Teilhard de Chardín – “EL FENÓMENO HUMANO” – Parte X – La salida colectiva

INDICE DE POST DEL FENOMENO HUMANO- Teilhard de Chardin 

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EL FENÓMENO HUMANO

Teilhard De Chardin

-PARTE X-

 

IV.- LA SOBREVIDA

Cap. I. LA SALIDA COLECTIVA

1. La Confluencia del Pensamiento  

A) Coalescencia forzosa 

a) Coalescencia de elementos 

b) Coalescencia de ramas 

B) Megasíntesis 

2. El Espíritu de la Tierra  

A) Humanidad 

B) Ciencia 

C) Unanimidad 

 

IV.- LA SOBREVIDA

 

CAPÍTULO I

LA SALIDA COLECTIVA

 

OBSERVACIÓN PRELIMINAR

Un callejón sin salida hay que evitar: el Aislamiento.

Cuando el Hombre ha reconocido que lleva dentro de sí la fortuna del Mundo y ha decidido que tenía ante sí un porvenir sin límites dentro del cual no podía anularse, un primer reflejo le ha llevado a menudo hacia el peligro de buscar su realización total bajo el esfuerzo de un aislamiento.

En un primer caso, peligrosamente favorable a nuestro egoísmo privado, un cierto instinto nativo, justificado por la reflexión, nos inclina a juzgar que nos es necesario separarnos lo más posible de la muchedumbre de los demás, con el objeto de dar a nuestro ser su total plenitud. Esta «meta de nosotros mismos», que tenemos que alcanzar, ¿no se hallará en la separación o por lo menos en el esclavizar a todos los demás a nosotros mismos? Según nos enseña el Pasado, el elemento, parcialmente liberado de las servidumbres filéticas, ha empezado a vivir para sí. ¿No sería, pues, por esta línea cada vez más avanzada hacia nuestra emancipación, por donde es necesario que sigamos ahora? Hacerse más solo para ser más. Semejante en este caso a una determinada sustancia radiante, la Humanidad culminaría en una polvareda de partículas activas y disociadas. No ya, sin duda, la gavilla de chispas extinguiéndose en la noche: esto sería precisamente aquella Muerte total cuya hipótesis acabamos de eliminar definitivamente por medio de nuestra opción fundamental. Por el contrario, la esperanza de que a la larga algunos radios más penetrantes o más afortunados llegarán al hallazgo del camino buscado desde siempre por la Conciencia hacia su consumación. Una concentración por medio de la descentración con respecto al resto. Solitarios y a fuerza de soledad, los elementos salvables de la Noosfera hallarían su salvación en el límite superior, y por exceso, de su individualización.

Y no obstante sabemos que resulta raro que, a nuestro alrededor, el individualismo a ultranza pueda rebasar la filosofía de una felicidad inmediata y sienta la necesidad de conciliarse con las profundas exigencias de la Acción.

Por el contrario, otra doctrina de «progreso por aislamiento», menos teórica y menos extremada, aunque también más insidiosa, está fascinando en estos momentos a grandes fracciones de la Humanidad: la de la selección y elección de las Razas. Adulador a través de un egoísmo colectivo, más vivo, más noble y más sensible aún que cualquier amor propio particular, el Racismo tiene a su favor el hecho de aceptar y de prolongar de una manera rigurosa, tales como son en sus perspectivas, las líneas del Árbol de la Vida. ¿Qué es lo que nos muestra efectivamente la Historia del Mundo animado sino una sucesión de abanicos que van surgiendo, uno tras otro, el uno por encima del otro, gracias al éxito y al dominio de un grupo privilegiado? ¿por qué escaparíamos nosotros a esta ley general? Así, pues, todavía e incluso entre nosotros mismos, la lucha por la Vida, la supervivencia del más apto. Es decir, una razón de fuerza. El Superhombre debe germinar así, como otro tallo cualquiera, a partir de un solo brote de Humanidad.

Aislamiento del individuo o aislamiento de un grupo. Dos formas distintas de una misma táctica, cada una de las cuales puede, a primera vista, presentarse como legítima gracias a una extrapolación verosímil de los métodos empleados por la Vida en su desarrollo hasta nosotros mismos.

Lo que va a seguir nos mostrará en qué consiste el atractivo -o la personalidad- de estas teorías cínicas y brutales, en las cuales puede existir a menudo una noble pasión; y al mismo tiempo el por qué no podemos impedirnos a nosotros mismos de protestar a veces hasta el fondo de nuestro ser ante una u otra de estas llamadas a la violencia. Deformación sutil de una gran verdad…

Lo que importa, por el contrario, es que nos demos cuenta de que tanto la una como la otra se engañan y nos engañan en la medida en que al menospreciar un fenómeno tan esencial como es «la confluencia natural de todos los granos del Pensamiento», ocultan y desfiguran ante nuestros propios ojos los perfiles verdaderos de la Noosfera, y hacen biológicamente imposible la formación de un verdadero Espíritu de la Tierra.

