Teilhard de Chardín – “EL FENÓMENO HUMANO” – Parte XI – Mas allá de lo colectivo: lo hiperpersonal

INDICE DE POST DEL FENOMENO HUMANO- Teilhard de Chardin 

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EL FENÓMENO HUMANO

Teilhard De Chardin

-PARTE XI-

IV.- LA SOBREVIDA 

(…)

Cap. II. MÁS ALLÁ DE LO COLECTIVO: LO HIPERPERSONAL

1. La Convergencia del Espíritu y el Punto Omega 

A) El Universo-personal 

B) El Universo-personalizante 

2. El Amor-energía 

3. Los Atributos del Punto Omega 

 

CAPÍTULO II

MÁS ALLÁ DE LO COLECTIVO: LO HIPERPERSONAL

 

NUEVA OBSERVACIÓN PRELIMINAR

Una impresión a remontar: el Descorazonamiento

Las razones que existen en el origen del escepticismo, que ha llegado a. ser la moda de nuestros días, para las personas «sensatas», de atribuir de una manera relativa a la Humanidad no son sólo de orden representativo. Una vez incluso soslayadas las dificultades intelectuales del espíritu para concebir lo Colectivo y para ver a través del Espacio-tiempo, nos encontramos con una nueva forma de duda, quizá más grave, que se halla aliada al aspecto incoherente que el Mundo humano presenta en la actualidad. El siglo XIX vivió a la vista de la Tierra prometida. Estábamos llegando, pensaban, a una nueva Edad de Oro, iluminada y organizada por la Ciencia, encendida de fraternidad. En lugar de eso, henos aquí recayendo en medio de disensiones cada vez más extendidas y siempre más trágicas. La idea de un Espíritu de la Tierra, posible, y quizá aun verosímil en teoría, no resiste, sin embargo, a la experiencia. No; el Hombre nunca llegará a superar al mismo Hombre uniéndose consigo mismo. Por tanto, una utopía que se debe abandonar lo más pronto posible. Y nada más.

Para explicar o para eliminar las apariencias de un fracaso, cuya realidad no solamente comportaría el fin de un hermoso sueño, sino que nos conduciría también a considerar la absurdidad radical del Universo, se puede, en primer lugar, llegar a la observación de que al hablar ya de experiencia -es decir, de los resultados de las experiencias- en una materia tal resulta ciertamente prematuro. Pero ¡cómo! Medio millón, quizá un millón de años han sido necesarios a la Vida para pasar de los Prehomínidos al Hombre moderno, y dado que, a una distancia de dos siglos después de haber entrevisto por encima de sí mismo un estado todavía más elevado, este Hombre moderno se halla aún en el estado de luchar para arrancarse de sí mismo, empezaríamos ya a desesperarnos. He aquí todavía un error de perspectiva. Resulta ya haber dado’ un buen paso el hecho de comprender la existencia de una inmensidad a nuestro alrededor, ya antes y después de nosotros. Comprendemos bien, pues, que si a esta percepción de la Profundidad no se añade la de la Lentitud, la trasposición de valores se hace incompleta, y que ella misma no puede engendrar ante nuestra mirada más que un Mundo imposible. Es necesario dar a cada dimensión su ritmo propio. Y como consecuencia, a cada movimiento planetario, una majestad planetaria. La Humanidad misma, ¿no nos parecería imposible si no se perfilase la total duración de la Prehistoria anteriormente a su Historia? De manera semejante, y a pesar de una aceleración casi explosiva de la Noogénesis a nuestro propio nivel, no podríamos en modo alguno contemplar a la Tierra transformarse, bajo nuestros ojos, en el espacio de una generación. Colmemos, pues, nuestra impaciencia y asegurémonos.

A despecho de toda una serie de apariencias contrarias, La Humanidad puede perfectamente avanzar (de acuerdo con numerosos síntomas podemos incluso conjeturar de una manera racional que, en efecto, avanza) a nuestro alrededor en estos momentos, pero si realmente lo está haciendo, no puede ser más que a la manera de las grandes cosas; es decir, casi insensiblemente.

Este punto es de una importancia capital, y nunca debemos perderlo de vista. El hecho de haberlo verificado, sin embargo, no puede responder en modo alguno a la más íntima de nuestras dudas, puesto que no sería aún bastante que la luz en el horizonte nos pareciera estacionaria. Lo grave sería que las iluminaciones ya entrevistas amenazaran con extinguirse.

Si tan solamente nos pudiéramos considerar como simplemente inmóviles… Pero ¿no nos parece, algunas veces, que nos hallamos como verdaderamente empujados hacia adelante, o incluso aspirados hacia atrás, como si fuéramos presos de unas fuerzas incoercibles de repulsión mutua y de materialización?

Repulsión.-

Ya he hablado de las formidables presiones que apretujan a las parcelas humanas sobre nuestra Tierra actual. Individuos y pueblos forzados hasta el máximo, geográfica y psicológicamente, a chocar los unos contra los otros. Lo que resulta, a pesar de todo, un hecho extraño es que, no obstante la intensidad de las fuerzas de acercamiento, las unidades pensantes no parecen capaces de caer dentro del radio de su atracción interna. Fuera de aquellos casos particulares en donde juegan, sean las fuerzas sexuales, sea transitoriamente alguna pasión común extraordinaria, los hombres se encuentran hostiles o, por lo menos, cerrados entre sí. Tal como un polvo cuyos granos, a pesar de estar comprimidos, rehúsan entrar en contacto molecular, se excluyen y se repudian, en el fondo, con todas sus fuerzas. A menos que, lo que sería peor, su masa se coagule de tal forma que, en lugar del esperado Espíritu, aparezca una nueva oleada de determinismo: es decir, de materialidad.

