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44 AÑOS DE LAS ÚLTIMAS EJECUCIONES DEL FRANQUISMO. “Si nos tuviésemos que ir todos los que un día gritamos ¡Viva Franco!, aquí quedábamos cuatro” (José Bono)

PSOE y bien atado

Por Cristina Fallarás

Público

 

UNO: Los miles de socialistas asesinados por los franquistas siguen en las innumerables fosas comunes que mantienen España como un hediondo gruyere. DOS: En las últimas cuatro décadas de democracia, el PSOE ha gobernado durante 22 años. Y TRES: Los criminales del franquismo y de la Transición siguen en la calle, condecorados, y en puestos de relevancia en la Administración pública colocados ahí, entre otros, por los distintos gobiernos socialistas.

Aquí podría terminar este artículo, más allá de fallos del Supremo. A estas alturas…

En esas tres frases están retratados la España actual como hija y heredera de una larga y sangrienta dictadura, y el PSOE actual como garante de que así siga siendo.

Atado y bien atado.

Cuarenta años después.

Socialistas en las fosas. Y las fosas sin abrir.

Y una pregunta que no puedo quitarme de la cabeza cada vez que hablo con alguna persona perteneciente al PSOE o simpatizante: ¿Por qué sigues permitiendo, seguís permitiendo, que vuestros asesinados y asesinadas, hombres y mujeres que se jugaron la vida por la libertad y la democracia, sigan sin sepultura, en cunetas como perros reventados de un mal tiro, mientras continuáis pagando, y obligándonos a pagar, las honras del asesino? Siempre quedo a la espera de una triste respuesta que no llega, solo pido una única razón, una, aunque sea dura y pequeña como el hueso chupado de una oliva.

Si no tienen razones ni memoria para los suyos, qué decir del resto. 140 años de Partido Socialista, responden. Oh.

Todo lo que puede manar de ahí no es más que el retrato de una infamia, la perpetrada por el Partido Socialista Obrero Español durante los 40 años que llevamos de democracia.

La infamia del PSOE que ha permitido que los criminales franquistas queden sin juzgar; y no sólo eso, sino que hayan sido premiados con condecoraciones, plazas en la Administración pública y sus alrededores, y remuneraciones a cargo del erario. Pienso en Antonio González Pacheco, Billy El Niño, brutal torturador a quien ni el reciente ministro de Interior socialista Fernando Grande-Marlaska ha sido capaz de retirar las medallas que lo ensalzan y multiplican su pensión. O en Martín Villa, que ha recorrido cargo en todas las instancias de la Administración e incluso del Grupo Prisa. Pienso también en cómo encontramos normal que Manuel Fraga, preboste de la dictadura, cómplice del crimen, fundara y presidiera un partido de gobierno, el PP, nido de franquistas, y encabezara durante década y media el Gobierno gallego. O, sin ir más lejos, con qué soltura admitimos como “gran estratega de la Transición” y gran presidente, aeropuerto incluido, a uno de los delfines más afilados de la dictadura franquista, Adolfo Suárez.

La infamia del PSOE que ha negado cualquier ayuda a los familiares de los cientos de miles de represaliados y asesinados del franquismo; que ha rechazado de plano aplicar el principio de Verdad, Justicia y Reparación a aquellos que se jugaron la vida por cimentar la izquierda y la lucha por la democracia de la que ahora, sin sonrojo, se declara heredero el PSOE. Pienso en la recién fallecida Asunción Mendieta. En cómo no cejó hasta dar con los huesos de su padre en una fosa común de Guadalajara, en lo que nada quiso tener que ver ningún Gobierno español. Fue posible gracias al trabajo de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica, a los fondos del Sindicato de Electricistas Noruego, al trabajo voluntario de antropólogos forenses españoles, argentinos y británicos… Recuerdo cómo el jefe del grupo británico me dijo “En España ustedes andan sobre cadáveres”. Pienso en cómo Patrimonio Nacional, en este gobiernito de Pedro Sánchez, acaba de volver a retrasar la exhumación de los hermanos Lapeña en el Valle de los Caídos sin razones creíbles que esgrimir, pese a la sentencia judicial favorable.

La infamia del PSOE que ha rechazado las peticiones internacionales para que asesinatos, torturas, juicios sumarísimos y demás crímenes de lesa humanidad sean juzgados, amparándose de forma torticera en la Ley de Amnistía del 77, una ley de punto final encubierta para dejar libres a los criminales de la dictadura. Todavía recuerdo con dolor en el martes 20 de marzo de 2018, ¡hace solo año y medio!. Izquierda Unida acababa de plantear la derogación de dicha Ley. El PSOE se opuso, alegando, en palabras de Adriana Lastra, que crearía “inseguridad política”. El socialista Gregorio Cámara fue a más afirmando que se trataba de “uno de los pilares del pacto de la Transición”. Nada nuevo. Ya el 20 de diciembre de 2016 Podemos había presentado una proposición no de Ley para modificar la Ley de Amnistía y que pudieran juzgarse, como dicta el derecho internacional, los casos de torturas, desapariciones forzosas y crímenes de genocidio o lesa humanidad. De hecho, la ONU ya había instado al Gobierno español a hacerlo. Pues bien, tres partidos se opusieron a dicha modificación que habría permitido juzgar por fin los crímenes franquistas: PP, Ciudadanos y, oh, sorpresa, el PSOE.