 

 

 

1. LA CONFLUENCIA DEL PENSAMIENTO

A) COALESCENCIA FORZOSA

 

a) Coalescencia de elementos

De manera natural y en todos los grados de complicación, los elementos del Mundo presentan la potencialidad de influirse y de invadirse mutuamente por su Interior de manera que lleguen a convertir en haces sus «energías radiales». Esta interpenetrabilidad psíquica, sólo conjeturable en los átomos y en las moléculas, va creciendo y se hace ya directamente perceptible en los seres organizados. Finalmente, en el Hombre, en el que los efectos de conciencia alcanzan su máximo actual, se convierte en extrema por todas partes: se lee por todas partes en el Fenómeno Social, y lo sentimos desde luego directamente en nosotros mismos. Al mismo tiempo, sin embargo, y aun en este caso, esta interpenetrabilidad no opera más que en virtud de las «energías tangenciales» de ordenación, y consiguientemente bajo determinadas condiciones de acercamiento espacial.

Aquí interviene ahora un hecho de apariencia vital, pero en el que se transparenta en realidad uno de los rasgos más fundamentales de la estructura cósmica: la redondez de la Tierra. La Limitación geométrica de un Astro cerrado sobre sí mismo, a la manera de una molécula gigantesca… Este carácter se nos había ya aparecido como necesario en el origen de las primeras síntesis y polimerizaciones realizadas en la Tierra juvenil. De una manera implícita, sin que tuviéramos necesidad de indicarlo, fue este mismo carácter el que de forma constante acompañó a la sobretensión de todas las diferenciaciones y de todos los progresos de la Biosfera. Pero ¡qué decir aún de su función en el seno de la Noosfera!

Si por un imposible hubiera estado libre para espaciarse y distenderse de una manera indefinida por encima de una superficie sin fronteras, es decir, abandonada sólo al juego de sus afinidades internas, ¿qué hubiera sido de la Humanidad? Pues algo inimaginable, algo muy diferente. a buen seguro, de lo que es el Mundo moderno, y aun quizá absolutamente nada si juzgamos de la importancia suprema que adquirieron las fuerzas de comprensión de acuerdo con sus propios desarrollos.

En el origen y durante muchos siglos, nada impidió de manera sensible la expansión de las oleadas humanas sobre la superficie del Globo, y seguramente que es esto mismo una de las razones que explican la lentitud de su evolución social. Y luego, a partir del Neolítico, según hemos visto ya, estas oleadas empezaron a refluir sobre sí mismas. Dado que el espacio libre estaba ya ocupado, fue realmente necesario a los ocupantes estrecharse más y más. Y es así como de etapa en etapa, bajo el simple efecto multiplicador de las generaciones, llegamos a la presente situación, en la que constituimos un conjunto, una masa casi sólida de sustancia hominizada.

Ahora bien, a medida que, bajo el efecto de esta presión, y gracias a su permeabilidad psíquica, los elementos humanos van entrando más y más los unos en los otros, su espíritu (misteriosa coincidencia…) iba calentándose por su apretujamiento. Y como si se dilataran sobre sí mismos, iban extendiendo poco a poco cada uno de ellos el radio de su zona de influencia sobre una Tierra que por este mismo hecho se iba encontrando cada vez más empequeñecida. ¿Qué es lo que vemos, en efecto, producirse, en este paroxismo moderno? Ya lo hemos señalado varias veces. Gracias al descubrimiento reciente del ferrocarril, del automóvil y del avión, la influencia física del hombre, reducida antes a algunos kilómetros, se extiende actualmente a centenares de leguas. Y aún más: gracias al prodigioso acontecimiento biológico que representa el descubrimiento de las ondas electromagnéticas, cada individuo se encuentra actualmente (activa y pasivamente) presente de manera simultánea en la totalidad de los mares y de los continentes, coextensivo, por tanto, a toda la Tierra.

Así, pues, la Humanidad, no sólo por el aumento incesante del número de sus miembros, sino por el aumento continuo de su área de actividad individual, sujeta como está a su desarrollo en superficie cerrada, se halla inevitablemente sometida a una formidable presión, presión incesantemente aumentada por su mismo juego, y ello porque cada nuevo grado de presión en el apretujamiento colectivo no tiene otro efecto que el de exaltar un poco más la expansión de cada elemento.

