Teilhard de Chardín – “EL FENÓMENO HUMANO” – Parte VIII – El despliegue de la Noosfera

INDICE DE POST DEL FENOMENO HUMANO- Teilhard de Chardin 

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EL FENÓMENO HUMANO

Teilhard De Chardin

-PARTE VIII-

 

III.-EL PENSAMIENTO

(…)

Cap. II. EL DESPLIEGUE DE LA NOOSFERA 

1. La fase ramificada de los Prehomínidos 

2. El haz de los Neandertaloides 

3. El Complejo «Horno sapiens»

4. La metamorfosis neolítica 

5. Las prolongaciones del Neolítico y la ascensión del Oeste 

 

CAPITULO II

EL DESPLIEGUE DE LA NOOSFERA

 

Con el objeto de multiplicar los contactos que son necesarios a sus tanteos y almacenar la variedad polimorfa de sus riquezas propias, la Vida no puede avanzar más que mediante la progresión de masas profundas. Así, pues, cuando su curso sale de las gargantas en donde le tenía como estrangulado una mutación nueva, cuanto más apretada está la hilera de la que emerge y más amplia es la superficie que debe cubrir con su ola, tanto más necesario le es reconstituirse en multitud.

La Humanidad, al trabajar bajo el impulso de su oscuro instinto, ha desbordado alrededor de su estrecho punto de emersión hasta llegar a sumergir toda la Tierra. El Pensamiento haciéndose Número, can el objeto de conquistar todo el espacio habitable, por encima de cualquier otra forma de la Vida. Dicho de otra manera, el Espíritu tejiendo y desplegando las capas de la Noosfera. Es en este esfuerzo de multiplicación y de expansión organizada en donde se resumen y se expresan finalmente, para quienes saben ver, toda la Prehistoria y toda la Historia humanas desde los orígenes hasta nuestros días.

Intentemos, con algunos trazos, dibujar las fases o las ondas sucesivas de esta invasión (fig. 4).

 

1. LA FASE RAMIFICADA DE LOS PREHOMÍNIDOS

Hacia el final extremo del Plioceno, un amplio movimiento de relevo, una sacudida positiva, parecen haber afectado las masas continentales del Viejo Mundo, desde el Atlántico hasta el Pacífico. Un poco por todas partes, en esta época, las cuencas van vaciándose, las gargantas se profundizan y grandes masas de aluviones se desparraman por las llanuras. Ninguna huella cierta del Hombre ha sido identificada en parte alguna antes de este gran cambio geológico. Pero apenas terminado, las piedras talladas se encuentran ya, mezcladas con las gravas de todas las terrazas de África, de Europa occidental y de Asia meridional.

Del Hombre del Cuaternario inferior, contemporáneo y autor de estos utillajes, no conocemos más que dos representantes fósiles, aunque los conocemos bien: el Pitecántropo, de Java, durante mucho tiempo representado por una simple calvaria, pero redescubierto últimamente gracias a restos mucho más satisfactorios; y el Sinántropo, de China, descubierto por numerosos ejemplares en el curso de los diez últimos años. Dos seres tan fuertemente emparentados, que la naturaleza de cada uno nos quedaría oscura si no tuviéramos para comprenderla la gran fortuna de poder compararlos entre sí.

¿Qué es lo que nos enseñan estos restos venerables, viejos, por lo bajo, de unos cien o doscientos mil años?

Un primer punto sobre el cual los antropólogos están de acuerdo es que con el Pitecántropo, tanto como con el Sinántropo, poseemos dos formas ya francamente homínidas por su anatomía. Si se disponen en serie sus cráneos con los de los mayores Póngidos (Monos) y con el de los Hombres recientes, aparece con evidencia una separación morfológica, un vacío, entre ellos y los Antropoides, mientras que por el lado del Hombre constituyen un bloque natural. Cara relativamente corta. Caja craneana relativamente grande; en el Hombre de Trinil, la capacidad cerebral no desciende casi por debajo de los 800 cm 3, y en el Hombre de Pekín llega, en los mayores machos, hasta los 1.100. Mandíbula inferior construida esencialmente hacia adelante en la sínfisis, en el tipo antropoide.

Por fin, y ante todo, extremidades anteriores libres y estación bípeda. Ante estos signos, es evidente que nos encontramos ya de manera decidida en la vertiente humana.

Sin embargo, por homínidos que fueran el Pitecántropo y el Sinántropo, a juzgar por su fisonomía, eran todavía extrañas criaturas, como no existen ya, desde hace mucho tiempo, sobre la Tierra. Cráneo alargado, fuertemente huidizo hacia atrás y con enormes órbitas. Cráneo aplastado, cuya sección transversal, en lugar de ser ovoide o pentagonal, como en nosotros, dibuja una bóveda ampliamente abierta al nivel de los oídos. Cráneo potentemente osificado, en el que la capa cerebral no forma una giba prominente hacia atrás, sino que se halla rodeada posteriormente por un fuerte reborde occipital. Cráneo prognato, en fin, en el que los arcos dentarios se proyectan fuertemente hacia adelante, por encima de una sínfisis, no sólo desprovista de mentón, sino incluso entrante. Y también, para terminar, dimorfismo sexual fuertemente marcado, hembras pequeñas, con dientes y mandíbulas más bien gráciles; machos robustos, con molares y caninos potentes. Ante estos caracteres, en modo alguno teratológicos, sino expresivos de una arquitectura bien establecida y bien reglada, ¿cómo no íbamos a reconocer una convergencia anatómica, hacia abajo, con el mundo “simiesco”?

Una vez todo ello bien considerado, podemos ya, desde ahora, afirmar científicamente que, con el Hombre de Trinil y el de Pekín, gracias a su descubrimiento, conocemos en el interior de la Humanidad un grado morfológico, un estadio evolutivo y un verticilo más.

