Sánchez Ferlosio. Cuando el Jarama era un rio

Muere Rafael Sánchez Ferlosio, maestro singular de las letras españolas, a los 91 años

El autor de ‘El Jarama’ y ‘Alfanhuí’ y de una amplia y original obra ensayística ganó el Premio Cervantes en 2004

Por José Andrés Rojo 

Articulo publicado el 1 de abril de 2019 en:

https://elpais.com/cultura/2019/04/01/actualidad/1554109097_331968.html

 

Rafael Sánchez Ferlosio, en 2002. RAÚL CANCIO

Cuando en las contadas páginas autobiográficas que escribió tuvo que referirse a sí mismo, dijo que era un plumífero. Es decir, una persona que tiene por oficio escribir. Y de eso trató la vida completa de Rafael Sánchez Ferlosio, que murió este lunes en Madrid a los 91 años. Cultivó todos los géneros y, en cada uno de ellos, trabajó con la misma meticulosidad, finura y honradez. Tímido, iconoclasta, no le gustaba darse importancia, tenía un magnífico sentido del humor.

La imaginación le sirvió para construir su primer libro, Industrias y andanzas de Alfanhuí (1951), un prodigio de sencillez; luego afinó el oído para recoger la lengua que se hablaba en la España de los cincuenta y la reconstruyó enEl Jarama. Fue la novela con la que ganó el Premio Nadal en 1955, y con la que obtuvo fama y reconocimiento. No tardó en salir huyendo de aquello, abominando del “horror o repugnancia” que le produjo “el grotesco papelón de literato”. Así que, entre octubre de 1954 y marzo de 1955, cuenta en La forja de un plumífero, “agarré la Teoría del lenguaje, de Karl Bühler, y me sumergí en la gramática y en la anfetamina”. Fue una época intensa. “Cuando me encerraba no quería ver a nadie. Un verano —sería el del 59— en que me quedé solo en Madrid, llegué incluso a arrancar el cable del teléfono”.

Su obra dio entonces un giro radical, dedicándose sobre todo al ensayo y, un poco más tarde, a sus colaboraciones periodísticas, la gran mayoría de estas publicadas en este diario. No dejó nunca, por otro lado, de escribir pecios, esa suerte de aforismos, notas, fragmentos, citas, llamaradas, iluminaciones. Uno de ellos: “(Paisaje para Demetria) Por el lomo de la alta pared del huerto coronada con cascotes venía andando esta tarde un gatito, sin cortarse”.

Fue el segundo hijo de los seis que tuvo Rafael Sánchez Mazas, escritor y periodista y uno de los fundadores de Falange. Nació en Roma en 1927, cuando su padre estaba destinado allí como corresponsal de Abc. Se formó con los jesuitas y luego quiso hacer Arquitectura, pero pronto abandonó esa carrera para estudiar Filología Semítica en la Facultad de Filosofía y Letras de la Complutense, en Madrid. Nunca fue buen estudiante, todo lo que le importó lo aprendió por su cuenta. Fue amigo, entre otros muchos, de Ignacio Aldecoa, Jesús Fernández Santos y Carmen Martín Gaite, con la que se casó y tuvo una hija, Marta, que moriría joven. Después de su separación se unió a Demetria Chamorro —con quien ha vivido hasta el último instante—, madre de Lucía y abuela de Laura, la nieta que hizo las delicias del escritor durante el periodo final de su vida.

Ferlosio no hizo nunca concesiones a la hora de escribir y era amigo de construir frases de largo aliento, llenas de subordinadas y, por así decirlo, recovecos y guiños y sugerencias. Nunca perdía el timón, aunque tampoco pretendió llegar a parte alguna. Lo suyo era ir de un sitio a otro, rumiando los asuntos recurrentes que le gustaba frecuentar: el avance arrollador de la historia que lo devora todo, las quiméricas justificaciones que se escudan en la razón o el progreso, la infatigable defensa del individuo como realidad única e irrepetible, los avatares del lenguaje, el carácter y el destino, los desatinos de las guerras. Ignacio Echevarría, responsable de la edición de sus ensayos completos, afirma que la escritura de Ferlosio es “esencialmente proteica, combina casi siempre numerosos registros (entre ellos, constante, así en sordina, el humor)” y que “se atiene siempre a lo que él mismo, tomándolo de Fernando Savater, ha señalado como ‘el principio general de la lealtad a la palabra’: Que no se hable en vano”.
 

