“EL CASO MORO”, película de Giuseppe Ferrara

Sumario:

 

 

 

MORO Y EL ETHOS DE LA PROBIDAD

Rodolfo Fortunatti

A diferencia de lo que ocurre en Chile y la opacidad con la que cada cierto tiempo se evocan los testimonios de Eduardo Frei Montalva y otros, la figura de Moro en Italia sirve de inspiración para una nutrida literatura y filmografía. Con mayor o menor verosimilitud y documentarismo, la imagen de Moro y su tragedia siempre están presentes en el alma de una sociedad hastiada de la desideologización, la sobreexposición de la vida privada de los políticos, los conflictos de interés y el marketing electoral que envilece al Estado. En este sentido, a la hecatombe del régimen le siguió (años 1993-2011) otro modelo más vergonzante y ruinoso: la despolitización en manos de la derecha popular. A este modelo los analistas le han denominado la videocracia italiana, cuyo máximo exponente ha sido el hiperventilado cavaliere Berlusconi.

Fue la denuncia de un pequeño empresario de servicios de limpieza, cansado de pagar coimas, la que inició el destape del sistema de corrupción italiano conocido como Tangentopolis (it. tangente: suma de dinero pagada, percibida o exigida a cambio de favores ilícitos, s. XVIII) en alusión a Milán, la elegante ciudad de los sobornos. Allí cualquier comerciante, empresario o mafioso amigo de los partidos encontraba su “protección paralegal”.

El caso comienza en Milán el 17 de febrero de 1992, cuando el socialista Mario Chiesa es sorprendido in fraganti recibiendo siete millones de liras a cambio de asegurar un contrato. A partir de esa fecha se sucede, cual efecto dominó, una saga de acontecimientos: el 22 de abril, ocho empresarios son detenidos; el 2 de mayo, dos alcaldes son imputados; el 6 de mayo, es arrestado el vicepresidente de la cuarta mayor empresa constructora de la península; el 8 de mayo, un ex senador y presidente del Ferrocarril del Norte confiesa haber receptado aportes ilegales para la Democracia Cristiana; el 12 de mayo, el tesorero de la DC es acusado de recibir 700 millones de dólares… El 3 de julio, Benedetto Craxi, secretario general del Partido Socialista, confiesa que todos los partidos tienen un aparato que, aunque precario, ha empleado recursos adicionales en forma irregular o ilegal y que, si esto es considerado un crimen, significaría que gran parte del sistema es un sistema criminal. “Ningún partido –remata Craxi– está en posición de lanzar la primera piedra”. Craxi acabó fugándose a Túnez, donde murió el año 2000.

Los jueces y la desintegración de la clase política

Centenares de políticos investigados y juzgados terminaron en la cárcel o debieron renunciar a sus cargos. El régimen político se vino abajo. La Primera República llegó a su fin, arrastrando consigo a las principales fuerzas políticas que le dieron sustento desde la Segunda Guerra Mundial, entre ellas, la poderosa Democracia Cristiana que gobernó entre 1948 y 1993. Para desatar la tempestad, bastó el simple aleteo de una mariposa que cobró aliento en la atmósfera propicia: de entrada, el fin de la Guerra Fría y del llamado equilibrio del terror, siempre esgrimido para asegurar la estabilidad de las instituciones y del régimen político. Luego, una crisis económica que hacía ya imposible seguir pagando prebendas. Y, claro, una reforma judicial que había fortalecido la autoridad e independencia de la magistratura.

Los paladines de Mani Pulite, la gigantesca operación de la justicia ordinaria que desentrañó la impudicia de la corrupción y las negociaciones incompatibles como modus operandi de la clase política, no fueron las redes sociales, ni ningún ciudadano empoderado y consciente de sus derechos, sino los jueces. Fueron ellos quienes desnudaron el financiamiento ilícito de las campañas parlamentarias, el cohecho, las prebendas y el tráfico de influencias, los mismos delitos que todavía ensombrecen a Europa y América Latina. Pues, si la actual crisis de España, Italia, Francia y Portugal no dista de nuestra cotidianeidad, es porque casos como el de Bárcenas –que compromete a la plana mayor del Partido Popular español, heredero de la Falange y socio de la Internacional Democristiana–, muestran un elocuente parangón con los casos del binomio Penta y Soquimich. En efecto, en el caso chileno las contabilidades paralelas de los partidos y el financiamiento ilícito derivado de los fraudes al fisco, a través del uso contable de boletas falsas, ha sido denunciado como un sistema que llevaría operando, al menos, los últimos dos periodos presidenciales.

Tangentopolis fue de tal envergadura, que marcó un punto de inflexión en la relación de la política y los negocios en Europa. Antes del escándalo italiano, los partidos se servían de los negocios ilícitos para financiar la actividad política –con todo el altruismo que ello envuelve: ideales, servicio público, solidaridad–, algo muy parecido a lo sincerado hace poco tiempo por el empresario chileno Andrés Navarro: “Yo nunca lo hice por conseguir ningún favor en especial, sino que por un simple ánimo de ayudar a personas que me merecían confianza y que pensaba que podían desempeñar un buen papel en la función pública”. Después de Tangentopolis, con Berlusconi en el control del Gobierno y a la manera de las sociedades Penta y Soquimich, el vínculo se invierte. Ahora, para hacer negocios e incrementar las utilidades de sus empresas, los intereses económicos se valen de los grupos de poder que operan al interior de los partidos. Ellos seleccionan y asignan recursos a los más idóneos. La política, y su finalidad general, que es el bien común, quedan así subordinadas a los negocios y a sus fines particulares.

