Teilhard de Chardín – “EL FENÓMENO HUMANO” – Parte IX – La Tierra moderna

INDICE DE POST DEL FENOMENO HUMANO- Teilhard de Chardin 

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EL FENÓMENO HUMANO

Teilhard De Chardin

-PARTE IX-

 

III.- EL PENSAMIENTO

(…)

Cap. III. LA TIERRA MODERNA 

1. El descubrimiento de la Evolución 

A) La percepción del Espacio-Tiempo 

B) El envolvimiento de la Duración

C) La Iluminación

a) Unidad de estructura 

b) Unidad de mecanismo 

c) Unidad de movimiento 

2. El problema de la Acción 

A) La Inquietud moderna 

B) Exigencias de futuro 

C) El dilema y la opción 

 

CAPITULO III

LA TIERRA MODERNA. CAMBIO DE EDAD

 

En todas las épocas, el Hombre ha creído hallarse ante una «encrucijada de la Historia». Y hasta cierto punto, considerada su situación sobre una espiral ascendente, no se equivocaba. Existen, sin embargo, determinados momentos en que esta impresión de transformación se hace más evidente y se convierte en particularmente justificada. Ciertamente, creemos no exagerar la importancia de nuestras contemporáneas existencias si estimamos que se está operando sobre las mismas un viraje tan profundo del Mundo que llega incluso a romperlas.

¿Y cuándo empezó este viraje? Esto es, naturalmente, imposible de ser definido con precisión. A la manera de un inmenso transatlántico, la masa humana no modifica su carrera más que de una forma gradual, de tal manera que nos es posible seguir desde muy atrás-desde el Renacimiento, por lo menos-los primeros temblores que indican el cambio de ruta. Pero existe, por lo menos, una cosa bien clara, y es que hacia el final del siglo XVIII el golpe de timón se había dado ya de una manera franca en Occidente. Desde entonces hemos entrado en un nuevo mundo, a pesar de nuestra propia obstinación en pretender ser los mismos que antes.

En primer lugar, los cambios económicos. Nuestra civilización, por muy evolucionada que estuviera, hace sólo doscientos años que se hallaba modelada, de manera fundamental, sobre el suelo y sobre el reparto de este suelo. El tipo de lo «bueno», el núcleo de la familia, el prototipo del Estado (¡e incluso del Universo!), era todavía, como la fue en los primeros tiempos de la Sociedad, el campo cultivado, la base territorial. Ahora bien: poco a poco, y por efecto de la «dinamización» del dinero, la propiedad se ha ido evaporando en un algo flúido e impersonal y tan fluctuante, que la fortuna de las naciones mismas nada tiene casi en común con sus fronteras.

Seguidamente, los cambios industriales. Hasta el siglo XVIII, y a pesar de las muchos perfeccionamientos aportados, sólo se conocía una única energía: el Fuego, y también uña única energía mecánica a utilizar: los músculos, multiplicados por la máquina, de los hombres y de los animales. Pero ¡desde entonces…!

Y, finalmente, los cambios sociales, el despertar de las masas…

Con sólo la observación de estos signos exteriores ya estamos en situación de sospechar que el gran desorden en que vivimos en nuestro Occidente, desde la tempestad de la Revolución francesa, es debido a una causa más profunda y más noble que la que suponen las dificultades de un mundo a la búsqueda de algún perdido equilibrio. ¿Un naufragio? ¡Ah, no, no realmente! Por el contrario, el ulular de un mar desconocido en el que acabamos de entrar después de haber salido del puerto que nos abrigaba. Tal como me lo día un día Henri Breuil con su brusca y acostumbrada intuición, lo que nos agita actualmente, desde el punto de vista intelectual, político e incluso espiritual, es muy simple: «Estamos acabando de desprendernos de las últimas amarras que nos retenían todavía en el Neolítico.» Fórmula, de verdad, paradójica, pero luminosa. Cuanto más he llegado después a reflexionar sobre esta frase, tanto más he creído comprender que Breuil tenía razón.

Estamos pasando, en este mismo momento, por un cambio de Edad.

Edad de la Industria, Edad del Petróleo, de la Electricidad y del Átomo. Edad de la Máquina. Edad de las grandes colectividades y de la Ciencia… El porvenir decidirá acerca de cuál ha de ser el mejor calificativo para esta era en la que estamos entrando. Sin embargo, el adjetivo poco importa. Lo que cuenta, en cambio, es el hecho de podernos decir a nosotros mismas que, al precio de lo que estamos construyendo, un nueva paso, un paso decisivo de la Vida, está a punto de realizarse en nosotros y alrededor de nosotros. Después de la larga maduración, que fue prosiguiéndose bajo la estatividad aparente de los siglos agrícolas, ha llegado finalmente una hora marcada por las inevitables angustias de otro cambio de estado. Existieron los primeros hombres para ver nuestros orígenes. Las habrá también para asistir a las grandes escenas del Final. La fortuna y el honor de nuestras propias y breves existencias consisten en nuestra coincidencia con esta nueva moda de la Noosfera.

En estas zonas confusas y tensas, en donde el Presente se mezcla con el Futuro, en un Mundo en ebullición henos ahora aquí cara a cara con toda la magnitud, una magnitud hasta ahora jamás alcanzada, del Fenómeno humano. Es aquí o en ninguna otra parte, hoy o jamás, en este máximo y a esta proximidad, donde nos está permitido, mejor de lo que lo hubieran podido hacer los espíritus que se nos adelantaron, llegar a decir la importancia y apreciar el sentido de la Hominización.

Contemplemos como es debido e intentemos comprender. Y para ello, abandonando la superficie, vamos a intentar descifrar la forma particular de este Espíritu naciente en el seno de la Tierra moderna.

Una Tierra humeante de fábricas, una Tierra trepidante de negocios, una Tierra vibrando con cien radiaciones nuevas. En definitiva, este gran organismo no vive más que por y para un alma nueva. Bajo el cambio de Edad, un cambio de Pensamiento. Ahora bien: ¿en dónde debemos buscar o colocar esta alteración renovadora y sutil que, sin modificar de manera apreciable nuestros cuerpos, ha hecho de nosotros unos seres nuevos? Pues solamente dentro de una nueva intuición que modifique en su totalidad la fisonomía del Universo en el que nos movemos o, dicho de otro modo, en un despertar.

