“VENCERÉIS, PERO NO CONVENCERÉIS”// UNAMUNO Y LA GUERRA CIVIL, por Julio Picatoste

“Unamuno era de derechas, sin duda, pero de una derecha civilizada y no fascista. No pudo estar del lado de la República, dados los excesos en que degeneró, pero tampoco pudo estar del lado de los franquistas. Todo cuando se dice en este artículo ocurrió tal cual está relatado: no hay sesgo alguno en su contenido.

Que Unamuno fue enterrado por falangistas, lo supe, cuando al comprar una revista de historia, mientras estudiaba en la Universidad de Oviedo, vi la portada. No pude evitar la sorpresa, y le dije a la vendedora, que parecía bastante ilustrada: “¿Pero esto fue verdad? ¿Unamuno fue enterrado así?” Ella me lo confirmó con cierto lujo de detalles (en algún sitio de mi desván debo tener el ejemplar de la revista con la fotografía. La rescataré.) Nada de ello invalida el discurso de Unamuno en presencia de Millán Astray.

Los falangistas que aún queden en España tienen muchas explicaciones que dar a los españoles sobre su participación en la guerra civil y su colaboración con la dictadura militar posterior. No olvide que soy asturiano, criado en la cuenca minera, y allí siempre estuvo a flor de piel el relato de las represalias y crímenes cometidos tras la caída de la República. En muchos lugares, la gente mayor te señalaba con exactitud las fosas comunes donde habían enterrado a grupos de fusilados, sin juicio previo.

Todo esto es historia, cierto, pero historia verídica. Y la historia, para los lectores atentos, siempre ha sido una buena maestra. Los españoles tenemos mucho que aprender de los acontecimientos, más bien tristes, que nuestros ancestros produjeron a lo largo de casi todo el siglo XX”.

JESÚS NAVA

 

 

 

“VENCERÉIS, PERO NO CONVENCERÉIS”

por Miguel de Unamuno

 

Acabo de oír el necrófilo e insensato grito, “Viva la muerte”. Y yo, he de deciros, como experto en la materia, que esta ridícula paradoja me parece repelente. El general Millán Astray es un inválido de guerra. También lo fue Cervantes. Pero desgraciadamente en España hay actualmente demasiados mutilados. Y, si Dios no nos ayuda, pronto habrá muchísimos más. Un mutilado que carezca de la grandeza espiritual de Cervantes, es de esperar que encuentre un terrible alivio viendo como se multiplican los mutilados a su alrededor.” En este momento, Millán Astray no se pudo detener por más tiempo, y gritó: “¡Abajo la inteligencia!” ¡Viva la muerte!”, clamoreado por los falangistas. Pero Unamuno continuó: “Este es el templo de la inteligencia. Y yo soy su sumo sacerdote. Estáis profanando su sagrado recinto. Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta. Pero no convenceréis. Para convencer hay que persuadir. Y para persuadir necesitaréis algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me parece inútil el pediros que penséis en España. He dicho.”

***

Otro hecho notable que conmovió las líneas de batalla fue el cambio de actitud de los más eminentes intelectuales de la España anterior a la guerra. En su mayor parte se encontraban en la España republicana al ocurrir el alzamiento. Firmaron un manifiesto en el que se pedía apoyo para la República. Las firmas de este manifiesto incluían las del médico y biógrafo doctor Marañón, el embajador y novelista Pérez de Ayala, el historiador Menéndez Pidal y el prolífico escritor y filósofo José Ortega y Gasset.

A VECES QUEDARSE CALLADO EQUIVALE A MENTIR

Sin embargo, el efecto de las atrocidades republicanas y de la creciente influencia de los comunistas hizo que estos hombres, que habían tenido una parte tan importante en la creación de la República en 1931, aprovecharan cualquier oportunidad que tuvieran a su alcance para marchar al extranjero. Una vez allí, retiraron su apoyo a la República”.

Un camino enteramente contrario fue el seguido por el filósofo vasco Miguel de Unamuno, autor de “El sentido trágico de la vida” y portaestandarte de la generación del 98. Como rector de la Universidad de Salamanca, se encontró al principio de la guerra civil en territorio nacionalista. Todavía el 15 de Septiembre, continuaba apoyando el movimiento nacionalista en su “lucha por la civilización contra la tiranía”.

Pero el 12 de Octubre había cambiado. En esta fecha, día de la Fiesta de la Raza, se celebró una gran ceremonia en el paraninfo de la Universidad de Salamanca. Estaba presente el obispo de Salamanca, se encontraba allí el gobernador civil. Asistía la señora de Franco. Y también el general Millán Astray. En la presidencia estaba Unamuno, rector de la Universidad.