Materialización.-

Al hablar de ello no pienso solamente en las leyes de los grandes números que por su estructura están al servicio de cada multitud recién constituida, sean cuales fueren sus secretas finalidades. Como ha sucedido en cualquier otra forma de Vida, el Hombre, para constituirse plenamente en Hombre, ha debido constituirse en legión. Y hay que considerar que antes de organizarse así, una legión se halla forzosamente presa en el juego, aunque esté dirigido, de los azares y de las probabilidades.

Corrientes imponderables que, desde la moda y el curso de los cambios monetarios hasta las revoluciones políticas y sociales, nos hacen a cada uno de nosotros esclavos de los oscuros hervideros de la masa humana. Cualquier agregación de conciencias, por muy espiritualizada que se la suponga en sus elementos, mientras no se halle armonizada, se cubre automáticamente y a su nivel de un velo de «neomateria», que se superpone a todas las demás formas de Materia-la Materia, la cara «tangencial» de cualquier masa viviente en curso de unificación. Ciertamente debemos reaccionar ante estas condiciones. Ello, sin embargo, con la gran satisfacción de saber que no son más que el signo y el diezmo pagado por el Progreso. Pero ¿qué diremos de aquella otra esclavitud, aquella que crece en el mundo en la misma proporción de los esfuerzas que estamos realizando para nuestra propia organización?

En ninguna otra edad de la Historia, el Hombre llegó a estar tan perfectamente equipado y a realizar tantos esfuerzos para ordenar a sus multitudes. «Movimientos de masas». Ya no aquellas masas descendidas a través de los ríos, de los bosques nórdicos o de las estepas asiáticas. Por el contrario, se trata ahora del «Millón de Hombres», como se ha dicho tan acertadamente, agrupado de manera científica. El Millón de hombres agrupados en formaciones en los campos de instrucción militar. El Millón de hombres estandardizados en las fábricas. El Millón de hombres motorizados… Todo ello encaminado, con el Comunismo y el Nacionalsocialismo hacia Jamás espantosa de las agrupaciones encadenadas. El cristal, en lugar de la célula. El hormiguero, en lugar de la Fraternidad. En lugar del esperado remontar de la conciencia, la mecanización, que emerge de una manera inevitable, según parece, de la totalización…

«Eppur si muove».-

Ante la presencia de una tan profunda perversión de las reglas de la Noogénesis, creo que nuestra reacción no debe ser precisamente la de desesperarnos, sino la de reexaminarnos. Cuando una energía se desorbita, el ingeniero, lejos de aplacar su potencia, ¿no vuelve simplemente a comprobar sus cálculos con el fin de hallar los medios para controlarla mejor? El totalitarismo moderno, por el hecho mismo de ser tan monstruoso, ¿debe precisamente de formar algo tan magnífico y que se halla tan próximo de la verdad? No nos es posible dudar de ello: la gran máquina humana se ha hecho para actuar -y debe realmente actuar-, en el sentido de una sobreabundancia de Espíritu. Si no funciona, o mejor dicho, si no hace más que engendrar Materia, es que está funcionando mal…

¿No será quizá por azar que, en nuestras teorías y en nuestros actos habremos menospreciado el hecho de dar el sitio conveniente a las Personas y a las fuerzas de Personalización?…

 

 

1. LA CONVERGENCIA DE LO PERSONAL Y EL PUNTO OMEGA

A) EL UNIVERSO-PERSONAL

Al revés de los «primitivos», que dieron una fisonomía a todo cuanto se movía, o incluso al revés de los primeros Griegos, que divinizaran todas las facetas y todas las potencias de la Naturaleza, el Hombre moderno se halla obsesionado por su necesidad de despersonalizar (o de impersonalizar) aquello que más admira. Existen das razones para esta tendencia. La primera de ellas es el análisis, este maravilloso instrumento de investigación científica al que debemos todos nuestros progresos, pero que de síntesis en síntesis va dejando escapar, una tras otra, a todas las almas y acaba por ponerlas en presencia de un montón de engranajes desmontados y de partículas evanescentes. La segunda es el descubrimiento del Mundo sideral, algo realmente tan vasto que, ante él, nos parece abolida toda proporción entre nuestro ser y las dimensiones del Cosmos a nuestro alrededor. Una sola realidad parece existir, que sea capaz de englobar a la vez este ínfimo y este Inmenso: la Energía, entidad universal flotante, de la cual emerge todo, y a la que todo regresa como a un océano. La Energía, que es el nuevo Espíritu. La Energía, el nuevo dios. En el Omega del Mundo, igual que en su Alfa, lo Impersonal.

Bajo la influencia de estas impresiones, se llegaría a decir que perdimos, junto con la estimación de la Persona, el sentido mismo de su verdadera naturaleza. Llegamos, finalmente, a admitir que el privilegio (o mejor, la tara) del elemento, en la medida en que, cerrándose al resto, llega a establecerse en los antípodas del Todo, es el hecho do estar centrado sobre sí mismo, el hecho de poder decir «Yo». Al seguir la dirección inversa, caminando hacia lo Colectivo y lo Universal, es decir, en el sentido de lo que es más real y más duradero en el Mundo, el «ego», pienso yo, decrece y se anula. Personalidad, propiedad específica corpuscular y efímera, prisión de la cual es necesario evadirse…

He aquí, más o menos, hasta donde hemos llegado actualmente por vía intelectual.