He aquí, pues, un primer hecho que debemos tener en cuenta, pues de lo contrario no haríamos más que viciar nuestras anticipadas representaciones de un Futuro del Mundo.

De una manera innegable, y fuera de toda hipótesis, el juego externo de las fuerzas cósmicas, combinado con la naturaleza eminentemente coalescente de nuestras almas pensantes, labora en el sentido de una enérgica concentración de las conciencias un efecto tan poderoso, que llega incluso a replegar sobre sí -y es lo que nos queda por ver- las construcciones mismas de la Filogénesis. 

 

b) Coalescencia de ramas

Por dos veces ya, una de ellas al construir la teoría y después al describir las fases históricas de la Antropogénesis, he señalado la curiosa propiedad, especial para las líneas humanas, de entrar en contacto entre ellas y de mezclarse, principalmente, por la envoltura de su psiquismo y de sus instituciones sociales. Llegó ahora el momento de observar el fenómeno en toda su generalidad y de descubrir su significación última.

Lo que en el primer momento intriga al naturalista cuando intenta ver a los Homínidas, no ya solamente en sí mismo (tal como lo hacen ordinariamente los antropólogos), sino en comparación con las demás formas animales, es la extraordinaria elasticidad de su grupo zoológico. En su aspecto visible, el Hombre, la diferenciación anatómica de un tipo primitivo va siguiendo su curso como es normal en la evolución de todos los grupos. Se producen mutaciones gracias a los efectos genéticos. Se dibujan razas y variedades gracias a las influencias climáticas y geográficas. Desde un punto de vista somático, se nos presenta el «abanico» perfectamente reconocible y siempre en formación. Pero, y he aquí el hecho verdaderamente notable, las ramas divergentes ya no consiguen separarse entre ellas. En unas condiciones de escalonamiento, en las que cualquier otro phylum inicial se hubiera ya desde hace mucho tiempo disociado en especies distintas, el phylum humano se expansiona todo él, completamente, como una hoja gigantesca en la que las nerviaciones, por muy claras que sean, se mantienen siempre unidas dentro de un tejido común. Indefinida interfecundación en todos los grados. Intercambia de genes. Anastomosis de las razas en civilizaciones y en cuerpos políticos… La Humanidad, considerada zoológicamente, presenta el espectáculo único de una «especie» capaz de realizar por sí sola todo cuanto fracasó en cualquier otra especie anterior: ya no sólo un ser cosmopolita, sino algo que cubre a la Tierra, y sin romperse, de una misma membrana organizada.

¿A qué debemos atribuir esta condición extraña, sino a la reversión o incluso, de manera más exacta, al radical perfeccionamiento de las tendencias de la Vida, gracias a la actuación de un poderoso instrumento de evolución sólo aquí y finalmente posible?: la coalescencia sobre sí mismo de un phylum en su todo.

En la base, en el origen de este acontecimiento, todavía los estrechos límites de la Tierra sobre la que se encorvan y se aproximan, por su mismo empuje de crecimiento, como los tallos tupidos de una hiedra, las ramas vivientes. Sin embargo, este contacto exterior había sido, y así habría continuado siempre, insuficiente para llegar hasta una conjunción sin el nuevo vínculo conferido a la Biota humana con el nacimiento de la Reflexión. Hasta el Hombre, todo lo más que pudo realizar la Vida, en materia de asociación, fue el reunir socialmente sobre sí mismas, una a una, las extremidades más finas de un mismo phylum. Agrupaciones esencialmente mecánicas y familiares realizadas bajo el signo puramente «funcional» de construcción, de defensa o de propagación. La colonia, la colmena, el hormiguero, todos ellos organismos con un poder de acercamiento limitado a los productos de una misma madre. A partir del Hombre, y gracias al soporte o cuadro universales proporcionados por el Pensamiento, se ha dado una libre expansión a las fuerzas de confluencia. Por sí mismas las ramas de un mismo grupo llegan a confluir en el seno de este nuevo medio. O mejor dicho aún estas ramas se sueldan ya antes de haber acabado de separarse.

De esta manera, en el curso de la filogenia humana, la diferenciación de los grupos se halla hasta cierto punto conservada; es decir, en la medida en que, al crear por tanteos los tipos nuevos, ella representa ser una condición biológica, de descubrimiento y de enriquecimiento. Pero, además (o al mismo tiempo), tal como sucede en una esfera cuyos meridianos no salen separándose de un polo más que para volverse a unir en el polo opuesto, esta divergencia cede su lugar y se subordina a un movimiento de convergencia mediante el cual las razas, pueblos y naciones se consolidan y se totalizan gracias a una mutua fecundación.

