LA MEDICALIZACIÓN DE LA VIDA, por Dupuy y Karsenty

MEDICINA Y EUTANASIA

Por Francis Bacon

«Estimo ser oficio del médico no sólo restaurar la salud, sino mitigar el dolor y los sufrimientos, y no sólo cuando esa mitigación pueda conducir a la recuperación, sino cuando pueda lograrse con ella un tránsito suave y fácil; pues no es pequeña bendición esa “eutanasia” que César Augusto deseaba para sí, y que fue especialmente notada en la muerte de Antonino Pío, que fue a modo y semejanza de un adormecimiento dulce y placentero. Mas los médicos, al contrario, tienen casi por ley y religión el seguir con el paciente después de desahuciado, mientras que, a mi juicio, debieran a la vez estudiar el modo, y poner los medios, de facilitar y aliviar los dolores y agonías de la muerte».

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He pasado revista a la filosofía natural y sus deficiencias; en lo cual me he apartado de las doctrinas antiguas y actualmente establecidas, y por ellos suscitaré contradictores; por mi parte, así como no hago gala de disentir, así me propongo no contender.

La composición variable del cuerpo humano lo ha constituido como un instrumento que fácilmente se desafina; y por eso los poetas hicieron bien en unir la música y la medicina en Apolo, porque el oficio de la medicina no es otro que el de afinar esa arpa extraña que es el cuerpo humano y llevarla a la armonía.

SABIDURÍA O NECEDAD, ¿DA LO MISMO?

Ahora bien, del ser tan variable el objeto se ha seguido que el arte fuera más conjetural; y el arte, al ser conjetural, ha dejado tanto mayor espacio a la impostura. Y por eso muchas veces al impostor se le premia, y al hombre de talento se le critica. Más aún, vemos que la debilidad y la credulidad de los hombres son tales que a menudo prefieren un charlatán o hechicero a un médico instruido.

Pues en todos los tiempos, en la opinión de la multitud, los brujos, las viejas y los impostores han competido con los médicos. ¿Y qué se sigue de ello? Pues esto, que los médicos se dicen a sí mismos, como lo expresa Salomón en ocasión más alta: “Si me ha de suceder como a los necios, ¿por qué voy a trabajar por ser más sabio?”.

Y por eso no puedo yo culpar mucho a los médicos porque por lo regular suelen cultivar alguna otra arte o práctica que estiman más que su profesión. Pues los hay que son anticuarios, poetas, humanistas, estadistas, mercaderes, teólogos, y en cada una de estas ocupaciones más peritos que en su profesión; y sin duda por este motivo: que ven que a la mediocridad o excelencia en su arte no corresponde una diferencia de lucro o estimación, porque la debilidad de los pacientes, la dulzura de la vida y la naturaleza de la esperanza hacen a los hombres depender de los médicos con todos sus defectos.

 

 

GRAVES DEFICIENCIAS DE LA MEDICINA

En la indagación de las enfermedades se renuncia a la curación de muchas, de unas afirmando que por su propia naturaleza son incurables, y de otras que pasó el momento en que se pudieron curar, de suerte que Sila y los triunviros no condenaron a la muerte a tantos hombres como hacen estos con sus edictos de ignorancia; de los cuales, sin embargo, escapan muchos con menos dificultad que de las proscripciones romanas.

Por eso no vacilo en señalar como deficiencia el que no se investigue el perfecto remedio de muchas enfermedades, o de sus grados extremos, antes bien declarándolas incurables se promulga una ley que legitima el descuido y exonera de descrédito a la ignorancia.

Más aún, estimo ser oficio del médico no sólo restaurar la salud, sino mitigar el dolor y los sufrimientos, y no sólo cuando esa mitigación pueda conducir a la recuperación, sino cuando pueda lograrse con ella un tránsito suave y fácil; pues no es pequeña bendición esa “eutanasia” que César Augusto deseaba para sí, y que fue especialmente notada en la muerte de Antonino Pío, que fue a modo y semejanza de un adormecimiento dulce y placentero.

