FEMINISMO RADICAL II: «Lo personal es político: la educación para la ciudadanía», por Jesús Trillo-Figueroa (FAES, 2007)

 

Lo personal es político: la educación para la ciudadanía

Ponencia presentada por Jesús Trillo-Figueroa y Martínez-Conde

FAES – IX Congreso «Católicos y vida pública» (noviembre, 2007)  

 

El autor, Jesús Trillo-Figueroa, uno de los grandes  juristas conservadores de la España actual, presentaba, en  el año 2007, una estructurada y compacta ponencia en la que anticipaba la manera en que buena parte de la sociedad percibe hoy el «Feminismo Radical». Elaborada en el «laboratorio de ideas del PP», la Fundación FAES, esta ponencia es hoy, en su más burda simplificación, la  esencia del programa y del argumentario populista de VOX. Que, como todo populismo, se nutre de la división, binaria y sin matices, entre «los buenos» (ellos) y «los malos» (todos los demás). 

 

«El Totalitarismo conlleva la invasión por la política de todos los ámbitos de la vida, de todos los espacios tanto el público como del privado. La consideración de que todo es política, y de que la política comienza en el ámbito más íntimo del ser humano, cual es la relación sexual, el matrimonio y la familia; es decir: el ámbito privado, fue hecha y teorizada por el feminismo radical. Fueron ellas quienes convirtieron en dogma ideológico el eslogan: lo personal es político».

 

 

1.- El feminismo socialista y el nuevo totalitarismo.

Si buscáramos un telón de fondo constante en todas las ponencias que se han desarrollado a lo largo este Congreso, como se busca un leitmotiv en una ópera de Wagner, nos encontraríamos probablemente con la preocupación permanente de establecer los límites de la política, pues vivimos en nuestro país algo que ya creíamos haber superado con la transición democrática: la tentación totalitaria del poder. Esta tentación comienza manifestándose expulsando a Dios de la vida pública, pero sobre todo continúa colocando a la política, a la ideología, en su lugar, para ocupar todo el espacio; no sólo el público, sino también el privado.Cuando parecía que después del 9 de noviembre de 1989, con la caída del muro de Berlín, habíamos llegado al final de los totalitarismos, y al desprestigio total de las ideologías políticas concebidas como welt-anchaung; es decir, como una cosmovisión o visión total de la vida, he aquí que asistimos de nuevo al renacimiento de la ideología.

Giovani Gentile el teórico del fascismo italiano, definía a éste como una concepción total de la vida como política . A partir de allí, la ciencia política llamó totalitarismo a la invasión por parte de la política de todos los espacios sociales y privados en los que se desarrolla el ser humano. Se trata de un reduccionismo, pues es definir el todo por una parte, reducir la totalidad a lo político. ¿Pero cuál es en la actualidad la nueva ideología con pretensiones totalitarias? en mi opinión, al igual que en la opinión del más importante teórico de la izquierda en Europa Alaín Touraine, y el más importante teórico de la izquierda en los Estados Unidos Richard Rorty, la respuesta es: el feminismo socialista.

Este es también el leitmotiv de los dos libros que he escrito recientemente , en ellos desarrollo ampliamente esta idea; mas, en la presente ponencia, quiero referirme a una cuestión más coyuntural, que no obstante, considero de decisiva Importancia para el momento actual de nuestro país. Me refiero a la convicción de que la asignatura de la educación para la ciudadanía impuesta por la Ley Orgánica de Educación, es producto de esta ideología, se genera como consecuencia de la misma, se teoriza en su ámbito, y se impone a causa de la influencia de esta ideología en el PSOE, dada la conquista del partido realizada por las feministas radicales en al menos 40% de los cargos electos del mismo, a causa del principio de paridad impuesto en su XXXIV Congreso.

En 1981 en su obra El postsocialismo, después de diagnosticar el final del socialismo, Alaín Touraine se preguntaba ¿cuál es la figura colectiva que puede ocupar en la sociedad actual el puesto central que fue el del movimiento obrero en la sociedad industrial? y su respuesta se encaminaba a los “nuevos movimientos sociales”, que serían los que prolongarían el socialismo en el llamado postsocialismo ; y en particular el movimiento de las mujeres, que lo definía como un movimiento radical frente al feminismo tradicional, pues a diferencia de este último, no le basta con la lucha por la igualdad y la libertad, sino que quiere llevar a cabo una revolución para acabar con la situación de dominación a la que la mujer había sido sometida por el hombre. Así pues, el feminismo no sólo fue robado por la izquierda, sino que además se convirtió en una de las señas de identidad de la nueva izquierda. La única que, a juicio de Richard Rorty, reúne las características necesarias para ser considerada una ideología en las democracias actuales .

La palabra feminismo es una de esas palabras de vocabulario político orladas de prestigio por sí mismas, que hábilmente se la ha apropiado la izquierda, cuando lo cierto es que el feminismo socialista se autodenomina ‘feminismo’ de manera impropia; pues de lo que denostó y repudió este movimiento, desde Simone De Beauvoir hasta las últimas manifestaciones de la teoría feminista española, es precisamente de la feminidad, que para todas ellas constituye “algo que debe ser abatido” , el objetivo que debe ser deconstruido. La razón de ello la explica en su última obra sobre El mundo de las mujeres Alaín Touraine : según la teoría feminista la mujer como categoría es un invento de los hombres, “el poder masculino inventó a la mujer como la cara oculta turbia y él mismo tiempo atractiva de la humanidad. Esta es la construcción que cabe deconstruir siguiendo los caminos señalados por Foucault y por Derrida”. Por eso el feminismo de la izquierda española es un feminismo antifemenino, que repudia de la idea natural de mujer.

El feminismo socialista que conocemos en la actualidad, nació del seno de la nueva izquierda surgida después de mayo de 1968, como uno de los nuevos movimientos sociales marginales que integrarían el llamado Gauchisme en Francia, New left en los Estados Unidos, o en definitiva la nueva extrema izquierda, que fue la protagonista estelar de aquella revolución. Desde entonces el feminismo político se asocia a la izquierda política: por esta razón es necesario aclarar que no debe identificarse con el feminismo tradicional, entendido como el movimiento de lucha por la emancipación e igualdad de la mujer en el ámbito social, laboral y jurídico, que como realidad sociológica e histórica en la sociedad actual, no es patrimonio de la izquierda, a pesar de su apropiación, ni tampoco de la derecha si alguna vez lo pretendiera.En la obra La tercera mujer, Gilles Lipovestki afirma que en el mundo actual la mujer no tiene que demostrar nada: “ya ha dejado constancia de su capacidad intelectual, profesional, artística y personal”. En el mundo de hoy la mujer ha llegado a las más altas cotas sociales, particularmente en el mundo de la política, en donde en los últimos años está de moda, y se han producido éxitos políticos de mujeres en los niveles más altos del poder en los gobiernos de sus países. En casi todos ellos se trata de mujeres que no forman parte de ninguna corriente del feminismo político, sino que más bien reniegan del feminismo socialista, y del sistema de cuotas; casi todas ellas son conservadoras. Tal es el caso de Margaret Thatcher en Inglaterra o de Angela Merkel en Alemania; también en países en desarrollo como es el caso de Corazón Aquino o Violeta Chamorro. Podrían ponerse muchos otros ejemplos en todas las partes del mundo. Nunca una feminista socialista ha llegado al poder en un país relevante.

En puridad, debería hablarse de distintos feminismos políticos de acuerdo con el punto de vista histórico; pero de entre las corrientes feministas surgidas de mayo de 1968, pueden distinguirse dos discursos feministas básicos: el de la igualdad y el de la diferencia. El primero es más directamente político y se inspira en el igualitarismo marxista y el existencialismo de Simone de Beauvoir; su fundamento es que la categoría “mujer”, ligada al concepto histórico cultural de la feminidad, debe desaparecer; éste es el que se identifica con el llamado feminismo radical y posterior feminismo socialista. El segundo está más conectado a la cultura y, al contrario de lo anterior, piensa ‘el discurso de la feminidad’ como un ‘discurso salvador’ de la situación discriminatoria en la que se encuentra la mujer. Pues bien, a partir de los años 60, se puede hablar de distintas corrientes feministas: feminismo liberal, feminismo radical, feminismo de la diferencia, post feminismo, etcétera. En este aspecto histórico, el feminismo radical corresponde propiamente a la corriente que surge a partir del 68, y se consolida durante la década de los setenta.

A partir de los ochenta su heredero es el feminismo socialista, por ser el que continúa el feminismo de la igualdad y la tradición ideológica de la izquierda posmarxista (el freudomarxismo surgido del sesentayocho). Este es el feminismo triunfante en la izquierda española. Se trata de una opción política que con el tiempo ha evolucionado hasta convertirse en una ideología política cerrada y con aspiraciones totalitarias; que como tal ideología se conoce como ideología de género. Esta ideología puede ser, en opinión de muchos, algo pasado de moda o superado en los países que la vieron nacer (fundamentalmente Estados Unidos, Francia e Inglaterra). Pero lo cierto es que en España actualmente constituye la corriente que se ha convertido en un movimiento político en plena cresta de la ola. En nuestro país existe una tradición de feminismo político radical procedente de la extrema izquierda, que ha fraguado con la llegada al poder del Partido Socialista Obrero Español después de las elecciones del pasado 14 de marzo de 2004.

Esa tradición ha elaborado un pensamiento propio, que se autodenomina teoría feminista , en el que concurren, mujeres políticas en activo y en el poder, con mujeres dedicadas al pensamiento y la filosofía feminista tales como Amelia Valcárcel, finalista del premio nacional de ensayo en el año 1989, o Celia Amorós vencedora de este premio- el más importante relativo al pensamiento que se otorga en España- en el año 2006 , que ha sido sin duda el año de las feministas. Junto con ellas podrían mencionarse muchos otros nombres de mujeres, quienes desde de la Universidad o desde la militancia puramente feminista, o socialista, constituyen un grupo de poder, cuya presencia e influencia ideológica es la más importante en la política española actual, a pesar de que, realmente, no pasa de ser una minoría en el ámbito femenino de la sociedad española; y su existencia, ni es explícita, ni ellas parecen tener más interés en dejar verla, de lo que sea estrictamente necesario para conseguir sus fines. Ellas son la causa de la educación para la ciudadanía; por que ellas crearon el principio de que lo personal es político.

 

2.- Lo personal es político.