No habló Ferlosio en vano. No escribió en vano. Buscó un lugar muy concreto para tomar la palabra, pegado siempre al suelo, agarrado a lo que hace vibrar y padecer a las personas (y soñar y divertirse), y desde ahí tomó la espada para combatir los falsos ídolos de nuestro tiempo. Los cuatro volúmenes de sus ensayos —Altos estudios eclesiásticos; Gastos, disgustos y tiempo perdido; Babel contra Babel y Qwertyuiop— muestran la variedad de sus intereses —el lenguaje, la historia, los clásicos, el presente más inmediato— y la hondura a la que era capaz de llegar en cada asunto. Y estaba su compromiso, un compromiso radical con la condición humana, que iba más allá de cualquier partidismo y que trascendía cualquiera de esas causas que reclaman ser publicitadas. Cuando tocaba ponerse furioso, Ferlosio se ponía furioso. Tenía una ironía que dinamitaba los débiles soportes de tantos de los discursos de los políticos y poderosos, y era muy claro. Cuando ETA sembraba las calles de cadáveres, supo desnudar su programa. “Para dar realidad a la causa y hacer verdadero su dios, nada mejor que una buena carga de hechos, y de entre los hechos, nada mejor que una buena carga de muertes”.

Tenía varias bestias negras, y cada vez que podía arremetía con todo vigor contra Walt Disney, Ortega, el fútbol o la televisión. Siguió dedicado a la narración, embarcándose en un magno proyecto, el de Historia de las guerras barcialeas, de la que resultó otra de sus grandes obras, El testimonio de Yarfoz. “Las celebraciones del descubrimiento de América”, señaló en aquel texto autobiográfico, “me obligaron a escribir Esas Yndias equivocadas y malditas,</CF>otro libelo, enojoso de leer, pero no falto de razón”.

Ferlosio obtuvo el Premio Cervantes en 2004, en 2009 recibió el Nacional de las Letras Españolas y en 2015 la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes. Era tan discreto que, cuando J. Benito Fernández escribía su biografía y le pidió colaboración, se negó tajantemente. “No es nada contra su persona. Es que no soy apropiado, no tengo argumentos”, le dijo. En God &Gun, un ensayo de 2008, y a propósito de un cuadro de El Bosco, escribió: “El que patina va y viene como quiere, a la velocidad que quiere y todo el tiempo que quiere sin ir a parte alguna, pero, sobre todo, gozando corporalmente a cada instante durante el ejercicio”. Si hubiera que resumir la relación de Ferlosio con la vida y la escritura acaso sirva esa imagen del hombre que patina. Sin metas, sin presiones, deslizándose lleno de placer de un lugar a otro.

El filósofo Tomás Pollán, uno de sus grandes amigos y cómplice de sus andanzas hace ya años, habló con Ferlosio el domingo por la noche. Antes de despedirse cuenta que le recitó, en italiano, un verso de Leopardi de un poema titulado El infinito: “Y me es dulce naufragar en este mar”.

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“El reincidente”

Cuento breve de Rafael Sánchez Ferlosio

(España, 1927)

 

 
El lobo, viejo, desdentado, cano, despeluchado, desmedrado, enfermo, cansado un día de vivir y de hambrear, sintió llegada para él la hora de reclinar finalmente la cabeza en el regazo del Creador. Noche y día caminó por cada vez más extraviados andurriales, cada vez más arriscadas serranías, más empinadas y vertiginosas cuestas, hasta donde el pavoroso rugir del huracán en las talladas cresterías de hielo se trocaba de pronto, como voz sofocada entre algodones, al entrar en la espesa cúpula de niebla, en el blanco silencio de la Cumbre Eterna. Allí, no bien alzó los ojos -nublada la visión, ya por su propia vejez, ya por el recién sufrido rigor de la ventisca, ya en fin por lágrimas mezcladas de autoconmiseración y gratitud- y entrevió las doradas puertas de la Bienaventuranza, oyó la cristalina y penetrante voz del oficial de guardia, que así lo interpelaba:
 
-¿Cómo te atreves siquiera a aproximarte a estas puertas sacrosantas, con las fauces aún ensangrentadas por tus últimas cruentas refecciones, asesino?
 