Ahora bien: si se intenta extremar hasta el límite, tal como yo mismo lo estoy intentando en este ensayo, la lógica y la coherencia de los hechos, ¿no es verdad que las nociones del Espacio-tiempo y de la Evolución nos conducen, de manera legítima, hacia perspectivas exactamente opuestas?…

Ya reconocimos y admitimos que la Evolución era una ascensión hacia la Conciencia. Esta aseveración no es ya repudiada por los materialistas o, por lo menos, por los más agnósticos de entre los humanitaristas. Así, pues, esta misma Evolución debe culminar hacia adelante en alguna Conciencia superior. Pero esta Conciencia, precisamente para llegar a ser suprema, ¿no debe llevar dentro de sí hasta el máximo aquello en que consiste la perfección de la nuestra propia: el replegarse iluminador del ser sobre sí mismo? Es un error manifiesto el de prolongar hacia un estado difuso la curva de la Hominización. El pensamiento sólo puede extrapolarse hacia una hiper-reflexión, hacia una hiperpersonalización. Si fuera de otra manera, ¿cómo podría almacenar en sí mismo todas nuestras conquistas, las cuales se realizan todas ellas dentro de la Reflexión? Al primer choque, ante la asociación de un Ego, con aquello que lo es Todo, nos hacemos atrás. La desproporción entre ambos términos nos parece inmensa, incluso irrisoria. Ello es debido al hecho de no haber meditado suficientemente acerca de la triple propiedad que cada conciencia posee:

1. la de centrarlo todo parcialmente a su alrededor;
2. la de poder centrarse en sí misma cada día más;
3. la de estar conducida, gracias a esta misma sobrecentración, a reunirse con todos los demás centros que la rodean.

Pero ¿es que no estamos viviendo en cada, momento la experiencia de un Universo cuya inmensidad, bajo el juego de nuestros sentidos y de nuestra razón, va replegándose cada vez de una manera más simple en el interior de cada uno de nosotros? Y al hallarse en el curso del establecimiento, gracias a la Ciencia y a la Filosofía, de una «Weltanschauung» humana colectiva, en la que cada uno cooperamos y participamos ¿no experimentamos precisamente los primeros síntomas de una asociación de orden más elevado aún, el nacimiento de una especie de hogar único bajo los fuegos convergentes de los millares de hogares elementales que se hallan dispersos en la superficie de la Tierra pensante?

Todas nuestras dificultades y todas nuestras repulsiones se disiparían, en lo que hace referencia a las oposiciones entre el Todo y la Persona, si llegáramos tan sólo a comprender que, por su estructura misma, la Noosfera, y aun de una manera más general el Mundo, representaban un sistema no ya sólo cerrado, sino centrado. El EspacioTiempo, por el hecho de contener y de engendrar a la Conciencia, debe ser de naturaleza convergente. Por consiguiente, seguidas sus capas desmesuradas en la dirección conveniente, deben confluir en algún lugar hacia adelante, en un Punto- llamémoslo Omega -que las fusione y las consuma dentro de sí de manera total. La esfera del Mundo, por inmensa que sea, no puede existir ni puede ser aprehendida de una forma última más que por la dirección (sea más allá del Tiempo y del Espacio) hacia la cual sus radios llegan a converger. Todavía mejor: cuanto más inmensa sea esta esfera, tanto más rico, más profundo y, por tanto, más consciente se nos presenta aquel punto en el que se concentra «el volumen del ser» que ella abarque, dado que el Espíritu, visto desde nuestro ángulo, resulta. ser esencialmente poder de síntesis y de organización.

Considerado desde este punto de vista, el Universa, sin perder nada de su enormidad y, por tanto, sin necesidad de ser antropomorfizado, toma decididamente su figura desde entonces, para pensarlo, para experimentarlo y para actuarlo, no hay que mirarlo en sentido inverso, sino más allá de nuestras almas.

El Tiempo y el Espacio, dentro de las perspectivas de una Noosfera, puede decirse que se humanizan perfectamente o, mejor aún, se sobrehumanizan. Lejos de excluirse, lo Universal y lo Personal (es decir, lo «Centrado») crecen en el mismo sentido y culminan simultáneamente el uno en el otro.

Es un error, pues, buscar las prolongaciones de nuestro ser y las de la Noosfera del lado de lo Impersonal. Lo Universal-Futuro no podría ser otra cosa que lo hiperpersonal en el punto Omega.

 

 

B) EL UNIVERSO-PERSONALIZANTE

Personalización.-

Gracias a esta profundización interna de la conciencia sobre sí misma recordamos haber caracterizado el destino particular del elemento llegado a ser el misma de una manera plena, gracias a la Reflexión, y fue allí en donde, por lo que se refiere al destino de los seres humanos, se detuvo de manera provisional nuestra encuesta.

Personalización.-

El mismo tipo de progreso vuelve a aparecer aquí, pero definiendo ahora el porvenir colectivo de los granos de conciencia totalizados. Es decir, una misma función para el elemento y para la suma de los elementos llegados a su síntesis. ¿Cómo podemos concebir y prever que estos dos movimientos puedan armonizarse? Las innumerables curvas particulares, sin estar deformadas ni impedidas por nada, ¿cómo pueden ahora inscribirse y aun prolongarse dentro de su envoltura común?

