Teilhard de Chardín – “EL FENÓMENO HUMANO” – Parte XIII – Epílogo

INDICE DE POST DEL FENOMENO HUMANO- Teilhard de Chardin 

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EL FENÓMENO HUMANO

Teilhard De Chardin

-PARTE XIII-

 

EPÍLOGO. EL FENÓMENO CRISTIANO 

1. Ejes de crecimiento

2. Valor de existencia 

3. Potencia de crecimiento 

 

EPÍLOGO

EL FENÓMENO CRISTIANO

Ni por el juego de sus actividades elementales, que as el único que puede activar la esperanza en algo imperecedero, ni por el de sus afinidades colectivas, que exigen, para establecerse, la acción de un amor triunfante, la Vida reflexiva no puede continuar funcionando y progresando, a menos que brille por encima de ella misma un polo supremo de atracción y de consistencia. Ni de una manera individual, ni de una manera social, la Noosfera, por su estructura misma, no podría cerrarse más que bajo la influencia de un Centro Omega.

Tal es el postulado hacia el que nos condujo lógicamente la aplicación integral al Hombre de las leyes experimentales de la Evolución.

Pero ¿quién no será capaz de ver en esta experiencia la posible o incluso la probable repercusión de esta conclusión, aunque sea teórica en su primera aproximación?

Si Omega no fuera más que el foco, lejano e ideal, destinado a emerger, al final de los tiempos, a partir de la convergencia de las conciencias terrestres, nada que no fuera esta misma convergencia podría revelarlo todavía a nuestra mirada. En la hora en que vivimos, ninguna otra energía de naturaleza personal puede ser reconocible en la Tierra que la representada por la suma de las personas humanas.

Pero si, por el contrario, tal como lo admitimos, Omega existe ya actualmente, y está operando en lo más profundo de la masa pensante, entonces parece inevitable que su existencia, a través de determinados indicios, se manifieste desde ahora a nuestra observación. El polo consciente del mundo, para animar la Evolución en el curso de sus estadios inferiores, no podría actuar, como es natural, más que velado de Biología, bajo una forma impersonal. Ahora se le ha hecho ya posible irradiar sobre la masa pensante en que nos hemos convertido por hominización, del Centro a los centros, de una manera personal. Por lo demás, ¿sería verosímil que no lo hiciera así?…

Y una de dos, o es que toda la construcción que hemos presentado del Mundo es una vana ideología, o en alguna parte, a nuestro alrededor, bajo una u otra forma, un determinado exceso de energía personal, extra-humana, debe revelarse, demostrando la gran Presencia…, si es que somos capaces de observar bien.

Es así, precisamente, como se descubre la importancia que tiene para la Ciencia el Fenómeno cristiano.

El Fenómeno cristiano

Al término de un estudio sobre el Fenómeno humano, esta expresión no es tomada al azar o por una simple simetría de palabras, sino que trata de definir, sin equívoco, el espíritu con que deseo hablar.

Por el hecho de vivir en el corazón mismo del Cristianismo, podría ser sospechoso por mi parte querer introducir de una manera artificiosa una apología del mismo. Ahora bien: también aquí, y hasta donde un hombre es capaz de separar dentro de sí los diversos planos del conocimiento, no es precisamente el creyente convencido, sino el naturalista, quien habla y pide ser comprendido.

El hecho cristiano está ante nosotros. Posee su lugar entre las demás realidades del Mundo.

De qué manera, por la misma sustancia de su Credo en primer lugar, por su valor de existencia después, por su extraordinario poder de crecimiento finalmente, me parece aportara las perspectivas de un Universo dominado por las energías de naturaleza personal la confirmación crucial que nos es necesaria: he aquí lo que yo quisiera presentar.

 

 

 

1. EJES DE CREENCIA

El Cristianismo aparece ante aquellos que no lo conocen más que desde el exterior, coma desesperadamente denso. En realidad, y considerado en sus líneas maestras, contiene una solución del Mundo extremadamente simple y sorprendentemente atrevida.