Lo que en el espacio de cuatro o cinco generaciones nos ha hecho, dígase lo que se diga, tan diferentes de nuestros antecesores-tan ambiciosos, tan ansiosos también-no es, a buen seguro, el simple hecho de haber descubierto y dominado a unas nuevas fuerzas de la Naturaleza. En el fondo, si no me equivoco, todo resulta de haber tenido conciencia del movimiento que nos arrastra, y con ello de habernos dado cuenta de los tremendos problemas planteados a partir del ejercicio reflexivo del esfuerzo humano.

 

 

 

1. EL DESCUBRIMIENTO DE LA EVOLUCIÓN

 

A) LA PERCEPCIÓN DEL ESPACIO-TIEMPO

En todos y en cada uno de nosotros llegó a perderse el recuerdo de aquel momento en que, al entreabrir por vez primera los ojos, vimos la claridad y los objetos a un tiempo precipitarse, sin orden alguno, dentro de nosotros mismos, todo ello dentro de un mismo plan. Nos es necesario un gran esfuerzo para figurarnos aquel tiempo en que no sabíamos todavía leer, un remitirnos a la época en que el mundo no llegaba para nosotros a rebasar los muros de nuestra casa o el círculo familiar…

De manera semejante nos parece también increíble que hubieran podido existir hombres que pudieran dudar de que las estrellas se balancean por encima de nosotros a una distancia de siglos de luz, o que los contornos de la Vida se perfilan en los límites de nuestro horizonte a unos millones de años atrás.

Ello no obstante, nos basta abrir cualquiera de aquellos libros apenas amarillentos en los que los autores del siglo XVI y aún los del XVII se complacían en disertar acerca de la estructura de los mundos, para que constatemos con estupor que nuestros más remotos tatarabuelos tuvieron la impresión de hallarse perfectamente cómodos en un espacio cúbico en el que los astros daban vueltas circulares alrededor de la Tierra desde una época no superior a los seis milenios. Así es que, sin la menor molestia -y aun a pleno pulmón-, respiraron en el interior de una atmósfera cósmica que ahora nos asfixiaría ya desde el primer momento, y en unas perspectivas en cuyo interior nos sería ya imposible físicamente entrar.

Entre ellos y nosotros, ¿qué es, pues, lo que pasó?

No me es dado conocer, en modo alguno, otra escena más emocionante ni más reveladora de la realidad de una Noogénesis que aquella que nos presenta la inteligencia tendiendo, desde los orígenes, a cabalgar, poco a poco, por encima de la ilusión aprisionante de la Proximidad.

En el curso de esta lucha por el dominio de las dimensiones y del relieve del Universo, ha sido el Espacio el que ha cedido en primer lugar, y ello es natural, por ser el más tangible. De hecho, la primera partida en este terreno fue ganada cuando, hace ya mucho tiempo (sin duda, algún griego antes de Aristóteles), al doblar sobre sí mismo el aplanamiento aparente de todas las cosas, tuvo la intuición de la existencia de los Antípodas. Desde entonces, el firmamento se arrolló, a su vez, alrededor de la redondez de la Tierra. Sin embargo, el foco de las esferas estaba mal situado. Y sólo muy recientemente, en los tiempos de Galileo, gracias a la ruptura del antiguo geocentrismo, los cielos se vieron libres para las interminables expansiones que les hemos reconocido después. La Tierra, simple grano de esta gran polvareda sideral. Así es como lo Inmenso se hizo posible, y como consecuencia emergió, simétricamente, lo Ínfimo.

Mucho más lentamente observable se mostró la profundidad de los siglos, por falta de puntos de referencia aparentes. Movimientos de los astros, formas de las montañas, naturaleza química de los cuerpos, ¿no parecía toda la Materia expresar en sus líneas un eterno presente? La Física del’ siglo XVIII había sido impotente para hacer sentir a Pascal el abismo del Pasado. Para descubrir la edad real de la Tierra, y seguidamente la de los elementos, era necesario que el Hombre se interesara fortuitamente por un objeto de movilidad media: la Vida, por ejemplo, o incluso los volcanes. Es así, pues, cómo, a través de una débil grieta, la de la «Historia Natural», recién nacida, y a partir del siglo XVIII, la luz empezó a filtrarse hacia los grandes fondos, bajo nuestros pies. Muy modesta era todavía en estos inicios la duración considerada para la formación del Mundo. Pero, por lo menos, el impulso estaba dado ya, la salida abierta. Después de las murallas del Espacio cuarteadas por el Renacimiento, era ya la base (¡y, por consiguiente, el techo!) del Tiempo la que, a partir de Buffon, empezó a tomar movimiento. Desde entonces, bajo la presión incesante de los hechos, el proceso no ha hecho más que acelerarse. Desde hace ya cerca de doscientos años se está operando la distensión, y a pesar de ello no se ha llegado todavía a reflejar las espirales del Mundo. Cada vez mayor distancia entre las vueltas, y siempre nuevas vueltas que van apareciendo más profundas… 

Ahora bien: en estos primeros estadios del despertar humano hacia las inmensidades cósmicas, Espacio y Tiempo, por grandes que fueran, quedaban homogéneos en sí mismos y, al propio tiempo, independientes el uno del otro. Dos receptáculos separados, cada vez más dilatados, pero en los cuales, sin embargo, las cosas se amontonaban y flotaban sin un orden físicamente definido.

Los dos compartimentos se fueron ampliando incesantemente. De todos modos, en el interior de cada uno, los objetos parecían ser tan libremente transponibles como antes. ¿No podían, en realidad, estar colocados acá o acullá indiferentemente? ¿Adelantados, atrasados, incluso suprimidos a voluntad? Si es verdad que no se especulaba de una manera formal sobre este juego de las ideas, por lo menos no se concebía aún de manera clara hasta qué punto ni por qué había de ser imposible. He aquí un problema que no se planteaba.