Anonadado ante tal recibimiento y abrumado de insoportable pesadumbre, volvió el lobo la grupa y, desandando el camino que con tan largo esfuerzo había traído, se reintegró a la tierra y a sus querencias y frecuentaderos, salvo que en adelante se guardó muy bien, no ya de degollar ovejas ni corderos, que eso la pérdida de los colmillos hacía ya tiempo se lo tenía impedido, sino incluso de repasar carroñas o mondar osamentas que otros más jóvenes y con mejores fauces hubiesen dado por suficientemente aprovechadas. Ahora, resuelto a abstenerse de tocar cosa alguna que de lejos tuviese algo que ver con carnes, hubo de hacerse merodeador de aldeas y caseríos, descuidero de hatos y meriendas. Las muelas, que, aunque remeciéndosele ya las más en los alveolos, con todo, conservaba, le permitían roer el pan; pan de panes recientes cuando la suerte daba en sonreír, pan duro de mendrugos casi siempre. Viviendo y hambreando bajo esta nueva ley permaneció, pues, en la tierra y en la vasta espesura de su monte natal por otro turno entero de inviernos y veranos, hasta que, doblemente extenuado y deseoso de descanso tras esta a modo de segunda vuelta de una antes ya larga existencia, de nuevo le pareció llegado el día de merecer reclinar finalmente la cabeza en el regazo del Creador. Si la ascensión hasta la Cumbre Eterna había sido ya acerba la primera vez, cuánto más no se le habría vuelto ahora, de no ser por el hecho de que la disminución de vigor físico causada por aquel recargo de vejez sobreañadido sería sin duda compensada en mayor o menor parte por el correspondiente aumento del ansia de descanso y bienaventuranza. El caso es que de nuevo llegó a alcanzar la Cumbre Eterna, aunque tan insegura se le había vuelto la mirada que casi no había llegado siquiera a vislumbrar las puertas de la Bienaventuranza cuando sonó la esperada voz del querubín de guardia:

-¿Así es que aquí estás tú otra vez, tratando de ofender, con tu sola presencia ante estas puertas, la dignidad de quienes por sus merecimientos se han hecho acreedores a franquearlas y gozar de la Eterna Bienaventuranza, pretendiéndote igualmente merecedor de postularla? ¿A tanto vuelves a atreverte tú? ¡Tú, ladrón de tahonas, merodeador de despensas, salteador de alacenas! ¡Vete! ¡Escúrrete ya de aquí, tal como siempre, por lo demás, has demostrado que sabes escurrirte, sin que te arredren cepos ni barreras ni perros ni escopetas!
 
¡Quién podrá encarecer la desolación, la amargura, el abandono, la miseria, el hambre, la flaqueza, la enfermedad, la roña, que por otros más largos y más desventurados años se siguieron! Aun así, apenas osaba ya despuntar con las encías sin dientes el rizado festón de las lechugas, o limpiar con la punta de la lengua la almibarada gota que pendía del culo de los higos en la rama, o relamer, en fin, una por una, las manchas circulares dejadas por los quesos en las tablas de los anaqueles del almacén vacío. Pisaba sin pisar, como pisa una sombra, pues tan liviano lo había vuelto la flaqueza, que ya nada podía morir bajo su planta por la sola presión de la pisada. Y al cabo volvió a cumplirse un nuevo y prolongado turno de años y, como era tal vez inevitable, amaneció por tercera vez el día en que el lobo consideró llegada para él la hora de reclinar finalmente la cabeza en el regazo del Creador.
 
Partió invisible e ingrávido como una sombra, y era, en efecto, de color de sombra, salvo en las pocas partes en las que la roña no le había hecho caer el pelo; donde lo conservaba, le relucía enteramente cano, como si todo el resto de su cuerpo se hubiese ido convirtiendo en roña, en sombra, en nada, para dejar campear más vivamente, en aquel pelo cano, tan sólo la llamada de las nieves, el in extinto anhelo de la Cumbre Eterna. Pero, si ya en los dos primeros viajes tal ascensión había sido excesiva para un lobo anciano, bien se echará de ver cuán denodado no sería el empeño que por tercera vez lo puso en el camino, teniendo en cuenta cómo, sobre aquella primera y, por así decido, natural vejez del primer viaje, había echado encima una segunda y aun una tercera ancianidad, y cuán sobrehumano no sería el esfuerzo con que esta vez también logró llegar. Pisando mansa, dulce, humildemente, ya sólo a tientas reconoció las puertas de la Bienaventuranza; apoyó el esternón en el umbral, dobló y bajó las ancas, adelantó las manos, dejándolas iguales y paralelas ante el pecho, y reposó finalmente sobre ellas la cabeza. Al punto, tal como sospechaba, oyó la metálica voz del querubín de guardia y las palabras exactas que había temido oír:
 
-Bien, tú has querido, con tu propia obstinación, que hayamos acabado por llegar a una situación que bien podría y debería haberse evitado y que es para ambos igualmente indeseable. Bien lo sabías o lo adivinabas la primera vez; mejor lo supiste y hasta corroboraste la segunda; ¡y a despecho de todo te has empeñado en volver una tercera! ¡Sea, pues! ¡Tú lo has querido! Ahora te irás como las otras veces, pero esta vez no volverás jamás. Ya no es por asesino. Tampoco es por ladrón. Ahora es por lobo.
 
