TEMPORERAS CONTRA LA ESCLAVITUD: LA ESCLAVITUD EN ESPAÑA. LA XENOFOBIA, las Nuevas formas de Esclavitud y los Nuevos modos del Fascismo.

INDICE- Esclavitud en la España del Siglo XXI

 

SOCIALISMO E INMIGRACIÓN: EL EJÉRCITO INDUSTRIAL DE RESERVA EN EL SIGLO XXI

El Socialismo del Siglo XXI no se puede construir sobre la Dialéctica basada en las identidades proporcionadas por el capital; ha de ser construído desde la propia dialéctica de la historia realmente vivida. Y nuestra historia, en este Siglo XXI, es la del Capitalismo Global; lo que supone la necesidad de contar con un “EJÉRCITO INDUSTRIAL DE RESERVA”, también global.

Ese tristísimo ejército es el que con nuestros corazones pétreos, endurecidos, vemos muriendo en el mar o en el desierto, tratando de escapar a su trágico destino, escrito con su propia sangre en las pantallas de nuestras televisiones, en las imágenes de nuestros periódicos, en las pesadillas que nos asaltan, aún despiertos; en el miedo a ver que engrosar tal ejército miserable y desamparado, puede llegar a ser nuestro propio destino. Es este miedo, tan fundado en la realidad, el que produce el rechazo a nuestras pesadillas; el rechazo a la virtud que nos es más propia, como Seres Humanos: la empatía. Y esa pérdida de empatía para con los desfavorecidos es el caldo en que se cultiva el Fascismo.

Necesitamos un Socialismo, en este Siglo XXI, que recupere la empatía; que una y no divida; que sin dejar de pensar en el individuo, tenga en primer plano a la sociedad.

Si la existencia de una superpoblación obrera es producto necesario de la acumulación o desarrollo de la riqueza sobre base capitalista, esta superpoblación se convierte a su vez en palanca de la acumulación capitalista, más aún, en una de las condiciones de vida del modo capitalista de producción. Constituye un ejército industrial de reserva, un contingente disponible, que pertenece al capital de un modo tan absoluto como si se criase y se mantuviese a sus expensas” (Karl Marx, «Producción progresiva de una superpoblación o de un ejército industrial de reserva». El capital: crítica de la economía política).

Vivimos en un mundo regido por un Capitalismo Global, en el que parte de la población es considerada –y tratada- como “sobrante” para los requerimientos de la acumulación de Capital. Y cuanto más rica es una sociedad capitalista, más amplio ha de ser su “Ejército Industrial de Reserva”, porque, de nuevo en palabras de Marx, “La acumulación capitalista produce de manera constante, antes bien, y precisamente en proporción a su energía y a su volumen, una población obrera relativamente excedentaria, esto es, excesiva para las necesidades medias de valorización del capital y por tanto superflua”, que “se acrecienta con la acumulación del capital”.

Comentario censurado por CTXT.es, enviado el 18 de mayo de 2019
  

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LA ESCLAVITUD EN ESPAÑA: LA XENOFOBIA, las Nuevas formas de Esclavitud y los Nuevos modos del Fascismo

 

El Fascismo, que nunca se fue, ya no se oculta. Con la denominación de derecha alternativa  (“Alt-Right”) se designa el Nacionalpopulismo, matriz de los “Nuevos Modos del Fascismo”, un grupo heterogéneo de ideologías de derecha y extrema derecha de origen estadounidense, que rechazan a aquéllos conservadores que, según su visión, han asumido ideales considerados progresistas o neoconservadores (“neo-con”).

Tiene gran actividad en internet;​  de hecho se acusa a sus miembros de actuar como “Trolls” en la red. La mayoría de miembros de esta ideología son jóvenes, con gran capacidad de activismo en internet y sin jerarquía ni líderes. La columna vertebral del movimiento es la oposición a la corrección política, al multiculturalismo, a la inmigración, al intervencionismo militar, al globalismo, y al feminismo y la diversidad sexual, a los que denominan despectivamente como ideología de género (Wikipedia).