La infamia de pactar, negociar y participar en todas las grandes empresas procedentes del franquismo, dinero de sangre, tales como Gas Natural, OHL, ACS, Acciona o Iberdrola, e incluso participar en sus consejos de Administración. Así como permitir que funcionen como corruptoras de todas las basuras que llevan años pudriendo a los partidos políticos, sin recibir condena alguna. Ver a los capitostes del PSOE, ex presidente, ex ministros y ministras, chupando de esa teta de la que manan el sudor y la tierra que quedaron entre las uñas de los esclavos republicanos.

La infamia, en fin, de fingir que una democracia puede crecer y considerarse como tal sin haber castigado a la dictadura de la que proceden sus instituciones, incluida la Corona, su jefatura de Estado, impuesta directamente por el dictador, y por lo tanto, aunque solo fuera por eso, sima de corrupción. De seguir engordando a la Iglesia católica y mantener intacto el tratado con la Santa Sede, que desvía más de 11.000 millones de euros de dinero público cada año a sus arcas; de no revertir el regalo a sus buitres de catedrales, iglesias, ermitas, conventos, joyas culturales de incalculable valors que eran públicos.

Se podría hablar de los desahucios, de la Ley Mordaza, de la Reforma Laboral, la incompleta Ley de Violencia de Género, las concertinas en la frontera, de los 12 millones de pobres que habitan en España según la OCDE, de los cuales más de dos millones y medio son niños. Se podría hablar de muchas cosas, pero todas nacen de un mismo tubérculo agusanado: un país en el que el partido llamado “socialista” pactó con la dictadura, pactó con los criminales, pactó con el capital de sangre esclava, pactó no tocar nada de eso. Ese partido “socialista”, el único que podía hacerlo, decidió no optar por la decencia, por la justicia y por la verdad. Y con esa opción nos condenó al lugar en el que nos encontramos, donde todo es mentira. Mentira sembrada de fosas cuajadas de huesos que permiten y perpetúan escudándose tras la exhumación del dictador.

Todo lo anterior habría resultado imposible sin el papel activo de los medios de comunicación.

Este domingo 22 de septiembre, la vicepresidenta del Gobierno en funciones, Carmen Calvo, declaraba en una entrevista al diario El País: “Yo confío mucho en la madurez y en el olfato que tiene la inmensa mayoría de este país. Salimos de una manera tan brillante de una dictadura a la democracia sin un solo roce de violencia, salvo ETA”. Inmediatamente, muchas personas con memoria le recordaron en las redes sociales los más de 600 muertos de la “modélica” Transición, no pocos de ellos asesinados por lo que podríamos llamar “poderes del Estado”. Lo primero que una se pregunta al leer dicha afirmación es: ¿Cómo se atreve? ¿Cómo se atreve a decir que salimos “de manera tan brillante de una dictadura” cuando aún pagamos el sueldo del jefe de Estado, rey para más inri, que colocó el dictador? ¿Cómo se atreve a olvidar las matanzas y las torturas llevadas a cabo desde estamentos institucionales y policiales? ¿Cómo se atreve sencillamente a decir “salimos”?

Se atreve por todo lo anteriormente expuesto.

No sé si da más miedo la frialdad de todos ellos o la evidencia de que los suyos decidieron hace tiempo no abrir los ojos.

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Si nos tuviésemos que ir todos los que un día gritamos ¡Viva Franco!, aquí quedábamos cuatro” (José Bono)

 

-José Luis Rodríguez Zapatero: hijo de Juan Rodríguez García-Lozano, abogado y asesor jurídico del Ayuntamiento de León durante el régimen de Franco. Su abuelo, Juan Rodríguez, fue capitán e hijo del teniente de infantería Sebastián Rodríguez. En 1934 a consecuencia de la huelga convocada por el PSOE y la UGT, participó en la represión de los mineros asturianos levantados en armas el 5 de octubre.

-Sonsoles Espinosa Díaz: esposa del ex presidente Rodríguez Zapatero. Su padre fue oficial de Intendencia y profesor en la Academia de Intendencia de Avila durante el régimen de Franco.

-Alfredo Pérez Rubalcaba: su padre fue un suboficial del Ejército del Aire durante el régimen franquista.

-María Teresa Fernández de la Vega Sanz: Hija de Wenceslao Fernández de la Vega y Lombán, delegado Provincial de Trabajo en Zaragoza con Franco. Fue condecorado con la Medalla al Mérito en el Trabajo en el 32º aniversario del “Alzamiento Nacional” el 18 de julio de 1971.

-Manuel Chaves: hijo de Antonio Chaves Pla: coronel de Artillería con Franco. Fue condecorado por el Caudillo y cuando era comandante, fue Jefe de las tropas nacionales en el norte de África. Su madre fue la jefa de la Sección Femenina de Falange y de las JONS en Ceuta.

-José Antonio Griñán: Su padre, Octaviano Griñán Gutiérrez, fue miembro del Regimiento de la Guardia de Su Excelencia el Jefe del Estado, acuartelado en El Pardo.

-José Bono Martínez: su padre fue un alcalde falangista de El Salobre (Albacete), su número de carnet de la Falange era el 230.096.

 

El Jueves

 

-Leire Pajín: sus abuelos paternos eran los jefes del Movimiento falangista en Sabero (León). Aurelia Echevarría, era la jefa de la Sección Femenina de la Falange leonesa. Teófilo Pascual Pajín Tejerina, llegó incluso a recibir un premio de los Sindicatos Verticales franquistas en reconocimiento a su labor como administrativo de una mina.