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* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 13 de diciembre de 1987

https://elpais.com/diario/1987/12/13/opinion/566348412_850215.html

 

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Ética y estética en el ‘Quijote’

El escritor reflexiona sobre la figura paródica del personaje de Cervantes, un hidalgo socialmente periclitado

Por Sánchez Ferlosio 

15/05/2016

https://elpais.com/cultura/2016/05/14/actualidad/1463234728_106726.html

Entre las cosas que halló Cervantes con el Quijote está la de que todo juicio estético guarda alguna relación con una antigua ética. Así, ya el mismo Don Quijote es figura paródica de un viejo personaje heroico y, por lo tanto, ético, socialmente periclitado, o sea al que no le queda nada que hacer en este mundo nuevo, ni, particularmente, con las armas nuevas a las que impone plantar cara, y cuyo lenguaje es una anticuada jerga literaria sobreactuada o sobrecargada de adjetivos laudatorios que encarecen la nobleza y esplendor de su pintura.

 
 

Si la aventura de Don Quijote consiste en una ficción lúdica y gratuita como la que acabo de transcribir, me parece que habría que reconocerla como una aventura estética o, incluso, literalmente, artística. Y si reparamos ahora en la simulación paródica del lenguaje anticuado que redunda como ficción interna, ficción de ficción, esta aventura lúdico-artística, en cuanto tal parodia no puede ser paródica más que de una aventura ética. Para hacerle el debido contrapunto ético tendríamos así pues que buscar alguna aventura ética no paródica. Como emprendiéramos ese camino llegaríamos a apelar, por ejemplo, al Cantar de Myo Cid, que es, efectivamente, un texto ético pero no paródico; por eso nos conformaremos con la noble y bellísima solución del propio Don Quijote: recurrir al simple encarecimiento de un ayer éticamente digno de añoranza:

“Bien hayan aquellos benditos siglos que carecieron de la espantable furia de aquestos endemoniados instrumentos de la artillería, a cuyo inventor tengo para mí que en el infierno se le está dando el premio de su diabólica invención con la cual dio causa que un infame y cobarde brazo quite la vida a un valeroso caballero, y que sin saber cómo o por dónde, en la mitad del coraje y brío que enciende y anima a los valientes pechos, llega una desmandada bala de quien quizá huyó y se espantó del resplandor que hizo el fuego al disparar de la maldita máquina, y corta y acaba en un instante los pensamientos y vida de quien la había de gozar luengos siglos”.

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Carmen Martín Gaite y Rafael Sánchez Ferlosio en una imagen de juventud
 
 
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RAFAEL SÁNCHEZ FERLOSIO | ESCRITOR
“No estoy de acuerdo con todo lo que he escrito en mi vida”

El gran escritor cumple este 4 de diciembre 90 años. Premio Cervantes en 2004, es uno de los mejores prosistas del castellano del último siglo. Su vasta cultura, su carácter iconoclasta y la brillantez de su prosa lo han convertido en referente indiscutible

Por José Andrés Rojo

04/12/2017

https://elpais.com/cultura/2017/12/03/actualidad/1512328224_696887.html

 

Rafael Sánchez Ferlosio cumple hoy 90 años. Premio Cervantes en 2004 y Nacional de Literatura en 2009, forma parte de la generación de los cincuenta y una de sus novelas, El Jarama, ha sido mucho tiempo lectura obligada en Bachillerato. Renegó de ella cuando se volcó durante años a estudiar gramática, esos “altos estudios eclesiásticos”, como él mismo ha dicho, de los que emergió como uno de los más lúcidos comentaristas de cuanto ocurre en la sociedad actual. Nadie como él, uno de los mejores prosistas en castellano del último siglo, ha destruido los tópicos de todo tipo para proponer un acercamiento a los hechos al margen de prejuicios. Su vasta cultura, sus variadísimos intereses, su carácter iconoclasta y provocador y la brillantez de su prosa lo han convertido en referente indiscutible para acercarse a la complejidad de las cosas. El viernes, en su casa en Madrid, comentó algunos aspectos de su obra, se refirió a la crisis catalana con resignado cansancio y, como quien no quiere, permitió que distintos aspectos personales tomasen la conversación.