Llegó el momento de afrontar el problema: para ello hemos de analizar aún más profundamente la naturaleza del Centro personal de convergencia, a cuya existencia se halla  suspendido, según hemos visto, el equilibrio evolutivo de la Noosfera. ¿Cuál debe ser, para poder realizar su papel, este Polo superior de la Evolución?

Por definición, en el Omega se adiciona y se contrae, en su flor misma y en su integridad, la cantidad de conciencia que poco a poco se desarrolló en la Tierra gracias a la Noogénesis. . Esta idea se halla ya establecida. Pero ¿qué significan en verdad y qué es lo que comportan estas palabras, aparentemente tan simples, de «adición de conciencia»?

Si oyéramos hablar a los discípulos de Marx, parecería que era ya suficiente para la Humanidad, para acrecentarse y para justificar las renuncias que ella misma nos impone, recoger las sucesivas adquisiciones que cada uno de nosotras le dejamos al morir: nuestras ideas, nuestros descubrimientos, nuestras creaciones artísticas, nuestra propia ejemplaridad. Todo este conjunto inmortalizable, ¿no es precisamente lo mejor de nuestro ser?

Reflexionemos un poco. Y entonces veremos que para un Universo que se admite, en hipótesis, como «colector y conservador de Conciencia», la operación indicada, si sólo se detuviera en recoger estos despojos, no sería más que una desastrosa malversación. Todo cuanta emana de cada uno de nosotros v se introduce en la masa humana, en cuanto a invenciones, educación y toda clase de difusiones, posee una importancia capital: intenté de una manera suficiente destacar su valor filético para que pueda sospecharse que yo pueda minimizarlo ahora. Sin embargo, y una vez asegurado ya este punto, me veo forzado también a reconocer que con esta aportación a la colectividad, lejos de comunicarla lo más precioso, lo que llegamos a transmitir a los demás, aun en los casos más favorables, es una sombra de nosotros mismos. ¿Nuestras obras? Pero por lo que respecta al interés mismo de la Vida en general, ¿cuál es la labor de las obras humanas sino el establecimiento en cada uno de nosotros de un centro absolutamente original, en el cual se refleja el Universo de una manera única, inimitable; precisamente, nuestro Yo, nuestra propia personalidad? Aún más profundo que sus radios, el foco mismo de nuestra conciencia: he aquí lo esencial de lo que debe recuperar Omega para ser verdaderamente Omega. Ahora bien: de este algo esencial no podemos evidentemente desprendernos para darlo a los demás, como regalaríamos un abrigo o como traspasaríamos una antorcha, y ello porque la llama somos nosotros mismos. Mi Yo, para comunicarse, debe subsistir en el abandono que hace de sí mismo; de otro modo, el don desaparece. De ello nos vendrá esta inevitable conclusión: de que la concentración de un Universo consciente sería inimaginable si, simultáneamente a todo lo Consciente, no agrupara en sí todas las consciencias: cada una de ellas haciéndose consciente de sí misma al final de la operación, y aun, lo que es muy necesario asimilar, cada una llegando a ser ella misma, y por tanto más distinta de las demás cuanto más se vaya acercando a Omega.

Ya no sólo, pues, la conservación, sino la exaltación de los elementos, gracias a la convergencia.

En verdad, ¿puede existir algo más simple y más conforme a todo cuanto sabemos ahora?

Sea cual fuere el dominio que consideremos -que se trate de las células de un cuerpo, de los miembros de una sociedad o de los elementos de una síntesis espiritual-, la Unión diferencia. Las partes se perfeccionan y culminan en un conjunto organizado. Por haber descuidado esta regla universal, tantos Panteísmos nos han extraviado hacia el culto de un Gran Todo, en el que los individuos parecían perderse como una gota de agua, disolverse como un grano de sal en el mar. La Ley de la Unión, aplicada al caso de la adición de las conciencias, nos desembaraza de esta peligrosa ilusión, siempre renaciente. No; al confluir, siguiendo la línea de sus propios centras, los granos de conciencia no tienden en modo alguno a perder sus contornos y a mezclarse. Por el contrario, acentúan la profundidad y la incomunicabilidad de su propio ego. Cuanto más, en su conjunto total, llegan a ser el Otro. más se hallan ser «ellos mismos». ¿Y cómo podría ser de otra manera, si precisamente se hunden en Omega? ¿Es que un Centro podría llegar a disolverse? O mejor dicho, su propia manera de disolverse, ¿no es precisamente la de supercentrarse?

Así, pues, bajo la influencia combinada de los dos factores, es decir, la inmiscibilidad esencial de las consciencias y el mecanismo natural de cualquier unificación, la única forma mediante la cual podemos expresar el estado de un Mundo en vías de concentración psíquica resulta ser un sistema cuya unidad coincida con un paroxismo de complejidad armonizada. Resultaría, pues, falso el representarse a Omega simplemente como si fuera un Centro que naciera de la fusión de los elementos que abraza y a los que anulara. Por su propia estructura, el Omega, considerado en su principio último y esencial, no puede ser otra cosa que un Centro distintivo que irradia en el corazón de un sistema de centros. Una agrupación o personalización del Todo y las personalizaciones elementales alcanzando su máximo, sin mezcla y de una manera simultánea, bajo la influencia de un foco de unión supremamente autónomo, ésta es la sola imagen posible que se esboza cuando intentamos aplicar de una manera lógica la noción de Colectividad llevada hasta el extremo de un conjunto granular de pensamientos.