Un grado morfológico, dado que sobre la línea que separa, por ejemplo, un Blanco de un Chimpancé, se colocan, por la forma de su cráneo, casi exactamente a la mitad de camino.

Un estadio evolutivo también, dado que, hayan dejado o no descendientes directos en el mundo actual, representan de manera verosímil un tipo a través del cual el Hombre moderno debió pasar, en el curso de su filogénesis.

Un verticilo zoológico, por fin, dado que por muy estrechamente localizado que estuviera su grupo en el borde extremo del Asia oriental, debía de formar parte de un conjunto mucho más amplio, sobre cuya naturaleza y estructura insistiré más adelante.

En resumen, el Pitecántropo y el Sinántropo son mucho más que dos tipos antropológicos interesantes. A través de ellos entrevemos toda una oleada de Humanidad.

Los paleontólogos han demostrado, pues, una vez más, su sentido de las perspectivas naturales de la Vida al aislar, a título de unidad natural distinta, esta capa humana tan antigua y primitiva. Incluso han creado para ello el nombre de “Prehomínidos”. Término expresivo y correcto si se considera la progresión anatómica de las formas. Pero, asimismo, un término que lleva el peligro de velar o de colocar mal la discontinuidad psíquica, en la que hemos creído deber colocar lo más agudo de la hominización. Calificar de Prehomínidos al Pitecántropo y al Sinántropo podría insinuar que éstos no fueran todavía Hombres en sentido absoluto; es decir, que siguiendo mi manera de expresarme, no habrían todavía franqueado el paso de la Reflexión. Ahora bien: a mí me parece más probable que, aun sin haber alcanzado, ni mucho menos, el nivel en el cual estamos situados, eran ya, uno y otro, dos seres inteligentes.

Que en realidad fueron tales me parece ya estar requerido en principio por el mecanismo general de la filogénesis. Una mutación tan fundamental como el Pensamiento, que da a todo el grupo humano su aliento específico, no podría, a mi manera de ver, haber aparecido sólo en curso de desarrollo a la mitad de la altura del tallo. Por el contrario, sostiene todo el edificio. Su lugar está, pues, por debajo de cualquier verticilo reconocible en las profundidades inasequibles del pedúnculo, por debajo, pues, de otros seres que, por prehomínidos que sean por la estructura de su cráneo, se colocan, de manera distinta ya, por encima del punto de origen y de desarrollo de nuestra Humanidad.

Pero hay más todavía.

No conocemos ninguna huella de industria asociada directamente a los restos del Pitecántropo. Y ello por causa de las condiciones del yacimiento: alrededor de Trinil, los fósiles se hallan en estado de huesos arrastrados hacia un lago por los ríos. Cerca de Pekín, en cambio, donde el Sinántropo fue sorprendido en su lecho, dentro de una cueva rellena, abundan los instrumentos de piedra mezclados con los huesos quemados. ¿Es necesario, tal como lo sugirió Boule, considerar a esta industria (a veces, lo reconozco, de una sorprendente calidad) como los vestigios abandonados por otro Hombre desconocido, al cual el Sinántropo no “faber” habría servido de caza? Mientras no se haya encontrado ningún hueso de este Hombre hipotético la idea me parece gratuita y, después de todo, menos científica. El Sinántropo tallaba ya las piedras y conocía ya el fuego. Hasta que tengamos una prueba de lo contrario, estas dos propiedades constituyen, al mismo título que la propia reflexión, parte integrante del pedúnculo. Reunidos dentro de un haz inseparable, los tres elementos surgen de manera universal, al mismo tiempo que la Humanidad. He aquí, de manera objetiva, la situación.

Si realmente es así, vemos, no obstante, que, a pesar de sus caracteres osteológicos y reminiscentes de los de los Antropoides, los Prehomínidos estaban psicológicamente más cerca de nosotros y, por consiguiente, desde el punto de vista filético, menos jóvenes y primitivos de lo que podríamos pensar. Ya que, en fin, debió de ser necesario mucho tiempo para descubrir la llama y el instrumento cortante… De tal manera que, detrás de ellos, habría lugar suficiente para obro verticilo humano que quizá acabaremos por hallar en el Villafranquiense.

Al mismo tiempo que el Pitecántropo y el Sinántropo, vivían ciertamente, tal como dijimos más arriba, otros Homínidos llegados al mismo estadio de desarrollo. En cuanto a los mismos, no poseemos todavía más que restos, desgraciadamente insuficientes quizá: la famosa mandíbula de Mauer, en Alemania; y en África oriental, el cráneo mal conservado del Africántropo. Esto no es suficiente para determinar la fisonomía general del grupo. Una observación, sin embargo, podría indirectamente llegar a hacer la luz sobre lo que desearíamos saber.

Del Pitecántropo conocemos actualmente dos especies una relativamente pequeña; la otra, mucho más robusta y brutal. A ellas se añaden dos formas verdaderamente gigantes, representadas, en Java, por un fragmento de mandíbula, y en China del Sur, por dientes aislados`. Lo que, con el Sinántropo, constituye un conjunto (para la misma época y sobre la misma franja continental) de cinco tipos diferentes, seguramente emparentados.

Esta multitud de formas vecinas, comprimidas unas contra otras en una banda estrecha, y también esta curiosa tendencia común al gigantismo`, ¿no nos sugiere la idea de una hoja o “radio” zoológico marginal, aislado, mutando sobre sí mismo de una manera autónoma? Y lo que sucedía entonces en China y en Malasia, ¿no tendría también su equivalente, formando otros radios, más hacia el Occidente? 

En este caso, podría decirse que, zoológicamente hablando, el grupo humano en el Cuaternario inferior no formaba más que un conjunto todavía poco coherente en el que dominaba toda la estructura divergente habitual en los demás verticilos animales.

