“FOUCHÉ, el genio tenebroso”, por Stefan Zweig (PARTE V – Ministro del Directorio y del Consulado)

INDICE DE POST de “FOUCHÉ, El genio tenebroso”, por Stefan Zweig

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FOUCHÉ

EL GENIO TENEBROSO

STEFAN ZWEIG

-PARTE V-

 

CAPÍTULO IV

MINISTRO DEL DIRECTORIO Y DEL CONSULADO
(1799-1802)

 

e ha compuesto el himno del destierro, esa potencia creadora del Destino, que levanta al hombre en su caída y concentra en la dura opresión de la soledad, nuevamente y en un orden nuevo, las fuerzas conmovidas del alma? Siempre culparon los artistas al destierro como aparente obstáculo del ascenso, como inútil intervalo, como interrupción cruel. Pero el ritmo de la Naturaleza quiere estas censuras forzadas. Pues sólo quien sabe de sus honduras conoce integra la vida. El impulso de reacción es lo que comunica al hombre toda la fuerza de su pujanza.

El genio creador, sobre todo, necesita temporalmente este aislamiento forzado para medir desde la profundidad de la desesperación, desde la lejanía del destierro, el horizonte y la altura de su verdadera misión. Los más altos mensajes de la Humanidad han venido del destierro; los creadores de las grandes religiones: Moisés, Mahoma, Buda, todos tuvieron que entrar en el silencio del desierto, en «el no estar entre los hombres», antes de poder pronunciar la palabra decisiva. La ceguera de Milton, la sordera de Beethoven, la cárcel de Dostoiewski, la prisión de Cervantes, el encierro de Lutero en la Wartburg, el destierro de Dante y la extirpación voluntaria de Nietzsche a las zonas heladas de la Engadina, fueron exigencias del propio genio, ordenadas secretamente contra la voluntad despierta del hombre mismo.

Pero también en el terreno bajo y más firme de la política, una ausencia temporal da al hombre de Estado nueva lozanía en la mirada y mayor intensidad para pensar y calcular el juego de las fuerzas políticas. Nada más propicio para una carrera que su interrupción temporal, pues el que ve el mundo siempre desde arriba, desde la nube imperial, desde la altura de la torre de marfil del Poder, no conoce otra cosa que la sonrisa de los subordinados y su peligrosa complacencia; el que siempre sostiene en las manos la medida, olvida su verdadero valor. Nada debilita tanto al artista, al general, al hombre de Poder, como el éxito permanente a voluntad y deseo. En el fracaso es donde conoce el artista su verdadera relación con la obra: en la derrota, el general, sus faltas, y en la pérdida del favor, el hombre de Estado, la verdadera perspectiva política. La riqueza permanente debilita; el aplauso constante hace insensible; únicamente la interrupción procura al vario ritmo de la vida nueva tensión y elasticidad creadora, únicamente la desgraciada mirada profunda y extensa para la realidad del mundo. Enseñanza dura, pero enseñanza y aprendizaje es todo destierro: al débil le amasa de nuevo la voluntad, al indeciso le hace enérgico; al duro, mas duro aún. Nunca es el destierro para el verdadero fuerte una mengua: es siempre un tónico de su fuerza.

El destierro de José Fouché dura mas de tres años, y la isla solitaria e inhóspita adonde es enviado se llama la pobreza. Ayer aún procónsul, colaborador en el destino de la Revolución, para caer, desde los tramos mas altos del Poder, en una oscuridad tal, en tanta suciedad y tanto lodo, que se borran y pierden sus huellas. El único que entonces pudo verlas, Barras, da una descripción conmovedora de la miserable buhardilla bajo las nubes donde Fouché habita con su fea mujer y sus dos hijos malsanos y pelirrojos, albinos, de fealdad excepcional. En el quinto piso, en un cuarto sucio, sin ventilación, horriblemente achicharrado por el sol se esconde el caído ante cuya palabra temblaron miles de seres y que, al cabo de algunos años, ha de levantarse nuevamente como Duque de Otranto y tener en su mano el timón del destino europeo… El mismo que ahora no sabe con que dinero podrá comprar al día siguiente leche para sus hijos, ni cómo pagar el alquiler mísero y menos aún cómo defender la vida destrozada ante enemigos innumerables e invisibles, ante los vengadores de Lyon.

 

Fouché en Lyon, grabado 1794

 

Nadie, ni su más fiel y concienzudo biógrafo, Madelin puede realmente decirnos de qué fué viviendo en esos año de miseria. No cobra ya sueldo como diputado; su fortuna personal la ha perdido en una rebelión de Santo Domingo; nadie se atreve a colocar públicamente, a dar trabajo al mítrailleur de Lyon; todos los amigos le han abandonado, evitan su encuentro.

Se ocupa en los negocios más extraños y oscuros, y, según dicen, no es una fábula, sino un hecho verídico, que el futuro Duque de Otranto se dedicó por entonces a cebar cerdos. Pero no tarda en ocuparse en un negocio mucho menos limpio: el de espía de Barras, el único de los nuevos poderosos que con una extraña compasión sigue recibiendo al desgraciado. Naturalmente, no en la sala de audiencia del Ministerio, sino en cualquier parte, a oscuras; allí le echa al pordiosero pertinaz, de vez en cuando, como una limosna, un pequeño negocio sucio: un aprovisionamiento al ejército, un viaje de inspección; siempre un diminuto lucro que sostiene por quince días a flote al engorroso. Pero a través de esas múltiples pruebas descubre en Fouché su verdadero talento. Barras tiene ya entonces una serie de proyectos políticos, desconfía de sus colega y para ello puede utilizar muy bien a un soplón que no pertenezca a la política oficial: una especie de detective particular. Para eso sirve Fouché divinamente. Escucha y espía, penetra en las casas por las escaleras de servicio, obtiene de todos los conocidos el chismorreo del día y va con esta sucia baba del público, secretamente, donde esta B arras. Y cuanto más ambicioso se va haciendo Barras, mientras más ávidamente vislumbran sus proyectos un golpe de Estado, le es más preciso Fouché. Hace ya mucho tiempo que le estorban en el Directorio (el Consejo de los cinco, que domina ahora en Francia) las dos únicas personas honradas -Carnot sobre todo, el hombre recto de la Revolución Francesa- y trata de desembarazarse de ellos. Pero quien proyecta un golpe de Estado y trama conspiraciones necesita, sobre todo, hombres à tout faire, bravis y bulos, como los llaman los italianos; personas sin carácter y en quienes, no obstante, se puede confiar; para eso sirve Fouché como nadie. El destierro es su escuela para la carrera y en ella desarrolla su talento futuro como maestro de la Policía.

Por fin, tras larga, interminable noche de existencia aterida, de oscuridad, de miseria, otea Fouché un aire matinal. Un nuevo señor se instala en París, un nuevo poder naciente. Fouché decide servirle. Este nuevo poder es el dinero. Apenas reposan Robespierre y los suyos sobre las duras tablas, surge el dinero, omnipotente, y cuenta nuevamente con miles de vasallos y esclavos. Magníficos coches con caballos cuidadosamente almohazados y con arreos nuevos ruedan otra vez por las calles; dentro van, medio desnudas, como diosas griegas, encantadoras mujeres, envueltas en preciosas sedas y muselinas. En el Bois pasea a caballo la jeunesse dorée, con blancos y ceñidos pantalones de nanquín y fracs amarillos, marrones y rojos. En las manos, llenas de sortijas, llevan fustas con puños de oro, que utilizan también con gusto contra los terroristas de antaño; se hacen buenos negocios en las tiendas de perfumes y en las joyerías; se abren como por ensalmo quinientos, seiscientos salones de baile y cafés; se construyen chaléts y se compran casas; se va al teatro, se juega a la Bolsa y se apuesta; se compra y se vende y se juega por miles detrás de las cortinas de damasco del Palais Royal. El dinero ha vuelto, soberano, insolente y audaz.

¿Pero donde estaba el dinero entre 1791 y 1795 en Francia? Donde siempre… No hizo mas que esconderse. Lo mismo que en Alemania y en Austria, durante el período del miedo comunista, en Igig; los ricos se fingieron repentinamente muertos; se escondieron los ricos franceses, pues a todo el que bajo el régimen de Robespierre toleraba a su alrededor el lujo más mínimo, es más: al que tan sólo se acercaba al lujo, se le tomaba por mauvaís riche y se le miraba como sospechoso; era desagradable que le tuvieran a uno por adinerado. Pero de nuevo sólo el rico val e hoy. Afortunadamente, es ésta la época (como siempre en el caos) para hacer dinero. Las fortunas cambian de dueño; las fincas son vendidas, y con ello se gana; las propiedades de los emigrados son subastadas, y con ello se gana; a los condenados se les confiscan los bienes, y con ello se gana; los asignados bajan diariamente; una fiebre frenética de inflación conmueve al país, y con ello se gana. En todo se puede ganar, si se tienen manos hábiles y osadas y relaciones en el Gobierno. Pero hay, sobre todo, una fuente que mana con abundancia sin igual, magnífica: la guerra. Ya en 1791, al empezar, habían hecho unos cuantos el descubrimiento (como lo hicieran unos cuantos también en 1914) de que se puede sacar muy buen provecho de la guerra, que devora los hombres y destruye los valores; pero en aquella ocasión se echaron con saña al cuello de los accapareurs Robespierre y Saint -Just, los incorruptibles. Mas ahora, gracias a Dios, han sido liquidados esos Catones, se oxida la guillotina en el granero, y los accapareurs y proveedores del ejército ven llegar una época de oro. Ya se pueden vender tranquilamente zapatos malos por dinero bueno, llenarse bien los bolsillos de anticipos y requisas. Naturalmente, con la condición de que le sean a uno asignados los pedidos. Por eso siempre requieren estos asuntos un mediador a propósito, un corredor bien acreditado y accesible, que abra desde dentro a los especuladores la puerta del establo que conduce al pesebre abundante del Estado.