El vaticinio de la debacle, Aldo Moro y su ethos de probidad

Sin embargo, Tangentopolis no fue algo súbito, sino la coronación de un largo proceso de descomposición que tuvo como antecedente crucial el testimonio y sacrificio de Aldo Moro, el político democratacristiano que mejor intuyó y luchó contra tan fatal desenlace.

En los atribulados “años de plomo” del terrorismo de derechas e izquierdas, Moro fue un visionario. Un estadista que tenía claro que la única manera de construir poder y responder a las reivindicaciones sociales que urgían a Italia, era la reactualización de la doctrina fundacional a través del compromesso storico y la aplicación de una férrea ética política de la probidad. Entendía, por tanto, que la mantención del centro y de su anacronismo, del clientelismo, y de la connivencia con el empresariado y la mafia, sólo conducirían al aniquilamiento del partido y de todo el sistema político.

Acaso Romanzo di una Strage (2012/Marco Tulio Giordana), film sobre el atentado terrorista de 1969 en Piazza Fontana, Milán –que inaugura el periodo de actividad insurreccional en Italia–, sea donde mejor se revela la matriz ética de Aldo Moro y su crítica a la vulnerabilidad del poder dentro del régimen político. El guión, que se apoya en los escritos de su diario de vida y que se expresa al modo de una confesión en los días previos al crimen, relata: “Me pregunto cuál es el rol que el Señor me ha asignado en medio de este mar en tempestad. No lo logro comprender; no logro verlo. Miro a mis pares, y no veo más que indisciplina y vanidad. Veo solo maldad, ningún sentido de la comunidad, ningún amor por el otro sino por el propio interés. Después, en el lugar de las ideas, están la vileza, el oportunismo y la violencia. A veces pienso que sería mejor obviar esto y mantener un comportamiento parecido al de las cosas: los árboles, las piedras, la naturaleza. Otras veces pienso que quizás en Italia sea necesaria una catástrofe que destruya todo aquello a lo que nosotros nos hemos sobrepuesto: las hormigas, los autos, el cemento, y la traslade al desierto, a la primera tierra desnuda, así la naturaleza podría sobrevivir y recomenzar desde la primera forma de vida, del primer hombre, del primer fuego. Así es, se avecina un cataclismo político del cual me siento ser pronto su primera víctima”.

Por otra parte, la vocación garantista de derechos de la DC de Moro, de lo que da cuenta el espíritu de la Carta Magna de 1948, en cuya redacción participó –texto pionero en la constitucionalización de las prerrogativas fundamentales–, era más que la interpretación conservadora de las ideas del francés Maritain y de la Doctrina Social de la Iglesia. No por nada era reconocido como el jurista italiano que mayor proyección normativa dio a la filosofía maritainiana. Ya en 1963, su primer Gobierno, en una alianza de centroizquierda con los socialistas, encontró un modelo en la propuesta chilena de reformas y políticas con enfoque de derechos de Eduardo Frei Montalva, elogiada por el mismo Maritain y mirada con recelo por la CDU alemana, que todavía no se recuperaba de las corruptelas que en 1957 provocaron un cisma en su Gobierno.

Una década después, y convencido de que cualquier alianza con la derecha significaría un retroceso, en 1976 comenzó a plantear la tesis del giro decisivo hacia una amplia coalición de centroizquierda: la incorporación en el Ejecutivo de los recientemente exitosos eurocomunistas de Enrico Berlinguer. Este último, a su vez, conmovido por la catástrofe del golpe militar de Pinochet, propició el afianzamiento de dicha tesis para evitar la radicalización de las fuerzas en juego.

Sin embargo, el proyecto se vio truncado, anticipándose la encrucijada ideológica que desde la década del 90 viven los partidos de inspiración humanista cristiana. La fatídica mañana del 16 de marzo de 1978, mismo día en que la moción de confianza para aprobar el Gobierno se votaría en el Parlamento, marcó la suerte de la república italiana y también el destino de la Democracia Cristiana internacional. Han sido 37 años en que el secuestro y la posterior ejecución de Aldo Moro a manos de la Brigadas Rojas en Roma –en un intrincado plan que incluyó a funcionarios de la OTAN, agentes de la CIA, y miembros de la derechista P2 y la Red Gladio– han sedimentado una crisis de identidad que afecta desde el rendimiento electoral hasta la legitimación del rol y discurso del comunitarismo y los derechos humanos.