“Designamos con el término “modos del fascismo” al ascenso de las derechas radicales en diferentes partes de Europa y América. Un rasgo común, desde los movimientos neonazis a los diferentes partidos de la derecha, es la xenofobia y la defensa de formas autoritarias.

Nos referimos a los partidos de la derecha conservadora que, si bien encontramos algunos puntos en común centrados en la xenofobia y el racismo, tienen una multiplicidad de variables que corresponden a las particularidades de cada nación. Entre ellos podemos mencionar los que han llegado al poder como en Hungría con Orban del partido conservador nacionalista Fidesz, el cual es apoyado por la extrema derecha del Jobbik; Brasil con Bolsonaro; Italia, los partidos de la derecha xenófoba del Movimientos 5 Estrellas y la Liga del Norte; Polonia, el partido de la Ley y la Justicia; EEUUU con Trump y la defensa de su política antiinmigración. También están aquellos que tienen una gran relevancia de votos como en Finlandia, los Auténticos Finlandeses; Suecia, los Demócratas Suecos; Francia, Marine Le Pen del Frente Nacional; la ultraderecha alemana de Alternativa para Alemania” (Enrique Carpintero).

En España, la situación es especialmente compleja, pues las características de estos “Nuevos Modos del Fascismo” se encuentran presentes, en mayor o menor grado, no sólo en los Partidos que se definen de derechas, sino en cualquiera de los partidos mayoritarios; desde el Populismo “peronista” que se dice de izquierda, hasta el Nacional Catolicismo de VOX, del PP y –en menor medida-, de Ciudadanos; parecería que la única opción ajena a los “Nuevos Modos del Fascismo” lo constituye el Neoliberalismo del PSOE.

En realidad, el Fascismo no está “entre” nosotros, sino “en” nosotros. La Xenofobia y el Autoritarismo no son fenómenos residuales, sino mayoritarios. La intransigencia y el rechazo, incluso violento, de quienes piensan diferente se ha generalizado. Las Redes Sociales dan buena muestra de ello.

 

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Los nuevos modos del fascismo en las democracias occidentales (fragmento)

Por Enrique Carpintero, Revista Topía

https://www.topia.com.ar/articulos/nuevos-modos-del-fascismo-democracias-occidentales

 

“El fascismo es racista por definición: su objetivo es afianzar el miedo al diferente. De esta manera lleva a cabo una estatización de la vida económica, política, social y cultural”.

 

En el año 1930, cuando el fascismo todavía era un proyecto que se estaba afirmando, Georges Bataille escribió un texto muy poco conocido donde desarrolla este tema: El Estado y el problema del fascismo.

Sus reflexiones no se ocupan tanto de la violencia o de la administración estatal del exterminio, sino sobre el proyecto comunitario que propone el fascismo. Allí sostiene que su expansión se explica por proponer un programa para la comunidad; su triunfo es el de representar a los descontentos para ser la expresión política de una comunidad que se piensa acabada y homogénea.

Para Bataille la homogeneidad consagrada en las sociedades fascistas no es sino el efecto de una heterogeneidad vivida como imperfección y carencia. La necesidad de asimilar primero, y de eliminar después lo heterogéneo, es lo que se impone en la comunidad homogénea: “solo el rechazo de las formas miserables tiene, para la sociedad homogénea, un valor constante universal.”

Pero el acto de exclusión de las formas consideradas miserables asocia necesariamente la homogeneidad con las formas imperativas. De hecho, la sociedad homogénea utiliza las fuerzas imperativas contra los elementos más incompatibles con ellas. Como se plantea en el texto de introducción al libro de Bataille, el sentimiento de pertenencia a una comunidad cerrada protege al individuo de aquello que amenaza su propia integridad: el contacto con lo otro, con lo extraño, con lo desconocido.

Lo que más teme el individuo es su propia muerte, o lo que viene a ser lo mismo: la pérdida de su propia identidad en la confusión indistinta con todos los otros seres. Es esta angustia ante la pérdida de sí la que le hace tratar como enemigos a cuantos no forman parte de su propia comunidad política. Es la voluntad de asegurar la perennidad de sí mismo y de la propia nación la que da origen a la guerra entre los pueblos: “La existencia nacional y militar están presentes en el mundo para intentar negar la muerte reduciéndola a una porción de gloria sin angustia”. Y es este miedo a la muerte, este afán insensato de sobrevivir a costa de los otros, el que hace “zozobrar cualquier intento de comunidad universal.”

