Teilhard de Chardín – “EL FENÓMENO HUMANO” – Parte V- La expansión de la vida

INDICE DE POST´s  EL FENOMENO HUMANO – Teilhard de Chardin 

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EL FENÓMENO HUMANO

Teilhard De Chardin

-PARTE V-

 

II. LA VIDA

(…)

Cap. II. LA EXPANSIÓN DE LA VIDA 

1. Los movimientos elementales de la Vida 

A) Reproducción 

B) Multiplicación 

C) Renovación 

D) Conjugación 

E) Asociación 

F) Aditividad dirigida 

Un Corolario. Las Formas de la Vida 

2. Ramificaciones de la masa viviente 

A) Agregaciones de crecimiento 

B) Florescencias de madurez 

C) Efectos de lejanías

3. El Árbol de la Vida 

a) Una unidad cuantitativa de la evolución: la Capa de los Mamíferos 

b) Una Capa de capas: los Tetrápodos 

c) La Rama de los Vertebrados 

d) El resto de la Vida

A) Dimensiones

B) La evidencia 

 

CAPÍTULO II

LA EXPANSIÓN DE LA VIDA

 

Cuando un físico quiere estudiar el desarrollo de una onda empieza por someter a cálculo la pulsación de una sola partícula. Después, reduciendo el medio vibratorio a sus características y direcciones de elasticidad principales, generaliza a la medida de éste los resultados hallados en el caso del elemento analizado. De esta manera obtiene una figura esencial la más cercana posible del movimiento de conjunto que trataba de determinar.

Confrontado con la labor de describir la ascensión de la vida, el biólogo se ve llevado a seguir, con sus medios propios, un método semejante. Es imposible poner orden dentro de este fenómeno enorme y complejo sin analizar primero los procedimientos imaginados por la Vida para progresar en cada uno de sus elementos considerados de manera aislada. Imposible, asimismo, precisar la marcha general adquirida por la multitud de esos procesos individuales adicionales sin escoger en su resultante los trazos más expresivos y los más luminosos.

Una representación simplificada, aunque estructural, de la Vida terrestre en evolución. Una visión cuya verdad emerja por un puro e irresistible efecto de homogeneidad y de coherencia. Ni detalles accesorios, ni discusiones. Todavía y siempre una perspectiva a ver y a aceptar, o a no ver. He aquí lo que me propongo desarrollar en el curso de los párrafos que siguen.

Tres consideraciones esenciales contienen y definen la sustancia de lo que quiero decir:

1. Los Movimientos elementales de la Vida.

2. La Ramificación espontánea de la masa viviente.

3. El Árbol de la Vida.

Todo ello contemplado, para empezar, desde el exterior y en la superficie. Sólo en el capítulo siguiente intentaremos penetrar hasta el Interior de las Cosas.

 

Arbol de la vida, Fabiola Bermolen

 

1. LOS MOVIMIENTOS ELEMENTALES DE LA VIDA

 

A) REPRODUCCIÓN

En la base de todo el proceso mediante el cual se teje alrededor de la Tierra la envoltura de la Biosfera se coloca el mecanismo, típicamente vital, de la reproducción. Toda Célula, en un momento dado, se divide (por “escisiparidad” o “carioquinesis”) y da origen a una nueva Célula semejante a ella. Antes no existía más que un solo centro; ahora existen dos. Todo en los movimientos ulteriores de la Vida deriva de este fenómeno elemental y potente.

En sí misma, la división celular parece provocada por la simple necesidad en que se encuentra la partícula viviente de hallar remedio a su fragilidad molecular y a las dificultades estructurales relacionadas con la continuidad de sus crecimientos. Las agrupaciones limitadas de átomos, las micromoléculas, tienen una longevidad (aunque por contraste también una fijeza) casi indefinida. La Célula, ella misma, por estar empeñada en un trabajo de asimilación continuado, debe dividirse en dos para continuar existiendo. Por este motivo la Reproducción parece inicialmente como un simple procedimiento de lo inestable en el caso de los vastos edificios moleculares.

Pero como acontece siempre en el Mundo, lo que en el origen era sólo un azar afortunado o un medio de supervivencia, se halla inmediatamente transformado y utilizado como un instrumento de progreso y de conquista. La Vida parece, en sus comienzos, no haberse reproducido más que para defenderse. Ahora bien: por medio de este gesto mismo preludiaba sus invasiones.