Antropológica, étnica, social y moralmente, nada se comprendería respecto del Hombre, y no podría hacerse ninguna previsión valedera por lo que respecta a sus estadios futuros, mientras no se llegara a ver que en su caso particular la «ramificación» (mientras ella está subsistiendo) no opera más que con una finalidad determinada y bajo unas formas superiores de aglomeración y de convergencia. Formación de verticilos, selección, lucha por la vida; aquí, en el caso del Hombre, meras funciones secundarias, ahora supeditadas a una labor de cohesión. El enrollamiento sobre sí mismo de un haz de especies virtuales alrededor de la superficie de la Tierra. Es decir, una completa nueva forma de Filogénesis. Es lo que he llamado la «planetización humana».

 

«Earth Spirit», por Cristina McAllister.

 

B) MEGASÍNTESIS

Coalescencia de elementos y coalescencia de ramas. Esfericidad geométrica de la Tierra y curvatura del Espíritu, armonizándose ambas para compensar en el Mundo las potencias individuales y colectivas de Dispersión y sustituirlas por la Unificación: he aquí finalmente todo el secreto y todo el resorte de la Hominización.

Pero ¿por qué y para qué esta Unificación en el Mundo?

Con el objeto de formular la respuesta a esta pregunta, sólo se necesita acercar entre sí las dos ecuaciones que se han ido gradualmente estableciendo ante nosotros a partir de aquel primer momento en que intentamos situar el Fenómeno humano en el Mundo.

Evolución = ascensión de consciencia. Ascensión de consciencia = efecto de unión.

El acercamiento general hacia el que, gracias a las acciones conjugadas del Exterior y del Interior de la Tierra, se halla comprometida en este momento la totalidad de las potencias y de las unidades pensantes, el acercamiento en bloque de una Humanidad cuyos fragmentos se sueldan y se interpretan ante nuestros ojos, a despecho y en la misma proporción de los esfuerzos que realizan para separarse, todo esto toma una figura inteligible hasta su fondo en el mismo momento en que percibimos en este fenómeno la culminación natural en un proceso cósmico de organización que nunca varió desde las remotas edades de la juventud de la Tierra.

En primer lugar, las moléculas carbonadas, con sus millares de átomos agrupados simétricamente. Después, la célula, en la que, bajo un mínimo volumen, millares de moléculas van montándose sobre un sistema de engranajes figurados. Después, el Metazoo, en el que la célula no es casi más que un elemento infinitesimal. Más allá todavía, como en forma de islotes, las multiformes tentativas llevadas a cabo por los Metazoos para entrar en simbiosis y elevarse con ello hacia un estado biológico superior.

Y ahora, como si fuera un germen de dimensiones planetarias, la capa pensante, que sobre toda su extensión desarrolla y estructura sus fibras, no precisamente para confundirlas y neutralizarlas, sino para reforzarlas, hacia la unidad viviente de una sola trama…

De un modo positivo, no veo otra manera coherente, y por tanto científica, de agrupar esta inmensa sucesión de hechos que la de interpretar en el sentido de una gigantesca operación psicobiológica -como una especie de megasintesis- esta «superordenación», hacia la que se hallan hoy individual y colectivamente sometidos todos los elementos pensantes de la Tierra.

Megasíntesis en lo Tangencial. Y, como consecuencia, un salto hacia adelante de las energías Radiales, siguiendo el eje principal de la Evolución. Siempre una mayor Complejidad y, por tanto, también una mayor Conciencia.

Pero si esto es realmente lo que acontece, ¿qué más necesitamos para reconocer el error vital que se esconde en el fondo de toda doctrina de aislamiento?

Falso y contra natura, el ideal egocéntrico de un futuro reservado solamente a quienes hayan sabido egoísticamente llegar al extremo del «cada uno para sí». Ningún elemento sería capaz de moverse ni de acrecentarse más que con la concurrencia y la unión con él de todos los demás.

Falso y contra natura, el ideal racista de una sola rama que acapara para sí sola toda la savia del Árbol y que se eleva sobre la muerte de todas las otras ramas. Hace falta nada menos que el crecimiento combinado del ramaje entero si se quiere llegar hasta el Sol.

La Salida del Mundo, las puertas del Futuro, la entrada hacia lo Superhumano, no se abren hacia adelante ni a unos privilegiados, ni a un solo pueblo elegido entre todos los pueblos! No cederán, más que al empuje de todos en conjunto, en una dirección en la que todos, también en conjunto, puedan reunirse y totalizarse dentro de una renovación espiritual de la Tierra, renovación cuyos aspectos .nos compete ahora precisar, así como meditar sobre su grado físico de realidad.