El Totalitarismo conlleva la invasión por la política de todos los ámbitos de la vida, de todos los espacios tanto el público como del privado. La consideración de que todo es política, y de que la política comienza en el ámbito más íntimo del ser humano, cual es la relación sexual, el matrimonio y la familia; es decir: el ámbito privado, fue hecha y teorizada por el feminismo radical. Fuero ellas quienes convirtieron en dogma ideológico el eslogan: lo personal es político.El feminismo radical propiamente dicho, se desarrolló entre los años 1967 a 1975, es la corriente de pensamiento feminista en la que cristaliza el feminismo de la igualdad, como contrario el feminismo de la diferencia, que informa e inspira a la teoría feminista española en boga. El feminismo radical se apropió ilegítimamente del movimiento feminista, que hasta aquel momento había conseguido obtener las cotas más altas en la lucha por la igualdad de derechos y oportunidades para la mujer. Como sus partidarias dicen, durante estos años “se puso patas arriba”, tanto el feminismo teórico como la práctica feminista, y sobre todo la sociedad, que era lo que iban buscando.

A partir de ellas el feminismo se unió al radicalismo en la teoría y en la práctica, en los pensamientos y en las acciones. Las primeras manifestaciones de grupos radicales aparecieron vinculadas a la Nueva Izquierda naciente en los Estados Unidos a finales de los años sesenta, que se agrupó en torno a lo que se conoció como el movimiento. Desde 1967 surgieron pequeños grupos autónomos de mujeres feministas radicales; tal es el caso del New York Radical Women fundado en 1967 por Pam Allen y Sulamith Firestone. Esta y otras organizaciones fueron las primeras manifestaciones de lo que más tarde se denominarían nuevos movimientos sociales. Se trata de los nuevos movimientos políticos radicales surgidos a partir de mayo de 1968, que integrarán lo que Alain Touraine llamó el postsocialismo.

A pesar de su heterogeneidad, todos ellos seguían guiados por la ideología marxista. Alice Echols apunta cómo el primer cambio teórico que dieron respecto del marxismo tradicional, fue el desplazamiento conceptual desde el término de igualdad como objetivo, hasta el de liberación. Eso no quiere decir que no se siguiesen reivindicando la igualdad de derechos, sino que se llevó a cabo una ampliación de las estrategias de lucha, que fundamentalmente iban referidas al objetivo de la liberación. A partir de entonces el término con el que se conoció a los movimientos radicales feministas fue el de women`s lib. El concepto de liberación, era una nueva versión de la tradición emancipatoria de la izquierda, que a juicio de muchos, es lo que realmente identifica a la izquierda como tal . Pero es una liberación específica del feminismo, que surge de una toma de conciencia de la ‘opresión masculina’.

Para entenderlo mejor nos puede servir la narración llevada a cabo por la feminista más famosa de Italia llamada Luisa Muraro. Ella cuenta su encuentro con el feminismo en el 68, como un autentico camino de Damasco que cambió completamente su vida. Hizo un viaje a Trento y de camino fue invitada a una reunión de feministas en Roma; allí escuchó a una mujer relatar la parte “menos nombrada y más liada de mi vida, también llamada vida privada, pero que, en su modo de hablar, ya no era privada sino pública. Más bien, era política. Pero lo fascinante era otra cosa: que esa vida privada mía recién elevada a la dignidad de vida política, con todo su cargamento de problemas no resueltos, no recaían en absoluto en mi, sino que, por el contrario, yo era una víctima inocente y hasta entonces desconocedora de un poder que me había inicuamente oprimido junto con todas mis semejantes: El poder masculino, el hombre, los hombres. De golpe, salieron las cuentas ¡y me sentí tan bien, tan realizada! Había sido puesta en el centro el mundo, no por lo que sabía o hacia, que nunca había sido suficiente, sino por lo que era: una mujer y una víctima”.

Las primeras organizaciones feministas radicales fueron los llamados grupos de autoconciencia . Se trataba de una nueva forma de actuación política, basados en la idea de la democracia participativa como contrapuesta al modelo de democracia liberal de grandes partidos. El objetivo común era en gran medida alcanzar una mayor participación individual, y sobre todo ampliar los espacios públicos bajo el principio: lo personal es político. Se constituían mediante reuniones en pequeños grupos, coexistentes y compatibles con las grandes organizaciones de masas. Lo importante es que para las mujeres cumplían la función de “encontrar su habitación propia un espacio entre mujeres y para mujeres en el que pudiesen expresar libremente sus experiencias, hablar de lo callado hasta entonces” con la finalidad de tomar autoconciencia de su opresión. En palabras de Juliet Michell consistía en: “un proceso de transformación de lo oculto, los miedos individuales en una conciencia compartida de su significado como un proceso social, la liberación de la angustia, la ansiedad, la lucha de proclamar lo doloroso y transformarlo en político”.

Otra cuestión clave era la idea de la política de la experiencia, se trataba de hacer un análisis social desde la perspectiva de la experiencia personal. Ser conscientes y relatar la experiencia personal de cada una, para con ello conseguir, como decía Catherine Mackinnon: la creación de la conciencia. Esto es, la construcción critica y colectiva del significado de opresión, como la experiencia social de la mujer” tal y como la viven las mujeres”. Practicaban la democracia deliberativa, tenían reuniones en donde el objetivo principal no era tomar decisiones después de la discusión y la deliberación. Lo importante era el debate, y el hecho de compartir las experiencias. En fin, se trataba de tomar conciencia de grupo, a modo de conciencia de clase que facilitara la transición del ámbito personal al ámbito político. Para muchos teóricos de la izquierda americana, estos grupos de autoconciencia supusieron el origen de nuevos planteamientos de profundización democrática, que luego adoptarían nuevas corrientes de la izquierda, como el nuevo republicanismo; ideas tales como: la democracia deliberativa o la democracia fuerte de Benjamín Bárber, que, curiosamente, son tan queridas por nuestro nuevo socialismo gobernante. Pero ellas llegaron primero, aunque no se sepa o no figure oficialmente, como tantas veces ha sucedido: las mujeres actúan calladamente, bajo la superficie, y los hombres haciendo lo mismo, se pavonean después.Los temas que se debatían eran las experiencias personales respecto a la sexualidad, la familia, la maternidad, o los sentimientos. “Temas considerados personales y privados, por tanto, sin trascendencia política, que ahora eran analizados como causas de opresión de las mujeres y ponían de relieve que las relaciones personales son políticas, con ello ponían en práctica el lema de la época lo personal es político”.

La política ya no se reduce al ámbito estatal, sino que un grupo de mujeres reunidas en una cocina estaban creando un ámbito público y político: estaban transformando la política. El primer objetivo político debía ser crear un sujeto revolucionario, para ello era necesaria una toma de conciencia, a modo de conciencia de clase, que se llamaría conciencia de género, que les diera sentido de su posición dialéctica de opresión para desde ella luchar revolucionariamente y transformar la realidad. Así como Lukacs concebía al proletariado como la única clase privilegiada, capaz de tomar conciencia de la realidad y de la situación, para poder llevar a cabo su transformación , las feministas radicales creyeron constituir el único sexo capaz de comprender la situación para poder llevar a cabo la revolución. Para llegar a esa conclusión, no había que discurrir demasiado, al fin y al cabo tan sólo hay otro sexo. Por lo tanto en relación con él, o se siente amor, o se siente odio; o se hace el amor, o se pelea.

Esto último prevaleció, y se elucubró que toda la historia de la relación con el otro sexo, había sido una historia en clave de opresión, de dominación del hombre sobre la mujer. La historia era una lucha de sexos, en donde siempre la mujer había llevado la peor parte. Era necesario y urgente liberarse de todo ello. El ámbito en el que la liberación se iba a llevar a cabo, era la novedad: el más íntimo, primero en la alcoba, después en el ámbito doméstico y familiar; más tarde sería el social, y finalmente el Estado.Así pues, para ser radicales no se trata sólo de ganar el espacio público –igualdad del trabajo, la educación o los derechos civiles y políticos– sino que también es necesario transformar el espacio privado . Es esta radicalidad política la que convierte al feminismo radical en una ideología totalitaria, pues su ambición expansiva en todos los ámbitos de la vida, empezando por lo más privado, la convierte en un nuevo reducccionismo político. Mary Evans en su análisis sobre el pensamiento feminista contemporáneo, afirma que “una de las ideas más radicales del feminismo contemporáneo es su pretensión de que el espacio privado del hogar y la familia debe estar sujeto al escrutinio público” .

De esta forma es como esta ideología con su afán de intervención en todos los órdenes, constituye un nuevo totalitarismo. Es lo que habilita ideológicamente a nuestro socialismo feminista para intervenir en la vida privada, y en el ámbito de las creencias. Al cabo, para esto sirve la teoría feminista como ideología orgánica. Si hay una ideología política opuesta al liberalismo del “laissez faire”, de la libertad entendida como la no interferencia del estado, esta es, sin duda, el feminismo radical. Sin embargo, muchos llamados “liberales” consideran que algunas de las propuestas del feminismo radical constituyen puras opciones morales o cuestiones de conciencia –tales como la discriminación positiva en la violencia de género, o el matrimonio entre personas del mismo género–, cuando en realidad se trata de cuestiones políticas, porque suponen la mayor injerencia en la vida privada que haya hecho el poder político en los últimos tiempos. Son los nuevos compañeros de viaje de una ideología, cuyos principios y fundamentos son diametralmente opuestos a los principios liberales.

 

3.- La construcción de la ideología

La construcción de esta ideología feminista radical, se debe principalmente a la obra de tres mujeres, seguidoras y discípulas de Simone De Beauvoir, la autora del Segundo sexo, que hizo época con su concepción de que la mujer no nace, se hace. La primera es Germaine Greer, ella fue la que aportó la estrategia revolucionaria, a través de la revolución sexual. Le sigue Kate Millet, quien elaboró una de esas” verdades supuestamente universales, últimas o absolutas, empleadas para legitimar proyectos políticos o científicos” : el patriarcado. Se trata de la última gran narración de la modernidad, en los términos en los que hablaba François Lyotard; al igual que sucedía con verdades parecidas, como la emancipación de la humanidad a través de los obreros (Marx), la creación de la riqueza (Adam Smith), o la dominación del inconsciente (Freud). Y finalmente Shulamith Firestone, que convierte el conjunto de estas ideas en una doctrina filosófica sistemática, coherente, cerrada; y, por supuesto, científica, con su dialéctica del sexo, a modo de ideología postmarxista.

