de los nueve vástagos de una familia con escasos recursos económicos. Pasó sólo ocasionalmente por la escuela y pronto tuvo que empezar a trabajar, primero, y a pesar de su escasa formación académica, como maestro itinerante, y más tarde en una imprenta.

Allí se despertó su afición por el periodismo, interés que le llevó a trabajar en varios diarios y revistas neoyorquinos. Nombrado director del Brooklyn Eagle en 1846, permaneció en el cargo sólo dos años debido a su disconformidad con la línea abiertamente proesclavista defendida por el periódico. Su afición por la ópera (género que influyó enormemente en su obra poética) le permitió coincidir en una noche de estreno con un dirigente del periódico de Nueva Orleans Crescent, quien lo convenció para que dejara Nueva York y aceptase una oferta para trabajar en el diario.

Durante el viaje hacia al Sur, que emprendió en 1848, tuvo la oportunidad de contemplar una realidad, la de provincias, para él totalmente desconocida y que, en definitiva, sería decisiva para su carrera futura. Por todo este conjunto de experiencias, cuando regresó a Nueva York, unos meses después, abandonó el periodismo y se entregó por completo a la escritura.

La primera edición de su gran obra, Hojas de hierba (Leaves of grass), no vio sin embargo la luz hasta 1855. Esta primera edición (habría otras ocho en vida del poeta) constaba de doce poemas, todos ellos sin título, y fue el propio Whitman quien se encargó de editarla y de llevarla a la imprenta. De los mil ejemplares de la tirada, Whitman vendió pocos y regaló la mayoría, uno de ellos a Ralph Waldo Emerson, importante figura de la escena literaria estadounidense y su primer admirador. Su crítica, muy positiva, motivó a Whitman para seguir escribiendo, a pesar de su ruinosa situación económica y de la nula repercusión que, en general, habían tenido sus poemas.

Al año siguiente apareció la segunda edición, y cuatro años más tarde la tercera, que amplió con un poema de presentación y otro de despedida. La noticia de que su hermano George había sido herido, al comienzo de la Guerra Civil, le impulsó a abandonar Nueva York para ir a verle a Fredericksburg. Más tarde se trasladó a Washington, donde, apesadumbrado por el sufrimiento de los soldados heridos, trabajó voluntariamente como ayudante de enfermería.

Tras el fin de la contienda, se estableció en Washington y trabajó para la Administración. Allí publicó varios ensayos de contenido político, en los cuales defendía los ideales liberales y la democracia, pero rechazaba el materialismo que, a su juicio, impregnaba la vida y las aspiraciones de la sociedad estadounidense. Aquejado de varias enfermedades, en 1873 se vio obligado a abandonar Washington y trasladarse a Camden, en Nueva Jersey, donde permaneció hasta su muerte. Dedicó los últimos años de su vida a revisar su obra poética, y a escribir nuevos poemas que fue incluyendo en las sucesivas ediciones de Hojas de hierba.

Whitman fue el primer poeta que experimentó las posibilidades del verso libre, sirviéndose para ello de un lenguaje sencillo y cercano a la prosa, a la vez que creaba una nueva mitología para la joven nación estadounidense, según los postulados del americanismo emergente. El individualismo, los relatos de sus propias experiencias, un tratamiento revolucionario del impulso erótico y la creencia en los valores universales de la democracia son los rasgos novedosos de su poética; en línea con el romanticismo del momento, propuso en su poesía una comunión entre los hombres y la naturaleza de signo cercano al panteísmo.

Tanto por sus temas como por la forma, la poesía de Whitman se alejaba de todo cuanto se entendía habitualmente por poético, aunque supo crear con los nuevos materiales momentos de hondo lirismo. Su influencia sería perceptible en las sucesivas generaciones líricas, tanto en su país (desde William Carlos Williams hasta Allen Ginsberg) como en otras literaturas (Rubén Darío o Federico García Lorca).

 

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"Camarada, esto no es un libro; el que lo toca, toca un hombre."

 

 

“Me aparto de las escuelas y de las sectas, las dejo atrás; me sirvieron, no las olvido; soy puerto para el bien y para el mal, hablo sin cuidarme de riesgos, naturaleza sin freno con elemental energía.”

He oído lo que hablaban los habladores, la fábula del principio y del fin, pero yo no hablo ni del principio ni del fin".

"Nunca hubo más principio que ahora, ni más juventud ni vejez que ahora, ni habrá más perfección que ahora, ni más infierno ni cielo que ahora.”