Y aquí aparecen simultáneamente los motivos, tanto de fervor como de impotencia, que acompañan inevitablemente a cualquier solución egoísta de la Vida. El egoísmo, sea privado o racial, tiene sus razones para exaltarse ante la idea del elemento, elevándose, por su fidelidad misma a la Vida, hasta los extremos de aquello que él mismo considera único e incomunicable en sí. Así, pues, puede decirse que siente de una manera justa. Su único error, suficiente, sin embargo, para desviarle de su camino de un extremo a otro, es el de confundir la individualidad con la personalidad. Cuando busca separarse lo más posible de los demás, el elemento se individualiza; pero al hacerlo, da un paso atrás y consigue arrastrar al Mundo hacia lo más bajo de la pluralidad en la Materia. En realidad, se disminuye a sí mismo y se pierde. Con el objeto de ser nosotros mismos de una manera plena, nos es necesario avanzar, precisamente por una dirección inversa, hacia el sentido de una convergencia con los demás; es decir, con el Otro. La meta de nosotros mismos, el colino de nuestra originalidad, no es, pues, nuestra individualidad, es nuestra persona; y ésta, por la estructura misma evolutiva del Mundo, no podemos hallarla más que por la unión. No existe espíritu sin síntesis. Siempre, pues, la misma ley, de arriba abajo. El verdadero Ego crece en razón inversa del «Egotismo». El elemento, a imagen del Omega que le atrae, no puede llegar a ser personal más que al universalizarse.

E inversamente, no puede universalizarse de una manera verdadera más que sobrepersonalizándose. He aquí toda la diferencia (y el equívoco) entre la verdadera y las falsas místicas políticas o religiosas: estas últimas destruyéndolo; aquélla, haciendo culminar al hombre por medio de su «pérdida en lo mayor que él mismo».

Todo esto, sin embargo, con una condición muy evidente y esencial. Del análisis precedente se sigue que las partículas humanas, para que se personalicen verdaderamente bajo la influencia creadora de la Unión, no deben reunirse de un modo cualquiera. Dada que se trata, en efecto, de realizar una síntesis de centros, aquellas partículas deben entrar en contacto muto de centro a centro, y no de otra manera. Entre las diversas formas de interactividad psíquica que animan la Noosfera, son, pues, las energías de naturaleza «intercéntrica» las que debemos reconocer, captar y desarrollar antes que otra cualquiera si queremos contribuir de manera eficaz a los progresos de la Evolución en nosotros mismos.

Y henos aquí, por este mismo hecho, conducidos al problema del Amor.

 

 

2. EL AMOR-ENERGIA

Del amor, en general (¡y con qué refinado análisis!), no consideramos más que la cara sentimental: las alegrías y las panas que nos proporciona. Con el fin de determinar las causas últimas del Fenómeno humana, me veo conducido aquí a considerar su dinamismo natural y su significación evolutiva.

Considerado desde el punto de vista de su plena realidad biológica, el amor (es decir, la afinidad del ser para el ser) no es especial al Hombre. Representa en realidad una propiedad general de la Vida, y como tal adhiere, en cuanto a variedad y grados, a todas las formas realizadas sucesivamente por la materia organizada. En los Mamíferos, tan próximas a nosotros, lo reconocemos fácilmente por sus diversas modalidades: pasión sexual, instinto paternal o maternal, solidaridad social, etc. Más lejos o más abajo en el Árbol de la Vida, las analogías son menos claras. Y, finalmente, se atenúan hasta hacerse imperceptibles. Pero aquí debo repetir cuanto decía acerca del «Interior de las Cosas». Si en un nivel prodigiosamente rudimentario, sin duda, pero ya en estado naciente, no existiera alguna propensión interna a la unión, incluso en la misma molécula, le sería imposible al amor manifestarse más arriba, en nosotros, en el estado hominizado. De derecho, para darnos cuenta de manera cierta de su presencia, por lo menos incoativa, en todo cuanto existe. Y de hecho, si observamos a nuestro alrededor la ascensión confluyente de las conciencias, vemos que no falta en parte alguna. Platón lo sintió ya, y lo expresó de forma inmortal en sus Diálogos. Más tarde, con pensadores tales como Nicolás de Cusa, la filosofía del Medievo volvió técnicamente a la misma idea. Para que el Mundo sea, son los mismos fragmentos de este Mundo los que se buscan bajo las potencias del amor. En esto no hay metáfora, y es mucho más que poesía. La gravedad universal de los cuerpos, que tanto nos choca, ya sea una fuerza o un encorvamiento, no es más que el reverso o la sombra de aquello que mueve en realidad a la Naturaleza. Si las Cosas tienen un Interior, es necesario descender hacia la zona interna o radial de las atracciones espirituales si queremos percibir la energía cósmica «fontal».

El amor, con todos sus matices, no es ni más ni menos que el rasgo marcado directamente sobre el corazón del elemento gracias a la Convergencia psíquica del Universo sobre sí mismo.

Y he aquí, si no me engaño, el rasgo luminoso que puede ayudarnos a ver más claramente a nuestro alrededor.

