“FOUCHÉ, el genio tenebroso”, por Stefan Zweig (PARTE VII – La lucha contra el Emperador)

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FOUCHÉ

EL GENIO TENEBROSO

STEFAN ZWEIG

-PARTE VII-

 

CAPÍTULO VI

LA LUCHA CONTRA EL EMPERADOR

(1810)

N gran ejemplo hunde o levanta siempre a toda una generación. El ingreso de una figura como la de Napoleón Bonaparte en la época pone a las personas de su alrededor en el trance de elegir entre empequeñecerse ante él y desaparecer, sin rastro, ante su grandeza, o seguir su ejemplo, poniendo a contribución una tensión enorme de energía. Los hombres próximos a Napoleón sólo pueden ser dos cosas: sus esclavos o sus rivales. Una presencia de tal manera destacada no tolera, a la larga, el termino medio.

Fouché es uno de aquellos a quienes Napoleón arranco la estabilidad de su equilibrio. Le envenenó el alma con el ejemplo peligroso de su ambición insaciable, con la presión demoníaca de superarse constantemente: también quiere él ya, como su amo, extender y ensanchar constantemente los límites de su poder; también él es hombre perdido para la pugna obstinada y tranquila, para el bienestar doméstico. Por eso, ¡que decepción la suya el día en que vuelve, triunfador, Napoleón de Schoenbrunn para tomar él mismo las riendas! ¡Que días grandes los de aquellos meses en que podía obrar según el parecer propio, levantar ejércitos, redactar proclamas, dar disposiciones audaces ante el asombro de los colegas medrosos, sentirse por fin, una vez en la vida, dueño y señor de un país, jugador en el gran tapete verde de los destinos universales! Y ahora no ha de ser José Fouché sino ministro de Policía para vigilar descontentos y charlas de Redacción, componer diariamente, con los mensajes de sus espías, su aburrido boletín, ocuparse en insignificancias, como de quién es la nueva amiga de Talleyrand o quién tuvo ayer la culpa de la baja de las Rentas en la Bolsa. No, desde que puso la mano en las cuestiones mundiales, en el timón de la alta política, le parece todo lo demás, a su espíritu inquieto y ávido de acontecimientos, futilidades y papeleteo despreciables. Quien ha hecho una vez juego de tanta altura no se contenta ya con pequeñeces. Es preferible demostrar otra vez que aún queda sitio al lado de Napoleón para nuevas hazañas. Y de este pensamiento no logra desasirse ya.

 

 

Pero ¿qué podría intentarse frente al que lo alcanzó todo; frente al hombre que subyugó a Rusia, a Alemania, a Austria, a España e Italia; el hombre a quien el Emperador de la dinastía más rancia de Europa entrega por esposa a una archiduquesa; que se impuso al Papa y sometió el predominio milenario de Roma; el hombre que desde París puso los fundamentos de un imperio europeo universal? Nervioso, febril, celoso, acecha el amor propio de Fouché por todos lados en busca de una misión.

Y efectivamente: en el edificio del predominio mundial no falta más que la última cúpula, la más alta: la paz con Inglaterra. Con ella quedaría terminada la obra. Y esta última hazaña europea la quiere llevar a cabo solo: sin Napoleón y contra Napoleón.

Inglaterra es -en 1809 como en 1795- el enemigo mortal, el contrincante más peligroso de Francia. Ante las puertas de San Juan de Acre, ante los fuertes de Lisboa, en todos los extremos del mundo, tropezó la voluntad de Napoleón contra la fuerza fría, calculada y metódica de los anglosajones, y mientras él conquistaba toda la tierra de Europa, ellos le arrebatan la otra mitad del mundo: el mar. No los puede coger, ni ellos a él; ambos trabajan hace casi veinte años, con esfuerzo siempre renovado, por aniquilarse. Ambos se debilitan horriblemente en esta lucha insensata, de la que están ya, sin quererlo confesar, un poco cansados. Los Bonaparte se declaran en quiebra en Francia, Amberes y Hamburgo, desde que los ingleses les imposibilitan las transacciones; en el Támesis están los barcos abarrotados de mercaderías sin vender; cada día bajan las rentas, tanto la inglesa como la francesa. Y en los dos países aconsejan los comerciantes, los banqueros, las gentes razonables, un acuerdo, y llegan a iniciar muy cuidadosamente las negociaciones. Pero a Napoleón le parece más importante que se quede el mentecato de su hermano José la corona real de España y su hermana Carolina con la de Nápoles. Y rompe las conferencias de paz iniciadas trabajosamente a través de Holanda, y golpea con su puño de acero a sus aliados, para que cierren la entrada a los barcos ingleses y arrojen al mar sus mercancías. Para Rusia salen igualmente cartas amenazadoras, exigiendo la sumisión al sistema continental. Otra vez ahoga la pasión al razonamiento, y la guerra amenaza eternizarse si el partido de la paz no se anima en el último momento y pone manos a la obra.