Parece lógico, por tanto, concluir que el magnicidio de Moro sea muy semejante al de Eduardo Frei ocurrido cuatro años después. Ambos fueron –usando la retórica de las Brigadas Rojas– un ataque al corazón del Estado, y su reparación, más allá de la aplicación de la justicia criminal, hoy es parte del derecho a la memoria. Sólo en ellos, la ética de la justicia social y la gobernabilidad democrática hacían viable una férrea oposición, en un caso al régimen cooptado por las mafias; en el otro, a la derecha golpista.

Los 14 años que siguieron a la muerte de Aldo Moro tuvieron por protagonistas y mandatarios al onorévole Giulio Andreotti de la Democracia Cristiana y al onorévole Benedetto Craxi, socialista. En sus administraciones recae la responsabilidad de haber hecho del culto al poder el camino directo hacia la pulverización del sistema. Las conexiones con la mafia, con mercenarios, con terroristas internacionales y con golpistas latinoamericanos contribuyeron a que el fin del régimen político tuviera sus nombres marcados a fuego.

Con una mirada premonitoria y crítica, Moro retrata a Andreotti en la penúltima carta que escribe en cautiverio: “No es mi intención volver sobre su gris carrera. Esto no es un fallo, pero se puede ser gris y honesto; se puede ser bueno y gris, pero lleno de fervor. Y bien. Es esto lo que precisamente le falta a Andreotti. Cierto, él ha podido navegar desenvueltamente entre Zaccagnini y Fanfani, imitando a un De Gasperi inimitable que está a millones de años luz lejos de él. Pero le falta justamente eso, el fervor humano. Le falta ese conjunto de bondad, sabiduría, flexibilidad y claridad que tienen, sin reservas, los pocos demócratas cristianos que hay en el mundo. Él no es de éstos. Durará un poco más o un poco menos, pero pasará sin dejar rastro”. Y así lo escribiría la historia. Andreotti representó las glorias y miserias de la DC en la vía hacia Tangentopolis.

Reivindicando a Moro

A diferencia de lo que ocurre en Chile y la opacidad con la que cada cierto tiempo se evocan los testimonios de Eduardo Frei Montalva y otros, la figura de Moro en Italia sirve de inspiración para una nutrida literatura y filmografía. Con mayor o menor verosimilitud y documentarismo, la imagen de Moro y su tragedia siempre están presentes en el alma de una sociedad hastiada de la desideologización, la sobreexposición de la vida privada de los políticos, los conflictos de interés y el marketingelectoral que envilece al Estado. En este sentido, a la hecatombe del régimen le siguió (años 1993-2011) otro modelo más vergonzante y ruinoso: la despolitización en manos de la derecha popular. A este modelo los analistas le han denominado la videocracia italiana, cuyo máximo exponente ha sido el hiperventilado cavaliere Silvio Berlusconi.

En el último bienio los esfuerzos por determinar la verdad del caso Moro han tenido diversos hitos. El más importante, pese a seguir siendo un secreto de Estado, es la comisión parlamentaria formada el 2014 para investigar nuevos antecedentes, en particular, cintas de audio con declaraciones de los hechores y del mismo Moro. Más de alguna de esas pruebas conectan con otros crímenes de Latinoamérica, Portugal y Alemania, distintos a los atentados emblemáticos ya conocidos, como el de Bernardo Leighton y el del General Prats, por mencionar a víctimas chilenas. Asimismo, la instancia cuenta con el apoyo del Papa Francisco, quien se ha comprometido públicamente a liberar el secreto de Estado sobre algunos antecedentes y facilitar los testimonios de nuncios y obispos involucrados, como es el caso del polémico padre Menini, quien niega las acusaciones de haber sido enviado al cautiverio de Moro para confesarlo.

“Nel discorso c’é Moro, c’é Moro” (en el discurso está Moro, está Moro) decían varios de los parlamentarios el día que juró el actual Presidente de Italia, Sergio Mattarella, quien dejó la judicatura para entrar de lleno en la vida política. En más de alguna ocasión ha indicado que estos tiempos han abierto un escenario propicio para el legado de Moro y que el suyo será el gobierno que emprenderá sus reformas, ahora desde el Partido Democrático que desde el 2007 reúne a ex democratacristianos, comunistas y socialistas. La razón: el etos de la probidad que siempre estuvo presente en sus propuestas quizá sea la cuerda de salvación para un sistema que no logra despercudirse de los lastres que dejaron los distintos gobiernos de il papi Berlusconi, así como las manifestaciones de subpolítica que derivaron en el total desconcierto que trajo el movimiento Cinque Stelle de Beppe Grillo, la derecha de las velinas (la farándula en el Parlamento) y la extrema derecha del norte.

Mientras conocemos el alcance del financiamiento ilícito y los delitos asociados a la influencia de Penta y Soquimich en los partidos chilenos, gracias a la investigación formalizada de la Fiscalía Nacional, no podemos pensar que se trate de un problema coyuntural a la espera de una nueva Ley de Partidos Políticos y una moderna normativa del lobby. Al contrario, ni la perplejidad ni la tolerancia a estos casos detendrán un desenlace similar al italiano: asistimos al principio del fin del régimen político y no podemos sino pensar en un nuevo pacto social que permita restablecer los equilibrios democráticos. Los partidos no pueden seguir siendo las parcelas de poder de unas pocas familias ni es racional cifrar las esperanzas en movimientos de subpolítica tan volátiles como las consignas expresadas en Facebook o Twitter.

