J.J. Rousseau: NOTAS al “Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres” (1754) – PARTE II

J.J. ROUSSEAU, Notas al “Discurso sobre la igualdad de los hombres” – PARTE I

DESCARGA: “DISCURSO SOBRE EL ORIGEN DE LA DESIGUALDAD ENTRE LOS HOMBRES” (1754)

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¿Es factible la utopía en el siglo XXI?

Por Germán Gorráiz Lopez 

Analista 

Por caos (Khaos o “vacío que ocupa un hueco en la nada”) entendemos algo impredecible y que se escapa a la miope visión que únicamente pueden esbozar nuestros ojos ante hechos que se escapan de los parámetros conocidos pues nuestra mente es capaz de secuenciar únicamente fragmentos de la secuencia total del inmenso genoma del caos, con lo que inevitablemente recurrimos al término “efecto mariposa” para intentar explicar la vertiginosa conjunción de fuerzas centrípetas y centrífugas que terminarán por configurar el puzzle inconexo del caos ordenado que se está gestando y que podría conducir a la utopía.

El término utopía (lo que no está en ningún lugar) fue empleado por Thomas More en el siglo XVI y sería “la búsqueda incansable de la Humanidad desde el comienzo de los tiempos de un lugar o sociedad ideal” y a pesar de su carácter no real, permite reconocer los ideales de una sociedad o comunidad en un momento concreto de su singladura histórica así como los obstáculos que impiden cristalizar su sueño idílico.La utopía así concebida sería el camino para alcanzar un sueño que llevaría implícito en su potencia la facultad de devenir en acto concreto (en el camino está la meta), siendo preciso transitar por la senda marcada por il poverello d´Assisi: “Comienza haciendo lo que es necesario, después lo que es posible y de repente estarás haciendo lo imposible”, lo que implica una catarsis y posterior metanoia.

El término Metanoia (del griego μετανοῖεν, metanoien), sería “un enunciado retórico utilizado para retractarse de alguna afirmación realizada y corregirla para enfocarla de la manera adecuada a un nuevo contexto “, lo que traducido a la actual coyuntura se traduciría como “transformar la mente para adoptar una nueva forma de pensar, con ideas nuevas, nuevos conocimientos y una actitud enteramente nueva ante la irrupción del nuevo escenario teleonómico”.Ello implicaría la doble connotación de movimiento físico (desandar el camino andado) y psicológico (cambio de mentalidad tras desechar los viejos estereotipos vigentes en las últimas décadas) y que tendrá como efectos benéficos la liberación de la parte indómita del individuo primigenio que ha permanecido agazapado en un recodo del corazón, sedado y oprimido por la tiranía de la manipulación consumista de la actual sociedad burguesa occidental.

Dicho proceso tendrá como colofón la aparición de un nuevo individuo (Individuo Multidimensional), reafirmado en una sólida conciencia crítica y sustentado en valores caídos en desuso como la solidaridad y la indignación colectiva ante la corrupción e injusticia imperantes y que bajo el lema “prohibido prohibir” generará un tsunami popular de denuncia del déficit democrático, social y de valores de la actual élite dominante que logrará finiquitar el actual status quo tras una época traumática en la que agonizará lo viejo sin que amanezca lo nuevo.

 

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NOTAS al “Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres” (1754)

 Por Jean Jacques Rousseau

PARTE II

 

(j) Entre los hombres que conocemos ya personalmente o ya por relación de los historiadores o viajeros, unos son negros, otros blancos, otros rojos; con largos cabellos éstos, aquéllos de lana rizada; los unos velludos casi completamente, sin barba siquiera los otros. Ha habido y tal vez existen aún, países cuyos habitantes han tenido o tienen una talla gigantesca, y dejando a un lado la fábula de los pigmeos, que puede muy bien no ser más que una exageración, es sabido que los lapones y sobre todo los groenlandeses, son de estatura mucho menor que la talla mediana y general del hombre. Preténdese hasta que existen pueblos enteros en donde los moradores tienen cola como los cuadrúpedos. Y aun sin prestar una fe ciega a las relaciones de Herodoto y Ctesias, puede, al menos, inferirse la deducción, muy verosímil, de que, si se hubiesen podido hacer debidas observaciones en esos tiempos antiguos en los que los diversos pueblos tenían una manera de vivir diferente a la que tenemos hoy, habríase notado en la conformación del cuerpo y en el hábito o costumbres, variedades mucho más sorprendentes.

Todos estos hechos, de los cuales fácil es suministrar pruebas incontestables, no pueden sorprender más que a los que tienen por costumbre fijar su atención sólo en los objetos que les rodean y a aquellos que ignoran los poderosos efectos de la diversidad de climas, del aire, de los alimentos, del régimen de vida de los habitantes en general, y sobre todo de la fuerza maravillosa de las mismas causas cuando obran sin interrupción sobre largas series de generaciones. Hoy que el comercio, los viajes y las conquistas reúnen y acercan los pueblos entre sí, y que sus modos de vivir tienden sin cesar a confundirse debido a la frecuente comunicación, nótase que ciertas diferencias peculiares que antes distinguían a las naciones, disminuyen sensiblemente. Todos podemos observar que los franceses de nuestra época no son aquellos de fornidos cuerpos, blancos y rubios, descritos por los historiadores latinos, no obstante de que el tiempo, unido al cruzamiento de francos y normandos, blancos y rubios también, ha debido restablecer o contrarrestarla influencia que las relaciones con los romanos hiciera perder a la del clima en la constitución natural y tez de los habitantes.

Todas estas observaciones sobre las variedades que mil causas pueden producir y han, en efecto, producido en la especie humana, hácenme dudar si ciertos animales parecidos al hombre, tomados por los viajeros por bestias, sin detenido examen, o a causa de algunas diferencias notables en. la conformación exterior, o únicamente porque estos animales no hablaran, no serían en realidad verdaderos hombres salvajes cuya raza dispersada antiguamente en los bosques, no había tenido ocasión de desarrollar ninguna de sus facultades virtuales ni adquirir ningún grado de perfección, encontrándose todavía en su estado primitivo. Pongamos un ejemplo de lo que digo.