Greer asume las tesis del freudo-marxismo en boga en el 68, en particular las teorías de Herbert Marcuse y Wilhem Reich en torno a la revolución sexual. Para ellos el capitalismo había encerrado al hombre en una sociedad reprimida sexualmente, cuya liberación sólo podría producirse a través de la revolución sexual, mediante la supresión de cualesquiera trabas a la inhibición de la libido, y la práctica del amor libre. En el mismo sentido nuestra autora realizó una reivindicación del deseo y del goce sexual femenino de forma revolucionaria. Ella sostiene, siguiendo a Reich, que “la sexualidad es práctica revolucionaria y provee de energía para descubrir y crear”. Según Greer, la mujer había sido sometida hasta entonces a un “engaño sexual” “realizado por los psicólogos, los dirigentes religiosos, las revistas femeninas y los hombres”. Para ella la ancestral represión sexual que sufre la mujer es correlativa a las demás formas de represión que le son impuestas. Ante tales represiones, junto con la liberación sexual, lleva a cabo propuestas –tan equilibradas y juiciosas– como las siguientes: la “castración de la mujer” se ha llevado a cabo en un marco en el que el hombre se apropia de la energía sexual femenina, distorsionándola con dos tipos de mitos: el amor romántico y el matrimonio. Ambos construyen “la fantasía mutua sobre el amor heterosexual más comúnmente aceptada en nuestra sociedad: la familia”, por lo tanto, la revolución debe consistir en romper las “relaciones socialmente legitimadas como el matrimonio; la mujer debe ser autosuficiente y evitar de manera deliberada establecer dependencias exclusivas y otros tipos de simbiosis neuróticas”.

En cuanto al mensaje de la obra de Kate Millet, conlleva la idea de que la mujer está universalmente oprimida y explotada por el hombre, y lo ha estado siempre desde los comienzos de la historia. Esta relación de opresión y explotación constituye un sistema de dominación, que es el sistema de dominación básico, sobre el que se asientan todos los demás sistemas; es decir: el patriarcado. A partir de ella no puede haber una auténtica revolución feminista, si no se destruye el sistema patriarcal. El patriarcado es definido como “política sexual”, entendiendo por política “el conjunto de estratagemas destinadas a mantener un sistema o el conjunto de relaciones y compromisos estructurados de acuerdo con el poder, en virtud de los cuales, un grupo de personas queda bajo el control de otro”; es decir, las mujeres bajo el control y el dominio de los hombres desde que el mundo es historia. La relación entre los sexos es política: es una relación de poder; en esto consiste básicamente la política sexual . Con esta luminosa idea, que más tarde se adjudicaría a Michel Foucault, el sexo se convierte en un instrumento de poder, en un medio para que el poder político pueda “controlar y mandar”, y someter a las mujeres a sus intereses. La consecuencia lógica es que para conquistar el poder, la mujer debe hacerlo a través del sexo, de ahí surge la necesidad de la revolución sexual para el feminismo.

Finalmente en cuanto a Sula Firestone, sin las consideraciones filosóficas de Simone de Beauvoir, pero de una forma mucho más simple y clara, consideraba que lo que hace a la mujer un sexo oprimido es la maternidad, definida como “la servidumbre reproductiva determinada por la biología”. Establecida esta “verdad apriorística, incontestable, absoluta y cerrada”, Sula construye todo un meta-relato, que constituirá una nueva ideología, completa, sistemática, y científica. De esta forma el feminismo se convierte en la alternativa al marxismo como solución global. Su sistema filosófico se inspira también en el freudo-marxismo de la parte más heterodoxa de la escuela de Frankfurt. En lugar de desarrollar una interpretación materialista y económica de la historia, ella realizará una interpretación sexual de aquella: la dialéctica del sexo. Y siguiendo el método marxista, llevará a cabo la construcción de un “nuevo materialismo histórico”, que ella define como ” aquella concepción del curso histórico que busca la causa última y la gran fuerza motriz de todos los acontecimientos en la dialéctica del sexo: en la división de la sociedad en dos clases biológicas diferenciadas con fines reproductivos, y en los conflictos de dichas clases entre sí; en las variaciones habidas en los sistemas de matrimonio, reproducción y educación de los hijos creadas por dichos conflictos; en desarrollo combinado de otras clases físicamente diferenciadas (castas); en la prístina división del trabajo basada en el sexo, que evolucionó hacia un sistema (económico, cultural) de clases” .

Firestone considera que hasta entonces no había habido un feminismo científico, “anteriormente tan solamente había habido un feminismo utópico” –con exclusión de Simone de Beauvoir a quien sigue en sus planteamientos–. Al igual que los marxistas se atribuían el monopolio de la ciencia en la filosofía política, Firestone también se auto postula la única poseedora de la ciencia. Pero su metodología es, como decíamos, fundamentalmente marxista, y por lo tanto, parte de la doctrina de la teoría y la praxis, que conlleva, entre otras cosas, que aquello que no puede ser puesto en práctica no es posible teorizarlo. Es decir, solamente es posible plantear determinados problemas cuando existen las condiciones técnicas que permiten su solución. Esos problemas teorizados deben ser revolucionariamente suprimidos. Recordemos aquello de que el mundo no debe ser pensado sino que a partir de ahora debe ser transformado. Tal sucede, por tanto, con la reproducción biológica: si éste es el problema, suprimamos el problema, y establezcamos como sistema general de reproducción la reproducción artificial, ya que hoy es científicamente posible. Junto a la teoría, su sistema contiene todo un programa revolucionario, cuyo principal objetivo es la familia. Así lo expresa Celia Amorós: “Toda su crítica se centra en la supresión de la familia como el objetivo fundamental a conseguir”.

La revolución de las mujeres para controlar los medios de reproducción es paralela a la revolución del proletariado para controlar los medios de producción. Y la forma de controlar los medios de reproducción es mediante la abolición de la familia biológica. Para Firestone, siguiendo a Marcuse, la familia es la causa de la existencia del tabú del incesto, el auténtico origen de la represión sexual percibida por el niño desde la infancia. Esta idea, junto con la identificación del padre como el símbolo del poder por parte del niño, y la envidia del pene por parte de la niña como equivalente a la envidia del símbolo del poder del varón constituyen las razones determinantes de la estructura de poder patriarcal o andrógeno del sistema socio-sexual, que domina nuestras sociedades. Bastará por tanto con eliminar la familia biológica para eliminar el tabú del incesto, y en consecuencia inhibir los instintos reprimidos, o las pulsiones básicas de placer, que oprimen a los individuos y a la sociedad. La represión sexual precoz es el mecanismo básico en la construcción de las estructuras de poder, que sostienen la servidumbre política, ideológica y económica que sufren las mujeres. El fin del tabú del incesto y la abolición de la familia tendrá como efectos la liberación sexual, y la liberación consecuente de la cultura. Llegaríamos así a la sociedad del Eros, presidida por el principio de placer. Especial consideración tiene para Firestone el tema de los niños. Según ella existe un paralelismo entre el mito de la infancia y el mito de la feminidad. La infancia también es una construcción cultural, y de la misma manera que debe producirse una emancipación de la mujer, debe también producirse una emancipación sexual de la infancia. Ella repudia de la cultura de protección y cuidado de los niños, y entiende que el programa del feminismo radical debe asumir la solidaridad histórica con los niños y conseguir la emancipación de la infancia.

Estas obras constituyen el referente teórico del feminismo socialista como ideología. Sus propuestas e ideas han quedado superadas en los Estados Unidos, donde nacieron; pero su influencia es determinante en el feminismo socialista, en el feminismo de la igualdad que representan las feministas españolas actualmente en el poder. Por esta razón, para ellas constituye una teoría en la que se asientan las premisas fundamentales de la ideología, que Alicia Miyares define como feminismo a secas, apropiándose ilegítimamente de un nombre cuyo significado es mucho más amplio. Por otro lado, es necesario resaltar, que de estas obras nace la política sexual. Como se puede observar, el acento en la sexualidad es lo que diferencia al feminismo radical del anterior movimiento feminista reivindicativo.

El feminismo ideológico considera, que la convicción más profundamente arraigada en nuestra cultura es la del dominio sexual, porque en él se cristaliza el concepto más elemental de poder: el poder del patriarcado. En las civilizaciones históricas, por tanto, el sexo es una categoría social determinante del poder. La libertad sexual, de esta forma, se convierte en el foco de la lucha revolucionaria; por esta razón la revolución sexual va unida desde entonces a los planteamientos feministas. Identificándose el feminismo a partir de aquí, con objetivos tales como: el amor libre, la contracepción, la despenalización del aborto, el divorcio libre o la reproducción artificial, convirtiendo la política, en política sexual.

 

4.- La agenda política y la ciudadanía

Aterrizando en la coyuntura histórica española actual, la filósofa feminista socialista, militante del PSOE, Amelia Valcárcel, una de las más caracterizadas representantes de la teoría feminista española, opina que el feminismo contemporáneo tiene ante sí el reto de dos tipos de agenda “la agenda contra la honestidad y la agenda del poder… en España la primera ya se ha realizado, y se está realizando; y ha supuesto el cambio de la moral femenina… ahora es necesario realizar la agenda del poder”. Para lograr realizar ambas agendas lo más importante es conquistar la ciudadanía, porque “el feminismo es una tradición de pensamiento político, con tres siglos a la espalda que surge en el mismo momento en el que la idea de igualdad y su relación con la ciudadanía se plantean por primera vez en el pensamiento europeo”.

El tema de la filosofía política, del poder y la conquista del poder, ha estado siempre presente en la teoría feminista española desde su origen, particularmente en la obra de Amelia Valcárcel. La lucha por la inclusión de la ciudadanía feminista en la agenda política es lo que ha marcado las movilizaciones feministas desde que el feminismo se integró y encauzó a través del socialismo, en el Partido Socialista Obrero Español. Así lo cuenta nuestra autora: “El papel de la filosofía feminista fue fundamental, bajo la dirección de Celia Amorós se reunió en el CSIC el primer grupo de investigación sobre mujer y poder.

Esto sucedía en 1987. Paralelamente las mujeres comenzaron a moverse en el seno del partido socialista y se abría la debatida agenda de las cuotas. La teoría comenzó a acuñar terminología y argumentación para prestarlas al debate, y la política práctica a conducirlo. En 1992 y organizado por el Instituto de la Mujer que estaba bajo la dirección de Purificación Gutiérrez en el ámbito de la UIMP se desarrolló un curso que presentó directamente el tema del acceso las mujeres al poder público político; comenzaba a aparecer lo que pocos años después constituiría la agenda de la paridad”. Este testimonio procedente de una intelectual militante del PSOE, es revelador de cómo la teoría feminista ha aportado la ideología, el soporte ideológico para la acción, “la terminología y argumentación”, a las mujeres dedicadas a la práctica política en el Partido Socialista.

