El hacha de León Felipe. “La imagen de España desde el exilio en México”, por Elena Lobo Rico

“A los caballeros del Hacha, a los cruzados del rencor y del polvo… A todos los españoles del mundo”

LEÓN FELIPE

 

 

¿Por qué habéis dicho todos
que en España hay dos bandos,
si aquí no hay más que polvo?
 
En España no hay bandos,
en esta tierra no hay bandos,
en esta tierra maldita no hay bandos.
No hay más que un hacha amarilla
que ha afilado el rencor.

Un hacha que cae siempre,
siempre,
siempre,
implacable y sin descanso
sobre cualquier humilde ligazón:
sobre dos plegarias que se funden,
sobre dos herramientas que se enlazan,
sobre dos manos que se estrechan.

La consigna es el corte,
el corte,
el corte,
el corte hasta llegar al polvo,
hasta llegar al átomo.
[…]
Aquí no hay más que átomos,
átomos que se muerden.
[…]
Vuelan sobre tus torres y tus campos
todos los gavilanes enemigos
y tu hijo blande el hacha
sobre su propio hermano.
Tu enemigo es tu sangre
y el barro de tu choza.
[…]
Y el hacha cae ciega,
incansable y vengativa
sobre todo lo que se congrega
y se prolonga:
sobre la gavilla
y el manojo,
sobre la espiga
y el racimo,
sobre la flor
y la raíz, sobre el grano
y la simiente,
y sobre el polvo mismo
del grano y la simiente.

Aquí el hacha es la ley
y la unidad el átomo,
el átomo amarillo y rencoroso.
Y el hacha es la que triunfa.

 

LEÓN FELIPE (1884-1968). Obra poética escogida, prólogo por Gerardo Diego. Espasa-Calpe, 1985.  Filosofía Digital, 2006

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LA IMAGEN DE ESPAÑA DESDE EL EXILIO EN MÉXICO

Por Elena Lobo Rico

UNIVERSIDAD NACIONAL AUTONOMA OE MÉXICO

 

Los exilios han sido frecuentes en nuestro país desde que terminara la Reconquista con la victoria de la casta cristiano-vieja. Hasta hace poco, la España de bandos irreconciliables sufría de vez en cuando una sangría de intelectuales, profesionales, técnicos, artistas o simplemente trabajadores, que tenían que abandonar su tierra por pertenecer al lado perdedor, sin que a nadie pareciera importarle la pérdida que todo esto suponía para España y el dolor causado a tantos españoles y a sus  familias. Los escritores han sido uno de los grupos proporcionalmente más importantes en todos los exilios españoles, y son ellos los que han dejado en su obra el testimonio del desgarro que significa ser excluido de La comunidad a la que se pertenece doblemente, como español y como escritor. Al dolor de la ausencia de patria, familia y amigos, se une la pérdida de los lectores naturales a los que dirigen sus obras.

Es bien sabido que el mundo del desterrado se llena de resonancias patrias, que no hubieran ocupado mucha atención en caso de no salir de su tierra. La nostalgia del paisaje o Los recuerdos de olores y sabores se confunden con d deseo de recuperar ese paraíso perdido de la inocencia que es la niñez, y que el exiliado, con toda lógica, sitúa en su tierra. Desde Séneca, escribiendo dulces y emotivas palabras a su patria en el destierro de Córcega, al último desterrado del mundo y del momento, se repite el rito de la expulsión de Adán y Eva del  paraíso. Esto implica a la vez la rebeldía y la añoranza, sentimientos todos que mueven a los desterrados a formarse una imagen subjetiva de su país, no siempre real. Los cinco escritores estudiados mantienen coincidencias sustanciales. Todos dios están  en el exilio a causa de La pérdida de la guerra por d bando republicano, y por ramo tienen un mismo enemigo: la España franquista; la edad de todos al abandonar su país está entre los treinta y los cuarenta años (León Felipe y Juan José Domenchina son los mayores y los únicos que habían nacido el siglo anterior}; los cinco han publicado ya obra en España; todos son plenamente conscientes de la España que pretendfa la República, y son también conocedores de sus programas sociales y politicos por haber participado en ellos de una forma u otra; los cinco  viven, escriben y publican en México. A excepción de Ramón J. Sender, que cambió de país tras una corta estancia, todos mueren en México.

La guerra civil que vivieron y el consecuente desalojo de su país empujados por el bando franquista vencedor hacen que busquen causas, eximan culpas, distribuyan responsabilidades, revuelvan en la historia. Y todo esto queda reflejado en su obra, en la que los mismos temas se repiten, a veces con idénticas palabras, en una síntesis de sus experiencias, sus recuerdos y las lecturas de unos españoles, sin más diferencia que el estilo que marca a cada uno de estos escritores. La España cainita, la España franquista y la España eterna luchan en la obra de todos ellos como en una contienda paralela. Aunque el trabajo original analiza esas tres imágenes de España, se ha elegido solamente un resumen del apartado “la España cainita”, de la que León Felipe, Juan José Domenchina, Ramón J. Sender, Max Aub y Luis Cernuda trataron en sus primeros libros por ser una necesidad urgente para ellos explicarse el horror de la guerra civil. El límite de espacio en las actas obliga a ceñirse a León Felipe y Juan José Domenchina.