Hay, dice el traductor de la Historia de los viajes, en el reino del Congo, una cantidad de esos grandes animales que se designan con el nombre de orangutanes en las Indias Orientales y que participan por mitad de la especie humana y de los babuinos. Battel refiere que en las selvas de Mayomba, en el reino de Loango, se ven dos especies de monstruos llamados pongos los más grandes y eniocos los más pequeños. Los primeros tienen un parecido exacto con el hombre, pero son mucho más gruesos y de más alta talla. Tienen el mismo rostro humano, pero con los ojos más hundidos. No tienen pelos ni en las manos, ni en las mejillas, ni en las orejas pero sí en las cejas, en donde los tienen muy largos. Aunque tienen el resto del cuerpo bastante velludo, el pelo no es muy espeso y su color es oscuro. En fin, en la única parte que se distinguen del hombre es en la pierna, la cual carece en ellos de pantorrilla. Caminan rectos, teniéndose con la mano el pelo del pescuezo; viven retirados en los bosques y duermen bajo los árboles en donde se hacen una especie de techo que los pone a cubierto de la lluvia. Su alimento lo constituyen frutas o nueces silvestres, jamás comen carne. Los negros que atraviesan las selvas tienen la costumbre de encender fuego durante la noche, y han observado que en la mañana, al marcharse ellos, los pongos ocupan el puesto alrededor del fuego de donde se retiran hasta tanto no está extinto, pues aunque tienen mucha habilidad, no poseen la suficiente para saber alimentarlo trayendo y echándole lefia.

A veces andan en bandadas y matan a los negros que atraviesan las selvas. Caen también sobre los elefantes que vienen a pacer a los sitios que ellos habitan, incomodándolos tanto a fuerza de puñetazos y de palos que los obligan a emprender la fuga lanzando resoplidos. No se puede coger jamás pongos vivos, porque, son tan robustos que diez hombres no bastarían para detener y apoderarse de uno; sin embargo, los negros cogen una cantidad de ellos cuando están pequeños, después de haber matado a las madres, a cuyos cuerpos se pegan fuertemente los hijos. Cuando uno de estos animales muere, los otros cubren su cuerpo con un montón de ramas o de hojas. Purchass agrega que en las conversaciones tenidas con Battel, éste le había dicho que un pongo le robó en una ocasión un negrito, el cual pasó un mes entero en compañía de estos animales, pues no hacen ningún mal a los hombres que sorprenden, al menos cuando éstos no los miran atentamente, según había tenido ocasión de observar el negrito. Battel no describió la segunda especie de tales monstruos.

Drapper confirma que el reino del Congo está lleno de estos animales que en las Indias llevan el nombre de orangutanes es decir, habitantes de los bosques, y que los africanos llaman quojas-morros. Esta bestia, dice, es tan semejante al hombre, que algunos viajeros han llegado hasta creer que fuese el fruto de relaciones entre una mujer y un mono, quimera que los negros mismos rechazan. Uno de estos animales fue transportado del Congo a Holanda y presentado al príncipe de Orange, Federico Enrique. Era del tamaño de un niño de tres años, y de gordura mediocre, pero cuadrado y bien proporcionado, muy ágil y muy vivo, con las piernas carnosas y robustas, toda la parte delantera del cuerpo sin vellos y cubierta la trasera de pelos negros. A primera vista, su rostro era muy parecido al de un hombre, pero tenía la nariz chata y encorvada; las orejas eran también como las de la especie humana; el seno, pues era hembra, lleno y redondeado, el ombligo hundido, de espaldas muy unidas, las manos divididas en dedos y sus pantorrillas y talones gordos y carnosos. Andaba a menudo recto, con los dos pies, siendo capaz de levantar y llevar objetos bastante pesados. Cuando quería beber, cogía con una mano la tapa del pote y éste con la otra, enjugándose después graciosamente los labios. Acostábase, para dormir, con la cabeza sobre la almohada, y se cubría con tanta habilidad, que habría podido ser tomado por un hombre. Los negros cuentan extraños episodios de este animal: aseguran que no solamente fuerza a las mujeres y a las niñas, sino que se atreve a atacar a los hombres armados. En una palabra, hay muchas probabilidades de que sea éste el sátiro de los antiguos. Merolla hace referencia, sin duda, a estos animales cuándo nos relata que los negros cogen a veces en sus cacerías hombres y mujeres salvajes.