En estas negociaciones con Inglaterra, rotas antes de tiempo, tuvo también Fouché su intervención. Él indicó al Emperador y al Rey de Holanda como mediador a un financiero francés; éste, a su vez, proporcionó la mediación de un financiero holandés, y éste, por su parte, la de uno inglés. Sobre el bien acreditado puente de oro iban -así sucede en todas las guerras y en todos los tiempos- los secretos intentos de inteligencia de Gobierno a Gobierno. Pero el Emperador ordena bruscamente interrumpir las negociaciones. Eso no le conviene a Fouché. ¿Por que no seguir negociando? Negociar, regatear, prometer y engañar: su pasión preferida. Así concibe un proyecto audaz. Toma la resolución de seguir negociando por su cuenta, aunque, desde luego, aparentando que lo hace por encargo del Emperador; es decir, deja en la creencia, tanto a sus propios agentes como al Gabinete inglés, de que es el Emperador quien procura, por mediación de ellos, conseguir la paz, mientras que en verdad maneja los hilos únicamente el Duque de Otranto. Empresa temeraria, abuso descarado del nombre imperial y de su propio cargo de ministro, osadía histórica sin igual… Pero estos secretos, estas maniobras laberínticas y equívocas, y no una, sino tres o cuatro al mismo tiempo, son, como se sabe, la verdadera pasión del intrigante nato que es Fouché. Como un chico de la escuela que hace muecas cuando el maestro vuelve la espalda, le gusta maniobrar en la ausencia del Emperador; y se expone gustoso, lo mismo que el chico atrevido, a que le castiguen o reprendan por la mera alegría de la travesura y la burla.

 

Tratado de paz de Amiens

 

Cien veces hemos visto como se deleita en estas audaces maniobras políticas; pero jamás se permitió hazaña más peligrosa, más osada y arbitraria que esta de negociar -aparentemente en nombre del Emperador y en realidad contra su voluntad – con el Ministerio inglés del Exterior, sobre la paz entre Francia e Inglaterra.

La maquinación está preparada genialmente. Se sirve de uno de sus equívocos funcionarios, el banquero Ouvrard, que ya rozo algunas veces con la cabeza los muros de la cárcel. Napoleón detesta a este mal sujeto por sus pésimos antecedentes; pero eso le preocupa poco a Fouché, que opera con él en la Bolsa. Con este hombre se siente seguro, porque le ha sacado más de una vez de situaciones difíciles, y le tiene así completamente en su mano. A Ouvrard le envía donde el banquero holandés De Labouchre, hombre de gran prestigio, que se dirige de buena fe a su suegro, el banquero Baring, en Londres, quien a su vez le pone en contacto con el Gabinete inglés. Y así se desarrolla un fantástico juego de equívocos: Ouvrard cree desde luego que Fouché obra por encargo del Emperador y transmite su mensaje como oficial al Gobierno holandés; esta garantía basta a su vez a los ingleses para tomar completamente en serio las negociaciones. Así cree Inglaterra negociar con Napoleón, y en realidad negocia sólo con Fouché, quien se libra muy bien, naturalmente, de enterar al Emperador de la continuación secreta de las negociaciones. Quiere que madure primero bien el asunto, que se eliminen las dificultades para presentarse de repente ante el Emperador y ante el pueblo francés como un deus ex machina y decir orgulloso: «¡He aquí la paz con Inglaterra! Lo que quisieron y desearon todos, lo que no consiguió ninguno de vuestros diplomáticos, lo ha llevado a cabo solo el Duque de Otranto».

Luis Bonaparte

¡Lástima! Un pequeño incidente estropea esta partida de ajedrez magnífica y emocionante. Napoleón ha ido con su joven esposa María Luisa a Holanda para visitar a su hermano Luis. El brillante recibimiento le hace olvidar la política. Pero un día, el Rey Luis, su hermano, suponiendo, naturalmente, como todos los demás, que las negociaciones secretas con Inglaterra se llevaban a cabo con el consentimiento del Emperador, se interesa, en una conversación casual, por la marcha del asunto Napoleón se extraña. De repente recuerda haberse encontrado en Amberes precisamente a ese odiado Ouvrard. ¿Qué se trama allí? ¿Que significa ese ir y venir entre Inglaterra y Holanda? Pero no deja notar su sorpresa; con gran indiferencia ruega a su hermano que le entregue, cuando tenga ocasión, la correspondencia del banquero holandés. Le es entregada enseguida, y durante el regreso de Holanda a París tiene Napoleón tiempo de leerla. Se trata, efectivamente, de unas negociaciones de las que no tenía idea. Con inmensa ira presiente enseguida las huellas de cazador furtivo del Duque de Otranto, que se ha introducido nuevamente en el coto vedado. Pero ha aprendido a ser astuto con el astuto Fouché; por eso esconde por lo pronto su sospecha bajo una capa de falsa amabilidad para no ponerle sobre aviso, darle ocasión de escurrirse y dejarle escapar, únicamente al comandante de su gendarmería, Savary, Duque de Rovigo, se confía, y le ordena detener en el acto y sin llamar la atención al banquero Ouvrard y apoderarse de todos sus papeles.