Sufrimos y nos inquietamos al darnos cuenta de que las modernas tentativas de la colectivización humana, contrariamente a las previsiones de la teoría y a nuestra esperanza, no conducen más que a una disminución y a una esclavitud de las conciencias. Pero en realidad, ¿cuál es el camino que hemos escogido hasta ahora para unificarnos? Considerémoslo: una posición material que defender; un nuevo dominio industrial que crear; mejores condiciones para una determinada clase social o para unas naciones desfavorecidas… He aquí los únicos y mediocres caminos por los cuales nos hemos aventurado todavía. ¿Qué de extraño puede tener si tal como acontece con las sociedades animales nos llegamos a mecanizar mediante el juego mismo de nuestro modo de asociación? Incluso en el acto, tan extremadamente intelectual, de la edificación de la Ciencia (por lo menos mientras este acto consiste en algo especulativo y abstracto), el impacto de nuestras almas no se realiza más que de manera oblicua, como de través. Contacto, pues, superficial, y, por tanto, un peligro de crear una nueva servidumbre… Sólo el amor, por la misma razón de ser el único que debe tomar y reunir a todos los seres por el fondo de sí mismos, es capaz -y éste es un hecho de la cotidiana experiencia- pie dar plenitud a los seres, como tales, al unirlos. Y, en efecto, ¿en qué momento llegan a adquirir dos amantes la más completa posesión de sí mismos, sino en aquel en que se proclaman perdidos el uno en el otro? Y en verdad, este gesto mágico, este gesto considerado como contradictorio de «personalizar» totalizando, ¿no lo realiza el amor en cada momento y a nuestro alrededor, en la pareja y en el equipo? Y lo que ahora realiza de una manera tan cotidiana a una escala reducida, ¿por qué no podrá repetirlo un día a la de las dimensiones de la Tierra misma?

La Humanidad, el Espíritu de la Tierra, la Síntesis de los individuos y de los puebles, la paradójica Conciliación del Elemento y el Todo, de la Unidad y de la Multitud para que todas estas cosas consideradas utópicas y, no obstante, biológicamente tan necesarias, lleguen a adquirir cuerpo en este Mundo, ¿no sería suficiente que imagináramos que nuestro poder de amar se desarrolla hasta abrazar a la totalidad de los hombres y de la Tierra?

Ahora bien: se dirá, ¿no es ahí precisamente donde ponéis el dedo sobre lo imposible?

Todo cuanto puede hacer un hombre, ciertamente, es dar su afecto a un solo ser o a algunos contados seres humanes. Más allá, en un radio mayor, el corazón ya no puede llegar y ya no queda lugar sino para la justicia fría y la fría razón. Amarlo todo y a todos: he aquí, se dice, un gesto contradictorio y falso que no conduce finalmente sino a no amar nada.

Pero entonces, contestaría yo, si como pretendéis, el amor universal es imposible, ¿qué puede significar, pues, esté instinto irresistible que nos lleva hacia la Unidad cada vez que nuestra pasión se exalta por una dirección cualquiera? Sentido del Universo, sentido del Todo: enfrente de la Naturaleza, ante la Belleza, en la Música, la nostalgia se apodera de nosotros, expectación y sentimiento de una gran Presencia. ¿Cómo se explica que aparte de los «místicos» y de sus analistas, la psicología haya podido menospreciar tanto esta vibración fundamental, cuyo timbre para un oído ejercitado llega a distinguirse en la base, aún mejor, en la cima de toda gran emoción? Resonancia en el Todo: he aquí la nota esencial de la Poesía pura y de la pura Religión. Nuevamente aún, ¿qué es lo que traduce este fenómeno que nació con el Pensamiento y que creció con él, sino el profundo acorde entre dos realidades que se atraen: la parcela aislada que tiembla con la proximidad del Resto?

Imaginamos a menudo haber agotado las diversas formas naturales del querer con el amor del hombre por la mujer, por sus hijos, por sus amigos y, hasta cierto punto, por su país. Ahora bien: precisamente en esa lista halla ausente la forma de pasión más fundamental: aquella que precipita el uno al otro bajo la presión de un Universo que se cierra a todos los elementos del Todo. La afinidad y, como consecuencia, el sentido cósmico.

El amor universal: no ya un algo psicológicamente posible, sino más aún, la única forma completa y última con que podemos amar.

Y ahora, una vez establecido este punto, ¿cómo nos será posible explicar que siempre y aun de una manera progresiva veamos crecer, de modo aparente y a nuestro alrededor, la repulsión y el odio? Si de verdad aquella tan poderosa virtualidad nos impele desde dentro hacia la unión, ¿qué es lo que espera para hacerse operante?

De una manera simple y sin lugar a dudas, lo que espera es que, después de vencer el complejo «antipersonalista» que nos paraliza, nos decidamos a aceptar la posibilidad, la realidad de algo Amante y Amable en la cima del Mundo, por encima de nuestras propias cabezas. En tanto que absorbe o parece absorber a la persona, lo Colectivo mata al amor que quisiera nacer. Como tal, lo colectivo es esencialmente no amable. Y he aquí por donde fracasan las filantropías. El sentido común tiene razón. Resulta imposible el entregarse al Número Anónimo. Y no obstante, que el Universo, por el contrario, tome para nosotros, hacia adelante, una cara y un corazón, que se personifique si así puede decirse: ya veremos entonces cómo las atracciones elementales encuentran su expansión dentro de la atmósfera creada por este hogar. Y es entonces, sin duda, cuando bajo la presión forzosa provocada por una Tierra que se encierra, estallarán las formidables energías atractivas todavía larvarias existentes entre las moléculas humanas.

Los descubrimientos realizados desde hace un siglo han aportado a nuestro sentido del Mundo, y a nuestro sentido de la Tierra y a nuestro sentido humano, un aliento nuevo y decisivo. De ahí la resurrección de los panteísmos modernos. Pero ‘este aliento no hará más que arrojarnos de nuevo en la supermateria si no es capaz de llevarnos hacia alguien.