Háblase además de estas especies de animales antropomorfos en el tomo tercero de la misma Historia de los viajes, bajo el nombre de beggos y de mandrills; pero ateniéndonos a las relaciones precedentes, encuéntrase en la descripci6n de estos pretendidos monstruos semejanzas asombrosas con la especie humana y diferencias más pequeñas que las que podrían señalarse de hombre a hombre. No se ven en estos pasajes las razones en las cuales sus autores se fundan para negar a los animales en cuestión el nombre de hombres salvajes, pero es fácil conjeturar que ello sea a causa de su estupidez y también porque no hablan; razones débiles para aquellos que saben que aunque el órgano de la palabra sea natural al hombre, no lo es, sin embargo, la palabra en sí misma, y para los que conozcan hasta qué punto su perfectibilidad puede haber elevado al hombre civilizado por encima de su estado primitivo. El corto número de líneas que contienen estas descripciones puede servirnos para juzgar cómo estos animales han sido mal observados y con qué prejuicios han sido vistos. Por ejemplo, son calificados de monstruos y no obstante se conviene en que engendran. Por una parte, Battel dice que los pongos matan a los negros que atraviesan las selvas; y por otra, Purchass añade que no les hacen ningún mal ni aun cuando los sorprendan, a menos que los negros se dediquen a observarlos con atención. Los pongos se reúnen alrededor de los fuegos encendidos por los negros cuando éstos se retiran, y se retiran a su vez cuando el fuego se extingue; he ahí el hecho. Júzguese ahora el comentario del observador: pues aunque tienen mucha habilidad, no poseen la suficiente para saber alimentarlo trayendo y echándole leña. Yo querría adivinar cómo Battel, o Purchass, su compilador, han podido saber que la retirada de los pongos era efecto más de torpeza que de su voluntad. En un clima como el de Loango, el fuego no es una cosa muy necesaria a los animales; y si los negros lo encienden, es más para espantar a las bestias feroces que para preservarse del frío. Es, pues, muy natural suponer que después de haber estado por algún tiempo regocijados alrededor de las llamas, o haberse calentado bien, los pongos se fastidien de permanecer en el mismo lugar y se vayan a pacer, cosa que les exige más tiempo del que necesitarían si comieran carne. Por otra parte, sabido es que la mayoría de los animales, sin exceptuar el hombre, son naturalmente perezosos y que rehúsan toda clase de cuidados que no sean de una absoluta necesidad. En fin, parece muy extraño que los pongos, de quienes se pondera la habilidad y la fuerza, y quienes saben enterrar sus muertos y hacerse techos de ramaje, no sepan atizar el fuego. Yo recuerdo haber visto a un mono hacer esta misma operación que no se quiere que puedan efectuar los pongos. Es cierto que no teniendo entonces mis ideas bien coordinadas acerca de este asunto, también cometí la misma falta que reprocho a nuestros viajeros, descuidando examinar si en efecto la intención del mono era alimentar el fuego o simplemente, como lo creo, imitar la acción del hombre. Cualquiera que fuese, está bien demostrado que el mono no es una variedad del hombre, no solamente porque está privado de la facultad de hablar, sino porque sobre todo se sabe de manera cierta que su especie carece de la de perfeccionarse, que es la característica que distingue a la especie humana: investigaciones éstas que no parecen haber sido hechas sobre los pongos y orangutanes con bastante cuidado para poder sacar la misma conclusión. Habría, con todo, un momento solemne si el orangután u otros pertenecieran a la especie humana, pues los más toscos observadores podrían asegurarse de ello hasta la demostración, pero además de que una sola generación no bastaría para llevar a cabo esta experiencia; ella debe considerarse como impracticable, porque sería preciso que lo que es solamente una suposición fuese demostrada como verdad, antes que el ensayo que debe comprobar el hecho pueda ser intentado cándidamente.

Los juicios hechos con ligereza o precipitación, que no son fruto de una razón clara, están sujetos a caer en la exageración. Nuestros viajeros convierten sin miramiento en bestias con el nombre de pongos, mandrills y orangutanes, los mismos seres que bajo el nombre de sátiros, faunos y silvanos, los antiguos transformaban en divinidades. Tal vez, después de investigaciones más exactas, se descubrirá que no son bestias ni dioses, sino hombres. Entre tanto, paréceme tan razonable atenerse a las opiniones de Merolla, religioso letrado, testigo ocular quien con toda su ingenuidad no dejaba de ser un hombre de talento, como a las del mercader Battel, a las de Dapper, Purchass y otros compiladores.

¿Qué juicio se cree que hubieran hecho semejantes observadores del niño encontrado en 1694, del cual he hablado anteriormente y que no daba ninguna muestra de razón, andaba a gatas, no hablaba ningún idioma y producía sonidos que no se semejaban en nada a los del lenguaje del hombre? “Pasó mucho tiempo, continúa el mismo filósofo que me suministra este detalle, antes de que pudiese proferir algunas palabras, haciéndolo al fin de una manera bárbara. Tan pronto como pudo hablar, se le interrogó sobre su primer estado, mas se acordaba de él tanto como nosotros del tiempo que pasamos en la cuna.” Si por desgracia suya este niño hubiese caído en manos de nuestros viajeros, no cabe duda que después de haber notado su silencio y estupidez, habrían decidido enviarle nuevamente a la selva o encerrarlo en una casa de fieras, sin dejar de hablar sabiamente de él en sus bellas narraciones, como de una bestia muy curiosa que se parecía mucho al hombre.

Después de tres o cuatrocientos años que los habitantes de Europa inundan las otras partes del mundo, publicando sin cesar nuevos relatos de viajes o colección de narraciones, estoy persuadido que no conocemos otros hombres que los europeos. Diríase que, debido a los ridículos prejuicios no extinguidos aun ni entre los mismos sabios, cada cual no hace más, bajo el pomposo título de estudio del hombre, que el estudio de los hombres de su país. Los individuos pueden ir y venir, pero parece que la filosofía no viaja; así, la de cada pueblo es poco propia para ser seguida por otro. La causa de esto es manifiesta, al menos en los países lejanos. No hay, puede decirse, más que cuatro clases de hombres que realicen viajes de larga duración: los marinos, los comerciantes, los soldados y los misioneros. No debe esperarse que de las tres primeras clases salgan buenos observadores, y cuanto a la cuarta, llevados de la sublime vocación que los aguijonea, aun cuando no estuviesen sujetos a los prejuicios inherentes a su condición, como todos los demás hombres, debe suponerse que no se entregarían tampoco de buena gana a investigaciones que aparecen a primera vista de mera curiosidad y que les distraería de los trabajos más importantes a que se dedican. Por otra parte, para predicar con utilidad el Evangelio, no es preciso más que celo, Dios proporciona lo demás; en tanto que para estudiar a los hombres, es necesario poseer talentos que Dios se empeña en no conceder a nadie, a veces ni aun a los mismos santos. No se abre un libro de viajes en el cual no se encuentren descripciones de caracteres y costumbres, pero queda uno admirado al ver que estas gentes que describen tantas cosas, no digan más de lo que cada uno sabía ya, y de que no han sabido percibir, al otro extremo del mundo, de lo que, sólo con haber observado con alguna atención, habrían adquirido sin salir de su propia calle. Y es que los verdaderos rasgos que distinguen a las naciones y que hieren la vista de los que han nacido para ver, se han siempre escapado a sus miradas. De allí proviene este hermoso proverbio de moral, tan combatido por la turba filosofesca: “Que los hombres son en todas partes los mismos“; que teniendo en todas partes idénticas pasiones e idénticos vicios es inútil tratar de caracterizar los diferentes pueblos; lo cual es equivalente, más o menos, a decir que no es posible distinguir a Pedro de Jaime porque ambos tienen una nariz, una boca y dos ojos.

