EL HOMBRE, según Aristóteles y Demócrito

LA ETERNA VERDAD

Por Aristóteles

«Es justo mostrarse reconocidos, no sólo respecto de aquellos cuyas opiniones compartimos, sino también de los que han tratado las cuestiones de una manera un poco superficial, porque también estos han contribuido por su parte. Estos han preparado con sus trabajos el estado actual de la ciencia. En fin, con mucha razón se llama a la filosofía la ciencia teórica de la verdad. En efecto, el fin de la especulación es la verdad. Ahora bien, nosotros no conocemos lo verdadero, si no sabemos la causa. Por esta razón los principios de los seres eternos son sólo necesariamente la eterna verdad. Porque no son sólo en tal o cual circunstancia estos principios verdaderos, ni hay nada que sea la causa de su verdad; sino que por el contrario, son ellos mismos causa de la verdad de las demás cosas. De manera que tal es la dignidad de cada cosa en el orden del ser, tal es su dignidad en el orden de la verdad.»

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La ciencia, que tiene por objeto la verdad, es difícil desde un punto de vista y fácil desde otro. Lo prueba la imposibilidad que hay de alcanzar la completa verdad y la imposibilidad de que se oculte por entero.

Gracias a los pensadores que nos han precedido, ver la verdad debería ser casi tan fácil como clavar un clavo en una puerta. ¿No será que la brillante evidencia de la verdad nos ofusca?

Cada filósofo explica algún secreto de la naturaleza. Lo que cada cual en particular añade al conocimiento de la verdad no es nada, sin duda, o es muy poca cosa, pero la reunión de todas las ideas presenta importantes resultados. De suerte que en este caso sucede a nuestro parecer como cuando decimos con el proverbio, ¿quién no clava la flecha en una puerta?

Considerada de esta manera, esta ciencia es cosa fácil. Pero la imposibilidad de una posesión completa de la verdad en su conjunto y en sus partes, prueba todo lo difícil que es la indagación de que se trata. Esta dificultad es doble. Sin embargo, quizás la causa de ser así no está en las cosas, sino en nosotros mismos. En efecto, lo mismo que a los murciélagos ofusca la luz del día, lo mismo a la inteligencia de nuestra alma ofuscan las cosas que tienen en sí mismas la más brillante evidencia.

Es justo, por tanto, mostrarse reconocidos, no sólo respecto de aquellos cuyas opiniones compartimos, sino también de los que han tratado las cuestiones de una manera un poco superficial, porque también estos han contribuido por su parte. Estos han preparado con sus trabajos el estado actual de la ciencia.

Si Timoteo no hubiera existido, no habríamos disfrutado de estas preciosas melodías, pero si no hubiera habido un Frinis no habría existido Timoteo. Lo mismo sucede con los que han expuesto sus ideas sobre la verdad. Nosotros hemos adoptado algunas de las opiniones de muchos filósofos, pero los anteriores filósofos han sido causa de la existencia de éstos.

En fin, con mucha razón se llama a la filosofía la ciencia teórica de la verdad. En efecto, el fin de la especulación es la verdad, el de la práctica es la mano de obra; y los prácticos, cuando consideran el porqué de las cosas, no examinan la causa en sí misma, sino con relación a un fin particular y para un interés presente.

Ahora bien, nosotros no conocemos lo verdadero, si no sabemos la causa. Además, una cosa es verdadera por excelencia cuando las demás cosas toman de ella lo que tienen de verdad, y de esta manera el fuego es caliente por excelencia, porque es la causa del calor de los demás seres. En igual forma, la cosa, que es la causa de la verdad en los seres que se derivan de esta cosa, es igualmente la verdad por excelencia.

Por esta razón los principios de los seres eternos son sólo necesariamente la eterna verdad. Porque no son sólo en tal o cual circunstancia estos principios verdaderos, ni hay nada que sea la causa de su verdad; sino que por el contrario, son ellos mismos causa de la verdad de las demás cosas. De manera que tal es la dignidad de cada cosa en el orden del ser, tal es su dignidad en el orden de la verdad.

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ARISTÓTELESMetafísica. Espasa Calpe, 1988. Traducción de Patricio de Azcárate. [Filosofía Digital, 21/08/2008]

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EL HOMBRE, UN MUNDO EN MINIATURA

Por Demócrito

 

«Quien escoge los bienes del alma, escoge algo más divino; quien escoge los de su morada corporal, escoge lo humano. Ni en el cuerpo ni en las riquezas hallan los hombres su felicidad, sino en la integridad y la cordura. La medicina sana las enfermedades del cuerpo, mas la sabiduría libera al alma de padecimientos. Los necios se vuelven sensatos en la desdicha. La naturaleza y la enseñanza son cosa semejante. Y es que la enseñanza remodela al hombre y, al remodelarlo, actúa como la naturaleza. En materia de virtud, es necesario esforzarse por hechos y acciones, no por palabras. Se debe ser veraz, no charlatán. Muchos son los que sin haber aprendido la razón de las cosas viven de acuerdo con la razón. A quienes tienen un modo de ser bien ordenado, la vida les resulta asimismo ordenada. La amistad de un solo hombre sensato vale más que la de todos los insensatos. Vivir no merece la pena para quien no tiene ni siquiera un buen amigo. El hombre es un mundo en miniatura.»