En su obra sexo filosofía sobre mujer y poder, Amelia Valcárcel aboga, como Kate Millet, por hacer del feminismo una teoría política, que bien pudiera identificarse con lo que venimos llamando política sexual; al tiempo que otras tendencias feministas argumentaban en contra de la lucha por el poder, en base a prejuicios tales como la identificación del poder con la masculinidad y el patriarcado. A contrario de los liberales doctrinarios, su tesis es: “que no tener poder corrompe y en ocasiones más deprisa”. Su concepción del poder inspirado en la contracultura y particularmente en las obras de Marcuse y Foucault, no se refiere al poder político institucionalizado, sino a la visión más amplia de ‘poder’ en todo tipo de relaciones, comenzando por la relación sexual. Con posterioridad, en su obra Política de las mujeres, califica al feminismo como un movimiento de ‘izquierda universalista’ y, por tanto, ‘internacionalista’ cuyo desafío ha de hacerse con el referente ilustrado de universalización de los derechos, lo que implica la lucha por la democratización en todo el planeta, por la separación de lo político y lo religioso, y por la extensión de los bienes conseguidos en el mundo norte a toda la sociedad; pero comienza con la universalización de lo humano sin distinción de sexos.

De todo ello lo más importante para las mujeres es la obtención de los conceptos de ciudadanía e igualdad. Su idea de la ciudadanía fundamentalmente se refiere al reconocimiento como individuo, entendido como lo genéricamente humano. Para lograr la idea de esa ciudadanía hemos de partir del reconocimiento, y para conseguirlo ha de transformarse, deconstruir, la educación en los términos que veremos posteriormente en el desarrollo de su alumna Alicia Miyares. Pero la conquista de la ciudadanía por el feminismo tropieza con el techo de cristal, con esta expresión se refiere a todo el conjunto de prácticas y maniobras que impiden el acceso igualitario de la mujer al poder respecto a los hombres, debido a los sistemas de cooptación. Por esta razón ella aboga por el sistema de discriminación positiva, de cuotas y de paridad: “el fin del sistema de cuotas es asegurar la relativa igualdad en el punto de salida y a fin de promover la igualdad al final del proceso”. La paridad no se concibe como un logro, sino como un derecho, que debe tener rango constitucional. Su discípula Alicia Miyares escribe: “el feminismo entiende la paridad como un derecho que asegura la representatividad proporcional de los sexos. La paridad no es una concesión a la representatividad de las mujeres que dependa del voluntarismo de los partidos políticos, es un derecho que no puede ser alterado dependiendo de las circunstancias políticas exactamente igual que el derecho al voto y por ello debe ser registrado como derecho constitucional de las mujeres” .

 

5.- El feminismo ilustrado y la ciudadanía feminista.

La corriente o escuela de pensamiento feminista radical, que hemos denominado feminismo socialista, en su versión española se presenta en su aspecto doctrinal como la teoría feminista, y en su manifestación comunicativa política se autodefine como feminismo ilustrado, como vamos a analizar a continuación.

En su introducción a la historia de la teoría feminista , Celia Amorós y Ana de Miguel nos aclaran que su feminismo se inserta en la tradición de las teorías críticas de la sociedad, que tienen su origen en la escuela marxista de Frankfurt.

Los teóricos de esta escuela argumentaban que, las ideas, la objetividad, la ley científica, la lógica misma, no son ni neutrales, ni universales, ni objetivas, sino que expresan una visión del mundo propia de la estructura del poder: los ideales políticos de la ‘clase dominante’. Para ellos la teoría crítica lo primero que tenía que hacer sería un juicio valorativo, a saber: criticar las ideas presentes en la sociedad, considerando que se han formado en condiciones de opresión dando lugar a falsedades, y reemplazarlas por las que emitirían personas libres, que darían lugar a verdades.

La teoría feminista sigue este mismo esquema, solo que el mundo objeto de su tarea crítica es el sistema sexo-género, puesto que es ‘el modo esencial y no contingente en el que la vida social se organiza’, y en el que se reflejan los ideales de la clase dominante: el patriarcado, que es la clase dominante de los hombres que oprime a las mujeres. Así pues, la teoría feminista, obedece a la tradición del marxismo, pues como Amelia Valcárcel sostiene: “el feminismo es un igualitarismo y pertenece a la tradición política de la izquierda” . De acuerdo con los razonamientos de la teoría feminista, el feminismo comparte con el socialismo la ambición por la igualdad, que es la base de de la aplicación de la justicia distributiva, pero el feminismo no se conforma con esto, va más allá, su objetivo es la justicia sexual , que según Iris Young exige que él concepto de distribución propio de la justicia socialista, sea sustituido por los conceptos de dominación y opresión, para poder construir un sentido de la ‘justicia sexual’ acorde con las exigencias feministas . En cualquier caso, lo que al final hace real la conjunción entre el feminismo y el socialismo, es la persecución de tres paradigmas revolucionarios: el paradigma de la emancipación, común a toda la izquierda radical: el paradigma del ‘reconocimiento’, propio del feminismo; y el paradigma de la igualdad propio del feminismo y el socialismo. La realización de estos objetivos, es lo que haría posible el triunfo del feminismo socialista.

Comencemos pues con el paradigma emancipatoro. Una de las características de la radicalidad que adorna a nuestras feministas socialistas, es la actitud para partir siempre de la raíz, siempre que sean ellas quienes decidan donde está ubicado el árbol; lo cierto es que así como para ellas el sexo se inventó en el 68, el pensamiento, y parece que la propia historia, nacieron con la Ilustración en el siglo XVIII. Para la teoría feminista, el feminismo es hijo de la Ilustración: “es heredero directo de los conceptos ilustrados, y es ilustrado el mismo” . María Teresa Fernández de la Vega cuando se ha definido políticamente, se autodenomina ‘feminista ilustrada’ , es decir perteneciente al llamado feminismo ilustrado. Esta es una idea que surge de la obra de la más caracterizada filósofa de la teoría feminista española, Celia Amorós . Para ella la tarea del feminismo consiste en establecer un diálogo -en sentido estricto de dia- logos; es decir, camino a través de la razón- con los filósofos, a lo largo de la historia del pensamiento moderno, comenzando por la Ilustración.

A partir de su primera obra reivindica el nacimiento del feminismo en la Ilustración, porque entiende que para las mujeres es posible hacer extensiva la reclamación ilustrada de emancipación y sus logros de libertad, igualdad y fraternidad en las que se resumen la reivindicaciones revolucionarias del siglo XVIII; aunque para lograr esta herencia, es necesario “hacerlo desde la crítica a las insuficiencias de los pensadores protagonistas del pensamiento emancipatorio de las luces, por qué ellos no tuvieron en cuenta a la mitad de la humanidad; es decir: a las mujeres”. Ciertamente que si lo hicieran de otra manera, mas bien parecería un ejercicio de masoquismo, ya que si uno estudia a los pensadores y filósofos que ellas han estudiado, descubre que es precisamente en esta época, cuando surgen todas las teorías que naturalizan al sexo femenino como algo esencialmente inferior del masculino; En este sentido Amelia Valcárcel dice: “para excluir a las mujeres de la esfera de la igualdad, la esfera política por excelencia, fue preciso naturalizarlas. Y ese camino, comenzando por Rousseau y seguido con matices por Hegel, fue rematado por Sopenhauer” .

A pesar de tenerlo tan claro siguieron en su terquedad ilustrada, en el Seminario Permanente Feminismo e Ilustración que durante los años 1988 a 1992 sirvió de semillero de la teoría feminista española, en la que se encuadran las más destacadas representantes del mundo académico feminista . En fin, el carácter feminista de la Ilustración no se sostiene desde el menor análisis de rigor, histórico, filosófico o jurídico. Pero de lo que se trata es de la emancipación, que es para lo que les vale la Ilustración a nuestras teóricas feministas. El pensamiento ilustrado a partir del sapere aude de Kant, (atrévete a saber) manifiesta un afán común por liberar al ser humano de “las cadenas de la superstición y la religión, para hacerle libre para pensar y emanciparse de la tutela de criterios externos, de dioses y de normas exteriores (heteronormatividad) a su propia autonomía moral”, a su propia capacidad racional. Sin embargo tal enunciación dejaba afuera la mitad de la especie humana por que se dirigía solo a la parte masculina, y relegaba a la femenina al mundo de la vida privada y doméstica. “A pesar de las sombras de estas luces de la razón ilustrada, las feminista, deben construir una crítica, al tiempo que también un proyecto para conseguir los ideales de emancipación establecidos por la Ilustración” .

Esta emancipación lo es en un triple aspecto: el filosófico entendido como la consagración de la autonomía de la razón como único criterio de conocimiento valido; el político, que se concreta en la obtención de la ciudadanía; y el sexual que se logra con la emancipación del cuerpo y el fin del sexo.

Ahora bien, este concepto de ciudadanía no es el concepto del derecho político surgido de la Revolución Francesa, que atribuye un estatus político a los individuos nacionales de un estado, en virtud del cual se le otorgan determinados derechos, obligaciones y libertades públicas. La ciudadanía así entendida es la propia del liberalismo y del socialismo, pero es algo que no se les otorgó a las mujeres sino sólo a los hombres. El intento de extender la declaración de derechos y libertades del hombre y de los ciudadanos de 1789 a las mujeres, le costó la cabeza a Olimpia de Gouges y sus compañeras, que fueron condenadas a la guillotina por pretender una declaración de igualdad de derechos para las mujeres.

La ciudadanía que reivindica el feminismo ilustrado es un concepto diferente, matizado por el feminismo, cuyo significado vamos a tratar de descifrar en las páginas siguientes; pues en estas ideas esta el origen de los contenidos de la asignatura ‘educación para la ciudadanía’, que ha impuesto la nueva ley general de educación.

