NIHILISMO FINANCIERO ESPAÑOL, MUCHO ESPAÑOL

La red bipartidista que ayuda a los fondos buitre, por Andrés Villena

España, país nihilista (donde el fascismo asoma como contrarrevolución), por José Antonio Pérez Tapias

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Cárcel de Papel para los “beautiful people” del PSOE

Por La cárcel de papel

Artículo publicado el 28 de marzo de 2017 en

Fallamos y condenamos a una semana de reclusión en la Cárcel de Papel y a asistir, posteriormente, durante un año, a clases de socialismo en la escuela de primaria de su localidad al quinteto de los “beautiful people” del PSOE:

Alfredo Pérez Rubalcaba; Felipe González, Susana Díaz, José Luis Rodríguez Zapatero y Alfonso Guerra, militantes del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), por el delito tipificado en el Código Penal para Políticos, en su artículo 372 “Insultos al pueblo soberano” apartado a) “A su inteligencia”, por haberse convertido en defensores del liberalismo económico y de la desregulación financiera, abandonando a su suerte a las bases del PSOE y a cientos de miles de ciudadanos que llegaron a creer en ellos.

Ahí los tienen, los “beautiful people” del PSOE, tan panchos. Desde la peligrosa altura que el trabajo provoca, y las escasas pensiones que reciben.. los condenamos a seguir en las nubes, que para llorar ya están a pie de tierra millones de trabajadores. Siempre han estado en el cielo, ídolos de barro..

Este Tribunal supone que puesto que a todos los socialistas nos enseñaron a comportarnos como tales en la “Escuela Jaime Vera”, los señores y la señora algo habría aprendido. Si no es así, su comportamiento como socialistas deja mucho que desear, no pudiéndose entender salvo por ignorancia o mala fe. Por si es lo primero, en la Cárcel de Papel se pondrá a disposición de los reos un profesor cualificado para facilitarles las enseñanzas sobre lo que significa y es el socialismo..

 

La red bipartidista que ayuda a los fondos buitre*

De cómo la falta de democracia engrasa el expolio económico

Por ANDRÉS VILLENA

Artículo publicado el 29 de enero de 2019 en
 
 

Para el visionario economista Joseph Schumpeter, el capitalismo avanza gracias a la denominada ‘destrucción creativa’, es decir, a los emprendedores que, introduciendo innovaciones, acaban con las viejas formas de hacer e incorporan nuevos productos al mercado. 

El problema de dicha destrucción es sobre quién caen los escombros: ¿qué ocurre cuando la economía avanza a costa de aprovechar las crisis y la debilidad estatal para obtener cuantiosas plusvalías a partir de bienes imprescindibles? La de los denominados fondos buitre es una historia de complejidad financiera, pero, sobre todo, es un relato sobre el poder y sobre cómo el expolio que ha sufrido España tiene mucho que ver con una estructura institucional escasamente democrática. 

El estallido de la crisis mundial, hace ya más de diez años, acabó con las innovadoras ‘hipotecas subprime’, préstamos de difícil devolución empaquetados y enviados a todas partes del mundo por bancos de inversión que llegaron a apostar grandes cantidades de dinero a que dichos préstamos no se devolverían nunca.  

Esta orgía delictiva nunca se detuvo, únicamente cambió de escenario: la podredumbre del cadáver de Lehman Brothers condujo al rescate y a la sumisa recapitalización de algunos de los bancos que habían incurrido en las peores prácticas. Salvado del castigo, el espíritu ‘creativo-destructor’ encontró en la necrosis del resto de los sectores de las economías nacionales nuevos focos de ‘plusvalía’: los buitres habían detectado la carroña. 

LA PODREDUMBRE DEL CADÁVER DE LEHMAN BROTHERS CONDUJO AL RESCATE Y A LA SUMISA RECAPITALIZACIÓN DE ALGUNOS DE LOS BANCOS QUE HABÍAN INCURRIDO EN LAS PEORES PRÁCTICAS

Participados por un amplio abanico de inversores institucionales, particulares, bancos y otras entidades, grandes fondos de inversión, provenientes en su mayoría de Wall Street, han adquirido todo tipo de activos a precios de ocasión para una venta con una enorme plusvalía. Están de moda, hasta tal punto que medios como el Financial Times consideran que han llegado a sustituir buena parte de las funciones de una banca todavía con achaques; además, los bajos tipos de interés actuales han hecho del inmobiliario un objetivo casi irrenunciable, de nuevo.  