En el centro, y de tal manera aparente que llega incluso a desconcertar, la afirmación intransigente de un Dios personal: Dios-Providencia, que conduce el Universo con solicitud, y Dios-Revelación, que se comunica al Hombre dentro del plan y por las vías de la inteligencia. Después de cuanto he dicho ya, me va a ser fácil hacer sentir dentro de un momento el valor y la actualidad de este personalismo tenaz, no hace mucho considerado aún como caduco y periclitado. Lo que importa hacer resaltar aquí es de qué manera en el corazón de los fieles una tal actitud deja margen y se alía sin esfuerzo a todo cuanto existe de grande y de sano en lo Universal.

El Cristianismo, considerado en el curso de su fase judaica, pudo creerse la religión particular de un pueblo. Más tarde, sometido a las consideraciones generales del conocimiento humano, pudo imaginarse al Mundo como demasiado pequeño a su alrededor. Por lo menos, apenas constituido, siempre tendió a englobar en sus construcciones y en sus conquistas a la totalidad del sistema que él mismo llegó a representarse.

Personalismo y universalismo

¿Bajo qué forma estas dos características llegaron a encontrar el medio de unirse en su teología?

La Ciudad de Dios, por razones de comodidad práctica y quizá también por timidez intelectual, está descrita demasiado frecuentemente en las obras piadosas bajo términos convencionales y puramente morales. Dios y el Mundo que El gobierna: una vasta asociación de esencia jurídica concebida a la manera de una familia o de un Estado. Y, no obstante, la perspectiva de fondo, en la que se alimenta y de la que surgen después los orígenes de la savia cristiana, es muy otra. Por medio de un falso evangelismo se cree a menudo honrar al Cristianismo dejándolo reducido a una especie de dulce filantropía. Ello revierte a no comprender absolutamente nada de sus «misterios» si no se sabe ver en él la más realista y la más cósmica de las fes y de las esperanzas. El Reino de Dios, ¿una gran familia? Sí, en un determinado sentido. Pero también, en otro sentido, una prodigiosa operación biológica: la de la Encarnación redentora.

Leemos ya en Pablo y Juan que el crear, culminar y purificar al mundo es para Dios unificarlo con la unión orgánica en El. Ahora bien: ¿de qué manera lo unifica? Pues inmergiéndose parcialmente en las cosas, convirtiéndose en «elemento», y después, gracias a este punto de apoyo hallado interiormente en el corazón de la Materia, tomando las riendas y la cabeza misma de lo que llamamos ahora la Evolución. Principio de vitalidad universal, Cristo, por el hecho de haber surgido hombre entre los hombres, estuvo en situación y se halla siempre dispuesto desde siempre a curvarse sobre sí mismo, a depurar, a dirigir y a animar supremamente la ascensión de las conciencias, ascensión en la que El mismo se halla inserto. Agrega el psiquismo general de la Tierra por medio de una acción perenne de comunión y de sublimación. Y entonces, cuando yo haya reunido y transformado todo, alcanzando mediante un gesto final el hogar divino del cual nunca salió, volverá a cerrarse sobre sí mismo y sobre su conquista. Y entonces, nos dice San Pablo, «no habrá más que Dios, todo en todos». He aquí en verdad una forma superior de «panteísmo» («En pási panta Theos.») sin huella alguna envenenada de confusión ni de aniquilación. Una espera de unidad perfecta en la que cada elemento, por estar así sumido, hallará su consumación simultáneamente con todo el Universo.

El Universo, culminando en una síntesis de centros, en perfecta conformidad con las leyes de la Unión. Dios, Centro de los centros. Es en esta visión final donde culmina el dogma cristiano. Lo que viene a ser de una manera tan exacta y tan precisa el punto Omega, que nunca me hubiera atrevido a considerar y formular de una manera racional su hipótesis misma si, dentro de mi conciencia de creyente, no hubiera encontrado ya no sólo su modelo especulativo, sino su misma realidad viviente.

 

2. VALOR DE EXISTENCIA

Es relativamente fácil el hilvanar una teoría del Mundo. En cambio el forzar de una manera artificial el nacimiento de una religión sobrepasa las posibilidades individuales. Platón, Spinoza, Hegel, pudieron desarrollar puntos de vista que rivalizan en amplitud con las teorías de la Encarnación. Ello no obstante, ninguna de estas metafísicas pudo llegar nunca a franquear los límites de la ideología. Una tras otra, quizá, pudieron iluminar los espíritus, pero sin alcanzar jamás a engendrar la Vida. A los ojos de un «naturalista», lo que constituye la importancia y el enigma del Fenómeno cristiano es su categoría de existencia y de realidad.