Aunque no lleguemos a conocer el vacío de poder, los males que padece Chile –una economía de la precariedad laboral, la altísima concentración económica, la mercantilización de derechos fundamentales como la educación, la salud y la vivienda, entre otros– ponen de manifiesto que la inercia política en manos del populismo está acechante y la responsabilidad de esta crisis también es del electorado. Una debacle de los partidos no sólo afecta la gobernabilidad y la economía de un país, sino los derechos fundamentales de la ciudadanía. Los casos de Italia en los 90, de España en el 2011 y, ahora, de Brasil, deben animarnos a reflexionar sobre un cambio radical de enfoque. No es el sistema legal y judicial el que abre intersticios y forados para la cooptación de los políticos por el empresariado. Es la carencia de una ética de la probidad y de la justicia social o el desdén por ambas la que subyace en el modus operandi de Penta, Soquimich y de los receptores de ese financiamiento.

Los democratacristianos tienen la propuesta de Aldo Moro para debatir qué límites éticos de la probidad y la justicia social están dispuestos a respetar. No hacerlo los empujará a la vereda de los encubridores, convirtiéndolos en espectadores de un triste Tangentopolis sin el glamour ni la belleza del original.

Aldo Moro y el ethos de la probidad

 

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El caso Moro

Dirigida por Giuseppe Ferrara

PELÍCULA

 

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EL SACRIFICIO DE ALDO MORO, UN REFERENTE PARA LA CENTROIZQUIERDA

Rodolfo Fortunatti

Moro es signo de unidad. Es clave de bóveda que reúne y sustenta los pilares ideológicos y políticos por donde se elevan los sueños de la centroizquierda.

Hoy se conmemoran cuarenta años del secuestro de Aldo Moro, ex primer ministro y presidente del Partido Demócrata Cristiano italiano.

Moro fue secuestrado, y cinco de sus escoltas muertos, la madrugada del 16 de marzo de 1978. El móvil de la acción terrorista fue impedir que el líder progresista sellara ese día en el Congreso un acuerdo con los comunistas, pero lo que más temían las poderosas fuerzas que operaban en las sombras era que la comunidad internacional pudiera alimentar la expectativa de un pacto de gobernabilidad entre las dos principales formaciones políticas italianas del siglo xx.

En Chile aquel acuerdo había fracasado, primero con Tomic y después con Allende. La dictadura que resultó de dicho fracaso no sólo trajo consigo una dolorosa secuela de vidas tronchadas y profundos sufrimientos humanos, como los que en estas amargas horas nos recuerda Punta Peuco, sino una violencia represiva cuyo principal objetivo fue impedir la reedición del compromesso storico querido y promovido por Aldo Moro y Enrico Berlinguer.

Los crímenes de Eduardo Frei Montalva y Tucapel Jiménez, líderes indiscutidos de la oposición al régimen civil militar, siguen siendo el obsceno y conmovedor testimonio de aquella fallida obsesión. Frustrada obcecación, porque la represión nunca pudo desactivar la colaboración entre comunistas y democristianos que se dio durante esos años de movilización social y política, aunque los propagandistas acaben concediéndole los méritos a los spots de alguna agencia publicitaria.

Moro es emblema de las luchas democráticas y populares. Por eso, es premonitorio el sentido geopolítico que sus captores decidieron darle a su sacrificio. Tras 55 días de cautiverio, el cadáver de Moro apareció abandonado dentro de un auto en el centro de Roma, en un punto equidistante de las sedes de la Democracia Cristiana y el Partido Comunista, como para demarcar la frontera entre el eje socialista y el occidente capitalista, como para fortificar el muro de la vergüenza que separaba a ambos mundos, como para estigmatizar, o tal vez cicatrizar, las profundas brechas abiertas por la Guerra Fría de la que nuestros pueblos eran entonces víctimas.

Moro es signo de unidad. Es clave de bóveda que reúne y sustenta los pilares ideológicos y políticos por donde se elevan los sueños de la centroizquierda. Moro es tributario de la primera república italiana que emerge tras el fin de la Segunda Guerra Mundial y que, sin embargo, se apaga luego de su asesinato. Una sociedad que, fundada en el trabajo, pudo impactar sobre el amanecer de los derechos económicos y sociales en Chile. Un Estado que, nacido de la Resistencia, se define hasta nuestros días como uno antifascista.

Moro piensa que «las clases largamente excluidas han ingresado como titulares plenos de derechos en la vida del Estado». Cree que «grandes multitudes lideradas por los partidos, los sindicatos, las organizaciones sociales, hoy garantizan ese Estado que un día vieron con hostilidad como un opresor irreductible». Tiene la convicción de que esta lucha es «el mérito de la Resistencia, un movimiento que se ha movido en el sentido de la historia, poniendo la opresión antidemocrática al margen y dando cabida a las fuerzas emergentes y vivas de la nueva sociedad».