Pero para dar el verdadero pelotazo, estos fondos necesitan una serie de condiciones: en primer lugar, un contexto crítico que rebaje los precios de los activos a adquirir; en segundo lugar, unas instituciones que, bajo presión financiera, tengan ‘empatía’ con los inversores; en tercer lugar, los cambios legislativos que permitan que estas adquisiciones relámpago para una venta lucrativa no sean solo legales sino fiscalmente óptimas. España iba a ser el escenario perfecto para esta ‘doctrina del shock’. 

Rajoy: el gobierno ‘de los mejores’  

En enero de 2012, la derecha aunaba la mayoría absoluta en el Congreso y en el Senado, con el poder en casi todas las capitales importantes y las comunidades autónomas. El Partido Popular no tenía oposición, salvo un conjunto de protestatarios en las calles a los que había comenzado a reprimir y multar. 

En abril de aquel año, la patronal Círculo de Empresarios homenajeó en Madrid a su presidente cesante, Claudio Boada Pallarés. Boada recordó en aquel evento a su padre, Claudio Boada Villalonga. Presidente franquista del Instituto Nacional de Industria (INI) y primer ejecutivo de Ford en España, Boada había pasado de la dictadura autárquica a la democracia, protagonizando una exitosa carrera de saneamiento y reducción de costes empresariales. Sus colaboradores y discípulos Miguel Boyer, Mariano Rubio y Carlos Solchaga lo pondrían al frente del establishment empresarial público para impulsar la reconversión industrial en los años ochenta. 

Si Boada padre había formado parte de la beautiful people posindustrial socialista, el hijo había terminado adhiriéndose a la financiera. En aquel homenaje a Claudio Boada Jr. estuvieron presentes importantes representantes del gobierno del PP, como los ministros Miguel Arias Cañete (Agricultura), Pedro Morenés (Defensa) y altos cargos gubernamentales como Pedro Argüelles (secretario de Estado de Morenés) y Fernando Eguidazu (una de las bazas del Ministerio de Exteriores para vender la Marca España). 

Morenés y Eguidazu habían entrado en el ejecutivo de Rajoy provenientes precisamente del equipo directivo de Boada en el Círculo de Empresarios, como también el entonces nuevo presidente del Instituto Nacional de Estadística, Gregorio Izquierdo. Además, el aristócrata Carlos Espinosa de los Monteros y Bernaldo de Quirós, secretario de Estado de la Marca España, había sido presidente del Círculo de Empresarios.

BLACKSTONE ADQUIRIÓ A PRECIOS IRRISORIOS 40.000 HIPOTECAS DE CATALUNYA BANK (UNOS 5.000 MILLONES POR UNA CARTERA VALORADA EN 30.000) Y 1.860 VIVIENDAS DE PROTECCIÓN OFICIAL PROPIEDAD DEL AYUNTAMIENTO DE MADRID, POR SOLO 125 MILLONES 

Boada Jr., ingeniero industrial como su progenitor, dejaba el Círculo y se consolidaba como senior officer –hombre fuerte y ‘abrepuertas’– del fondo de inversión Blackstone en España. Después de trabajar durante casi veinte años en Lehman Brothers, especializado en la venta y reventa de paquetes tóxicos de viviendas y otros activos, Boada dirigiría la estrategia de adquisición, arreglo –con desahucios– y posterior puesta en el mercado de todo tipo de inmuebles en manos de bancos y otras instituciones públicas y privadas. Una reconversión financiera, fiscal y contable de la que su padre se habría sentido orgulloso. 

El gobierno popular le esperaba a él y a sus colegas con los brazos abiertos: fondos como Blackstone servirían para desatascar la banca de las llaves de los pisos sin vender y contribuirían a producir una ilusión de recuperación económica que mantendría al Partido Popular en el poder. 