 

2. EL ESPÍRITU DE LA TIERRA

A) HUMANIDAD

Humanidad. He aquí la primera figura bajo la cual el Hombre, en el mismo instante en que despertaba a la idea de Progreso, tuvo que intentar la conciliación entre las perspectivas de su inevitable muerte individual con las esperanzas de un futuro de las que no podía ya prescindir. Humanidad: una entidad al principio vaga, más sentida que razonada, en la que se aliaba con un deseo de fraternidad universal un oscuro sentido de crecimiento permanente. Humanidad: objeto de una fe a menudo ingenua, peno cuya magia, más fuerte aún que todas las vicisitudes y todas las críticas, continúa actuando con la misma fuerza de seducción, tanto sobre el alma de las masas humanas actuales como sobre los cerebros de la «intelligenzia». Ya sea participando en su culto, ya sea ridiculizándolo, ¿quién puede aún hoy escapar a la agitación o incluso a la empresa de una idea de Humanidad?

Bajo la mirada de los «profetas» del siglo XVIII, el Mundo no presentaba en realidad más que un conjunto de ligazones confusas y laxas. Era necesario, verdaderamente, en aquel entonces el  poder de adivinación de un creyente para sentir el pálpito del corazón de esta especie de embrión. Ahora bien: al cabo de menos de doscientos años, henos aquí, casi sin damos cuenta, encaminados hacia la realidad, por lo menos material, de aquello que esperaban nuestros padres. Alrededor de nosotros y en el espacio de algunas generaciones se han anudado toda clase de nexos económicos y culturales, que van multiplicándose en progresión geométrica. Actualmente, además del pan, que simbolizaba con su simplicidad el alimento de un Neolítico, cualquier hombre exige cada día su ración de hierro. de cobre, de algodón; su ración de electricidad; de petróleo y de radio; su ración de descubrimientos, de cine y de noticias internacionales. Ya no es un simple campo, por grande que sea, es la Tierra entera la que se ve requerida para alimentarnos a cada uno de nosotros. Si de verdad las palabras tienen un sentido, lo que está naciendo con sus extremidades, un sistema nervioso, sus centros de percepción, su memoria, ¿no es como un gran cuerpo, es decir, el cuerpo mismo del gran Algo que debía llegar con el objeto de colmar las aspiraciones suscitadas por la conciencia en el ser reflexivo, conciencia adquirida recientemente de ser solidario y responsable de un Todo en evolución?

De hecho, nuestro pensamiento se halla impulsado, por la misma lógica de nuestro esfuerzo para coordinar y organizar las líneas del Mundo, a unas perspectivas que recuerdan la intuición genial de los primeros filántropos, mediante la eliminación de las herejías individualistas y racistas. Sin su asociación con los demás no puede existir, para el Hombre, ninguna clase de porvenir evolutivo. Ya lo entrevieron los soñadores de antaño. Y en un determinado sentido estamos viendo lo mismo que ellos vieron. Sin embargo, y por el hecho de estar «montados sobre sus espaldas», existe algo que podemos descubrir mejor que ellos: son las raíces cósmicas, así como la trama física particular, y finalmente la naturaleza específica de esta Humanidad que ellos no pudieron sino presentir, y que nosotros, sólo cerrando los ojos, seríamos incapaces de ver.

 

Raíces cósmicas.-

Para los que fueron humanitarios del primer momento, el Hombre, al reunirse con sus semejantes, no hacía más que obedecer a un precepto natural, cuyos orígenes no se preocupó apenas por analizar, y como consecuencia, medir la gravedad de los mismos. En aquellos tiempos, ¿no se trataba a la Naturaleza como si fuera un Personaje o como si constituyera una Metáfora poética? Quizá aquello que la Naturaleza exigía de nosotros en tal o cual momento, era ella la que lo había decidido ayer mismo, o quizá ya no lo quisiera mañana. Para nosotros, mucho más al corriente de las dimensiones y de las exigencias estructurales del Mundo, las fuerzas que, concurriendo desde el exterior o surgiendo del interior, nos comprimen cada día más a unos contra otros, pierden ya cualquiera apariencia de arbitrariedad y cualquier peligro de inestabilidad.

La Humanidad, frágil, si no ficticia construcción, durante el largo tiempo en que no pudo encontrar, para encuadrarse en él, más que un Cosmos limitado, plural y disociado, encuentra, por el contrario, consistencia, y se hace, al mismo tiempo, verosímil desde el momento en que, al ser traspuestas dentro de un Espacio-tiempo biológico, aparece como una prolongación, dentro de su propia figura, de las líneas mismas del Universo, dentro de otras realidades precisamente tan amplias como aquellas.