Tres horas después de esta orden, el 2 de junio, llama a su ministro a Saint-Cloud y pregunta bruscamente y sin rodeos al Duque de Otranto hasta donde tiene conocimiento de ciertos viajes del banquero Ouvrard, o si le ha invitado acaso él mismo a ir a Amberes. Fouché, sorprendido, pero sin sospechar la trampa en que ha caído, obra como de costumbre cuando se le tiene por las solapas, lo mismo que bajo la revolución con Chaumette y bajo el Directorio con Babceuf: procura librarse descargándose en su cómplice. ¡Ah, sí! Ouvrard, un entrometido que le gusta mezclarse en todo; además, toda la cuestión es tan insignificante, que, en el fondo, sólo se trata de una niñería, de una bagatela. Pero Napoleón tiene la mano dura y no suelta tan fácilmente su presa. «Esas maquinaciones no son cosa insignificante -ruge Napoleón-. Es una deslealtad incalificable el atreverse a negociar a espaldas de su soberano con el enemigo, a base de condiciones que él ignora y que seguramente jamás autorizará. Es una deslealtad que no toleraría ni el gobierno más débil. Ouvrard debe ser detenido inmediatamente.» Fouché empieza a intranquilizarse. ¡Era lo único que faltaba: detener a Ouvrard, que lo cantaría todo! Y se esfuerza por quitarle ese propósito de la cabeza al Emperador. Pero el Emperador, que sabe en esos momentos esta ya detenido el banquero por su propia policía, escucha irónicamente a su ministro desenmascarado; ya conoce al verdadero autor de la audaz maniobra, y los papeles confiscados en casa de Ouvrard descubren muy pronto todo el juego de Fouché.

Y descarga el rayo de la tormenta acumulada de la desconfianza. Al día siguiente, domingo, invita Napoleón, después de misa (como yerno de Su Majestad Apostólica, es otra vez buen cristiano, aunque un par de años antes metiera en la cárcel al Papa) a todos sus ministros y dignatarios de la Corte para la recepción matutina. Uno sólo falta: el Duque de Otranto. Aunque es ministro, no ha sido invitado. El Emperador hace tomar asiento a su Consejo alrededor de la mesa y lanza inmediatamente la pregunta:

«¿Que piensan ustedes de un ministro que, abusando de su posición, sostiene, sin que lo sepa su soberano, trato con una potencia extranjera? ¿Que el ministro lleva estas negociaciones sobre las bases establecidas por él mismo y que con ello pone en grave riesgo la vida política de todo el país? ¿Que castigo señalan nuestros códigos para semejante deslealtad

Después de estas preguntas severas mira el Emperador en torno suyo, esperando, sin duda, que se apresurarían sus consejeros a proponer el destierro o cualquier otra medida deshonrosa. Pero los ministros, aunque en el acto se han dado cuenta de contra quién va la flecha, se envuelven en un silencio azorante. En el fondo le dan todos a Fouché la razón, por haberse ocupado enérgicamente de la cuestión de la paz y, como verdaderos y legítimos criados, se alegran de la trastada hecha al amo autócrata. Talleyrand (aunque ya no es ministro ha sido llamado como dignatario ante lo importante del asunto) se ríe para sus adentros; recuerda su propia humillación de hace dos años y le divierten la perplejidad de Napoleón y la situación comprometida de Fouché; no quiere a ninguno de los dos. Por fin rompe el silencio el gran canciller Cambacéres y dice conciliador: «Sin duda alguna es un desliz que merece castigo severo, aunque el culpable se haya dejado llevar por un exceso de celo». «Exceso de celo», grita Napoleón, furioso… La contestación no le agrada, pues no quiere excusa, sino castigo severo, castigo ejemplar para quien obró por cuenta propia. Con gran excitación narra todo lo sucedido e invita a los presentes a proponerle un sucesor.