El ejecutivo Rajoy sabía de finanzas y, por tanto, entendía. El ministro De Guindos y una de sus manos derechas en el Ministerio de Economía, Íñigo Fernández de Mesa, habían pasado por Lehman Brothers y por otros bancos; el ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, había fundado en 2006 ‘Montoro y Asociados’ –después ‘Equipo Económico’–, una consultoría dedicada a minimizar el pago de impuestos de las empresas, y había llevado a buena parte de su equipo a su cartera ministerial, desde la que iniciaría su mandato con una subida de impuestos a la mayoría de la población. 

La auditora y consultora PriceWaterHouseCoopers (PwC), implicada en el escándalo de paraísos fiscales ‘Lux-Leaks’, contaba también con varios ex directivos en en el gobierno. Uno de ellos, el secretario de Estado de Hacienda, Miguel Ferre-Navarrete, presidente, además, de la Agencia Tributaria; otro, el director del Fondo de Reestructuración Ordenada Bancaria (FROB), Antonio Carrascosa, que se encargaría de gestionar los activos tóxicos de las antiguas Cajas de Ahorro, carne de fondo buitre. Ambos altos cargos habían trabajado con De Guindos en PwC.  

Las nuevas SOCIMI

Con la presión de la deuda pública, la prima de riesgo y la nacionalización y el rescate de Bankia, la élite gubernamental precipitó los cambios legales: la Ley 16/2012, publicada en el Boletín Oficial del Estado el 28 de diciembre, día de los Inocentes, supuso una sustancial modificación de los requisitos a las denominadas Sociedades Anónimas Cotizadas de Inversión en el Mercado Inmobiliario, las ‘SOCIMI’. 

Inspiradas en las ‘Reit’ estadounidenses, las SOCIMI habían sido concebidas en 2009 para incentivar la inversión en un mercado inmobiliario hundido. En 2012, la virtuosa interacción entre la gran empresa y el nuevo Estado del PP –dos actores que resultaban difíciles de distinguir– contribuiría a una flexibilización de dicha legislación para que casi cualquier rico pudiera tener una SOCIMI, promoviendo un entramado societario con el objeto de que los grandes fondos consiguieran las mayores plusvalías sin apenas tributar. El pelotazo inmobiliario estaba servido. El sueño del libre mercado consistía, en realidad, en una reducida red social de poderosos capaz de hacer casi todo posible. 

“Es el mercado, amigos”: red social de poder Estado-gran empresa. Los lazos en forma de flecha indican la prestación de determinados servicios o normativas favorables. Elaboración propia.

 

El resto de esta historia ha sido narrado por la mayoría de los medios de comunicación. Blackstone adquirió a precios irrisorios 40.000 hipotecas de Catalunya Bank –en manos del FROB–, la mitad del ladrillo del extinto Banco Popular (unos 5.000 millones de euros por una cartera valorada en 30.000) y, con un mayor revuelo mediático, 1.860 viviendas de protección oficial propiedad del Ayuntamiento de Madrid, por solo 125 millones. 

Parte del equipo de aquel consistorio, presidido por Ana Botella, ha sido condenado por el Tribunal de Cuentas por malvender este patrimonio público por debajo del precio de mercado y con numerosas irregularidades procedimentales. El esposo de Ana Botella, José María Aznar, se ha prestado recientemente a ‘abrir puertas’ a más fondos de esta estirpe en España para aprovechar las incertidumbres financieras del probable brexit. Uno de sus hijos, José María, dirige el fondo buitre Cerberus en España, que se hizo con casi todo el negocio inmobiliario del banco BBVA por 4.000 millones de euros y lo que los medios financieros denominan eufemísticamente “un importante descuento”.  

El proceso judicial por el caso del Ayuntamiento de Madrid continúa al margen del dictamen contable del Tribunal de Cuentas, aunque los abogados de la acusación no se hacen grandes ilusiones. Más esperanzador es el que afecta a la venta de casi 3.000 viviendas públicas propiedad del Instituto de Vivienda de Madrid (IVIMA) al fondo Azora-Goldman Sachs en 2013 por el gobierno regional del fenecido Ignacio González.

En dicha venta sobresalen conexiones ilustrativas. Una de las mayores directivas del IVIMA, Ana Gomendio, pertenece a una familia de la construcción y es, además, prima de Montserrat Gomendio Kindelán, entonces número dos del ministro de Educación José Ignacio Wert; más sospechosas son aún las redes del exconsejero de Vivienda, el multimillonario Pablo Cavero, cuya SICAV estaba gestionada por BBVA y Goldman Sachs, precisamente el propietario de Azora. 