¿No renacerán jamás aquellos felices tiempos en que los pueblos no se mezclaban en filosofía, pero en los cuales los Platón, los Thales y los Pitágoras, prendados del ardiente deseo de saber, emprendían los más grandes viajes, únicamente para instruirse, yendo lejos a sacudir el yugo de los prejuicios nacionales, a aprender a conocer los hombres por su conformidad y por sus diferencias y a adquirir esos conocimientos universales que no son el patrimonio de un siglo o de un país exclusivamente, sino que, siendo de todos los tiempos y de todos los lugares, constituyen, por decirlo así, la ciencia común de los sabios?

Se admira la magnificencia de algunos curiosos que han hecho o mandado hacer, mediante grandes gastos, viajes a Oriente en compañía de sabios y pintores para dibujar escombros y descifrar o copiar inscripciones; pero cuéstame trabajo concebir cómo, en un siglo que se jacta de poseer hermosos conocimientos, no se encuentren dos hombres bien unidos, ricos, uno en dinero y otro en genio, los dos amantes de la gloria y de la inmortalidad, que sacrifiquen veinte mil escudos de su fortuna, el primero, y diez años de su vida el segundo, en un célebre viaje alrededor del mundo para estudiar, no sólo las piedras y las plantas, sino por una vez los hombres y las costumbres, y quienes, después de tantos siglos empleados en medir y en considerar la casa, se decidieran al fin a querer conocer los habitantes.

Los académicos que han recorrido las partes septentrionales de Europa y meridionales de la América, tenían más por objeto el visitarlas como geómetras que como filósofos. Sin embargo, como eran a la vez lo uno y lo otro, no pueden considerarse como desconocidas las regiones que han sido vistas y descritas por los La Condamine y los Maupertuis. El joyero Chardín, que ha viajado como Platón, no ha dejado nada por- decir acerca de la Persia. La China parece haber sido bien observada por los jesuitas. Kempfer da una idea medianamente aceptable de lo poco que ha visto en el Japón. Exceptuando estas relaciones, no conocemos los pueblos de las Indias Orientales, frecuentados únicamente por europeos más ávidos de llenar sus bolsas que sus cabezas. El África entera y sus numerosos habitantes, tan singulares por sus caracteres como por su color, están todavía por examinar. Toda la tierra se halla cubierta de naciones de las cuales sólo conocemos los nombres. Y así pretendemos juzgar el género humano. Supongamos un Montesquieu, un Button, un Diderot, un Duclos, un D’Alembert, un Condillac, u hombres de este temple, viajando para instruir a sus compatriotas, observando y descubriendo, como ellos saben hacerlo, la Turquía, el Egipto, la Berbería, el imperio de Marruecos, la Guinea, el país de los Cafres, el interior del África y sus costas orientales, las Malabares, el Mogol, las riberas del Ganges, los reinos de Siam, de Birmania y de Ava, la China, la Tartaria, y sobre todo, el Japón; después, en el otro hemisferio, México, Perú, Chile, las tierras Magallánicas, sin olvidar los patagones, verdaderos o falsos, el Tucumán, el Paraguay, si fuese posible, el Brasil, en fin los caribes, la Florida y todas las comarcas salvajes; viaje el más importante de todos y el que sería preciso hacer con el mayor cuidado. Supongamos a estos nuevos Hércules, de regreso de sus memorables jornadas escribiendo holgadamente la historia natural, moral y política de lo que hubieran visto: contemplaríamos surgir un nuevo mundo de sus plumas, aprendiendo así a conocer el nuestro. Cuando tales observadores afirmasen que tal animal es un hombre y tal otro una bestia, habría que creerles; pero sería una gran tontería fiarse igualmente de lo que dijesen viajeros ignorantes, sobre quienes se siente uno a veces tentado de proponer la misma cuestión que ellos pretenden resolver al tratarse de otros animales.

 

 

(k) Esto paréceme tan evidente que no alcanzo a concebir de dónde puedan nuestros filósofos hacer surgir todas las pasiones con que pretenden revestir al hombre primitivo. Excepto la sola necesidad física que la misma naturaleza impone, todas las demás son engendradas por la costumbre, sin la cual no existirían, o bien por nuestros deseos, y no se desea lo que no se está en estado de conocer. De lo cual se deduce que, no deseando el hombre salvaje más que las cosas que conocía y no conociendo más que aquellas cuya posesión está en su poder o que les son fáciles de adquirir, nada debe existir tan tranquilo como su alma ni nada tan limitado como su espíritu.

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John Locke

(l) Encuentro en el Gobierno civil de Locke una objeción que me parece demasiado especiosa para dejarla pasar inadvertida. “No siendo el objeto de la unión entre el macho y la hembra, dice este filósofo, simplemente el de procrear, sino también el de continuar la especie, tal unión debe durar aun después de la procreación, por lo menos el tiempo necesario para la nutrición y conservación de los hijos, esto es, hasta que éstos estén en capacidad de proveer por sí mismos a sus necesidades. Esta regla que la sabiduría infinita del Creador ha establecido en sus obras, vémosla observada por los seres inferiores al hombre, constantemente y con exactitud. En los animales que viven de hierbas, la unión entre el macho y la hembra no dura más tiempo que el del acto de la copulación, porque bastando las tetas de la madre para nutrir a los pequeños, hasta que sean capaces de pacer la hierba, el macho se concreta a engendrar, sin mezclarse más en lo sucesivo, con la madre ni con los hijos, a la subsistencia de los cuales no puede en nada contribuir. Pero en cuanto a los animales de presa, la unión se prolonga más tiempo, a causa de que la madre no puede proveer a su propia subsistencia y alimentar a la vez sus pequeños con su sola presa, medio de nutrición más laborioso y más peligroso que el de alimentarse con hierbas; razón ésta por la cual el concurso del macho se hace absolutamente necesario para el mantenimiento de su común familia, sirve de hacerse uso de este término, a cual familia, hasta que pueda estar en posibilidad de buscar alguna presa, no lograría subsistir sin los cuidados del macho y de la hembra. La misma cosa obsérvase en todas las aves, si se exceptúan algunas domésticas que se encuentran en sitio donde la continua abundancia de comida exime al macho del cuidado de alimentar a los pequeños, pues se ve que mientras los pequeñuelos, en el nido, tienen necesidad de alimentos, el macho y la hembra se los traen hasta tanto pueden volar y proporcionarse la subsistencia.