 

 

Pero ninguno de los ministros se da prisa a emitir su opinión en cuestión tan enojosa; el miedo a Fouché sigue al miedo a Napoleón. Por fin recurre Talleyrand, como siempre en ocasiones difíciles, a una hábil ironía. Se dirige a un vecino y dice en voz baja: «Sin duda ha cometido el señor Fouché una falta, pero si yo tuviera que darle un sucesor, y se lo daría, no sería otro que el mismo señor Fouché». Descontento de sus ministros, a los que él mismo había convertido en autómatas y mamelucos sin valor, levanta Napoleón la sesión y llama al canciller a su gabinete. «Verdaderamente, no vale la pena preguntar a estos señores. Vea usted que proposiciones tan útiles pueden esperarse de ellos… Pero no supondrá que yo pensé en preguntarles antes de estar de acuerdo conmigo mismo. He decidido ya: el Duque de Rovigo será ministro de PolicíaY antes de que pudiese declarar éste si tiene vocación para una sucesión tan desagradable, le saluda aquella misma noche el Emperador con la orden brusca: «Es usted ministro de Policía. Preste juramento y vaya a su trabajo».

El despido de Fouché es el tema del día; súbitamente se pone todo el mundo de su parte. Nada le había ganado más simpatías a este ministro, a este hombre lleno de doblez, como su resistencia contra el zarismo desenfrenado, insoportable ya a los franceses, acostumbrados a la libertad, de un hombre elevado por la Revolución. Y además, nadie quiere oír que sea un delito que merezca castigo el haber buscado, aún contra la voluntad del belicoso caudillo, la paz con Inglaterra. Todos los partidos: realistas, republicanos y jacobinos, igual que los embajadores extranjeros, ven con sentimiento unánime en la caída del último ministro de Napoleón con personalidad acusada la visible derrota de la idea de la paz, y hasta en el mismo Palacio, en el propio tálamo, encuentra Napoleón, igual que en su primera esposa Josefina, en la segunda, María Luisa, un abogado de José Fouché. El único hombre a su alrededor que su padre, el Emperador de Austria, le había indicado como digno de confianza, ha sido despedido, comenta perpleja. Nada expresa mejor la verdadera opinión de la Francia de entonces que el hecho de que el disfavor del Emperador aumente el Prestigio oficial de un hombre. El nuevo ministro de Policía, Savary, condensa la impresión desastrosa producida por la salida de Fouché en estas palabras características: «Creo que la noticia de una epidemia de peste no hubiera podido infundir mas terror que la de mi nombramiento de ministro de Policía».

Verdaderamente se ha fortalecido al lado del Emperador, en estos diez años, José Fouché.

No se sabe por qué camino llegó hasta Napoleón la reacción de este efecto. Pues apenas da a Fouché el empujón, enguanta a toda prisa nuevamente la mano dura. Le dora la píldora en esta ocasión, igual que en 1802. Y disfraza el despido con un cambio de empleo. Le otorga al Duque de Otranto, por la pérdida del Ministerio de Policía, el título honorífico de consejero de Estado y le nombra embajador del Imperio en Roma. Y nada caracteriza mejor el estado de ánimo vacilante, entre el temor y la ira, entre el reproche y la gratitud, entre la irritación y la actitud conciliadora del Emperador, que la carta de despedida de carácter privado:

«Señor Duque de Otranto: Sé qué servicios me ha prestado y confío en su lealtad a mi persona y creo en el celo que ha puesto en servirme. Sin embargo, me es imposible conservarle en el cargo de ministro; me expondría con ello demasiado. El cargo de ministro de Policía requiere confianza plena e ilimitada, y esta confianza no puede persistir desde el momento que expuso, en una cuestión importante, mi tranquilidad y la del Estado, lo que a mis ojos no se puede excusar ni con motivos loables. Su opinión extraña de los deberes de un ministro de Policía no esta de acuerdo con el bien del Estado. Sin dudar de su lealtad y fidelidad, tendría que someterle, a pesar de ello, a una vigilancia constante y molesta que no se me puede exigir. Sería necesario vigilarle por las muchas cosas que usted hace por su propia cuenta, sin saber si corresponden a mi voluntad e intención… No puedo esperar que ha de cambiar usted de actitud, ya que desde hace años mis observaciones ostensibles de descontento no consiguieron en usted cambio alguno. Basado en la pureza de sus propósitos, no ha querido usted comprender cuanto mal se puede originar con la intención de hacer el bien. Mi confianza en su talento y en su fidelidad es inquebrantable. Espero tener pronto ocasión para demostrar lo primero y utilizar lo segundo en mi servicio».