 

Trama física.-

A menos que no esté absurdamente materializada por ellos mismos la Humanidad, para un buen número de nuestros contemporáneos, continúa siendo una cosa irreal. Según unos, no sería más que una realidad abstracta o un vocablo convencional. Para los demás, se ha constituido en una agrupación densamente orgánica, en la que lo social se transcribe de manera literal en términos de Fisiología y de Anatomía. Idea general, entidad jurídica o bien animal gigantesco… Acá y acullá, la misma impotencia, ya por defecto, ya por exceso, para llegar a pensar de una manera correcta estos conjuntos humanos. El único medio de salir de este callejón sin salida, ¿no sería introducir de manera resuelta en nuestros esquemas individuales, a la manera de un superindividual, una nueva categoría? Después de todo, ¿por qué no? La Geometría hubiera quedado estacionaria si, construida, en primer lugar, sobre las magnitudes racionales, no hubiera acabado por aceptar, tan acabados e inteligibles como un número entero, los valores e, p, o cualquier otro valor inconmensurable. El Cálculo nunca hubiera llegado a resolver los problemas planteados por la Física moderna si no se hubiera elevado constantemente hacia la concepción de nuevas funciones. Por idénticas razones, la Biología no podría generalizarse a las dimensiones de la Vida entera sin la introducción dentro de la escala de valores que hasta ahora había tratado, de unos determinados estadios del ser vivo que la común experiencia había podido ignorar hasta entonces, y aun precisamente el de lo Colectivo. Sí, en la actualidad, al lado y además de las realidades individuales, las realidades colectivas, irreductibles al elemento y, no obstante, tan objetivas, a su manera, como él. ¿No me he visto yo mismo obligado a hablar así para traducir a conceptos los movimientos de la Vida?

 

Phyla, capas, ramas, etc.

Para el ojo acostumbrado a las perspectivas de la Evolución, estas agrupaciones dirigidas se convierten forzosamente en objetos tan claros, tan reales físicamente como no importa qué otra clase de objeto aislado. Y es precisamente dentro de esta clase de magnitudes particulares donde la Humanidad puede hallar su sitio de una manera natural. Para que llegue a ser representable basta que, por medio de un reajuste o de una elevación mental, podamos alcanzar a pensarla directamente, tal como es en realidad, sin intentar conducirla de nuevo hacia algo, sea lo que fuere, más simple y que ya conocíamos antes.

Naturaleza específica para terminar. Aquí volvemos a encontrarnos el problema en el mismo punto al que nos había previamente conducido el hecho, debidamente verificado ya, de la confluencia del pensamiento humano. La Humanidad, pues, realidad colectiva y, por consiguiente, sui géneris, no puede ser comprendida más que en la medida en que, rebasando su mismo cuerpo de construcciones tangibles, lleguemos a determinar el tipo particular de síntesis consciente que emerge de su concentración laboriosa e industriosa. De una manera última, no puede ser definida más que como un Espíritu.

Ahora bien: a partir de este punto de vista, y en el estado actual de las cosas, podemos intentar de dos maneras, o por diferentes grados, imaginar la forma que puede llegar a tomar en el futuro. Ya sea -y esto es más simple- como un poder o un acto común de conocer y de actuar. Ya sea -y ello penetra más profundamente- como una superagregación orgánica de las almas. Ciencia o Unanimidad.

 

 

B) CIENCIA

Considerada en el más completo y moderno sentido, la Ciencia es la hermana gemela de la Humanidad. Nacidas a la vez, ambas ideas (o ambos sueños) crecieron conjuntamente, hasta alcanzar un valor casi religioso en el curso del siglo último. Ambas conocieron después las mismas desgracias. Lo que no les impide, de ningún modo, apoyadas una con otra, representar, siempre y más que nunca, las fuerzas ideales sobre las cuales insiste nuestra imaginación cada vez que intenta materializar, bajo una forma terrestre, sus razones para crear y esperar.

El porvenir de la Ciencia… En una primera aproximación, se perfila éste en el horizonte como el establecimiento de una perspectiva total y enteramente coherente del Universo. Hubo un tiempo en que el único papel que se suponía representaba el conocimiento era el de iluminar, para nuestra alegría especulativa, los objetos ya totalmente hechos, ya totalmente establecidos a nuestro alrededor. Hoy, gracias a una filosofía que viene a dar un sentido y una consagración a nuestra sed de pensarlo todo, entrevemos que la inconsciencia es una especie de inferioridad o de mal ontológicos, dado que el Mundo no puede totalizarse más que en la medida en que él mismo se expresa a partir de una percepción sistemática y reflexionada. Incluso (para no decir sobre todo) en las Matemáticas, el hecho de «hallar», ¿no significa hacer surgir un nuevo ser? Desde este punto de vista, el Descubrimiento y la Síntesis intelectuales no son ya sólo especulación, sino creación. Desde entonces, cualquier consumación física de las cosas se halla aliada a la percepción explícita de las mismas. Y desde entonces también tienen razón, por lo menos en parte, aquellos que sitúan la coronación de la Evolución en un acto supremo de visión colectiva obtenido por un esfuerzo panhumano de investigación y de construcción.