Por ello el fascismo construye una “comunidad para la muerte” ya que la conservación de la homogeneidad exige la muerte de lo heterogéneo: la comunidad se funda en su sacrificio. La economía política del fascismo deviene en el germen de su acción genocida. Así como el humo de Auschwitz fue una señal del inconfesable vínculo con la comunidad; en la actualidad ocurre lo mismo cuando los inmigrantes que quieren llegar a Europa mueren en el mar Mediterráneo o los latinos que intentan cruzar la frontera entre EEUU y México desaparecen en las arenas del desierto.

La ética son los otros humanos. Esto es lo que formuló Spinoza en el siglo XVI. El otro humano necesariamente molesta; sino está esa molestia, ese malestar como diría Freud, no hay ética. En el mundo en que vivimos el otro no existe; da lo mismo si hay personas que están en situación de precariedad, hambre o miseria. Preferimos pensar que eso ocurre muy lejos y no que esas personas o familias están sentadas en la puerta de nuestra casa o en el negocio de la esquina. Cuando se lo ve, ese otro es un enemigo que me puede atacar, que me puede robar.

Esta ruptura del lazo social hace que el individualismo se transforme en el eje de nuestras vidas. De allí que las políticas del neoliberalismo en el capitalismo tardío generan la sensación de desvalimiento: su respuesta son los nuevos modos del fascismo. De esta manera la xenofobia y el racismo son aceptados por grandes sectores de la población que encuentran formas de identificación ante un “enemigo” que es considerado el “mal pueblo”. Éste lo constituye un conjunto variado que va desde los musulmanes, los inmigrantes pobres, los drogadictos y todos aquellos que sostienen ideas que rompen con formas patriarcales de la cultura. Por lo contrario, el “buen pueblo” es homofóbico, misógino, antifeminista, indiferente a la contaminación, antiinmigrante, apoya políticas autoritarias y de defensa de la seguridad hasta las últimas consecuencias; es decir, exige un poder fuerte, leyes de seguridad y eventualmente la pena de muerte.

Si en otras épocas el fascismo se apoyaba en un racismo que se fundamentaba en el positivismo biológico del siglo XIX, en la actualidad la xenofobia se sustenta en la gran desigualdad social que es justificada por una producción intelectual neoconservadora donde el enemigo es el extranjero pobre. Aclaremos, no cualquier extranjero: el que es pobre; es aquel que ante la crisis social capitalista viene para sacar los trabajos de la población autóctona o utilizar los servicios de salud públicos. Este “buen pueblo” encuentra en los nuevos modos del fascismo una expresión política que aglutina un proyecto comunitario muchas veces apoyado -como en Brasil- por las iglesias evangélicas o, como en Hungría y Polonia, por sectores del catolicismo conservador; es decir, se piensa en una comunidad -al decir de Bataille- acabada y homogénea.

Es así como, si el fascismo clásico era antiliberal, hoy los nuevos modos del fascismo aparecen para salvar el liberalismo con fórmulas proteccionistas y del nacionalismo más rancio: Make America Great Again. Para ello requiere imponer un dispositivo sociocultural que se sostiene en actos crueles. El eje de ese dispositivo cruel es la mentira. Lo que se conoce como la posverdad generada por medio de las fake news.

Podemos decir que la crueldad -un concepto que desarrolló desde el psicoanálisis Fernando Ulloa- es un rasgo exclusivo de la especie humana producto de su condición pulsional; es una violencia organizada para hacer padecer a otro sin conmoverse o con complacencia. Esto nos lleva a la responsabilidad de una cultura que puede desplazar sus efectos o, por lo contrario, potenciarlos.

Los procesos de subjetivación en el capitalismo tardío.

