LO PEQUEÑO ES HERMOSO (Parte XVIII. Epílogo), por E. F. Schumacher

INDICE – LO PEQUEÑO ES HERMOSO, de E. F. Schumacher

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LO PEQUEÑO ES HERMOSO*(Parte XVIII)

Por E. F. Schumacher

 

Epílogo

 

En el entusiasmo producido por el descubrimiento de los poderes científicos y tecnológicos, el hombre moderno ha construido un sistema de producción que viola la naturaleza y un tipo de sociedad que mutila al hombre. Se piensa que si tan sólo hubiera más y más riqueza, todo lo demás estaría solucionado. Se considera al dinero todopoderoso; si no puede comprar valores inmateriales tales como la justicia, la armonía, la belleza o incluso la salud, puede hacer olvidar la necesidad de ellos, o compensar su pérdida. El desarrollo de la producción y la adquisición de riqueza han llegado a ser de esta manera las metas más altas del mundo moderno y cualquier otra meta, no importa cuanto se hable de ella todavía, ha sido relegada a un segundo plano. Las metas más altas no requieren ninguna justificación, pero todas las metas secundarias tienen finalmente que justificarse a sí mismas en términos del servicio que su logro rinde al logro de las más altas.

Ésta es la filosofía del materialismo, y es esta filosofía (o metafísica) la que ahora está siendo desafiada por los hechos. Jamás ha habido ningún tiempo, en ninguna sociedad ni en ninguna parte del mundo, sin sabios y maestros que desafíen al materialismo y procuren un orden de prioridades diferente. Los lenguajes han diferido, los símbolos han variado y, sin embargo el mensaje siempre ha sido el mismo: «Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas (las cosas materiales que también necesitáis) os serán dadas por añadidura». Se nos dice que nos han de ser dadas aquí en la tierra, donde las necesitamos, no simplemente en una vida futura más allá de nuestra imaginación. Hoy día, no obstante, este mensaje nos llega no solamente a través de los sabios y los santos, sino también del actual desarrollo de los hechos físicos. Nos hablan en el lenguaje del terrorismo, del genocidio, de la destrucción, de la contaminación, de la extinción. Parece que vivimos en un periodo único de convergencia. Se está haciendo más evidente que no hay sólo una promesa, sino también una amenaza, en esas asombrosas palabras acerca del reino de Dios: la amenaza de que «a menos que se busque el reino, las demás cosas que también necesitamos dejarán de ser alcanzables». Tal como dijera recientemente un escritor, sin hacer referencia a la economía ni a la política, pero refiriéndose directamente a la condición del mundo moderno:

«Si puede decirse que el hombre colectivamente se retrae cada vez más de la Verdad, también puede decirse que por todas partes la Verdad está rodeando cada vez más al hombre. Casi podría decirse que para poder recibir un toque de Ella, lo que en el pasado requería el esfuerzo de una vida, hoy todo lo que se le pide al hombre es que no se retraiga. Y sin embargo, ¡cuán difícil es![1]».

Nos retraemos de la verdad si creemos que las fuerzas destructivas del mundo moderno pueden ser «puestas bajo control» por la simple medida de movilizar más recursos (económicos, educativos y de investigación) para combatir la contaminación, para preservar la vida silvestre, para descubrir nuevas fuentes de energía y para concretar acuerdos más efectivos de coexistencia pacífica. No hay necesidad de decir que la riqueza, la educación, la investigación y muchas otras cosas son necesarias en cualquier civilización, pero lo que es más necesario hoy es una revisión de los fines a los que se supone sirven estos medios. Y esto implica, por encima de todo, el desarrollo de un estilo de vida que otorgue a las cosas materiales su lugar legítimo y propio, que es secundario y no primario.

La «lógica de la producción» no es ni la lógica de la vida ni la lógica de la sociedad. Es tan sólo una parte pequeña de ellas y está a su servicio. Las fuerzas destructivas liberadas por ella no pueden ponerse bajo control, salvo que «la lógica de la producción» misma esté controlada de modo que las fuerzas destructivas dejen de estar desatadas. Sirve de muy poco tratar de suprimir el terrorismo si la producción de inventos mortíferos continúa siendo tratada como un legítimo empleo de los poderes creativos del hombre. La lucha contra la contaminación tampoco puede tener éxito si las formas de producción y consumo continúan siendo de una escala, una complejidad y un grado de violencia que, como se hace cada vez más visible, no encajan dentro de las leyes del universo, a las cuales el hombre está tan sujeto como el resto de la creación. De la misma manera, la posibilidad de mitigar el agotamiento de los recursos o de conseguir la armonía en las relaciones entre los poseedores de riqueza y poder y los que carecen de ellos es inexistente mientras no exista en algún sitio la idea de que lo suficiente es bueno, y más de lo suficiente, malo.

Un signo positivo que abre esperanzas es el ver que estos temas están gradualmente (aunque quizá con demasiada cautela) expresándose en algunos discursos oficiales y semioficiales. Existe un informe escrito por un comité, a petición de la Secretaría de Estado para el Medio Ambiente, que habla de que las sociedades tecnológicamente desarrolladas necesitan ganar tiempo para tener una oportunidad «de revisar sus valores y de cambiar sus objetivos políticos»[2]. Es un asunto de «opciones morales», dice el informe; «ningún cálculo puede por sí solo ofrecer respuestas… El hecho de que la gente joven de todo el mundo esté cuestionando fundamentalmente los valores convencionales es un síntoma de la incomodidad generalizada que se observa constantemente en nuestra civilización industrial»[3]. La contaminación debe ser controlada y la población de la humanidad y el consumo de recursos deben dirigirse hacia un equilibrio permanente y sostenido. «A menos que se haga esto, tarde o temprano (y algunos piensan que queda poco tiempo), la extinción de la civilización dejará de ser un tema de ciencia-ficción. Será la experiencia de nuestros hijos y nietos»[4].