Para Ortega y Gasset, “el secreto de los grandes problemas españoles está en la Edad Media”. Américo Castro confiesa que, desde el Pensamiento de Cervantes a la realidad hístórica de España”, pasando por “De la edad conflictiva” y todos los demás, sus libros están “escritos para averiguar el motivo de nuestro cainismo crónico”· Ambos han repetido una y otra vez la importancia de la Edad Media, donde la convivencia entre las tres castas y su posterior ruptura con el dominio de una sobre las otras dos señala no solamente el nacimiento de España sino también el origen de lo que Américo Castro llama “lo atroz”, y “lo grato”, la ambivalencia que llevará al español a la gloria de sus Siglos de oro y a la intolerancia extremista que marcará en lo sucesivo su convivencia nacional. Según este autor, esos enfrentamientos entre las castas llevaban aparejada la intolerancia de tipo religioso, ya que en las guerras de Reconquista, si bien los cristianos luchaban por recuperar la tierra, había otro motivo que enconaba mucho más los odios a la vez que daba una magnitud diferente a la contienda; este motivo era “la convicción de ser su fe verdadera y la musulmana falsa”. Tanto Américo Castro como Ortega y Gassct encuentran en los enfrentamientos entre españoles un tinte religioso.

El cainismo como un destino fatal para los españoles está en los versos de Cernuda: “Pero una estatua ciega dio al pueblo la leyenda /de algún poder maligno ( … )”; en las frases de Max Aub: “Los españoles somos grandes cuando somos cien; más nos entrematamos”; la envidia que simboliza el hacha en los versos de León Felipe; el odio y el rencor en los de Juan José Domenchina; la crueldad, la violencia, la sangre de tiempos remotos sigue en los subterráneos de la memoria, en las novelas autobiográficas de Ramón J. Sender. 

A León Felipe la profundidad de su concepto religioso de la vida le lleva a utilizar constantemente metáforas, imágenes y parábolas religiosas para explicar sus sentimientos respecto a España, a la guerra, a los españoles y a las circunstancias que envolvieron su vida de revolucionario. Va de la oración a la blasfemia con un lenguaje crudo. A dos cosas va a ser fiel León Felipe hasta el final de su vida: a la España eterna, espiritual, cuya esencia máxima es el espíritu de D. Quijote, y a su creencia religiosa, que flaquea sólo en uno de sus últimos y mejores poemas,  “Oh, el barro”, donde se advierte una duda unamuniana y un dejo de desesperanza.

En la obra de León Felipe anterior a la guerra civil no hay ninguna alusión a lo que tradicional menee se ha considerado -y se cree aún hoy- que es el pecado capital de los españoles: la envidia. Sin embargo, esta idea de una España de la intolerancia, de la desmembración, de la envidia, irrumpirá de una forma contundente, bajo un titulo significativo, gráfico y cruel: “El hacha”, poema escrito en la guerra y que se publicó en 1939 dentro del libro Español del exodo y del campo. Lleva como subtitulo “Elegía española”, y es más que amargo escalofriante, desesperanzado, sin duda producto de una visión directa de la locura de la guerra. León Fdipe dedica esta elegía: «A los caballeros del Hacha, a los cruzados del rencor y del polvo … a todos los españoles del mundo” .

El hacha como símbolo de división, herramienta rural (Domenchina utiliza el arado) primitiva, ligada a la tierra y a la presunta violencia española, la ve el poeta como una especie de objeto totémico de España. El hacha aparece en el romance “la tierra de Alvargonzálcz”, de Anconio Machado, como el arma del fratricidio, de la envidia. Cuando el espectro del padre se les aparece a los hijos, “lleva un haz de leña al hombro /y empuña un hacha de hierro“.

También es un hacha la que ve brillar el padre entre sus hijos mayores cuando les confiesa su amor por el hermano pequeño; y, en fin, es el tachón sombrío que sobre la frente del padre dormido a la orilla de la fuente semeja “la huella de un hacha”. León Felipe cree, como tantos otros escritores españoles que vivieron la guerra civil, que el cainismo es tan antiguo como España y que ésta es víctima de algún tipo de maldición que la lleva a que en su seno se enfrenten y maten los hermanos, a que la intolerancia y la envidia les impida vivir bajo el mismo techo: 

Tu enemigo es tu sangre /y el barro es tu techo/ ¡Qué viejo veneno lleva el río /y el viento /y el
pan de tu meseta /que emponzoña la sangre, alimenta la envidia/, da ley al fratricidio /y asesina el honor y la esperanza!”