Para estos negocios sucios es José Fouché el hombre ideal. La miseria le ha arrebatado por completo la conciencia republicana; su odio al dinero es una idea arrinconada ya; se le puede comprar barato al medio muerto de hambre. Y, por otra parte, tiene las mejores «relaciones», pues entra y sale (como espía) en la antesala de Barras, el presidente del Directorio. Así se convierte, de la noche a la mañana, el comunista radical de 1793, que quiso mandar amasar a toda costa el «pan de la Igualdad», en el íntimo de los nuevos banqueros republicanos, que cumple y amaña, por una buena comisión, todos sus deseos y asuntos. Por ejemplo, el accapareur Hinguerlot, uno de los mas audaces y desalmados agiotistas de la República (Napoleón le odiaba), es objeto de una acusación molesta; ha obrado demasiado osadamente y, como proveedor, ha provisto su bolsa con entusiasmo excesivo y le han metido en un pleito que le puede costar mucho dinero y quizá la cabeza. ¿Qué hacer en tales circunstancias, entonces como ahora? Se dirige uno a alguna persona que tenga buenas relaciones «arriba», que tenga influencia política y privada y que pueda «arreglar» el enojoso asunto. Se dirige, pues, a Fouché, el moscardón de Barras, que engrasa enseguida sus botas y corre a casa del omnipotente (la carta se encuentra impresa en sus Memorias), y, efectivamente, el asunto, poco limpio, es ahogado silenciosamente sin dolor. A cambio de esto le interesa Hinguerlot en las provisiones del ejército y en los negocios bursátiles. Lappétit vient en mangeant. Fouché descubre en 1797 que el dinero huele mucho mejor que la sangre de 1793 y funda, gracias a sus nuevas «relaciones», de una parte con los nuevos grandes financieros y de otra con el Gobierno corrupto, una nueva Compañía de aprovisionamiento para el ejército de Scherer. Los soldados del buen general recibirán calzado detestable, pasaran frío con sus abrigos delgados y serán batidos en los llanos de Italia; pero es más importante que la Compañía Fouché-Hinguerlot, y seguramente el mismo Barras, obtenga una substanciosa ganancia. Ha des aparecido el asco ante el «metal despreciable y nocivo», que proclamaba aún hace tres años con tanta elocuencia el ultrajacobino y supercomunista Fouché, y han sido olvidados también los ataques de odio contra los «malos ricos» y aquello de que «el buen republicano sólo necesita al día pan, hierro y cuarenta escudos». Ahora es su lema, al fin, ser también rico. En el destierro ha conocido Fouché el poder del dinero y se rinde ante él para servirle, como ante todo poder. Demasiado tiempo, demasiado dolorosamente ha sufrido el horrible «estar abajo», en la suciedad del desprecio y de la miseria… Ahora se empina con todas sus fuerzas hacia ese mundo donde se compra por dinero el Poder, porque desde el Poder se acuña nuevamente el dinero. El trabajo de zapa ha excavado ya la primera galería en la más pródiga de todas las minas; ha dado el primer paso en el camino fantástico que va desde la miserable buhardilla de un quinto piso a la residencia ducal; desde la nada, a una fortuna de veinte millones de francos.

 

Guerra de la Segunda Coalición 1799 – 1802, los franceses entran en Milán

 

Desde que Fouché arrojó el peso desagradable de los principios revolucionarios, se ha vuelto muy ágil; súbitamente se encuentra otra vez con el pie en el estribo. Su amigo Barras no hace sólo transacciones financieras oscuras sino también negocios políticos sucios. Con toda cautela quiere vender la República por un título de duque y un montón de dinero a Luis XVIII. En esto le estorba únicamente la presencia de colegas decentes, republicanos como Carnot, que siguen creyendo en la República y que no quieren comprender que los ideales sólo sirven para ganar con ellos. Y en el golpe de Estado que dió Barras el 18 de Fructidor, que le desembaraza de este molesto vigilante ayudó Fouché, sin duda alguna, a su compañero de negocio minando el terreno, pues apenas es su protector Barras señor ilimitado del Consejo de los Cinco, del Directorio renovado, se abre camino impetuosamente el enemigo de la luz y pide su premio. ¡Que Barras le coloque en la política, en el ejército, en algún sitio, en alguna misión donde se puedan llenar bien los bolsillos y donde se pueda uno reponer de los años de miseria! Barras, que necesita a este hombre, apenas puede negarse al mediador de sus negocios sucios. No obstante, el nombre de Fouché, el mitrailleur de Lyon, apesta aún demasiado a sangre para comprometerse con él públicamente en París durante la luna de miel de la reacción. Así le manda Barras, por lo pronto, como representante del Gobierno a Italia, al ejército, y luego a la República bátava, a Holanda, para llevar a cabo negociaciones secretas, pues sabe muy bien Barras que es maestro en el juego de intrigas subterráneas; pero lo tendrá que sentir pronto, intensamente, en la propia carne. En 1798 es, pues, Fouché embajador de la República francesa: otra vez tiene el pie en el estribo. Lo mismo que antaño en su misión sangrienta, desarrolla ahora, en la diplomacia, la misma energía glacial; particularmente en Holanda alcanza rápidos éxitos. Envejecido en experiencias trágicas, madurado en épocas tempestuosas, suavizado en la forja dura de la miseria, demuestra Fouché su antigua energía aliada a una nueva precaución. Pronto ven los de «arriba», los nuevos señores, que es un hombre que se puede utilizar, que baila al son que le tocan y brinca con el dinero; atento hacia los de arriba, sin miramientos para los de abajo, es el verdadero y hábil navegante en aguas movidas. Y como la nave del Gobierno se tambalea cada vez con más peligro y amenaza estrellarse en su rumbo inseguro, toma el Directorio, el 3 de Termidor del año 1799, una decisión inesperada: José Fouché, en misión secreta en Holanda, es nombrado súbitamente, de la noche a la mañana, ministro de Policía de la República francesa.

¡José Fouché, ministro! París se estremece como por un tiro de cañón. ¿Comienza otra vez el terror, para que suelten de la cadena a este perro de presa, al mitrailleur de Lyon, al profanador de hostias y saqueador de iglesias, al amigo del anarquista Babceuf? ¿Traerán ahora también -¡Dios nos libre!- a Callot d’Herbois y a Billaud de las islas infectas de la Guayana y volverán a colocar la guillotina en la Plaza de la República? ¿Se amasará, por último, otra vez el «pan de la Igualdad»?

¿Volverán a instituirse los «comités filantrópicos» que sacan el dinero a la gente rica? París, que lleva ya algún tiempo intranquilo, con sus mil quinientos salones de baile, con sus magníficas tiendas y su jeunesse dorée, se asusta. Los ricos y los burgueses tiemblan de nuevo como en 1792. Sólo los jacobinos están contentos, los últimos republicanos. ¡Por fin, tras tremendas persecuciones, está en el Poder uno de los suyos, el más audaz, el más radical, el mas inflexible! ¡Por fin se tendrá en jaque a la reacción, y la República quedara limpia de realistas y conspiradores!

Pero ¡cosa extraña! Unos y otros se preguntan a los pocos días: ¿se llama este ministro de Policía verdaderamente José Fouché? Otra vez se ha probado por la experiencia la sabia máxima de Mirabeau (hoy aún valedera para los socialistas) que los jacobinos, como ministros, dejan de ser jacobinos. Y así, los labios que antaño goteaban sangre, rebosan ahora bálsamo de palabras conciliatorias. Orden, calma, seguridad; estas palabras se repiten constantemente en las proclamas políticas del ex terrorista. Combatir el anarquismo es su principal divisa. La libertad de la Prensa tiene que ser limitada, hay que dar fin a los eternos discursos de excitación. Orden, orden, calma y seguridad… Ni Metternich, ni Seldnitzki, ni el mayor archirreaccionario del Imperio austriaco han escrito decretos mas conservadores que José Fouché, el mitrailleur de Lyon.

Los burgueses respiran: ¡que «Paulus» ha salido este «Saulus»! Pero los verdaderos republicanos rabian de indignación en sus juntas. Han aprendido poco en estos años, aún pronuncian discursos y más discursos enfurecidos, amenazan al Directorio, a los ministros y a la Constitución con frases de Plutarco. Se manifiestan con los mismos feroces ademanes que si vivieran aún Danton y Marat, como si pudieran, igual que entonces, agrupar, tocando a rebato, cientos de miles de hombres de los arrabales.

Sin embargo, esos enredos molestos intranquilizan por fin al Directorio. ¿Que se puede hacer contra ellos? Preguntan sus colegas al recién elegido ministro de Policía.

«Cerrar el club», contesta éste, impávido. Incrédulos, le miran los demás y preguntan cuando se ha de tomar esta medida audaz. «Mañana», contesta tranquilamente Fouché.

Y, efectivamente, a la noche siguiente se dirige Fouché, presidente que fué de los jacobinos, al club radical de la rue du Bac. En este círculo ha latido durante todos estos años el corazón de la revolución. Son los mismos hombres ante los que Robespierre, Danton y Marat, ante los que él mismo pronunciaron discursos apasionados. Después de la caída de Robespierre, después de la derrota de Babceuf, vive únicamente en el Club du Manège el recuerdo de los días tumultuosos de la revolución.

 

Club de los jacobinos

 

 

Pero el sentimentalismo no es cosa de Fouché; puede, cuando quiere, olvidar, de manera fantásticamente rápida, su pasado.

El antiguo profesor de Matemáticas del Oratorio mide siempre únicamente el paralelogramo de las fuerzas reales. Sabe que la idea republicana esta aniquilada, los mejores caudillos, los hombres de acción, están bajo tierra: así se han ido rebajando todos los clubes desde hace tiempo hasta convertirse en casinos de charlatanes, que se quitan la palabra de la boca. En 1799 ya han bajado de valor las frases de Plutarco y las palabras patrióticas, lo mismo que los asignados. Se ha fraseado y se ha impreso billetes en demasía. Francia esta harta (¿quien lo ha de saber mejor que el ministro de Policía?) de abogados, oradores y renovadores, cansada de decretos y leyes; no quiere más que tranquilidad, orden, paz y clara situación económica; igual que después de unos años de guerra, después de unos años de revolución y de éxtasis colectivo, el egoísmo irresistible del  individuo, de la familia, reclama su derecho.