No fue sino hasta pleno siglo XIX, bajo la influencia nuevamente de la Biología, cuando empezó a surgir finalmente la luz, al descubrirse la coherencia irreversible de todo cuanto existe. Los encadenamientos de la Vida, y bien poco después, los encadenamientos de la Materia. La más pequeña molécula de carbón resultaba ser función, por naturaleza y posición, de todo el proceso sideral; y el más pequeño de los Protozoos, tan mezclado estructuralmente a la trama de la Vida, que su existencia no podría ser anulada sin que se deshiciera ipso facto la red completa de la Biosfera. La distribución, la sucesión y la solidaridad de los seres naciendo de su concrescencia en una génesis común. El Tiempo y el Espacio uniéndose orgánicamente para tejer, ambos a la vez, la Trama del Universo… He aquí, pues, dónde nos hallamos, he aquí lo que hoy nos es dado percibir.

Desde el punto de vista psicológico, ¿qué es lo que se oculta bajo esta iniciación?

Si de verdad toda la Historia no estuviera ante nosotros, enteramente, para garantizarnos el hecho de que una verdad, desde que se vio por vez primera, aunque fuera por obra de un solo espíritu, acaba siempre por imponerse a la totalidad de la conciencia humana, habría motivo para descorazonarse o impacientarse ante el hecho de que tantas inteligencias, incluso no mediocres, continúen hoy todavía cerradas a la idea de la Evolución. La Evolución, para muchos todavía, no es sino el Transformismo, y el Transformismo, en sí mismo, no es más que una antigua hipótesis darwiniana, tan local y caduca como la concepción laplaciana del sistema solar, o la deriva wegeneriana de los continentes. Ciegos verdaderamente aquellos que no ven la amplitud de un movimiento con el cual el orbe, rebasando ya de manera infinita las Ciencias Naturales, ha ganado e invadido, sucesivamente alrededor de ellos mismos, la Química, la Física, la Sociología e incluso las Matemáticas y la historia de las Religiones. Uno tras otro, todos los conocimientos humanos se cuartean, arrastrados en su conjunto por una misma corriente de fondo, hacia el estudio de algún desarrollo. La Evolución, ¿una teoría, un sistema, una hipótesis? De ninguna manera, mucho más que esto: una condición general a la cual deben doblegarse y, además, para ser posibles y verdaderas, todas las teorías, todas las hipótesis, todos los sistemas. Una luz esclareciendo todos los hechos, una curvatura a la cual deben amoldarse todos los rasgos: he aquí lo que es la Evolución.

Desde hace siglo y medio está a punto de realizarse en nuestros espíritus el acontecimiento tal vez más prodigioso jamás registrado por la Historia: el acceso definitivo de la Conciencia hacia un cuadro de dimensiones nuevas, y como consecuencia, el nacimiento de un Universo completamente renovado, sin un cambio de sus líneas ni de sus pliegues, por una simple transformación de su trama íntima.

Hasta entonces el Mundo, estático y desmenuzable, parecía descansar sobre los tres ejes de su geometría. Ahora, en cambio, se mantiene gracias a una fluencia única.

Aquello que constituye y clasifica a un hombre como «moderno» (y en este sentido, una gran masa de nuestros contemporáneos no es todavía moderna) es el hecho de haber sido capaz de ser sensible a la percepción, no ya del Espacio, no ya del Tiempo, sino de la Duración, o lo que viene a ser lo mismo, del Espacio-tiempo biológico, y es también el de hallarse, como consecuencia, incapaz de percibir nada de otra manera diferente, nada, empezando por sí misma.

Este es el último paso que nos hace entrar de lleno en el corazón de la metamorfosis.

 

B) EL ENVOLVIMIENTO DE LA DURACIÓN

Evidentemente, el hombre no podía llegar a percibir alrededor suyo la Evolución sin sentirse de alguna manera involucrado en ella. Y esto lo demostró Darwin claramente. A pesar de ello, si se observa el progreso de los puntos de vista transformistas desde el siglo pasado, uno queda sorprendido al verificar de qué manera tan ingenua tantos naturalistas y físicos pudieron, desde el principio, imaginarse que escapaban ellos mismos a la corriente universal que acababan de descubrir. De una manera casi inevitable, el sujeto y el .objeto tienden a separarse uno de otro en el acto del conocimiento. Estamos continuamente inclinados a aislarnos de las cosas y de los acontecimientos que nos rodean, hasta el punto de verlos como desde fuera, bien abrigados dentro de un observatorio, en cuyo interior no llegarían a alcanzarnos; espectadores, y no elementos o protagonistas de lo que está sucediendo. Es así como se explica que, una vez planteado el problema de los orígenes humanos por los mismos encadenamientos vitales, éste se haya limitado por tanto tiempo a su cara somática, corporal. Es cierto que una larga herencia animal podría haber modelado nuestros miembros. Por su parte, nuestro Espíritu emergía siempre a partir de un juego cuyas bazas contemplaba.

Por muy materialistas que hubieran sido los primeros evolucionistas, nunca les vino a las mientes la idea de que su inteligencia de sabios no tuviera nada que ver, en sí misma, con la Evolución.

Ahora bien: en este estadio de su posición, se hallaba todavía a la mitad del camino de su verdad.

Desde la primera de estas páginas no hice otra cosa que realizar un intento de demostración de lo que sigue: las fibras de la Cosmogénesis piden continuarse en nosotros, por razones invencibles de coherencia y de homogeneidad, en algo que es más profundo que la carne y el hueso. No; una vez metidos en la corriente vital, no estamos sólo embarcados o arrastrados por la superficie material de nuestro ser. Por el contrario, el Espacio-tiempo, como si se tratara de un flúido sutil, después de haber anegado nuestros cuerpos, penetra en el fondo de nuestra alma hasta llenarla, hasta impregnarla. Se mezcla a sus fuerzas hasta el punto de que ella misma no sabe ya cómo llegar a distinguir aquello de sus propios pensamientos. Nada puede ya escapar a este flujo para aquel que sabe ver, dado que no puede ser definido más que en función del acrecentamiento de la conciencia, aunque fuera en la cima misma de nuestro ser. El acto mismo mediante el cual la fina punta de nuestro espíritu penetra en el absoluto, ¿no es precisamente un fenómeno de emersión? En suma, pues, la Evolución, reconocida ya al principio de un solo punto y lugar, y después extendida forzosamente a todo el volumen inorgánico y orgánico de la Materia, está a punto de penetrar, lo queramos o no, en las zonas psíquicas del Mundo, y ello mediante la transferencia hacia las construcciones espirituales de la Vida no sólo de la trama, sino de la «primacía»- cósmica, hasta ahora reservada por la Ciencia a los enmarañados torbellinos del antiguo «éter».

