CONSEJOS PARA DEFENDER LA LIBERTAD, por Nicolás Maquiavelo

Consejos para defender la libertad, por Nicolás Maquiavelo 

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Este prudentísimo varón, como es de esperar de un hombre sabio, era favorable a la libertad e incluso dio atinadísimos consejos para defenderla 

(Baruch de Spinoza). 

Maquiavelo era un hombre honrado y un buen ciudadano; pero sujeto a la casa de Médicis, estaba obligado, dada la opresión en que vivía su patria, a disfrazar su amor por la libertad. Este profundo político no ha tenido hasta ahora más que lectores superficiales y corrompidos.

 (J. J. Rousseau).

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Carmen Iglesias: «Casi lo del 23-F fue más fácil que lo que tenemos ahora en Cataluña»

Por David Lama

Artículo publicado el 15 de diciembre de 2018 en
 
Carmen Iglesias (Madrid, 1942) ha sido catedrática de Historia de las Ideas Morales y Políticas y de Historia de las Ideas y Formas Políticas. ANTONIO HEREDIA
 

‘El pensamiento de Montesquieu’, ‘Razón, sentimiento y utopía’ y ‘No siempre lo peor es cierto’ son algunas de sus obras. Reelegida al frente de la Real Academia de la Historia, Iglesias ocupa el sillón ‘E’ de la RAE. Sus conocimientos sobre historia moderna europea, española y filosofía política se traducen en varias distinciones. Condesa de Gisbert, las respuestas de la ex preceptora de Felipe VI están cargadas de matices y precisión. Como su obra.

 

P. Caro Baroja escribió: «La biografía será un elemento de juicio esencial para entender una época». ¿Ahí reside la relevancia del Diccionario Biográfico electrónico publicado por la Academia de la Historia?

R. Realmente. Es una escritura de la Historia de España a través de personajes de todo tipo, no solo de los grandes nombres, sino de todos los que han aportado algo a su entorno, y también de los que lo han perturbado. Es una riqueza. Hemos creado una herramienta que está en el top mundial en su género. Un diccionario interdisciplinar de oficios y profesiones que recorre más de 2.500 años y todos los lugares a donde llegó la Monarquía hispánica. Es una obra, por definición, inacabada e inacabable, pero apasionante.

P.¿Por qué generó polémica la entrada de Franco?

R. Porque trascendió en un momento de crispación a raíz de la memoria histórica tal como se había planteado: como división y no como recordatorio para conciliar. Franco murió en su cama firmando penas de muerte y manteniendo lo de vencedores y vencidos. Es impresionante cómo se reproduce hoy ese discurso de división frente a los que no piensan de la misma manera. Está más vivo que en nuestra época.

P. En su ingreso en la RAE, recordaba a Steiner: «Poseemos civilización porque hemos aprendido a traducir más allá del tiempo». Dijo que esa puede ser la primera tarea del historiador, pero se preguntaba: «¿No es cierto que cualquiera puede utilizar la lengua y el pasado para hacer su propia traducción?».

R. Claro. Pero no cualquier cosa forma parte de la historia. Dentro del carácter falible que tiene el ser humano, hay unas reglas, una rigurosidad, hasta una decencia profesional, que exige la mayor objetividad. Ahí siempre me refiero a Popper y los tres mundos [universo físico, percepción subjetiva personal y el mundo objetivo]. Y a Isaiah Berlin: ya no buscamos verdades absolutas con mayúsculas, pero no todo es relativismo. Existe una verdad de los hechos, que apunta Hannah Arendt, y hay quienes suelen negarla, sobre todo los políticos. Y la mentira institucional es algo gravísimo, porque hace perder la confianza de la gente. Los hechos son incontestables. La acción es irreversible.

P. Eso nos lleva a pensar aquello de que nada ocurrió como se cuenta, pero todo es verdad. Y es lógico que el lector se pregunte: ¿hasta qué punto es real?