Esta carta nos descubre como una clave secreta lo más íntimo de sus relaciones entre Napoleón y Fouché; tómese la molestia de releer esta pequeña obra maestra para sentir cómo se cruzan en cada frase deseo y repulsa, simpatía y antipatía, temor y estimación secreta. El autócrata quiere un esclavo y se irrita al chocar con el hombre independiente. Quiere desembarazarse de él y, sin embargo, teme tenerle por enemigo. Siente perderle y, al mismo tiempo, esta contento de haberse quitado de encima al hombre peligroso.

 

 

Pero a la par que aumenta en Napoleón la conciencia de sí mismo, aumenta también de manera gigantesca la de su ministro. Y la simpatía general enderezaba más aún la espalda de José Fouché. No, tan fácilmente no se puede despedir ya al Duque de Otranto. Napoleón ha de ver que aspecto ofrece su Ministerio de Policía cuando se le cierren las puertas a José Fouché; y su sucesor ha de creer que se sienta en un nido de avispas y no en un sillón ministerial, si se tiene la osadía de quererle reemplazar. No se ha estado afinando durante diez años este instrumento maravilloso para que un soldadote tosco, un novato de la diplomacia, un chapucero, venga a manejarlo torpemente y muestre como obra propia lo que inventó su antecesor en días y noches trabajosos. No, no ha de ser su despido tan fácil como lo imaginan. Han de darse cuenta, tanto Napoleón como Savary, de que un José Fouché no enseña sólo la espalda doblada como los demás, sino que sabe enseñar también los dientes.

Fouché esta decidido a no marcharse con la cabeza baja. No quiere una paz ambigua, una capitulación displicente. No es tan torpe que se decida a presentar franca resistencia; eso no va de acuerdo con su carácter. Sólo una bromita quiere permitirse, una bromita pequeña, ingeniosa, divertida, en que ha de deleitarse París y aprender Savary que existen trampas famosas en los dominios del Duque de Otranto. Siempre hay que volver a recordar el rasgo diabólico y extraño en el carácter de José Fouché de que precisamente la indignación mas extremada estimule en él un deseo cruel de bromear; que su valor, al intensificarse, no se hace varonil, sino que se convierte en temeridad grotesca y peligrosa. Nunca pega con el puño al ser atropellado, sino con la vara de bufón, cruelmente, burlando al contrario. Todo lo que se esconde en este hombre hermético y frío, de instintos apasionados, rezuma en estas ocasiones, sale al exterior; y esos momentos de alegría aparente en la ira son, al mismo tiempo, los que descubren mejor su naturaleza subterránea y fogosa, mágica y diabólica.

 

Anne Jean Marie René Savary, Duque de Rovigo

 

¡Una bromita aguda, pues, para su sucesor! No será cosa difícil de inventar, sobre todo tratándose de un tonto confiado. El Duque de Otranto se pone el uniforme de gala y dispone un semblante extraordinariamente amable para recibir a su sucesor en la visita oficial. Y en efecto, apenas aparece Savary, Duque de Rovigo, le confunde, le colma de amabilidades. No sólo le felicita por la elección tan honrosa del Emperador, sino que casi le da las gracias por haberle librado del puesto que tanto le fatigaba, que pesaba demasiado tiempo ya sobre sus hombros. ¡Ah, que feliz y qué contento se sentía de poder descansar un poco de este trabajo inmenso! Pues es un trabajo extraordinario, más aún: un trabajo ingrato el que exige ese Ministerio; el Duque, especialmente, ha de notarlo muy pronto, ya que no está acostumbrado a él. De todas maneras, le ayudaría con gusto a arreglar un poco el Ministerio desordenado, pues la despedida le había sorprendido algo inesperadamente. Claro, para eso se necesitaban algunos días; pero si el Duque de Rovigo está conforme, se encargaría él, Fouché, con gusto, de este pequeño trabajo; y mientras tanto podría también efectuar su mujer, la Duquesa de Otranto, la mudanza con toda comodidad. El buen Savary, Duque de Rovigo, no advierte la pimienta en la miel. Se siente agradablemente sorprendido de tanta amabilidad en un hombre a quien todos describen como maligno y astuto; aún le da las gracias más afectuosas al Duque de Otranto por tan extraordinaria complacencia. Naturalmente, puede quedarse todo el tiempo que le parezca bien; se inclina y estrecha conmovido la mano al buen Fouché, tan calumniado… ¡Lástima no haber visto y dibujado la cara de José Fouché en el momento en que se cerraba la puerta detrás de su incauto sucesor! ¡Imbécil! ¿Pero crees verdaderamente que voy a poner orden y presentarte los más incógnitos secretos que he ido juntando en diez años de penoso trabajo, en carpetas ordenadas, para que las cojas en tus manazas torpes? ¿Que voy a engrasarte y limpiarte además la máquina ideada tan maravillosamente por mí, que funciona tan silenciosamente con sus ruedas y engranajes y que aspira y elabora invisiblemente las noticias de todo el Imperio? ¡Tonto, ya abrirás los ojos! 