Y, en efecto, ¿cómo incorporar el Pensamiento al flujo orgánico del Espacio-tiempo sin sentimos forzados a reconocerle un primer lugar en el proceso? ¿Cómo imaginar una Cosmogénesis extendida al Espíritu sin que podamos evitar hallarnos de golpe enfrente de una Noogénesis?

Ya no sólo, pues, el Pensamiento formando parte de la Evolución bajo el aspecto de una anomalía o de un epifenómeno, sino una Evolución de tal manera reductible perfectamente e identificable a una marcha hacia el Pensamiento, que el mismo movimiento de nuestra alma puede expresar y medir los progresos mismos de la Evolución. En realidad, y siguiendo la fuerte expresión de Julián Huxley, el Hombre descubriendo que su propio ser no es otra cosa que la Evolución convertida en consciente de si misma… En tanto no lleguen a estar colocados en esta perspectiva, nunca, me parece, nuestros espíritus modernos (precisamente por ser modernos y en tanto que modernos) podrán hallar descanso. Y ello por el hecho de que en esta cima, y sólo en ella, le esperan el descanso y la iluminación.

 

C) LA ILUMINACIÓN

En la conciencia de cada uno de nosotros es la Evolución la que se percibe a sí misma al hacerse reflexiva.

A partir de este punto de vista, destinado, según me imagino, a llegar a ser tan instintivo y familiar como para un bebé la percepción de la tercera dimensión espacial, resurge en el mundo una nueva claridad, incesantemente ordenada, irradiante así a partir de nosotros mismos.

Hemos seguido, paso a paso, desde la «Tierra juvenil» y por vía ascendente, los sucesivos progresos de la Consciencia dentro de la Materia en vías de organización. Una vez llegados a la cumbre, podemos ahora volver a intentar, mediante una mirada hacia atrás, abrazar de un solo golpe de vista descendiente la total ordenación de las cosas. De hecho, la contraprueba es decisiva y la armonía perfecta. Si lo miramos desde otro punto de vista cualquiera, nos encontramos con algo ahogado, algo «cojo», y ello porque el pensamiento humano no puede hallar su emplazamiento natural-un emplazamiento genético-en el paisaje. Así, pues, de arriba abajo, y a partir de nuestra alma. inclusive, las líneas se continúan o retroceden sin torsión ni rotura alguna.

De arriba abajo, una triple unidad se prosigue y se desarrolla: unidad de estructura, unidad de mecanismo, unidad de movimiento.

a) Unidad de estructura

El «verticilo», el «abanico»…

A todas las escalas, este dibujo se nos aparecía sobre el Árbol de la Vida… Lo habíamos encontrado en los orígenes de la Humanidad y en el de las principales oleadas humanas. Bajo nuestra mirada se había proseguido hasta las ramificaciones de compleja naturaleza, en las que hoy se mezclan las naciones y las razas. Ahora, nuestra mirada, más sensible y mejor acomodada, llega a discernir el mismo motivo, siempre el mismo, bajo formas cada vez más inmateriales y próximas.

Por simple costumbre llegamos a dividir nuestro mundo humano en compartimentos constituidos por «realidades» diferentes: lo natural y lo artificial, lo físico y lo moral, lo orgánico y lo jurídico…

Dentro de un Espacio-tiempo extendido legítima y obligatoriamente a los movimientos de nuestro propio espíritu, las fronteras entre los términos opuestos de cada uno de estos emparejamientos tiende a desvanecerse. ¿Cómo puede existir, en efecto, una gran diferencia, desde el punto de vista de las expansiones de la Vida, entre un vertebrado, que perfecciona sus extremidades, que puede llegar a convertirlas en aletas y el aviador deslizándose con unas alas que él mismo llegó a crear ingeniosamente? ¿En qué aspecto el juego terrible e ineluctable de las energías del corazón puede ser menos real, físicamente, que la atracción universal? Y, finalmente aún, ¿qué pueden representar, en verdad, por muy convencionales y cambiantes que sean en la superficie, las intrincaciones de nuestros cuadros sociales, sino el esfuerzo para decantar aquello que llegará a ser un día las leyes estructurales de la Noosfera?… En su esencia, y con tal que mantengan sus conexiones vitales con la corriente ascendente de las profundidades del pasado, corriente artificial, moral y jurídica, ¿no serían precisa y simplemente lo natural, lo físico y lo orgánico hominizados?

Desde este punto de vista, que es el de la futura Historia Natural del Mundo, las distinciones que mantengamos todavía por costumbre y con el riesgo de compartimentar indebidamente el Mundo pierden su valor. Y a partir de entonces, el abanico evolutivo reaparece, se continúa, hasta englobarnos a nosotros mismos, en los mil fenómenos sociales que nunca hubiéramos supuesto tan estrechamente ligados a la Biología: en la formación y diseminación de las lenguas; en el desarrollo y la diferenciación de las nuevas industrias; en el establecimiento y la propagación de las doctrinas filosóficas y religiosas… Una mirada superficial no verá, en estas gavillas de la actividad humana, más que una réplica debilitada y accidental de las aventuras de la Vida. Registrará sin discusiones de ninguna clase este extraño paralelismo, o lo pondrá verbalmente a cuenta de alguna necesidad abstracta.

Para un espíritu despierto al sentido completo de la Evolución, la inexplicable similitud que hemos anotado se resuelve en identidad: identidad de una estructura que, bajo formas distintas, se prolonga de abajo arriba, de nivel en nivel, desde las raíces hasta la flor, gracias a la continuidad orgánica del Movimiento o, lo que viene a ser lo mismo, por la unidad orgánica del Medio.

El Fenómeno Social: culminación, que no atenuación del Fenómeno Biológico.

 

b) Unidad de mecanismo

«Tanteo» e «invención»…

Al describir la aparición sucesiva de los grupos zoológicos fue a estas mismas palabras a las que recurrimos de manera instintiva, cuando chocamos con el hecho de las «mutaciones».

Pero ¿qué es lo que valían en realidad estas expresiones, cargadas todas ellas, quizá, de antropomorfismo?