“Y en esto consiste, a mi modo de entender, la principal si no la única razón por la cual el macho y la hembra en la especie humano están obligados o prolongar por más tiempo una unión innecesaria en los otros seres. La razón es que la mujer es capaz de concebir y de dar a luz un nuevo hijo o mucho antes que el anterior se halle en estado de prescindir del auxilio de sus padres, y que pueda por sí mismo subvenir a sus necesidades. Así, un padre teniendo la obligación de tomar bajo su cuidado a los que ha engendrado, y durante mucho tiempo, está también en el deber de continuar viviendo en la misma sociedad conyugal con la mujer con quien ha tenido los hijos mucho más tiempo que las otras criaturas cuyos pequeñuelos pueden procurarse la subsistencia por sí mismos, antes de que una nueva procreación se efectúe, y por consecuencia el lazo que unía al macho y a la hembra se rompe de por sí, recobrando ambos su entera libertad hasta la próxima estación habitual que induce a los animales a solicitarse y a unirse obligándolos a formar nuevas parejas. Y jamás sabrá admirarse lo bastante la sabiduría del Creador, que habiendo dado al hombre facultades propias para proveer al porvenir como al presente, ha querido y hecho de manera que la unión del hombre durase más tiempo que la del macho y la hembra de otras especies, a fin de que, de tal suerte, la industria del hombre y de la mujer fuese más animada y que sus intereses estuviesen mejor unidos, con el propósito de hacer provisiones para sus hijos, a quienes nada podría serles tan perjudicial como una conjunción incierta y vaga, o una disolución fácil y frecuente de la sociedad conyugal.

“El mismo amor a la verdad que me ha inducido a reproducir sinceramente esta objeción, me impulsa a acompañarla de algunas observaciones, si no con el objeto de resolverla, al menos con el de esclarecerla.

1.- Observaré, en primer lugar, que las pruebas morales no tienen una gran fuerza en cuestiones de física, y que ellas sirven más bien a explicar la razón de hechos existentes, que a probar la existencia real de los mismos. Y tal es el género de prueba que M. Locke emplea en el pasaje que acabo de reproducir, pues aunque pueda ser ventajoso para la especie humana que la unión del hombre y de la mujer sea permanente, ello no prueba que así haya sido establecido por la naturaleza; de otra suerte sería preciso decir que la misma ha instituido también la sociedad civil, las artes, el comercio y todo cuanto se pretende que es útil a los hombres.

2.- Ignoro en dónde M. Locke ha encontrado u observado que entre los animales de presa la unión del macho y de la hembra dura más tiempo que entre los que se alimentan de hierba, y que el uno ayuda al otro a nutrir a los pequeñuelos, pues no se ve ni al perro, ni al gato, ni al oso, ni al lobo, reconocer su hembra mejor que al caballo, al carnero, al toro, al ciervo ni a los demás cuadrúpedos la suya. Parece, por el contrario, que si el auxilio del macho fuese necesario a la hembra para conservar a sus pequeños, sería sobre todo y con preferencia en las especies que sólo viven de hierbas, por necesitar la hembra mucho más tiempo para pacer, viéndose obligada, durante ese intervalo, a abandonar sus hijos, mientras que la presa de una osa o de una loba, es devorada en un instante y tiene por consiguiente, sin sufrir hambre, mucho más tiempo para amamantar a sus pequeñuelos. Este razonamiento está confirmado por una observación hecha sobre el número relativo de tetas y de hijos que distingue la especie carnívora de la frugívora, de las cuales he hablado en la nota (h).

Si esta observación es exacta y general, la mujer no teniendo más que dos tetas y no dando a luz regularmente más que un hijo a la vez, es razón poderosa además para dudar de que la especie humana sea naturalmente carnívora, de suerte que, para sacar la conclusión de Locke, sería preciso cambiar por completo su razonamiento. No hay más solidez en la distinción aplicada a las aves; porque, ¿quién podrá persuadirse de que la unión del macho y de la hembra sea más durable entre los buitres y los cuervos que entre las tórtolas? Tenemos dos clases de aves domésticas, el ánade y la paloma, que nos proporcionan ejemplos totalmente contrarios al sistema de este autor. El palomo que sólo vive de granos, permanece unido a su hembra y nutren a sus pequeñuelos en común.

 El pato, cuya voracidad es conocida, no reconoce ni a su hembra ni a sus hijos, ni les ayuda en nada a su subsistencia; y entre las gallinas, especie que no es menos carnívora, no se ve que el gallo se preocupe en absoluto de la pollada. Que si en otras especies el macho comparte con la hembra el cuidado de nutrir a los pequeñuelos, es porque los pájaros en un principio no pueden volar, ni ser amamantados por la madre, y se encuentran mucho menos en estado de prescindir de la asistencia del padre que los cuadrúpedos, a quienes basta la teta de la madre, por lo menos durante algún tiempo.