Según nuestras teóricas feministas, “la modernidad ilustrada valora a los individuos por sus méritos concediéndoles la ciudadanía, a diferencia del antiguo régimen y del feudalismo estamental, que concedía los derechos a los hombres en virtud de su cuna. A pesar de la coherencia inicial los ilustrados niegan la condición de ciudadana a las mujeres, y se les vuelve a relegar a la condición de su nacimiento, cuál es el sexo”. La exclusión fundamental de la mujer es la privación del ámbito de la ciudadanía, reduciéndola al ámbito doméstico como lugar natural de su sexo, según la concepción de J.J. Rousseau, que “en lo relativo al sexo fue extraordinariamente concluyente: político es aquello que surge del pacto social, la desigualdad entre los sexos no tiene ese origen; es, por lo contrario, natural” ; no obstante el feminismo ilustrado parte de la idea jacobina de que no hay más derechos ni sujetos de los mismos que los que surgen del pacto social, al cabo del estado.

Para ellas, a igual que para Rousseau, el estado de naturaleza previo, es un estado inocente y bondadoso en el que además existe una inocencia sexual manifestada en la indiferencia absoluta, de forma que es la sociedad quien crea la diferencia sexual. Por lo tanto, es la ciudadanía producto del pacto social quien restablece los derechos, y por ello su manifestación más específicamente relativa a las mujeres: la igualdad. Esto de lo que se excluyo a las mujeres, es lo que debe volver a recuperar la mujer: “porque sólo una sociedad que lleve a efecto la reclamación ilustrada de la igualdad dejaría de reproducir “la marca de género” esto es, la adscripción de las mujeres a un grupo social determinado en razón de su nacimiento como mujeres”. Para averiguar cuál es la explicación racional en virtud de la cual los pensadores ilustrados excluyeron a la mujer de la igualdad ciudadana.

Celia Amorós en su obra Hacia una crítica de la razón patriarcal hace un análisis genealógico de la historia del pensamiento moderno, para buscar el origen de la dominación en la que se encuentra la mujer, que fundamenta el sistema patriarcal. Sistema “que se define de manera no explícita, pero sí implícita, en los núcleos internos del discurso, como un sistema de dominación masculina sobre las mujeres”, y que en expresión radical de Amelia Valcárcel “afecta a todas las mujeres. Absolutamente todas, genéricamente están en posición simbólica de sumisión frente al poder simbólico masculino” . En sus estudios genealógicos, Amorós, analiza el pensamiento desde el origen de la Ilustración en adelante, pasando por el Romanticismo y llegando hasta las últimas manifestaciones de la filosofía postmoderna, y en todos los sitios haya lo mismo: misoginia. Si misógino era la Ilustración, más misógino aún fue el Romanticismo decimonónico; como en relación a la obra de Hegel pone de manifiesto su compañera Amelia Valcárcel, que no obstante a pesar de la misoginia del filósofo prusiano, se considera postthegeliana; de la misma manera que se olvida que Nietzsche aconsejaba llevar el látigo cuando se va con mujeres, para apuntarse a la moral derivada de la filosofía Nietzscheana.

Para Amorós, lo que une la genealogía patriarcal en los pensadores de la modernidad ilustrada, y en el romanticismo posterior, es: la subjetividad, el concepto de sujeto, entendido como aquel que es capaz de ser o no ser titular de pacto, titular de los derechos fundamentales y por tanto de trato igualitario, en definitiva titular de la ciudadanía. La mujer fue excluida como sujeto y considerada como el “otro”, la naturaleza; hasta que Simón de Beauvoir puso de manifiesto esta situación y propuso liberar a las mujeres de las ataduras de su naturaleza y su corporeidad maternal. Amorós y el resto de la teoría feminista son fieles seguidoras de Beauvoir, y las teóricas del feminismo radical. Para ellas, recuperar la condición de sujeto y la ciudadanía en una sociedad igualitaria, exige suprimir la división de géneros y de sexos; éste es el mensaje de fondo del feminismo ilustrado que propone Celia Amorós, y que persigue la ideología de nuestro feminismo socialista. Por eso el feminismo es también un ‘proyecto ético’, en el sentido de que exige una acción para llevar a cabo sus concepciones normativas. No basta con realizar una pura teoría descriptiva sino que es además necesario llevar a cabo una aplicación de la ‘ética de lo necesario’, para poner en vigor la igualdad; por eso se trate un proyecto perfectivo (ateniente al deber ser) de la “la mujer nueva” y de “la transformación revolucionaria de las relaciones entre los sexos” ; esta es la razón por la cual siempre consideraron que el primer paso a dar en el camino revolucionario era hacerse con la educación, para construir desde la infancia a la nueva mujer.

En esto consiste la ciudadanía, para cuya obtención es necesario realizar el paradigma del reconocimiento, que es el que hace posible la justicia sexual propia del feminismo, más allá del liberalismo y del socialismo ¿En qué consiste el reconocimiento como propio de la justicia sexual? El reconocimiento consiste en reconocerte como sujeto; es decir como portador de aquella condición de la que ha sido excluida la mujer y que es necesaria para la atribución o titularidad de derechos y libertades. En una concepción cristiana esta condición seria la dignidad de persona, pero para ellas se llama condición de sujeto, pues como afirma Amelia Valcárcel lo primero de lo que hay que emanciparse es de la religión. Ahora bien, ¿reconocimiento por parte de quien? ¿Por parte de otro? Si fuera así el otro sería el hombre, y ello supondría que por parte del hombre se reconoce a la mujer otorgándole algo que ésta no tenía, sería una concesión; y esto no es admisible puesto que lo que se reconoce, lo que se quiere, es precisamente evitar el otorgamiento, la concesión por parte del otro. Lo que se quiere es reconocer lo que ya se tenía como propio. El reconocimiento por tanto es hecho por parte del mismo que reconoce al hombre, puesto que no hay diferencia entre el hombre y la mujer ¿y quién está por encima de ambos? No puede ser otro más que Dios. Pero como “Dios ha muerto”, y ellas no creen en Dios, el que hace el reconocimiento es el nuevo Dios: el producto de la voluntad general, el Estado, la ley; que es quien ha ocupado el lugar de Dios.

¿Cuál es la consecuencia de todo esto? Siguiendo la clara exposición de Alicia Miyares en su obra la democracia feminista, podemos concluir que la culminación de la justicia sexual consiste en neutralizar la distinción natural y social entre sexos o entre géneros.

En su análisis expone que son tres las estructuras que definen socialmente a los sexos.

Primero las ideologías sexuales, que dan una explicación de la diferencia entre los varones y las mujeres basadas fundamentalmente en ‘creencias religiosas’ o en diferentes ‘ideologías biológicas’, que asumen la existencia de diferencias naturales entre los sexos.

Segundo, las normas sexualesque se refieren a la conducta que se espera de las personas de acuerdo a su especificidad sexual; así de las mujeres, ‘el vulgo’ espera la maternidad, el cuidado de los hijos y la dedicación a la familia.

Y tercero, los estereotipos sexuales que son las percepciones que fundamentan las diferencias entre los sexos negando la individualidad de la mujer, conceptuándolas en términos genéricos como: ‘mujeres’.

Pues bien, la idea del reconocimiento tiene por objeto erradicar estas tres estructuras que diferencian entre los sexos. El reconocimiento según la definición de Amelia Valcárcel consiste en una relación concedida o pactada “sobre el fundamento de que los demás son como uno mismo y que nada que uno se conceda asimismo tiene derecho moral a no concedérselo a otro, si no que al contrario, tiene el deber de pensar en el otro como un si mismo”. En fin como dice Miyares la propuesta del reconocimiento por parte del feminismo político no reposa en la diferencia sexual; descansa en una toma de conciencia que ha de ser igual en mujeres y varones, para abatir la designación sexual, llegar a lo que Celia Amorós llama genérico emancipador.

Para lograr todo esto es necesario erradicar las ideologías de sexo, las normas sexuales y los estereotipos de sexo. Ello se logra en primer lugar mediante la educación cívica en el nuevo concepto feminista de ciudadanía, de igualdad y de reconocimiento. Comenzando con la ideología de sexo, la primera cuestión a superar es la separación entre lo público y privado, por que esta distinción solo sirve para excluir a las mujeres del ámbito público, relegándolas al ámbito privado de la familia y el matrimonio. Según Alicia Miyares, la intimidad de las creencias forman parte del estado emocional de los sujetos y por tanto de la esfera privada, ahora bien, “nuestra individualidad se construye a través de nuestra socialización y no hay posibilidades de socializarse en clave privada”.

Por otro lado, el lenguaje emocional, lo que llevamos al mundo de la privacidad-capacidad emocional y efectiva, “depende de la autoestima lograda en la esfera pública”, en definitiva “la satisfacción o insatisfacción que reporte la esfera pública termina por influir en mi esfera privada y afecta a mi intimidad, en consecuencia es falsa la separación entre lo público y lo privado”, en esto comprobamos la verdad de la formula del feminismo radical ‘lo personal también es político’ . El primer ámbito que por lo tanto hay que purificar, ‘considerado tradicionalmente como el castillo de la privacidad’, es la familia, que como ‘institución socializadora’, la más importante en la medida en que determina el carácter de las personas y su función en la vida, debe desaparecer; más aún, cuando se trata de una institución a la que históricamente se le ha dejado de manera autónoma el ámbito de la educación.

Por el contrario la educación debe ser cívica; escribe Alicia Miyares: “cuando la educación se entiende en términos de realización privada de los sujetos, esto es, que sólo a los padres corresponda definir que sea el bienestar de los hijos, se está abdicando, por regla general, de la educación en responsabilidades cívicas en favor de una educación orientada hacia el éxito. Una educación orientada hacia el éxito, la eficacia y la competitividad fomenta el individualismo, e impide la emergencia del civismo. Pero la democracia precisa ciudadanos: personas que quieran colaborar en la construcción y la mejora de la vida colectiva. La finalidad de la educación no puede estar determinada por criterios pragmáticos sino que ha de formar ciudadanos”. Para ellas, el estado debe asumir la responsabilidad de formar a los ciudadanos en el civismo, definido como lo define Salvador Giner, como aquella ética mínima que debería suscribir cualquier ciudadano .

De acuerdo con este principio, no corresponde a los padres, sino al estado, decidir la educación de sus hijos, porque la ciudadanía prevalece frente al derecho de los padres. Así mismo, en la medida en que la educación para la ciudadanía cumple con las exigencias de la justicia sexual, la educación debe ser forzosamente coeducación pues “el miedo a la coeducación será en definitiva el miedo a la emancipación de las mujeres”. La educación debe desterrar las ideologías sexuales como la religión, imponer criterios como exponen el Papa Pío XI en su encíclica casti connubi, o el Papa Juan Pablo II en la Dignitatis mulierem sobre la ‘jerarquía del amor’ y el destino de la mujer a ser esposa y compañera del varón, formando con él una familia, educando y cuidando a sus hijos es una manifestación de la educación sexista . Y la ‘educación sexista’ se debe a que no hay una política educativa comprometida con la idea de igualdad como reconocimiento .