Un niño me preguntó: ¿Qué es la hierba?, trayéndola a manos llenas. ¿Cómo podría contestarle? Yo tampoco lo sé.”

“¿Ha pensado alguien que es afortunado nacer? Me apresuro a informarle que no es menos afortunado morir, y sé lo que digo.”

Estoy enamorado de cuanto crece al aire libre…”

Lo más común, lo más barato, lo más cercano, lo más fácil, eso soy yo.”

Estos son en verdad los pensamientos de todos los hombres en todas las épocas y países: no son originales míos".

"Si no son tan tuyos como míos, son nada o casi nada; si no son el enigma y la solución del enigma, son nada; si no son tan cercanos como lejanos, son nada".

"Esta es la hierba que crece donde hay tierra y hay agua, este es el aire común que baña el planeta”.

“¿Has oído que está bien ganar la batalla? Yo afirmo que perderla está bien, las batallas se pierden con el mismo coraje con que se ganan".

¡Vivas a los vencidos… y a los innumerables héroes desconocidos, iguales a los más famosos!”

“¿Crees que quiero asombrar? ¿Asombra, acaso, el día? ¿Asombra, acaso, el pájaro que canta temprano en el bosque? ¿Asombro yo más que ellos?"

"Ahora estoy hablando en la intimidad, no diría estas cosas a los otros, pero a ti te las digo.”

En todos los hombres me veo, ninguno es más ni menos que yo, y lo bueno y lo malo que digo de mí, lo digo de los otros.”

Existo como soy; eso basta; si nadie en el mundo lo sabe, estoy satisfecho; si todos y cada uno lo saben, estoy satisfecho.”

Soy el poeta de la mujer no menos que el poeta del hombre, y digo que es tan grande ser mujer como ser hombre, y digo que nada es mayor que ser la madre de hombres.”

“¿Has dejado atrás a los otros? ¿Eres el Presidente? Es una bagatela, cada uno de los otros te alcanzará y seguirá adelante.”

Lo que ha ocurrido bien en el pasado o lo que ahora ocurre bien, no es tal maravilla; la maravilla es que alguna vez pueda existir un hombre mezquino o sin fe.”

El que degrada a otro, me degrada… Digo el primordial santo y seña, hago el signo de la democracia".

Por Dios! No aceptaré nada que no sea ofrecido a los demás en iguales condiciones.”

Divino soy por dentro y por fuera, y santifico todo lo que toco y me toca; el aroma de estas axilas es más fino que las plegarias; esta cabeza es más que las iglesias, las biblias y todos los credos.”

Vamos, no quiero que me atormentes, tienes demasiada fe en el lenguaje… La escritura y la charla no me revelan, llevo en el rostro la plenitud y la prueba de todas las cosas, con silenciosos labios puedo refutar al escéptico.”

Todas las verdades aguardan en todas las cosas… Ni la lógica ni los sermones convencen, la humedad de la noche me penetra con más intensidad. (Sólo lo que por sí mismo es evidente a cualquier hombre o cualquier mujer, es así; sólo es así lo que nadie niega.)”

De nuevo el estertor de mi general que agoniza y furiosamente agita las manos, y ahogándose en la sangre murmura estas palabras: No se ocupen de mí, defiendan las trincheras.”

Las flores que adornan nuestros sombreros son la obra de millones de años.”

Sepan que no doy conferencias ni limosnas; cuando doy, me doy a mí mismo.”

He oído lo que se ha dicho del universo, lo he oído durante miles de años; no digo que esté mal, ¿pero es eso todo?”

Y te llevaré, quien quiera que seas, a mi nivel.”

Abatidos, escépticos, tontos y rechazados, frívolos, hoscos, quejumbrosos, airados, sensibles y descorazonados, ateos, a todos os conozco, conozco el mar de los tormentos, de las dudas, de la desesperación y la falta de fe.”

El reloj indica el momento -¿pero qué indica la eternidad?”

Soy el maestro de atletas…”

No tengo cátedra ni iglesia ni filosofía; no llevo a ningún hombre a una mesa puesta, a la biblioteca, a la bolsa; pero a cada uno de vosotros, hombre o mujer, lo llevo a una cumbre…”

No me olvides… Te amo, abandono lo material, soy como algo incorpóreo, triunfante, muerto.”

* * *

WALT WHITMAN, Hojas de hierba, 1855, traducción de Jorge L. Borges, Lumen.

 

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¡Oh, Capitán! ¡Mi Capitán!