La mutación reaparece, de manera innegable, en el origen mismo de los abanicos de instituciones y de ideas que se entrecruzan para constituir la sociedad humana. Reaparece por todas partes a nuestro alrededor, justamente bajo aquellas dos formas que adivina la Biología, y entre las cuales ella misma duda: aquí, mutaciones rigurosamente limitadas a un foco único; allá, «mutaciones de masas», arrastrando de golpe, como una corriente, bloques enteros de Humanidad. Pero aquí, dado que el fenómeno tiene lugar dentro de nosotros mismos, y por el hecho de verlo en pleno funcionamiento, la luz se nos hace decisiva. Entonces podemos darnos cuenta de que no nos equivocamos al interpretar de una forma activa y finalista los progresivos saltos de la Vida. Y ello porque, al fin y al cabo, si de verdad nuestras construcciones «artificiales» no son sino de legítima continuación de nuestra propia filogenia, de manera legítima también, la invención, este acto revolucionario del que emergen, una tras otra, las creaciones de nuestro pensamiento, puede ser considerada como una prolongación en forma reflexiva del mecanismo oscuro, por medio del cual toda forma nueva germinó siempre sobre el tronco de la Vida.

No ya metáfora, sino analogía, fundada ésta en la naturaleza. Es decir, una misma cosa, aquí y allá, aunque mejor definible, simplemente, al estado hominizado.

Y por este motivo, también aquí, es la luz, reflejada sobre sí misma, la que vuelve a surgir y la que, de un solo golpe, redesciende hasta los límites inferiores del Pasado. Pero, en esta ocasión, lo que ilumina su haz desde nosotros mismos hasta lo más ínfimo ya no es un juego inacabable de verticilos superpuestos: es un largo desfile de descubrimientos. Sobre una misma trayectoria de fuego, los tanteos instintivos de la primera célula llegan a alcanzar a los sabios tanteos de nuestros laboratorios. Inclinémonos, pues, con respeto ante el soplo que hincha nuestros corazones hacia todas las ansias de «intentarlo todo y de descubrirlo todo». La onda que sentimos pasar no se formó, en modo alguno, en nosotros mismos. Nos llega de muy lejos, puesto que arrancó en el mismo momento que la luz de las primeras estrellas. Nos alcanza asimismo después de haberlo creado todo a través de su camino. El espíritu de búsqueda y de conquista es el alma permanente de la Evolución.

Y como consecuencia y a lo largo del curso de los tiempos.

c) Unidad de movimiento

«Ascensión y expansión de conciencia».

El Hombre, no ya dentro del Universo, como lo habíamos creído ingenuamente, sino, lo que es mucho más hermoso, él mismo como flecha ascendente de la gran síntesis biológica. El Hombre constituyendo por sí solo la recién nacida, la más nueva, la más complicada y la más matizada de las Capas sucesivas de la Vida.

Todo esto no es más que la visión fundamental. Y no es necesario que insista ya sobre lo mismo.

Sin embargo, esta visión-tengamos cuidado-no adquiere su valor pleno, o incluso no es defendible, más que por una iluminación simultánea en nosotros de las leyes y las condiciones de la Herencia.

La Herencia…

Tuve ya la ocasión de decirlo antes: ignoramos todavía cómo se forman, se acumulan y se transmiten los caracteres en el secreto de los gérmenes orgánicos. O aún mejor, tanto si se trata de Plantas como de Animales, la Biología no llegó aún a compatibilizar la actividad espontánea de los individuos con el determinismo ciego de los genes, en lo que hace referencia a la génesis de los phyla. De tal manera que, en su impotencia para reconciliar los dos términos expuestos, se inclinaría a constituir el ser vivo como un testimonio pasivo e impotente de las transformaciones que experimenta, sin ser responsable de las mismas y sin poder tampoco influirlas.

Pero entonces, y nos hallamos aquí en el buen momento para hallar la norma del problema, ¿qué representa en la filogenia humana el papel, por lo demás tan evidente, de las fuerzas de invención?

Aquello que la Evolución llega a percibir de sí misma en el Hombre, al hacerse reflexiva en él, basta para disipar, o por lo menos, para corregir estas apariencias tan paradójicas.

Con toda seguridad, todos sentimos en el fondo de nuestro ser el peso o la reserva de las potencias ocultas, buenas o malas, esta especie de «quantum» definido o incambiable, recibido del Pasado de una vez para siempre. Pero lo que vemos de una manera no menos clara es asimismo el hecho de que del uso más o menos industrioso de estas energías depende la ulterior progresión de la onda vital hacia más allá de nosotros mismos. ¿Cómo podríamos dudar de ello cuando, directamente, bajo nuestra mirada, vemos a estas energías almacenarse irreversiblemente, a través de todos los «canales» de la tradición, en la más alta forma de Vida accesible a nuestra experiencia; es decir, en la Memoria y en la Inteligencia colectiva de la Biota humana? Tradición, Enseñanza, Educación. Siempre bajo la influencia de nuestro menosprecio acerca de lo «artificial», consideramos de manera instintiva que estas funciones sociales no son más que imágenes atenuadas, casi como parodias, de aquello que acontece en la formación natural de las Especies. Si en realidad la Noosfera no resulta ser una ilusión, ¿no es mucho más justo reconocer en estas comunicaciones e intercambios de ideas aquella forma superior en la que se llegan a fijar en nosotros los módulos menos tenues de enriquecimiento biológico por aditividad?

En suma, pues, cuanto más llega a emerger el ser vivo de las masas anónimas por la irradiación propia de su consciencia, tanto mayor llega a ser, por la vía de la educación y de la imitación, la parte transmisible salvable de su actividad. Desde este punto de vista, el Hombre no representa sino un caso extremo de transformación. La herencia, transportada por el Hombre hacia la capa pensante de la Tierra, sin dejar de ser germinal (o cromosómica) en el individuo, se encuentra emigrada, por lo más vivo de sí misma, hacia un organismo reflexivo, colectivo y permanente, en el que la filogenia se confunde con la ontogenia. Desde la cadena de las células pasa hacia las capas circunterrestres de la Noosfera. Nada de extraño, pues, que a partir de este momento, y gracias a los caracteres del nuevo ambiente, esta herencia se reduzca en su flor a la transmisión pura y simple de los tesoros espirituales adquiridos.

La Herencia, en definitiva, de pasiva que ella pudo ser antes de la Reflexión, se convirtió en supremamente activa, bajo su forma «noosférica», al hominizarse.