EL SAQUEO DEL PATRIMONIO PÚBLICO Y LA ESPECULACIÓN SOBRE LA ECONOMÍA NACIONAL TIENEN SOPORTE EN UNA RED DE PODER, UN ENTRAMADO DE RELACIONES EN EL QUE ESTADO Y GRANDES EMPRESAS SE CONFUNDEN

La repercusión del caso del IVIMA y de la condena a Botella y compañía no ha impedido, sin embargo, que la rapacería financiera continúe en todo el territorio nacional: los fondos buitre crecen por el ecosistema económico para hacerse con todo tipo de locales, cadenas de hoteles, empresas y relevantes paquetes accionariales. Los portavoces de estas empresas se jactan, además, de haber sacado a España de la crisis, contribuyendo a “estabilizar” los precios de las viviendas. Otro eufemismo que los mortales han experimentado en forma de incremento de precios de venta y alquiler. 

Su capacidad para influir queda fuera de toda duda recordando las amenazas de Blackstone al gobierno de Pedro Sánchez para que no regulara el alquiler. El propio Claudio Boada reprochó a la ministra de Economía, Nadia Calviño, que Blackstone había invertido hasta 25.000 millones de euros en España y que podría llegar a marcharse ante una legislación más restrictiva. Un consejo que la disciplinada ministra se tomaría muy en serio al retirar la propuesta de limitación de los precios del alquiler de los Presupuestos Generales del Estado correspondientes a 2019. El martes 22 de enero, Podemos retiró su apoyo al Decreto sobre alquileres del Gobierno por considerar que este había cedido a las presiones de Blackstone para no regular los precios.

El expolio continúa. Los buitres han hecho negocios que hubieran sido imposibles sin la complicidad de determinadas élites políticas. El saqueo del patrimonio público y la especulación sobre la economía nacional tienen soporte en una red de poder, un entramado de relaciones en el que Estado y grandes empresas se confunden y se combinan gracias a acuerdos implícitos, puertas giratorias y comunión de intereses. Una estructura antidemocrática que difícilmente garantiza un horizonte económico estable y próspero para la mayoría. 

 

 

España, país nihilista (donde el fascismo asoma como contrarrevolución) *

Por José Antonio Pérez Tapias

Artículo publicado el 23 de enero de 2019 en
 

 

Decía Ortega, en frase citada con profusión, que “no sabemos lo que nos pasa y eso es precisamente lo que nos pasa”. Pues bien, si no sabemos lo que nos pasa es porque no nos da la gana, dado que tenemos recursos para averiguarlo. Y si no lo hacemos es por intereses no confesables que nos llevan a mantenernos en la indolencia intelectual y política que supone esa supuesta ignorancia que, en verdad, es culpable.

Aventuremos, aunque se considere una osadía, algún diagnóstico. Y ahora, en vez de llevar la contra a Ortega, sigámosle la corriente. Si dejó dicho que una nación es “un proyecto sugestivo de vida en común”, por ahí tenemos una pista para indagar en lo que colectivamente nos pasa: no tenemos proyecto compartido. No lo tenemos en España si ésta se piensa desde los parámetros conservadores de una nación identificada con un Estado centralista y unitario. La prueba evidente es que otros proyectos nacionales, que en determinadas comunidades son sugestivos, operan como apoyatura también para cuestionar que el proyecto de un nacionalismo español sea sugestivo y común a todos. Pero de rebote, como efecto boomerang, resulta que en las comunidades autónomas de nuestro Estado en las que se presenta un proyecto que puede jugar políticamente con ventaja por ofrecerse abiertamente como tal, aunque se quiera sugestivo, queda lejos de ser aceptado en modo suficiente como común. Euskadi, por ejemplo, viene de esa experiencia y Cataluña está ahora mismo en ella de manera dramática.

Sucede, por tanto, que en España andamos deficitarios de proyectos nacionales con capacidad suficientemente reconocida y de carácter integrador en el modo en que habría de ser necesario, tanto para mantener el Estado con proyección de futuro como para afirmar de manera consistente las pretensiones de nacionalismos contrapuestos al español, en especial las de independencia de otras comunidades nacionales en las que así se quiere, al menos por una parte relevante de su ciudadanía.

