El Código Hays o la autocensura de Hollywood (ESPINOF)

La lección de los años veinte: de la fiesta interminable al auge del populismo

El mundo regresa a unos nuevos años veinte con la misma mezcla de esperanza, temor y desconcierto tecnológico que hace un siglo. ¿Qué queda del espíritu de aquella época? ¿Qué lecciones podemos extraer de aquella década, loca e intensa, durante la que parecía no existir límites?

Por Guillermo Altares
 
Mujeres en Berlín (1927). GEORGE RINHART GETTY IMAGES
 
 
Los años veinte del siglo pasado fueron un momento crucial en la lucha por la libertad en Europa y, a la vez, su mayor derrota. Se alzan como un tiempo de grandes esperanzas —y grandes juergas—, la época en que la humanidad creía haber aprendido la lección de la destrucción total de la I Guerra Mundial y avanzaba hacia el futuro de la mano de la tecnología, confiando en que la sociedad sería capaz de dejar atrás la violencia. Nunca los sueños fueron tan grandes y las utopías fueron tan peligrosas como en aquella época en la que nacieron los grandes totalitarismos en medio de un optimismo irrefrenable. Y ahora, casi sin darnos cuenta, en medio de un nuevo acelerón tecnológico, nos encontramos otra vez en unos años veinte. Resulta inevitable preguntarse qué queda de todo aquel frenesí, si existen paralelismos con nuestra época y, sobre todo, si podemos extraer lecciones de aquella década, loca e intensa, durante la que parecía que todo era posible.

En los años veinte, Federico García Lorca visitó Nueva York, Charles Lindbergh cruzó el Atlántico por primera vez en avión con el Spirit of St. Louis, las películas comenzaron a hablar, y Francis Scott y Zelda Fitzgerald se bebían el planeta. “Nueva York tenía toda la iridiscencia del comienzo del mundo”, escribió Francis Scott Fitzgerald en El Crack-Up (Capitán Swing). Las mujeres habían logrado el derecho al voto en numerosos países —la Enmienda 19 de la Constitución de Estados Unidos se aprobó en 1920, aunque las sufragistas ya habían vencido en Nueva Zelanda, Canadá y Austria—. La República de Weimar proporcionó a los alemanes, entre 1919 y 1933, un grado de libertad que en algunos lugares de Europa no se alcanzaría hasta los noventa. Pero las calles de Berlín eran tremendamente peligrosas, sacudidas por la pobreza y la violencia política. Aunque cegados por el resplandor de las fiestas, en Nueva York y Chicago la mafia creció exponencialmente y se mezcló con la política impulsada por la prohibición.

 
Actuación del cabaret Folies Bergère en Londres. HULTON-DEUTSCH COLLECTION GETTY IMAGES
 
 
“Curiosamente, lo que los estadounidenses no tenían claro era el presente”, escribe Bill Bryson en 1927: Un verano que cambió el mundo (RBA). “La I Guerra Mundial había dejado un mundo que la mayor parte de la gente consideraba vacío, corrupto y depravado”. La prohibición del alcohol solo sirvió para que los gánsteres se hiciesen más fuertes porque el whisky y la ginebra nunca faltaron. Como explica Bryson, “había tanto alcohol que durante una visita a Estados Unidos, el alcalde de Berlín preguntó al de Nueva York cuándo iba a empezar la prohibición”. El historiador Eric Burns ofrece en 1920. The Year That Make The Decade Roar (Pegasus Books) una visión similar sobre la percepción que los estadounidenses tenían de su futuro: “Por primera vez eran optimistas y creían que el siglo XX podía empezar de una vez sin interferencias y que los ochenta años que quedaban por delante iban a ser productivos y provechosos. Sin embargo, también tenían miedo y se preguntaban si el tratado alcanzado en París el año pasado aguantaría y les mantendría a salvo. Al terminar la Gran Guerra, el compositor francés Claude Debussy se lamentaba ante un amigo: ‘¿Cuándo se agotará todo este odio?’. Y no esperaba una respuesta”.
 