En el acto comienza una actividad febril. Un amigo íntimo esta avisado para ayudarle. Cuidadosamente se cierra con cerrojo la puerta del gabinete y son sacados rápidamente todos los papeles secretos de las carpetas. Los que le pueden servir algún día como armas, los acusadores y comprometedores, se los lleva José Fouché para su uso particular; los demás son quemados sin miramiento. ¿Para qué necesita saber el señor Savary quien presta servicio de espía en el barrio elegante del Faubourg Saint-Germain, en el Ejército o en la Corte? Podría hacerle el trabajo demasiado fácil. ¡Pues al fuego las listas! Unicamente los nombres de los moscardones y soplones, de los porteros y de las prostitutas, de los que de todas maneras nunca se saca nada importante; con ésos puede quedarse. Con rapidez vertiginosa se vacían los cajones. Los registros valiosos con los nombres de los realistas extranjeros, de los corresponsales secretos, desaparecen; artificialmente ponen desorden en todas partes, destruyen el índice y se proveen las actas de números falsos; se cambian las claves. Y al mismo tiempo toma en servicio secreto, como espías, a los empleados más importantes del futuro ministerio para que sigan comunicándose secretamente con el antiguo y verdadero señor. Tornillo por tornillo, va aflojando Fouché la maquinaria gigantesca para que ya no ajusten los engranajes y se detenga completamente su rotación en las manos del sucesor. Como los rusos quemaron ante Napoleón la ciudad sagrada, Moscú, para que no encontrasen en ella refugio, así destruyó Fouché la obra tan amada de su vida. Durante cuatro días y cuatro noches sale humo de la chimenea; cuatro días y cuatro noches dura esta tarea diabólica. Y sin que se dé cuenta nadie a su al rededor, salen los secretos del Imperio, como materia incorpórea, por las chimeneas, o van a parar a los armarios particulares de Fouché en Ferrières.

 

Château de Ferrieres

 

Luego otra inclinación, extraordinariamente amable y cortés, ante el sucesor incauto: «¡Tenga la bondad de tomar asiento

Un apretón de manos y un «¡gracias!», recibido con aire socarrón. Ahora debería dirigirse el Duque de Otranto con urgencia a su Embajada de Roma; pero prefiere, por ahora, marchar a Ferrieres, a su palacio. Y allí aguarda, temblando interiormente de impaciencia y placer, el primer grito de ira de su sucesor engañado, en cuanto note la bromita que José Fouché le ha gastado.

¿Verdad que está bien ideada la piececita preparada finalmente y llevada a cabo con audacia? Pero desgraciadamente ha incurrido José Fouché en una pequeña falta al idear esta linda farsa, pues cree gastarle la bromita al recién nombrado e inexperto Duque, a ese ministro venido del limbo. Pero olvida que este aristócrata ha sido nombrado ministro por un señor que no tolera que se burlen de él. De todos modos, ya venía observando Napoleón, con mirada desconfiada, la actitud de Fouché.

No le gusto nada ese largo titubeo a la entrega del puesto, ese aplazar interminablemente el viaje a Roma. Además, ha dado un resultado inesperado la instrucción contra Ouvrard, el cómplice de Fouché: el averiguar que Fouché había entregado ya antes a otro intermediario notas oficiales para el Gabinete inglés. Burlarse de Napoleón no le había sentado bien a nadie hasta entonces. Súbito, sale el 17 de junio, como un latigazo, un billete brusco camino de Ferrieres: «Señor Duque de Otranto: Le invito a enviarme aquel comunicado que entrego usted, para sondear a lord Wellesley, a un señor Fagan, quien le trajo una contestación del lord que jamás me ha sido presentada». Este duro trompetazo podría despertar a un muerto. Pero Fouché, completamente embriagado de su hazaña y de su travesura, no se da prisa en la contestación. Mientras tanto, ha caído pólvora en el fuego en las Tullerías. Savary ha descubierto el saqueo del Ministerio de Policía y se lo ha comunicado, estupefacto, al Emperador. Enseguida recibe Fouché un segundo billete, un tercero, con orden de entregar inmediatamente «toda la cartera ministerial». El secretario del Gabinete transmite la orden personalmente con el encargo de exigir a Fouché los papeles escamoteados. La broma ha terminado; comienza la lucha.