Cuando no hay en verdad proyecto, todo es moverse en un vacío que hace insostenible la acción política, por mucho que ésta quiera guardar imposibles equilibrios –las más de las veces sirviéndose de “coaliciones negativas” frente a lo que se rechaza, sin apenas capacidad para proponer en positivo- o se enfoque, por el lado de los independentismos, hacia metas por lo pronto imposibles de alcanzar. En tal situación de empantanamiento, estancadas las aguas en un lodazal donde los agravios acrecientan el fango a diario, las propuestas políticas no alcanzan la solidez ni la credibilidad necesarias para ser constructivas; a lo sumo son reactivas, cuando no destructivas. Incluso lo que cuenta con resortes comunicativos, afectivos y simbólicos para aparecer como proyecto que se pretende viable desde una identidad colectiva que se reivindica como nacional y que exige independencia como Estado, al operar desde un unilateralismo en extremo voluntarista, bajo un liderazgo mesiánico y sin atender a las más elementales condiciones de viabilidad acaba siendo también reactivo. No hay que gastar mucha tinta para dejar constancia de que el nacionalismo españolista, procediendo de una historia previa narrada en siglos anteriores en términos de decadencia y en las décadas próximas bajo un relato edulcorado en clave de modernización que hoy por hoy se ha agrietado, sitúa su proyecto bajo un paradigma igualmente reactivo, que en sus manifestaciones más extremas retorna con mitificaciones insostenibles acompañadas de un negacionismo de lamentables realidades, como es el caso de aquéllas de las cuales siguen siendo testimonio irrefutable las víctimas de la guerra civil y la dictadura franquista.

Si con proyectos nacionales que o no se construyeron bien o no acaban de sostenerse adecuadamente ya es difícil alumbrar propuestas políticas susceptibles de generar confianza, eso queda más imposibilitado aún cuando la crisis económica que venimos padeciendo, con sus nefastas consecuencias de precariedad, paro, destrucción del Estado de bienestar e incremento de desigualdades, pone más trabas para relanzar proyectos colectivos enhebrando el cabo de la justicia social. La redistribución de cargas y beneficios en aras de la equidad necesaria para que los objetivos de igualdad social no aparezcan como ilusorios se hace imposible si no se resuelven las cuestiones de reconocimiento, en este caso nacional, en virtud de las cuales sean articulables relatos inclusivos donde se vean como protagonistas de pleno derecho las comunidades nacionales y culturales de nuestra realidad política. Es decir, la carencia de proyecto se agrava, afectando a todo el espectro político.

Hay que reconocer que una vida colectiva sin proyecto compartido tiende a la autodestrucción de la comunidad, si antes no la explotan desde fuera. Como constatamos, el proyecto ausente no es sólo el que debiera ser en clave de identidad nacional. El bloqueo en que nos hallamos, que de ninguna manera es epidérmico, también lo encontramos en el marco internacional; basta mirar a la Unión Europea. Desde esa perspectiva hay realidades configuradoras de lo real en que estamos para pensar con razón que la ausencia de sentido en la que nos instala la carencia de proyecto es civilizacional. De ahí que hablemos de nihilismo, y más concretamente de nihilismo negativo si nos acogemos a un diagnóstico de corte nietzscheano. Se nos han volatilizado las coordenadas de sentido, primero las religiosas y luego las seculares que trataron de reemplazarlas. Malamente el poderío tecnológico las sustituye, desde el fetichismo tecnocrático hasta la “nueva religión” que rinde culto al big data. Individualismo socialmente cultivado y cultura cínica consolidada al calor del neoliberalismo propio del capitalismo en la época de la globalización cumplen su tarea disolutoria. Las vidas dañadas de los individuos y la ruptura de los vínculos que entrañaba el viejo contrato social perfilan un panorama de incertidumbre, empobrecimiento y violencia en el que los perdedores en la darwinista lucha por la vida buscan seguridad, al menos, para sobrevivir y un marco de orientación para recomponer las identidades fragmentadas.