Poema de Walt Whitman escrito en homenaje a Abraham Lincoln, presidente de EE.UU., después de su asesinato en 1865. Se publicó por primera vez el mismo año en un apéndice adjunto a la última versión de Hojas de hierba.

 

 

¡OH CAPITAN! ¡MI CAPITAN!  

 

¡Oh capitán! ¡Mi capitán! Nuestro espantoso viaje ha terminado, 

La nave ha salvado todos los escollos, hemos ganado el anhelado premio, 

Próximo está el puerto, ya oigo las campanas y el pueblo entero que te aclama,

Siguiendo con sus miradas la poderosa nave, la audaz y soberbia nave;

Más ¡ay! ¡oh corazón! ¡mi corazón! ¡mi corazón!

No ves las rojas gotas que caen lentamente,

Allí, en el puente, donde mi capitán

Yace extendido, helado y muerto. 

 

 ¡Oh capitán! ¡Mi capitán! Levántate para escuchar las campanas. 

Levántate. Es por ti que izan las banderas. Es por ti que suenan los clarines. 

Son para ti estos búcaros, y esas coronas adornadas. 

Es por ti que en las playas hormiguean las multitudes, 

Es hacia ti que se alzan sus clamores, que vuelven sus almas y sus rostros ardientes. 

¡Ven capitán! ¡Querido padre! ¡Deja pasar mi brazo bajo tu cabeza! 

Debe ser sin duda un sueño que yazgas sobre el puente. 

Extendido, helado y muerto.  

 

Mi capitán no contesta, sus labios siguen pálidos e inmóviles, 

Mi padre no siente el calor de mi brazo, no tiene pulso ni voluntad, 

La nave, sana y salva, ha arrojado el ancla, su travesía ha concluído.

¡La vencedora nave entra en el puerto, de vuelta de su espantoso viaje! 

¡Oh playas, alegraos! ¡Sonad, campanas! 

Mientras yo con dolorosos pasos 

Recorro el puente donde mi capitán 

Yace extendido, helado y muerto.

 

W.W.

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Walt Whitman: el artesano que se convirtió en el poeta de la democracia

Por Ricardo Sevilla

Contraréplica

 

Walt Whitman (1819-1892) fue un pésimo estudiante. Las noticias biográficas que hoy atascan los diarios, con el pretexto de hablar sobre el centenario de su natalicio, aseguran que el poeta nacido en West Hills (Nueva York) abandonó la escuela a los once años de edad. Mentira. En realidad, los profesores de Brooklyn (a donde la familia se había mudado) lo expulsaron, casi a patadas, debido a que el muchacho se mostraba constantemente extraviado y, sin venir a cuento, impostaba la voz y, como si fuera un emisario del apocalipsis, comenzaba a hablar sobre cierto “Engaño de Zeus”, sobre una extraña “Batalla junto al río” y hasta de un insólito “ángel sentado en el solio de un diamante”.

Ante semejantes desplantes, sus compañeros —e incluso sus profesores— lo catalogaron como un loco y, para que no contaminara a sus compañeros con aquellos delirios, decidieron echarlo de aquellas aulas.

Los mochos educadores de la City of Churches (ciudad de las iglesias) fueron tan pazguatos que jamás percibieron que Walt, simplemente, estaba recitando en voz alta —de memoria— algunos versos de La Ilíada y de la Divina Comedia.

Su padre, un cuáquero que temblaba ante la presencia de Dios, tampoco lo entendió, y empleó a su hijo como ayudante en el negocio que mantenía a la familia: una carpintería.Con eso, quizá pensaba su padre, el muchacho dejaría de andar pensando en círculos del Infierno y purgatorios.

Armado de un serrucho, clavos y lijas, Whitman se entretuvo durante algunos meses armando marcos para puertas, puliendo molduras y limando cualquier cantidad de tablones rugosos. Eso sí, no dejaba de escribir sus dos o tres versitos diarios.

Incapaz de convertirse en un artesano de la madera, Walt huyó de aquel taller de carpintería e ingresó como mozo de albañilería, donde las cosas le fueron peores: el adolescente tenía que cargar cubetas de arena, empujar carretillas de grava, además de llevar y traer ladrillos de arcilla, bloques de cemento y piedras enormes que, a la postre, terminarían pulverizándole la espalda.

Atormentado por un lumbago crónico,entró como aprendiz en una imprenta. Resulta increíble que ciertos periodistas dizque culturales aseguren que el poeta fue aceptado en “un taller de impresión”.