 

P. ¿Qué le parece abordar el patriotismo, ahora que está tan presente?

R. Sobre la patria, el que mejor ha escrito es El Roto. “No soy patriota. El patriotismo me da claustrofobia”, puso en una viñeta.

P. Usted escribió algo en esa línea: “La identidad es lo último que hay que tener”.

R. Eso es poco, eso no es nada, es una tontería. Ese pecio no me gusta. El que de verdad es ingenioso es El Roto. Creo que era así, en dos frases, habría que mirarlo. Y los dibujos son muy buenos. Hay otro, un tal Ros, que a veces es ininteligible, y a veces se le entiende. Usa un bolígrafo tan fino que no se ve; yo que estoy muy mal de la vista.

P. Pero sigue leyendo los periódicos.

R. Hombre, con lupa. Tengo dos lupas. Leo la prensa, pero pocos artículos. Leo los titulares y luego escojo. El artículo entero pocas veces lo leo. Leo unas cuantas frases. Leo el titular, todos los titulares. Y solo algunos artículos enteros, cuando me interesan.

P. ¿Y qué autor le interesa?

R. A mí me interesa Vargas Llosa porque es un poco de risa. Es muy malo.

P. Vaya, tampoco ha sido muy amigo de Ortega.

R. Ortega tiene cosas buenas. Ortega lo que pasa es que tiene unos tópicos sobre los que vuelve una y otra vez. Pero tiene cosas increíbles. Carmen Martín Gaite hablaba de “ortegajos”. Y uno de los “ortegajos” que responden más a la definición es ese que dice que el que no conozca la historia de los toros no comprende la historia de España. Ortega tiene muchas tonterías, pero es un hombre con talento.

P. Compró una vez en Roma una lámina en la que aparecía santo Tomás y luego la tiró en Madrid porque le recordaba a Ortega.

R. Para mí, santo Tomás es un hombre absolutamente respetable. Es un gran talento. No lo puedes leer mucho; tiene una prosa horrible. Pero tiene sustancia.

P. ¿Qué me dice de quienes se cargan de razón? Parece ser lo que hoy se impone.

R. Cargarse de razón es una expresión muy española. Se puede cargar de razón cualquiera. La expresión es lo afortunado. ¡Cargarse de razón! Hay personas que ponen muy buena voluntad en cargarse de razón. Pero la expresión es lo genial. Es un castellano maravilloso.

P. Ha escrito en uno de sus ensayos que “nadie es tan peligroso como el justo, cargado de razón”.

R. “Como el justo cargado de razón”. No hay coma ¿Hay coma? Si hay una coma, sería mejor sin ella.

P. Se ocupó una época del terrorismo. Decía que había ahí un impulso autoafirmativo.

R. No estoy de acuerdo con todo lo que he escrito en mi vida. Pero decía que lo más importante era la producción de la noticia. El acto era lo importante.

P. Le gustaba mucho alguna serie de televisión.

R. Un viejo de noventa años, que está siempre en casa, que no sale por la polución, por los fríos, por lo que sea. Y que está siempre, pues qué quiere usted que haga. Pues también ver la televisión.

P. ¿Y qué le parece?

R. No me gusta nada la televisión. Me parece horrorosa. Me parece, la española, más horrorosa que ninguna. Me parece un fracaso y un apoderamiento de la publicidad tremendo. La televisión se encontró con la publicidad e hicieron un pan como unas hostias. Porque es horrible, horrible, horrible. Horrible el ser instrumento de la publicidad y tener tanta publicidad. Tanta, tanta. Y el ser tan horrible, tan mala. Yo no sé las otras. He visto un poco la italiana. Cuando iba a casa de mis abuelos a Italia pues la cogía. Había algún programa decente. Decentito.

P. Me dicen que se dedica por completo a su nieta.

R. No quiero ver otra cosa. Es muy lista, muy estudiosa. Es china. Y es muy guapa, pero sobre todo es inteligente, estudiosa, interesante. Es encantadora.