El temor estaba más que justificado. Fue la época en que un personaje de aspecto tan ridículo como amenazante llamado Benito Mussolini dirigió la marcha hacia Roma, la primera gran demostración de fuerza del fascismo, con la que llegó al poder. Mientras tanto, en Alemania, un pintor frustrado y charlatán de cervecería, un austriaco llamado Adolf Hitler, entró en la escena política con un golpe de Estado fracasado, el Putsch de Múnich, que difícilmente permitía entrever que, una década más tarde, llegaría al poder, desataría la II Guerra Mundial y ordenaría el mayor crimen de la historia, el Holocausto. En aquellos mismos años, un georgiano brutal que se había subido al carro de la revolución soviética llamado Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, conocido como Iósif Stalin, logró el control total sobre el Partido Comunista de la URSS y convertiría la vida de millones de personas en un infierno. Todo esto ocurrió entre 1922 y 1924, tres años en los que se sentaron las bases del mayor mal que se iba a abatir sobre la humanidad. Pero se producía mientras se bailaban foxtrot y charlestón y París era una fiesta.

 

Nunca los sueños fueron tan grandes y las utopías fueron tan peligrosas como en aquella época

 

Las grandes voces que nos llegan desde aquella década contemplan los años veinte con esa misma mezcla de optimismo e inquietud. En ‘Ecos de la Era del Jazz’, un artículo recogido en El Crack-Up y escrito en noviembre de 1931, las palabras de Francis Scott Fitzgerald resurgen desde la era del jazz y el crash de 1929 para describir unos tiempos que resultan extrañamente cercanos según avanza el siglo XXI. “Ahora tenemos apretado el cinturón una vez más y ponemos la expresión de horror adecuada cuando volvemos la vista hacia nuestra desperdiciada juventud. A veces, sin embargo, hay un rumor fantasmal entre los tambores, un susurro asmático en los trombones que me devuelve a los primeros años veinte, cuando bebíamos alcohol de madera y cada día, en todos los aspectos, nos hacíamos mejores y mejores (…). Y parecía solo una cuestión de unos pocos años que la gente se hiciera a un lado y dejara que el mundo lo manejaran quienes veían las cosas como eran —y todo eso nos parece rosado y romántico, a nosotros, que entonces éramos jóvenes— porque no sentiremos tan intensamente lo que nos rodea nunca más”.

Entonces, el mundo se levantaba tambaleante después de la I Guerra Mundial (1914-1918), un conflicto que nadie podía haber imaginado hasta que estalló —de hecho, 100 años después, los historiadores siguen debatiendo cómo empezó—. Afortunadamente, en el siglo XXI, Europa no tiene que reconstruirse desde las ruinas, físicas y morales, aunque nunca, desde el final de la II Guerra Mundial, los partidos de ultraderecha han tenido tanta fuerza ni sus discursos racistas tanta aceptación. Tampoco el antisemitismo, un odio que refleja que un mal muy peligroso está surgiendo en algún abismo de la sociedad, había estado tan generalizado. No se debe olvidar, como explican los guías en la visita al campo de exterminio nazi de Auschwitz, que los genocidios empiezan siempre con palabras.

Los años veinte acabaron con una brutal crisis económica, el crash de 1929, mientras que el siglo XXI arrancó con otra, en 2008, y llega a sus propios años veinte recuperándose todavía y preguntándose, con creciente inquietud, cuándo llegará la siguiente. Los sistemas de seguridad social puestos en marcha en Europa Occidental a partir de 1945 lograron mitigar levemente la pobreza provocada por la abrupta caída de los mercados, que arrastró el nivel de vida, pero no fueron suficientes para evitar el sufrimiento de los sectores más débiles de la población. Las clases medias de países como Portugal, Grecia, Italia o España sufrieron un durísimo castigo. Puede resultar exagerada una comparación con lo que ocurrió en la República de Weimar entre 1921 y 1923, cuando una población hambrienta, lisiada en las trincheras, traumatizada por la guerra, todavía sacudida por la epidemia de la gripe española, se enfrentó a la hiperinflación y a una pobreza devastadora. Sin embargo, las imágenes de los desahucios o de las familias esperando a que se llenen las basuras de los supermercados con alimentos caducados se convirtieron en moneda común. Para porcentajes demasiado elevados de la población resultaba imposible llegar a fin de mes, y el hambre y la calle eran amenazas reales. Tal vez no tengamos ejércitos de pobres como los que poblaban Berlín en los primeros años veinte, pero sí tenemos nubes de riders, jóvenes que recorren en bicicleta las grandes ciudades haciendo recados mal pagados, con una nula esperanza de lograr a corto plazo una seguridad laboral y, por lo tanto, vital.