El Cristianismo es real, en primer lugar, por la amplitud espontánea del movimiento que alcanzó a crear en el seno de la Humanidad. Dirigiéndose a todo el hombre y a todas las clases de hombres, ha encontrado de golpe su lugar entre las corrientes, las más vigorosas y las más fecundas que haya registrado hasta ahora la historia de la Noosfera. Que uno se adhiera o se separe de él, su impronta y su influencia persistente ¿no son completamente sensibles por todas partes sobre la Tierra moderna?

Sin duda una categoría cuantitativa de vida medida por la magnitud de su radio de acción. Pero, añadiría por mi parte, también, y sobre todo, categoría cualitativa que se expresa, como en el caso de cualquier progreso biológico, por la aparición de un estado de conciencia específicamente nuevo.

Y es aquí cuando pienso en el amor cristiano.

El amor cristiano, este algo incomprensible para aquellos que no lo han gustado. Que lo infinito y la intangible puedan ser amables-, que el corazón humano pueda latir para su prójimo con una caridad verdadera, todo eso parece a muchas personas que conozco simplemente imposible y casi monstruoso. Y, no obstante, fundado o no sobre una ilusión, que existe un tal sentimiento y que incluso llegue a ser anormalmente potente, ¿cómo dudarlo con sólo registrar de una manera brutal los resultados que nunca cesa de producir a nuestro alrededor? ¿No resulta ser un hecho positivo el que, desde hace veinte siglas, millares de místicos han encendido en su llama unos ardores de tal manera apasionados que dejaron muy lejos tras de sí, en brillo y en pureza, las impulsos y las devociones de un amor humano cualquiera? ¿Y no es un hecho, finalmente, y esto lo garantizo, que si el amor de Dios acabara por extinguirse en el alma de los fieles, el enorme edificio de los ritos, de la jerarquía y de las doctrinas que representa la Iglesia recaería instantáneamente en el polvo del cual salió?

Que de verdad sobre una región apreciable de la Tierra haya aparecido una zona de pensamiento en la cual creció un verdadero amor universal, y que esto no sólo ha sido concebido y predicado, sino que se haya revelado como psicológicamente posible y prácticamente operante, he aquí algo que es para la Ciencia del Hombre un fenómeno de capital importancia, tanto más capital cuanto que este movimiento, lejos de amortiguarse, parece aún querer ganar en rapidez y en intensidad.

3. POTENCIA DE CRECIMIENTO

La renovación de los puntos de vista cósmicas que caracterizan el «espíritu moderno» ha resultado ser, para la casi totalidad de las antiguas religiones, una crisis de la que si no están ya muertas, se puede predecir que nunca podrán ya levantarse. Estrechamente unidas a mitos insostenibles a encarriladas hacia una mística de pesimismo y de pasividad, les resulta imposible ajustarse, sea a las precisas inmensidades, sea a las exigencias constructivas del Espacio-Tiempo. No pueden ya doblegarse a las condiciones de nuestra Ciencia y de nuestra Acción.

Ahora bien: el Cristianismo, que pudo de primera intención creerse afectado par el choque que hizo desaparecer rápidamente a sus rivales, presenta, par el contrario, todos los síntomas de rebotar hacia adelante. Y ello debido al hecho mismo de que ante las nuevas dimensiones que el Universo ha cobrado ante nuestras ojos, se descubre, a la vez, como más vigoroso par sí y como más necesario al Mundo de la que nunca estuvo.