Pobres extraviados. En aquella época, simplemente, no había “talleres de impresión”. Y tampoco de serigrafía, aclaro, para que no vayan más lejos con sus bobadas.

De hecho, el trabajo que el futuro autor de Hojas de hierba desempeñó en aquel taller fue muy simple: entintaba los folios, que posteriormente se convertirían en estereotipos, utilizando cilindros de cuero Un método que, por lo demás, había sido ideado en Inglaterra por William Nicholson, por ahí de 1790.

Poco después, Walt consiguió un empleo como recadero (hoy le llamarían pomposamente Office Boy) en un pequeño bufete de abogados. Ahí descubrió que, además de recitar, también le gustaba escribir. Y no sólo eso: además detectó que era un burócrata con aspiraciones poéticas. Pero para infortunio del futuro autor del “Canto a mí mismo”, percibió que ahí no necesitaban escritores ególatras que, en algún momento de su vida, llegarían a decir: “Yo me celebro y yo me canto… a mí mismo”, sino a intercesores diligentes, menos vanidosos y más dispuestos a llevar litigios, realizar cobranzas, ofrecer consultas jurídicas, elaborar contratos y toda suerte de actividades legales que, en definitiva, chocaban con las aspiraciones líricas de un hombre que, años más tarde, terminaría diciendo: “Soy el poeta del Cuerpo y soy el poeta del Alma”.

Poeta —aunque todavía sin brillo—, una noche salió a probar suerte lejos de todos aquellos trabajos anodinos. Con las barbas crecidas —aunque todavía no tan largas como las de su ídolo Matusalén— anduvo deambulando de pueblo en pueblo, como un indigente, buscando un empleo que le procurara un poco de dinero y algo más de tiempo para dedicarse a sus labores líricas. “Soy el que camina con la tierra y creciente noche”, apuntaría años más tarde.

De hecho, durante los cinco años que siguieron Walt Whitman trabajó como profesor —siempre mal pagado— hasta en nueve ciudades distintas. La verdad es que nunca duraba mucho en los trabajos. Barbudo, y siempre con alguna cita bíblica en la boca, anduvo repartiendo poemas y cuentos en todas las publicaciones que le salían al paso. Pero, a juicio de los editores que revisaron los trabajos que trató de enjaretarles, se trataba de piezas y cuentos mediocres.

Pese a todo, Walter redactaba bien — sus ideas eran ordenadas, usaba frases cortas, utilizaba pocos adjetivos y, aunque utilizaba algunas palabras rebuscadas, empleaba adecuadamente puntos y comas— y fue aceptado como aprendiz en The Patriot, un semanario de Long Island.

La paga era una miseria y, en un acto de rebeldía, se cambió a The Long-Island Star, la competencia. Pero, una vez más, el inestable poeta salió huyendo de ahí. Un viejo amigo editor, al verlo tan menesteroso, quiso tenderle la mano y lo recomendó con un político local para que lo ayudara escribiendo discursos políticos. Lo hizo.

Pero, pasado un tiempecito, volvió a salir por pies.

Lo curioso de todo es que Canto a mí mismo, el poemario más conocido de Whitman, —y que cualquier político de medio pelo toca a la hora de hablar sobre la democracia— es una obra atiborrada de recalcitrantes giros prosaicos que abusa del versolibrismo. Pero, siendo sinceros, este Canto no le debe su trascendencia a su alta calidad poética (ni a su baja estrofa), sino a la bonhomía pastoril de su mensaje: aquí hombres y mujeres son iguales, y cada uno puede hacer lo que sueñe y le pegue la gana. ¡Ya está! A eso, simplemente.

Y aunque el resto de su poesía nos repite la misma cantinela, en diferentes modulaciones, el acierto de Whitman fue saberse pronunciar contra el puritanismo, clamar por la democracia, negarse a pagar impuestos y, para mayor melodrama, confeccionarse una perfecta imagen de vagabundo. En lo que a mí respecta, Walt Whitman me parece más un luchador social que le canta a la trova democrática que un poeta. Es más: sus propios epígonos: Wallace Stevens, D. H. Lawrence, T. S. Eliot, Fernando Pessoa e incluso Hart Crane me parecen altamente superiores.

Pese a todo, el catedralicio Harold Bloom —cuyo máximo elogio es comparar a todos los autores que le agradan con el autor de Hamlet— contradice mi postura y, con mayores galardones académicos, ha descrito al autor del Canto a mí mismo como “el Shakespeare estadounidense”.

 

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