No basta, pues, decir, como lo hicimos, que la Evolución, al convertirse en consciente de sí misma al fondo de nuestro ser, no tiene más que mirarse en el espejo para percibirse hasta sus profundidades y para descifrarse. Ella se hace, además, libre de disponer de sí misma, de darse o de renunciarse. Ya no sólo llegamos a leer en nuestros actos más nimios el secreto de sus actividades. También y por lo menos en una porción elemental, la tenemos en nuestras propias manos: responsables con ello de su pasado ante su porvenir.

¿Grandeza o servidumbre?

He aquí todo el problema de la acción.

 

 

2. EL PROBLEMA DE LA ACCIÓN

A) LA INQUIETUD MODERNA

Resulta imposible acceder hasta un medio fundamentalmente nuevo sin pasar por las angustias interiores de una metamorfosis. ¿No llega a aterrorizarse un niño cuando abre por vez primera sus ojos?… Nuestro espíritu debe renunciar a la comodidad de las estrecheces familiares si quiere acomodarse a unas direcciones y a unos horizontes engrandecidos hasta lo desmesurado. Debe volver a crear un nuevo equilibrio para todo cuanto había ordenado de una manera cuidadosa en el fondo de su pequeña interioridad. Deslumbramiento a la salida de una confinada oscuridad. Emoción al emerger bruscamente en la cumbre de una torre. Vértigo y desorientación… Toda la psicología de la inquietud moderna unida a la brusca confrontación con el Espacio-tiempo.

Es un hecho evidente el que, bajo su firma primordial, la ansiedad humana esté ligada con la aparición misma de la Reflexión, y, por tanto, que sea tan antigua como el mismo Hombre. Pero menos todavía podemos dudar de manera seria, pienso yo, de que, bajo el efecto de una Reflexión que se socializa, los hombres de hoy lleguen a estar particularmente inquietos, más aún de lo que lo estuvieron en ningún momento de la Historia. Consciente, o inesperada, la angustia, una angustia fundamental del ser, atraviesa, a pesar de las sonrisas, el fondo de los corazones al final de todas nuestras conversaciones. Poco importa en realidad el hecho de que en nosotros la raíz de esta ansiedad pueda estar reconocida de una manera precisa. Algo nos amenaza, algo nos falta más que nunca, sin que sepamos exactamente de lo que se trata Intentemos, pues, poco a poco, localizar el origen de este malestar, decantando las causas ilegítimas del desequilibrio hasta descubrir el sitio doloroso sobre el cual debemos aplicar el remedio, si éste existe en realidad.

En un primer grado, el más corriente, el «mal del Espacio-tiempo» se manifiesta por una sensación de aplastamiento y de inutilidad de cara alas cósmicas enormidades. Enormidad del Espacio, más tangible él, y, por tanto, más _ impresionante. ¿Quién de nosotros se ha atrevido, aun por una sola vez en su vida, a contemplar cara a cara, a intentar «vivir» en un Universo formado por galaxias que se van espaciando a una velocidad de cien mil años de luz? ¿Quién aquel que, habiéndolo realmente intentado, no salió de su experiencia con una tremenda alteración en una u otra de sus creencias? ¿Y quién, incluso cuando intentó cerrar los ojos hacia todo cuanto los astrónomos nos van descubriendo implacablemente, no ha sentido, aunque fuera confusamente, una sombra gigante proyectarse sobre la serenidad de sus alegrías? Enormidad de la Duración también: ya sea actuando con efectos de abismo respecto de aquellas, todavía poco numerosos, que han llegado a percibirla; ya sea, de manera más normal (sobre aquellos que la ven mal), actuando por sus efectos desesperantes de inestabilidad y de monotonía. Acontecimientos que se van sucediendo en círculo, caminos indefinidos que se entrecruzan sin conducir a ninguna parte. Enormidad, finalmente, y correlativa del Número: número enloquecedor de todo cuanto ha sido, de todo cuanto es y de todo cuanto será necesario para llenar el Espacio y el Tiempo. Un Océano en el cual tenemos la sensación de disolvernos de una manera tanto más irresistible cuanto más nos sentimos lúcidamente vivos. El ejercicio de situarnos conscientemente en el interior de un millar de hombres o simplemente dentro de una muchedumbre…

Mal, por tanto, de la multitud y de la inmensidad.

Estimo que el mundo moderno, para superar esta primera forma de su inquietud, no puede hacer más que una sola cosa: llegar sin vacilación alguna hasta el máximo de su intuición.

Inmóviles o ciegos (durante el largo tiempo, quiero decir, en que creemos verlos inmóviles o ciegos), el Tiempo y el Espacio resultan ser innegablemente espantosos. Aquello que desde entonces podría convertir en peligrosa nuestra iniciación en las verdaderas dimensiones del Mundo sería precisamente aquello que la dejara inacabada; es decir, privada de su complemento y de su correctivo necesarios: la percepción de una Evolución que anime tales dimensiones. ¡Qué poco nos importarán, por el contrario, la pluralidad vertiginosa y el alejamiento fantástico de las estrellas si este Inmenso, simétrico de lo Ínfimo, no tiene otra función que la de equilibrar la capa intermedia, en donde, y allí solamente, en el término medio, la Vida puede llegar a edificarse químicamente! ¡Qué nos importarán los millones de años y los millares de seres que nos precedieron, si estas gotas innumerables constituyen de por sí una corriente que nos empuja hacia adelante! Nuestra conciencia se evaporaría como anulada dentro de las expansiones ilimitadas de un Universo estático o eternamente móvil. Por el contrario, esta misma conciencia encuentra su propia fortaleza al hallarse sumergida en un flujo que, por inverosímilmente amplio que sea, no es sólo porvenir, sino génesis, lo que es de verdad muy diferente. El Tiempo y el Espacio, ciertamente, llegan a humanizarse en cuanto aparece un movimiento definido que les dé una total fisonomía.

«Nada nuevo bajo el sol», dicen los desesperados. Pero entonces, tú, Hombre, Hombre pensante, ¿cómo puedes encontrarte a ti mismo, a menos de renegar de tu propia idea, emergiendo un día por encima de la animalidad? «Nada, en todo caso, ha cambiado; nada cambia ya desde el origen de la Historia.» Pero entonces, tú, Hombre del siglo XX, ¿cómo es que despiertas a unos horizontes y, por tanto, a unos temores que tus padres jamás conocieron?