La Iglesia Católica sigue manteniendo una ‘ideología maternal’ expresada en frases relativas a la Virgen María como “la madre del amor hermoso”. La ideología del maternalismo legítima la desigualdad de varones y mujeres a partir de la diferencia sexual, por ello es también necesario erradicar las normas y estereotipos de sexo, que debe completarse con una educación sexual para que la sexualidad no se convierta en un elemento diferenciador. A este respecto las tesis de Alicia Miyares son muy claras: “la educación sexual tendría como objetivo que chicas y chicos vivieran más a gusto con sus cuerpos, sin intentar responder a símbolos sexuales más propios de la fantasía que de la realidad…para evitar tanto desencuentro y falta de reconocimiento entre chicos y chicas se debería impartir una asignatura centrada en la educación sexual”; ahora bien los intentos de establecer una educación sexual son normalmente reprobados por ‘gobiernos conservadores’ y por la Iglesia Católica.

“La realidad es que ninguna creencia religiosa debe interferir los fines morales y sexuales educativos del estado”. “En definitiva, la propuesta de una educación sexual, por ejemplo en nuestro país, debería ocupar el espacio horario que hoy ocupa espúreamente la enseñanza de la religión. Una disposición tal no vulneraría el derecho a la libertad religiosa ya que nada impediría que la instrucción religiosa siga su curso en las familias religiosas, en las iglesias o en las catequesis.” En conclusión la educación para la ciudadanía es el eje básico para la recuperación de la ciudadanía por parte de la mujer, una ciudadanía que se entiende básicamente desde el punto de vista feminista, como la supresión de las diferencias entre los sexos, y en base a ello la igualación absoluta, la identidad como sujetos del hombre y de la mujer sin diferencia tampoco cultural de géneros. Esa educación debería de impartirse mediante una asignatura oficial a la que el estado no puede renunciar dejándola en manos de los padres, que en última instancia viene a ser una nueva educación sexual, para construir un nuevo modelo de ser humano indiferente sexualmente . Todo esto se teoriza y escribe antes del 2004, después de la llegada al poder del feminismo socialista se esta haciendo realidad.

 

6.-La educación para la ciudadanía del Gobierno Zapatero.

Poco después de la llegada al poder de los socialistas, Gregorio Peces Barba comentaba, en referencia a la asignatura de Educación para la Ciudadanía, que: “necesitamos una asignatura sobre la educación en valores que no puede ser improvisada, ni coyuntural, ni oportunista, sino sistemática, completa y adecuada a la edad de los alumnos y que exige una estabilidad y una permanencia para que pueda producir frutos” . El rector de la Universidad Carlos III era bien consciente de que la implantación de esa asignatura generaría un cambio de mentalidad en las nuevas generaciones, por eso afirmaba “Sólo con ser capaz de poner en marcha esta iniciativa el Gobierno habría justificado la legislatura”

¿Pero en qué consiste la educación para la ciudadanía, propuesta por el Gobierno Zapatero? Se nos quiere decir que es la respuesta del llamado socialismo cívico, inspirada en el neorepublicanismo americano. Si tal respuesta fuera lo que la tradición y la moderna versión del republicanismo cívico considera, es decir una mayor profundización en la democracia, a través de la educación desde la infancia de las virtudes cívicas, entendiendo por tales las normas que rigen el derecho constitucional del país, la convivencia democrática y la organización de la administración y organización territorial del estado, sería perfectamente admisible e incluso loable, si el resultado fuera la mayor participación en la vida democrática de todos los ciudadanos. Pero no es esto, pues como decía la frase de Peces, se trata de educación en valores. De lo que no cabe duda, es que es algo tan importante, que ello sólo, justificaría toda la legislatura.

El presidente Rodríguez Zapatero viene en nuestro auxilio para dar respuesta a la controversia, cuando en su intervención celebrando el año transcurrido desde su éxito en las elecciones generales aclaraba lo que significa la ciudadanía: “se dice habitualmente que cada época, cada tiempo político viene definido en unas pocas palabras, se recuerda así, se conoce así. Hagamos una reflexión y recordemos cuáles han sido, cuáles son las palabras que definen el espíritu, el carácter, la identidad de la tarea que estamos haciendo. Son tres palabras que identifican claramente este tiempo político: ‘paz’, ‘ciudadanía’ y ‘talante’ “ . Y más adelante, al referirse al desarrollo del significado de las tres palabras, la explicación más extensa de las tres es la relativa a la ciudadanía, pues es la única que tiene un contenido expreso, ya que la paz no deja de pasar de las buenas intenciones y el talante afecta simplemente a la apariencia.

Rodríguez Zapatero define la ciudadanía como “la extensión de derechos”, y hace una relación de cuáles son esos derechos. El primero de los derechos es “el derecho a la protección integral de la mujeres frente al machismo criminal y a la dominación que aún sufren tantas compatriotas en nuestro país”. Y añade, “por eso hemos aprobado una ley integral contra la violencia de genero”. El segundo es el derecho a la igualdad de las mujeres con los hombres, y aclara al respecto: “por eso hicimos un gobierno paritario. El tercero es el derecho a la igualdad de las mujeres en el trabajo, “con las reformas relativas al salario, y las que se refieren a las necesidades de medidas urgentes que afectan a las administraciones para incentivar el empleo a favor de la mujeres”. Y explica, “así como vamos a incentivar a las grandes empresas de este país a que tengan presencia de mujeres en los consejos de administración, en los órganos de dirección” también bajo el principio de paridad. Y sin solución de continuidad, Zapatero pasa a referirse a los derecho de los gays y lesbianas y la ley de matrimonios homosexuales: “No puede haber ningún ciudadano que tenga limitados sus derechos personales por determinados códigos morales, porque la moral pertenece a cada uno y es muy respetable, pero las leyes son para todos en su inmensa diversidad, por eso en muy poco tiempo en este país las personas del mismo sexo van a poder contraer matrimonio”.Y concluye su intervención diciendo que “la historia del progreso es la historia de los derechos. La historia del avance democrático es la historia de los derechos y los derechos se garantizan con las leyes, con las leyes que vamos a aprobar para el matrimonio homosexual”.

De su discurso se deduce, que la ciudadanía se identifica con la ‘extensión de los derechos’ reivindicados por el feminismo socialista, e implementados a través de las llamadas políticas de igualdad.

La educación para la ciudadanía está por tanto vinculada al feminismo socialista, en él tiene su origen y no en el republicanismo cívico, pues este no es más que un resto arqueológico como nos advierte Alicia Miyares . Por si alguien tuviera duda de que la educación para la ciudadanía tiene su origen en el feminismo socialista, con los contenidos a los que me he referido anteriormente, le aconsejo que lea el libro recientemente editado por el Instituto de la Mujer con el título Educación para la ciudadanía. El libro recoge las propuestas fruto de “los conocimientos acumulados por el Instituto de la Mujer durante más de veinte años” como dice en su presentación la directora actual del Instituto Rosa peris Cervera, que 14 Asociaciones de Mujeres de ámbito estatal presentaron a la Ministra de Educación y Ciencia en el año 2006. El origen de esta historia se encuentra en la concepción del feminismo ilustrado debido a nuestras teóricas feministas, en particular Celia Amorós y Amelia Valcárcel. Pues como hemos explicado, y así lo expone en el libro citado Alicia Poza al revelar La educación para la ciudadania como propuesta feminista .Para ellas de lo que se excluyó a la mujer por parte de la Ilustración, fue de la ciudadanía; por lo tanto el feminismo ilustrado lo que debe recuperar es precisamente esto: la ciudadanía. Aunque ya expusimos el contenido del concepto de ciudadanía feminista, creo necesario exponer la génesis y desarrollo del mismo, tal y como lo explican nuestras teóricas feministas, para comprender mejor su utilización estratégica por el feminismo socialista; a tal efecto seguiré la exposición que al respecto realiza Judith Astelarra.

La consecuencia para la mujer de la Ilustración y del nacimiento de la modernidad, fue la escisión de la política en dos planos, el público reservado a los hombres, y el espacio privado reservado a la mujer. “El ámbito público adquirió valor económico, social y de prestigio mientras que al ámbito privado sólo se le asignó un valor simbólico” . La ciudadanía es ‘el centro del ejercicio democrático’, que les fue siempre negado a las mujeres, y la reivindicación de los derechos que comporta, fue el inicio de una larga movilización que perdura hasta nuestros días. Ahora bien, la conquista de la ciudadanía no consiste en la sola reivindicación de un ‘estatus político’, sino de una situación que va más allá por que es una exigencia de la ‘justicia sexual’ inherente al feminismo, que comienza con el reconocimiento; entendiendo por este la identidad con el hombre; no la igualdad con el otro, sino la universalidad común. Aquí está la clave de la cuestión, a saber: el reconocimiento que, como explica Alicia Miyares, no es una concesión de la ciudadanía, porque ello supondría darte algo que previamente no tienes, el reconocimiento implica reconocer algo que ya tienes, aunque no se te hubiere otorgado anteriormente.

Para hacer ese reconocimiento es necesario volver al principio, antes de la distinción sexual entre hombre y mujer, entre masculino y femenino. Volver al perverso polimorfo, del cual surgirá autónoma y voluntariamente una concreta identidad sexual, según la ‘orientación sexual’ de cada cual. Estamos de nuevo ante la ideología de género, esta es la razón por la que el concepto de ciudadanía está matizado por la ideología que hemos venido exponiendo a lo largo de este libro, por eso debería llamarse ciudadanía de género. Astelarra continúa exponiendo las derivadas políticas de esta ciudadanía de género: “las diferencias de género estructuran las relaciones personales entre hombres y mujeres, la división del trabajo y la distribución de recursos y el poder.

Todo ello también forma parte de modo oculto de la estructura de la ciudadanía” ; el enfoque de género permite mostrar esta velada estructura, y nos hace ver cómo no existe una universalidad en la noción de la ciudadanía, pues siguen habiendo particularismos derivados de la diversidad de los ciudadanos concretos, que no son contemplados por esta condición; dicho de otra forma “para ser universal, la ciudadanía hace referencia a un individuo al que se le ha privado de cualquier connotación particular, sea ésta ideológica, de clase, de raza y, también, de familia, edad o ciclo de vida. Al buen ciudadano se le pide que ignore sus lealtades particulares, sus lazos y sus responsabilidades, base sobre la que se ha desarrollado su individualidad como ser humano” .