-Mariano Fernández Bermejo: ex ministro socialista de Justicia, hijo de un alcalde franquista, que además era jefe local de falange en Arenas de San Pedro (Ávila).

-Felipe González Márquez: secretario general del Partido Socialista Obrero Español desde 1974 a 1997 y tercer presidente del Gobierno de la democracia en España, desde 1982 a 1996. Del ex presidente se conoce muy poco de su infancia, aunque sí, hay algunas fotos suyas de la Agencia EFE en las que se le presume un pasado falangista.

-Carmen Romero: hija del que fuera coronel médico del Ejército del Aire y concejal de Sevilla, Vicente Romero y Pérez de León, que luchó en el bando Nacional durante la guerra civil.

 

No están, ni mucho menos, todos los que son; pero si son todos los que están

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44 años de las últimas ejecuciones del franquismo: «Mi padre era el juez y recibió instrucciones de muy arriba para fusilarlos«

El hijo de uno de los jueces del Consejo de Guerra, familiares de las víctimas, abogados presentes en el fusilamiento e investigadores denuncian «la vergüenza» del proceso y el horror en el paredón

Por Rafael J. Álvarez

El Mundo

 

 

«Mi padre y yo oímos los tiros con los que estaban fusilando a mi hermano. Después, como el sepulturero no quería hacerse cargo, tuvimos que enterrarlo nosotros. Yo pegué unas cuantas paladas… me ayudaron dos policías, un soldado y el cura. Fue el final de un consejo de guerra vergonzoso, sin testigos, con abogados expulsados y ni una prueba de culpabilidad. La camarilla de alrededor de Franco quería un escarmiento y les tocó a ellos. Estaban sentenciados de antemano».

Eran cinco.

Al primero lo ejecutaron en un camino forestal en Barcelona.

Al segundo junto a la tapia de la prisión de Burgos.

Al tercero, al cuarto y al quinto en un talud de un campo de tiro militar en Madrid.

Pelotones de fusilamiento compuestos por policías y guardias civiles que se habían presentado voluntarios mataron a los cinco condenados en la mañana del sábado 27 de septiembre de 1975.

Ahora, casi medio siglo después, Fernando Baena, que escuchó las descargas a unos cientos de metros de aquel paredón de tierra, habla por primera vez para un medio de comunicación. Es el hermano de Xosé Humberto Baena, el último de los últimos fusilados del franquismo. El último ejecutado en la Historia de España.

Hoy hará 44 años.

Apenas dos meses antes de su propia muerte, el dictador dejó un testamento de sangre que cuatro décadas y media después sigue espantando a los Derechos Humanos e incluso a la memoria de algunos de los que estuvieron en el lado franquista de esta historia. «Mi padre estaba apesadumbrado. Recibió instrucciones de muy arriba porque ya los tenían sentenciados. Él me dijo que estaba arrepentido de lo que tuvo que hacer». Habla Ignacio Martín Amaro, hijo del coronel Mariano Martín Benavides, el juez de uno de los tres consejos de guerra que dictaron las penas de muerte.

«ENLOQUECIDO PROCESO REPRESIVO»

Los fusilamientos, aquella pólvora de la mañana que cantara Luis Eduardo Aute en Al alba, fueron lo que el periodista Alfredo Grimaldos define en su libro La sombra de Franco en la Transición, como «el trágico desenlace de un enloquecido proceso represivo: detenciones masivas, torturas, arbitraria adjudicación de responsabilidades, juicios sumarios sin garantía y, por fin, cinco ejecuciones».

Todo se coció entre el 22 de agosto y el 19 de septiembre de 1975 con un Decreto Ley Antiterrorista redactado expresamente para avalar las ejecuciones y con varios juicios sumarísimos contra 11 activistas antifranquistas, algunos de ellos militantes o simpatizantes de ETA y del FRAP. De aquellas 11 condenas a muerte, seis se conmutaron por 30 años de cárcel.

Pero cinco acabaron en el pelotón de fusilamiento.

Y ésta es su historia.

Ángel Otaegui había sido detenido en noviembre de 1974 acusado de colaborar en el crimen del cabo de la Guardia Civil Gregorio Posadas, el 3 de abril de aquel año. Como cuenta Carlos Fonseca en Mañana cuando me maten, Otaegui alegó en el juicio que había identificado al agente ante los miembros del comando de ETA pero que no sabía que lo iban a matar. El hombre al que la Policía consideraba autor de los disparos, José Antonio Garmendia, había recibido varios disparos en el tiroteo con los agentes y tenía lesiones cerebrales permanentes. Grimaldos revela en su libro que los policías fueron a interrogar a Garmendia al hospital y que ante la imposibilidad de que hablara, le colocaron la huella dactilar en una declaración previamente escrita por ellos mismos que inculpaba a Otaegui. Tiempo después, los médicos invalidaron la supuesta confesión, pero el tribunal sentenció a muerte a Garmendia y a Otaegui. Sin embargo, el abogado Juan Mari Bandrés logró convencer a los jueces de que «ajusticiar a un disminuido mental es un crimen». Pero aquel caso no podía quedar sin paredón: Otaegui condenado a muerte.