 

Escena en Wall Street durante el crash de 1929. HULTON ARCHIVE GETTY IMAGES

 

Aún más importante incluso que la I Guerra Mundial, la Revolución Rusa, que estalló en 1917, marcó los destinos de lo que iba a ocurrir durante los años veinte, entonces como ahora. Uno de cada cinco habitantes de la tierra vive en la actualidad sometido a una dictadura comunista que, curiosamente, ha aceptado el capitalismo en lo económico, pero aplica técnicas brutales de control social. Se trata de un régimen implacable que se apoya además en nuevas tecnologías, como el reconocimiento facial, que han crecido de manera exponencial mientras mirábamos hacia otro lado o, mejor dicho, permanecíamos con los ojos clavados en la pantalla del móvil. “La Revolución Rusa desencadenó un vasto experimento de ingeniería social, quizás el mayor de la historia de la humanidad”, escribe el historiador británico Orlando Figes en La Revolución Rusa 1891-1924 (Edhasa). Un experimento que, como demuestran los campos de concentración en los que están siendo internados cientos de miles de musulmanes en China, los uigures, no ha terminado todavía. Un reciente informe de la consultora tecnológica IHS Markit calculaba que en 2021 habrá 1.000 millones de cámaras de vigilancia en todo el mundo, la mayoría de ellas en China. Estas cámaras, que permiten observar, archivar y estudiar los movimientos de cualquier ciudadano, están dopadas por unos sistemas de reconocimiento facial cada vez más sofisticados y por los avances en big data, la capacidad para procesar enormes cantidades de información en muy poco tiempo.
 

Fueron precisamente aquellos felices años veinte durante los que el fascismo y el nazismo cautivaron a la sociedad

 

Los años veinte cabalgaron también impulsados por una revolución tecnológica irrefrenable: coches, aviones, transportes públicos, cines, radios, luces eléctricas, inventadas a caballo entre el siglo XIX y el XX, se asentaban en la sociedad. Al igual que ocurre en el siglo XXI, las tecnologías más influyentes y revolucionarias vienen del pasado, como los móviles o la robótica, por no hablar de los efectos de la industrialización en el cambio climático, pero se ciernen sobre el futuro. El gran cineasta Jean Renoir trazó una foto maravillosa de cómo era el mundo justo antes de los años veinte, cuando escribió un precioso retrato de su padre, el pintor Pierre-Auguste Renoir, cuyos cuadros identificamos sobre todo con el siglo XIX. Renoir, mi padre (Alba) representa uno de los mejores retratos que se han hecho de los años anteriores a la gran transformación del siglo pasado. “Murió en 1919”, escribe el director de La gran ilusión y La regla del juego. “Cuatro años antes había pasado mi examen de piloto en la aviación. Habíamos conocido los bombardeos aéreos, el gas asfixiante. El campo había comenzado a vaciarse hacia las ciudades; los suburbios de París ya eran el horror que conocemos. Los obreros trabajaban en las fábricas. Las verduras que se consumían en París venían del Midi, incluso de Argelia. Teníamos un coche. Renoir tenía teléfono. Había sido operado y anestesiado. A los franceses les apasionaba el fútbol. Se había producido la revolución comunista. Existía el antisemitismo. Teníamos un proyector. El divorcio existía. Hablábamos del derecho de autodeterminación de los pueblos. El problema del petróleo dominaba el mundo. Las mujeres se dejaban el pelo corto. Existía el impuesto sobre la renta. Los pasaportes se habían convertido en obligatorios. Las carreteras estaban asfaltadas. Nuestra casa tenía calefacción central, agua fría y agua caliente, gas, electricidad, cuartos de baño”.

 

Redada en un speakeasy de Washington durante la prohibición. BETTMANN GETTY IMAGES

 

Sin embargo, se trata de inventos que identificamos con la década de los veinte porque fue entonces cuando se apoderaron de la vida cotidiana. En 1912, por ejemplo, solo el 12% de los hogares de EE UU tenía electricidad; en 1925, dos tercios disponían de luz y, por lo tanto, de la posibilidad de albergar neveras, lavadoras o radios. Al igual que el cine, la radio se inventó a finales del siglo XIX, pero su expansión se produjo en este periodo. El 2 de noviembre de 1920 se transmitieron por primera vez en vivo los resultados de las elecciones presidenciales. “Los años entre la I Guerra Mundial y la Gran Depresión fueron un periodo de excitación, movimiento y una nueva, más rápida, forma de vivir”, escribe Marcia Amidon Lusted en el libro The Roaring TwentiesDiscover The Era Of Prohibition, Flappers And Jazz (Nomad Press). “Fue el principio de la vida moderna, de las invenciones modernas y del nacimiento de la cultura popular, de una forma que los estadounidenses nunca habían experimentado antes”. Jean Renoir resumía así la creciente confianza en la tecnología: “Íbamos a pasar de la civilización de la mano a la civilización del cerebro”.