En el momento preciso en que pronuncia uno de esos republicanos un discurso fogoso, se abre la puerta y, con su uniforme de ministro, entra Fouché acompañado de los gendarmes. Con mirada fría mira asombrado la reunión, que se apresura a levantarse de sus asientos: ¡que adversarios tan miserables! Desde hace tiempo, sucumbieron los hombres de acción, los hombres de espíritu de la Revolución, sus héroes y sus fanáticos; únicamente quedaron los charlatanes, y contra los charlatanes basta un gesto enérgico. Sin vacilar sube a la tribuna; por primera vez, al cabo de seis años, oyen los jacobinos su voz fría y sobria, pero no para excitar, en nombre de la Libertad, el odio contra los déspotas: el hombrecillo desmedrado declara tranquilamente la disolución del club. La sorpresa es tan grande que nadie opone resistencia. No se indignan ni se arrojan, como siempre juraron, con los puñales contra el aniquilador de la Libert ad. Balbucean nada más; se repliegan y desalojan, estupefactos, el salón. Fouché calculo bien: contra hombres hay que luchar; a los charlatanes se los derriba con un gesto.

Ahora que esta desalojado el salón avanza lentamente hacia la puerta, la cierra y se mete la llave en el bolsillo. Y con esta vuelta de llave ha terminado, efectivamente, la Revolución francesa.

Un cargo es según quiere el hombre que lo desempeña. Cuando Fouché toma posesión del Ministerio de Policía, admite con esto el desempeño de una función absolutamente subalterna, una especie de subprefectura del Ministerio del Interior. Debe vigilar e informar, recoger el material para la política exterior e interior, con el que luego operan, como reyes, los señores del Directorio. Pero apenas tiene Fouché tres meses el poder en sus manos, notan sus protectores, asustados, asombrados e indefensos ya, que no vigila solamente hacia abajo, sino también hacia arriba; que el ministro de Policía vigila a los demás ministros, al Directorio, a los generales y a toda la política. Su red se extiende sobre todos los cargos y funciones, a sus manos llegan todas las noticias, hace política al margen de la política, guerra al margen de la guerra y ensancha en todas direcciones los límites de sus poderes. Hasta que, por fin, Talleyrand define con enojo el cargo de ministro de Policía: «El ministro de Policía es un hombre que se ocupa, en primera línea, de todos los asuntos que le importan, y en segundo lugar, de todos los que no le importan».

Magníficamente esta montada esta máquina complicada, este aparato de vigilancia de todo un país. Mil noticias llegan todos los días a la casa del Quaí Voltaire. Al cabo de un par de meses ha llenado el país de espías, agentes secretos y moscardones. Pero no hay que figurarse sus espías como detectives burgueses, corrientes y vulgares que atisban el chismorreo del día con los porteros, en las tabernas, en los burdeles y en las iglesias. Los agentes de Fouché llevan galones de oro, levita de diplomático y sutiles trajes de encaje; charlan en los salones del Faubourg Saint -Germain y, por otra parte, se introducen, disfrazados de patriotas, en las sesiones secretas de los jacobinos. En la lista de sus mercenarios se encuentran marqueses y duquesas con los nombres más ilustres de Francia. Y hasta puede alardear (caso fantástico) de tener a su servicio a la mujer mas preeminente del país, a Josefina Bonaparte, la futura Emperatriz. En el despacho de su señor y futuro Emperador está, vendido a Fouché, el secretario; en Hartwell ha soborna do al cocinero del rey Luis XVIII. No hay charla de que no tenga referencia, no hay carta que no se abra.

En el ejército, entre los comerciantes, entre los diputados, en las tabernas y en las asambleas, a todas partes llega el oído vigilante del ministro de Policía, invisible, y todas estas noticias van diariamente a parar a su mesa de burócrata. Allí se examinan las denuncias, en parte auténticas y de trascendencia, en parte insignificantes, y se estudian y comparan hasta que surge, entre mil claves, la noticia clara.

La información lo es todo, en la guerra como en la paz, en la política como en la economía. El Poder no se funda, en la Francia de 1799, en el terror, sino en la información. La información en torno de estos tristes termidoristas, para saber cuánto dinero acepta cada uno, por quien es sobornado, por cuánto se le compra. Así se le puede tener a raya, en una situación de dependencia respecto del superior; la información sobre las conspiraciones, en parte para batirlas y en parte para acelerarlas, permite llevar la maniobra política siempre del lado favorable. El saber por adelantado las noticias del teatro de la guerra y de las negociaciones de la paz, permite operar en la Bolsa con financieros complacientes y, finalmente, hacerse un capital. Así, esta maquina de noticias en manos de Fouché produce constantemente dinero, y el dinero, a su vez, sirve de engrase para mantenerla rodando silenciosamente. De las casas de juego, de los burdeles, de las casas de banca, fluyen contribuciones discretas que ascienden a millones, que van a parar a su mano, para transformarse allí en soborno; el soborno, a su vez, trae nuevas informaciones… Así no se para ni falla jamás esta maquinaria enorme y refinada de la Policía, que un solo hombre creó de la nada en pocos meses, gracias a su inmensa energía y a su genio psicológico.

Pero lo más genial de esta maquinaria incomparable de Fouché es que sólo funciona regida por su mano. En algún sitio tiene un tornillo secreto que si se saca hace detenerse súbitamente la rotación vertiginosa. Fouché lo previene todo desde el primer momento, por si algún día cayera en desgracia. Sabe que si le despiden basta una simple manipulación para paralizar enseguida la máquina por él construida. Pues no ha creado el servicio para el Estado, ni para el Directorio, ni para Napoleón.

 

Convención Nacional

 

Este déspota crea su obra únicamente para su propia utilidad. No piensa dar cuenta, según es su deber, del resultado de todas las informaciones que sedimenta químicamente en su retorta policíaca; sólo comunica lo que quiere comunicar, con egoísmo, sin miramientos; ¿para qué hacer más listos a los imbéciles en el Directorio y dejarles ver sus cartas? Deja salir de su laboratorio exclusivamente lo que le es útil, lo que le es imprescindiblemente necesario para su propia ventaja; los dardos y los venenos eficaces los guarda cuidadosamente en su arsenal particular para su venganza personal, para sus asesinatos políticos.

Siempre sabe Fouché más de lo que creen en el Directorio que sabe, y por eso es peligroso e imprescindible a la vez para todos. Sabe de las negociaciones de Barras con los realistas, de las pretensiones a la corona de Bonaparte, de las maquinaciones de los jacobinos o de los reaccionarios; pero nunca descubre esos secretos cuando se entera de ellos, sino cuando le parece ventajoso descubrirlos. A veces acelera las conspiraciones, a veces las refrena, a veces las provoca artificialmente, a veces las descubre ruidosamente (y avisa al mismo tiempo a los interesados para que se pongan a tiempo a salvo); siempre hace doble, triple, cuádruple juego, y el engañar y burlarse en todas direcciones se convierte poco a poco en pasión. Para ello se necesita, naturalmente, plena consagración de fuerza y tiempo: esto no lo escatima Fouché, cuya jornada de trabajo es de diez horas. Antes de permitir a otro una ojeada en sus secretos policíacos, prefiere estar sentado desde la mañana hasta la noche en su despacho. Examina todos los papeles y despacha cada acta personalmente. Toma declaraciones a cada acusado importante, solo, con las puertas cerradas, en su gabinete, para que nadie se entere -ni siquiera sus subalternos-de los pormenores decisivos; y así tiene, poco a poco, como confesor voluntario de todo el país, los secretos de todos en su mano. Otra vez reina por terrorismo, como antaño en Lyon; pero no utiliza ya la tosca hacha mortífera, sino el veneno psíquico del miedo, de la conciencia intranquila, del sentirse espiado y del saberse descubierto. Con ello mete el resuello en el cuello a millares de seres. La máquina de 1792, la guillotina, inventada para suprimir toda resistencia contra el Estado, es una herramienta torpe comparada con la maquinaria policíaca, combinada y refinada por la superioridad espiritual del José Fouché de 1799.

De este instrumento, que él mismo se ha construido a medida de su mano, se sirve José Fouché como artista consumado. Conoce el más alto secreto del Poder, que consiste en disfrutar su posesión secretamente, y utilizarlo con tacto económico.

Pasaron los tiempos de Lyon en los que prohibían la entrada al aposento del omnipotente feroces guardias de la Revolución con bayonetas caladas. Ahora se reúnen en su antesala las señoras del Faubourg Saint-Germain y las recibe con gusto. Sabe lo que quieren: una ruega tachen de la lista de emigrados a un pariente, otra quiere proporcionar una colocación buena a un primo, la tercera, acallar un pleito fatal. A todas se muestra Fouché igualmente amable. ¿Para qué hacerse ingrato a cualquiera de los partidos, a los jacobinos o a los realistas, a los moderados o a los bonapartistas, si no se sabe quién ha de gobernar mañana? De tal modo se muestra, el que fué terrorista temido, el hombre más suave y conciliador. públicamente truena en sus discursos y proclamas contra realistas y anarquistas; pero, en secreto, por bajo manga, los aviva o soborna. Evita procesos ruidosos, sentencias de muerte crueles; a él le basta el ademán de la violencia, en vez de la violencia misma; el verdadero Poder subterráneo en el Estado, en vez de la engañifa vana que ostentan Barras y sus colegas con sus sombreros de plumas.