La broma ha terminado verdaderamente. Fouché debía darse cuenta de ello. Pero parece que el demonio le aconseja medirse seriamente con Napoleón, el hombre más poderoso del mundo, pues declara al secretario rotundamente, contra la verdad, que lo siente infinito, pero que no tiene ninguna carta, que las ha quemado todas. Eso no se lo cree, naturalmente, nadie, y menos Napoleón. Por segunda vez le amonesta con mayor urgencia, más duramente; es conocida su impaciencia. Pero la irreflexión se convierte en terquedad; la terquedad, en osadía; la osadía, en provocación, pues Fouché repite que no tiene ni una hoja, y explica esta supuesta destrucción de los documentos particulares del Emperador de manera casi comprometedora.

«Su Majestad -dice con cinismo – me honró con tal confianza que, cuando uno de sus hermanos le causaba enojo, me encargaba de hacerle recordar su deber. Y como cada uno de los hermanos le comunicaba, por su parte, sus quejas, había creído mi deber no guardar esas cartas. Tampoco las hermanas de Su Majestad se habían podido librar siempre de calumnias, y el Emperador mismo se dignaba comunicarme aquellos rumores y me había encargad o de averiguar que imprudencia había dado motivo para ellos.» Esto es claro y más claro: Fouché da a entender al Emperador lo mucho que sabe y que no se deja tratar como cualquier lacayo. El mensajero comprende y ve el chantaje en esta amenaza, y piensa en el trabajo que le costará transmitir una contestación tan atrevida a su señor en forma correcta, mesurada. Al Emperador le asfixia la ira, un furor tal se apodera de él que tiene que tranquilizarle el Duque de Massa, y a fin de arreglar el enojoso asunto, se ofrece para pedir personalmente al obstinado exministro los papeles escamoteados. Una segunda amonestación le llega del nuevo ministro de Policía, el Duque de Rovigo. Pero a todo contesta Fouché con la misma cortesía y decisión: es lástima, pero por un exceso de discreción quemó los papeles. Por primera vez en Francia le hace un hombre franca oposición al Emperador.

Esto es demasiado. Así como Napoleón no apreció debidamente durante diez años la categoría de Fouché, desconoce ahora Fouché a Napoleón si cree poderle intimidar con un par de indiscreciones. ¡Desafiar ante todos los ministros al hombre a quien han ofrecido sus hijas el Zar Alejandro, el Emperador de Austria, el Rey de Sajonia; al hombre ante quien tiemblan, como chicos de la escuela, todos l os reyes de Europa! ¿Al hombre a quien no pudieron resistir todos los ejércitos de Europa quiere negarle la obediencia esta momia escuálida, este intrigante espectral con su capa de Duque recién estrenada? No, así como así no se burla nadie de un Napoleón. Inmediatamente llama al jefe de la Policía particular, Dubois, y se desahoga ante él con expresiones furibundas contra el «miserable», el «infame Fouché». Con pasos furiosos va de arriba abajo y grita de pronto:

«Pero que no espere poder hacer conmigo lo que hizo con su Dios, con la Convención y con el Directorio, a los que miserablemente traiciono y vendió. Tengo mejor vista que Barras; conmigo no será el juego tan fácil; pero le aconsejo que tenga cuidado. Sé que tiene notas e instrucciones mías y exijo que me las devuelva. Si se niega, lo entrega usted enseguida a diez gendarmes y lo hace conducir a la cárcel. ¡Por Dios, que he de enseñarle con qué rapidez se puede concluir un proceso!»

Ahora empieza a ponerse seria la cosa. Fouché comienza a intranquilizarse. Cuando aparece Dubois tiene que permitir que le sea sellada a él, al Duque de Otranto, antiguo ministro de Policía, por su propio antiguo subalterno, toda su correspondencia, cosa que podía haber sido peligrosa si no hubiera ya quitado de en medio cautamente, desde hace tiempo, la verdaderamente importante. Pero, de todas maneras, va reconociendo que ha ido demasiado lejos. Rápidamente escribe carta tras carta, una al Emperador, otra a los ministros, para quejarse de la desconfianza que se tiene con él, el más fiel, el más franco, el más firme, el más entero de los ministros; y en una de esas cartas es deliciosamente divertido encontrar esta frase encantadora: Il n’est pas dans mon caract re de changer (así como suena, de puño y letra del camaleón Fouché). Y lo mismo que hace quince años con Robespierre, espera salir al paso del peligro que le amenaza con una reconciliación súbita. Toma un coche y va a París para dar explicaciones al Emperador, o excusas, si fuera necesario.

Retrato de José Bonaparte por Jean Baptiste Joseph Wicar.

