MIS INCLINACIONES Y PRINCIPIOS ESCÉPTICOS, por David Hume

«Me siento asustado y confundido por la desamparada soledad en que me encuentro con mi filosofía. De buena gana correría hacia la multitud en busca de refugio y calor. Llamo a otros para que se me unan y nos hagamos así compañía aparte de los demás, pero nadie me escucha. Me he expuesto a la enemistad de todos los metafísicos, lógicos, matemáticos y hasta teólogos. Cuando miro a mi alrededor presiento por todas partes disputas, contradicciones, ira, calumnia y difamación. Cuando dirijo la vista a mi interior, no encuentro sino duda e ignorancia. El mundo entero conspira para oponerse a mí y contradecirme, a pesar de que mi debilidad sea tan grande que sienta que todas mis opiniones se desvanecen y caen cuando no están sostenidas por la aprobación de los demás. Cada paso que doy lo hago dudando, y cada nueva reflexión me hace temer un error y un absurdo en mi razonamiento.  Estoy dispuesto a tirar todos mis libros y papeles al fuego, y decidido a no renunciar nunca más a los placeres de la vida en nombre del razonamiento y la filosofía, pues así son mis sentimientos en este instante de humor sombrío que ahora me domina. Puedo aceptar, es más, debo aceptar la corriente de la naturaleza, y someter a ella mis sentidos y mi entendimiento. Y es en esta sumisión ciega donde muestro a la perfección mi disposición y mis principios escépticos.»

David Hume

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MIS INCLINACIONES Y PRINCIPIOS ESCÉPTICOS

Por David Hume

Antes de lanzarme a las inmensas profundidades de la filosofía que yacen ante mí, me siento inclinado a detenerme por un momento en mi situación presente, y a sopesar el viaje emprendido, que requiere sin duda el máximo de arte y aplicación para ser llevado a feliz término. Me siento como alguien que, habiendo embarrancado en los escollos y escapado con grandes apuros del naufragio gracias a haber logrado atravesar un angosto y difícil paso, tiene sin embargo la temeridad de lanzarse al mar en la misma embarcación agrietada y batida por las olas, y lleva además tan lejos su ambición que piensa dar la vuelta al mundo bajo estas poco ventajosas circunstancias.

CUANDO DIRIJO LA VISTA A MI INTERIOR NO ENCUENTRO SINO DUDA E IGNORANCIA, Y CADA PASO QUE DOY LO HAGO DUDANDO

La memoria que guardo de errores y confusiones pasadas me hace desconfiar del futuro. La mezquina condición, debilidad y desorden de las facultades que debo emplear en mis investigaciones aumentan mi aprensión. Y la imposibilidad de enmendar o corregir estas facultades me reduce casi a la desesperación, y me induce más a quedarme a morir en la estéril roca en que ahora me encuentro que a aventurarme por ese océano ilimitado que se pierde en la inmensidad. Esta repentina visión del peligro me llena de melancolía; y como a esta pasión le es habitual, por encima de todas las demás, gozarse en su propia desventura, no puedo dejar de alimentar mi desesperación con todas esas desesperadas reflexiones que el asunto presente me ofrece con tanta abundancia.

En primer lugar, me siento asustado y confundido por la desamparada soledad en que me encuentro con mi filosofía; me figuro ser algún extraño monstruo salvaje que, incapaz de mezclarse con los demás y unirse a la sociedad, ha sido expulsado de todo contacto con los hombres, y dejado en absoluto abandono y desconsuelo. De buena gana correría hacia la multitud en busca de refugio y calor, pero no puedo atreverme a mezclarme entre los hombres teniendo tanta deformidad. Llamo a otros para que se me unan y nos hagamos así compañía aparte de los demás, pero nadie me escucha. Todo el mundo permanece a distancia, temiendo la tormenta que cae sobre mí por todas partes.