Stefan Zweig, uno de los escritores más lúcidos del siglo XX y uno de los novelistas más leídos en los años veinte del siglo pasado, pero también de este, recuerda así aquella época en sus memorias, El mundo de ayer (Acantilado): “La década de 1924 a 1933 —siempre la recordaré con gratitud— fue una época relativamente tranquila para Europa, antes de que aquel hombre pusiese nuestro mundo patas arriba. Precisamente porque había sufrido tantas conmociones, nuestra generación recibió la paz relativa como un regalo inesperado. Todos teníamos la sensación de que íbamos a recuperar la felicidad, la libertad y la concentración espiritual que los años nefastos de la guerra y de la posguerra habían arrebatado a nuestras vidas”. Sin embargo, fueron precisamente aquellos felices años veinte durante los que el fascismo y el nazismo supieron cautivar a la sociedad. Por muchas memorias que se lean de testigos de aquella época, sigue siendo espeluznante, por ejemplo, que la mayoría de los judíos europeos no viesen la que se les venía encima. Como en aquella escena de la película Cabaret en la que después de que los nazis organizasen un acto impresionante en un parque, uno de los personajes sostiene: “Los utilizaremos para librarnos de los comunistas, pero luego nos libraremos de ellos”.

Los años veinte del siglo XX representan sobre todo un recordatorio de la fragilidad de la democracia y de cómo la libertad puede retroceder cuando las fuerzas políticas se olvidan de defenderla día a día. También sirven para medir las consecuencias del odio, cuando se manipula y fomenta, como ocurrió con el antisemitismo no solo en Alemania, sino en toda Europa. Y este horror puede crecer incluso dentro de una sociedad desbordada por la creatividad. Los años veinte vivieron el estallido cultural de la República de Weimar; vieron cómo se formaba en España la generación del 27, el grupo poético más importante desde el siglo XVI, cuyos representantes —García Lorca, Cernuda, Aleixandre, Alberti…— seguimos leyendo y admirando. Fueron asimismo los años de la generación perdida, novelistas estadounidenses que nunca dejamos de leer. Y también son un ejemplo de cómo la tecnología puede transformar la sociedad en sus más pequeños detalles.

Cien años después de haber sido escrito, El gran Gatsby, de Francis Scott Fitzgerald, sigue hablando del presente. Así acaba la novela que mejor define aquella época: “Gatsby creía en la luz verde, en el orgiástico futuro que año tras año retrocede delante de nosotros. Se nos escapa en el momento presente, pero ¡qué importa!; mañana correremos más deprisa, nuestros brazos extendidos llegarán más lejos… Y una hermosa mañana… Y así seguimos adelante, botes contra la corriente, empujados incesantemente hacia el pasado”. Los que vivieron aquello no podían saber que se encaminaban hacia el desastre, hacia el Holocausto, la guerra civil española, las Grandes Purgas soviéticas y la II Guerra Mundial. Los más lúcidos pudieron intuirlo, sin duda, pero no existía ninguna certeza. Los habitantes de los años veinte del siglo XXI sabemos, con todos los datos que la ciencia es capaz de proporcionarnos, que nos encaminamos hacia el desastre climático y somos precisamente los que vivimos en este periodo la última generación que puede evitarlo. Ojalá no se cumpla la profecía de Gatsby y, un siglo después, la corriente no nos arrastre hacia el pasado y los años veinte sean, efectivamente, la era en que todo sea posible, en que el futuro pertenezca a los que ven las cosas como son.