Juan Paredes ManotTxiki, fue detenido como autor de la muerte del cabo de la Policía Armada, Ovidio Díaz, el 6 de junio de 1975 durante un tiroteo cruzado en el atraco a un banco de Barcelona. Los abogados Marc Palmés y Magda Oranich pidieron la anulación del juicio: Txiki medía 1,52 metros y ningún testigo reconoció a nadie con tan baja estatura; no se determinó de qué arma de las siete del tiroteo partió la bala que mató al policía; la declaración del acusado se obtuvo bajo torturas, y se aplicó un decreto elaborado después de los hechos, o sea, con efectos retroactivos. Pero en tres horas todo se desestimó: Txiki condenado a muerte.

Oímos los tiros. Tuve que enterrar yo a mi hermano. Fue un juicio vergonzoso; estaban sentenciados de antemano

FERNANDO BAENA, HERMANO DEL ÚLTIMO FUSILADO

 

José Luis Sánchez Bravo y Ramón García Sanz fueron acusados de facilitar información y matar, respectivamente, al teniente de la Guardia Civil Antonio Pose, el 16 de agosto de 1975. En el año 2001, el abogado Juan Aguirre contó al documental de EL MUNDO TV Los últimos fusilados-Crónica de una generación que tanto sus compañeros como él recibieron una copia del sumario sólo unas horas antes del juicio. «No sabíamos de qué delito se les acusaba. Ni siquiera pudimos hablar con ellos». En la primera jornada del Consejo de Guerra, Aguirre y todos los defensores civiles fueron expulsados de la sala. «Protestamos por las irregularidades y nos sacaron violentamente. Llevaban las pistolas en la mano y nos decían que nos iban a matar. Se hicieron cargo de la defensa abogados militares que no conocían la causa, ni las pruebas, ni las declaraciones, ni las actuaciones». Resultado: García Sanz y Sánchez Bravo condenados a muerte.

«SALVAJEMENTE TORTURADOS»

Xosé Humberto Baena fue imputado por la muerte del policía Lucio Rodríguez, el 14 de julio de 1975 en Madrid. Según las declaraciones de otros detenidos como Manuel Blanco Chivite, las cartas de quienes después serían fusilados y la investigación de La sombra de Franco en la Transición, Baena, Sánchez Bravo y García Sanz fueron «salvajemente torturados» por el comisario Roberto Conesa y los policías Carlos Domínguez Sánchez y Juan Antonio Gómez PachecoBilly el Niño. Desde la cárcel de Carabanchel, Baena narró en una carta aquellas torturas: «Me lanzaban de un extremo a otro de la pared, golpeándome con puños y porras (…) Me golpeaban con un palo en la planta de los pies (…) Me golpearon repetidamente la cabeza contra un mueble metálico. En uno de los golpes me arrancaron una muela, aunque en el parte médico figura sólo la palabra ‘caries’». Su hermana, Flor Baena, cuenta que Xosé Humberto ni siquiera estaba en Madrid el día del atentado. Su hermano, Fernando Baena, recuerda que tres testigos del crimen dijeron que la descripción del asesino no coincidía con la de Baena y que otros dos hombres declararon que Xosé Humberto estaba en Portugal poco antes del asesinato de Madrid. «Hasta estaban las visas del pasaporte». Pero el Consejo de Guerra no admitió ninguna de las 194 pruebas que presentó la defensa y firmó una sentencia presentida: Baena condenado a muerte.

 

Flor Baena, ante el paredón de tierra donde fue fusilado su hermano, en Hoyo de Manzanares (Madrid).EL MUNDO TV

 

El mundo entró en convulsión. Doce países europeos llamaron a consultas a sus embajadores, miles de manifestantes en FranciaItaliaNoruegaAlemania Bélgica exigieron la paralización de las ejecuciones; la embajada española en Lisboa fue incendiada, la ONU debatió la expulsión de España, el Papa Pablo VI y obispos progresistas como Alberto Iniesta o Narcis Jubany pidieron clemencia… Y hasta Nicolás Franco escribió a su hermano: «Querido Paco, estamos viejos … No firmes. Tú eres un buen cristiano, después te arrepentirás».

Nada detuvo al viejo moribundo, que en la víspera de las ejecuciones ordenó que no le despertasen bajo ningún concepto.

Franco, dormir matando.

La noche del 26 de septiembre es el relato de las dos Españas. Mientras Franco dormía y sus acólitos invitaban a la muerte, los demócratas fueron un desvelo. El insomnio inútil.

‘TE VEO EN EL INFIERNO’

En la cárcel Modelo de Barcelona, Juan Paredes, Txiqui, pidió un libro. Se titulaba Te veo en el infierno. Pasó la noche con los abogados Palmés y Oranich en una sala de infancia de la cárcel decorada con carteles de Pluto y de Tom y Jerry.

Ángel Otaegui era hijo único y su madre sólo pudo verlo 15 minutos en la cárcel de Burgos. Pasó la noche bebiendo coñac con algunos funcionarios.

Ramón García Sanz tenía un único hermano, pero estaba ingresado en un hospital de Zaragoza. Pasó la noche a solas.

 

Extracto de la carta que Xosé Humberto Baena escribió a sus padres desde la cárcel de Carabanchel horas antes de su ejecución. Álbum famliar

 

José Luis Sánchez Bravo logró que su novia, Silvia Carretero, lo visitara horas antes de ser fusilado. Estaba encarcelada en Yeserías, pero su condición de embarazada hizo que le permitieran ver a Sánchez Bravo. En La sombra de Franco en la Transición cuenta que la víspera de la ejecución no la dejaron ver a Sánchez Bravo sin barrotes de por medio. No ha respondido a las llamadas de este periódico.