Cuando Moro afirma esto, 1975, está aquilatando la eficacia del camino recorrido. Está confiando en el compromiso de democratacristianos y comunistas, pese al abismo político, ideológico, económico, militar y tecnológico que separa a las grandes potencias, y que oprime como lápida sobre la voluntad de diálogo. Frente a este averno, por cierto, ni las actuales fricciones con el castrismo, ni las censuras al chavismo, empleadas como excusa para vulnerar la unidad de la centroizquierda chilena, tienen algún parangón. No al menos con las tensiones y conflictos que en su tiempo hubieron de desafiar Moro y Berlinguer para asegurar la gobernabilidad democrática de Italia.

Moro y Berlinguer actuaron con realismo político. En un gesto mínimo, pero significativo, acaba de hacerlo la centroizquierda al conformar las mesas de la Cámara de Diputados y del Senado. Sin duda, un buen comienzo que, en modo alguno, garantiza un buen final, pues la mayor amenaza a un proyecto de gobernabilidad de la centroizquierda está latente y proviene del ultranacionalismo, del populismo y de la combinación de ambos.

Son estos riesgos los que han llevado a democratacristianos y socialdemócratas a formar una gran coalición en Alemania, en contraste con Italia que, sumida en la irresolución de sus tres tercios, se encamina hacia la tercera república.

En septiembre la CDU perdió 55 escaños, marcando su peor resultado electoral desde 1949, al igual que en noviembre la DC descendió a su nivel más bajo desde 1957 al elegir 14 de los 155 asientos de la Cámara de Diputados. Por su parte, el SPD apenas consiguió el 20 por ciento de los votos, perdiendo, como el PPD y el PS chilenos, un número considerable de escaños.

Tanto la CDU como el SPD se han levantado y han seguido adelante, aunque forzando la renuncia de las mesas directivas responsables de sus derrotas. Desde febrero la CDU es conducida por una progresista, Annegret Kramp-Karrenbauer, que cuenta con el respaldo del 97 por ciento de su partido, mientras que en el SPD ha triunfado por dos tercios el apoyo al programa de reformas.

El realismo político, sostenía Norbert Lechner —contemporáneo de otros precursores de la sociología chilena, como Manuel Antonio Garretón, Tomás Moulián y Enzo Faletto— se reduce a una cuestión de tiempo. De cómo adecuemos los plazos a las metas, depende el éxito del ejercicio democrático del poder. La acción política no puede exponerse al calor de la utopía, sino a riesgo de verse sofocada por el idealismo, ni alejarse de los sueños colectivos sin correr el peligro de acabar entumecida en las aguas del cosismo.

Sin embargo, a la hora de las derrotas, cuando salvar lo que queda de rescatable es lo más importante y cuando el aturdimiento es tal que no da chances para pensar el rediseño, estos equilibrios suelen verse reprimidos u omitidos. Entonces, como ha ocurrido tras la derrota electoral del 2017, se pierde el sentido de la realidad y empieza a dominar la escena cierta actitud de fuga. Se cargan las culpas sobre los aliados, e incluso sobre algunos de la propia familia. Hay resistencia a seguir unidos y parece más cómodo andar solo, al menos mientras no se ven los frutos de las  nuevas amistades cultivadas. Y, en el sumun, buscando afirmar el espíritu de cuerpo y la moral de grupo, se inventan amenazas fantasmas, como aquella del virtual retorno de Bachelet a La Moneda.

Pero el problema sigue siendo una cuestión de tiempo. La derecha gobernará durante los próximos cuatro años, aunque quiere que se crea que puede hacerlo hasta mediados de siglo. Dentro de dos años, el 2020, por primera vez se elegirán gobernadores regionales, algo que sucederá a la par de los comicios de alcaldes y concejales. Al año siguiente, con el mismo naipe barajado, se jugarán los escaños de la Cámara y del Senado, junto al premio mayor: el sillón presidencial.

Esos son los plazos que tiene la centroizquierda para rearmarse, formar una coalición mayoritaria y dar gobierno. Donde lo más importante será garantizar gobernabilidad, o sea, concitar y mantener el apoyo de la ciudadanía, de la opinión pública y de las fuerzas sociales organizadas.

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En respuesta a Edoardo Tosti-Croce sobre opinión de Aldo Moro

Señor Director:

En respuesta a la carta enviada por Edoardo Tosti-Croce sobre la columna “El Sacrificio de Aldo Moro, un referente para la centroizquierda” y sus críticas a la misma, considero pertinente las siguientes aclaraciones:

1. El autor, Rodolfo Fortunatti Molina, es el politólogo chileno que más ha escrito e investigado sobre la DC italiana durante los ‘años de plomo’ y sobre la propuesta del ‘Compromesso Storico’, —bibliografía que es de fácil acceso a través de distintos portales de internet y medios de prensa—; y con quien además comparto la autoría de análisis políticos, columnas de opinión y traducciones de artículos o libros sobre el mismo tema;

2. En cuanto a esta columna, ex profeso se han omitido los victimarios, primero, porque como en Chile, los hay autores materiales, autores intelectuales, encubridores y «cómplices pasivos» que aún se investigan; segundo, porque lo que interesa hoy es el móvil del magnicidio. En efecto, varias investigaciones periodísticas y judiciales, ya en Argentina, EE.UU o Chile, establecen la relación directa de agentes de las policías secretas de los gobiernos latinoamericanos con agentes de la CIA en atentados de similares modus operandi.