Mas los médicos, al contrario, tienen casi por ley y religión el seguir con el paciente después de desahuciado, mientras que, a mi juicio, debieran a la vez estudiar el modo y poner los medios de facilitar y aliviar los dolores y agonías de la muerte.

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FRANCIS BACON (1561-1626). El avance del saber, Alianza Editorial, 1988. Traducción de María Luisa Balseiro. Filosofía Digital, 2006.

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LA MEDICALIZACIÓN DE LA VIDA

Por Dupuy y Karsenty

«El bienestar moral del paciente, la impresión que siente de ser escuchado y tomado en serio, o, por el contrario, de ser rechazado, son dimensiones de su sentimiento de seguridad tan importantes como el bienestar físico. ¿Y qué es lo que necesita el paciente para sentirse reconfortado? ¿Mucha ciencia? ¿No siente más bien la necesidad de poderse expresar, de hacer partícipe a alguien de sus problemas, de su ansiedad? ¿No siente la necesidad de que le escuchen y le traten como a un ser humano, y no como a un cliente o, peor aún, como un portador de órganos enfermos? ¿Qué le falta, pues, al médico para responder a estos deseos de su paciente? Sin duda, una cierta aptitud para las relaciones humanas; pero, por encima de todo: tiempo, tiempo para conversar con su enfermo y, sobre todo, tiempo para escucharle. Se trata de devolver al médico el papel psico-socio-educativo, que ha perdido actualmente y que está un poco desvalorizado, conservándole, al mismo tiempo, su papel técnico. Pero cambiar la sociedad, volverla más juiciosa, no quiere decir en absoluto intervenir en la vida de los individuos, obligándoles a comportarse de una manera contraria a sus deseos, sino cambiar las reglas de juego de la sociedad. Y ¿qué hacen los médicos en este aspecto? Al parecer, muy poca cosa».

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El bienestar moral del paciente, la impresión que siente de ser escuchado y tomado en serio, o, por el contrario, de ser rechazado, son dimensiones de su sentimiento de seguridad tan importantes como el bienestar físico.

Si hay interdependencia entre la tranquilidad moral y la comodidad física, y el hecho de actuar sobre el primero nos lleva a mejorar el segundo, es algo por lo que debemos felicitarnos, pero no es una razón para tratar al primero como un simple “medio”, sino que se debe considerar como un “fin” en sí mismo.

LA RELACIÓN ENTRE EL MÉDICO Y EL PACIENTE

¿Y qué es lo que necesita el paciente para sentirse reconfortado? ¿Mucha ciencia? ¿No siente más bien la necesidad de poderse expresar, de hacer partícipe a alguien de sus problemas, de su ansiedad? ¿No siente la necesidad de que le escuchen y le traten como a un ser humano, y no como a un cliente o, peor aún, como un portador de órganos enfermos? ¿Qué le falta, pues, al médico para responder a estos deseos de su paciente?

Sin duda, una cierta aptitud para las relaciones humanas, que puede, quizás, adquirir por medio de una formación (no en forma de una enseñanza magistral, sino con casos concretos, “trabajos prácticos” sobre el terreno). Pero, por encima de todo, lo que le hace falta al médico es precisamente aquello de que dispone en menor cantidad: tiempo, tiempo para conversar con su enfermo y, sobre todo, tiempo para escucharle.

Se trata de hacerse cargo del problema que plantea el paciente de manera global, respetando la unidad de la persona, por lo que se debe ofrecer al enfermo una competencia técnica así como una disponibilidad de escucha y de atención. Esta misma preocupación de síntesis impone, por otra parte, que la acción puramente curativa vuelva a su justo lugar y no disociarla en prevención, terapéutica, vigilancia, rehabilitación, etc.

En una palabra, se trata de devolver al médico el papel psico-socio-educativo, que ha perdido actualmente y que está un poco desvalorizado, conservándole, al mismo tiempo, su papel técnico.

¿ES LA SALUD UNA NECESIDAD QUE PUEDE SER SATISFECHA?

Todo esto es imposible, me contestarán, a menos que multipliquemos el número de médicos en una proporción que sería difícilmente aceptable para la sociedad. Esta idea de aumentar el número de médicos, para hacer frente a la situación actual del “medico desbordado”, se basa en la hipótesis de que existe una “necesidad” de salud y de cuidados médicos bien definida y que basta con ponerle precio para satisfacerla por completo.