3.- Carece de certeza el hecho principal sobre el cual basa todo su razonamiento M. Locke; pues para saber si, como lo pretende, en el puro estado natural, la mujer concibe de ordinario y da a luz un nuevo hijo mucho tiempo antes de que el precedente se halle en capacidades de proveer a sus necesidades, serían precisos experimentos que seguramente M. Locke no había hecho ni que están al alcance de nadie llevar a efecto. La cohabitación continua del marido y la mujer es ocasión tan propicia que expone a un nuevo embarazo, que es muy difícil creer que el encuentro fortuito o la sola impulsión del temperamento produzcan efectos tan frecuentes en el puro estado natural como en el de la unión conyugal, lentitud que contribuiría quizás a hacer los hijos más robustos y que podría, por otra parte, ser compensada por la facultad de concebir, prolongada hasta una edad mucho más avanzada en las mujeres que hubiesen abusado menos de ella durante su juventud. En cuanto a los niños hay más de una razón para creer que sus fuerzas y sus órganos se desarrollan más tardíamente entre nosotros que en el estado primitivo de que hablo. La debilidad original que heredan de la constituci6n de sus padres, los cuidados que se toman en atar y embarazar todos sus miembros, la indulgencia excesiva con que son educados, el uso quizás de otra leche distinta de la de las madres, todo contraría y retarda en ellos los primeros progresos de la naturaleza. La aplicación que se les obliga a dar a mil cosas sobre las cuales se fija continuamente su atención, en tanto que no se proporciona ningún ejercicio a sus fuerzas corporales, puede además demorar considerablemente su crecimiento; de suerte que, si en vez de recargar y fatigar sus espíritus de mil maneras, se les dejase ejercitar el cuerpo en los movimientos continuos que la naturaleza parece exigirles, es de creer que estarían mucho más pronto en estado de andar, de moverse y de proveer a sus necesidades.

Hobbes

4.- Prueba, en fin, M. Locke, a lo sumo, que podría existir en el hombre un motivo para permanecer ligado a la mujer cuando tiene un hijo; pero no demuestra en lo absoluto que ha debido tomarle afecto antes del parto y durante los nueve meses del embarazo. Si tal mujer es indiferente al hombre durante esos nueve meses, si llega hasta a serle desconocida, ¿por qué la auxiliará después del parto, y por qué la ayudará a criar un hijo que no sabe siquiera si le pertenece, y cuyo nacimiento no ha querido ni previsto? Locke prevee evidentemente, el caso en cuestión, pues no se trata de saber por qué el hombre vivirá ligado a la mujer después del parto, sino por qué lo hará después de la concepción. Satisfecho el apetito, el hombre no tiene más necesidad de tal mujer, ni la mujer de tal hombre. Este no tiene el menor cuidado ni tal vez la menor idea de las consecuencias de su acción. Cada cual se va por su lado, y no hay siquiera visos de que al cabo de nueve meses recuerden haberse conocido, porque esa especie de memoria por la cual un individuo da la preferencia a otro para el acto de la generación, exige, como lo he demostrado en el texto, más progreso o más corrupción en el entendimiento humano que el que puede suponérsele en el estado de animalidad de que aquí se trata.

Otra mujer puede, pues, satisfacer los nuevos deseos del hombre tan cómodamente como la que ya conoció, y otro hombre satisfacer igualmente los de la mujer, en el supuesto de que ésta experimente los mismos apetitos durante el embarazo, hecho del cual puede razonablemente dudarse. Que si en el estado natural la mujer no siente la pasión del amor después de la concepción del hijo, el obstáculo para la unión con el hombre hácese aún mayor, pues entonces ya no tiene necesidad ni del hombre que la ha fecundado ni de ningún otro. No hay, pues, ninguna razón para que el hombre busque de nuevo la misma mujer, ni para que ésta busque al mismo hombre. El razonamiento de Locke queda destruído por su propia base, sin que toda la dialéctica de este filósofo le haya preservado de caer en la misma falta que Hobbes y otros han cometido. Debían explicar un hecho del estado natural, es decir, de un estado en el cual los hombres vivían aislados, y en el que tal hombre no tenía ningún motivo para vivir al lado de tal otro; ni quizás los hombres para vivir en contacto los unos con los otros, lo que es peor aún, y no han pensado en transportarse más allá de los siglos en que existía la sociedad, esto es, a esos tiempos en que los hombres tenían siempre una razón para vivir cerca los unos de los otros y tal hombre, a menudo, para vivir al lado de tal otro o de tal mujer.

 

 

(m) Me guardaré bien de entraren las reflexiones filosóficas que podrían hacerse sobre las ventajas e inconvenientes de esta institución de las lenguas. No seré yo quien me permita combatir los errores vulgares, y además, las gentes letradas respetan demasiado sus prejuicios para soportar pacientemente mis pretendidas paradojas. Dejemos, pues, hablar a aquellos en quienes no se considera un crimen el que se atrevan algunas veces a tomar el partido de la razón contra la opinión de la multitud. Nec quidquam felicitati humani generis decederet, si pulsa tot linguarum peste et conjusione, unam artem callerent mortales, et signis, motibus, gestibusque, licitum foret quidvis explicare. Nunc vero ita comparatum est, ut animalium quae vulgo bruta creduntur melior longe quam nostra hac in parte videatur conditio, utpote quae promptius, et torsan felicius, sensus et cogitationes suas sine interprete significent, quam ulli queant mortales, praesertim si peregrino utantur sermone. (Is. Vossius, de Poemat. cant. et viribus rhythmi, pág. 66).

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(n) Platón, demostrando cuan necesarios son los principios de la cantidad discreta y de sus relaciones hasta en las artes más insignificantes, se burla con razón de los autores de su tiempo, que pretendían que Palamedo había inventado los números en el sitio de Troya, como si Agamenón, dice aquel filósofo, hubiese podido ignorar hasta entonces cuántas piernas tenía.9 En efecto, se comprende la imposibilidad de que la sociedad y las artes hubiesen llegado al estado en que se encontraban durante el sitio de Troya, sin que los hombres conociesen el uso de los números y el cálculo; pero con todo, la necesidad de conocer los números antes que de adquirir otros conocimientos, nos. indica que su invención haya sido más fácil. Una vez conocidos los nombres de los números es fácil explicar su sentido y excitar las ideas que estos nombres representan; pero para inventarlos ha sido preciso antes de concebir estas mismas ideas, estar, por decirlo así, familiarizado con las meditaciones filosóficas, haberse ejercitado a considerar los seres por su sola esencia e independientemente de toda otra percepción, abstracción muy penosa, muy metafísica, muy poco natural, y sin la cual, sin embargo, estas ideas no hubiesen jamás podido ser trasladadas de una especie o de un género a otro, ni los números hacerse universales. Un salvaje podía considerar separadamente su pierna derecha y su pierna izquierda, o mirarlas en conjunto bajo la idea indivisible de un par, sin jamás pensar que fuesen dos, pues una cosa es la idea representativa que nos pinta un objeto, y otra la idea numérica que lo determina. Menos podía aun calcular hasta cinco; y aunque juntando sus manos una sobre otra hubiese podido notar que los dedos se correspondían exactamente, habría estado lejos de pensar en su igualdad numérica. No sabía mejor el número de sus dedos que el de sus cabellos; y si después de haberle hecho comprender lo que eran números, alguien le hubiese dicho que tenía tantos dedos en los pies como en las manos, habría quedado tal vez sorprendido al compararlos y ver que era verdad.