Para Freud la cultura es un proceso al servicio de Eros que une a los sujetos que la integran; a este desarrollo se opone como malestar, la pulsión de muerte que actúa en cada sujeto. Es por ello que crea lo que denominamos un espacio-soportedonde se establecen los intercambios libidinales. Este espacio-soporte ofrece las posibilidades de que los sujetos se encuentren en comunidades de intereses, en las cuales establecen lazos afectivos y simbólicos que permiten dar cuenta de los conflictos que se producen. Es así como este espacio imaginario se convierte en soporte de los efectos de la pulsión de muerte.

De esta manera decimos que el poder es consecuencia de este malestar en la cultura. Por ello, las clases hegemónicas que ejercen el poder encuentran su fuente en la fuerza de la pulsión de muerte que, como violencia destructiva y autodestructiva, permite dominar el colectivo social. Ésta queda en el tejido social produciendo efectos que impiden generar una esperanza para transformar las condiciones de vida del conjunto de la población; es decir, que predomine la cultura de la queja, de la resignación, de que nada puede ser cambiado.

En este sentido, es importante distinguir un poder que represente los intereses de una minoría, de otro en manos de una mayoría de la población que permitiría desplazar los efectos de la pulsión de muerte y, por lo tanto de la crueldad propia de cada sujeto. Esta situación es producto de las condiciones políticas, económicas y sociales. Esto nos lleva a plantear cómo se dan los procesos de subjetivación en el capitalismo tardío.

Si seguimos a Agamben, la época actual no se caracteriza por desarrollar procesos de subjetivación, sino formas particulares de desubjetivación. Sostiene que el ser viviente al incorporarse a un dispositivo sociocultural se transforma en sujeto; en la actualidad hay una gran proliferación de dispositivos, lo cual lleva a que los vivientes realicen múltiples procesos de subjetivación.

Pero éstos dan como resultado procesos de desubjetivación que permiten nuevas determinaciones del ser viviente donde los procesos de subjetivación y desubjetivación parecieran ocurrir de manera permanente. En ellos la identidad del sujeto se transforma en un objeto, en una cosa cuyo único fin es obtener ganancias. Sujeto y objeto no se pueden diferenciar. El sujeto se cosifica en sus relaciones. Producto de esta situación las identidades tienen formas lábiles lo que lleva a formas de gobierno que no persiguen otra cosa que su propia reproducción.

De esta manera el orden social objetivo se interioriza en procesos de subjetivación donde encontramos una corposubjetividad construida en la relación del sujeto con su historia personal y con los otros en diferentes dispositivos socioculturales. De allí que estos procesos de subjetivación-desubjetivación conducen al encuentro del sujeto con su desvalimiento primario que intenta atenuar a partir de lo que le ofrece la cultura hegemónica: el consumismo de objetos mercancías.

Para sostener este desarrollo de desestructuración psíquica, la cultura plantea que el único juicio válido está en el Yo. Sin embargo, la legitimidad de la referencia narcisista como parámetro de verdad conduce a que el Yo deje de ser soporte del interjuego pulsional poniendo en cuestionamiento la propia identidad en la relación con los otros. Aquí los nuevos modos del fascismo encuentran formas fuertes de identificación para importantes sectores de la población que se sostienen en la crueldad, donde el otro es un enemigo que hay que rechazar y, en lo posible, destruir.

De allí la importancia que están adquiriendo en las democracias occidentales los espacios de identificación que se oponen al capitalismo patriarcal como los movimientos feministas, los que luchan por la defensa de la diversidad sexual y la legislación del aborto.

Para finalizar, debemos tener en cuenta que la crueldad destruye lo humano presente en los otros: el otro es objeto de crueldad por su semejanza, al no tolerar su desamparo, es decir su propia humanidad. La crueldad destruye la semejanza del semejante, no por sus diferencias, sino por sus semejanzas: no es la diferencia lo que genera la crueldad, es la crueldad la que crea una diferencia radical.

En este sentido el desafío consiste en lograr que el sujeto no solo se enfrente ante su propia crueldad, sino ante la crueldad de la cultura dominante. Para ello es necesario plantear una política de clase, género y generación que cree comunidad para enfrentar la cultura hegemónica. Una política que afirme la potencia de ser. En definitiva, una política -al decir de Spinoza- de la alegría de vivir que no olvide que nunca será más que una resistencia contra la muerte.

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