Pero ya sin duda también en las regiones más centrales de los continentes’, los elementos de una nueva ola humana más compacta se agrupaban, prestos a barrer este mundo arcaico.

 

2. EL HAZ DE LOS NEANDERTALOIDES

Desde el punto de vista geológico, después del Cuaternario inferior cae el telón. Durante el entreacto, los depósitos de Trinil se pliegan. Las tierras rojas de China se abarrancan, a punto de recibir su espeso manto de loess amarillo. El África se tectoniza un poco más con sus fisuras. En otras regiones, los hielos avanzan y retroceden. Cuando el telón vuelve a levantarse, hará de ello unos sesenta mil años, y cuando podemos ver la escena, los Prehomínidos han desaparecido. Y, bajo esta decoración, la Tierra se halla ocupada ahora por los Neandertaloides.

Por lo que se refiere a esta nueva Humanidad, los fósiles que de ella se conservan son mucho más numerosos que en la época precedente. Efectos de cercanía, sin duda. Pero también efecto de multiplicación. Lentamente, la red pensante se extiende y se comprime…

Progreso en el número. Y, simultáneamente, progreso en hominización.

Ante el Pitecántropo y el Sinántropo, la Ciencia pude quedar desconcertada y preguntarse ante qué especie de extraño ser se hallaba. Por lo que se refiere al Cuaternario medio, salvo un minuto de duda ante el cráneo de Spy o el calvario de Neanderthal, nunca se planteó seriamente el problema de que no nos halláramos en presencia de vestigios abandonados por algunas representantes de nuestra raza. Este gran desarrollo del cerebro. Esta industria de las cuevas. Y por vez primera, restos indiscutibles de sepultura. Es decir, todo aquello que define y manifiesta a un Hombre verdadero.

Hombre verdadero, pues, y Hombre no obstante que no llegaba a ser exactamente igual que nosotros.

Cráneo generalmente alargado. Frente baja. Orbital fuertes y prominentes. Prognatismo todavía sensible en la cara. Ausencia ordinaria de fosas caninas. Ausencia de mentón. Molares fuertes, sin cuello distinto entre corona y raíz… Ante estos diversos caracteres, ningún antropólogo podría dejar de identificar, al primer golpe de vista, los restos de un Neandertaloide europeo. Nada existe hoy sobre la Tierra, ni siquiera entre las Australianos y los Amos, en efecto, can que confundirlos. Ya decía que, en relación con los hombres de Trinil y de Pekín, el progreso es manifiesta. Sin embargo, la frontera por delante, y en relación al Hombre moderno, es apenas menor. Un nuevo grado morfológico que señalar, pues. Un nuevo estadio evolutivo que distinguir. E inevitablemente, también, en virtud de las leyes de la filogénesis, un nuevo verticilo zoológico que suponer, y cuya realidad no ha cesado de imponerse ala Prehistoria durante el curso de los últimos años.

Cuando se descubrieron en Europa los primeros cráneos “musterienses”, y cuando se estuvo bien seguro de que no habían pertenecido ni a idiotas ni a degenerados, la idea más natural de los anatomistas fue la de imaginarse la existencia durante los tiempos del Paleolítico medio de una tierra poblada por hombres que respondían exactamente al tipo “Neanderthal”. Y por ello, una cierta decepción quizá, al verificar que, al multiplicarse los hallazgos, no se confirmaba la simplicidad de esta hipótesis. De hecho, la diversidad cada vez más evidente de los Neanderthaloides es precisamente la que debíamos esperar. Y es precisamente esta diversidad, tal como podemos comprenderlo ahora, la que da finalmente a este haz todo su interés y fisonomía verdadera.

En el estado actual de nuestra ciencia, dos grupos distintos, que traducen cada uno de ellos un estadio diferente de evolución filética, se reconocen entre las formas llamadas “neandertaloides”: el grupo de las formas terminales y un grupo juvenil.

a) Grupo terminal, en primer lugar, en el que sobreviven y después se extinguen los diversos radios, más o menosautónomos, que componían verosímilmente, según decíamos, el verticilo de los Prehomínidos. En Java, el Hombre de Solo, descendiente directo y poco cambiado de los hombres de Trinil. En África, el tipo extraordinariamente brutal del Hombre de Rodesia. Y en Europa, si no me equivoco, el mismo hombre de Neanderthal, el cual, a pesar de su importante y persistente extensión por toda Europa occidental, no parece ser otra cosa que el último florecimiento de una rama terminal.

b) Pero también, y al mismo tiempo, el grupo juvenil, nebulosa todavía mal definida de pseudo-Neandertaloides con caracteres siempre primitivos, pero ya distintamente modernizados o modernizables: cabeza más redonda, órbitas menos salientes, fosas caninas mejor marcadas, mentón inicial. Tal, por ejemplo, el Hombre de Steinheim. Tales, los Hombres de Palestina. Indudablemente, Neandertaloides. Pero ya de tal modo cercanos a nosotros… Rama progresiva y adormecida, diríase, a la espera de un próximo despertar.

Vamos ahora a colocar, bajo una luz conveniente, y en sus aspectos geográficos y morfológicos, este triple haz. Lejos de formar un complejo extraño o perturbador, dibuja una ordenación familiar. Hojas que acaban de caer, hojas todavía abiertas, pero que empiezan a secarse; hojas todavía .replegadas, aunque vigorosas, en el corazón de un “bouquet” de palmas; es decir, la sección completa, casi ideal, de un abanico zoológico.