Pero es tarde. Ha jugado y bromeado en demasía; ahora ya no hay ni reconciliación ni arreglo; quien provocó públicamente a Napoleón, ha de ser humillado públicamente. Le es dirigida una carta tan dura y cortante como nunca la escribió Napoleón a un ministro. Es muy corta esta carta, este puntapié: «Señor Duque de Otranto: Sus servicios no me pueden ser ya deseables. Debe usted partir para su senaduría en el término de veinticuatro horas». Ni una palabra del nombramiento de Embajador en Roma: despido desnudo y brutal, y, además, destierro. Al mismo tiempo recibe el ministro de Policía la orden de velar sobre el inmediato cumplimiento del edicto.

La tensión ha sido demasiado grande, el juego demasiado atrevido, y ahora sucede lo inesperado: Fouché se desploma como un sonámbulo que, gateando inconsciente por los tejados, es despertado bruscamente por una voz dura y, asustado por lo expuesto de su situación, cae a la calle. El mismo hombre que permaneció frío e imperturbable a dos pasos de la guillotina, se desploma miserablemente bajo el latigazo de Napoleón.

Este 3 de junio de 1810 es el Waterloo de José Fouché. Los nervios se le desbocan, corre al ministro por un pasaporte para el extranjero, vuela, cambiando en cada estación los caballos, sin descansar hasta Italia. Allí corre, como una rata furiosa sobre un fogón ardiente, en zigzag, de sitio en sitio. Tan pronto esta en Parma como en Florencia, en Pisa, en Livorno, en vez de marchar, como le está ordenado, a su senaduría. Pero el pánico le sacude fuertemente. ¡Hay que ponerse fuera del alcance de Napoleón, fuera del poder de esa mano tremenda! Ni siquiera Italia le parece bastante segura; es aún Europa, y toda Europa esta sometida a ese hombre terrible. Así fleta en Livorno un barco para ir a América, país de seguridad, país de libertad; pero la tempestad, el mareo y el miedo a los cruceros ingleses le obligan a regresar al puerto, y vuelve a correr como un loco, en coche, de un puerto a otro, de ciudad en ciudad. Implora la ayuda de las hermanas de Napoleón, de los príncipes. 

Desaparece, vuelve a aparecer, para obsesión de los policías, que buscan su rastro y lo vuelven a perder siempre… En fin, se porta como un loco, completamente enajenado de miedo; y ofrece, por primera vez, él, el hombre sin nervios, un ejemplo de evidencia clínica, de una verdadera ruina nerviosa. Nunca aniquiló Napoleón con un solo gesto, con un solo golpe, a un adversario más radicalmente que a éste, el de mayor audacia y sangre fría de todos sus servidores.

El almuerzo (1739) François Boucher

Este esconderse y reaparecer, este ir y venir febril, dura días y semanas, sin que se haya podido averiguar lo que quería e intentaba (ni su magistral biógrafo Madelin lo sabe, ni seguramente lo sabía él mismo). Parece que únicamente en el coche, en marcha, se siente seguro ante la venganza imaginaria de Napoleón, que, sin duda, ya no piensa en castigar seriamente a su servidor. Napoleón no quiso más que hacer prevalecer su voluntad, rescatar sus papeles, y esto lo consigue. Pues mientras él, loco, histérico, revienta por toda Italia los caballos de posta, obra su esposa en París con bastante más prudencia. Capitula por él. No puede haber duda de que por salvar a su marido entregó la Duquesa de Otranto los papeles, maliciosamente retenidos por él, discretamente a Napoleón, pues jamás se vio una de aquellas hojas íntimas a las que aludió Fouché amenazante. Lo mismo que sucedió con Barras, a quien compro el Emperador los papeles, y con los demás confidentes molestos de su elevación, desaparecieron los escritos de Fouché en cuanto se referían a Napoleón. O los hizo desaparecer el mismo Napoleón, o Napoleón III destruyó todos los documentos que no convenían a la idea napoleónica.

Por fin recibe Fouché la gracia de poder retirarse a su senaduría de Aix. La gran tormenta se ha disipado; el rayo no hizo más que sacudirle los nervios, pero no le hirió. El 25 de septiembre llega el hombre acosado a su finca, «pálido y cansado, delatando, por la incoherencia de sus pensamientos y de sus palabras, una completa perturbación». Pero tendrá tiempo suficiente para reponer sus nervios, pues quien se ha rebelado una vez contra Napoleón puede considerarse alejado por mucho tiempo de todos los cargos oficiales. El ambicioso tiene que pagar su bromita cruel. Otra vez le arrastra la ola al fondo. Tres años permanece José Fouché sin honor es y sin cargo: comienza su tercer destierro.

 

 

 

 

 

 

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