Sin embargo, nosotros creemos que con el tipo de medicina que conocemos, si multiplicáramos por tres el número de médicos, éstos estarían igualmente desbordados por el trabajo. Y no porque la petición de ayuda médica sea indefinida, como piensan algunos, sino porque, más verosímilmente, la oferta atrae la demanda como el émbolo aspira el líquido dentro de la jeringa.

¿Cuál es la postura de los médicos ante este estado de cosas? Escuchemos por ejemplo al profesor Péquignot:

Es evidente que una parte de nuestra metodología desaparecería si el hombre y las sociedades humanas fueran perfectas. Puede ser divertido pensar lo que pasaría si el hombre (y ahora también la mujer) dejaran totalmente de fumar y disminuyeran su ración de alcohol a menos de medio litro de vino diario. Tampoco sería malo que el hombre rebajara su ración alimenticia a menos de 2.000 calorías y comprendiera que las calorías más caras no tienen más valor nutritivo que las más baratas (digamos, por ejemplo, la carne que la leche). Asimismo sería bueno que un ejercicio físico regular reemplazara las costumbres actuales demasiado sedentarias, y se redujera la circulación en automóvil que no fuera absolutamente necesaria… ¡Que nos ahorren el resto del sermón! Tanto si se le llama educación sanitaria, como si se le llama medicina preventiva, es evidente que no vale más que el salario de los predicadores”.

Detrás de estos conceptos incisivos y de sentido común, se esconde una ideología muy particular. Existe, en primer lugar, la idea de que los comportamientos de los seres humanos se explican por sus deseos: si los individuos fuman, beben y no hacen ejercicio, es porque quieren; si prefieren circular en automóvil, y a gran velocidad, ¿quién puede decir mejor que ellos lo que les conviene?

Con estas teorías, los que preconizan prevenir la aparición de las enfermedades por medio de un modo de vida más juicioso no tienen más que una posibilidad: prohibir, oponerse a los deseos de los individuos, culpabilizarlos, con lo que se convierten en sermoneadores dudosos y poco eficaces.

 

 

¿SE HA CONVERTIDO LA MEDICINA EN UNA IDEOLOGÍA?

Detrás de esta concepción del hombre, se adivina la más pura ideología liberal. Los comportamientos de los individuos demuestran cuáles son sus gustos y preferencias; sin embargo, las determinantes socioculturales no se toman en consideración; sobre todo, el hecho de que las reglas de juego de la sociedad puedan ser tales, que hagan que un conjunto de comportamientos individualmente coherentes, sean al fin perjudiciales para todos.

Este fenómeno constituye la clave de las contradicciones del sistema de salud y lo mismo ocurre en los otros terrenos de la vida económica y social. Cambiar la sociedad, volverla más juiciosa, no quiere decir en absoluto intervenir en la vida de los individuos, obligándoles a comportarse de una manera contraria a sus deseos, sino cambiar las reglas de juego de la sociedad. Y ¿qué hacen los médicos en este aspecto? Al parecer, muy poca cosa.

Ahí está la verdadera cuestión. Hoy día son los médicos los que detentan el poder en materia de política sanitaria, y llevan a cabo esta política como puros guerreros (*).

Pero deben aceptar una de las dos soluciones: o siguen siendo lo que son, con su ideología y su técnica tradicional, que “no se preocupa más que de los deberes del médico respecto al enfermo que le consulta, pero que permanece muda cuando se trata de prevenir la enfermedad, o se ocupan de los enfermos que, debido a las barreras sociales, financieras o psicológicas, no les consultan”. En este caso, deben aceptar convertirse en un simple medio de la política sanitaria, entre otros muchos, y perder su aire despreciativo respecto a los economistas y otros planificadores que se preocupan por los problemas sanitarios sin ser médicos.

O bien, consienten en reformarse, aprendiendo a ver y a tratar los problemas de la salud de la manera que debe hacerse, de la única manera que puede hacerse, es decir, en tercera persona (como salud colectiva).