R. La respuesta la tiene la neurología. Está en nuestros propios cerebros y en la conciencia humana. El cerebro es algo maravilloso y complejo, donde tenemos esa corteza prefrontal tardía que es la parte que nos enseña frente al lugar del cerebro más profundo y donde se consolidan la memoria, el sentido espacial, etc. Y en esa corteza radica, de alguna manera, la racionalidad. Que consiste en buena medida en la capacidad de decidir. Y en la postergación de la gratificación. En lo que antes llamábamos fuerza de voluntad. Que no es algo etéreo, sino que es el resultado de educar al cerebro. Y la evolución, posiblemente, ha hecho que la mente nos dé la perspectiva de lo que puede pasar si simplemente te dejas llevar por la pasión inmediata, la ira, la egoísta supervivencia, etc.

P. Sobre la memoria histórica, Santos Juliá invita a diferenciar entre «amnesia» y «amnistía», usted habla de un olvido activo… ¿Se ha dado el equilibrio entre la necesidad de justicia de las víctimas y la necesidad de marcar un punto cero desde el que volver a empezar?

R. Está claro que no hay equilibrio porque se ha disparado una política de odio muy grande. De manera que lo que tenía que servir para conciliar se ha convertido en rechazo a los otros. El caso de Cataluña, por ejemplo: en el momento en el que los otros no son de tu ideología, tienen posibilidades de ser destruidos, ¿no? Así empezaron todos los totalitarismos.

P. ¿Quién decide qué olvidar y qué reforzar?

R. Pues los propios ciudadanos. Somos seres tribales. Es nuestro origen. El sentimiento de pertenencia a un grupo lo tenemos arraigado en el fondo de nuestro ser. Lo que pasa es que políticamente o de forma interesada se explota ese sentimiento y se fomenta una división. La democracia es un invento para poder convivir sin violencia, física al menos. Pues también se puede ser violento al ser mentiroso.

P. Hoy parece que las palabras en vez de para argumentar se usan para atacar al contrario.

R. Exactamente. Richard Sennett, en El declive del hombre público, habla de cómo se pasa de reivindicar el ser humano en la Ilustración como hombre natural, que supone ser persona social al tiempo que individuo. Y se pasa a un yo psicológico que se «siente -Rousseau es bastante responsable de ello- perfectamente inocente en un mundo perverso». O sea, que la culpa la tienen siempre los otros. Y en vez de debatir sobre un hecho de forma objetiva, como decía Berlin, se ataca a la persona, distrayendo el argumento con un juicio de intenciones del otro. Y estalla la paranoia. Hemos inventado la democracia para tener siempre unas instituciones, un marco en el que discutir pudiendo tener distintas opiniones. Y un marco que podemos modificar en la medida en la que vayamos estando de acuerdo. Pero no a través de la división y de la demagogia.

P. ¿Qué es lo peor?

R. Lo peor son las mentiras. Por ejemplo: algunas universidades han planteado referéndums con una mentira básica respecto al sistema que tenemos. Porque tenemos una Monarquía parlamentaria, donde el Rey ejerce un papel de arbitraje, como se ha visto, pero no es quien decide. Entonces desvían la atención con mentiras -creo que a partir de ciertos partidos políticos- de forma muy interesada para no tratar las cosas serias.

P. ¿No cree que hoy está en cuestión ese papel?

R. El problema no es monarquía o república. El núcleo de la cuestión está entre democracia o autoritarismo y dictadura. La Monarquía parlamentaria en España ha sido muy positiva estos 40 años. Y está perfectamente reglada con una separación de poderes con toda una Constitución. Es una democracia plena. Sin embargo hay repúblicas, como Venezuela… El problema que a mí me preocupa es que a través de procedimientos democráticos, bien por elecciones, o bien por resquicios perfectamente legales, se llega al poder y ciertos políticos se aferran a él. Lo que pasó con los nazis y demás… Esa idea leninista de primero el poder y una vez en él ya lograremos cambiarlo desde dentro.

P. ¿Ocurre en Cataluña? ¿Alguien llega a las instituciones y, sirviéndose de ellas, intenta dinamitarlas?

R. Eso son, clarísimamente, golpes de Estado.

P. ¿Cree que una monarquía es la institución idónea para, en palabras de Popper, minimizar los daños que gobernantes deshonestos puedan causar?

R. Depende del contexto histórico. La monarquía y la república son grandes conceptos abstractos. Como decía, tenemos una monarquía perfectamente reglada. Y es importante enviar un mensaje en el momento en el que el Ejecutivo se introduce en el Judicial, porque está enfangando la separación de poderes.