 

 

3. EL COMPLEJO “HOMO SAPIENS”

Una de las grandes sorpresas de la Botánica es ver, en los inicios del Cretáceo, el mundo de las Cicadáceas y de las Coníferas bruscamente desplazado e invadido por un bosque de Angiospermas: Plátanos, Encinas…, la mayoría de nuestras esencias modernas, reventando, ya realizadas, sobre la flora jurásica en alguna región desconocida del globo. Igual es la perplejidad del antropólogo cuando descubre, sólo separados en las cuevas por un nivel de estalagmitas, al Hombre de Le Moustier y al Hombre de CroMagnon o al Hombre de Aurignac. En este caso, ninguna ruptura geológica. Y, no obstante, un rejuvenecimiento fundamental de la Humanidad. Obligado por el clima o empujado por la inquietud de su alma, he aquí la brusca invasión, par encima de los Neandertaloides, del Homo sapiens.

¿De dónde venía este hombre nuevo?… Algunas antropólogos quisieran ver en él la culminación de determinadas líneas ya previstas en épocas anteriores, el descendiente directo, por ejemplo, del Sinántropo. Por razones técnicas definidas, pero más aún por analogías de conjunto, conviene enfocar las cosas de otra manera distinta. Sin duda alguna, el Hombre del Paleolítico superior debió pasar, en alguna parte y a su manera, por una fase prehominiana y después por otra neandertaloide. Pero, semejante en esto a los mamíferas, a los Trituberculados y a todas las demás phyla, parece escapar a nuestra visión en el cursa, quizá acelerado, de esta embriogénesis. Imbricación y reemplazamiento, mejor que continuidad y prolongación, la ley de las relevos, dominando también aquí a la Historia. Así, pues, me figuro fácilmente al recién llegado como naciendo de una línea de evolución autónoma, par largo tiempo oculta, pero secretamente activa -y que un buen día emergió triunfante de entre las demás-, sin duda en el corazón mismo de estos Neandertalaides, cuyo haz fecundo y probablemente muy antigua hemos señalado más arriba. Dentro de toda hipótesis hay un hecho cierto y que todo el mundo admite. El hombre que observamos en la tierra, al final del Cuaternario, es verdaderamente ya el Hombre moderno, y además en todos los aspectos.

Anatómicamente, en primer lugar, sin duda alguna posible. Esa frente alta, con órbitas reducidas; esos parietales ampliamente abombados; esa cresta occipital débil y bien entrada bajo el cerebro que se dilata, esa mandíbula libre, con mentón prominente; todos estos caracteres tan marcados en los últimos habitantes de las cavernas san ya definitivamente los nuestras. Y lo son tanto, que a partir de este momento el Paleontóloga, habituado a trabajar sobre grandes diferencias morfológicas, ya no se siente cómodo para distinguir entre ellos y el Hombre actual los restos del Hombre fósil. Para realizar este trabajo sutil ya no le bastan sus propios métodos ni su forma habitual de mirar, y debe dejar paso a las técnicas (y a las audaces) de la más delicada Antropolgía. Ya no la reconstrucción mediante grandes líneas de los horizontes ascendentes de la Vida, sino que sobre un espacio de tiempo que no ultrapasa los treinta milenios, el análisis de los matices entrelazados que tejen nuestro primer plano. Treinta mil años, un período realmente largo a la escala de nuestras vidas. Un segundo para la evolución. Desde el punto de vista osteológico, en este intervalo ningún corte apreciable a lo largo del phylum humano, e incluso, hasta cierto punto, ningún cambio mayor en el progreso de su ramificación somática.

Porque he aquí lo que constituye el colmo de nuestra sorpresa. En sí nada más natural si, estudiada en su punto de emersión, el tallo del Homo sapiens fossilis, lejos de ser simple, manifiesta, en la composición y divergencia de sus fibras, la estructura compleja de un abanico. Esta era precisamente, según sabemos, la condición inicial de todo phylum en el Árbol de la Vida. Par lo menos hubiéramos dado par descontado, en estas profundidades, un bouquet de formas relativamente primitivas y generalizadas: alga como un antecedente, por su forma, de nuestras razas actuales. Pues bien, lo que encontramos es más bien lo contrario. ¿Cuáles eran, en efecto, cuáles eran (hasta donde podemos fiar de los huesos para conjeturar la carne y la piel), en la edad del Renio, los primeros representantes del nuevo verticilo humano recientemente entreabierto? Nada menos ya que lo que vemos vive todavía hoy aproximadamente en los mismos lugares de la Tierra. Negros, Blancos, Amarillos (o todo lo más pre-Negras, pre-Blancos, pre-Amarillos), y todas estos diversos grupos acantonados ya, aproximadamente, de Sur a Norte, de Este a Oeste, en sus zonas geográficas actuales. He aquí lo que desde Europa a China contemplamos, en el Antiguo Mundo, al final del último glaciar. En el Hombre del Paleolítico superior, pues, no sólo hay que notar los rasgos esenciales de su anatomía, sino seguir las líneas maestras de su etnografía, y, con ello, nos descubrimos a nosotros mismos, descubrimos nuestra propia infancia. No sólo ya el esqueleto del Hombre moderno, sino los elementos esenciales de la Humanidad moderna. Igual forma general del cuerpo, igual distribución fundamental de las razas, igual tendencia (por lo menos esbozada) de los grupos étnicos a reunirse, por encima de toda divergencia, en un sistema coherente. Y (¿cómo no se seguiría en la actualidad?) las mismas aspiraciones esenciales en el fondo de las almas.