Xosé Humberto Baena no tuvo tanta suerte con su novia, Maruxa. Ella también estaba en Yeserías, pero no embarazada. Y eso le sirvió al Régimen para prohibirle la visita. La mujer agradece el interés de este reportaje «en la lucha contra el olvido», pero ha declinado participar en él.

En la víspera del plomo, Baena escribió una carta a sus padres. «Papá, mamá… Cuando me fusilen mañana pediré que no me tapen los ojos para ver la muerte de frente (…) ¿Recordáis lo que dije en el juicio? ‘Que mi muerte se la última que dicte un tribunal militar’ (…)».

Xosé Humberto sí pudo ver a su padre y a su hermano durante 15 minutos en la cárcel de Carabanchel. Ya era día 27. Al alba.

Si te dijera amor mío / que temo a la madrugada

 

«Salimos de Vigo en cuanto nos avisaron y llegamos a Madrid a las 5.30 de la mañana. Mi hermano estaba resignado y muy sereno. Le dijimos: ‘A nosotros no nos puedes mentir. ¿Lo hiciste?’ Y contestó: ‘No, a vosotros no os puedo mentir: soy inocente’», rescata Fernando Baena. Su hermana completa la memoria. «Mi padre le dijo: ‘Si fueras culpable, al menos me llevaría el consuelo de que te matan por algo’. Y él le respondió: ‘Pues no puedo darte ese consuelo, papá. Soy inocente’».

LOS FUSILAMIENTOS

El primer fusilado fue Txiqui. Eran las 8.30 horas. Le ataron a un trípode colocado en un montículo junto al cementerio de Collserola. Palmés y Oranich estaban con el hermano de Txiqui unos metros detrás del pelotón y podían ver su cabeza. «Los 10 guardias del pelotón empezaron a disparar uno a uno, como con saña. Según disparaban, él iba cayendo. Ya en el suelo oímos un murmullo. Aún vivía. Llegó un guardia, le dio un tiro en la sien y ‘Txiqui’ se quedó quieto. Me acerqué a él, vi los casquillos y, no sé por qué, los cogí. Guardé 10 de ellos, le di la mitad a su madre y tres a un museo. En la cajita donde los tenía había una especie de clavo, pero en realidad, era el casquillo del tiro de gracia, que era más pequeño. Todavía conservo dos casquillos. La persona que esté a favor de la pena de muerte debería asistir a una; el horror no se olvida. Aquellos procesos vulneraron los Derechos Humanos, pero sólo ha sido declarado nulo el de ‘Txiqui’, gracias a una resolución del Parlament de Cataluña. Los demás, no. Hay que hacerlo y recordar todo esto para que no vuelva a pasar jamás». Lo dice hoy, 44 años y una memoria intacta después, Magda Oranich.

Disparaban uno a uno, con saña. En el suelo aún vivía, y un guardia le dio un tiro en la sien. Hay que declarar nulos aquellos procesos

MAGDA ORANICH, ABOGADA DE ‘TXIKI’

 

El segundo fusilado fue Ángel Otaegui. Eran las 8.40 horas y lo colocaron junto a la tapia de la huerta de la prisión de Burgos. No hubo testigos.

A los otros tres los ejecutaron en el polígono de tiro El Palancar, junto a una roca llamada La silla del diablo, en terrenos militares de Hoyo de Manzanares, en Madrid.

El tercer fusilado del día fue Ramón García Sanz. Eran las 9.10 horas. El pelotón estaba formado por 10 policías, un sargento y un teniente.

El cuarto fusilado fue José Luis Sánchez Bravo. Eran las 9.30 horas. Su hermana Victoria oyó los disparos «y de repente salió corriendo y llorando por la carretera», escribió en una crónica para Cambio 16 el periodista Ignacio Fontes. «Mi hermano no era un terrorista, era un hombre bueno y honesto», proclamó en un homenaje público hace cuatro años.

El quinto fusilado de aquel maldito baile de muertos, el último del franquismo y de nuestra Historia, fue Xosé Humberto Baena. Eran las 10.05 horas. «Sabíamos que era en Hoyo de Manzanares, precisamente donde mi hermano había hecho la mili. Seguimos a los furgones y llegamos hasta donde nos dejaron. Desde ahí oímos la segunda y la tercera descargas. Cuando terminaron, me dejaron reconocer el cuerpo. Mi hermano murió instantáneamente. No tenía tiro de gracia». Fernando Baena habla poco pero hondo. Muchos datos, pocas palabras. «Los mandos cumplían órdenes. No les quedaba más narices. Franco estaba fuera de combate y su camarilla de alrededor sabía lo que hacía. Pero yo no olvido que los miembros de los pelotones se apuntaron voluntarios. Luego vimos a policías de paisano con corbatas de colores cantando por Hoyo de Manzanares».