 

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El código Hays o la autocensura de Hollywood

Por Miriam Figueras

ESPINOF

 

 

Durante más de treinta años, un férreo sistema de regulación del contenido cinematográfico puso a los profesionales del momento al límite de su ingenio con el fin de evitar que sus films fueran presa de la censura. A pesar de ser un indudable período de represión, esta necesidad de esquivar la tijera, hizo aflorar toda una serie de recursos, de dobles sentidos, de referencias veladas. En determinados casos y en géneros como la comedia, dio pie a la sugerente habilidad de no mostrar o no decir abiertamente aquéllo que resultaba obvio. El código Hays fue un conocido reglamento que estuvo vigente desde 1934 hasta 1968 y fue concebido por William H. Hays, miembro del partido republicano y el primer presidente de la Asociación de Productores y Distribuidores de Cine de América –MPPDA–.

El cine, como toda expresión artística, no tardó en generar polémica. En plena década de los años veinte, a los controvertidos argumentos que pudieran aparecer en pantalla, se sumaban los escándalos de actores y directores fuera de ella. La prensa sensacionalista de la época fue un hervidero con todas sus explosivas tribulaciones, plagadas de asesinatos, de drogas o de muerte. La meca del cine fue representada nada menos que como un escenario de depravación e inmoralidad. Entre los sucesos más sonados, encontramos el de la supuesta violación y posterior fallecimiento de la desconocida aspirante a actriz Virginia Rappe a manos del cómico Roscoe Arbuckle. También fue muy divulgado el divorcio de la entonces célebre Mary Pickford, de su primer marido Owen Moore, mientras mantenía un romance con Douglas Fairbanks.

Con el propósito de evitar la intervención gubernamental y favorecer la autoregulación, los jefes de los estudios cinematográficos decidieron crear en 1922 la MPPDA, posteriormente denominada MPAA –con la finalización de la Segunda Guerra Mundial– o Asociación Cinematográfica de Estados Unidos. William H. Hays fue nombrado su presidente y se le encomendó la misión de restablecer la buena imagen de Hollywood y, a la vez, dictaminar la moralidad de sus películas.

En 1929, con la ayuda del editor católico Martin Quigley y del sacerdote jesuita Daniel A. Lord, se elaboró el código de normas que, después de ser revisado por los dirigentes de los estudios, fue finalmente adoptado por la MPPDA en 1930. En primera instancia se le denominó The Production Code y más adelante fue nombrado para la posteridad como The Hays Code. Además de unos preceptos aleccionadores generales, enfocados en preservar la moral de las películas, se trazó una enorme lista de pautas de vigilancia que tenían en el punto de mira el sexo, especialmente, la violencia o la blasfemia.

 

La actriz Louise Brooks en el film ‘La caja de Pandora’.

 

De este modo, las escenas de pasión quedaron reducidas a la mínima expresión. Manifestaciones como besos y abrazos debían eliminar todo rasgo de lascivia y, por supuesto, cualquier escena explícita. En particular los besos se convirtieron en algo tan casto que incluso eran cronometrados, sólo podían durar unos pocos segundos. El matrimonio como institución también debía ser protegida, muestra del carácter moralizante de las normas. Los crímenes en pantalla debían mostrarse sin exhibir toda su brutalidad y el uso de las armas quedaba reducido al mínimo indispensable. El empleo irreverente del lenguaje, especialmente si era percibido como una ofensa a la religión, era eliminado. Estos son algunos ejemplos de las restricciones que marcaba el código y que obligaban a los cineastas a soslayar toda referencia evidente.

Otras normas además resultaban de lo más rocambolescas, sobretodo las más curiosas tienen que ver con el desnudo. En este sentido, la mujer, su vestimenta o la falta de ella; eran supervisados minuciosamente. Las transparencias o telas que destacaran en exceso sus formas no estaban permitidas y el ombligo no debía mostrarse bajo ningún concepto. Los hombres también eran motivo de censura, pues se consideraba lascivo mostrar el vello en el torso y no era aconsejable exponerlo. Estas observaciones tienen que ver con el carácter más inflexible de los censores pero aún siendo exageradas, dejaron una larga estela de puritanismo que todavía hoy en día conserva el cine estadounidense.

 

George Raft y Paul Muni en ‘Scarface, el terror del hampa’.

 

Durante sus primeros años de vigencia, se observó el código con cierta permisividad y ello favoreció a ciertas producciones que lograron esquivar sus directrices. En plena era de la Gran Depresión, los estudios no podían permitirse más pérdidas, por eso fueron reacios al principio a adoptar una serie de medidas que afectaban directamente a los géneros de moda, como las películas de gángsters o las comedias. Sin embargo, las amenazas de boicot por parte del sector católico de la sociedad americana y la retirada de fondos por parte algunos inversores influyentes, obligaron a los estudios a acatar el código en firme a partir de 1934. Estos años se denominaron como el Pre-Code Hollywood.