En verdad, la mitad de nuestro malestar presente se transformaría en alegría si nos decidiéramos solamente, dóciles ante los hechos, a situar dentro de una Noogénesis la esencia y la medida de nuestras modernas cosmogonías. Ninguna duda posible existe a lo largo de este eje. El Universo siempre se ha movido, y en este mismo momento continúa moviéndose.
Pero mañana, ¿continuará aún moviéndose?…

Es aquí, y sólo aquí, en este punto de vista, en el que, al sustituirse el presente en futuro, las verificaciones de la Ciencia han de ceder su lugar a las anticipaciones de una fe; aquí deben y pueden empezar de manera legítima nuestras perplejidades. ¿Mañana?… Pero ¿quién nos puede garantizar la existencia de un mañana? Y sin la seguridad de que este mañana exista, ¿podemos continuar viviendo nosotros, en quienes por vez primera quizá en todo el Universo se despertó el terrible don de ver hacia adelante?

Mal del «callejón sin salida», angustia de sentirse encerrado…

Esta vez, finalmente, hemos puesto el dedo en la llaga.

Ya he dicho que aquello que hace al mundo en que vivimos específicamente moderno, es el hecho de haber descubierto la Evolución alrededor de él y en él mismo. Aquello que en la misma raíz inquieta al mundo moderno, puedo añadir ahora, es el hecho de no estar seguro, y el de no poder llegar a ver cómo se podría nunca estar seguro de que exista una salida -la salida conveniente- para esta Evolución.

Ahora bien: ¿qué es lo que debe ser el porvenir para que lleguemos a tener la fuerza, o incluso la alegría, de aceptar sus perspectivas y de soportar su peso?

Examinemos, pues, el conjunto de la situación con el objeto de constreñir de manera más precisa el problema y, con ello, ver si existe tal remedio.

B) EXIGENCIAS DE FUTURO

Un tiempo existió en que la Vida gobernaba sólo a esclavos o a niños. Para poder avanzar le bastaba sólo alimentar oscuros instintos. El cebo de los alimentos. Los cuidados de la reproducción. Una lucha semiconfusa para mantenerse a la luz, izándose por encima de los demás, a riesgo de ahogarlos. El conjunto ascendía entonces de una manera automática y débil, como la resultante de una suma intensa de egoísmos utilizables. Un tiempo existió también-y nosotros lo hemos casi conocido-en el que los trabajadores y los desheredados aceptaban sin reflexión la suerte que los esclavizaba al resto de la sociedad.

Ahora bien: con el primer rayo de Pensamiento aparecido sobre la Tierra, la Vida encontróse con el hecho de haber generado un poder capaz de criticarla y de juzgarla. Riesgo éste formidable por mucho tiempo adormecido, pero cuyos primeros peligros estallan ante nuestro primer despertar a la idea de Evolución. Como los hijos que se hicieron mayores, como unos obreros convertidos en «conscientes», estamos en condiciones de descubrir que un algo se desarrolla en el Mundo, por medio de nosotros mismos, quizá a nuestra propia cuenta. Y lo que es aún más grave, nos damos cuenta de que en esta grande partida emprendida, nosotros somos a la vez los jugadores, los naipes y la apuesta. Nada ya podría continuar si abandonamos nuestra mesa de juego. Aunque nada tampoco nos puede obligar a quedarnos sentados en ella. Y este juego, ¿vale la pena? ¿O es que estamos engañados?… Problema éste apenas formulado todavía en el corazón del Hombre, habituado desde hace centenares de siglos a «andar». Sin embargo, problema también cuyo simple murmullo anuncia de manera infalible las próximas riñas. El siglo pasado conoció las primeras huelgas sistemáticas en las fábricas. El siglo próximo no se terminará sin una amenaza de huelga en la Noosfera.

Los elementos del Mundo, negándose a servir al Mundo por el hecho de pensar. O más exactamente aún, el Mundo negándose a sí mismo al darse cuenta de sí mismo gracias a la Reflexión. He aquí el peligro. Bajo la inquietud moderna, lo que realmente se está formando y está creciendo no es más que una crisis orgánica de la Evolución.

Y en estos momentos, ¿bajo qué precio, bajo cuáles bases contractuales se restaurará el orden? Aquí está, con toda evidencia, el centro del problema.

Un punto aparece claro, en medio de las disposiciones críticas de nuestro espíritu, tal como las sentimos en la actualidad. No nos doblegaremos a la tarea puesta en nuestras manos para hacer avanzar a la Noogénesis más que con una condición: la de que el esfuerzo que se nos pide tenga posibilidades de éxito y de conducirnos lo más lejos posible. El animal puede lanzarse, sin posible deliberación, hacia un callejón sin salida o hacia el abismo. El Hombre nunca dará un paso hacia una dirección que sepa de antemano estar cerrada. Y he aquí precisamente el mal que nos conturba.

Una vez considerado esto, ¿qué es lo que se necesita como mínimo para que la vía pueda decirse que está abierta ante nosotros? Una sola cosa, pero una cosa que lo es todo. Y ello consiste en que nos sean asegurados el espacio y las posibilidades de realizarnos, es decir, de llegar progresando (directa o indirectamente, individual o colectivamente), hasta la meta de nosotras mismos. Percepción elemental, salario de base, lo que significa, no obstante, una enorme exigencia. La meta del Pensamiento, sea como sea; pero ¿no consiste ella misma en el límite superior, todavía inimaginable, de una vía convergente propagándose interminablemente hacia más arriba? La meta del Pensamiento; pero ¿no consiste precisamente en no tener meta ninguna? L a Conciencia, única en este sentido entre todas las energías del Universo, posee una magnitud en virtud de la cual resulta inconcebible, e incluso contradictorio suponer que pueda detenerse o aun enrollarse sobre sí misma. Los puntos críticos que se hallan en marcha serán tan abundantes como se quiera. Pero la detención o la reversión, imposibles; y esto por la sencilla razón de que todo acrecentamiento de visión interna resulta ser esencialmente el germen de una nueva visión que incluye todas las demás y que empuja todavía más hacia adelante.