Esta contradicción expresa la oposición entre lo público y lo privado: lo público es lo político, el área de los derechos y rasgos universales; y lo privado, en especial la familia, es el área de las diversidades y las particularidades. Esta contradicción fue parte constitutiva de la ciudadanía y es precisamente su ubicación en el mundo privado por lo que las mujeres no fueron consideradas. Por lo tanto, el sistema de género estuvo en la base de la diferenciación entre público y privado, pero el género ha servido también para denunciar la falsa escisión entre lo público y lo privado, y ha servido también para “definir la política como el espacio total en el que se han de fijar las metas colectivas que provengan de ambos espacios”. “El feminismo, como expresión de estas demandas, ha sido el canal a través del cual se han expresado las mujeres y ha permitido con el paso del tiempo introducir muchas de las transformaciones en el concepto y la práctica de la ciudadanía” .

En fin, se trata del razonamiento más sofistico que se ha hecho desde Protágoras.Cuando José Antonio Marina comenzaba un artículo sobre la educación para la ciudadanía diciendo que “en estos momentos hay planteado en España un debate ético de gran importancia” , hay que negar la mayor, porque como puede comprobarse, esta no es una cuestión ética, es una cuestión política. Lo que no comprendo es como un intelectual de su categoría no se da cuenta de ello. A través de la educación para la ciudadanía se pretende romper la separación entre lo público y lo privado, invadir por la política el ámbito privado, convirtiendo todo en política y en público.

Éste es el empeño más importante del feminismo socialista planteado desde el origen con la frase lo personal es político, que hemos venido explicando a largo de esta ponencia. Se trata de nuevo del totalitarismo, de un nuevo fascismo similar al que definía Giovanni Gentile. El feminismo socialista es también una concepción total de la vida, que se plantean desde el aspecto más íntimo de la vida de las personas: el sexo, la relación sexual considerada como política; por eso es una política sexual. Desde lo más íntimo a lo social, de lo que se trata es de convertir todo en política, de suprimir el espacio privado: la familia, el matrimonio, el sexo; las instituciones socializadoras como dice Alicia Miyares. Dejarlas vacías para llenarlas de una nueva ética mediante la educación en 1a nueva moralidad feminista, para establecer una nueva eticidad en los términos que hemos explicado utiliza Amelia Valcárcel.

 

7.- La LO 3/2006 de Educación.

La ley Orgánica 2/2006 de 3 de mayo, de Educación, en la que, como vamos a ver se recoge esta concepción de la ciudadanía expuesta, trasciende la finalidad del derecho, al promover una concepción de la persona y de la ética basada en la abolición del sexo y la imposición de la ideología de género. La moral ya no es la de una religión o una filosofía alternativa, sino la del Estado, la de la ideología estatal y totalitaria: el feminismo socialista.

Quienes ingenuamente pensaban que se trataba de una nueva oportunidad de educar a los más jóvenes en el comportamiento cívico, se enfrentan a la que es quizá la novedad más importante de la política sexual del actual gobierno. La educación para la Ciudadanía y los Derechos Humanos, que se impartirá desde el curso 2007-2008, en algunos cursos de la educación primaria, secundaria obligatoria y bachillerato. Pero su filosofía se empezará a impartir desde la educación infantil; como exige la ideología de género: desde el inicio, desde la raíz. La obsesión por la sexualidad de los niños es una constante del feminismo radical desde su origen, recordemos los antecedentes de Firestone que exigía la liberación sexual de los niños previa a la de los adultos; de Kate Millet que postulaba las relaciones sexuales abiertas entre adultos y niños, o de Wilhem Reich y Alfred Kinsey o Margaret Mead que teorizaban la necesaria emancipación sexual de la infancia. La educación sexual infantil es una pieza clave para construir la nueva ciudadanía de género.

Como decíamos anteriormente es necesario volver al inicio, empezar desde la cuna, en donde existe la indiferencia sexual; para desde ahí educar a los niños en lo que la ley en su preámbulo llama “capacidades afectivas”, despertando en los niños las primeras inclinaciones sexuales, para encauzarlos en lo que la ley llama “diversidad afectivo- sexual”; y puedan más tarde ser capaces de manera “autónoma” de hacer “una valoración crítica de las desigualdades que permitan superar “los comportamientos sexistas”; en el sentido, como dice el preámbulo, de la ley LO 1/2004 contra la violencia de género, es decir sexismo entendido como machismo criminal. De esta manera el niño dirigirá su orientación “sexo-afectiva” libre de una fijación machista que divide a la sociedad entre hombres y mujeres, y podrá hallar “por sí mismo”, su propia identidad de género. Este planteamiento de fondo ya estuvo presente en los preparativos de Pekín. La Presidenta de Islandia, Vigdis Finnbogadottir, señalaba en una conferencia preparatoria organizada por el Consejo Europeo en febrero de 1995 que las niñas deben ser orientadas hacia áreas no tradicionales y no se las debe exponer a la imagen de la mujer como esposa o madre, ni se les debe involucrar en actividades femeninas tradicionales: “La educación es una estrategia importante para cambiar los prejuicios sobre los roles del hombre y la mujer en la sociedad. La perspectiva del ‘género’ debe integrarse en los programas. Deben eliminarse los estereotipos en los textos escolares y concienciar en este sentido a los maestros, para asegurar así que niñas y niños hagan una selección profesional informada, y no en base a tradiciones predeterminadas sobre el género”.

La infiltración silenciosa de las feministas socialistas a través del caballo de Troya del género pronto empezó a tener eficacia. Utilizando la excusa de la ‘violencia doméstica’, que era y es un problema real y grave en nuestro país, la obsesión por la educación sexual de la infancia se hizo presente durante la anterior legislatura del gobierno del Partido Popular. Durante la misma se aprobaron dos planes integrales contra la violencia doméstica, el II plan integral se aprobó por Decreto del Consejo de ministros del 11 de mayo de 2001. En él se establecía, entre las “medidas preventivas y de sensibilización”, la elaboración de “materiales educativos dirigidos a la prevención de la violencia contra las mujeres que contengan una clara perspectiva de género”, así como “la adaptación de materiales didácticos afectivos-sexuales para su utilización on-line por las diferentes administraciones educativas”. La ejecución de los trabajos se encargaba al Ministerio de Educación Cultura y Deporte en colaboración con el Instituto de la Mujer . Fruto de este encargo fueron los manuales: “la educación sexual de la primera infancia guía para madres, padres y profesorado de educación infantil” y “la educación sexual de niñas y niños de 6 a 12 años”, ambos editados por el Ministerio de Educación y el Instituto de la Mujer, el primero en el año 2003, y el segundo en el año 2006, continuidad del anterior, pues aunque había cambiado el gobierno, las autoras e ideólogas eran las mismas.

El manual para la primera infancia fue elaborado por 11 mujeres que figuran en la presentación, ningún hombre, y todas ellas feministas. En él se comienza exponiendo una declaración de principios feminista: “a partir del sexo, las sociedades patriarcales han construido la teoría de los géneros, que consiste en una serie de características que definen lo masculino y lo femenino”. En un capítulo relativo a “mitos e ideas falsas sobre el sexo y la sexualidad”, se comienza diciendo que “una parte de nuestra tradición cultural ha entendido que la sexualidad tiene como único fin la reproducción de la especie y que ésta solo tiene sentido dentro del matrimonio.

Esta concepción de la sexualidad hace entrever que la sexualidad está centrada en las prácticas cóitales y que y, por tanto, la sexualidad infantil no existe” todo ello es falso y se basa en un mito. De igual forma “fruto de esta perspectiva androcéntrica el cuerpo y la sexualidad femeninos han sido tratados no como una entidad propia sino en función de la reproducción de la especie y del placer masculino… frente a esto las mujeres han buscado el modo ser más libres, los cambios que han llevado a cabo en sus vidas han transformado las relaciones de y entre los sexos, y han hecho posible mostrar formas de subjetividad femenina en las que la sexualidad está al servicio de sus deseos”. El resto del manual contiene consejos de cómo despertar la sexualidad infantil, el conocimiento del propio sexo, el reconocimiento por el otro sexo, las primeras sensaciones sexuales: caricias, toqueteos, etc. En el segundo manual, se avanza sobre las técnicas de obtención de placer sexual, tanto entre niños y niñas, como el ‘autoplacer’.

En cuanto a lo primero se dice por ejemplo: “es importante insistir en que pueden disfrutar en una relación sexual con otra persona sin coito, que no lo tienen que practicar si no lo quieren o no se sienten preparadas o preparados y que, sobre todo cuando ya tienen 11 o 12 años, sepan cómo se usa un preservativo para que, más adelante, no se lleven sustos innecesarios”; respecto del segundo, otro ejemplo como éste: “en general, con pocos años ya no hace falta insistir demasiado en que la masturbación es una práctica íntima, en parte porque ya lo han aprendido. Lo que sí es necesario explicarles es que no se trata de algo dañino o negativo. Por eso, con 5 o 6 años, si un niño o una niña siguen tocándose los genitales en público, es probable que tengan algún conflicto psicológico y/o emocional”.

Finalmente A la pregunta de quién tiene competencia para la educación sexual, la respuesta del manual de la primera infancia es francamente reveladora. En primer lugar, respecto a la familia, se acude al concepto de ‘modelos de familia’, así se dice textualmente: “tradicionalmente se ha creído que la familia es el único lugar realmente autorizado para hacer educación sexual… sin embargo, hoy en día, el concepto de familia ha variado mucho, confluyendo en él muchos tipos de convivencia: familia sólo con padre o sólo con madre, familias que tienen a sus abuelos y abuelas compartiendo la casa, familias constituidas por parejas homosexuales, y otras por parejas heterosexuales, etc.