Vistos fuera del contexto de la guerra civil, estos apocalípticos versos de León Felipe suenan desmesurados. Si bien parece estar influido por los Campos de Castilla, de Antonio Machado, como casi todos los escritores de aquel momento que viven la guerra, su visión es mucho más violenta que la del poeta de las Soledades, quien se compadece de ese destino de España, irremediable y desgracia.do, pero siempre digno de lástima: “tierras pobres, cierras tristes, /tan tristes que tienen alma. ( … ) /Oh pobres campos malditos/pobres campos de mi patria!”·

Para León Felipe, la España de todos los tiempos tiene un haz y un envés: el hacha y la espada; la envidia y el honor. La envidia entre los españoles es tan profunda y tan antigua que: ” … contigo ha vivido /en todos los exilios. /Yo la he visto en América -en México y en Lima- “. Fue la envidia la que enfrentó a Pánfilo de Narváez con Cortés; a Pizarros,  Almagros, Alvarados, Aguirres, Tapias … , como cuenta el Inca Garcilaso de la Vega en su Comentarios reales. 

En su inclinación por la filosofía calderoniana, pesimista, León Felipe no ve más que un destino ciego que juega con los hombres con sólo quitarles o ponerles un disfraz diferente. Desde los orígenes de Castilla, los Diego Carrión o Pedro Vermúdcz de otros siglos siguen siendo los mismos españoles del siglo XX. El gran teatro del mundo viste a estos hombres, ya con el haz y las flechas ya con la estrella proletaria, para que se enfrenten  en “la arena de mi circo».

En esta visión en blanco y negro de España, que tal vez sólo justifique el horror de haber participado en una guerra civil, León Felipe ve en la creación de bandos y partidos la excusa trágica de llevar a España a la destrucción: “iQuitaos esas máscaras! /Nuevo sínbolo es éste: el hacha”·

 

 

El realismo frente al idealismo. En el poema “El niño .de Vallecas”, León Felipe ve la cara de la peor España, a la que, dice, “se vuelve siempre, siempre”. Ame la cabeza  deforme de un imbécil de facciones toscas y mirada simple; de expresión palurda y brutal que se aferra a lo terreno tanto como se aleja de lo espiritual, el poeta se descubre a sí mismo y a todos los españoles. En ese rostro, Velázqucz plasmó la cara de la España del siglo XVII que sólo veían unos pocos, y que León Felipe vuelve a encontrar en la España de 1936. La cara deformada y bárbara de la España de la guerra civil:

Estuve en una guerra sangrienta, /tal vez la más sangrienta de todas. /Viví en muchas ciudades bombardeadas, /camino bajo las bombas enemigas que me perseguían, /vi palacios derruidos, /sepultando entre sus escombros niños y mujer .. inocentes.. /. Una noche conté cientos de cadáveres /buscando un amigo muerto”.

Esa cara es, para el poeta, el realismo español; es la bala que sólo en la cabeza de D. Quijote se vuelve yelmo, y halo en la de los místicos. “Bacía, yelmo, halo, éste es el orden Sancho”. Realismo, idealismo, misticismo los ve León Felipe como un progreso lógico y deseado: “Hasta que un día (¡un buen día!) /el yelmo de Mambrino /- halo ya, no yelmo ni bacía- /se acomode a las sienes de Sancho y a las tuyas y a las mías”. 

En Juan José Domenchina, a diferencia de León Felipe, donde es casi imposible separar la biografía de la poesía, éstas no se mezclan explícitamentc nunca; aunque, a riesgo de sonar a contradicción, los poemas escritos en México sean una quintaesencia de su propia vida.

En una de sus crónicas escritas antes de la guerra civil, y firmadas como “Gerardo Rivera”, viene a decir que mostrar la biografía sería lo mismo que enseñar el estiércol de la rosa. Y en unos versos del poema “El verbo es luz divina” que escribió poco antes de morir, dice

... Oíd: lo que no digo /es lo que está en mi aliento y tan conmigo /que no se me derrama en
lo que hablo / ( .. ) Sobre un altar sin luces, al abrigo /de las tinieblas, dejo, en mi retablo /de
silencio, las cosas que  no dígo”

La falta de anécdota en la poesía de Domenchina es la razón por la cual no resulta fácil entresacar de los versos una opinión literal sobre temas como el cainismo, la España eterna, el franquismo o la guerra civil. Pero a pesar de la ambigüedad de la que reviste a su obra, se adivinan los sujetos o las causas y se lee entre líneas lo que no está escrito en caracteres. La España que añora Domenchina en su exilio es la flsica: el campo, el cielo o el aire.