Ya hemos visto que en los Neandertaloides se ha manifestado un paso psíquico, entre otros indicios, por la aparición de las primeras sepulturas en las grutas. Incluso por lo qué hace referencia a los Neandertalianos más primitivos, todo el mundo está de acuerdo en concederles la llama de una verdadera inteligencia. Sin embargo, parece que la actividad de esta inteligencia estuvo ampliamente absorbida por los cuidados de la supervivencia y de la propagación. Si es que existía algo más, no lo conocemos o no lo podemos reconocer. ¿Qué es lo que podían pensar estos primos lejanos? No tenemos la menor idea. En la edad del Reno, en cambio, con el Homo sapiens, hace explosión ya un Pensamiento definitivamente liberado, aún reciente, que se traduce en los muros de las cavernas. Los recién llegados aportaban ya consigo el Arte, un arte naturalístico todavía, aunque prodigiosamente maduro. Y gracias al lenguaje de este arte podemos por vez primera entrar sin obstáculo en la consciencia de unos seres desaparecidos, superando así la sola interpretación de sus huesos. ¡Qué extraña proximidad espiritual, incluso en los detalles! Los ritos, expresados en rojo y en negro sobre los muros de las grutas en España, en los Pirineos, en el Perigord, ¿no se practican todavía ante nuestros ojos en África, en Oceanía e incluso en América? Tal como ya se ha hecho notar, ¿qué diferencia existe, por ejemplo, entre el Brujo de la cueva de los Trois-Fréres, vestido con su piel de Ciervo, y tal o cual divinidad de Oceanía?… Pero esto no es todavía lo más importante. Podríamos confundirnos interpretando a la moderna las huellas de unas manos, los bisontes embrujados, los emblemas de fecundidad, todo aquello por medio de lo cual se expresaban las preocupaciones y la religión de un Auriñaciense o de un Magdeleniense. Por el contrario, no podríamos equivocarnos allí donde tanto respecto a la perfección del movimiento y de las siluetas como al juego imprevisto de las pinceladas ornamentales descubrimos en los artistas de esa época lejana el sentido de la observación, el gusto por la fantasía, el placer de crear, esas flores de una conciencia no sólo reflexiva, sino exuberante, sobre sí misma. De esta manera la inspección de los esqueletos y de los cráneos no podía defraudarnos. En el Cuaternario superior es ya el Hombre actual el que se nos aparece con toda la fuerza de su nombre: el Hombre todavía no adulto, pero llegado, sin embargo, a la “edad de la razón”. Desde este momento, en relación a nosotros, su cerebro está terminado, tan terminado que desde esta época ninguna variación mensurable parece haber perfeccionado en más el instrumento orgánico de nuestro pensamiento.

 

 

Al final del Cuaternario, ¿se habría detenido la evolución en el Hombre? De ninguna manera. Mas, sin prejuzgar acerca de todo lo que pueda continuar desarrollándose en el secreto de los sistemas nerviosos, esta evolución, desde esa época, ha desbordado francamente por encima de sus modalidades anatómicas para extenderse o incluso quizá para emigrar, a través de lo vivo de sí misma, hacia las zonas, individuales o colectivas, de la espontaneidad psíquica.

Y ahora, bajo esta forma, nos compete reconocerla y seguirla de una manera casi exclusiva.

 

4. LA METAMORFOSIS NEOLÍTICA

A lo largo de los phyla de los seres vivos, al menos entre los animales superiores, en los que podemos seguir las cosas de una manera más cómoda, la socialización representa un progreso relativamente tardío. En realidad se produce como un término de maturación. Por razones estrechamente ligadas de manera muy íntima al poder de la reflexión, la transformación es acelerada en el Hombre. Aun en lo más lejos en que las podamos aprehender, nuestros antepasados se nos aparecen reunidos en grupos, alrededor del fuego.

A pesar de ello, por claros que puedan ser en estas épocas tan antiguas los indicios de asociación, el fenómeno no está sólo esbozado. Incluso en el Paleolítico superior las populaciones que en él distinguimos nos parecen haber constituido mucho más que unos grupos bastante laxos de cazadores errantes. Es sólo en el Neolítico cuando empieza a producirse entre los elementos humanos la gran fusión que ya no debía detenerse. El Neolítico, la edad que desprecian los prehistoriadores porque es demasiado joven. Edad descuidada por la Historia, dado que sus fases no pueden ser fechadas con exactitud. Edad crítica, no obstante, y aun solemne entre todas las edades del Pasada: el nacimiento de la Civilización.

¿Cómo se realizó este nacimiento? Una vez más, y siempre en conformidad con las leyes que regulan nuestra visión del Tiempo hacia atrás, nada podemos decir. Hace algunos años se hablaba simplemente de la “gran frontera” entre los últimos niveles con piedras talladas y las primeras capas con piedras pulimentadas y con cerámica. Desde entonces, una serie de horizontes intercalares, mejor identificadas, tienden a cerrar más y más los labias de esta fisura. Sin embargo, y de manera esencial, la grieta perdura. ¿Juego de migraciones o efecto de contagio? ¿Brusca llegada de alguna oleada étnica, agrupada silenciosamente en algún lugar lejano de las regiones más fértiles del globo, o propagación irresistible de innovaciones fecundas? ¿Movimiento de pueblos sobre todo, o, sobre todo, movimiento de culturas?… No es mucho todavía cuanto podemos decir. Lo cierto es que, después de una laguna que desde el punto de vista geológico no cuenta, pero en la que, de todos modos, hay que situar al menos el espacio de tiempo requerido para la selección y domesticación de todos los animales y plantas de los cuales vivimos todavía hoy, en lugar de las cazadores de Caballos y de Renos, nos hallamos cara a cara con una Humanidad sedentaria y organizada. Durante un lapso de una o dos docenas de milenios, el Hombre se repartió la Tierra y se enraizó en ella.

Un haz de factores, parcialmente independientes unos de otros, parece haber confluido misteriosamente para sostener y forzar el avance de la Hominización en este período decisivo de la Socialización, coma en el instante de la Reflexión. Tratemos de poner orden en todo esto.