P. ¿Y sigue con la tertulia? ¿De qué han tratado en la última cita?

R. Da un poco de vergüenza.

P. ¿Y eso?

R. Se habla mucho del tema que se ha impuesto, de Cataluña. No entiendo nada. Son unos obsesos, un día dicen una cosa y al otro día, otra. Dicen lo mismo y todo lo contrario. ¡Qué pesados! ¡Qué pesados! Nosotros hablamos porque es el tema del día, pero poco.

P. ¿De todas sus obras cuál es su favorita?

R. Será que solo me quedo con el Alfanhuí. Yo vivía entonces en casa y se lo iba leyendo a mi padre y a mi madre conforme lo escribía. No me acuerdo qué edad tenía. Eran incondicionales de lo que escribía. Mi madre pagó la edición. Costó 13.000 pesetas, 1.500 ejemplares. Fue un negocio particular. Alfanhuí tuvo una crítica decisiva. Estaba en el copito, en el auge, y Camilo José Cela me hizo una crítica muy buena. Le gustó. Y eso le dio un empujón imponente.

P. ¿Se ha reconciliado ya con El Jarama?

R. No, reconciliarme no. Hombre, la prosa está bien. Está bien de prosa y de figura y de metáfora. Pero no. Es un error poner un accidente, un hecho individual, que se ahoga una muchacha, eso pertenece a la crónica de sucesos. Los franceses dijeron que había alargado demasiado una anécdota para dar una visión panorámica de una situación. Y eso me parece muy mal de El Jarama.

P. Siempre se ha valorado mucho en esa novela su capacidad de recoger el habla de la gente.

R. No sé si la gente habla así o me lo inventé yo.

P. ¿Hacía listas de lo que escuchaba?

R. De una conversación cogí dos o tres cosas. Era en la calle Torrijos, ahora Conde de Peñalver. Ahí en la terraza de una cafetería, una señora explicaba la preocupación que tenía por un profesor que le iba a dar clases a su nieto. Hizo un comentario sobre los carnavales, que en la época de Franco eran para los niños, no para los adultos. Dijo: “Los carnavales, cosa más bonita para divertir a la humanidad”. También explicó, a propósito de las clases: “Yo de las matemáticas me fío, porque la matemática es una y no la pueden cambiar”.

P. ¿Y El testimonio de Yarfoz?

R. Es un coñazo, porque está lleno de nombres propios inventados, y están muy mal inventados. Y entonces te expulsa, porque uno tiene que acordarse de tantos nombres inventados que no están organizados como una lengua. Digo yo que el error ha sido usar tantos nombres propios. Todos tienen nombres propios, inventados y sin coherencia.

P. Tuvo una relación muy estrecha con su padre [Rafael Sánchez Mazas, uno de los fundadores de Falange y después ministro con Franco]. ¿Contaba en casa lo que le ocurrió?

R. Sí, pero sin presumir de su historia. Salvo de cuando se salvó al final de la campaña de Cataluña. Iban fusilando a los prisioneros que tenían. A mi padre le tocó una vez que eligieron a 50 y a los que les dispararon con una metralleta. Mi padre terminó colocado en la última fila, justo en la esquina que daba al bosque. Los fusiladores no sabían quiénes eran. Le tocó ahí. Y se escapó por el bosque y tuvo la suerte de caer en un hoyo. Luego escapó. Lo cogieron cuatro desertores del Ejército rojo que querían pasarse a los nacionales. Mi padre les preguntó: “¿Qué vais a hacer? Por aquí están las tropas que van contra los republicanos; por allí los rojos, que os persiguen por traidores”. Así que se ofreció a colaborar con ellos. Les dijo “venid conmigo”, y les explicó quién era. “Tenemos que ir al encuentro de los nacionales”, comentó; “viene una brigada de Navarra”. A un ejército no hay que salirle en la oscuridad nunca por el lado. Hay que ponerse de frente y dejarse iluminar de lleno por los focos. Los camiones militares llevan unos faros potentes. Fueron a encontrase con el ejército y les salieron de frente, con las manos levantadas (o no). Se dejaron iluminar y luego los cogieron. “Estos chicos son desertores del Ejército rojo y me han ayudado”. Mi padre tenía autoridad para que los soltaran. Y los soltaron.

P. Ha escrito que la felicidad tiene que ver con esos patinadores que van de un lado a otro. ¿Le gustaba patinar?

R. Patinar es lo único que he hecho. Pero no he competido nunca. Había un chico muy simpático que me vio patinar y me propuso entrar en un equipo de hockey. Pero le dije que no.

 

 

 

 

 

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