LAS PESADILLAS DEL CURA

Los tres fusilamientos de Hoyo de Manzanares tuvieron un único testigo civil: el cura del pueblo. La Guardia Civil lo sacó imperiosamente de su casa en la madrugada del día 27 para que asistiera a las ejecuciones. Se llamaba Alejandro Peñamedrano y murió en 2014. Tras todos los disparos, los familiares y los abogados de las víctimas lo vieron bajar horrorizado del campo de tiro. Pero jamás quiso hablar. Sólo lo hizo al programa Los últimos fusilados-Crónica de una generación: «Además de los policías y los guardias civiles que participaron en los piquetes, había otros que llegaron en autobuses para jalear las ejecuciones. Muchos de ellos estaban borrachos. Yo no paré de llorar en todo el tiempo y algunos se acercaron a mí para amenazarme por no aplaudir. Cuando fui a dar la extremaunción a uno de los chicos fusilados, aún respiraba. En ese momento se acercó el teniente que mandaba el pelotón y le dio el tiro de gracia, sin darme tiempo a separarme del cuerpo caído. La sangre me salpicó. No he dejado de tener pesadillas ninguna noche de mi vida».

En el año 2001, aquel documental de ELMUNDO TV logró llevar a Flor Baena al lugar donde habían fusilado a su hermano 26 años antes. Hoy, 44 años después, ella le saca vida a aquella muerte. «Sentí mucha paz. Quería saber cuál fue el último paisaje de mi hermano. Me puse en el paredón, donde supuse que estaría él colocado, para ver qué fue lo último que él vio. Y sentí paz».

Mi padre estaba arrepentido, el proceso dejó mucho que desear. Los altos estamentos querían un escarmiento

IGNACIO MARTÍN AMARO, HIJO DEL JUEZ QUE DICTÓ LA PENA DE MUERTE

 

Su última espina se la arrancó poco después, cuando quiso comprobar si era su hermano el que estaba realmente enterrado en el cementerio vigués donde lo llevó la Policía el 9 de octubre de 1975. «Lo enterraron deprisa y corriendo, casi sin que a mi padre le diera tiempo de llegar. Teníamos la duda de si hasta entonces nos lo habían robado. Así que hace unos años pedí permiso al Ayuntamiento para reconocer el cuerpo. Y una mañana lo hicimos. Estaba embalsamado, casi entero. Le vi los balazos. Tenía la frente manchada de tierra de haber caído de frente el fusilamiento. Lo volvimos a enterrar y sentí alivio. Era él. Y ahí está, en nuestro panteón».

EL JUEZ DEL CONSEJO DE GUERRA

El hijo del juez militar Martín Benavides atiende a EL MUNDO con honestidad y no esquiva ni una pregunta. «Mi padre era muy reservado y en casa no se hablaba de aquello. Pero sé que no participó en aquel proceso de buena gana, lo pasó fatal. A la familia de Baena le dio todas las facilidades para que pudieran visitarlo en la cárcel, y permitió la salida de la carta que Baena escribió en la víspera, que a mí me impresiona mucho». Ignacio Martín Amaro, que fue senador del PP y candidato de Ciudadanos por Orense en las últimas elecciones, habla sin tapujos: «Mi padre estuvo presente en el fusilamiento porque tenía que dar fe de las muertes. Sabía que aquel proceso había dejado mucho que desear. Los jueces militares tenían instrucciones de muy arriba y aquellos jóvenes estaban sentenciados. Los altos estamentos querían dar un escarmiento. Y mi padre lamentó todo lo que tuvo que hacer».

Ninguna de las familias que ha pleiteado estos años por reabrir el caso o reclamar la nulidad de aquel proceso ha logrado nada en el universo judicial.

– Flor, ¿se ha cerrado la herida?

– Yo siento pena por las familias de los policías y los guardias civiles, porque nadie merece morir así. Pero creo que la democracia tiene una asignatura pendiente. Los Consejos de Guerra quedarán impunes porque sus responsables no serán castigados. Hasta que no muera el último que participó en todo aquello, no revisarán aquel espanto. Esperarán a que todos mueran.

 

LOS CINCO ÚLTIMOS FUSILADOS EN ESPAÑA

8.30 h. Juan Paredes, ‘Txiki’. Montador, 21 años. Medía 1,52 y ningún testigo del atraco donde mataron al policía Ovidio Díaz lo reconoció. Ejecutado en Barcelona.

8.40 h. Ángel Otaegui. Pescador y obrero, 33 años. Acusado de colaborar en el crimen del guardia civil Gregorio Posadas. Ejecutado sin testigos en Burgos.

9.10 h. Ramón García Sanz. Soldador. 27 años. Acusado de matar al teniente Antonio Pose. Su abogado no pudo hablar con él. Ejecutado en Hoyo de Manzanares.

9.30 h. José Luis Sánchez Bravo. Estudiante de Física. Acusado de colaborar en la crimen de Pose. Su abogado fue expulsado del juicio. Ejecutado en Hoyo.

10.05 h. Xosé Humberto Baena. Estudiaba Filosofía. 24 años. Acusado de matar al policía Lucio Rodríguez. El juez rechazó 194 pruebas de la defensa. Ejecutado en Hoyo.

 

 

 

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Las condenas de los últimos fusilados por Franco no han sido anuladas en la democracia

Se cumplen 44 años de los últimos fusilamientos perpetrados por el franquismo el 27 de septiembre de 1975, por pelotones de voluntarios de la Guardia Civil: José Humberto Baena, José Luis Sánchez-Bravo, Ramón García Sanz (militantes del FRAP), Jon Paredes Txiki, y Ángel Otaegui (de ETA) fueron sus víctimas.

Por MARÍA SERRANO

Público

Portada de la prensa de la época.