P. ¿Como en el reparto del Consejo General del Poder Judicial? Motesquieu se revolvería en su tumba…

R. Montesquieu se revolvería en su tumba por muchas cosas. Mantenía que el poder corrompe siempre. El poder tiende al abuso. A mis alumnos siempre les decía que el poder corrompe no solo por meter mano en la caja, que también, sino porque se pierde el sentido de la realidad. Es la hibris griega. Lo que más preocupaba a Montesquieu era el despotismo, esa tendencia natural del poder. Y luego, vuelvo a la ciencia, el poder cambia el cerebro. Se vinculan a él unas sustancias químicas muy satisfactorias. Hay mucha serotonina desviada. Sin contrapesos el poder es muy satisfactorio y ello provoca que se siga mandando sin sentido de la realidad, sin límites racionales. El peligro de los «salvadores». Confiemos, como dice Arendt, en que los hechos acaban imponiéndose, pero tras mucha destrucción y sufrimiento. Y, mientras, lo pagamos todos.

P. ¿Por qué, con todo lo que se ha escrito y desmontado la leyenda negra de España, la actitud derrotista de los españoles ante su propia historia persisten?

R. Primero porque hay una falta o un ocultamiento, sea consciente, por interés, o por ignorancia, de la historia real. Hay mucha gente que no sabe nada de historia comparada. Cuando se dice «éste es el peor país» solo puedes pensar: «Dios mío…». Aquí se ha fallado, sobre todo en democracia, en la Educación. Una democracia es una tela de Penélope, como decía Rodríguez Adrados, y hay que tener cuidado de mantenerla siempre. Y no se ha cuidado porque una vez conseguida dio la impresión de que la democracia y las libertades estaban ya ahí para siempre y que no había que hacer nada por ellas. Y ha seguido por inercia.

P. Stanley Payne declaró que «los españoles se han creído más la leyenda negra que los extranjeros». Hasta eso parece que empieza a cambiar: en Los Ángeles han retirado una estatua de Colón por «genocida».

R. En algunas universidades americanas se da desde hace décadas un tipo de actitud y de enseñanza muy peligrosa. Está muy bien que la gente tenga su identidad y su grupo, pero no que se potencie lanzar unos grupos contra otros. Fijar a la persona simplemente por su identidad o por su origen hace que se formen grupos minoritarios por todas partes. Y ninguno admite que haya algo en común, como el imperio de la ley. De todas formas, ir hacia el pasado sin tener en cuenta que el contexto no tiene nada que ver con el presente es de una ignorancia… Y es grave, porque en el fondo conforma una política de odio y una mentira sobre los hechos.

P. En No siempre lo peor es cierto realiza una especie de oda a la Constitución. Diez años después, ¿sigue igual de «viva y actuante»?

R. Entonces lo estaba. Ahora ya no. Ha habido un deterioro. La CE es reformable en algunas cosas, dentro de los parámetros que tiene. Lo que no se puede es cambiarla en su totalidad e inventarnos otra. Eso, históricamente, se ha demostrado que no sale bien.

P. Aquello de elaborar una Constitución como si fuera un programa electoral.

R. Exactamente. Eso es identificar la Constitución, que es de Estado y para todos, con los partidos. La Constitución sigue viva porque se puede adaptar a los tiempos, que también cambian. Pero es una falacia eso de que cada generación tiene derecho a una Constitución. Eso es una tontería, entre otras cosas. Debe haber una continuidad. Lo que sí pueden las nuevas generaciones es abrir otros horizontes, pero dentro de un marco que no se puede tirar por la ventana.

P. ¿Por qué se tiende a discutir la legitimidad de todo? ¿Padecemos el síndrome del niño mimado?

R. En la Educación está claro que sí. Salvo en algún tipo de Educación, y no me refiero a la pública, no se ha enseñado la cultura del esfuerzo ni la postergación de la gratificación. E incluso se ha minado la auctoritas del profesor. El niño necesita saber hasta dónde puede llegar y va educándose poco a poco aprendiendo el sentido de la realidad y de la frustración. En la vida no puedes conseguir todo lo que quieres.