Asimismo la información y educación sexual han pasado de ser una tarea considerada propia del ámbito privado de la familia y del entorno más íntimo, a formar parte de la vida social, cultural, política y educativa. De tal modo que, hoy en día, se acepta y se considera necesario que la escuela también juegue un papel importante en esta tarea” .Con la elaboración de la ley contra la violencia de género, volvieron a la carga modificando la ley orgánica 10/2002 de calidad de la educación, para que en todos los ciclos educativos desde la infancia, se introdujera la necesidad de establecer la finalidad de “desarrollar las capacidades afectivas” de las niñas y de los niños, y modificar la asignatura de ética, que pasa a llamarse “ética e igualdad entre hombres y mujeres”, que “incluirá contenidos específicos sobre la igualdad entre hombres y mujeres”.Cuando se dice que un manual como el de educación para la ciudadanía, y los derechos humanos, llamado Praxis elaborado para los alumnos de la e.s.o. y publicado por la editorial Octaedro, es “una opción más de las posibles comprensiones de esta asignatura”, se está mintiendo, porque este es el que verdaderamente obedece a la ideología que inspira la Ley Orgánica de Educación.

Cuando el libro se plantea el tema de la ética se refiere solo a la sexualidad, y se explica que ésta puede ser muy plural, de forma que la heterosexualidad es un puro accidente. En el manual se comienza con las relaciones sexuales y la afectividad, se continúa con la homosexualidad, los sistemas anticonceptivos, los distintos tipos de familia, la conquista de los derechos de la mujer, y después se entra al final en la democracia o el problema Norte-Sur. En fin lo más útil del mismo es que si se quiere tener un manual divulgativo de la ideología del feminismo socialista, este libro sirve perfectamente .Volviendo a la ley Orgánica de Educación, distingue dos conceptos, por un lado el ejercicio de la ciudadanía, y por otro la educación para la ciudadanía. La distinción tiene la lógica de la diferencia entre el proceso educativo y el ejercicio social de la educación aprendida.

Cuando la ley se refiere al segundo aspecto educación para ciudadanía, siempre la relaciona con la ‘igualdad entre hombres y mujeres’. Así por ejemplo el artículo 18 para la educación primaria, y el 24 para la secundaria, dicen: “los alumnos cursarán la materia de educación para ciudadanía y los derechos humanos, en la que se prestará especial atención a la igualdad entre hombres y mujeres”. El origen feminista socialista de esta asignatura es, por lo tanto, insoslayable. De acuerdo con la nueva visión antropológica de género que esto conlleva, la ley describe la educación como un recorrido desde lo individual hacia lo social, desde lo íntimo y personal- las emociones, los afectos- a lo público.

Comenzando con la educación infantil la ley establece en su artículo 13 como objetivos: a)”conocer su propio cuerpo y los otros, sus posibilidades de acción y aprender a respetar las diferencias” c) “adquirir progresivamente autonomía”, d) “desarrollar sus capacidades afectivas” etc. En la educación primaria la ley en su artículo 16 y el 17 insiste en la finalidad de “la afectividad, la necesidad de conocer y comprender la igualdad entre hombres y mujeres, aceptar el propio cuerpo y el de los otros” y en definitiva “desarrollar sus capacidades afectivas en todos los ámbitos de la personalidad de sus relaciones con los demás, así como una actitud contraria a la violencia, a los prejuicios de cualquier tipo de los estereotipos sexistas”. Recordemos que se trata en palabras de Alicia miyares de erradicar las ‘ideologías’, ‘conductas’ y ‘estereotipos sexistas’.

El Real Decreto del 8 de diciembre de 2006, para la educación primaria cuando establece los criterios para llevar a cabo las evaluaciones se incluye expresamente la teoría de género, al decir que “se valora reconocer y rechazar situaciones de discriminación, marginación e injusticia, e identificar los factores sociales, económicos, de origen de género o de cualquier otro tipo que las provocan”. Cuando establece los contenidos de ética personal y social dice que habrán de incluir “entre otros contenidos, los relativos a las relaciones humanas y educación afectivo emocional… con el fin de que se posibilite a los alumnos y alumnas que “construyan un pensamiento y proyecto de vida propios, tratando de ayudarles a construirse una conciencia moral y cívica, acorde con las sociedades democráticas, plurales, complejas y cambiantes en las que vivimos”.

En relación con la educación secundaria, la ley establece en su artículo 23 como objetivos: “valorar y respetar la diferencia de sexos y la igualdad de derechos y oportunidades entre ellos, rechazar los estereotipos que suponen discriminación entre hombres y mujeres” y “fortalecer sus capacidades afectivas en todos los ámbitos de la personalidad y en sus relaciones con los demás, así como rechazar la violencia, los prejuicios de cualquier tipo y los comportamientos sexistas”.

El decreto de desarrollo la educación secundaria de 5 de enero de 2007, establece específicamente como finalidad de esta educación “reconocer la condición humana en su dimensión individual y social, aceptando la propia identidad, reconocer los derechos de la mujeres, valorar la diferencia de sexo identificar la pluralidad de las sociedades actuales rechazando… las discriminaciones por razón de orientación afectivo- sexual”. En los contenidos relativos a los temas del bloque 2 de la educación para ciudadanía, se habla de “educación en afectos y emociones y la valoración crítica de la división social y sexual del trabajo y de los prejuicios sociales racistas, xenófobos, antisemitas, sexistas y homófobos” En toda esta regulación subyace la concepción que analizamos al exponer la teoría feminista española: “la finalidad de la educación no puede estar determinada por criterios pragmáticos sino que ha de formar ciudadanos. Por esta razón, el estado debe asumir la responsabilidad de formar a los ciudadanos en la ciudadanía”.

De acuerdo con este principio, no corresponde a los padres, sino al estado, decidir la educación de sus hijos, porque la ciudadanía prevalece frente al derecho de los padres. Lo cual está en flagrante contradicción con el artículo 27.3 de la Constitución Española, que dice: “Los poderes públicos garantizan el derecho que asiste a los padres para que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones”. También en contra de La Carta de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea, que en su artículo 14.3 describe “el derecho de los padres a garantizar la educación y enseñanza de sus hijos conforme a sus convicciones religiosas, filosóficas y pedagógicas”. Tampoco tiene en cuenta el artículo 26.3 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que afirma que “los padres tendrán derecho preferente a escoger el tipo de educación que habrá de darse a sus hijos”.

Pero lo más grave de todo esto, quizás no sea ni el contenido de la educación para la ciudadanía, ni la inconstitucionalidad de la Ley Orgánica de Educación, lo más grave es traspasar los límites democráticos de la política, haciendo real lo personal es político, hasta lo más íntimo de las personas: el sexo. Por eso tenia razón el Cardenal Rouco, cuando afirmaba que “Lo más grave de la asignatura de educación para ciudadanía es su propia existencia”. En este sentido lo aclaraba el también Cardenal Antonio Cañizares: “las enseñanzas antropológicas orientadas a la formación de la conciencia humana, tanto en el orden personal como en lo social, no son competencias del Estado. La autoridad pública no puede imponer ninguna moral a todos, ni supuestamente mayoritaria, ni católica ni ninguna otra. Son los padres y la escuela, como colaboradora de aquellos, quienes tienen el derecho y el deber de la educación de las conciencias. Los padres harán muy bien en defender con todos los medios legítimos a su alcance el derecho que le asiste. Entre ellos está el de presentar la objeción de conciencia tanto en los centros estatales de enseñanza, como en los de iniciativa social” . En conclusión, los contenidos de estas normas se encuentran en los trabajos elaborados durante veinte años por el feminismo socialista, que se recogen resumidos el libro Educación para la ciudadanía del instituido de la Mujer.

Las propuestas se resumen en el trabajo elaborado por Rosa María Péris Cervera, Directora General del Instituto, entre las sugerencias en torno a la necesidad de la asignatura de educación para la ciudadanía se encuentran las siguientes: En primer lugar el objetivo fundamental debe ser “educar en la igualdad de oportunidades y derechos entre los sexos. Ello no constituye una abstracción, se ha de educar para la vida. Esto pide replantear nuevas formas de relación entre niñas y niños, chicos y chicas y también con y entre el profesorado, con los nuevos tipos de familias”. “Dado que como hemos visto la ciudadanía no es neutra es necesario nombrar en masculino y el femenino”. Hay que favorecer que la vida escolar haya tiempos y espacios para aprender nuevos conocimientos que trasciendan las asignaturas técnicas “saberes imprescindibles para las relaciones humanas como por ejemplo, la educación afectiva y sexual, los referentes femeninos en la historia, el arte, la ciencia y la literatura y las formas de organización no androcéntrica que favorece la convivencia entre los sexos”.

El último y no menos importante de los fines es “educar para las ciudadanía desde la afectividad, educar en afectividad es la base que permite la adquisición de valores… la educación afectiva comprende la educación sexual. Es muy importante dejar de lado el esquema más difundido de genitalidad-reproducción-heterosexualidad en las relaciones afectivas y sexuales”.En la ponencia de la inevitable Amelia Valcárcel, se concluye que “la masa teórica del feminismo, por décadas pendiente de asegurarse su puesto en la teoría política, debe ahora extender sus reales hacia la moral cívica… me parece que buena parte de la educación para la ciudadanía debe ser educación para la apertura moral y el respeto a las libertades, sobre todo a las de las mujeres, así como el reconocimiento de sus nuevas posiciones de poder”.

Para todas las autoras la educación para la ciudadanía exige que “desaparezca la religión de los centros de enseñanza públicos y financiados con fondos públicos”. Porque como escribe Alicia Poza: “la Religión Católica está en contra del derecho de las mujeres a decidir sobre su propio cuerpo, les niega la libertad para decir si quieren procrear o no, considera que la reproducción es consecuencia de un mandato divino en el que las personas no pueden intervenir, predica la homofobia etc.”. Y finalmente por si quedara alguna duda, la última ponencia del libro, con el título Educación para la ciudadanía como propuesta feminista, desarrolla la génesis, el origen y la vocación totalitaria de la cuestión, en los términos antes explicado, denunciando el fracaso histórico de la ciudadanía, por haber supuesto desde su origen una escisión entre lo público y lo privado con la intención de relegar a la mujer a este último ámbito. Por eso alienta a combatir las exclusiones históricas al concepto de ciudadanía y manifiesta que “si la escuela es este lugar para combatir esas exclusiones, ahora con esta nueva asignatura de educación para la ciudadanía, no les quedará más remedio a las feministas y a los feministas que impartir esta asignatura… sólo así se conseguirá luchar porque la escuela combata las exclusiones desde su raíz, y que no haya una discontinuidad entre el espacio público y privado”.

 

Ponencia presentada por Jesús Trillo-Figueroa y Martínez-Conde En el IX Congreso Católicos y vida pública. Sesión sobre: La educación para la ciudadanía, Sábado 17-11-07

www.bioeticaweb.com/lo-personal-es-politico-la-educacion-para-la-ciudadania/

 

 

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