Así sucede que a los pocos meses se ha convertido el demonio de Fouché en el ídolo de todos; pues ¿qué ministro o estadista será en todos los tiempos y en todas partes el más estimado sino el que deje que hablen con él, que vea tranquilamente como se gana dinero o incluso ayude a ganarlo, o a alcanzar cargos, que haga a todos concesiones y que cierre benévolamente los ojos severos, siempre que uno no meta la nariz demasiado en política o que no le estorbe en sus propios proyectos? ¿No es mejor comprar las convicciones o conseguirlas por adulación, que sacar los cañones a la calle? ¿No es mejor llamar a los exaltados al gabinete secreto y enseñarles allí en un cajón su sentencia de muerte firmada, que hacerla ejecutar verdaderamente? Claro que sabe poner sin contemplaciones la mano dura donde advierte verdadera rebelión. Mas para el que se esta quieto y no se levanta contra el mando, alardea el viejo terrorista de tolerancia sacerdotal, más vieja aún. Conoce el flaco de la Humanidad por el dinero, por el lujo, por los pequeños vicios, por los placeres íntimos… Bueno, habeant! Pero hay que estarse quietos… Los grandes banqueros, perseguidos a muerte hasta este momento bajo la República, pueden hoy acaparar y ganar dinero tranquilamente: Fouché les proporciona noticias y ellos a él parte de la ganancia. La Prensa, que era bajo Marat y Desmoulins una fiera rabiosa y sanguinaria, ¡qué solícita le lame los pies! También ella prefiere las golosinas al látigo. En poco tiempo sustituye a la gritería de los patriotas privilegiados un reposo bienhechor; Fouché le ha tirado a cada uno un hueso o los ha ahuyentado, con un par de fuertes azotes, a un rincón. Y ya saben sus colegas, ya saben todos los partidos, que es tan agradable y fructífero tener a Fouché por amigo como es desagradable hacerle sacar las uñas de las patitas de terciopelo, y aunque es el hombre más despreciado de todos, por lo mismo que están todos agradecidos a su silencio, tiene, por esta misma razón, un sinfín de buenos amigos. Aún no se ha reedificado la ciudad destruída del Ródano, y ya se han olvidado las mitraillades de Lyon, ya es José Fouché un hombre bienquisto.

Sobre todo lo que ocurre en el país tiene José Fouché las primeras, las mejores noticias. Nadie sabe tan detalladamente, gracias a una vigilancia de mil cabezas y de dos mil oídos, hasta los últimos pliegues de los acontecimientos; nadie conoce la fuerza o la fragilidad de los partidos y de las personas mejor que este observador de nervios fríos, a través de su aparato registrador, que marca las más pequeñas oscilaciones de la política.

De esta manera, bien pronto comprende José Fouché, y advierte claramente, que el Directorio está perdido. Sus cinco miembros están en desacuerdo; uno obra a espaldas del otro y sólo espera el momento de quitarle de en medio. Los ejércitos vencidos, la economía revuelta, el país intranquilo… Así no se puede seguir. Fouché husmea que pronto cambiara el viento.

Sus agentes le informan de que Barras negocia ya secretamente con Luis XVIII para vender por una corona ducal la República a la dinastía de los Borbones. Sus colegas, en cambio, coquetean con el duque de Orleáns o sueñan con la reconstitución de la Convención. Pero todos, todos saben que así no se puede seguir. La nación esta conmovida por rebeliones interiores, los asignados se deshojan en papeles sin valor, los soldados niegan ya el servicio. Si no reúnen en una nueva fuerza las energías dispersas se derrumbará la República.

Sólo un dictador puede salvar l a situación, y todas las miradas se pierden en el vacío en busca de uno. «Necesitamos una cabeza y un sable», dice Barras a Fouché, teniéndose a sí mismo secretamente por la cabeza y buscando el sable a propósito.

Pero Hoche y Joubert, los victoriosos muri eron muy a destiempo para su carrera; Bernadotte es aún jacobino, y el único del que todos saben que sería las dos cosas en uno, el sable y la cabeza, Bonaparte, el héroe de Arcole y Rívoli, de ése se han desembarazado por miedo mandándole bien lejos a maniobrar en la arena del desierto egipcio infructuosamente. Con él, separado por tantas millas de distancia, no hay que contar.

De todos los ministros es Fouché el único que sabe y, entonces que el general Bonaparte, al que creen los demás a la sombra de las pirámides, no está tan distante y que desembarcará en breve en Francia. Le habían destinado tan lejos por demasiado ambicioso, demasiado popular y dominante; le habían destinado a algunos miles de millas de París. Quizás hubo quien respiró secretamente cuando destruyó Nelson en Abukir la flota, pues ¿qué les importa a los intrigantes y políticos un par de miles de muertos, si con ello se quitaban de encima a un contrincante? Ahora duermen tranquilos; le saben atado al ejército y se cuidan bien de no volverle a llamar. Ni un momento suponen que pudiera tener la osadía de entregar arbitrariamente el mando a otro general y venir a hacerlos saltar de sus blandos divanes; cuentan con todas las posibilidades, menos con Bonaparte.

Consulado

Pero Fouché sabe más y de la mejor fuente. Pues quien le confía todo y le da cuenta de cada carta, de cada medida, su mejor, su más informado, el más leal de los espías pagados, es nada menos que… la propia mujer de Bonaparte, Josefina Beauharnais. Corromper a esta criolla frívola no significa de por sí un acto grande, pues, despilfarradora loca, esta constantemente en situaciones económicas difíciles, y aunque Napoleón le consigna espléndidamente cientos de miles de los fondos del Estado, se filtran como gota de agua en los gastos de una mujer que se compra en un año trescientos sombreros y setecientos vestidos, que no sabe ni ahorrar su dinero, ni su cuerpo, ni su buena reputación, y la que, además, está en este momento bastante apesadumbrada. Mientras estaba el pequeño general fogoso en su campaña, en el aburrido país de los mamelucos -al que se la quiso llevar-, se ha dedicado a dormir con un Charle guapo y encantador, y quizá con algún otro más; probablemente con su antiguo amante Barras. Esto se lo han tomado a mal los hermanos, estúpidos e intrigantes, José y Luciano, y se lo comunicaron a toda prisa al esposo, vehemente y celoso como un turco. Necesita, pues, alguien que la ayude y observe a los hermanos espías, vigilando toda 1a correspondencia. Por eso, y además por un par de rollos de ducados -él mismo dice claramente en sus Memorias «Mil luises de oro»-, entrega la futura Emperatriz a Fouché todos los secretos, y sobre todo el más importante y más peligroso: el del próximo regreso de Bonaparte.

A Fouché le basta el estar informado. Naturalmente que no piensa en informar a sus superiores el ciudadano ministro de Policía. Por lo pronto, no hace mas que estrechar su amistad con la esposa del pretendiente, utiliza las noticias silenciosamente y aguarda los acontecimientos, que, como a hora sabe, no han de dejarse esperar mucho tiempo.

El 11 de octubre de 1799 manda llamar el Directorio apresuradamente a Fouché. Una novedad increíble anuncia el heliógrafo: Bonaparte ha regresado de Egipto y ha desembarcado en Fréjus arbitrariamente, sin haber recibido orden de regresar. ¿Qué hacer ahora? ¿Detener enseguida como desertor, al general que abandonó su ejército sin permiso o recibirle amablemente? Fouché, que se finge más sorprendido de lo que en verdad está, aconseja condescendencia. ¡Aguardar, aguardar!

Aún no ha decidido si estará en pro o en contra de Bonaparte; quiere esperar, por lo tanto, a que se desarrollen tranquilamente los acontecimientos. Pero mientras discuten acaloradamente las cinco cabezas descabezadas del Directorio si se debe perdonar o detener a Bonaparte, a pesar de su deserción, decidió ya la voz del pueblo. Avignon, Lyon, París, le reciben como triunfador; todas las ciudades están iluminadas en su camino; desde el escenario de los teatros se comunica la noticia al público jubiloso; no regresa un subalterno, sino un señor, una gran potencia. Apenas está en París, en su casa rue Chantereine (pronto se llamará, en su honor, rue de la Victoire), le visitan todos sus amigos y también aquellos que comprenden que es útil pasar pronto por tales. Generales, diputados, ministros, hasta Talleyrand, ofrecen al hombre del sable sus respetos. Y no tarda mucho el ministro de Policía, que se encamina en persona hacia la rue Chantereine. Se presenta en casa de Bonaparte. Pero a éste le parece este señor Fouché una visita bastante indiferente e insignificante, y le deja esperar una hora larga en la antesala como a un suplicante molesto. Fouché; este nombre no le dice mucho; personalmente no le conoce; recuerda quizá que un hombre así llamado desempeñó un papel bastante triste en los años del terror en Lyon; quizá le encontró también como pequeño espía de Policía, mal vestido y hambriento, en la antesala de su amigo Barras. De todas maneras, nadie de importancia; algún pequeño mercader que ha pillado ahora un pequeño Ministerio. A gentes de esta clase se les hace esperar en la antecámara. Y  efectivamente, José Fouché espera pacientemente una hora en la antecámara del general, y habría esperado una segunda, y una tercera, allí, sentado en el sillón que le llevó compasivo un criado, si no hubiera sido descubierto casualmente, en aquella triste situación, por Real, uno de los conjurados de Bonaparte en el futuro golpe de Estado. Asustado por el descuido desgraciado, Real corre a la habitación del general y le explica, exaltado, la enorme falta de haber hecho esperar de manera tan ofensiva precisamente a este hombre que, con un solo movimiento de su mano, puede hacer volar como una bomba todo el complot. Se apresura Bonaparte a salir y ruega muy amable e insistentemente que pase Fouché con él, se excusa y se entrevistan durante dos horas sin testigos.