 

Saber para saber.-

Pero también, y aún quizás más aún, saber para poder.

La Ciencia, desde su nacimiento, ha crecido, sobre todo, bajo la excitación de algún problema vital que resolver, y sus teorías más sublimes habrían flotado siempre, sin raíces, por encima del Pensamiento humano si no se hubiera movido inmediatamente para incorporarse a fin de dominar al Dundo de alguna manera.

Por este hecho, la marcha de la Humanidad, al prolongar la de todas las demás formas animadas, se desarrolla indudablemente en el sentido de una conquista de la Materia puesta al servicio del Espíritu. Poder más para actuar más. Pero finalmente, y por encima de todo, actuar más para llegar a ser más.

Antaño, los precursores de nuestros químicos se afanaban por hallar la piedra filosofal. Hoy, nuestra ambición es mucho mayor. No ya fabricar oro, sino la Vida. ¿Y quién osaría afirmar ahora, después de ver lo que acontece desde hace cincuenta años, que se trata de un simple espejismo?… Gracias al conocimiento de las hormonas, ¿no estamos ya en vísperas de meter mano en el desarrollo de nuestro propio cuerpo, e incluso en el mismo cerebro? Gracias al descubrimiento de los genes, ¿no vamos pronto a controlar el mecanismo mismo de las herencias orgánicas? Y gracias a la síntesis inminente de los albuminoides, ¿no vamos a ser capaces un día de provocar aquello que la Tierra, abandonada hoy a sí misma, no parece poder ya realizar: una nueva oleada de organismos, una Neovida construida artificialmente?. En verdad, por muy inmenso y prolongado que haya sido desde los orígenes el tanteo universal, muchas fueron las combinaciones posibles que pudieron escapar al juego del azar y que estuvieron destinadas a aparecer por medio de las calculadas acciones del Hombre. El pensamiento perfeccionado artificialmente, el órgano mismo de su pensar. La Vida rebotando hacia adelante, bajo el efecto colectivo de su propia Reflexión… Sí; el sueño del que se nutre la Investigación humana no es otro, en el fondo, que el de dominar hasta más allá de las afinidades atómicas o moleculares, la Energía de fondo, de quien todas las demás no son más que sirvientes: tomar, reunidos todos, el timón del Mundo al poner nuestras manos sobre el mismo Resorte de la Evolución.

A todos cuantos tienen la valentía de considerar que sus esperanzas llegan hasta aquí, les diré que son los más hombres de entre los hombres y, además, que existe mucha menos diferencia de lo que parece entre Investigación y Adoración. Pero es necesario que tengan muy en cuenta el punto siguiente, cuya consideración va a encaminarnos, gradualmente, hacia unas formas aún más completas de conquista y de adoración. Por muy lejos que la Ciencia pueda empujar a su descubrimiento del Fuego Esencial, por capaz que sea un día de modelar de nuevo y de perfeccionar al elemento humano, siempre se encontrará al final encarada hacia el mismo problema: ¿cómo podremos dar a todos y a cada uno de estos elementos su valor último al agruparlos en la unidad de un Todo Organizado?

 

 

C) UNANIMIDAD

Megasíntesis, dijimos anteriormente. Cuando se la aplica al conjunto de todos los humanos, y apoyándonos sobre una mejor inteligencia de lo Colectivo, creo que esta palabra debe ser comprendida sin ninguna clase de atenuante ni de metáfora. El Universo es necesariamente magnitud homogénea en su misma naturaleza y en sus dimensiones. Ahora bien: ¿lo seguiría siendo aún si las vueltas de su espiral perdieran en algo su grado de realidad, de su consistencia, al ascender siempre más alto? Suprafísica y no infrafisica: eso, y sólo eso, debe ser, si ha de permanecer coherente con el resto, la Cosa todavía innominada que debe hacer aparezca en el Mundo la gradual combinación de los individuos, de los pueblos y de las razas. La Realidad, la Realidad misma, constituida por la reunión viva de las partículas reflexivas, existe y debe ser considerada como más profunda que el Acto común por el cual la expresamos, más importante que la Potencia común de acción, de la cual emerge por una especie de autoconocimiento.