“La consulta de los más de dos mil folios de los procesos que se instruyeron contra ellos no deja lugar a la duda: fueron víctimas de un simulacro de justicia que los sentenció antes de juzgarlos”. Carlos Fonseca sentencia en su libro Mañana cuando me maten la “condena macabra” de aquellos últimos Consejos de guerra que terminaron con la vida de cinco jóvenes militantes de izquierdas. “Las pruebas fueron obtenidas mediante torturas o burdamente manipuladas y se les privó de las mínimas garantías de defensa”. Sus familias nunca han recibido ningún gesto de perdón ni de justicia por aquel crimen. Victoria Sánchez-Bravo destaca en el 44 aniversario de los asesinatos a Público que “ninguno de los gobiernos democráticos ha querido pedir disculpas ni anular esta condena”.

Cuatro Consejos de guerra en el último verano

En el verano de 1975, había pendientes varios Consejos de Guerra y condenas a muerte en el eclipse del régimen para once militantes, dos de ellos eran mujeres. El primero se celebró en el Regimiento de Artillería de Campaña 63 de Burgos el 28 de agosto. En él fueron juzgados José Antonio Garmendia Artola y Ángel Otaegui Etxebarria, ambos de la organización ETA. Otaegui sería el único ejecutado.

En las dependencias militares de El Goloso, en la capital madrileña, se celebró los días 11 y 12 de septiembre de 1975 un Consejo de Guerra sumarísimo contra militantes del FRAP. De los tres fueron condenados a muerte; solo José Humberto Baena Alonso sería ejecutado en Hoyo de Manzanares (Madrid). Cinco días más tarde había otro Consejo de Guerra sumarísimo contra otros militantes del FRAP. Dos militantes fueron ejecutados, Ramón García Sanz y José Luis Sánchez-Bravo Solla, en Hoyo de Manzanares.

El último consejo sumarísimo tuvo lugar el 19 de septiembre en el Gobierno Militar de Barcelona. En él fue juzgado y condenado a muerte Juan Paredes Manot, Txiki, de ETA.

“Policías llegaron al pelotón para jalear las ejecuciones»

El párroco de Hoyo de Manzanares recuerda el escenario de los tres fusilados antes de ser abatidos en aquel municipio madrileño. Fonseca recoge su testimonio y la estampa dantesca que vivió en aquellos momentos. “Además de los policías y guardias civiles que participaron en los piquetes, había otros que llegaron en autobuses para jalear las ejecuciones. Muchos estaban borrachos. Cuando fui a dar la extremaunción a uno de los fusilados, aún respiraba. El teniente que mandaba el pelotón le dio el tiro de gracia”.

Las sentencias de muerte se conocieron poco antes de las nueve de la noche del 26 de septiembre de 1975. Menos de cuarenta y ocho horas antes del fusilamiento. La noticia la daría en televisión el entonces ministro de Información y Turismo de Franco, León Herrera Esteban.

De los once condenados a muerte, se salvaron dos mujeres

Fonseca investigador y autor del libro Mañana cuando me maten relata “la estancia de la sala de prensa del ministerio que rebosaba de periodistas españoles y corresponsales extranjeros, sin capacidad para dar cabida”. Esteban Herrera con gesto grave, tomó asiento, y comenzó a leer el “imperturbable el comunicado”. Nadie daba crédito a aquel veredicto. “Entre la confirmación o la conmutación de todas las penas, como había ocurrido en el Proceso de Burgos, el régimen optó por una solución intermedia, con la que entendía trasladaba un mensaje de firmeza en la lucha contra el terrorismo, sin renunciar a la magnanimidad”, relata Carlos Fonseca sobre lo ocurrido. De los once condenados a muerte, se salvaron dos mujeres. Concepción Tristán López y María Jesús Dasca Penelas, sobre las que pesaba una petición de pena de muerte. Las modificaron por treinta años de reclusión por estar embarazadas.

En medio de aquel juicio tuve que gritar “criminales”

Victoria Sánchez-Bravo tenía 22 años en aquella terrible fecha. Recuerda a Público las horas de espera en el juicio, la angustia y el terror que sufrió delante de aquellos jueces militares, en el momento en el que sentenciaron a su hermano José Luis Sánchez Bravo. Tenía solo 21 años de edad. “Estaba con mi madre y no se me olvida como me salió toda la angustia que tenía dentro. En medio de aquel juicio grité criminales”. Recuerda a Público como los representantes de las embajadas ni los periodistas extranjeros entendían el paripé del Consejo sin “ningún tipo de defensa particular y sin admitir pruebas” por parte de sus abogados.

La familia de Sánchez-Bravo nunca pudo dar en el juicio las pruebas por las que se podía dar a conocer que Sánchez-Bravo y su compañera estaban en Murcia el día del lugar de los hechos. “A pesar de los testigos, vecinos y el taxista que los trasladó y quería testificar para confirmarlo, los abogados no pudieron entregar ninguna prueba. No la admitían”.

“Pedimos indultos hasta a la hermana del dictador”

Victoria recuerda como los abogados les pedían a las familiares recorrer todas las instancias posibles para pedir el indulto. “Incuso fuimos como el padre de Baena, a pedir el indulto al general de Artillería de Estado Mayor, Alfonso Armada, secretario del príncipe de España, Juan Carlos de Borbón. Armada respondería a los familiares “que la solución al problema que plantea se sale de nuestras atribuciones, por lo que nada podemos hacer para favorecerle”.