 

 

(o) No debe confundirse el amor propio con el amor por sí mismo, dos pasiones muy diferentes por su naturaleza y por sus efectos. El amor por sí mismo es un sentimiento natural que lleva a todo animal a velar por su propia conservación, y que, dirigido en el hombre por la razón y modificado por la piedad, produce o engendra el sentimiento de humanidad y el de virtud. El amor propio no es más que un sentimiento relativo, ficticio y nacido en la sociedad, que conduce a cada individuo a apreciarse más que a los demás, que inspira a los hombres todos los males que mutuamente se hacen y que constituye la verdadera fuente del honor.

Aceptado lo anterior, digo que en nuestro estado primitivo, en el verdadero estado natural, el amor propio no existe, pues mirándose cada hombre en particular como el único espectador que lo observa, como el solo ser en el universo que se interesa por él, como el único juez de su propio mérito, no es posible que un sentimiento e emana de comparaciones; que él no está al alcance de hacer, pueda germinar en su alma. Por la misma razón, este hombre no podría sentir odio ni deseo de venganza, pasiones que no pueden nacer más que de la opinión de al una ofensa recibida; y como es el desprecio o la intención de dañar, y no el mal, lo que constituye la ofensa, hombres que no saben ni apreciarse ni compararse, pueden hacerse mutuamente muchas violencias cuando ellas les proporcionen alguna ventaja, sin jamás ofenderse recíprocamente. En una palabra, no viendo cada hombre en sus semejantes más de lo que vería en animales de otra especie, puede arrebatar la presa al más débil o ceder la suya al más fuerte, sin el menor movimiento de insolencia o de despecho, y sin otra pasión que el dolor o la alegría que ocasionan un buen o mal resultado.

 

 

(p) Es una cosa extremadamente notable la que, después de tantos años que los europeos se empeñan y mortifican por persuadir a los salvajes de diferentes países del mundo a seguir su manera de vivir, no hayan podido todavía ganarse uno solo, ni aun con la ayuda del cristianismo, pues nuestros misioneros hacen algunas veces cristianos, pero jamás hombres civilizados. Nada puede superar la invencible repugnancia que experimentan a avenirse a nuestras costumbres y a nuestra manera de vivir. Si estos pobres salvajes son tan desgraciados como se pretende, ¿por qué inconcebible depravación de juicio rehúsan constantemente civilizarse a imitación nuestra, o a aprender a vivir felices entre nosotros, en tanto que se lee en mil lugares que franceses y otros europeos se han refugiado voluntariamente en esas naciones y han pasado en ellas su vida entera, sin poder más abandonar una manera tan extraña de vivir, y cuando se ve a los mismos misioneros sensatos afligirse al recordar los días apacibles e inocentes que han pasado en esos pueblos tan despreciados? Si se contesta que no tienen bastante inteligencia para juzgar con rectitud de su estado y del nuestro, replicaré que la estimación de la felicidad depende más del sentimiento que de la razón. Además, esa contestación puede reargüirse contra nosotros con mayor fuerza aún, pues distan más nuestras ideas de estar en disposición para concebir el gusto que encuentran los salvajes en su manera de vivir, que las ideas de los salvajes de las que pueden hacerse concebir la nuestra. En efecto, después de algunas observaciones, fácil es ver que todos nuestros trabajos se encaminan a dos solos objetos, a saber: adquirir las comodidades de la vida y la consideración de los demás. Pero, nosotros, ¿qué medio tenemos para imaginarnos la clase de placer que un salvaje experimenta pasando su vida solo en medio de los bosques, entregado a la pesca o soplando en una mala flauta sin saber jamás sacar una sola nota y sin inquietarse por aprenderla?

Varias veces se han traído salvajes a París, a Londres y a otras ciudades; se les ha expuesto nuestro lujo, nuestras riquezas y todas nuestras artes, las más útiles y las más curiosas, sin que todo ello haya jamás despertado en su espíritu otra cosa que una admiración estúpida, sin el menor movimiento de codicia. Recuerdo, entre otras, la historia de un jefe de algunos americanos septentrionales que fue conducido a la corte de Inglaterra hace unos treinta años: se le mostraron mil cosas con objeto de hacerle un presente del objeto que le agradase, sin encontrar nada que pareciese interesarle. Nuestras armas le parecían pesadas e incómodas, nuestros zapatos le herían los pies, nuestros vestidos le embarazaban, todo lo rechazaba; al fin, notóse que, habiendo cogido una manta de lana, parecía experimentar placer en cubrirse las espaldas con ella:

“¿Convendréis, por lo menos –se le dijo inmediatamente-, en la utilidad de este objeto? Sí -respondió-: me parece casi tan bueno como la piel de una bestia.” Ni esto siquiera habría dicho si se hubiera servido de la una y de la otra en tiempo de lluvia.