Pero ¿de qué manera hacerlo? ¿Cuáles son esas «alternativas morales»? ¿Es sólo un asunto, tal como el informe también sugiere, de decidir «cuánto estamos dispuestos a pagar para tener un medio ambiente limpio»? La humanidad tiene, desde luego, una cierta libertad de elección: no está limitada por las modas, por la «lógica de la producción» o por cualquier otra lógica fragmentaria. Pero está limitada por la verdad. Sólo en el servicio a la verdad existe la perfecta libertad, y aun aquellos que hoy nos piden «liberar nuestra imaginación de la esclavitud al sistema existente»[5] olvidan mostrar el camino del reconocimiento de la verdad.

Parece poco probable que el hombre del siglo XX esté llamado a descubrir una verdad que jamás antes se hubiera descubierto. En la tradición cristiana, como en todas las tradiciones genuinas de la humanidad, la verdad se ha establecido en términos religiosos, un lenguaje que ha llegado a ser poco menos que incomprensible para la mayoría de los hombres modernos. El lenguaje puede revisarse, y hay escritores contemporáneos que así lo han hecho, dejando la verdad intacta. De toda la tradición cristiana, quizá no haya ninguna enseñanza que sea más importante y apropiada a la situación moderna que las maravillosamente sutiles y realistas doctrinas de las Cuatro Virtudes Cardinales: prudencia, justicia, fortaleza y templanza.

El significado de prudencia, llamada significativamente «madre» de las otras virtudes (prudentia dicitur genitrix virtutum), no es el otorgado a la palabra «prudencia» de la manera que la usamos. Significa lo opuesto a una actitud vital mezquina y calculadora, que rehúsa mirar y valorar cualquier cosa que no prometa una ventaja utilitaria inmediata.

«La preeminencia de la prudencia significa que la realización del bien presupone el conocimiento de la realidad. Sólo puede hacer el bien aquel que conoce cómo son las cosas y cuál es su situación. La preeminencia de la prudencia significa que las llamadas “buenas intenciones” de ninguna manera son suficientes. La realización del bien presupone que nuestras acciones son las apropiadas a la situación real, es decir, a las realidades concretas que forman el “entorno” de una acción humana concreta, y que nosotros, por lo tanto, tenemos que tomar seriamente esta realidad concreta, con objetividad completa[6]».

Esta objetividad completa, sin embargo, no puede adquirirse, y la prudencia no puede perfeccionarse, de no ser a través de una actitud de «silenciosa contemplación» de la realidad, durante la cual los intereses egocéntricos del hombre quedan por lo menos temporalmente silenciados. Sólo sobre la base de esta forma magnánima de prudencia podemos alcanzar la justicia, fortaleza y temperantia, que significa saber cuándo lo suficiente es suficiente. «La prudencia implica una transformación del conocimiento de la verdad en decisiones que corresponden a la realidad»[7]. ¿Qué cosa, por lo tanto, podría ser de mayor importancia hoy que el estudio y el cultivo de la prudencia, lo que casi inevitablemente conduciría a una real comprensión de las otras tres virtudes cardinales, que son indispensables para la supervivencia de la civilización?[8].

La justicia se relaciona con la verdad, la fortaleza con la bondad, y la templanza con la belleza, mientras que la prudencia, en cierto sentido, las comprende a las tres. El llamado realismo que se comporta como si el bien, la verdad y la belleza fueran demasiado vagos y subjetivos para adoptarlos como los objetivos más altos de la vida social o individual, o que los considera como un trampolín hacia la obtención de la riqueza y del poder, ha sido apropiadamente calificado «realismo de locos». En todas partes la gente pregunta: «¿Qué es lo que puedo hacer?». La respuesta es tan simple como desconcertante: nosotros, cada uno de nosotros, podemos trabajar para poner en orden nuestra propia casa. La orientación que necesitamos para este trabajo no puede encontrarse en la ciencia ni en la tecnología, cuyo valor depende en última instancia de los fines a los que sirven; pero puede todavía hallarse en la sabiduría tradicional de la humanidad.

 

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NOTAS

(*) Título original: Small is Beautiful Ernst Friedrich Schumacher, 1973 Traducción: Óscar Margenet, 1978

[1] Ancient Beliefs and Modern Superstitions, por M. Lings (Perennial Books, Londres, 1964).

[2] Pollution: Nuisance or Nemesis? (HMSO, Londres, 1972).

[3] Ibid.

[4] Ibid.

[5] Ibid.

[6] Prudence, por J. Pieper, trad. de R. y C. Winston (Faber & Faber Ltd., Londres, 1960).

[7] Fortitude and Temperance, por Joseph Pieper, traducido por Daniel F. Coogan (Faber & Faber Ltd., 1955).

[8] Justice, por Joseph Pieper, traducido por Lawrence E. Lynch (Faber & Faber Ltd., Londres, 1957). No podría encontrarse ninguna guía mejor para la incomparable enseñanza cristiana de las Cuatro Virtudes Cardinales que la de Joseph Pieper, de quien se ha dicho con acierto que no sólo sabe cómo transmitir en forma inteligible lo que quiere decir al lector común, sino cómo hacerlo con una inmediatez notable para los problemas y necesidades del lector.

 

 

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