Consideremos, ante todo, los incesantes progresos de la Multiplicación. El terreno libre va llenándose a medida que progresa rápidamente el número de individuos. Los grupos chocan entre sí. Par este mismo hecho, la amplitud de los desplazamientos disminuye y se plantea entonces el problema de sacar el mejor partido posible de dominios cada vez más limitadas. Podemos imaginar que, bajo la presión de esta necesidad, debió de surgir la idea de conservar y de reproducir en el lugar de residencia todo lo que antes había que ir a buscar y perseguir lejos. La cría y el cultivo, reemplazando así la recolección y la caza. El pastor y el agricultor.

Y a partir de este cambio fundamental se sigue todo lo demás.

En primer lugar, la complejidad de los derechas y deberes hace su aparición en estas agrupaciones crecientes, obligando con ello a imaginar toda una serie de estructuras comunitarias y de jurisprudencias, cuyos vestigios persisten todavía en la actualidad a la sombra de las grandes civilizaciones, en las populaciones menas progresivas de la Tierra. Se puede decir que, desde el punto de vista social, se ha ensayado todo en materia de propiedad, de moral, de matrimonio.

De una manera simultánea, la necesidad y el gusto por la investigación se regularizan y se caldean en los medios más estables y más densos creados por los primeros establecimientos agrícolas. ¡Maravilloso período de investigación y de invención en el que estalla, bajo una forma reflexiva y en el frescor inigualable de una nueva aurora, el tanteo eterno de la Vida! En esta época extraordinaria parece haberse intentado todo cuanto podía ser abordado. Elección y mejora de los frutos, de los cereales y de los rebaños. Ciencia de la cerámica. El tejido. Muy pronto, los primeros elementos de una escritura pictográfica y muy rápidamente los primeros orígenes de la metalurgia.

Y entonces, por este mismo motivo, la Humanidad, más sólidamente apretada entre sí misma, mejor equipada para la conquista, pudo por fin lanzar sus últimas avanzadillas al asalto de aquellas posiciones que se le habían escapado todavía. Ahora se halla ya en plena expansión. Y, en efecto, es precisamente en la aurora del Neolítico, cuando, a través de las tierras de Alaska, desembarazadas de sus hielos, y aun quizá por otras vías, el Hombre penetra en América, para reemprender, con nuevos materiales y con nuevos sudores, su trabajo paciente de instalación y de domesticación. Todavía muchos cazadores y pescadores, a través de los cuales, y a pesar de la cerámica y de la piedra pulida, va continuándose la vida paleolítica. Pero a su lado, asimismo, verdaderos agricultores, los consumidores de maíz. Al propio tiempo, sin duda, y a través del largo desfile, siempre visible, de los Plátanos, de los Mangos y de los Cocoteros, otra capa empieza a extenderse a través del Pacífico en fabulosa aventura.

A la salida de esta metamorfosis, de cuya existencia juzgamos una vez más sólo por los resultados, el mundo está recubierto prácticamente por una populación, cuyos restos, piedras pulimentadas, rodillos de moltura, fragmentos de vasos, afloran allí en donde se va descubriendo, bajo el humus o las recientes arenas, el viejo suelo de los continentes.

Una Humanidad, indudablemente, muy fragmentada todavía. Para poder presentárnosla nos debemos imaginar lo que fueron América o África en los momentos que llegaron allí los blancos por vez primera: un mosaico de grupos profundamente diversos desde el punto de vista étnico y social.

Y, sin embargo, una Humanidad ya bien dibujada y enlazada. Después de la edad del Reno, los pueblos llegaron a encontrar poco a poco, incluso en el detalle, un lugar definitivo. Por medio del comercio de los objetos y por la transmisión de las ideas, aumenta la conductibilidad entre ellos. Se organizan las tradiciones. Se desarrolla una memoria colectiva. Por muy delgada y granular que sea esta membrana vital, la Noosfera empezó desde entonces a encerrarse sobre sí misma, aprisionando la Tierra.

 

 

 

5. LAS PROLONGACIONES DEL NEOLÍTICO Y LA ASCENSIÓN DEL OESTE

De aquellos tiempos en que ignorábamos la Paleontología humana nos quedó la costumbre de aislar en un peculiar fragmento temporal aquellos seis mil años aproximados de los cuales poseemos documentos escritos o bien datados. Es decir, la Historia por oposición a la Prehistoria. En realidad, una tal separación no existe. Cuanto más vamos perfilando las perspectivas del Pasado, tanto más constatamos que los tiempos llamados “históricos” (hasta comprender en ellos el principio de los tiempos “modernos”) no son otra cosa que las directas prolongaciones del Neolítico. Evidentemente, con una complejidad y una diferenciación progresivas, según diremos. Pero esencialmente siguiendo las mismas líneas de dirección y sobre el mismo peldaño evolutivo.

Desde el punto de vista biológico, en el que nos colocamos, ¿cómo podemos definir y representarnos el progreso de la Hominización a lo largo de este período tan breve y tan prodigiosamente fecundo?

Esencialmente, lo que registra la Historia, a través de la multiplicación dinámica de las instituciones, de los pueblos y de los imperios, es la expansión normal del Hamo sapiens en el seno de la atmósfera social creada por la transformación neolítica. Caída gradual de las más viejas escamas, algunas de las cuales, tal como la de los Australianos, están todavía adheridas en la parte más superficial de nuestra civilización y de los continentes. Por el contrario, acentuación y dominio de ciertos otros tallos, más centrales y más vigorosos, que intentan monopolizar el suelo y la luz. De un lado, desapariciones que podan, y de afro, eclosión de retoños que espesan la ramificación. Ramas que se secan, ramas que duermen; ramas que se lanzan para invadirlo todo. Cruzamiento sin fin de una serie de abanicos, ninguno de los cuales, inclusa visto a la distancia de dos milenios para atrás, deja observar de manera clara su pedúnculo. Es decir, toda la serie de acontecimientos, de situaciones, de apariencias, que encontramos de manera habitual en cualquier phylum en vías de activa proliferación.

