EL SABLE Y EL ESPÍRITU, por Albert Camus

VENTAJAS DE UNA REPÚBLICA BIEN CONSTITUIDA

Por Ana Martínez Arancón

 

“El fin del estado es el bien común, que se plasma en la conservación y aumento del propio poder. Para lograr este bien común, es necesario cumplir ciertos requisitos: que no existan grandes desigualdades sociales, que todos los estamentos tengan una participación en el gobierno, y que el estado sea libre, sin estar sometido al voluntarismo de una persona o de un grupo parcial.” 

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Para conseguir ese sueño de un estado de duración indefinida, lo fundamental es organizar las cosas de la manera más adecuada, buscando la forma de gobierno que ofrezca más garantías de estabilidad. El fin del estado es el bien común, que se plasma en la conservación y aumento del propio poder.

Para lograr este bien común, es necesario cumplir ciertos requisitos: que no existan grandes desigualdades sociales, que todos los estamentos tengan una participación en el gobierno, y que el estado sea libre, sin estar sometido al voluntarismo de una persona o de un grupo parcial.

Para lograrlo nada mejor que un gobierno mixto, que participe de las tres formas políticas clásicas: monarquía, aristocracia y democracia. Y este gobierno mixto sólo puede darse en el seno de una república bien organizada, como lo fue la romana y como ha de serlo la que se construya para el futuro.

LA REPÚBLICA: BIEN COMÚN, LIBERTAD E IGUALDAD

Son muchas las ventajas que Maquiavelo encuentra en la forma republicana, y que la convierten en el régimen ideal, el más estable y el más apto para los proyectos venideros. Veamos algunas de ellas.

En primer lugar, en las repúblicas se mira más por el bien común, sin el obstáculo de los intereses particulares. Al ser el gobierno de todos, se busca de manera inmediata el bien de todos, y se ponen los medios para lograrlo sin hacer caso a prejuicios o inconvenientes particulares. Esto también facilita la elección de buenos magistrados, elección en la que el pueblo se equivoca mucho menos que los príncipes.

En segundo lugar, en la repúblicas el pueblo es libre, no está sometido a nadie, sino a la ley que es obra común, y participa del gobierno. Así, considera lo público como algo propio, que le concierne directamente, y toma parte de buena gana en la defensa del bien y de la libertad comunes, viendo sus progresos como cosa suya, y haciendo en su provecho muchos sacrificios que no haría en favor de un príncipe.

Además, en las repúblicas existe mucha más igualdad, y el estado debe mantenerla y procurarla, tratando de que los ciudadanos permanezcan en una relativa pobreza y, en cambio, el erario se enriquezca. Con esta igualdad, cualquiera, provenga de la familia más humilde o de la más acomodada, puede servir a la patria, si está capacitado para ello, y ser útil a la comunidad. Y también se evita la corrupción, pues nadie es tan poderoso como para ser capaz de comprarse partidarios, alterando con su interés privado los ordenamientos públicos.

DEFENSA DE LA PATRIA,  EQUILIBRIO DE PODERES Y AUSTERIDAD GENERAL

Otra ventaja es que, en las repúblicas, como todos tienen derechos, tienen también deberes, entre ellos el de la defensa de la patria. De este modo, se puede formar un ejército con los propios ciudadanos, lo que Maquiavelo juzga una conveniencia fundamental: primero, porque un estado así armado no dependerá de nadie para su defensa, será respetado y temido y podrá conservar sus adquisiciones; y segundo, porque es más fácil obtener la victoria si los soldados luchan por su patria, por sus bienes y por su libertad, que si son unos mercenarios alquilados que sólo pelean por dinero y que son gentes sin honor, sin principios ni ideales.

La quinta ventaja es que el reparto de poderes entre todos los estamentos sociales, o sea, el gobierno mixto, como lo llama Maquiavelo, es una fórmula política mucho más equilibrada, y por tanto más fuerte, y mucho más apta para resultar estable y duradera. Además, también es una forma política más dúctil. Las circunstancias cambian constantemente y requieren que cambien, asimismo, los modos de actuar.

Ahora bien: cada hombre tiene un carácter y tiende a actuar siempre de la misma manera; así que un reino, regido por un solo individuo, se adaptará mucho peor a los cambios que una república, que siempre puede colocar en el puesto adecuado a la persona idónea, por sus cualidades, su carácter y su conducta, para cada circunstancia concreta.