En el contexto descrito, las izquierdas, también arrolladas por unas crisis a las que no han dado respuestas, exceptuando la vía falsa de populismos que, a la búsqueda de un pueblo, se atascan en las derivas de los hiperliderazgos tras ensueños de hegemonía, no logran hasta ahora hacer cuajar verdaderas alternativas. El nihilismo de sociedades líquidas donde todo se volatiliza menos el mercado alienta el refugio bajo planteamientos autoritarios, lo cual no es de extrañar cuando el carácter social dominante encierra actitudes no democráticas que afloran al hundirse los discursos otrora deslumbrantes y ser reemplazados por relatos que no hacen ascos a la posverdad. Y es ahí, en esa proclividad al autoritarismo –en España anidada en los no erradicados posos del franquismo- donde engancha el fascismo. No hay cientos de miles de fascistas –cabe responder a quien hacía esa constatación respecto a Andalucía-, pero sí cientos de miles que lo apoyan y millones que lo pueden apoyar en el futuro, con el agravante de que a más apoyo, más desplazamientos hacia la ultraderecha de la derecha política, tirando del conjunto de la sociedad en esa dirección.

El nuevo fascismo, que se presenta neoliberal en lo económico, nacionalista extremo en lo político, excluyente en lo social y machista en cuanto al orden simbólico desde el que se tejen las relaciones humanas, no se reduce a meros efluvios en lugares aislados. Basta ver el mapa y trazar las conexiones desde EEUU a Hungría, desde Italia a Brasil, desde Madrid a París…, con personajes como Steve Bannon cuales muñidores de una Internacional Fascista con ansias de reconfiguración del orden mundial. Y en cada lugar sirven los productos locales que para ello se prestan, sea el fundamentalismo evangélico o, como ocurre acá, un integrismo que vuelve a servir como catalizador nacional-católico de una visión de España de la que no se va el rancio olor a Contrarreforma e Imperio. Pero es olor que apesta, impregnando de cutrerío una vuelta al pasado que, no siendo meramente conservadora, es nefastamente regresiva. Es exactamente “contrarrevolucionaria” habida cuenta de que se opone frontalmente a lo que en nuestro tiempo puede considerarse pacífica revolución en marcha: la que impulsa el movimiento feminista. Banalizar la violencia machista, con grave ofensa a las víctimas, como bombardear lo que se trata de descalificar como “ideología de género”, no es sólo por añoranza patriarcalista de machos menoscabados; es golpear estratégico que exige hacerle frente con lucidez y sin merma de voluntad.

Hace décadas, tras la caída del muro de Berlín, hubo revoluciones conservadoras. Hoy las derechas se aglutinan arrastradas por una contrarrevolución fascista, con la cual, además, se prepara una vuelta de tuerca más a favor de un orden de dominio global vistos los destrozos de un desorden mundial que ya no puede controlar el mismo neoliberalismo que lo ha generado. Y así, palmo a palmo se plantean las batallas en las que no sólo hay que hacer frente a un terrorismo internacional que siempre aguarda su momento, sino a la violencia reactiva que actualmente, como en otros momentos de la historia, siembra un fascismo que amenaza como respuesta en falso a las violencias estructurales de nuestro mundo.

Imperdonable será que las izquierdas permanezcan tocando el bombo a cuatro manos, lo cual, dicho sea de paso, es “muy español”. No es ningún consuelo que otros hagan algo parecido. ¡Ojo al nihilismo –podemos decir de nuevo emulando a Dostoievski! Es el nihilismo que el capitalismo produce mercantilizando todo, incluidos los humanos, al cual los individuos sucumben y las naciones no responden. Con los recursos de la tecnología digital puestos al servicio de una sociedad del espectáculo encaminada hacia derroteros indeseables, la maldición de los populismos puede ser una gran trampa cuando lo que necesitamos son ciudadanas y ciudadanos con conciencia republicana respecto a la libertad que han de compartir y ejercer, a la igualdad que han de lograr y a la justicia como meta erigida desde el sentido de lo común. Aplíquese todo ello a una España que debe ser solidaria, federalista, plurinacional e intercultural… y tendremos proyecto. Cuando recordamos a Rosa Luxemburgo en el centenario de su asesinato, en una Alemania que tras la Gran Guerra se introdujo en el oscuro túnel que la llevaría al nazismo, el “socialismo o barbarie” que formuló aquella gran mujer revolucionaria bien lo podemos reescribir como “republicanismo o fascismo”. Necesitamos democracia de verdad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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