Pero ¿es ello todo en realidad?

Se podría pensar que lo que, a partir del Neolítico, constituye la mayor dificultad y al propio tiempo el interés más excepcional de la Filogenia humana es la proximidad misma de los hechos, que permiten seguir, como a ojo descubierto, el mecanismo biológico de la ramificación de las especies. De hecho, lo que aquí ocurre es algo más que esto.

Mientras la Ciencia no trataba más que de los grupos humanos “prehistóricas”, más o menos aislados, y también más o menos en curso de formación antropológica, se podían aplicar aproximadamente las reglas generales de la filogenia animal. A partir del Neolítico, la influencia de los factores psíquicos empieza a predominar de una manera franca sobre las variaciones, cada vez más amortiguadas, de los factores somáticos. Desde entonces vemos emerger, en el primer plano, las dos series de efectos que hemos anunciado más arriba, al describir en sus grandes líneas los andares de la Hominización:

1ª En primer lugar, aparición, a través de los verticilos genealógicos, de las unidades políticas y culturales: compleja gama de agrupaciones que, par encima de los múltiples planos de la distribución geográfica, de las uniones económicas, de las creencias religiosas, se muestran capaces, después de haber borrado “la raza”, de interferir entre ellas en todas las proporciones posibles.

2ª Simultáneamente, manifestación, entre las ramas de este nuevo género, de las fuerzas de coalescencia (anastomosis, confluencias) liberadas en cada una de ellas gracias a la individualización de una cobertura o, mejor dicho, de un eje psicológico. Todo un juego conjugado de divergencias y de convergencias.

Es inútil que insista acerca de la realidad, de la diversidad y de la germinación continuada de las unidades humanas colectivas, por lo menos virtualmente divergentes. Nacimiento, multiplicación y evolución de las naciones, de los Estadas, de las civilizaciones… El espectáculo se presenta ante nuestros ojos por todas partes, y sus peripecias llenan los anales de los pueblos. Sólo existe algo que no debemos olvidar, si queremos penetrar y apreciar el drama que en ello se implica. Bajo esta forma racionalizada -por hominizados que estén los acontecimientos-, la Historia humana prolonga realmente, a su manera y su propio grado, los movimientos orgánicos de la Vida. De acuerdo con los fenómenos de ramificación que nos presenta, resulta ser todavía historia natural.

 

 

Mucho más sutiles y más llenos de posibilidades biológicas son, sin embargo, los fenómenos de confluencia. Intentemos seguirlos en su mecanismo y en sus consecuencias.

Las reacciones entre las ramas o los phyla animales débilmente “psiquizados” se limitan a la competencia y, eventualmente, a la eliminación. El más fuerte desplaza al más débil y acaba por ahogarlo. No constituyen casi excepción a esta ley brutal, casi mecánica, de sustitución entre los animales inferiores, más que las asociaciones (sobre todo funcionales) de “simbiosis”, o entre los Insectos, los más socializados par la esclavitud de un grupo a otro grupo.

En el Hombre (o por lo menos, entre los Hombres postneolíticos), la eliminación pura y simple tiende a hacerse excepcional o, por lo menos, secundaria. Por brutal que sea la conquista, la supresión viene siempre acompañada por alguna asimilación. El vencido, aunque parcialmente absorbido, reacciona sobre el vencedor para transformarlo. Tal como se dice en Geología, existe endomorfismo. A fortiori, pues, en el caso de una invasión cultural pacífica. Y con mayor razón todavía si se trata de populaciones análogamente resistentes y activas, que se van complementando lentamente bajo una tensión prolongada. Permeabilidad mutua de los psiquismos, unida a una muy notable y bien significativa interfecundidad. Así es como unas verdaderas combinaciones biológicas se dibujan y se fijan bajo esta doble influencia al remover y al asociar las tradiciones étnicas al propio tiempo que los genes cerebrales. De nuevo, pues, sobre el Árbol de la Vida, este entrecruzarse de los tallos. Ahora, ya en el íntegro dominio del Homo sapiens, la síntesis.

Pero, entendámonos, no exactamente en todas partes.

En nuestra Tierra, por causa de la configuración fortuita de los continentes, existen determinadas regiones más favorables que otras a la unión y a la mezcla de las razas: archipiélagos extensos, angostas encrucijadas, amplias llanuras cultivables, sobre todo irrigadas por algún río caudaloso. La masa humana, en estos lugares privilegiados, ha tendido, de una manera natural y a partir de las instalaciones de la vida sedentaria, a concentrarse, a fusionarse, a caldearse. De ahí, la aparición, seguramente “congénita”, de determinados polos de atracción y de organización sobre la capa neolítica: presagio y preludio éste de algún estadio superior e inédito para la Noosfera. Más a menos destacadas sobre el pasado, podemos descubrir cinco de estos focos de privilegio: América central, con la civilización maya; los mares del Sur, con la civilización polinésica; la cuenca del Río Amarillo, con la civilización china; los valles del Ganges y del Indo, con las civilizaciones indias; el Nilo y Mesopotamia, finalmente, con Egipto y Svmer. Focos, todos ellos, aparecidos probablemente (salvo los dos primeros, mucho más tardíos) casi en la misma época. Sin embargo, focos ampliamente independientes entre sí; cada una de los cuales trabajó de manera ciega para extenderse e irradiar, como si debiera él solo absorber y transformar la Tierra entera.

En el fondo, nos peguntamos, lo esencial de la Historia ¿no consiste precisamente en este encuentro, en este conflicto y, finalmente, en la gradual armonización de estas grandes comentes somato-psíquicas?

De hecho, esta lucha por la influencia se localizó prontamente. Las focos Maya y Polinésico, el primero demasiado aislado en el Nuevo Mundo, y el segundo demasiado disperso en la monótona atomización de sus islas lejanas, no tardaran, uno de ellos en extinguirse de manera total, y el otro en irradiar en el vacía. La suerte, cara al porvenir del Mundo, se jugó, pues, en Asia y en el África del Norte, entre agricultores de las extensas llanuras.