Algunas de las películas que sortearon de algún modo la censura en estos años fueron, entre otras, ‘El ángel azul‘ (‘Der blaue Engel, Josef Von Sternberg, 1930) con una sensual Marlene Dietrich. Otros ejemplos comprenden la película ‘Carita de ángel‘ (‘Baby face’, Alfred E. Green, 1933), con Barbara Stanwych usando abiertamente sus encantos para ascender socialmente; o ‘El signo de la cruz‘ (‘The Sign of the Cross’, Cecil B. DeMille, 1932), centrada en la época del emperador Nerón, interpretado por Charles Laughton, se muestran sus excesos de forma manifiesta.

 

Barbara Stanwyck en la película ‘Carita de ángel’.

 

Varios de estos films Pre-Code sufrieron la carga de la censura después de 1934. Un ejemplo es la película ‘Adiós a las armas‘ (‘A Farewell to Arms’, Frank Borzage, 1932), protagonizada por Gary Cooper y Helen Hayes, fue recortada a posteriori, de manera que sólo se conserva su versión censurada. Otros profesionales afectados por el código fueron los hermanos Marx –conocida es la audacia de sus diálogos– o algunas actrices, como Jean Harlow o Joan Blondell, sobretodo ésta última fue vetada en numerosas ocasiones.

Sin embargo, algunos creadores encontraron de algún modo en la severa vigilancia del código, un aliciente para retar su ingenio. Y es que, en muchas ocasiones, las dificultades son un estímulo para el que no se rinde ante ellas. Por eso maestros como Ernst Lubitsch o Alfred Hitchcock, supieron sortear la censura con su irrepetible talento y desarrollarlo de manera impecable. Sus fantásticos diálogos o las acciones detrás de una puerta cerrada, son dos de los hitos de la magia de Lubitsch. También es particularmente insuperable la célebre secuencia del largo beso interrumpido –recordemos que los besos sólo podían durar tres segundos–, en la que Cary Grant y Ingrid Bergman nos ofrecen una de las escenas más íntimas de la filmografía de Hitchcock en la maravillosa ‘Encadenados‘ (‘Notorious’, Alfred Hitchcock, 1946).

 
 

A la postre, la demanda de tramas más realistas y la evolución de la sociedad americana, dictaminó la desaparición del código Hays a finales de los años sesenta. Esta conclusión dio paso al sistema de clasificación por edades que se conserva hasta hoy en día. Además de observar esta etapa de la historia del cine como una época marcadamente restrictiva en muchos aspectos, creo que también debe apreciarse con admiración por el talento de tantos cineastas que convirtieron en irrepetibles sus maniobras de despiste. A pesar de que hoy en día se haya perdido bastante esta capacidad de sorprender al espectador y confiar en su intelecto –también los tiempos han cambiado–, yo les diría que lo que la tijera ha separado, que lo recupere el hombre.

 

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Código de censura cinematográfico de 1930: R.P.Daniel A. Lord, S.J.Martin Quigley, Will H. Hays. En Castellano

 

El código Hays fue un código de producción cinematográfico que determinaba con una serie de reglas restrictivas qué se podía ver en pantalla y qué no en las producciones estadounidenses. Creado por la asociación de productores cinematográficos de Estados Unidos (MPAA) describía lo que era considerado moralmente aceptable. Fue escrito por uno de los líderes del Partido Republicano de la época, William H. Hays, uno de los principales miembros del MPAA, y se hizo popular bajo su apellido. Se aplicó desde 1934 hasta que se abandonó en 1967, para dar lugar al nuevo sistema Clasificación por edades de la MPAA.

El código constituyó un sistema de censura, que prohibía la exhibición en Estados Unidos de la mayoría de las películas europeas o independientes que a menudo violaban el estilo de Hollywood.

Wikipedia

Will H Hays

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La Caja de Pandora (Die Büchse der Pandora, 1929) es un buen ejemplo de este cine en el que aparece la temática lésbica. El film nos cuenta la historia de Lulu, una prostituta que cautiva con su belleza e indiferencia, tanto a hombres como a mujeres. Entre las amantes de Lulú aparece el personaje de la condesa Augusta Geschwitz, celosa y dignamente enamorada de Lulú,

 

 

 

 

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