Todo lo que estuvo y está a pesar de los hombres que la gobiernen o la pueblen. El poeta quiere fundirse de nuevo en el paisaje, hundir su huella en la tierra, sentir el frío de los inviernos de Madrid u oler la tierra agostada de sus llanuras.  Domenchina se considera solamente rafees, y éstas se quedaron en España, lo que le inspira a la vez un terrible dolor y una alta satisfacción. Las contradicciones y las paradojas pueblan los poemas de Juan José Domenchina. El exilio no solamente transforma su vida espiritual sino también su cuerpo. Poco a poco va debilitándose en una rara enfermedad de melancolía que le transforma en un misántropo, después en un ermitaño y más tarde en un muerto: “El amarillo de tu faz…. /el luto de tus  ojos … los labios que escondiste /en una mueca – en rictus- que pusiste /por mutis a tu verbo disoluto”.

La de Juan José Domenchina es una de las vidas conocidas más tristes del exilio republicano. No hay consuelo a su dolor ni objeto que pueda sustituir al bien perdido. La fidelidad trágica a su pasado le hace vivir una vida de sombra que acaba llevándole a la muerte real. Sus poemas recogen todo el sentimiento amargo que cabe en un alma humana. Hombre de gran lucidez e inteligencia, critico intuitivo, conocedor indiscutible del idioma, testigo privilegiado de una época histórica fundamental (fue secretario de Manuel Azaña cuando éste era presidente del Consejo de Ministros, hubiera sido capaz de escribir una extensa obra critica, de erudición. Pero jamás pudo sobreponerse a la melancolía en la que le sumió la pérdida irreversible de su patria, cuya presencia es tan total que no hay un poema suyo que no la contenga.

La envidia, y sobre todo el odio, el rencor, son las causas que ve Domenchina en la guerra civil, y que, también, considera como el peor pecado de los españoles. En uno de los sonetos donde habla de la envidia, una cita de Unamuno en forma de adagio (“..la envidia de morder nunca se sacia, pues no come) da marco y pretendida validez intelectual a esta acusación de la eterna envidia de los españoles. En ese soneto, el recelo y la desconfianza que le van a acompañar en el exilio, se manifiestan claramente:

“Querrán con sus calumnias suplantarte; /falsificando el parecer ajeno, /por inmune al soborno,
sobornarte.” 

El cainismo como maldición de España, en la misma línea de los orros poeras estudiados, aparece en estos versos doblemente oscuros:

Venimos de las tinieblas /de la noche, por el odio /rescoldado a fuego lento, en la lenta /alfombra de la ceniza, /negras ascuas.

Pero en la obra de Domenchina, el odio no acaba en los bandos sino que acompaña a los desterrados allí donde vayan:

“Somos espectros en jirones /de sombra aciaga, venimos /de la muerte ( … ) /por la soledad conjunta del todo, /en hacinada convivencia /de recíprocos rencores /venimos /del horror”.

Y en la Segunda elegía jubilar (ya el titulo suena a paradoja) insiste en la maldición del suelo español por el cainismo antiguo, donde la saña ha llegado al centro de la roca misma haciéndose una con ella: “Raices desenterradas, /que arrancó el odio, trasplante /sin arraigo .. “. Y advierte en otros versos a aquellos que hurgan en una tierra y en una memoria que apenas cubre un pasado bárbaro.

Los que erradican el bosque /milenario, desentrañan /muerte viva; /los hondones, removidos,
/sacan a la luz su raigambre /de ojos ciegos.

Porque, para estos escritores, la capa de tierra no esconde blanda arcilla, sino fuego,brasas de las repetidas guerras civiles. Y así lo ve Domenchina en estos versos:

Tuétano de lumbre, d rayo /fundió en espirales tercas /la blandura /de su arcilla; /son ralees /de
fuego sólido, lumbre /soterrada” .

Y así como para León Felipe el brutal realismo  “vuelve siempre, siempre … “, para Juan José Domenchina, en la amargura del recuerdo de la guerra y la realidad del triste exilio que vive, la desesperanza se acentúa y tiene también la intuición de que en la historia de España han de repetirse periódicamente estos enfrentamientos civiles. La imagen del dios ibero, sanguinario, de los poemas de Antonio Machado, que exige cada cierro tiempo el cruel tributo a los moradores de esas tierras, conduce a Domenchina a considerar como algo cíclico y fatal la manifestación brutal del odio y d cainismo. “No se apagan en tu sombra !los rescoldos atizados /de rencor. 1 No se apagan: fuego sordo, !lumbre oculta, entre ceniza,/no se apagan”  En su Segunda elegía jubilar, que le dedica a Manuel Azaña, a esos enfrentamientos fatales los llama “día de la ira fraterna“. 

 

 

 

 

 

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