P. En una sociedad tan abierta, donde supuestamente aceptamos…

R. No, no se puede dialogar con quien no está dispuesto a dialogar. Con quien responde en vez de con argumentos con insultos. O con mentiras y con falsedades. El diálogo necesita un marco común.

P. Usted, que está en la cúspide intelectual nacional, ¿cree que un sistema de cuotas haría más igualitaria la sociedad? ¿O discrimina?

R. Hay que incentivar y persuadir, hacer grupos de presión, luchar por la visibilidad y la igualdad, pero nunca he estado de acuerdo con las cuotas. Porque el gran avance de nuestra civilización ha sido el paso de la idea de nacimiento al mérito. Y las cuotas empiezan por marcar el acento en el nacimiento. Pues sí, pueden discriminar. Porque el nacimiento es azaroso.

P. Soledad Puértolas defendió modificar la definición de cocinillas. ¿Es machista el lenguaje? ¿O es una cuestión de adaptarlo al presente?

R. Es una cuestión de adaptarlo a varios contextos históricos. No se pueden imponer unos términos porque alguien lo diga, sino que debe responder a los usos sociales. Los académicos somos notarios de uso. Cocinilla tenía su sentido en aquel contexto: cuando yo llegué a la Universidad, muchas chicas lo que buscaban era barniz y un buen marido. Eso ha cambiado drásticamente. Como decía mi difunta amiga Margarita Rivière, la gran revolución del siglo XX fue la transformación de la propia percepción de las mujeres. Y eso ha explotado ahora en todos los ámbitos.

P. Cómo valora hasta ahora el reinado de Felipe VI.

R. He tenido el privilegio de estar cerca de él mucho tiempo. Casi 20 años. Siempre he dicho que era una persona inteligente, con sentido común y bondadoso. Y desde luego con sentido de Estado, como demostró el 3-O. Lo malo es que los políticos lo dejaron solo. ¿Por qué? Hay que preguntárselo a ellos. Hizo lo que tenía que hacer: defender la unidad de España.

P. ¿Se puede comparar la situación con el contexto en el que se produjo el 23-F?

R. Casi lo del 23-F fue más fácil que lo que tenemos ahora en Cataluña. Me impresiona que estemos en una situación tan difícil institucionalmente y que no haya en el país una crisis. Lo que significa que el país puede salir adelante y que, de momento, tiene reservas. Que se cree artificialmente una sensación de fracaso total es algo que indigna mucho.

 

 

CONSEJOS PARA DEFENDER LA LIBERTAD*

Por Nicolás Maquiavelo

 

TRES CLASES DE GOBIERNO BUENAS Y TRES PÉSIMAS

Recordaré que algunos han escrito, refiriéndose al gobierno, que puede ser de tres clases: monárquico, aristocrático y popular, y que los que organizan una ciudad deben inclinarse a una de ellas, según les parezca oportuno. Otros, más sabios en opinión de muchos, opinan que las clases de gobierno son seis, de las cuales tres son pésimas y las otras tres buenas en sí mismas, aunque se corrompen tan fácilmente que llegan a resultar perniciosas.

Las buenas son las que enumerábamos antes, las malas, otras tres que dependen de ellas y les son tan semejantes y cercanas, que es fácil pasar de una a otra: porque el principado fácilmente se vuelve tiránico, la aristocracia con facilidad evoluciona en oligarquía, y el gobierno popular se convierte en licencioso sin dificultad”.

SI CADA PODER CONTROLA A LOS OTROS, GOBIERNO ESTABLE

De modo que, conociendo este defecto, los legisladores prudentes huyen de cada una de estas formas en estado puro, eligiendo un tipo de gobierno que participe de todas, juzgándolo más firme y más estable, pues así cada poder controla a los otros, y en una misma ciudad se mezclan el principado, la aristocracia y el gobierno popular.

Entre los que merecieron más alabanzas por haber dado constituciones de este tipo mixto se encuentra Licurgo, que ordenó sus leyes de Esparta de manera que, dando su parte de poder al rey, a los nobles y al pueblo, construyó un Estado que duró más de ochocientos años, con suma gloria para él y quietud para su ciudad.