Tal vez se me dirá que es la costumbre la que, apegando a cada uno a su manera de vivir, impide que los salvajes aprecien lo que hay de bueno en la nuestra; y desde este punto de vista, debe parecer, al menos, muy extraordinario el que la costumbre tenga más fuerza para mantener a los salvajes en el gusto de su miseria que a los europeos en la posesión de su felicidad. Mas para dar a esta última objeción una respuesta a la cual no haya una sola palabra que replicar, sin citar todos los jóvenes salvajes que vanamente se ha tratado de civilizar, sin hablar de los groenlandeses y de los habitantes de Islandia, a quienes se ha intentado educar e instruir en Dinamarca, y que la tristeza y la desesperación han hecho perecer, ya de languidez, ya en el mar a donde se habían lanzado con la intención de volver a su país a nado, me contentaré con citar un solo ejemplo bien testimoniado y que entrego al examen de los admiradores de la civilización europea.

“Todos los esfuerzos de los misioneros holandeses del cabo de Buena Esperanza no han sido jamás suficientes para convertir un solo hotentote. Vander Stel, gobernador del Cabo, habiendo tomado uno desde la infancia, lo hizo educar en los principios de la religión cristiana y en la práctica de las costumbres de Europa. Se le vistió ricamente, se le hizo aprender muchos idiomas, y sus progresos respondieron perfectamente a los cuidados que se habían tomado para su educación. El gobernador, esperando mucho de su talento, lo envió a las Indias con un comisario general que lo empleó útilmente en los negocios de la compañía. Volvió al Cabo después de la muerte del comisario. Pocos días después de su regreso, en una visita que hizo a algunos hotentotes parientes suyos, tomó la resolución Te despojarse de su vestido europeo para ponerse una piel de oveja. Volvió al fuerte con este nuevo traje cargado con un paquete que contenía sus antiguos vestidos y presentándoselos al gobernador, le pronunció el siguiente discurso: Tened la bondad, señor, de tomar nota de que renuncio para siempre a este aparato; renuncio también por toda mi vida, a la religión cristiana; mi resolución es de vivir y morir en la religión, costumbres y usos de mis antecesores.

La única gracia que os pido, es la de dejarme e1 collar y la cuchilla que llevo; los guardaré por el amor que os profeso. Inmediatamente sin esperar la respuesta de Vander Stel, emprendió la fuga sin que jamás se volviese a ver en el Cabo.” (Historia de los viajes, tomo V, pág. 175).

 

 

(q) Se me podría objetar que en semejante desorden, los hombres, en vez de degollarse obstinadamente, se habrían dispersado, si no hubiese habido límites a su dispersión; pero, primeramente esos límites hubiesen sido, al menos, los del mundo, y si se piensa en la excesiva población que resulta del estado natural, se juzgará que la tierra, en tal estado, no habría tardado en estar cubierta de hombres, obligados de tal suerte a vivir unidos. Además, se habrían dispersado si el mal hubiese sido rápido y que el cambio operado se hubiese hecho de un día a otro; pero nacían bajo el yugo y tenían la costumbre de sufrirlo cuando sentían su peso, contentándose con esperar la ocasión de sacudirlo. En fin, habituados ya a mil comodidades que les obligaban a vivir reunidos, la dispersión no era ya tan fácil como en los primeros tiempos; en los cuales no teniendo ninguno necesidad más que de sí mismo, cada cual tomaba su partido sin esperar el consentimiento de otro.

***

(r) El mariscal de Villars, contaba que en una de sus campanas, habiendo las excesivas bribonadas de un contratista de víveres dado ocasión a sufrimientos y murmuraciones en el ejército, lo amonestó duramente amenazándolo de hacerlo ahorcar. “Esa amenaza no me importa, le contestó atrevidamente el bribón; yo puedo decirle que no se ahorca a un hombre que dispone de cien mil escudos. Yo no sé cómo sucedió, añadía ingenuamente el mariscal, pero en efecto no fue ahorcado, aunque merecía cien veces serlo”.

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(s) La misma justicia distributiva se opondría o esta rigurosa igualdad del estado natural aun cuando fuese practicable en la sociedad civil; y como todos los miembros del Estado le deben servicios proporcionales a sus talentos y a sus fuerzas, los ciudadanos a su vez deben ser distinguidos y favorecidos proporcionalmente también a sus servicios. En este sentido es como se debe interpretar un pasaje de Isócrates, en el cual elogia a los primeros atenienses por haber sabido distinguir bien cuál era la más ventajosa de las dos clases de igualdad, de las cuales una consiste en hacer participar de las mismas ventajas a todos los ciudadanos indistintamente, y la otra en distribuirlas según el mérito de cada uno. Estos hábiles políticos, añade el orador, desterrando esta injusta igualdad que no establece ninguna diferencia entre los malos y las gentes de bien, optaron resueltamente por la que recompensa y castiga a cada uno según sus méritos. Pero, primeramente, no ha existido jamás ninguna sociedad, cualquiera que haya sido el grado de corrupción a que haya podido llegar, en la cual no se estableciera ninguna diferencia entre los malos y los buenos; y en cuanto a las costumbres sobre las cuales la ley no puede fijar de manera bastante exacta las medidas que deben servir de regla al magistrado, se ha muy sabiamente previsto que, para no dejar la suerte o el rango de los ciudadanos a su dirección, les prohíba juzgar a las personas, no dejándoles más que el derecho de intervenir en las acciones. No hay costumbres tan puras como las de los antiguos romanos, las únicas que podían resistir censores; y semejantes tribunales habrían muy pronto trastornado todo entre nosotros. Es a la estimación pública a la que corresponde establecer la diferencia entre los malos y los buenos. El magistrado no es juez más que del derecho riguroso; pero el pueblo es el verdadero juez de las costumbres, juez íntegro y hasta ilustrado sobre este asunto, de quien se abusa algunas veces, pero a quien no se corrompe jamás. Los rangos de los ciudadanos deben, pues, estar clasificados, no de acuerdo con el mérito personal, que daría a los magistrados el medio de aplicar casi arbitrariamente la ley, sino según los servicios reales que rinden al Estado, y que son susceptibles de una estimación más exacta.

 

FIN DEL DISCURSO SOBRE EL ORIGEN DE LA DESIGUALDAD

 

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*DESCARGA: “DISCURSO SOBRE EL ORIGEN DE LA DESIGUALDAD ENTRE LOS HOMBRES” (1754)

JEAN JACQUES ROUSSEAU

 

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