Después de las formalidades iniciales, Millán Astray atacó violentamente a Cataluña y a las provincias vascas, describiéndolas como “cánceres en el cuerpo de la nación. El fascismo, que es el sanador de España, sabrá como exterminarlas, cortando en la carne viva, como un decidido cirujano libre de falsos sentimentalismos”.

Desde el fondo del paraninfo, una voz gritó el lema de Millán Astray“Viva la muerte”Millán Astray dio a continuación los habituales gritos excitadores del pueblo: “¡España!”, gritó. Automáticamente, cierto número de personas contestaron: “Una ““¡España!”, volvió a gritar Millán Astray“¡Grande!”, replicó su auditorio, todavía algo remiso. Y al grito final de “¡España!” de Millán Astray, contestaron sus seguidores “¡Libre!”. Algunos falangistas, con sus camisas azules, saludaron con el saludo fascista al inevitable retrato sepia de Franco que colgaba de la pared sobre la silla presidencial.

VENCERÉIS, PORQUE TENÉIS SOBRADA FUERZA BRUTA, PERO NO CONVENCERÉIS, PORQUE OS FALTA RAZÓN Y DERECHO

Todos los ojos estaban fijos en Unamuno, que se levantó lentamente y dijo: “Estáis esperando mis palabras. Me conocéis bien, y sabéis que soy incapaz de permanecer en silencio. A veces, quedarse callado equivale a mentir. Porque el silencio puede ser interpretado como aquiescencia. Quiero hacer algunos comentarios al discurso – por llamarlo de algún modo – del general Millán Astray que se encuentra entre nosotros. Dejaré de lado la ofensa personal que supone su repentina explosión contra vascos y catalanes. Yo mismo, como sabéis, nací en Bilbao. El obispo – y aquí Unamuno señaló al tembloroso prelado que se encontraba a su lado – lo quiera o no lo quiera, es catalán, nacido en Barcelona”. Se detuvo. En la sala se había extendido un temeroso silencio.

Unamuno y Millán Astray

Jamás se había pronunciado discurso similar en la España nacionalista. ¿Qué iría a decir a continuación el rector? “Pero ahora – continuó Unanumo – acabo de oír el necrófilo e insensato grito, “Viva la muerte”. Y yo, que he pasado mi vida componiendo paradojas que excitaban la ira de algunos que no las comprendían, he de deciros, como experto en la materia, que esta ridícula paradoja me parece repelente. El general Millán Astray es un inválido. No es preciso que digamos esto con un tono más bajo. Es un inválido de guerra. También lo fue Cervantes. Pero desgraciadamente en España hay actualmente demasiados mutilados. Y, si Dios no nos ayuda, pronto habrá muchísimos más. Me atormenta el pensar que el general Millán Astray pudiera dictar las normas de la psicología de la masa. Un mutilado que carezca de la grandeza espiritual de Cervantes, es de esperar que encuentre un terrible alivio viendo como se multiplican los mutilados a su alrededor.”

En este momento, Millán Astray no se pudo detener por más tiempo, y gritó: “¡Abajo la inteligencia! ¡Viva la muerte!”, clamoreado por los falangistas.

Pero Unamuno continuó: “Este es el templo de la inteligencia. Y yo soy su sumo sacerdote. Estáis profanando su sagrado recinto. Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta. Pero no convenceréis. Para convencer hay que persuadir. Y para persuadir necesitaréis algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me parece inútil el pediros que penséis en España. He dicho.”

Siguió una larga pausa. Luego con un valiente gesto, el catedrático de derecho canónico salió a un lado de Unamuno y la señora de Franco al otro. Pero esta fue la última clase de Unamuno. En adelante, el rector permaneció arrestado en su domicilio. Sin duda hubiera sido encarcelado, si los nacionalistas no hubieran temido las consecuencias de tal hecho.

Unamuno moría con el corazón roto de pena el último día de 1936.

***

HUGH THOMASLa Guerra Civil Española. España contemporánea, Ediciones Ruedo Ibérico – Libro IV Apartado 42, Páginas 294 a 295. Filosofía Digital, 2008.

 

 

 

Los invitados a la inauguración del Colegio, en 1935. Unamuno, señalado con el círculo. / ABC

“Ideado por Miguel Primo de Rivera, financiado por Jacobo Fitz James Stuart, duque de Alba, y ejecutado por Alfonso XIII, los últimos ladrillos del edificio los colocaron las autoridades de la Segunda República, que querían contar para la foto con «las más prestigiosas representaciones de la vida intelectual española», según consta en la invitación personal que recibió Unamuno. Y allí se plantaron Gregorio Marañón, Ortega y Gasset, Juan de la Cierva… Y el propio escritor bilbaíno, que volvía como rector de la Universidad de Salamanca a la «ciudad lumbre» que le había dado cobijo, «recuerdos y afectos» durante su destierro.