Una ventaja más es el hecho de que las repúblicas eliminan el problema de la sucesión que se presenta inevitablemente en las monarquías, pues a menudo los reyes no tienen hijos, o los que tienen no sirven para reinar. En cambio, las repúblicas siempre pueden encontrar un sucesor conveniente, y con las aptitudes justas para el momento, pues pueden elegir entre gran número de ciudadanos capaces.

Además, en las repúblicas no hay sitio para que crezca una nobleza muy poderosa y ociosa, que corrompa las costumbres con sus lujos y su molicie y que acabe con la libertad imponiendo su capricho a base de regalos. Una república exige un cierto grado de igualdad y de austeridad, y si permite que se desarrolle en su seno una nobleza arrogante y dispendiosa, se suicidará como estado y arruinará la vida civil.

RESPETO A LA LEY Y PREVENCIÓN DE LA CORRUPCIÓN

Por último, en las repúblicas se respeta la ley, expresión objetivada de la voluntad colectiva, por encima de cualquier voluntad personal. Esto pone al estado por encima de veleidades y ambiciones, en una situación muy ventajosa para enfrentarse con la fortuna.

La acción política individual tiene en ella un papel relevante, pero sólo como servicio al interés público, que le otorga sentido y justificación. Incluso la fuerza, los recursos extraordinarios que han de entrar en juego cuando la ley no basta para solucionar un grave problema, deben estar, de algún modo, previstos como tales recursos en toda república bien organizada, y así la fuerza se convierte en expresión del poder público, se racionaliza, y, aunque sea uno solo el que la ejerza, ya no es el fruto del voluntarismo privado o de las pasiones.

El estado republicano queda, pues, a salvo de la arbitrariedad. En este estado ideal, todo lo que se haga buscará el bien público, y, por tanto, estará bien hecho, pues el criterio para juzgar la bondad o maldad de las cosas es el resultado obtenido, y en consecuencia todo acto político que produzca un aumento del bien común será bueno.

Desde luego, esto sólo vale para repúblicas bien organizadas y que se mantengan libres de la corrupción. Para Maquiavelo, las repúblicas representaban la forma ideal de la actuación política, la plasmación de la libertad, el “vivir civil” por antonomasia. Pero si estaban mal ordenadas o corruptas, casi no podían considerarse verdaderas repúblicas, pues, en realidad, eran oligarquías o tiranías disfrazadas.

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ANA MARTÍNEZ ARANCÓN, Introducción a “Discursos a la primera década de Tito Livio”, de Maquiavelo, Alianza Editorial. Madrid, diciembre de 1986. Filosofía Digital 2006

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EL SABLE Y EL ESPÍRITU

Por Albert Camus

Forja tradicional japonesa de Katana

 

 

“Basta con saber lo que queremos. Y lo que queremos precisamente es no inclinarnos jamás ante el sable, no dar jamás razón a la fuerza que no se pone al servicio del espíritu. Cierto que es una tarea que no tiene fin. Pero aquí estamos nosotros para continuarla. Creo que los hombres jamás han dejado de avanzar en el conocimiento reflexivo de su propio destino. No hemos superado nuestra condición, y, sin embargo, la conocemos mejor. Nuestra tarea de hombres es encontrar las escasas fórmulas que apacigüen la angustia infinita de las almas libres. Tenemos que remediar lo que está desgarrado, tenemos que hacer la justicia imaginable en un mundo tan evidentemente injusto, hacer la felicidad significativa para pueblos envenenados con la desgracia del siglo. Permanezcamos firmes en el espíritu, incluso si la fuerza toma para seducirnos el rostro de una idea o de la comodidad. Ante la enormidad de la partida trabada, no debe olvidarse en todo caso la fuerza de carácter. Es ella la que, en el invierno del mundo, preparará el fruto”.

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“¿Sabéis -decía Napoleón a Fontanes lo que más admiro en el mundo? Es la impotencia de la fuerza para fundar algo. No hay más que dos poderes en el mundo: el sable y el espíritu. A la larga el sable es vencido siempre por el espíritu”.

Los conquistadores, según vemos, son a veces melancólicos. Es preciso pagar un poco el precio de tanta vanagloria. Pero lo que hace cien años era cierto para el sable, no lo es ya hoy tanto para el tanque. Los conquistadores han marcado puntos y el triste silencio de los lugares sin espíritu se ha establecido durante años en una Europa desgarrada. En los tiempos de las horrorosas guerras de Flandes, los pintores holandeses podían pintar quizá los gallos de sus corrales. De igual forma se ha olvidado la guerra de los Cien Años, y, sin embargo, las oraciones de los místicos silesianos moran todavía en algunos corazones. Pero hoy han cambiado las cosas, el pintor y el monje están movilizados: somos solidarios de este mundo. El espíritu ha perdido esa seguridad real que le sabía reconocer un conquistador; ahora se agota maldiciendo la fuerza, a falta de saberla dominar.