Me he expuesto a la enemistad de todos los metafísicos, lógicos, matemáticos y hasta teólogos: ¿podría entonces extrañarme de los insultos que debo recibir? He dicho que desaprobaba sus sistemas: ¿deberá extrañarme entonces de que ellos odien el mío y también a mi persona? Cuando miro a mi alrededor presiento por todas partes disputas, contradicciones, ira, calumnia y difamación. Cuando dirijo la vista a mi interior, no encuentro sino duda e ignorancia. El mundo entero conspira para oponerse a mí y contradecirme, a pesar de que mi debilidad sea tan grande que sienta que todas mis opiniones se desvanecen y caen cuando no están sostenidas por la aprobación de los demás. Cada paso que doy lo hago dudando, y cada nueva reflexión me hace temer un error y un absurdo en mi razonamiento.

En efecto, ¿con qué confianza puedo aventurarme a tan audaces empresas, cuando además de estas innúmeras debilidades que me son propias encuentro muchas otras comunes a la naturaleza humana? ¿Cómo puedo estar seguro de que al abandonar todas las opiniones establecidas estoy siguiendo la verdad, y con qué criterio la distinguiré aun si se diera el caso de que la fortuna me pusiera tras sus pasos? Después de haber realizado el más preciso y exacto de mis razonamientos, soy incapaz de dar razón alguna por la que debiera asentir a dicho razonamiento: lo único que siento es una intensa inclinación a considerar intensamente a los objetos desde la perspectiva en que se me muestran.

La experiencia es un principio que me informa de las distintas conjunciones de objetos en el pasado. El hábito es otro principio que me determina a esperar lo mismo para el futuro. Y, al coincidir la actuación de ambos principios sobre la imaginación, me llevan a que me haga ciertas ideas de un modo más intenso y vivo que otras a quienes no acompaña igual ventaja. Sin esta cualidad por la que la mente aviva más unas ideas que otras (cosa que aparentemente es tan trivial y tan poco fundada en razón) nunca podríamos asentir a un argumento, ni llevar nuestro examen más allá de los pocos objetos manifiestos a nuestros sentidos.

Es más, ni siquiera podríamos atribuir a estos objetos ninguna otra existencia sino aquélla que depende de los sentidos, por lo que deberían ser incluidos en su totalidad dentro de esa sucesión de percepciones inmediatamente presentes a nuestra conciencia, de modo que tampoco esas imágenes vivas que nos presenta la memoria podrían ser admitidas como figuras verdaderas de percepciones pasadas. La memoria, los sentidos y el entendimiento están todos ellos, pues, fundados en la imaginación, o vivacidad de nuestras ideas.

NO HAY NADA MÁS PELIGROSO PARA LA RAZÓN QUE LOS VUELOS DE LA IMAGINACIÓN, NI EXISTE TAMPOCO NADA QUE HAYA OCASIONADO MÁS EQUIVOCACIONES ENTRE LOS FILÓSOFOS

No es extraño que un principio tan inconstante y falaz nos lleve a caer en errores cuando es implícitamente seguido (como no tiene más remedio que serlo) en todas su variaciones. Este principio es quien nos hace razonar sobre causas y efectos, y también quien nos persuade de la existencia continua de objetos externos cuando éstos no están ya presentes a nuestros sentidos. Pero aunque estas dos operaciones sean igual de naturales y necesarias en la mente humana, hay veces en que se contraponen directamente, de modo que nos resulta imposible razonar correcta y regularmente sobre causas y efectos y a la vez creer en la existencia continua de la materia. ¿Cómo armonizaremos estos principios entre sí? ¿Cuál de ellos preferiremos? Y en el caso de que no elijamos uno de ellos, sino que asintamos sucesivamente a ambos, como es habitual entre los filósofos: ¿con qué confianza podremos usurpar después ese glorioso título, cuando de tal manera hemos abrazado conscientemente una contradicción manifiesta?