3. Hubiéramos querido incorporar enlaces en el texto con referencias a otras publicaciones más extensas y que constituyen material de estudio, como Terrorismo, guerrilla y reinserción político-institucional, CIPIE, Madrid, 1984, https://www.iberlibro.com/Terrorismo-guerrilla-reinsercion-politico-institucionalRodolfo/6212912235/bd.

Lamentablemente, por razones de edición no fue posible;

4. Respecto de artículos publicados por este mismo diario y de nuestra autoría que refieren en extenso a aspectos criticados por el Sr. Tosti- Croce, bastarían estos ejemplos: “Nuevas verdades sobre la muerte de Aldo Moro: ese perverso frenesí anticomunista” (http://www.elmostrador.cl/noticias/opinion/2016/05/10/nuevas-verdades-sobre-la-muerte-de-aldomoro-ese-perverso-frenesi-anticomunista/); y, “Moro y el etos de la probidad” (http://www.elmostrador.cl/noticias/opinion/2015/03/30/moro-y-el-etos-de-la-probidad/);

5. Por cierto, las condiciones históricas de Italia y Chile son distintas, pero los comunistas italianos, como los chilenos, se caracterizaron por su apego a la institucionalidad democrática. Por eso, los democratacristianos gobernaron con ellos en los años cuarenta y volvieron a hacerlo en los años 2000; Finalmente, la figura de Moro y la tragedia de Via Fani han marcado el devenir de los últimos 40 años de la política italiana, y también de la historia de los partidos de raíz demócrata cristiana en Occidente. Por eso, su nombre es el símbolo del derecho a la memoria de las víctimas del terrorismo en su país y, como ha dicho su hijo Giovanni hace solo dos días: “Moro aún es el fantasma que recorre a una Italia sin Paz”.

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Sacrificio de Aldo Moro

Señor Director:

Acabo de leer la columna del Sr. Rodolfo Fortunatti, a propósito de conmemorarse 40 años del cobarde y criminal secuestro, con posterior asesinato, del Primer Ministro italiano de la época, el destacado político que militó en las fila de la extinta Democracia Cristiana italiana y no puedo creer que el el autor haya omitido de forma tan flagrante algunos importantes aspectos de ese trágico episodio del país de mis padres.

Como primera cosa, el Sr. Fortunatti no dice que a Aldo Moro lo secuestró y asesinó las llamadas Brigate rosse (Brigadas rojas), es decir ese grupo armado de clara orientación y vinculación con el “ideario” de la izquierda más radicalizada y que en los años ’70 sembró el terror en la península, a través de crímenes de todo tipo, incluyendo asaltos a bancos.

Solo cabe esperar que dicha omisión haya sido sólo un olvido y no que se haya omitido ex profeso, para que algunos piensen que fue un crimen hecho por la “derecha reaccionaria y fascista”, lo que sería grave; no porque el Fascismo italiano no tenga muchas otras culpas, sino porque en este episodio no hay evidencias de su participación y los autores de este magnicidio, que están en la cárcel, nunca han renegado de su lugar en el abanico político.

Por otro lado, el Sr. Fortunatti tampoco explica a las nuevas generaciones que si bien Enrico Berlinguer era el Secretario general del extinto Partido Comunista Italiano de la época, su planteamiento político era más cercano a lo que hoy se podría definir como un Socialdemócrata, es decir que adhería honestamente al sistema democrático multipartidista de tipo occidental y estaba alejado del “ideario” de administración del estado por un partido único (Partido Comunista), al estilo soviético o chino.

Siguiendo a Harari, se podría decir que Berlinguer no era un religioso del comunismo, algo que no puede decirse de los comunistas de estas latitudes, que sí tienen esa postura dogmática respecto de lo que sostuvo el estudioso y exiliado alemán del siglo XIX.

Es significativo que el Sr. Fortunatti omita el hecho que Enrico Berlinguer fue el padre del llamado “Eurocomunismo”, es decir aquella síntesis política en que se trata de rescatar los aspectos positivos de la democracia, en el sentido occidental del concepto, con aquellos aspectos de justicia social que desde la más pura teoría pretendía defender Marx, algo que no anda ni cerca de nuestros comunistas chilensis.

En efecto, nuestros comunistas, lejos de cuestionar los llamado “socialismos reales” representados por la extinta URSS y todos sus países satélites, además del sistema impuesto por Mao en Chino (que no tiene casi nada que ver con la actual situación), no sólo los aceptaban, sino que tampoco los renegaron luego del estrepitoso cataclismo politico y geopolítico que significó la desintegración de la URSS.

Es más, nuestros comunistas son capaces de dar su bendición activa o por carencia de crítica, incluso a aquellos impresentables regímenes dinásticos, por el sólo hecho que dicen ser comunistas; a ese extremo llega su “religiosidad no teísta”.