Para que el fracaso que nos amenaza se convierta en éxito -para que se realice la conspiración de las mónadas humanas-, es necesario y suficiente, al prolongar nuestra Ciencia hasta sus límites últimos, que reconozcamos y aceptemos, como algo necesario para cerrar y equilibrar el Espacio-Tiempo, no sólo el hecho de alguna existencia vaga en el porvenir, sino todavía (y he de insistir sobre ello), la realidad y la irradiación, ya actuales, de este misterioso Centro de nuestros Centros que he llamado Omega.

 

 

3. LOS ATRIBUTOS DEL PUNTO OMEGA

El Pensamiento moderno, después de haberse dejado prender por exceso en los encantos del Análisis hasta caer en la pura ilusión, vuelve otra vez, y por fin, al hábito de tomar en consideración la función evolutivamente creadora de la Síntesis. Esta empieza ya a darse cuenta de que en la molécula existe decididamente algo más que en el átomo; en la célula, más que en la molécula; en lo social, más que en lo individual; en la construcción matemática, más que en los cálculos y teoremas… Algo verdaderamente irreductible a los elementos aislados emerge en cada grado ulterior de combinación hacia un orden nuevo, y esto tendemos hoy a admitirlo ya; y por este camino la conciencia, la vida y el pensamiento están, en la actualidad, muy cerca de adquirir su derecho de existencia científica. No importa que la Ciencia no llegue todavía a reconocer en este «Algo» un valor particular de independencia y de solidez: los «seres de síntesis» nacidos gracias a un increíble concurso de azares sobre un edificio todavía precariamente construido, no llegando a crear por su aparición misma ninguna sobrecarga de energía mensurable, ¿no llegan a ser, sin embargo, y de una manera experimental, la más bella, aunque también la más frágil de todas las cosas? ¿Y cómo podrían ellos mismos anticipar o aún sobrevivir a la reunión efímera de las parcelas sobre las que su alma viene a posarse? A fin de cuentas, y a pesar de una semiconversión a lo espiritual, la Física y la Biología se decantan todavía hacia el lado de lo elemental, hacia el sentido de la Materia infinitamente dispersa, para encontrar lo Eterno y el Gran Estable.

De acuerdo con este estado de espíritu, la idea de prepararse en la cumbre del Mundo, una especie de Alma de las almas, no es tan extraña como pudiera parecer a los puntos de vista de la razón humana. Después de todo, ¿existe para nuestro pensamiento alguna otra manera de generalizar el Principio de Emergencia? Pero al mismo tiempo esta Alma coincidente con una reunión extremadamente improbable de la totalidad de los elementos y de las causas no podría formarse, según queda entendido o subentendido, más que en un porvenir enormemente lejano y en dependencia total con las leyes reversibles de la Energía.

Pues bien: son estas dos restricciones (lejanía y fragilidad) incompatibles, según mi manera de sentir, con la naturaleza y la función de Omega, de las cuales, por dos razones positivas, una de ellas el Amor y la otra la Sobrevida, quisiera demostrar nuestra necesidad de desembarazarnos de una manera sucesiva.

Razón de Amor, en primer lugar. Expresada en términos de energía interna, la función cósmica de Omega consiste en esbozar y en mantener bajo su irradiación la unanimidad de las partículas reflexivas del mundo. Pero ¿cómo podría ejercer esta acción tan amante y tan amable si no fuera ya, de algún modo, desde ahora mismo? El Amor, decía yo, muere al contacto con lo Impersonal y lo Anónimo. De una manera igualmente infalible se degrada por su separación dentro del Espacio, y mucho más todavía con la diferencia en el Tiempo. Para amarse es necesario coexistir. Consiguientemente, por muy maravillosa que fuera su prevista figura, Omega no podría nunca ni tan sólo equilibrar el juego de las atracciones y de las repulsiones humanas, si no obrara en igualdad de potencia es decir, con la misma trama de la Proximidad. En Amor, como en cualquier otra forma de energía, las líneas de fuerza no pueden cerrarse en cada momento más que dentro de lo existente establecido. Centro ideal, Centro virtual: nada de todo esto puede ser suficiente. Para una Noosfera actual y real, un Centro también real y actual. El punto Omega, con el objeto de llegar a ser extremadamente atractivo, debe ya estar también supremamente presente.

Por razón de Sobrevida, sobre todo. Con el objeto de escapar a las amenazas de desaparición, inconciliables, según he dicho, con el mecanismo de una actividad reflexiva, el Hombre intenta reportar hacia una cuestión cada vez más amplia y permanente el principio colector de los resultados obtenidos en su operación: la Civilización, la Humanidad, el Espíritu de la Tierra. Una vez se siente agregado a estas entidades enormes de ritmo evolutivo increíblemente lento, tiene la impresión de haber escapado con ello a la acción destructora del Tiempo.

Pero con hacerlo así no hace más que retrasar el problema. Dado que, al fin y al cabo, por grande que sea el radio trazado en el interior del Tiempo y del Espacio, el círculo que se forma con él, ¿puede nunca abrazar otra cosa que no sea lo caduco? Por el mismo hecho de que nuestras construcciones se asientan con todo su peso sobre la tierra, con ello deberán también desaparecer. El vicio radical de todas las formas existentes de Fe en el Progreso, tal como se expresan dentro de los símbolos positivistas, es el de no eliminar de una manera definitiva a la Muerte. ¿De qué nos servirá el discernir a la cabeza de la Evolución un foco cualquiera, si este foco puede y debe algún día llegar a disgregarse?… El punto Omega, para satisfacer a las exigencias supremas de nuestra acción, debe ser independiente de la caída de las fuerzas con las cuales se teje la Evolución.