Esta contradicción sería más excusable si se viera compensada por algún grado de consistencia y convicción en las demás partes de nuestro razonamiento. Pero sucede precisamente lo contrario: cuando llevamos el entendimiento humano a sus primeros orígenes nos vemos conducidos a opiniones tales que parecen poner en ridículo toda nuestra habilidad y todos nuestros pasados esfuerzos, desanimándonos de emprender investigaciones futuras. Nada es buscado con mayor interés por la mente del hombre que las causas de todo fenómeno; y no nos conformamos con conocer las causas inmediatas, sino que continuamos nuestra investigación hasta llegar al principio último y original. Si por nosotros fuera, no nos detendríamos hasta conocer en la causa la energía por la cual actúa sobre su efecto, el vínculo que conecta a ambas cosas, y la cualidad eficiente de que este vínculo depende.

Esto es lo que pretendemos en todos nuestros estudios y reflexiones. ¿Cómo no nos vamos a sentir defraudados cuando acabamos comprendiendo que esta conexión, vínculo y energía yacen simplemente en nosotros mismos, que no consisten en otra cosa que en la determinación de la mente, adquirida por la costumbre, y que es esta determinación quien nos lleva a pasar de un objeto a su acompañante habitual, y de la impresión del uno a la idea vivaz del otro? Un descubrimiento tal nos quita no solamente toda esperanza de obtener alguna vez satisfacción en este punto, sino que se opone incluso a nuestros mismos deseos: parece, en efecto, que al decir que deseamos conocer el principio operante y último, entendido como algo que reside en el objeto externo, o nos contradecimos a nosotros mismos o hablamos sin sentido.

Esta deficiencia en nuestras ideas no es advertida, desde luego, en la vida común, ni nos damos cuenta de que ignoramos exactamente igual el principio último de unión en el caso de las más corrientes conjunciones de causas y efectos que en el de las más insólitas y extraordinarias. Pero esto se debe simplemente a una ilusión de la imaginación; la cuestión es hasta qué punto nos vemos obligados a ceder a estas ilusiones. Esta cuestión es muy difícil, y nos lleva a un dilema altamente peligroso, de cualquier forma que lo queramos resolver.

En efecto, si asentimos a cada cuestión trivial de la fantasía, aparte de que estas sugestiones se contradicen frecuentemente entre sí, nos llevan a tantos errores, absurdos y oscuridades que al final tenemos que avergonzarnos de nuestra credulidad. No hay nada más peligroso para la razón que los vuelos de la imaginación, ni existe tampoco nada que haya ocasionado más equivocaciones entre los filósofos. Los hombres de brillante fantasía pueden ser comparados en este respecto con aquellos ángeles que la Escritura representa cubriéndose los ojos con las alas. Esto ha quedado ya manifiesto en tantos ejemplos, que podemos ahorrarnos la molestia de insistir sobre el particular.

Pero si, por otra parte, y a la vista de estos ejemplos, tomamos la resolución de rechazar todas las triviales sugestiones de la fantasía, y nos adherimos al entendimiento -esto es, a las propiedades más generales y establecidas de la imaginación-, será esta misma resolución quien, si se lleva a efecto con firmeza, resulte peligrosa y venga acompañada por las más funestas consecuencias. Ya he señalado, en efecto, que cuando el entendimiento actúa por sí solo y de acuerdo con sus principios más generales, se autodestruye por completo, y no deja ni el más mínimo grado de evidencia en ninguna proposición, sea de la filosofía o de la vida ordinaria.

ESTOY DISPUESTO A TIRAR TODOS MIS PAPELES Y LIBROS AL FUEGO, Y DECIDIDO A NO RENUNCIAR NUNCA MÁS A LOS PLACERES DE LA VIDA EN NOMBRE DEL RAZONAMIENTO Y DE LA FILOSOFÍA

Sólo nos salvamos de este escepticismo total en virtud e esa singular y, en apariencia, trivial propiedad de la fantasía por la que penetramos sólo a costa de gran dificultad en las consideraciones remotas de las cosas, y somos incapaces de hacerlas seguir de una impresión tan intensa como hacemos con las que son más sencillas y naturales. ¿Tendremos entonces que admitir como máxima general que no debe aceptarse nunca un razonamiento refinado o elaborado? Examinemos atentamente las consecuencias de un principio tal.