De ahí esta situación tan notable de nuestro espíritu, que, por el mismo hecho de llegar a descubrir ante él infinitos horizontes, no podría moverse sino por la esperanza de llegar por algo propio de sí mismo a una consumación suprema, sin la cual se encontraría, con toda legitimidad,  truncado, incompleto, engañado. Así, por la misma naturaleza de la obra en construcción, y, consecuentemente, por la exigencia misma del obrero, la Muerte total, el Muro infranqueable contra el cual chocaría la Conciencia para desaparecer definitivamente, son, pues, incompatibles con el mecanismo de la actividad reflexiva, cuyo resorte llegaría con ello a romper inmediatamente.

Cuanto más llegue el Hombre a ser Hombre, tanto menos aceptará moverse en otra dirección que no sea aquella que lleva hacia lo interminablemente o indestructiblemente nuevo. Es así como algún «absoluto» se halla implicado en el juego mismo de sus propias operaciones.

Después de todo esto, algunos espíritus «positivos y críticos» podrán ir proclamando que la nueva generación, menos cándida que la anterior, ya no puede creer en un porvenir ni en un perfeccionamiento del Mundo. Los que escriben y repiten tales cosas, ¿han llegado a pensar siquiera que si tuvieran razón, cualquier movimiento espiritual quedaría virtualmente detenido en nuestra Tierra? Parecen creer que la vida, privada de la luz y de la esperanza, de la atracción de un futuro inextinguible, continuaría tranquilamente su ciclo. Error… Durante algunos años, y por simple costumbre, quizá algunas flores y algunos frutos. Pero el tronco se hallaría pronto separado de sus raíces. Incluso infusa de nuevas energías materiales, incluso bajo el aguijón del miedo o de un deseo inmediato, la Humanidad, sin el gusto de vivir, pronto cesaría de inventar y de crear para aplicarlo a una obra que sabría condenada de antemano. Por náusea o por protesta, alcanzada así en el mismo manantial de un impulso de sostén, llegaría a disgregarse y se convertiría en polvo.

Menos posible aún que el hecho de que nuestra inteligencia pudiera escapar a las entrevistas perspectivas del Espacio-Tiempo, el de que nuestros labios pudieran olvidar, por haberlo gustado ya una vez, el sabor de un Progreso universal y duradero.

Si el Progreso es un mito, es decir, si ante nuestro trabajo pudiéramos decir: «¿Todo esto para qué?», nuestro esfuerzo caducaría, arrastrando en su caída a toda la Evolución, puesto que ella está constituida ahora por nosotros mismos.

C) EL DILEMA Y LA OPCIÓN

Henos aquí ahora, y por el hecho mismo de haber medido la gravedad verdaderamente cósmica del mal que nos trastorna, en posesión del remedio que puede curar nuestra ansiedad. «Es que el Mundo, después de haberse dinamizado hasta el Hombre, ¿terminó por detenerse? O más, si todavía nos movemos, ¿no quiere ella indicar que nos encontramos aún en la comente?…»

La respuesta a esta inquietud del Mundo moderno surge por sí sola de la simple formulación del dilema en que nos encerró el análisis de nuestra Acción.

«O la Naturaleza está cerrada a nuestras exigencias de futuro, y entonces el Pensamiento, fruto de millones y millones de años de esfuerzo, se ahoga en sí mismo ya recién nacido dentro de un Universo absurda que aborta sobre sí…»

No existe, en modo alguno, dígase lo que se quiera, «una energía de desesperación». Estas palabras no significan otra cosa, en verdad, que un paroxismo de esperanza frustrada. Cualquier energía consciente está construida (por ser un amor) a base de esperanza.

«O existe una apertura, una superalma por encima de nuestras almas; pero entonces esta salida, para que consintamos en utilizarla, debe abrirse sin restricción alguna hacia unas espacios psíquicos que nada pueda limitar dentro de un Universo del cual podamos fiarnos totalmente.

Optimismo y pesimismo absolutos. Entre ambas, ninguna posible solución media, dado que por naturaleza el Progreso lo es todo o es nada. Dos direcciones, y sólo dos, una hacia lo alto, la otra hacia abajo, sin ninguna posibilidad de quedar suspendidos a media altura.

Ninguna evidencia, tangible, por otra parte, respecto de la una o de la otra de ambas direcciones. Pero, mientras tanto, y en esta espera, he aquí las invitaciones racionales para un acto de fe.

¿Qué es ahora lo que vamos, pues, a decidir, en esta bifurcación en la que, empujados por la Vida misma, no nos podemos detener esperando, obligados como estamos a elegir una situación determinada si en realidad queremos continuar laborando sobre la que sea?

En su famosa apuesta, Pascal, con el objeto de establecer la libre elección del Hombre, llegaba a señalar los dados para obtener el incentivo de una ganancia total. Aquí, por el contrario, cuando uno de los dos términos de la alternativa está apoyado por la lógica y aun en cierto modo por las promesas de todo un Mundo, ¿se puede todavía hablar de un simple juego de probabilidades o tenemos todavía el derecho a dudar?

En verdad, el Mundo es un asunto demasiada importante. Para darnos a la luz, desde los orígenes jugó milagrosamente con demasiados improbables para que no nos atrevamos, en lo que sea, a empujarnos a nosotras mismos hacia adelante, hasta la meta, siguiendo esta tendencia. Si fue capaz de emprender esta obra, es que se halla dispuesto para terminarla siguiendo los mismos métodos y con la misma infalibilidad con que la empezó.

La mejor garantía que poseemos respecto de que una cosa suceda realmente es la de que se nos aparezca como vitalmente necesaria.

Acabamos de verificar que la Vida, llegada a su estadio pensante, no puede ya continuar sin exigir, por simple estructura, uña ascensión progresiva.

Con ello poseemos los suficientes elementos para asegurarnos sobre dos bases necesarias de manera inmediata a nuestra acción:

La primera de ellas es que en el porvenir existe para nosotros, bajo alguna forma, por lo menos colectiva, no ya una sobrevivencia, sino una sobrevida.

Y la segunda consiste en el hecho de que para imaginar, descubrir y alcanzar una tal forma superior de existencia, no tenemos más que pensar y andar siempre más allá en aquellas direcciones por las que las líneas pasadas de la Evolución alcanzaron su máxima coherencia.

 

 

 

 

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