LA MEDICINA, ¿COARTADA DE UNA SOCIEDAD ENFERMA?

Una solución consistiría, quizás, en desarrollar carreras y profesiones compuestas, como podrían ser: mitad médicos, mitad estadistas economistas; o mitad médicos, mitad arquitectos urbanistas. Con ello, la organización de la política sanitaria cambiaría por completo y debería extenderse de manera transversal a terrenos (urbanismos, circunstancias, condiciones de trabajo) con los cuales hasta ahora no ha tenido ningún contacto. Solamente así se podrá evitar que la medicina aparezca cada vez más como la “coartada de una sociedad patógena”.

Añadamos que es el único medio realista de llegar a una verdadera igualdad de todos ante el enfermo y su muerte. Propagar la idea de que esta igualdad se confunde con la igualdad de acceso a las técnicas de medicina puntera no es más que un puro engaño.

Por una parte, porque el coste de estas técnicas impide -y sus promotores los saben perfectamente- su generalización para el conjunto de la población, y por otra parte, porque insistir sobre este aspecto de las cosas tiende a hacer creer que estas técnicas poseen una eficacia que, en realidad, están muy lejos de poseer.

Finalmente, y sobre todo, porque consideramos que es un buen método para dejar pasar en silencio la causa más determinante de la desigualdad ante la enfermedad: la desigualdad de las condiciones de vida.

(*) “Los médicos de los que hablamos no son, evidentemente, las decenas de millares dedicados a la medicina general, que son más las víctimas que los creadores de esta situación. Se trata de los líderes de la profesión, cuyo “status”, peso social y posición política, les darían la oportunidad, si ellos quisieran, de provocar el cambio”. Nota de los autores.

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P .DUPUY – S. KARSENTY,La invasión farmacéutica, 1974. Editorial Euros, 1976. Versión castellana de Carol Rosés Delclós. Filosofía Digital, 2006.

 

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SALUD, BIENESTAR Y ALIENACIÓN

Por Dupuy y Karsenty

«El tipo de cambio que preconizamos para la sanidad se caracteriza por una cierta desmedicalización a nivel de las relaciones médico-enfermo, siendo la petición de ayuda del paciente recibida como. Pero esta desmedicalización sólo puede obtener un éxito duradero, si se extiende más allá de las instituciones, hasta las mentalidades y las actitudes colectivas. Nuestra sociedad es patógena porque las condiciones de vida que crea la sociedad industrial son nocivas para la salud de los hombres. Pero lo es también de manera más sutil porque coloca la frontera entre lo normal y lo patológico -cuya naturaleza es esencialmente social y cultural- a un nivel que deja la parte más importante a la patología y a lo que depende del médico. Lo que hay que cambiar es el lugar que ocupa el médico en la sociedad y sus actitudes ante el enfermo, la enfermedad y la muerte. La salud a cualquier precio, incluso al precio de una institucionalización más alienante, quizá, que la propia enfermedad, es un objetivo decadente. No es posible pensar que una sociedad consciente y responsable pueda desentenderse de toda decisión y dejarla en manos de los profesionales, por muy competentes que sean».

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El tipo de cambio que preconizamos para la sanidad se caracteriza por una cierta desmedicalización a nivel de las relaciones médico-enfermo, siendo la petición de ayuda del paciente recibida como tal; desmedicalización a nivel colectivo, porque la política sanitaria aporta variantes que el sistema médico actual ignora.

Pero esta desmedicalización sólo puede obtener un éxito duradero, si se extiende más allá de las instituciones, hasta las mentalidades y las actitudes colectivas. Lo que hay que cambiar es el lugar que ocupa el médico en la sociedad y sus actitudes ante el enfermo, la enfermedad y la muerte.

 

 

LA SALUD, UN VALOR SOCIAL Y UNA EXIGENCIA

Nuestra sociedad es patógena, hemos dicho, y es cierto porque las condiciones de vida que crea la sociedad industrial son nocivas para la salud de los hombres. Pero lo es también de manera más sutil porque coloca la frontera entre lo normal y lo patológico -cuya naturaleza es esencialmente social y cultural- a un nivel que deja la parte más importante a la patología y a lo que depende del médico.