Por primera vez están cara a cara los dos; cuidadosamente examina y mide el uno al otro y calcula si podrá serle útil para sus fines personales. Las personalidades superiores se identifican al vuelo. Enseguida reconoce Fouché, en la inaudita dinámica de este hombre de Poder, el genio invencible del dominio; enseguida reconoce Bonaparte en Fouché, con su mirada aguda de fiera, el ayudante utilísimo que con rapidez comprende todo y lo convierte enérgicamente en hechos. Nadie -cuenta en Santa Elena- le desarrolló entonces tan precisa y claramente toda la situación de Francia y del Directorio como Fouché en esta primera conversación de dos horas. Y el que Fouché, entre cuyas virtudes no suele brillar la franqueza, diga al pretendiente de la corona enseguida la verdad, muestra que también él estaba dispuesto a ponerse a su disposición.

Inmediatamente, en la primera hora, están repartidos los papeles de señor y criado, de reformador del mundo y de político de la época; puede empezar el juego.

Louis Gohier

Fouché se confía a Bonaparte con extraordinaria solicitud desde su primer encuentro; pero no se entrega en sus manos. No toma parte públicamente en la conspiración que hace caer al Directorio y convierte a Bonaparte en dictador; él es demasiado precavido. Para eso está ligado demasiado fuerte, demasiado fielmente a su norma de vida: no decidirse nunca  definitivamente mientras no esté decidida la victoria. Sólo pasa algo extraño. En las siguientes semanas le ataca al ministro de Policía de Francia, siempre de oído tan fino y de vista tan aguda, un defecto fatal: repentinamente se queda ciego y sordo. No oye nada de los rumores que se murmuran por la ciudad sobre un inminente golpe de Estado; no ve nada de las cartas que deslizan en sus manos. Todas sus informaciones, que siempre funcionaban con seguridad intachable, parecen fallar de manera mágica, y mientras de los cinco miembros del Directorio están ya dos en el complot, y el tercero ganado a medias, no sospecha el ministro de Policía, ni lo mas mínimo, de la existencia de una conspiración militar. O mejor dicho, finge no sospecharlo. Sus comunicaciones diarias al Directorio no contienen una línea sobre el general Bonaparte ni sobre la clíque que impaciente agita los sables. Pero desde luego, tampoco al otro lado, a Bonaparte, envía una línea, ni una palabra escrita de su mano, únicamente con silencio traiciona al Directorio; únicamente con silencio se empeña con Bonaparte, y espera, espera. En esos momentos de expectación, dos minutos antes de la hora decisiva, se siente en su elemento su naturaleza anfibia. Temido por dos partidos, lisonjeado por ambos partidos y sentir, a todo esto, vibrar en la propia mano el fiel de la balanza: para este intrigante apasionado constituye esto el goce de los goces. Es el más maravilloso de todos los juegos, incomparable en emoción con el del tapete verde o con el de Eros, al ver llegar a su desenlace la gran pantomima de la fuerza. Saber en esos minutos que puede acelerar o retardar los acontecimientos y que precisamente este conocimiento le obliga a dominarse, y aunque se queme las manos con deseo de intervenir, no hacer nada, observar sólo, con la curiosidad cosquilleante, gozosa, casi viciosa del psicólogo… Sólo un placer así enardece a este genio frío; sólo él excita esta sangre turbia, débil, casi aguada, únicamente esta clase de placer, psicológicamente perverso, espiritualmente voluptuoso, puede embriagar al hombre seco, sin nervios, que es José Fouché. Y en estos momentos de alta tensión, antes del tiro decisivo, da alas a su siempre hosca severidad una especie de deleite cruel y cínico. Pues ¿cómo resolver un placer del espíritu mejor que con la alegría de una broma inocente o cruel? Y así bromea Fouché, precisamente cuando otros se sienten más amenazados por el peligro; bromea como el juez de Raskolnikow, de manera ingeniosa y verdaderamente diabólica, precisamente cuando al culpable le corre por la espalda el escalofrío. En estos momentos precisamente le agrada la farsa, y así arregla esta vez en el instante de más peligro una comedia amable, cuyas bambalinas están colocadas, como quien dice, sobre barriles de pólvora. Pocos días antes del golpe de Estado (naturalmente, conoce la fecha exacta), organiza una pequeña reunión.

Bonaparte, Real y los demás conspiradores son invitados a esta soiree íntima, y cuando están ya sentados a la mesa se dan cuenta de que esta completa toda su lista y que, por lo tanto, el ministro de Policía del Directorio ha invitado a su casa a toda la camarilla que conspira contra el Directorio precisamente. ¿Qué significa esto? Intranquilos, se miran Bonaparte y los suyos. ¿Están acaso los gendarmes ya ante la puerta para apresar de una vez a los conspiradores? Quizá recuerde alguno la historia del banquete terrible que dió Pedro el Grande a los Strélitzes, cuyas cabezas sirvió el verdugo como para postre. Pero nada cruel sucede en casa de Fouché… Al contrario: cuando por fin entra, para mayor sorpresa de los conjurados, otro invitado, nada menos (la broma esta ideada, en verdad, diabólicamente) que precisamente aquel presidente Gohier, contra el que se dirige la conspiración, son todos testigos estupefactos de un diálogo asombroso. El presidente pregunta al ministro de Policía por los acontecimientos más recientes. «¡Bah, siempre lo mismo! -contesta Fouché subiendo, cansado, los párpados, sin mirar a nadie-. Siempre los rumores de conspiración; pero bien sé yo el caso que hay que hacerles. Si hubiese verdaderamente al guna, pronto tendríamos la prueba en la plaza de la Revolución.»

Esta alusión grave a la guillotina la sienten los conspiradores, asustados, como un cuchillo frío por la espalda. ¿Con quién de ellos bromea? ¿A quién engaña? No lo saben; probablemente no lo sabe Fouché mismo, pues sólo una cosa en la tierra le hace falta: el deleite de la duplicidad, el encanto ardiente y el peligro punzante del doble juego.

 

 

Tras esta bromita animada vuelve a caer el ministro de Policía, hasta la hora de dar el golpe, en un extraño letargo; permanece ciego y sordo mientras está sobornada la mitad del Senado, ganado el ejército. Y, cosa rara, conocido como madrugador, como primero en su despacho, tiene José Fouché, precisamente el 18 de Brumario, precisamente el día del golpe de Estado de Napoleón, un sueño maravillosamente profundo. Hubiera querido dormir hasta durante todo el día; pero dos mensajeros del Directorio le sacuden de la cama y le participan al asombrosamente asombrado los acontecimientos extraños del Senado, la acumulación de las tropas y el ya público golpe de Estado. José Fouché se frota los ojos verdaderamente sorprendido (aunque había conferenciado la noche antes extensamente con Bonaparte). Pero, desgraciadamente, ya no se puede dormir más o fingir que se duerme. El ministro de Policía ha de vestirse e ir al Directorio, donde le recibe el presidente Gohier bruscamente, sin dejarle representar por más tiempo la comedia de la sorpresa. «Usted tenía el deber -le grita- de darnos cuenta de un complot semejante; muy bien pudo haberse enterado de él su policía.» Fouché se traga tranquilamente la grosería y pide órdenes, como si fuese el servidor más fiel. Pero Gohier rehusa con aspereza. «Si el Directorio tiene que dar órdenes, se las transmitirá a los que sean dignos de su confianza.» Fouché se sonríe interiormente: «¡Este imbécil aún no sabe que su Directorio no tiene ya nada que mandar, que dos de los cinco lo han abandonado y que el tercero se ha vendido!» ¿Mas para que enseñar a imbéciles? Se inclina frío y va a su puesto. 

¿Dónde está su puesto? Eso es lo que no sabe Fouché aún de cierto; no sabe si es ministro de Policía del viejo o del nuevo Gobierno. Eso dependerá de que la victoria sea del uno o del otro. Las próximas veinticuatro horas decidirán entre el Directorio o Bonaparte. El primer día se presenta propicio a Bonaparte; el Senado, espoleado fuertemente con promesas y sobornado mejor aún con dinero, cumple todos los deseos de Bonaparte, le hace jefe de las tropas y traslada la sesión de la Cámara de los Comunes, parte siempre que ha de ganar a la del Consejo de los Quinientos, a Saint -Cloud, donde no hay batallones de trabajadores, ni opinión pública, ni «pueblo», sino únicamente un parque bello que se puede cerrar herméticamente con dos compañías de granaderos. Pero con esto no está ganada aún la partida, pues entre estos quinientos hay todavía unas docenas de personas molestas que no se dejan sobornar ni intimidar; quizás alguno, ¿quién lo sabe?, que defenderá la República con puñal o pistola contra el pret endiente a la corona. Hay que dominar los nervios y no hay que dejarse llevar por simpatías de una parte ni de otra, ni por pequeñeces como un juramento, sino permanecer quieto, aguardar, estar sobre aviso hasta que llegue la decisión.

Sello jacobino 1789–1792

Y Fouché domina sus nervios. Apenas ha salido Bonaparte a la cabeza de su Caballería para Saint-Cloud, apenas le han seguido en carrozas los grandes conjurados Talleyrand, Sieyés y un par de docenas más, cuando se cierran de pronto, por orden del ministro de Policía, las barreras en la periferia de París. Nadie puede alejarse de la capital y nadie puede entrar en ella, excepto los mensajeros del ministro de Policía. Nadie de las ochocientas mil personas podrá saber, pues, si el golpe tendrá éxito o fracasará, únicamente este hombre decidido. Cada media hora le trae noticias sobre el desarrollo del golpe de Estado un mensajero. Pero tarda en decidirse. Si Bonaparte logra vencer, entonces será Fouché, naturalmente, esta noche su ministro y fiel servidor; si fracasa, permanecerá fiel servidor del Directorio; estará dispuesto, con ademán frío y complaciente, a detener al «rebelde». Las noticias que recibe son bastante contradictorias. Mientras Fouché domina maravillosamente sus nervios, Bonaparte, el más fuerte de los dos, pierde los suyos por completo; este 18 de Brumario, que brinda a Bonaparte el dominio de toda Europa, es, por extraña ironía quizás, el día más débil en la vida personal de este gran hombre. Decidido ante los cañones, se desconcierta Bonaparte siempre que ha de ganar a la gente con palabras.