Por lo tanto, sugerir que la DC y el PC de Chile también deberían suscribir sin mayores problemas un “Compromiso histórico”, emulando a Moro y Berlinguer, me parece un acto de ingenuidad política o bien distorsionar la realidad política de los últimos 50 o 70 años. Finalmente, agradezco el espacio que dan para expresar todo tipo de opiniones.

Atentamente,
Edoardo Tosti-Croce A

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ANDREOTTI Y LA VERDADERA HISTORIA DE ITALIA

Por Txema Montero, * Abogado

Veinte veces ministro y siete primer ministro, su historia quizás sea la de la misma República. O, al menos, la de aquella Italia que se estremecía entre las Brigadas Rojas, la Logia P2 y la mafia y ofrecía un horizonte aterrador, el de un gobierno comunista, a EE.UU.

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SE puede ser gris, pero honrado; gris, pero bueno; gris, pero benevolente. Pues bien, honorable Andreotti, precisamente esto es lo que le falta. Usted ha podido navegar tranquilamente entre Zaccagnini y Fanfani, imitando a un De Gasperi inimitable, que estaba a millones de años luz de usted. Le falta precisamente la humanidad. Le falta ese conjunto de bondad, sabiduría, flexibilidad y transparencia que caracterizan sin reservas a los pocos demócrata-cristianos que hay en el mundo. Usted no es uno de ellos. Durará un poco más, un poco menos, pero pasará sin dejar huella”. Quien escribía tan duras palabras al recientemente fallecido Andreotti era Aldo Moro, su compañero de militancia en la Democracia Cristiana, partido que vertebró la política italiana durante la segunda mitad del pasado siglo.

Moro había sido secuestrado por las Brigadas Rojas en marzo de 1978. Durante los 54 días que duró su secuestro escribió diversas cartas a sus hijos, a Cossiga, ministro del Interior y luego presidente de la República; a Zaccagnini, presidente de su partido; a Taviani y Fanfani, destacados militantes y ministros. En todas sus cartas imploraba por un acuerdo entre el Estado y los terroristas que salvara su vida. Andreotti fue destinatario del texto, en su día no publicado, que da comienzo el presente artículo. Sin hacer mención al mismo, contestó declarando en televisión: “¿Cómo reaccionarían los carabineros, los policías, los agentes de seguridad, si el gobierno, a sus espaldas y violando la ley, negociase con quienes no respetan esa misma ley? ¿Y qué dirían las viudas, los huérfanos, las madres de quienes han caído cumpliendo su deber?”. El cadáver de Moro apareció en el maletero de un Renault 4 en una calle a medio camino entre Via delle Botteghe Oscure, donde se encontraba la sede del Partido Comunista italiano, y la plaza del Gesú, sede de la Democracia Cristiana. Las Brigadas Rojas pretendían de esta forma simbólica corresponsabilizar del asesinato a los dos grandes partidos.

Las conjeturas sobre la relación entre el asesinato de Moro y la pasividad de Andreotti levantaron vuelo desde un inicio. Comenzando por la propia familia del asesinado, que emitió el siguiente comunicado: “La familia desea que no haya manifestaciones, ceremonias, discursos, ni luto nacional ni funerales de Estado ni medallas póstumas. La familia se encierra en el silencio y pide el silencio. La historia juzgará la vida y la muerte de Aldo Moro”.

Las conjeturas, a la altura del año 1993, tomaron cuerpo de indicios criminales cuando Tomasso Buscetta, primer capo de la mafia arrepentido, comenzó a colaborar con los jueces después de que gran parte de su familia resultara exterminada a manos de la Cosa Nostra. Y lo que relató Buscetta fue espantoso. Andreotti, también apodado Belcebú, habría solicitado de la mafia siciliana el asesinato en 1979 del periodista Mino Pecorelli, ligado a los servicios secretos, quien le pretendía chantajear haciendo públicos determinados documentos que probarían el interés de Andreotti en la muerte de Moro. Más aún, Andreotti sería el representante y protector en Roma de los mafiosos y socio de estos en Sicilia, donde la Democracia Cristiana tenía su particular granero electoral y donde sus subordinados, en particular Salvo Lima -alcalde de Palermo del partido de Andreotti y eurodiputado- concedían ilegales licencias de obras a las empresas de la mafia a cambio de votos que aquella obtenía. Aún más, Andreotti ordenaba las ejecuciones de aquellos que podrían comprometer los turbios manejos de la Banca del Vaticano, como el banquero Sindona, envenenado en la cárcel; o Giorgio Ambroselli, administrador de la liquidación de la Banca Privata, quien ante la magnitud de la corrupción que estaba descubriendo y que afectaba a las instancias más elevadas del Estado había tomado la precaución de grabar las llamadas telefónicas que recibía. Entre otras, la siguiente conversación:

-Anónimo: “Estoy en Roma y te están señalando con el dedo porque no quieres cooperar”.

-Ambroselli: “¿A quién se refiere?”.

-Anónimo: “Al gran jefe”.

-Ambroselli: “¿Quién es el gran jefe?”.