Ello equivale a decir (cosa muy verosímil) que la Trama del Universo, al hacerse pensante, no terminó aún su ciclo evolutivo, y que, por consiguiente, estamos avanzando hacia adelante, en la dirección de algún nuevo punto crítico. La Biosfera, a pesar de sus relaciones orgánicas, cuya existencia se nos ha revelado por todas partes, no forma aún sino un conjunto de líneas divergentes y libres por sus extremos. Bajo los efectos de la Reflexión y de los repliegues que ésta comporta, las cadenas se cierran y la Noosfera tiende a constituirse en un sistema cerrado, en el cual cada elemento, por sí mismo, ve, desea y sufre las mismas cosas que todos los demás simultáneamente.

Una colectividad armonizada de conciencias, que equivale a una especie de superconciencia. La Tierra cubriéndose no sólo de granos de pensamiento, contándose por miríadas, sino envolviéndose de una sola envoltura pensante hasta no formar precisamente más que un solo y amplio Grano de Pensamiento, a escala sideral. La pluralidad de las reflexiones individuales agrupándose y reforzándose en el acto de una sola Reflexión unánime.

Esta es la figura general bajo la cual, por analogía y por simetría con el Pasado, nos sentimos conducidos de manera científica para representarnos en el futuro de esta Humanidad, y fuera de la cual no se abre ninguna salida a las exigencias terrestres de nuestra Acción.

Tales perspectivas parecen inverosímiles al llamado «buen sentido» de la gente de la calle, y a una determinada filosofía del Mundo, según la cual nada puede ser posible fuera de lo que ya ha sido. Por el contrario, ellas mismas aparecen como muy naturales al espíritu familiarizado con las fantásticas dimensiones del Universo.

Sea en la dirección del Pensamiento, sea en la del Tiempo y del Espacio, ¿podría el Universo terminarse de otro modo que sobre lo Desmesurado?

En todo caso, una cosa es segura y es que, una vez adoptado un punto de vista plenamente realista de la Noosfera y de la naturaleza hiperorgánica de los nexos sociales, la actual situación del Mundo se hace mucho más clara, y ello se debe al hecho de descubrirse un sentido muy simple en las profundidades agitadas que se manifiestan en este momento sobre la capa humana.

La doble crisis, ya muy seriamente insinuada en el Neolítico, y que se acerca a su máximo en la superficie de la tierra moderna, tiende, en primer lugar, como dijimos, a un Contacto en masa (a una «planetización», diríamos) de la Humanidad: pueblos y civilizaciones llegados a un grado tal, sea de contacto periférico, sea de interdependencia económica, sea aun de comunicación psíquica, que ya no pueden crecer más que interpretándose. Tiende también, sin embargo, a que, bajo la influencia combinada de la Máquina y de un sobrecalentamiento del Pensamiento, asistamos a una formidable emersión de potencias no ocupadas. El Hombre moderno ya no sabe qué hacer con el tiempo y con las potencias que ha desencadenado entre sus mismas manos. Estamos incluso gimiendo por este exceso de riquezas. Desearíamos quizá estar en paro forzoso. Y poco nos faltaría para intentar rehuir esta sobreabundancia de la Materia, de la cual ha salido, sin darnos cuenta de lo que este gesto contra natura tendría de imposible y de monstruoso.

Creciente comprensión de los elementos en el seno de una energía libre que crece también sin cesar.

¡Cómo no sabríamos ver en este doble fenómeno los dos síntomas conjugados, siempre los mismos, de un salto hacia lo «Radial»; es decir, de un nuevo paso hacia la génesis del espíritu!

Sería vano que intentáramos, por el solo hecho de no tener que cambiar nuestras costumbres, arreglar los conflictos internacionales por medio de ajustes de fronteras, o tratar las actividades disponibles de la Humanidad como si se tratara de energías dilapidables. Al ritmo con que las cosas se suceden nos aplastaríamos pronto unos a otros, y algo explotaría si nos obstináramos en querer absorber, dentro de aquel cuidado que dimos a nuestras antiguas concepciones, unas fuerzas materiales y espirituales cortadas a la medida de un Mundo.

Un nuevo dominio de expansión psíquica: he aquí lo que nos falta, y he aquí lo que tenemos precisamente ante nosotros con sólo levantar la vista.

La paz en la conquista, el trabajo en la alegría; ello es lo que nos espera más allá de cualquier imperio opuesto a otros imperios en una totalización interior del Mundo sobre sí mismo; es decir, en la edificación unánime de un Espíritu de la Tierra.

Pero entonces, ¿cómo se explica que nuestros primeros esfuerzos hacia este gran objetivo parezcan no tener otro resultado que el de alejarnos de él?…

 

 

 

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