Sucede lo contrario con Solón, el que dio leyes a Atenas, pues organizándolo todo según gobierno exclusivamente popular, lo construyó de vida tan breve que antes de morir vio cómo nacía la tiranía de Pisístrato“.

UNA REPÚBLICA BIEN ORDENADA PREVIENE LA MALICIA

Como demuestran todos los que han meditado sobre la vida política y los ejemplos de que está llena la historia, es necesario que quien dispone una república y ordena sus leyes presuponga que todos los hombres son malos, y que pondrán en práctica sus perversas ideas siempre que se les presente la ocasión de hacerlo libremente; y aunque alguna maldad permanezca oculta por un tiempo, por provenir de alguna causa escondida que, por no tener experiencia anterior, no se percibe, siempre la pone al descubierto el tiempo, al que llaman padre de toda verdad.”

 

 

LAS BUENAS LEYES HACEN BUENOS A LOS HOMBRES

Los hombres sólo obran bien por necesidad, pero donde se puede elegir y hay libertad de acción se llena todo, inmediatamente, de confusión y desorden. Por eso se dice que el hambre y la pobreza hacen ingeniosos a los hombres y las leyes los hacen buenos.

Y cuando una cosa marcha bien por sí misma no es necesaria la ley, pero en cuanto desaparece esa buena costumbre, la ley se hace necesaria con urgencia”.

LOS PUEBLOS DISTINGUEN LA VERDAD CUANDO LA OYEN

Los buenos ejemplos nacen de la buena educación, la buena educación de las buenas leyes, y las buenas leyes de esas diferencias internas que muchos, desconsideradamente, condenan, pues quien estudie el buen fin que tuvieron encontrará que no engendraron exilios ni violencias en perjuicio del bien común, sino leyes y órdenes en beneficio de la libertad pública.

Además, los deseos de los pueblos libres raras veces son dañosos a la libertad, porque nacen, o de sentirse oprimidos, o de sospechar que puedan llegar a estarlo. Y si estas opiniones fueran falsas queda el recurso de las palabras, encomendando a algún hombre honrado que, hablándoles, les demuestre que se engañan, pues los pueblos, como dice Tulio, aunque sean ignorantes, son capaces de reconocer la verdad, y ceden fácilmente cuando la oyen de labios de un hombre digno de crédito”.

EL PUEBLO, EL MEJOR GUARDIÁN DE LA LIBERTAD

Los que organizan prudentemente una república, consideran, entre las cosas más importantes, la institución de una garantía de la libertad, y según sea más o menos acertada, durará más o menos el vivir libre.

Colocándome del lado de los romanos, creo que se debe poner como guardianes de una cosa a los que tienen menos deseos de usurparla. De modo que, si ponemos al pueblo como guardián de la libertad, nos veremos razonablemente libres de cuidados, pues, no pudiéndola tomar, no permitirá que otro la tome”.

UNA SOCIEDAD ACOSTUMBRADA A LA CORRUPCIÓN SE RESISTE AL CAMBIO

Los hombres, acostumbrados a vivir de una manera, se resisten a cambiar, y sobre todo no viendo el mal presente, sino habiendo de serles mostrado por conjetura. Y como el reconducir una ciudad a una verdadera vida política presupone un hombre bueno, y volverse, por la violencia, príncipe de una ciudad presupone uno malo, sucederá rarísimas veces que un hombre bueno quiera llegar a ser príncipe por malos caminos, aunque su fin sea bueno, o que un hombre malo que se ha convertido en príncipe quiera obrar bien, y le quepa en la cabeza emplear para el bien aquella autoridad que ha conquistado con el mal.

De todo lo dicho se deduce la dificultad o imposiblidad que existe en una ciudad corrupta para mantener una república o crearla de nuevo”.

 

EL PUEBLO ES MÁS JUICIOSO Y RESPETA MÁS LAS LEYES QUE SUS LÍDERES

No se debe culpar más a la naturaleza de la multitud que a la de los príncipes, porque ambos se equivocan igualmente cuando pueden equivocarse sin temor. Y la variación de comportamiento no nace de una diferente naturaleza, que es común a todos, y si alguien lleva aquí ventaja es el pueblo, sino de tener más o menos respeto a las leyes dentro de las cuales viven ambos.