Almas piadosas andan diciendo que eso es un mal. No sabemos si eso es un mal, pero sabemos que existe. La conclusión es que es preciso arreglárselas con ello. Basta entonces con saber lo que queremos. Y lo que queremos precisamente es no inclinarnos jamás ante el sable, no dar jamás razón a la fuerza que no se pone al servicio del espíritu.

Cierto que es una tarea que no tiene fin. Pero aquí estamos nosotros para continuarla. No creo lo bastante en la razón para suscribir el progreso, ni en ninguna filosofía de la Historia. Creo al menos que los hombres jamás han dejado de avanzar en el conocimiento reflexivo de su propio destino. No hemos superado nuestra condición, y, sin embargo, la conocemos mejor. Sabemos que estamos en la contradicción, pero que debemos rechazar la contradicción y hacer lo que sea necesario para reducirla. Nuestra tarea de hombres es encontrar las escasas fórmulas que apacigüen la angustia infinita de las almas libres. Tenemos que remediar lo que está desgarrado, tenemos que hacer la justicia imaginable en un mundo tan evidentemente injusto, hacer la felicidad significativa para pueblos envenenados con la desgracia del siglo. Naturalmente, esto es una tarea sobrehumana. Pero se llaman sobrehumanas aquellas tareas que los hombres emplean mucho tiempo para desarrollar; eso es todo.

 

 

Sepamos, pues, lo que queremos, permanezcamos firmes en el espíritu, incluso si la fuerza toma para seducirnos el rostro de una idea o de la comodidad. La primera cosa es no desesperar. No escuchemos demasiado a los que gritan el fin del mundo. Las civilizaciones no mueren tan fácilmente; e incluso si este mundo debiera venirse abajo, sería después de otros. Es cierto que estamos en una época trágica. Pero muchas gentes confunde lo trágico y la desesperación. “Lo trágico -decía Lawrence debería ser como una gran patada a la desgracia.” He ahí un pensamiento sano e inmediatamente aplicable. Hay muchas cosas hoy que merecen esta patada.

Cuando vivía en Argel, tenía paciencia siempre durante el invierno, porque sabía que en una noche, una sola noche fría y pura de febrero, los almendros del valle de los Cónsules se cubrirían de flores blancas. Me maravillaba después ver cómo esta nieve frágil resistía a todas las lluvias y al viento del mar. Cada año, sin embargo, persistía, justo lo que era necesario para preparar el fruto.

No es ese un símbolo. No ganaremos nuestra felicidad con símbolos. Para ello se necesita más seriedad. Quiero decir únicamente que, a veces, cuando el peso de la vida se hace demasiado agobiante en esta Europa todavía plenamente hundida en su desgracia, me vuelvo hacia los países esplendentes donde tantas fuerzas están todavía intactas. Los conozco demasiado para no saber que son la tierra de elección donde la contemplación y el valor pueden equilibrarse. La meditación de su ejemplo nos enseña entonces que, si se quiere salvar el espíritu es preciso ignorar sus virtudes que gimen y exaltar su fuerza y sus prestigios. Este mundo está envenenado de desgracias y parece complacerse en ello. Está enteramente entregado a ese mal que Nietzsche llamaba el espíritu de opacidad. No ayudemos en ello. Es en balde llorar sobre el espíritu; basta con trabajar para él.

¿Pero dónde están las virtudes conquistadoras del espíritu? El mismo Nietzsche las enumeró como los enemigos mortales del espíritu de opacidad. Para él son la fuerza de carácter, el gusto, el “mundo”, la felicidad clásica, la dura arrogancia, la fría frugalidad del sabio. Estas virtudes son necesarias más que nunca, y cada uno puede elegir la que le convenga. Ante la enormidad de la partida trabada, no debe olvidarse en todo caso la fuerza de carácter. Yo no hablo de la que se acompaña en los estrados electorales con fruncimientos de cejas y amenazas. Sino de la que resiste a todos los vientos del mar por virtud de la blancura y de la savia. Es ella la que, en el invierno del mundo, preparará el fruto.

 

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ALBERT CAMUS, Premio Nobel 1957. Los almendros, 1940. Obras Completas, Tomo II: Ensayos. Aguilar, 1968, Edición mexicana. Traducción del catedrático Julio Lago Alonso. Filosofía Digital, 2009.

 

 

 

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