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Son tres las consecuencias de tener buen juicio: calcular bien, hablar bien y actuar como es debido. Gran cosa es, aun en las desgracias, tener presente lo que es debido.

Quien trata de ser feliz no debe ocuparse de muchos asuntos, ni en lo público ni en lo privado, ni elegir actividades que excedan su propia capacidad y su naturaleza. Pues es cosa más segura una empresa mesurada que una gran empresa.

No puede haber un buen poeta sin un enardecimiento de su espíritu y sin un cierto soplo como de locura. Lo que escribe un poeta por inspiración divina y por un aliento sacro es sin duda hermoso. Es propio de una inteligencia divina tratar siempre sobre algo hermoso.

La medicina sana las enfermedades del cuerpo, mas la sabiduría libera al alma de padecimientos. Los necios se vuelven sensatos en la desdicha.

La naturaleza y la enseñanza son cosa semejante. Y es que la enseñanza remodela al hombre y, al remodelarlo, actúa como la naturaleza. El hombre es un mundo en miniatura.

Quien escoge los bienes del alma, escoge algo más divino; quien escoge los de su morada corporal, escoge lo humano. Ni en el cuerpo ni en las riquezas hallan los hombres su felicidad, sino en la integridad y la cordura.

Es hermoso evitar que otro cometa injusticia, pero si no, también lo es no ser cómplice de la injusticia. Lo bueno no es no cometer injusticia, sino no querer hacerlo siquiera. Es preciso, o bien ser bueno, o bien imitar al que lo es. El que agravia es más infeliz que el agraviado.

No por miedo, sino por obligación, hay que apartarse de los yerros. Es mejor censurar los yerros propios que no los ajenos. Grandeza de alma es sobrellevar serenamente el error. La causa de un yerro es el desconocimiento de lo mejor.

Es amor justo desear sin arrogancia las cosas bellas. Elogiar los hechos hermosos es hermoso, pues hacerlo de los viles es acción propia de un falso y un mentiroso.

En materia de virtud, es necesario esforzarse por hechos y acciones, no por palabras. Se debe ser veraz, no charlatán.

Lo adecuado es ceder ante la ley, ante el gobernante y ante el más sabio. Es duro verse gobernado por un inferior. El hombre de bien no toma en consideración los reproches de la gente ruin.

Muchos son los que sin haber aprendido la razón de las cosas viven de acuerdo con la razón. A quienes tienen un modo de ser bien ordenado, la vida les resulta asimismo ordenada.

Muchos eruditos carecen de sentido común. Debemos procurar tener un alto grado de sentido común, no de erudición.

No confiéis en todos, sino en las personas acreditadas, pues lo primero es una simpleza; lo otro, propio de una persona sensata. No se es un hombre acreditado o desacreditado sólo por lo que uno hace, sino también por lo que uno pretende.

Para todos los hombres es lo mismo lo bueno y lo verdadero; lo grato, en cambio, es diferente para cada uno.

Los apetitos demesurados por una cosa ciegan el alma para todas las demás. Propio de un niño, no de un hombre, es desear desmesuradamente.

Generoso no es el que tiene la mirada puesta en las compensaciones, sino el que hace bien por su propia elección.

La amistad de un solo hombre sensato vale más que la de todos los insensatos. Vivir no merece la pena para quien no tiene ni siquiera un buen amigo. Mal carácter tiene aquel a quien no le duran mucho los amigos ya probados. Por nadie es amado, me parece, quien no ama a nadie.

Gran daño hacen a los necios quienes los elogian. Es mejor verse elogiado por otro que por uno mismo. Si no comprendes el motivo de los elogios, ten presente que te están adulando.

Prefiero encontrar la explicación de algo a que la realeza de los persas venga a mis manos.

La palabra es sombra del hecho. Falsos y aparentemente buenos son los que lo hacen todo de palabra y no de hecho.

Los hombres han modelado la imagen de la suerte como excusa para su propia irreflexión. Rara vez, en efecto, la suerte está reñida con la inteligencia. Por el contrario, la mayor parte de las cosas de la vida las lleva por buen camino una inteligente penetración.

La vida del insensato no es vivir mal, sino estar mucho tiempo muriéndose.

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DEMÓCRITOFragmentos presocráticos. Traducción de Alberto Bernabé. Alianza Editorial, 1988. Filosofía Digital, 12/02/2007.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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