El pueblo es menos ingrato que los príncipes. En cuanto a juzgar las cosas, muy pocas veces sucede que cuando el pueblo escucha a dos oradores que intentan persuadirlo de tesis contrarias y que son igualmente virtuosos no escoja la mejor opinión y no llegue a comprender la verdad cuando la oye”.

EL DEBER DE UN HOMBRE BUENO ES ENSEÑAR A OTROS EL BIEN

Siendo, además, los apetitos humanos insaciables, porque por naturaleza quieren y pueden desear toda cosa, y la fortuna les permite conseguir pocas, resulta continuamente un descontento en el espíritu humano, y un fastidio de la cosas que se poseen, que hace vituperar los tiempos presentes, alabar los pasados y desear los futuros, aunque no les mueva a ello ninguna causa razonable.

El deber del hombre bueno es enseñar a otros el bien que no ha podido poner en práctica por la malignidad de los tiempos o de la fortuna, para que, siendo muchos los capaces, alguno de ellos, más amado del cielo, pueda ponerlo en práctica”.

LA INSOLENCIA PERVIERTE EL HABLAR Y EL ACTUAR

El usar palabras deshonrosas contra el enemigo proviene, la mayoría de las veces, de la insolencia que da el triunfo o la falsa esperanza de la victoria, falsa esperanza que induce a los hombres a equivocarse no solamente al hablar, sino también al actuar.

Porque cuando esta esperanza entra en el pecho de los hombres, les hace pasarse de la raya, y así, en muchas ocasiones, pierden un bien cierto por la esperanza incierta de conseguir otro mayor”.

LAS REPÚBLICAS QUE SE PUEDEN RENOVAR A MENUDO, DURAN MÁS

Hablando de cuerpos mixtos como las repúblicas o las sectas, digo que son salutíferas aquellas alteraciones que las reconducen a sus principios. Y por eso están mejor organizadas y tienen una vida más larga las que, mediante sus instituciones, se pueden renovar a menudo, o que, por cualquier circunstancia ajena a sus ordenamientos, llegan a dicha renovación.

Y es más claro que la luz que, si no se renuevan, no pueden durar”.

ES DIFÍCIL Y PELIGROSO OBLIGAR A UN PUEBLO A SER LIBRE

Los ciudadanos que intentan alguna empresa en una república, sea en favor de la libertad o de la tiranía, deben considerar antes el estado en que se encuentra, y, según eso, juzgar la dificultad de su propósito.

Pues resulta tan difícil y peligroso querer hacer libre a un pueblo que quiera vivir siervo como hacer siervo a un pueblo que quiera vivir libre”.

EN LAS ELECCIONES Y LA CORRUPCIÓN, LOS PUEBLOS SE EQUIVOCAN MENOS

Los pueblos cometen muchos menos errores que los príncipes, tanto en lo que respecta a las falsas opiniones como en lo que toca a la corrupción.

Puede ser que los pueblos sean engañados por la fama, la opinión y los actos de un hombre, estimándolo más de lo que merece, lo que no le sucederá a un príncipe, pues se lo dirán y le advertirán de ello sus consejeros; por eso, para que también los pueblos tengan sus consejeros, los buenos organizadores de las repúblicas han dispuesto las cosas de modo que, cuando se hayan de efectuar los nombramientos de los cargos más elevados de la ciudad, en los que sería muy peligroso colocar hombres que no estuvieran a la altura de su puesto, siempre que se vea que la voluntad popular se inclina a nombrar a un inepto, cualquier ciudadano pueda exponer públicamente en la asamblea los defectos de ese candidato, y esto no sólo le será lícito, sino que constituirá un motivo de gloria, pues así el pueblo podrá juzgar mejor, al ser más completo su conocimiento.

Los pueblos juzgan en las elecciones según las señas más fiables que pueden tener del carácter de los hombres, y cuando pueden ser aconsejados como los príncipes, se equivocan menos que ellos”.

* * *

NICOLÁS MAQUIAVELO (1469-1527), citas extraídas de “Discursos de la primera década de Tito Livio”, publicados póstumamente. Alianza Editorial, 1987. Filosofía Digital, 2006

 

 

 

 

 

 

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