Acostumbrado durante años enteros a mandar, ha olvidado el arte de solicitar. Puede agarrar una bandera y montar a la cabeza de sus granaderos; puede aniquilar ejércitos; pero amedrentar desde la tribuna a un par de abogados republicanos, eso no lo consigue este soldado férreo. Muchas veces ha sido descrita la escena de cómo el invencible general, nervioso por las interrupciones de los diputados, balbucía frases estúpidas y vanas como: «El dios de las batallas esta conmigo … », y se equivocaba de tal manera al hablar, que sus amigos tienen que bajarlo apresuradamente de la tribuna, únicamente las bayonetas y sus soldados salvan al héroe de Arcole y Rivoli de una derrota vergonzosa ante un par de abogadetes estrepitosos. Pero cuando vuelve a montar en su caballo, señor y dictador, y manda a sus soldados desalojar por asalto el salón, fluye desde la empuñadura del sable otra vez la fuerza a sus sentidos aturdidos.

A las siete de la tarde está todo decidido: Bonaparte es cónsul y autócrata de Francia. Si hubiera sido vencido o desbordado en el acto, habría mandado pegar Fouché en todos los muros de París una proclama patética: «Una conspiración infame ha sido descubierta», etc. Pero como venció Bonaparte, se apropia deprisa la victoria. Y no es Bonaparte, sino el señor ministro de Policía, Fouché, quien entera al día siguiente a París del final efectivo de la República y del comienzo de la Dictadura napoleónica.

«El ministro de Policía comunica a sus conciudadanos  -dice el relato falaz- que el consejo estuvo reunido en Saint-Cloud para resolver sobre los intereses de la República, cuando el general Bonaparte, que se había presentado en el Consejo de los Quinientos para descubrir las maquinaciones revolucionarias, estuvo a punto de ser víctima de un asesinato.

Pero el genio de la República salvo al general. Todos los republicanos pueden tranquilizarse…, pues sus deseos se cumplirán ahora… Los débiles pueden estar tranquilos: están con los fuertes…, y únicamente tienen que temer los que provocan disturbios, introducen la confusión en la opinión pública y preparan el desorden. Todas las medidas están tomadas para impedirlo

Una vez más ha desplegado Fouché la vela a favor del viento. Y tan osadamente, tan sin reservas, tan en pleno día se pasa al campo del vencedor, que ya se empieza, poco a poco, en los círculos más distanciados, a conocer a Fouché. Unas semanas más tarde se representa en un teatro de barrio de París una comedia graciosa: La veleta de Saint-Cloud; en ella, entendida y aplaudida por todos, con nombres poco disimulados, se parodia lo mas graciosamente su comportamiento voluble, y, sin embargo, cauto. Fouché hubiera podido, como censor, prohibir una parodia tal de su persona; pero poseía, afortunadamente, bastante ingenio para no hacerlo. No oculta de ninguna manera su carácter, o, mejor: que no tiene carácter. Todo lo contrario: recalca incluso su veleidad e inconstancia, porque esto le crea una aureola especial. Que se rían de él, siempre que le obedezcan y le teman.

Bonaparte es el héroe del día; Fouché, el colaborador secreto, el tránsfuga; la víctima efectiva, Barras, el amo del Directorio, que recibe este día una lección, ya histórica, sobre la ingratitud. Pues estos dos hombres que le derriban y le despachan con una propina de varios millones, como a un pordiosero molesto, fueron hace dos años sus criaturas, sus deudos, a quienes había sacado de la nada. Bonachón, ligero, un bon homme, que gusta disfrutar, que gusta dejarle a cada uno su parte, ha recogido literalmente de la calle a Bonaparte, a este oficial pequeño y cetrino, expulsado y desterrado casi, y le ha prendido en la casaca militar, sin pagar aún y remendada, los galones de general; le ha nombrado por encima de todos, de la noche a la mañana, comandante de París; le ha cedido su propia amante; le ha llenado los bolsillos de dinero; ha conseguido que le dieran el mando sobre el ejército de Italia; le ha tendido, en fin, el puente de la inmortalidad. Igualmente ha sacado a Fouché de su buhardilla sucia del quinto piso, le ha salvado de la guillotina, ha sido el único que le ha ayudado en la época del hambre, cuando se apartaban todos de él, y, por fin, le ha colocado en el sitial y ha llenado sus bolsillos de oro. Y los dos -que le deben la vida-  se unen, dos años mas tarde, y le echan en el mismo fango de donde él los saco… Verdaderamente que la Historia, que no es precisamente un código de moral, no conoce un ejemplo más claro de perfecta ingratitud que la actitud de Napoleón y Fouché frente a Barras el 18 de Brumario.

 

Segundo Directorio – Batalla de Abukir

 

Pero la ingratitud de Napoleón contra su protector tiene al menos la justificación del genio. Su fuerza le da derecho especial, pues el camino del genio, de cara a las estrellas, puede pasar, si es necesario, sobre vidas humanas, puede servirse con heroísmo de los fenómenos efímeros, obedientes solo al sentido profundo, al imperativo invisible de la Historia. La ingratitud de Fouché, en cambio, es tan sólo la ingratitud vulgar del amoral perfecto que con la mayor ingenuidad busca únicamente la propia ventaja. Fouché puede, si quiere, olvidar todo su pasado de manera estupefaciente y vertiginosamente rápida, y de esta maestría singular dará pruebas asombrosas en su carrera futura. Quince días después manda a Barras, al hombre que le libro de la «guillotina seca» y que le salvo del destierro, la orden formal de expatriación y le hace quitar todos los papeles: probablemente estarían entre ellos sus propias cartas implorantes y sus mensajes de espía. Barras, mortalmente ofendido, aprieta los dientes, que hoy parecen todavía rechinar en sus Memorias cuando nombra a Bonaparte y a Fouché. Y únicamente le consuela que aquél se lleve a éste. Proféticamente presiente que uno de ellos le vengará en el otro y que no serán amigos mucho tiempo.

Por lo pronto, claro, en los primeros meses de su cooperación, se pone el ciudadano ministro de Policía devotamente al servicio del ciudadano cónsul, pues la palabra «ciudadano» se impone todavía en los documentos oficiales. Todavía le basta al amor propio de Napoleón ser el primer ciudadano de una República. Frente a una misión ingente que superaría las fuerzas de todos los demás, demuestra en aquellos años la magnitud y multiplicidad de su genio juvenil; nunca nos parece la figura de Bonaparte más grandiosa, creadora y humana que en aquella época del nuevo régimen. Estatuir la Revolución, mantener sus resultantes y reducir al mismo tiempo su hipertrofia; terminar la guerra victoriosamente, y, fiel al sentido auténtico de esa victoria, concluirla con una paz robusta y verdadera, constituye la idea sublime a la que se consagra el nuevo héroe, con la clarividencia aguda del genio y con la energía recia y laboriosa del trabajador apasionado de las diez horas diarias. No son precisamente los años celebrados siempre por la leyenda, para la que no hay hechos más altos que los ataques de caballería, ni mas evidentes resultados que los países conquistados; no son Austerlitz, Eylau y Valladolid los verdaderos trabajos hercúleos de Napoleón Bonaparte, sino los años en que se vuelve a estructurar la Francia desordenada, desgarrada por los partidos, dentro de un Estado con fuerza vital, en el que los asignados desvalorizados son sustituidos por verdaderos valores; en los que el nuevo Código napoleónico da forma, severa y humana al mismo tiempo, al derecho y a las costumbres, a los que este alto genio político impone su acción saludable en todos los terrenos de la administración del Estado y apacigua a Europa. No son los años guerreros, sino estos otros, los verdaderamente creadores, y nunca trabajaron sus ministros más concienzudamente, activamente y fielmente a su lado que en esa época. También en Fouché encuentra un servidor perfecto, completamente conforme con él en la convicción de que es preferible terminar la guerra civil con negociaciones y condescendencias que por la fuerza y con ejecuciones. En pocos meses restablece Fouché la tranquilidad completa en el país, desaloja los últimos nidos de terroristas y realistas, libra las calles de asaltos, y su energía burocrática, en los pormenores tan exacta, se subordina, solícita, a los grandes proyectos políticos de Bonaparte. Las obras grandes y útiles unen siempre a los hombres: el criado ha encontrado a su amo y el amo a su criado.

El momento en que se inicia la desconfianza de Bonaparte hacia Fouché puede precisarse exactamente -cosa rara-hasta en el día y la hora, aunque el episodio quedó oculto casi en medio de la abundancia de acontecimientos de aquellos años tan activos. Sólo la aquilina mirada psicológica de Balzac, acostumbrada a reconocer en lo insignificante lo esencial, en el petit détail el golpe que le impulsa, ha podido advertirlo (aunque adornándolo un poco poéticamente). La pequeña escena se desarrolla durante la campaña italiana que ha de decidir entre Austria y Francia. El 20 de enero de 1800 están reunidos en París los ministros y consejeros en extraña disposición de ánimo. Ha llegado un mensajero del campo de batalla de Marengo con malas noticias; trae el mensaje de que Bonaparte ha sido derrotado y el ejército francés se encuentra en plena retirada. Todos los reunidos piensan en secreto lo mismo: es imposible que siga como primer cónsul un general derrotado; y piensan enseguida en un sucesor. Hasta qué punto declararon todos esta necesidad, no se ha sabido nunca; pero hubo preparaciones para una subversión y hubo, sin duda, consultas en voz baja. Los hermanos de Napoleón se dieron cuenta de ello. Carnot fué seguramente quien más adelantó, quien quiso restaurar rápidamente el viejo Comité de Salud pública. De Fouché se puede suponer, conociendo su carácter, que en vez de ponerse de parte del Cónsul derrotado, según las últimas noticias, permanecía cautelosamente mudo, para volver con el amo antiguo si fuera preciso, o para quedarse con el nuevo, según el caso. Pero al día siguiente llega una segunda estafeta y anuncia precisamente lo contrario: trae nuevas de la victoria brillante de Marengo; a última hora el general Desaix, con genial intuición militar, llegó en ayuda de Bonaparte, convirtiendo la derrota en triunfo.