Diferentes factores concurren para obtener este resultado. En primer lugar, el hecho de que la salud sea considerada como un valor social: la salud es una exigencia. ¿Cómo no hacer todo lo posible para estar sano en una sociedad que margina a los que no producen? ¿Cómo no desear la salud a cualquier precio, cuando los medios más diversos imponen normas de bienestar que no podemos dejar de respetar, si no queremos aparecer como unos desgraciados? ¿Un ejemplo? Este artículo aparecido entre otros muchos, en una revista de “información” médica, para el gran público:

La caspa, puede decirse, que espolvorea a los que se resignan a soportarla con una especie de polvo de mediocridad, lo mismo que ocurre con todas las pequeñas enfermedades cutáneas que no se cuidan: los que las sufren no pueden pretender dar “una imagen” favorable. Y no a causa solamente de la desgracia física, en sí misma, sino más bien por la actitud derrotista de quien la soporta sin decidirse a buscar remedio… El hombre -o la mujer- con caspa es un personaje que pertenece al pasado”. Y, naturalmente, el artículo termina con el consabido consejo: “Consulte a su médico”.

¿Cómo no mencionar también la indecente publicidad que acompaña con demasiada frecuencia las “hazañas” de tal o cual cirujano famoso?

MEDICALIZACIÓN DEL MALESTAR Y LAS RELACIONES

Existe, finalmente, el fenómeno de “medicalización del malestar”, es decir, la transformación de cualquier carencia de bienestar, sea cual fuere su naturaleza (malas relaciones en el trabajo, en la familia, etc.) del “problema”, que, como está socialmente admitido, pueda presentarse al médico. Con más razón aún, existe la medicalización de la angustia fundamental, la angustia ante la muerte.

Es contra esta manía de la medicalización contra la que hay que luchar. La institucionalización de las relaciones humanas y del bienestar. ¿Por qué detenerse a recoger a un herido? Para esto están las ambulancias. ¿Por qué hacer un lugar en la vida para los ancianos? Para eso están los asilos. ¿Por qué dedicar nuestro tiempo a los que tienen necesidad de exponernos sus problemas? Que se los cuenten al médico. ¿Por qué no alejar de nuestras mentes las reflexiones sobre la muerte? Ahí está la medicina para solucionar el problema. ¿Por qué prestar servicios a los demás? Ya existen instituciones para ello.

Por el contrario, en una sociedad en la que los problemas no se dejarían en manos de un puñado de profesionales, sino que desembocarían en una arte de vivir en una colectividad juiciosa, todo el mundo saldría ganando.

¿LA SALUD AL PRECIO DE LA ALIENACIÓN?

Pero la institucionalización y el profesionalismo son igualmente creadores de alienación. Confiar la solución de nuestros problemas de salud y bienestar a personas que “están ahí para eso”, quiere decir, demasiado a menudo, abdicar de nuestras propias responsabilidades en la materia.

Y es más grave todavía, dejar que un cuerpo de profesionales tome, él solo, las decisiones que conciernen a toda la colectividad; lo que quiere decir, con mucha frecuencia, aceptar decisiones que reforzarán el poder de ese cuerpo y la dependencia de todos los demás respecto al mismo.

La salud a cualquier precio, incluso al precio de una institucionalización más alienante, quizá, que la propia enfermedad, es un objetivo decadente. Aunque se necesite gozar de buena salud para poder vivir bien, el sentido de la vida no está necesariamente contenido en esta exigencia.

Estas cuestiones pueden llegar a ser dramáticas en una época que va a conocer, con toda evidencia, descubrimientos biológicos fundamentales. Del uso que se haga de ellos dependerá el destino y la felicidad de los hombres.

No es posible pensar que una sociedad consciente y responsable pueda desentenderse de toda decisión y dejarla en manos de los profesionales, por muy competentes que sean.

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J.P.DUPUY – S.KARSENTY, La invasión farmacéutica, 1974. Editorial Euros, 1976. Versión castellana de Carol Rosés Delclós. Filosofía Digital, 2006.

 

 

 

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