De esa forma quedaría enteramente suprimida toda ciencia y filosofía. Procederíais en base a una cualidad singular de la imaginación, y en puridad tendríais que admitir todas ellas, con lo que expresamente os contradecís. En efecto, esta máxima tiene que ser construida en base al razonamiento precedente, que según se había admitido, resultaba bastante refinado y metafísico. ¿Qué partido tomaremos entonces ante estas dificultades? Si aceptamos este principio y rechazamos todo razonamiento refinado, caemos en los absurdos más manifiestos. Si lo rechazamos en favor de este otro tipo de razonamientos, destruimos por completo el entendimiento humano. De este modo, no cabe sino elegir entre una razón falsa, o ninguna razón en absoluto.

Por lo que a mí respecta no sé que hacer en este caso. Tan sólo puedo limitarme a observar lo que se hace comúnmente: esto es, que nunca o muy raramente se piensa en esta dificultad, y que, aunque alguna vez se presente ante la mente, se olvida con rapidez sin dejar tras de sí sino una pequeña impresión. Las reflexiones extremadamente refinadas tienen poca o ninguna influencia sobre nosotros y, sin embargo, no establecemos, ni podemos establecer, como regla que no deban tener ninguna influencia, pues esto implica una manifiesta contradicción.

Y sin embargo, ¿qué es lo que acabo de decir?, ¿que las reflexiones extremadamente refinadas y metafísicas tienen poca o ninguna influencia sobre nosotros? Apenas si puedo dejar de retractarme de esta opinión y de condenarla, dados mis sentimientos y mi experiencia presentes. El examen intenso de estas contradicciones e imperfecciones múltiples de la razón humana me ha excitado, y ha calentado mi cabeza de tal modo, que estoy dispuesto a rechazar toda creencia y razonamiento, y no puedo considerar ninguna opinión ni siquiera como más probable o verosímil que otra. ¿Dónde estoy, o qué soy? ¿A qué causas debo mi existencia y a qué condición retornaré? ¿Qué favores buscaré, y a qué furores debo temer? ¿Qué seres me rodean; sobre cuál tengo influencia, o cuál la tiene sobre mí? Todas estas preguntas me confunden, y comienzo a verme en la condición más deplorable que imaginarse pueda, privada absolutamente del uso de mis miembros y facultades.

Pero por fortuna sucede que, aunque la razón sea incapaz de disipar estas nubes, la naturaleza misma se basta para este propósito, y me cura de esa melancolía y de este delirio filosófico, bien relajando mi concentración mental o bien por medio de alguna distracción: una impresión vivaz de mis sentidos, por ejemplo, que me hace olvidar todas estas quimeras. Yo como, juego una partida de chaquete, charlo y soy feliz con mis amigos; y cuando retorno a estas especulaciones después de tres o cuatro horas de esparcimiento, me parecen tan frías forzadas y ridículas que no me siento con ganas de profundizar más en ellas.

He aquí, pues, que me veo absoluta y necesariamente obligado a vivir, hablar y actuar como las demás personas en los quehaceres cotidianos. Pero, a pesar de mi inclinación natural y de que el curso de mis espíritus animales y mis pasiones me reduzcan a esta pasiva creencia en las máximas generales del mundo, sigo sintiendo tantos vestigios de mi anterior disposición que estoy dispuesto a tirar todos mis libros y papeles al fuego, y decidido a no renunciar nunca más a los placeres de la vida en nombre del razonamiento y la filosofía, pues así son mis sentimientos en este instante de humor sombrío que ahora me domina. Puedo aceptar, es más, debo aceptar la corriente de la naturaleza, y someter a ella mis sentidos y mi entendimiento. Y es en esta sumisión ciega donde muestro a la perfección mi disposición y mis principios escépticos.

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DAVID HUMETratado de la naturaleza humana, libro 1, sección VII (1ª parte). Ediciones Orbis, 1984. Edición de Félix Duque, profesor de Antropología de la Universidad de Valencia. Filosofía Digital, 26/01/2009.

 

 

 

 

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