Cien veces más fuerte de lo que salió, y completamente seguro de su poder, regresa Bonaparte, el Primer Cónsul, a los pocos días. Sin duda alguna se enteró enseguida de que todos sus ministros y confidentes, a la primera noticia, estaban dispuestos a darle de lado. Como primera víctima paga Carnot, que fué quien se precipitó demasiado, y pierde el ministerio. Los demás, incluso Fouché, permanecen en sus puestos: no se le puede probar a éste, cauto siempre, su infidelidad, aunque, claro, tampoco su fidelidad. No se ha comprometido, pero tampoco se ha señalado en el cumplimiento de su deber; ha demostrado una vez más lo que siempre fué: fiel en el éxito, infiel en el fracaso. Bonaparte no le despide, ni le reprocha, ni le castiga. Pero desde este momento pierde la confianza en él.

Este pequeño episodio, casi envuelto en olvido en la historia de la época, es, por otra parte, de una gran evidencia  psicológica. Pues nos recuerda muy claramente que una República basada únicamente sobre las bayonetas y la victoria bélica se derrumba a la primera derrota, y que todo soberano a quien falte la legitimidad natural de la sangre y de los antepasados ha de crearse imprescindiblemente y con tiempo una nueva. Bonaparte mismo, en la conciencia de su fuerza, lleno de ese optimismo inflexible que las naturalezas geniales siempre poseen, en su época ascendente puede llegar a olvidar esta admonición tácita; pero no sus hermanos. Napoleón -suele olvidarse esto con demasiada frecuencia- no llegó solo a Francia: llega rodeado de un clan familiar hambriento, ambicioso de poder. Al principio hubiese bastado a la madre y a los cuatro hermanos sin empleo que su amparador, su Napoleón, para proporcionar a las hermanas algunos trajes, se hubiera casado con la hija de un fabricante rico. Pero ahora, que ha llegado inesperadamente a tal alto poderío, se agarran a él todos, con súbito impulso para que eleve con él a toda la familia; también quieren ascender al esplendor, quieren hacer de toda Francia, y luego de todo el mundo, un usufructo familiar de los Bonaparte; y su piratería sucia, insaciable, sin la excusa del resplandor del genio, acosa al hermano para que tome la resolución de transformar su Poder, ligado a la voluntad popular, en un Poder independiente y duradero, en una monarquía hereditaria. Le piden la institución de una dinastía familiar, le piden que se proclame Rey o Emperador; quieren que se divorcie de Josefina para casarse con una princesa de Bade (aún no se atreve nadie a pensar en la hermana del Zar o en la hija de Habsburgo). Y con sus constantes intrigas le separan cada vez más de sus antiguos camaradas, de sus viejas ideas, le apartan de la República y de la Libertad: le empujan a la reacción y al despotismo.

Frente a este clan instigador, insaciable y antipático se encuentra bastante sola y desamparada Josefina, la esposa del Cónsul. Sabe que cada paso de Bonaparte hacia la altura, hacia la soberanía, le separa de ella, porque no puede ella darle al Rey o Emperador lo que pide la idea dinástica como primer y único requisito: un heredero del trono, y con el la perpetuidad de la dinastía. Pocos de los consejeros de Bonaparte están de su parte (pues no tiene ella dinero para repartir, sino que está, por el contrario, llena de deudas), y el más fiel, en este momento, es Fouché. Con desconfianza observa éste, hace tiempo ya, cómo se hincha con los éxitos inesperados el orgullo de Bonaparte en proporciones igualmente inesperadas; con qué obstinación elimina y hace perseguir como anarquistas y terroristas a todos los que tienen ideas verdaderamente republicanas. Ve con su mirada aguda y suspicaz claramente que, como decía Víctor Hugo: Déjà Napoleón perçait sous Bonaparte, surgía amenazante el Emperador tras el general, el Monarca tras el ciudadano. Pero a Fouché, ligado a vida o muerte a la República por su voto contra el Rey, sólo le interesa la prosperidad de la República y de la forma de Estado republicana. Por eso teme todo lo monárquico, por eso lucha secreta y abiertamente al lado de Josefina.

 

Napoleón Bonaparte toma el poder durante el golpe de 18 Brumario

 

Esto no se lo perdona el clan. Con odio corso espían todos sus pasos, dispuestos a dar de lado al hombre molesto que les estorba los negocios en la primera ocasión.

Esperan, impacientes, mucho tiempo. Hasta que al fin se presenta la ocasión de echarle a Fouché la zancadilla. El 24 de diciembre de 180 0 va Bonaparte a la ópera para asistir a la primera representación en París de la Schoepfung de Haydn; estalla en la estrecha rue Nicaise, inmediatamente detrás de su coche, un geiser de explosivos de pólvora y plomo con tanta violencia, que la explosión arroja escombros hasta por encima de las casas: se trata de un atentado, la famosa y temida máquina infernal.

Sólo la marcha vertiginosa que llevaba su cochero-borracho, según dicen- salvó al Primer Cónsul; pero cuarenta víctimas se revuelcan con los cuerpos destrozados ensangrentando la calle: y el coche se encabrita, como un animal herido, levantado por la presión del aire. Pálido, con la cara marmórea, sigue Bonaparte a la ópera para mostrar su sangre fría al público entusiasmado. Con aire indiferente y glacial escucha (mientras Josefina a su lado es presa de un ataque de nervios y no puede ocultar sus lágrimas) las suaves melodías del padre Haydn y agradece con rígida indiferencia las aclamaciones frenéticas.

Pero de que esta sangre fría era sólo una ficción se dan cuenta muy pronto sus ministros y sus consejeros de Estado, en las Tullerías, cuando regresa de la ópera. Contra Fouché, sobre todo, se desencadena su ira; como un loco se lanza contra el hombre pálido e inmóvil; él, como ministro de Policía, estaba en la obligación de descubrir, con mucho tiempo de anticipación, el complot, pero en vez de esto ampara con una benevolencia criminal a sus amigos, a sus antiguos cómplices los jacobinos.

Tranquilamente da Fouché su opinión de que no puede probarse que el atentado proceda de los jacobinos; él, personalmente, esta convencido de que aquí representan el principal papel los conspiradores realistas y el dinero inglés. Pero la calma con que Fouché le contradice enfurece aún más al Primer Cónsul: «Son los jacobinos, los terroristas, esos canallas en rebelión permanente, en masa compacta contra todos los Gobiernos. Son los mismos malvados que, por asesinarme, no repararon en sacrificar miles de víctimas. Pero quiero hacer en ellos una justicia ejemplar». Fouché se atreve a manifestar, por segunda vez, sus dudas. Entonces se echa casi corporalmente el corso, de sangre ardiente, sobre el ministro; tanto, que tiene que intervenir Josefina y tomar del brazo a su marido con ademán apaciguador. Pero Bonaparte se desata torrencialmente en palabras y le echa en cara a Fouché todos sus crímenes y asesinatos de los jacobinos, los días de diciembre en París, las bodas republicanas de Nantes, las matanzas de los presos en Versalles… Clara alusión para que se dé cuenta el mitrailleur de Lyon de que se acuerda perfectamente de su pasado. Pero mientras más grita Bonaparte, más tenazmente calla Fouché. Ni un músculo se estremece en su máscara de piedra, mientras chisporrotean las acusaciones en presencia de los hermanos de Napoleón y de los cortesanos, que observan con miradas sarcásticas al ministro de Policía, que, por fin, ha dado un mal paso. Frío como una piedra, rechaza Fouché todas las sospechas, frío como la piedra abandona las Tullerías.

Su calda parece inevitable, pues Napoleón se cierra a toda intervención de Josefina en favor de Fouché. «¿Pero no ha sido él mismo uno de sus caudillos? ¿Ignoro yo acaso lo que hizo en Lyon y en el Loire? Sólo Lyon y el Loire me explican la conducta de Fouché», grita enfurecido. Y enseguida empiezan las conjeturas en torno del nombre del futuro ministro de Policía. Los cortesanos vuelven ya la espalda al caído; parece ya (como tantas veces) José Fouché definitivamente aniquilado.

En los días siguientes no mejora la situación. Bonaparte no se deja disuadir de su opinión de que los jacobinos prepararon el atentado; exige que se tomen medidas, que se impongan castigos severos. Y cuando Fouché insinúa ante él o ante otros que sigue otra pista, le tratan con ironía y desprecio. Todos los imbéci les se ríen y se burlan del ingenuo ministro de Policía, que no quiere poner al descubierto un asunto tan claro; todos sus enemigos le miran con aire de triunfo porque persiste tenazmente en su error. Fouché no contesta a nadie. No discute; calla. Calla durante quince días, calla y obedece sin réplica cuando le ordenan hacer una lista de ciento treinta radicales y antiguos jacobinos destinados a la deportación a Guayana, a la «guillotina seca».