-Anónimo: “Ya me entiendes. El gran jefe y el pequeño jefe, todos te echan la culpa”.

-Ambroselli. “Supongo que el gran jefe es Sindona”.

-Anónimo: “¡No, es Andreotti!”.

-Ambroselli. “¿Cómo? ¿Andreotti?”.

-Anónimo: “Exacto, llamó y dijo que se había ocupado de todo, pero la culpa es tuya, así que ten cuidado”.

No lo tuvo porque la grabación llegó a manos indeseadas y Ambroselli fue asesinado en julio de 1979. Resultó el año de los ajustes de cuentas. El periodista Mino Pecorelli, ya lo hemos dicho, murió de cinco balazos, uno elocuente por su ubicación: en plena boca. Pecorelli, periodista de extrema derecha y en absoluto querido por sus colegas, tenía acceso a material reservado de los servicios secretos. Sostenía que Andreotti era el líder de facto de la Logia Propaganda 2 que, so pretexto de defender la democracia ante el ascenso del Partido Comunista, coordinaba todos los movimientos parapoliciales e instigaba y manipulaba el terrorismo de extrema derecha. También se le suponía inmejorables relaciones con la CIA americana. Italia era por la época el único país europeo donde los comunistas hubiesen alcanzado el poder por las urnas. Uno de cada tres electores italianos llegó a votarlos. Tal caudal de votos se aproximaba a la mayoría electoral si el llamado Compromiso Histórico entre comunistas y la izquierda de la Democracia Cristiana se hubiese hecho realidad. Panorama aterrador para EE.UU.: el comunismo gobernando la tercera potencia económica de Europa y la séptima del mundo. Las Brigadas Rojas tampoco estaban por el acuerdo que domesticaría definitivamente a la clase obrera italiana, instalado en el poder burgués el partido que representaba sus intereses. Moro estaba sentenciado nada más secuestrado.

¿Y Andreotti? Su carrera alcanzó, casi, la cumbre cuando aspiró a la Presidencia de la República en 1992, único cargo esquivo pues había sido 20 veces ministro y 7 primer ministro. La bomba que mató al juez Falcone y su esposa, accionada por un mafioso de apodo Matacristianos, se entendió como una señal de la mafia para que todo el mundo entendiera que Andreotti ya no era de los suyos y que como presidente de la República sería rehén de su pasado y por tanto vulnerable. El casi cénit de su carrera dio paso a su largo y agónico final. Juzgado por el Tribunal de Palermo, fue absuelto por prescripción de sus delitos de asociación con la mafia, si bien obligado a pagar una indemnización. Procesado por el Tribunal de Peruggia por el asesinato de Pecorelli, resultó consecutivamente absuelto, condenado a 27 años de prisión y vuelto a absolver por el Tribunal Supremo. Durante las maratonianas sesiones, Andreotti, impávido y ausente de lo que se decía en la sala, se dedicaba a leer a Santa Teresita de Lisieux. Me lo contó mi amigo Alessandro Benedetti, abogado del despacho Galasso de Roma, acusador de Andreotti en la causa. Benedetti, por la época en la mitad de sus treinta años, era y es un católico practicante de izquierdas, hijo de un general de carabineros y el caso Pecorelli fue su primer gran juicio como letrado asistente. Su adscripción ideológica no era del gusto del presidente Cossiga, quien al conocer mi relación con Benedetti con motivo de la presentación que hice de su persona en una conferencia de la Fundación Sabino Arana en Bilbao, no tuvo empacho en decirme: “Su amigo es un cato-comunista”, retruécano muy italiano, a mi parecer. Pues bien, durante el descanso de una de las sesiones del juicio, Andreotti, saliendo de su ensimismamiento, se dirigió a Benedetti: “Joven abogado, ¿se imagina lo que hubiera ocurrido en Italia de triunfar el Compromiso Histórico? Lo sucedido en Chile, una anécdota”.

Si non e vero ben trovato, que dicen los mismos italianos. Y quizás esa sea la verdadera historia de Italia, la que se ocultó, la recogida por Giancarlo Caselli en su documentado La vera Storia D’Italia, compendio de interrogatorios, testimonios, análisis y resoluciones judiciales, aún sin traducir al castellano, un paseo por el resplandor y la muerte, increíble en su enormidad y con el fallecido Andreotti como actor principal. Si prefieren algo más ligero pero igualmente demoledor, háganse con la película de Paolo Sorrentino, El Divo; quien sea capaz de aguantar más de dos horas de emoción incontenible tendrá ocasión de conocer al Divino Andreotti. Tal cual.

En cierta ocasión, una periodista le preguntó: “¿Cree usted que irá al Paraíso?”. Andreotti contestó: “Ciertamente, pero más por la bondad de la Divina Providencia que por méritos propios”. ¿Belcebú? ¿El Divino? Elijan a discreción. En cualquier caso, el malogrado Moro se equivocó: Andreotti pasó dejando profunda y oscura huella.

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EL CASO MORO – Óscar Hernández Chinorro1

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Informe de la comisión parlamentaria

 

 

 

 

 

 

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