Más vigoroso.-

Los puntos de vista cristianos, para vivir y desarrollarse, precisan de una atmósfera de grandeza y de ligazón. Cuanto más vasto sea el Mundo, cuanto más orgánicas sean sus conexiones interiores, tanto más triunfarán las perspectivas de la Encarnación. Y he aquí precisamente lo que empiezan a descubrir, no sin sorpresa, las creyentes. El cristiano, asustado durante un instante por la Evolución, se da cuenta ahora de que ella le aporta simplemente un medio magnífica de sentirse y de darse más a Dios. En el sena de una Naturaleza hecha a base de una trama pluralista y estática, la dominación universal de Cristo podía aún, en rigor, confundirse con un poder extrínseco y sobre-impuesto. Pero ahora, ¿cuánta urgencia, cuánta intensidad reviste esta energía erística en el seno de un Mundo espiritualmente convergente? Si el Mundo es convergente y si Cristo ocupa su centro, entonces la Cristogénesis de San Pablo y de San Juan no es otra cosa, ni nada menos, que la prolongación simultáneamente esperada e inesperada de la Noogénesis, en la que, de acuerdo con nuestra experiencia, culmina la Cristogénesis. Cristo se viste orgánicamente de la majestuosidad misma de su creación. Y por este motivo, el Hombre se ve sin metáfora capaz de experimentar y de descubrir su Dios a través de la longitud, de la anchura y de la profundidad del Mundo. Poder decirle literalmente a Dios que uno le ama no solamente con todo su cuerpo, con todo su corazón, con toda su alma, sino con todo el Universo en vías de unificación: he aquí una oración que no puede hacerse más que en el seno del Espacio – Tiempo.

Más necesario.-

Si decimos que el Cristianismo, a pesar de todas las apariencias contrarias, se aclimata y se engrandece dentro de un Mundo prodigiosamente ampliado por la Ciencia, no hacemos con ello más que ver la mitad de lo que sucede. La evolución viene a infundir, en cierta manera, una nueva sangre a las perspectivas y a las aspiraciones. Pero la fe cristiana, de rechazo, ¿no está destinada, no se apresta a salvar o incluso relevar a la Evolución?

Ya intenté demostrar que, sin un primado y un triunfo de lo Personal en la cima del Espíritu, no podía esperarse ningún progreso en la Tierra. Ahora bien: en el momento actual y sobre la superficie entera de la Noosfera, el Cristianismo representa la Única corriente de pensamiento lo suficientemente audaz y progresiva para abrazar en ella, de una manera práctica y eficaz, a todo el Mundo por medio de un gesto entero, indefinidamente perfectible, en el que la fe y la esperanza se consuman en una caridad. Solo, absolutamente solo en la Tierra moderna, se muestra capaz de sintetizar, en un solo acto vital, el Todo y la Persona. Sólo él nos puede inclinar, no ya a servir, sino a amar, al mismo formidable movimiento que nos arrastra.

Todo ello, ¿qué es sino decir que llena todas las condiciones que tenemos derecho a esperar de una Religión del Futuro y que el eje principal de la Evolución, tal como lo afirma el propio movimiento de que hablamos, pasa actualmente por el mismo?

Vamos, pues, ahora a resumir la situación.

1. Considerado objetivamente y a título de fenómeno, el movimiento cristiano, por su enraizamiento en el Pasado y por sus desarrollos incesantes, presenta los caracteres de un phylum.

2. Situado en el seno de una Evolución interpretada como una ascensión de conciencia, este phylum, por su misma orientación hacia una síntesis hecha a base de amor, progresa exactamente en la dirección supuesta por la flecha de la Biogénesis.

3. En relación con el impulso que guía y sostiene su marcha hacia adelante, esta flecha ascendente implica esencialmente la conciencia de hallarse en relación actual con un Polo espiritual y trascendente de convergencia universal.
Y preguntamos ahora: ¿no reside aquí, exactamente, la contraprueba que necesitábamos para confirmar la presencia, al frente del Mundo, de lo que hemos llamado punto Omega?

4. ¿El rayo de sol que desgarra las nubes? ¿La Reflexión, por encima de lo que asciende, de lo que ya está en lo más alto? ¿La ruptura de nuestra soledad? ¿La influencia, perceptible en el seno de nuestro Mundo, de otra y supremo Alguien?… El Fenómeno cristiano, surgiendo así del corazón del Fenómeno social, ¿no seria, pues, precisamente esto?…

Ante la presencia de tanta perfección en la coincidencia, incluso si yo no fuera cristiano, sino sólo un hombre de ciencia, creo que me plantearía el problema.

Pekín, junio de 1938-junio de 1940.

 

 

 

 

 

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