«¡Así la parta un rayo! ¡De qué mala gana iré a París, pero no hay más remedio!», se confesaba el escritor con su yerno por carta, unos días antes del viaje: «El título de esa maldita conferencia, con la que no contaba, será ‘El destino de España y la universalidad de su habla’. Esto se presta a todo y a improvisar cosas pensadas y sentidas en años», se excusaba el genio.” (La Verdad)

 

 

UNAMUNO Y LA GUERRA CIVIL

Por Julio Picatoste – Magistrado de la Audiencia Provincial de Pontevedra

 

Articulo publicado el 3 de marzo de 2018 en: 

http://www.eldiario.es/tribunaabierta/Unamuno-Guerra-Civil_6_746185385.html

 

Es sabido que Unamuno se adhirió en un principio al bando de los rebeldes y realizó actos difícilmente entendibles en quien era declarado antimilitarista”

“Al paso de los días se hace cargo de su errada percepción del alzamiento; nada de lo que ocurre tiene que ver con rectificación de la República ni con la “defensa de la civilización occidental cristiana” que tanto predicaba

 

 

 

Colette y Jean Claude Rabaté son un matrimonio de hispanistas franceses volcados desde hace tiempo en el estudio de la figura de Miguel de Unamuno. A pocos meses de publicar el primer tomo del Epistolario del rector salmantino (¡se anuncian ocho volúmenes!), llega ahora a las librerías ‘En el torbellino. Unamuno en la Guerra Civil’, en cuidada edición de Marcial Pons. Se trata de un excelente y documentado estudio sobre los primeros meses de la Guerra Civil española tan intensamente vividos por el pensador “donquijotesco”, aquel “fuerte vasco” “de quimérica montura”, como en verso le describió Antonio Machado. Ha sido propósito de los autores indagar sobre las “posturas vacilantes e incluso difícilmente explicables que adoptó frente a los dos bandos durante los primeros meses de la Guerra Civil” y tratan, en suma, de entender y reconstruir aquellos momentos de “tumulto y de confusión que vivieron muchos españoles, entre ellos el viejo catedrático.”

No es, desde luego, el primer libro que aborda las vivencias unamunianas en los meses de Guerra Civil que precedieron a su muerte el 31 de diciembre de 1936. Al margen de las biografías escritas (Rabaté, Juaristi, Salcedo), otros trabajos han abordado en particular ese período que de forma tan aflictiva y tormentosa vivió el rector salmantino (Carlos Rojas, González Egido, Blanco Prieto).

Me atrevería a decir que la lectura de lo escrito sobre estos meses de la vida de don Miguel debe acompañarse del excepcional documento –magníficamente glosado por Carlos Feal- que es El resentimiento trágico de la vida. Notas sobre la revolución y Guerra Civil españolas, agitados apuntes escritos por un Unamuno angustiado y sobrecogido por aquella “salvaje pesadilla”. Probablemente constituyan esas notas el postrer monodiálogo agónico y dramático de un hombre fiel a sí mismo, solo, enfrentado a todos, los “hunos” y los “hotros”.

Es sabido que el rector salmantino se adhirió en un principio al bando de los rebeldes y llevó a cabo actos difícilmente entendibles en quien era declarado antimilitarista. Elías Díaz explica esta actitud anómala de Unamuno, incoherente desde luego con sus propios presupuestos ideológicos, como error de un viejo liberal del siglo XIX que había ido perdiendo contacto con la compleja realidad española y europea. Sin duda, su perspectiva fue errónea, incluso incauta. Tomó aquel levantamiento militar como un intento de rectificación de una República- o mejor, del gobierno republicano- con cuya deriva él, que la proclamó desde el balcón del Ayuntamiento salmantino, se mostraba a disgusto y disconforme. Pudieron inducirle a error determinados gestos equívocos como las palabras de Queipo de Llano que afirmaba que el “movimiento es netamente republicano, de lealtad absoluta y decidida al régimen” y justificaba la sublevación por el bien de España y de la República. También el Comandante Militar de Salamanca, García Álvarez, cierra su bando con un “¡Viva la República!” Aún más, la bandera tricolor se mantuvo ondeando varios días en el Ayuntamiento de la ciudad. Pero don Miguel se estaba equivocando; se dará cuenta de ello y así lo reconocerá; pero para entonces ya había llevado a cabo actos de difícil explicación como la firma del Mensaje de la Universidad de Salamanca en apoyo del alzamiento, o la donación de 5.000 pts. para la causa, cantidad entonces importante.  En el balance de actos y gestos de apoyo al “bando nacional”, el matrimonio Rabaté entiende que, a la postre, son más bien “de fachada”, cargos emblemáticos y honoríficos.