Las posibilidades entre estos pacíficos contendientes, vistas a la distancia de una o de dos milenios antes de nuestra era, podrían parecernos iguales. Ello no obstante, podemos hoy reconocer, una vez aleccionados por el desarrollo de los acontecimientos, la existencia, ya desde entonces, entre las competidores más orientales, de algunos gérmenes de debilidad.

Sea par su propio genio, sea por un efecto de inmensidad, China, en primer lugar (me refiero evidentemente a la antigua China), no tuvo ni el gusto ni el impulso necesarios para las renovaciones profundas. Espectáculo singular el de esta región gigante, que todavía ayer representaba, tan vivo a nuestra mirada, un fragmento, apenas modificado, de un mundo; ese mismo mundo que pudo existir hace diez mil años… En esta populación estrictamente agrícola, aunque esencialmente organizada de acuerdo con la jerarquización de las propiedades territoriales, el emperador era únicamente el mayor de los propietarios. Populación ésta ultraespecializada en la tejería, la cerámica y el bronce. Una populación que extremaba hasta la superstición el estudio de los pictogramas y la ciencia de las constelaciones. Una civilización increíblemente refinada, sin duda, pero exactamente igual a su propia escritura, a través de la cual se refleja tan ingenuamente, sin haber cambiado de métodos desde sus orígenes. Así, pues, en pleno siglo XIX, todavía un Neolítico, no ya juvenil, como en otras regiones, sino simple e interminablemente complicado sobre sí mismo, y aun no sólo siguiendo sus mismas líneas, sino incluso en su mismo plan, tal como si no le hubiera sido posible desenraizarse de la tierra en donde se había formado.

Ahora, bien: mientras China se incrustaba ya en su solar, multiplicando sus tanteos y descubrimientos, sin tomarse la molestia de construir una Física, India, por su parte; se dejaba atraer por la Metafísica hasta perderse en ella. La India, esta región por excelencia de las más altas presiones filosóficas y religiosas… Nunca llegaremos a considerar la gran importancia de las influencias místicas que cada uno de nosotros hemos recibido, en el pasado, a partir de este anticiclón. Pero por eficaces que hayan sido estas corrientes, en el sentido de ventilar e iluminar la atmósfera humana, hay que reconocer que fueron incapaces de construir la Tierra por exceso de pasividad y de despego. Surgida en su momento preciso, como un enorme soplo, asimismo como un soplo y también en su momento, el alma primitiva de la India, pasó ya. Y nos preguntamos, ¿cómo podía dejar de ser así? Si los fenómenos se llegan a mirar simplemente como una ilusión (maya) y sus relaciones como una simple cadena (karma), ¿qué es lo que podía quedar, en estas doctrinas, para animar y dirigir la evolución humana? Se cometió un simple error, y ello fue todo, en cuanto a la definición del Espíritu y a la apreciación de los lazos que le relacionan con las sublimidades de la Materia.

Así es como, lentamente, nos vamos viendo arrastrados hacia las zonas más occidentales del Mundo, aquellas en las que, a orillas del Éufrates, del Nilo, del Mediterráneo, por una excepcional confluencia de lugares y de pueblos, se iba a producir, en el espacio de algunos milenios, la mezcla favorable gracias a la cual, sin perder nada de su fuerza ascensional, la razón llegaría a saber concordarse con los hechos, y la religión con la acción. Mesopotamia, Egipto, Hélade -pronto también Roma-, y por encima de todo (volveré a ello al final), el misterioso fermento judeo-eristiano, dando su forma espiritual a toda Europa.

Al pesimista le es fácil desdeñar este período extraordinario en civilizaciones que van derrumbándose una tras otra. Pero ¿no resulta mucho más científico reconocer, una vez más, bajo estas sucesivas oscilaciones, la grande espiral de la Vida elevarse irreversible, por relevos, siguiendo así la línea maestra de la Evolución? Susa, Memfis, Atenas, pudieron morir. Sin embargo, una consciencia del Universo. siempre en progresiva organización, pasa de una mano a otra mientras su empuje va creciendo.

Más adelante, al hablar de la planetización progresiva de la Noosfera, voy a dedicarme a restituir los demás fragmentos de Humanidad, la parte realmente importante y esencial que les correspondió en la construcción de esta plenitud alcanzada por la Tierra. En el momento presente de nuestra investigación habría que falsear, por sentimiento, los hechos, para no reconocer que, durante los tiempos históricos, el eje principal de la Antropogénesis ha pasado precisamente por el Occidente. Es en esta zona ardiente de crecimiento y de refundición universales en donde se ha hallado o, por lo menos, en donde ha debido ser hallado todo cuanto el Hombre ha hecho en esta época reciente. Y todo ello porque incluso lo que se conocía ya de otros sitios, desde el antaño remoto, no alcanzó un definitivo valor humano más que al incorporarse al sistema de ideas y de actividades europeas. No es una simple candidez celebrar como un gran acontecimiento el descubrimiento de América por Colón…

De hecho, desde hace seis mil años ha germinado alrededor del Mediterráneo una neo-Humanidad, la cual acaba de absorber en estos mismos momentos los últimos vestigios del mosaico neolítico; es decir, el brote de otra capa, la más apretada de todas, en la Noosfera.

Y la prueba está en que de una manera inevitable, de un extremo a otro del Mundo, todos los pueblos, para ser verdaderamente humanos o para llegar a serlo más aún, se han visto conducidos a plantearse las esperanzas y los problemas de la Tierra moderna en los mismos términos en que el Occidente llegó a formulárselos.

 

 

 

 

 

 

 

 

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