 

Fotografia indulto solicitado. / ‘Mañana cuando me maten’

 

El intento de apoyo por parte del Vaticano, a través del cardenal Tarancón, también fue en vano. “Fue una petición que hicimos para que la Iglesia intercediera pero solo lo hizo a través de la vía diplomática sin luchar por ninguno de los casos”, sentencia a Público.

Victoria destaca como todas las familias de los procesados han quedado en su mayoría destrozadas. En primera mano habla de su madre, de la muerte de dos de sus dos hermanos en plena caída del régimen. “Mi madre ha sufrido, algo indescriptible. Mis tres hermanos pequeños fallecieron en aquellos años. Ella solo pedía que la muerte le llegara lo antes posible”, afirma a Público.

Victoria llegó incluso a hacer lo imposible como plantearse acudir ante la casa de Pilar Franco. “Allí estuvimos esperando hasta que llegó y nos atendió. Decía que estuviéramos tranquilas, que nos les iba a pasar nada. Y no hizo nada por salvarlos”.

«Que sea la última que dicte un tribunal militar»

Carlos Fonseca recuerda en su libro la lucha incansable de otros familiares como Fernando Baena que “en aquellos meses viajaba a Madrid solamente para veinte minutos escasos de contacto” con su hijo. José Humberto pudo verse con los suyos antes de la ejecución, como relata su padre en su diario personal. “Llegamos a las seis y media a la puerta de la prisión. Los funcionarios inmediatamente nos llevaron a su presencia y pudimos abrazarnos”.

La carta de despedida de José Humberto fue entregada a su familia el 30 de septiembre, tres días después del fusilamiento:

“Me ejecutan mañana de mañana. Quiero daros ánimos. Pensad que yo muero, pero que la vida sigue (…) Cuando me fusilen mañana pediré que no me tapen los ojos para ver la muerte de frente. (…) ¿Recordáis lo que dije en el juicio?: «Que mi muerte sea la última que dicte un tribunal militar». Ese era mi deseo, pero tengo la seguridad de que habrá muchos más”.

En la mañana de la ejecución Victoria Sánchez-Bravo estuvo acompañada por el abogado Fernando Salas y su familia. “Cuando salimos de la cárcel, los policías nos insultaban. A mi madre le dijeron disparates, como que su hijo era un asesino e iba a recibir su merecido”.

El periodista alemán, Friedrich Kassebeer, corresponsal del Süddeutsche Zeitung estuvo en aquellos momentos en Hoyo de Manzanares. En el libro de Fonseca señala que que estaba vigilado por la Guardia Civil, que nos detuvo en dos controles para identificarnos antes de dejarnos continuar”. A pesar de que la ejecución era público, nadie podía acceder a la zona.

Txiki y Otaegui, los únicos reconocidos como víctimas

Flor Baena, hermana de José Humberto es la única testigo de la familia que sigue con la lucha abierta tras el fallecimiento de sus padres. “Busco justicia, no venganza. La vida no se la va a devolver nadie, pero quiero que al menos se reconozca que mi hermano fue asesinado, y no un asesino”.

En el año 2000 pudo presentar un recurso de amparo ante el Tribunal Constitucional (TC) para reclamar la nulidad de la condena. Sin embargo, relata a Público como se “rechazó la pretensión alegando que la Constitución no estaba vigente cuando ocurrieron los hechos”. Recurrió en 2015 entonces al Tribunal Europeo de Derechos Humanos (TEDH). La demanda fue desestimada. Cinco años después se negaría de nuevo el requerimiento ante Comité de Derechos Humanos de la ONU. La resolución indicaba, según aclara Carlos Fonseca en su libro que “los hechos ocurrieron antes de la entrada en vigor del Protocolo Facultativo del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos” de este organismo.

Flor presentó el 23 de abril de 2012 una denuncia en el Juzgado número 1 de Buenos Aires y forma parte de la conocida querella argentina. A pesar de haber agotados todas las vías, continua sin perder la esperanza.

Mikel Paredes, hermano mayor de Jon Paredes Manot, Txiki, ha sido “el único familiar testigo directo de su muerte” que presenció aquel 27-S en Cerdanyola (Barcelona). “Ahora da charlas y participo en actividades en escuelas para que los más jóvenes conozcan de primera mano la devastación que produce la violencia”.

Merche la prima de Ángel Otaegui, se ha convertido en la principal conocedora del caso y que transmite hoy su legado. Cuando asesinaron a su primo tenía solo doce años de edad.

Txiki y Otaegui fueron los únicos de aquellos cinco fusilados reconocidos en noviembre de 2012 por el Gobierno vasco, como víctimas de la violencia de motivación política al haberse vulnerado su derecho a un juicio justo.

Causa de la muerte, shock traumático

El testimonio del párroco es bastante crudo y concluye cómo los familiares identificaron los cuerpos tras el asesinato. “Las familias recibieron los certificados de defunción firmados por el teniente médico. Se inscribía como causa de la muerte shock traumático, y los de inscripción en el Registro Civil y licencia para dar sepultura emitidos por el juez de paz Juan Egido”.

El fotógrafo Gustavo Catalán Deus recuerda que delante de los féretros “había militares, policías, abogados y algún familiar. La tensión era enorme”. No faltaban ni los temidos agentes de la BPS. Fonseca describe la escena. Y como “desde el famoso comisario Saturnino Yagüe a Billy el Niño vistieron corbatas de colores chillones para la ocasión”.

 

El franquismo nos llevó al Siglo XIX

 


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