Lo cierto es que al paso de los días se hace cargo de su errada percepción del alzamiento; nada de lo que ocurre tiene que ver con rectificación alguna de la República ni con la “defensa de la civilización occidental cristiana” que él tanto predicaba. Aquello era el suicidio colectivo de una guerra incivil, expresión máxima de la barbarie cainita. Pronto empieza a ver que sus amigos son encarcelados y asesinados; Casto Prieto, alcalde de Salamanca, y José Manso, diputado socialista, mueren a manos de falangistas venidos de Valladolid; el pastor protestante Atilano Coco es encarcelado como también lo fue su dilecto amigo Filiberto Villalobos. Con el tiempo reconocerá su dramática equivocación; contrariado por ella, escribe al escultor vasco Quintín de Torre: “Qué cándido y qué ligero anduve al adherirme al movimiento de Franco”.

El dolor y repulsa por lo que está sucediendo presionan las compuertas de su indignación. Cualquier mínima provocación le hará estallar. Y eso ocurre el 12 de octubre en el Paraninfo donde tiene lugar el ya mítico enfrentamiento entre el viejo rector y Millán Astray. Fiada a la memoria de unos y otros, se hace difícil una reconstrucción fidedigna de lo acontecido entonces entre las paredes de aquel Paraninfo; las versiones de los testigos presenciales no son coincidentes. En contra de lo hecho por otros autores (Salcedo, González Egido, Rojas, Portillo, Hugh Thomas) que llevan a cabo una reelaboración del breve discurso de Unamuno, los Rabaté no quieren aventurar una versión hipotética de un contenido a estas alturas difícil de reconstruir. Por eso, prefieren actuar con “mucha humildad y circunspección” a la hora de recomponer  aquel episodio, pues es tarea que ha de hacerse con testimonios cuya autenticidad es discutible. En tal trance, se limitan a glosar las notas  que el viejo rector escribió al dorso de la carta que le había enviado la mujer del pastor protestante Atilano Coco pidiendo ayuda para su marido encarcelado. Lo que allí figura anotado es lo que probablemente –y a lo mejor no todo- fue dicho por Unamuno. La frase ya acuñada como mítica –”venceréis, pero no convenceréis”- no parece que sea exacta; muy probablemente la forma verbal fue otra; el propio don Miguel dejó escrito que en su arremetida verbal increpó a militares y falangistas con un “vencer no es convencer”. Es la razón que se rebela contra la fuerza bruta, inteligencia contra barbarie, justamente allí, en el sagrado templo del saber y por boca de quien –según algunas versiones- dijo ser su sumo sacerdote.  

Tampoco hay unanimidad sobre el nivel de agitación desatada por la embestida verbal de Unamuno, y así lo explican los autores de En el torbellino. Se señala una cierta incoherencia o falta de correspondencia entre la sacudida producida por las palabras del rector y las arrebatadas invectivas de Millán Astray, por una parte, y lo que, por otra, reflejan las fotografías hechas instantes después, en el momento de la despedida, a la salida de acto. Pero sí debe aceptarse una crispación ambiental notable cuando, a propósito de este episodio, el propio Unamuno le dice a Quintín de Torre: “¡Hubiera usted oído aullar a esos dementes de falangistas azuzados por ese grotesco y loco histrión que es Millán Astray”.

A partir de ese incidente empieza un nuevo confinamiento para Unamuno; su casa de la calle Bordadores será su Fuerteventura en Salamanca; allí se mantendrá recluido; escribe cartas, poemas para su Cancionero, recibe visitas. Agitado por la situación de España, angustiado por terribles y certeros presagios, el 21 de noviembre escribe a Lorenzo Giusso: “Cuando se acabe esta salvaje guerra incivil, vendrá aquí el régimen de la estupidización general colectiva y del más frenético terror”. El tiempo le dio la razón.

El 31 de diciembre de 1936, envuelta en frío y nieve, rondaba cautelosa la muerte por entre las paredes de su casa, tal como él había prefigurado treinta años antes en la soledad de su estudio. Y a las cuatro de la tarde, le encontró al fin, sentado en su mesa camilla, al calor del brasero,  y de forma inesperada, sigilosamente, le sumió en el sueño final.

Al día siguiente de la muerte de Unamuno, Ortega y Gasset escribe: “Temo que padezca nuestro país una era de atroz silencio”.  Y así fue durante cuarenta años. Libros y trabajos como este –y otros- del matrimonio Rabaté contribuyen a mantener viva  la voz ejemplar e insobornable de quien, en palabras de Andrés Trapiello, fue el hombre más libre que ha dado España.

 

 

 

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