Sin parpadear despacha el decreto que acaba con los últimos montagnards, los últimos de la «montaña», con los apóstoles de su amigo Babceuf, con Topino y Arena, que no cometieron otro delito que decir públicamente que Napoleón había robado en Italia un par de millones para comprarse con ellos la autocracia. Contra su convicción ve como son deportados los unos y ejecutados los otros; calla como un sacerdote que, obligado por secreto de confesión, ve la ejecución de un inocente con los labios sellados. Hace ya mucho tiempo que esta Fouché sobre la pista, y mientras se burlan los otros de él, mientras el mismo Bonaparte le echa en cara irónicamente su ridícula obstinación, se reúnen en su gabinete infranqueable pruebas definitivas de que, efectivamente, estaba preparado el atentado por chouans, del partido realista. Y mientras en el Consejo de Estado y en las antesalas de las Tullerías se muestra con fría y displicente indiferencia frente a todas las alusiones, trabaja febrilmente en su gabinete secreto con los mejores agentes. Se ofrecen recompensas en dinero en enormes cantidades; todos los espías y esbirros de Francia trabajan activamente; se obliga a la ciudad entera a declarar como testigo. Ya se sabe la procedencia de la yegua que estaba enganchada a la máquina infernal y que fue destrozada en cien pedazos, y ha sido encontrado su antiguo dueño; ya se tiene la descripción exacta de los hombres que la compraron; ya se han averiguado, gracias a la magistral biographie chouannique (ese lexicón inventado por Fouché, con los datos personales de los emigrados realistas, de todos los chouans), los nombres de los autores del atentado… y aún calla Fouché. Aún deja heroicamente que se rían de él y que triunfen sus enemigos. Cada vez con mayor rapidez se tejen los últimos hilos hasta formar una red irrompible. Un par de días más y la araña venenosa estará presa en ella. ¡Solo un par de días! Fouché, excitado en su amor propio, humillado en su orgullo, no se conforma con una victoria pequeña y mediocre sobre Bonaparte y sobre todos los que le reprochan de carencia de información… También él quiere un Marengo, un triunfo completo, arrollador.

 

Napoleon visitando la Leprosería de Jaffa, de Antonie Jean-Gros

 

Quince días después da, súbito, el golpe. El complot ha sido aclarado completamente, todas las pistas comprobadas. Como lo preveía Fouché, había sido el jefe, el más temido de todos los chouans, Cadoudal; realistas juramentados, comprados con dinero inglés, habían sido sus ejecutores. Como un trueno cae la noticia sobre sus enemigos, pues ven cuán inútil e injustamente se ha sentenciado a ciento treinta personas. Se apresuraron demasiado, con osadía excesiva, a reírse del hombre impenetrable. Y más fuerte, más estimado, más temido que nunca aparece el infalible ministro de Policía ante el público. Con una mezcla de ira y admiración, mira Bonaparte al calculador férreo, que una vez más se lleva la razón con sus cálculos de sangre fría. Contra su voluntad tiene que confesar: «Fouché ha juzgado mejor que muchos otros. Tiene razón. Hay que estar alerta con los emigrados, con los repatriados, con los chouans y con todas las gentes de ese partido». Pero sólo en consideración gana Fouché en este asunto ante Napoleón, no en afecto, pues nunca agradecen los autócratas que se les llame la atención sobre una falta o un error. Es inmortal la historia de Plutarco del soldado que salvo la vida amenazada del rey en la batalla, y en vez de huir enseguida, como le aconsejo un sabio, contó con la gratitud del rey y perdió así la cabeza. Los reyes no quieren bien a las personas que los vieron en un momento de debilidad, y las naturalezas despóticas no gustan de los consejeros que hayan demostrado, aunque sea una sola vez, ser más sabios que ellos.

En un círculo tan estrecho como el de la Policía ha logrado Fouché el triunfo mayor que es posible alcanzar. Pero ¡qué pequeño en comparación con los triunfos alcanzados por Bonaparte en los dos últimos años del Consulado! El dictador ha coronado una serie de victorias con la más hermosa, con la paz definitiva con Inglaterra, con el concordato con la Iglesia: las dos potencias más poderosas del mundo ya no son, gracias a su energía y a la superioridad fecunda de su genio, enemigas de Francia. El país tranquilizado, ordenada la economía, terminada la discordia de los partidos, suavizadas las oposiciones, la riqueza vuelve a florecer, la industria se desarrolla de nuevo, las artes despiertan; una época augusta comienza, y no esta lejana la hora en que Augusto podrá llamarse también César. Fouché, que conoce  cada nervio, cada pensamiento de Bonaparte, se da cuenta perfectamente de hacia dónde se dirige la ambición del corso y que ya no le basta con representar el papel en la República, sino que quiere tomar posesión vitalicia, eterna, para él y su familia, del país por él salvado. Claro que oficialmente no demuestra, quién es cónsul de la República, ambiciones tan poco republicanas; pero bajo cuerda deja traslucir a sus confidentes su deseo de que el Senado le expresara su gratitud con un acto especial de confianza, con un témoignage éclatant.

En lo más recóndito de su corazón desea un Marco Antonio, un servidor fiel y seguro que pida para él la corona imperial. Y Fouché, rico en astucia, flexible, pudiera asegurarse ahora su gratitud para siempre.

Pero Fouché se niega a este papel, mejor dicho, no se niega francamente, sino que desde la sombra, con complacencia aparente, trata de oponerse a estas intenciones. Está contra los hermanos, contra el clan de los Bonaparte y al lado de Josefina, que tiembla de miedo e intranquilidad ante este último paso de su esposo hacia la Monarquía, pues sabe que no será entonces ya mucho tiempo su esposa. Fouché le aconseja no prestar franca resistencia: «Manténgase tranquila -le dice-; se atraviesa usted inútilmente en el camino de su esposo. Sus temores le aburren; mis consejos le molestarían». Prefiere, pues, fiel a su estilo, deshacer subterráneamente los deseos ambiciosos, y cuando Bonaparte, con modestia falsa, no quiere franquearse y, por otra parte, sí quiere proponer al Senado un temoignage éclatant, es Fouché de los que susurran a los senadores que el gran hombre no desea otra cosa, como fiel republicano, sino que le sea prolongado el puesto de Primer Cónsul por diez años. Los senadores, convencidos de honrar y satisfacer con ello a Bonaparte, toman solemnemente esta resolución. Pero Bonaparte, penetrando este juego de intrigas y reconociendo claramente a los autores, rabia de ira cuando le entregan este regalo indeseado de pordiosero. Con palabras frías despacha a la Comisión. Cuando se siente en las sienes el frío cerco de una áurea corona imperial, diez miserables años de poder son una nuez vana que se aplasta despectivamente con el pie.

Por fin arroja Bonaparte la careta de la modestia y hace saber claramente su voluntad: ¡Consulado de por vida! Y bajo el fino envoltorio de estas palabras reluce visible para los perspicaces la futura corona de Emperador. Y tan fuerte es ya entonces Bonaparte, que el pueblo, por mayoría de millones, hace ley su deseo y le elige soberano (tanto él como el pueblo así lo esperan) para toda su vida. La República ha terminado: la Monarquía comienza.

Que José Fouché se atreviera a poner trabas a las impaciencias del pretendiente a la corona en su propósito decisivo, eso no lo olvida la prole de hermanos y hermanas, eso no lo olvida el clan familiar corso. Así asedian impacientes a Bonaparte. ¿Para qué conservar, cuando está ya firme en la silla, al espolique molesto? ¿Para qué, cuando el país ha demostrado unánimemente su conformidad con el Consulado vitalicio, cuando las oposiciones se han allanado felizmente y se han eliminado las discordias, para qué tener al lado a un vigilante tan implacable que vigilara no sólo al país, sino sus propias y oscuras maquinaciones? ¡Fuera, pues, con él! ¡Aniquilar, sustituir a este eterno forjador de enredos, a este intrigante! Sin César, impacientes, tenaces, asedian al hermano, aún indeciso.

Bonaparte, en el fondo, comparte su opinión. También a él le estorba este hombre, que sabe demasiado y que quiere saber siempre más; esta sombra gris, que se arrastra detrás de su luz. Pero precisamente para despedir al ministro, que ganó tantos meritos, que disfruta en el país de respeto ilimitado, para eso se necesitaría un pretexto. Y además, este hombre se ha hecho fuerte con él; más vale, pues, no provocar su franca enemistad. Tiene en su mano todos los secretos y está fatalmente familiarizado con todas las intimidades, no muy limpias, del clan corso; por eso no se le puede agraviar tan bruscamente. Así se inventa una salida hábil, diplomática, que no deje traslucir ante el mundo que se despide a Fouché con malevolencia; y no se le despide como ministro, sino que se declara que ha cumplido tan magistralmente su deber, que resulta completamente superflua una vigilancia de los ciudadanos, un Ministerio de Policía. No se despide, pues, al ministro, sino que, al suprimir el Ministerio de Policía, se desembarazan al mismo tiempo de él disimuladamente.

 

Estados Generales

 

Para ahorrar a este hombre susceptible el duro golpe con que le ponen a la puerta de la calle, le endulzan en lo posible la despedida, le indemnizan por la pérdida de su puesto con un asiento en el Senado, y en una carta en la que le anuncia Bonaparte este ascenso, dice textualmente: «El ciudadano Fouché, ministro de Policía, durante las situaciones más difíciles ha cumplido siempre, por su talento y su energía, por su fidelidad al Gobierno, con los deberes que le imponían los acontecimientos. Y dándole un puesto en el Senado sabe el Gobierno que, si en una nueva época tuviera necesidad de un ministro de Policía, no encontraría otro que fuera más digno de su confianza». Además, Bonaparte, que ha visto cuán profundamente se ha reconciliado el antiguo comunista con su viejo enemigo, el dinero, le facilita la retirada tendiéndole un puente magnífico de oro. Cuando el ministro le entrega, al hacer la liquidación, dos millones cuatrocientos mil francos como resto del capital liquidado de la Policía, le regala Napoleón sencillamente la mitad, o sea un millón doscientos mil francos.

Además se otorga al «enemigo converso del dinero» -que hace un decenio tronaba aún furioso contra «el metal sucio y corruptor»-, con su título de senador, la posesión de Aix, un pequeño principado que se extiende desde Marsella a Tolón y cuyo valor se calcula en diez millones de francos. Bonaparte le conoce; sabe que Fouché tiene manos de intrigante, inquietas y ávidas, y como no se las puede atar, se las carga de oro. Por eso es difícil encontrar en el transcurso de la Historia el caso de un ministro a quien se haya despedido con más honores y, sobre todo, con más precauciones que a José Fouché.

 

 

 

 

 

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