Actualidad, irreversibilidad.

Para nuestro espíritu, con el objeto de integrar en el esquema coherente de una Noogénesis a estas dos propiedades esenciales del Centro autónomo de todos los Centros, no existe otro medio que el de reemprender y el de completar el Principio de Emergencia. Está perfectamente claro a nuestra experiencia que la emergencia en curso de Evolución no se realiza más que de una manera sucesiva y en mecánica dependencia de todo cuanto la antecede. En primer lugar, los elementos que se van agrupando; después, el «alma» que se manifiesta y cuya operación no se traduce, desde el punto de vista energético, más que por un enrollamiento cada vez más completo y sublimado de las fuerzas que transmiten las cadenas de elementos. Lo Radial en función de lo Tangencial. La pirámide cuyo ápice se sostiene por la base… He aquí lo que se nos aparece a lo largo del camino. Y he aquí también la manera como, al término del proceso, el mismo Omega se nos descubre en la misma medida con que culminan en él los movimientos de síntesis. De todos modos, tengamos muy presente que bajo el aspecto de esta su cara evolutiva no muestra más que la mitad de sí mismo. Ultimo término de la serie, es al mismo tiempo algo fuera de serie. Ya no sólo corona, sino que cierra. Si ello no fuera así, en contradicción evidente y orgánica con toda la operación la suma decaería en sí misma. Una vez que después de haber rebasado el nivel del elemento, hablamos del Polo consciente del Mundo, no nos basta decir que este polo emerge de la ascensión de las conciencias hay que añadir que él mismo se halla ya simultáneamente emergido por encima de esta génesis. Sin ello no podría ni subyugar por el Amor ni fijar por la incorruptibilidad. Si por su misma naturaleza no pudiera escapar al Tiempo y al Espacio ya no sería Omega.

Autonomía, actualidad, irreversibilidad, y, finalmente, pues, trascendencia: he aquí los cuatro atributos de Omega.

De esta manera llega a completarse el esquema que habíamos dejado sólo esbozado cuando intentábamos al principio de esta obra integrar en él la energética compleja de nuestro Universo.

Antes que nada, el principio que necesitábamos hallar para una explicación, ya sea de la marcha constante de las cosas hacia un consciente cada vez mayor, ya sea la solidez paradójica de lo más frágil, lo poseemos ya: es Omega. Contrariamente a lo que presentan las apariencias todavía admitidas por la Física, el Gran Estable no se halla situado por debajo -en lo infraelemental-, sino por encima, en lo ultrasintético. Así, pues, el Mundo va disipándose azarosamente en Materia únicamente a través de su envoltura tangencial. Por medio de su núcleo de radial, encuentra, por el contrario, figura y consistencia naturales gravitando a contracorriente de lo probable, hacia un foco divino de Espíritu que le atrae hacia adelante.

Algo, pues, en el Cosmos, escapa a la Entropía, y se escapa de ella cada vez más.

Durante enormes lapsos en el curso de la Evolución, el radial, oscuramente agitado mediante la acción del Primer Motor hacia adelante, no pudo llegar a expresarse más que en la consciencia animal a través de agrupaciones difusas. En este estadio, a falta de poder fijarse por encima de sí mismo a un soporte cuyo orden de simplicidad rebasara la suya propia, los núcleos se deshacían ya apenas formados. Por el contrario, en cuanto pudo aparecer por Reflexión un tipo de unidad, no ya más cerrado o incluso centrado, sino puntiforme, entró en juego inmediatamente la sublime Física de los centros. Constituidos en centros, y, por tanto, en personas, los elementos pudieron finalmente reaccionar de una manera directa como tales a la acción personalizadora del Centro de centros. El hecho de atravesar la superficie crítica de hominización representa en realidad, para la Conciencia, pasar de lo divergente a lo convergente; es decir, a cambiar de alguna manera de hemisferio y de polo. Más hacia acá de esta línea crítica «ecuatorial» nos hallamos con la recaída en lo múltiple. Más allá, la caída en la unificación creciente, irreversible en sí misma. De manera aparente, el Hombre se corrompe exactamente igual como lo hace un animal. Y no obstante, aquí y allá hallamos una función inversa del fenómeno. Por medio de la muerte, en el animal, lo radial se reabsorbe en lo tangencial. En el Hombre, por el contrario, escapa y se libera de él. Es decir, la evasión fuera de la Entropía por el giro hacia Omega. ¡La muerte misma, hominizada!

Es así como, a partir de los granos de Pensamiento que forman los verdaderos e indestructibles átomos de su trama, el Universo -un Universo perfectamente definido por su resultante- va construyéndose por encima de nosotros en el sentido inverso de una Materia que se desvanece.

Universo colector y conservador; es decir, no ya como lo pensábamos, la Energía mecánica, sino las Personas. Una tras otra, «las almas» se desprenden como un efluvio continuo, llevándose hacia arriba su carga intransferible de conciencia. De una a otra, y, no obstante, nada de aislamiento. Y ello porque cada una de ellas no podría existir, dada la naturaleza misma de Omega, más que en un solo punto posible de emersión definitiva: aquel por el que, bajo la acción sintetizadora de la unión que personaliza, al enrollar ellos mismos a sus elementos al propio tiempo que ella misma se enrolla, la Noosfera alcanzará colectivamente su punto de convergencia en el «Fin del Mundo».

 

 

 

 

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