 

B) MULTIPLICACIÓN

Porque, una vez introducido en la Trama del Universo, el principio de la duplicación de las partículas vivientes no conoce otros límites que los de la cantidad de Materia ofrecida a su funcionamiento. Se ha calculado que en algunas generaciones un solo Infusorio, por simple división de sí mismo y de sus descendientes, llegaría a cubrir la Tierra entera. Ningún volumen, por grande que sea, puede resistir a los efectos de una progresión geométrica. Y esto no es una pura extrapolación del espíritu. Por el solo hecho de desdoblarse y de que nada puede impedir que se desdoble continuamente, la Vida posee una fuerza de expansión tan invencible como la de un cuerpo que se dilata o se evapora. Pero mientras que, en el caso de la Materia llamada inerte, el crecimiento en volumen encuentra pronto su punto de equilibrio, ninguna detención parece manifestarse en el caso de la sustancia viva. Cuanto más se extiende el fenómeno de la división celular, tanto más gana en virulencia. Una vez desencadenado el juego de la escisiparidad, nada podría detener en su interior, dada su espontaneidad, este fuego constructor y devorante. Y nada es, por tanto, lo suficientemente grande en el exterior como para apagarlo por saciedad.

 

C) RENOVACIÓN

Ahora bien: esto no es todavía más que un primer resultado y el aspecto cuantitativo de la operación en curso. La Reproducción duplica la célula-madre. Y así, por un mecanismo inverso de la disgregación química, se multiplica sin desmenuzar. Pero al mismo tiempo, suplementariamente, transforma lo que sólo quería prolongar. Cerrado sobre sí mismo, el elemento mismo alcanza más o menos rápidamente un estado de inmovilidad. Se enclava y se congela en su evolución. Inmediatamente y gracias al juego de la reproducción, vuelve a encontrar la facultad de reajustarse interiormente y de adquirir, en consecuencia, una figura y una orientación nuevas. Pluralización tanto en la forma como en el número. La onda elemental de Vida salida de cada individuo no se extiende como un círculo monótono formado por otros individuos exactamente semejantes a él. Se difracta y se irisa con una gama indefinida de tonalidades diversas. Centro de irresistible multiplicación, el ser vivo se halla transformado, por este mismo hecho, en foco no menos irresistible de diversificación.

 

 

D) CONJUGACIÓN

Entonces es cuando, según parece, para ampliar la brecha así abierta, en virtud de su primera oleada, en la muralla de lo Inorganizado, la Vida ha descubierto el maravilloso procedimiento de la Conjugación. Sería necesario un volumen entero para determinar y admirar cómo se engrandece y sublimiza, a través de la evolución, de la Célula al Hombre, la dualidad de los sexos. En sus comienzos, donde aquí lo consideramos, el fenómeno se presenta sobre todo como un medio de acelerar y de intensificar el doble efecto multiplicante y diversificante ya obtenido de antemano por la reproducción asexuada, tal como esta última funciona todavía en tantos organismos inferiores y hasta en cada una de las células de nuestro propio cuerpo. Gracias a la primera conjugación de dos elementos (por poco diferenciados que estuvieran aún en macho y hembra) se abría la puerta hacia esos modos de generación donde un solo individuo puede pulverizarse en una miríada de gérmenes. Y simultáneamente se encontraba esbozado un juego sin fin: el de las combinaciones de “caracteres”, cuyo análisis ha emprendido minuciosamente la genética moderna. En lugar de irradiar simplemente a partir de cada centro en vías de división, los radios de la Vida empezaron desde entonces a anastomosarse, intercambiando y variando sus riquezas respectivas. No nos extrañemos ante esta invención maravillosa más de lo que lo hacemos ante el Fuego, el Pan o la Escritura. Y, no obstante, ¡cuánto azar y cuántas tentativas -y como consecuencia, cuánto tiempo- no ha sido necesario para que madurase este descubrimiento fundamental del cual hemos salido! ¡Y cuánto tiempo también para que encontrase su complemento y su culminación naturales en la innovación, no menos revolucionaria, de la Asociación!

 

E) ASOCIACIÓN

En un primer análisis, y sin prejuzgar acerca de factores más profundos, la agrupación de partículas vivientes en organismos complejos es una consecuencia casi inevitable de su multiplicación. Las células tienden a aglomerarse porque se presionan unas contra otras o incluso nacen en racimos. Pero de esta oportunidad o necesidad puramente mecánicas de acercamiento ha acabado por germinar y por precisarse un método definido de perfeccionamiento biológico.

Bajo nuestros ojos parecen sobrevivir, en la Naturaleza, todos los estadios de esta marcha, todavía no acabada, hacia la unificación o síntesis de los productos, acrecentados sin cesar, de la Reproducción de los vivientes. En la parte más inferior, el simple agregarlo, tal como existe en las Bacterias o los Hongos inferiores. En un grado superior, la colonia soldada, con sus elementos más claramente especializados, pero todavía no centralizados: tales los Vegetales superiores, los Briozoos o los Políperos. Más arriba aún, el Metazoo, verdadera Célula de células, en el que, en virtud de un tipo prodigioso de transformación crítica, se establece un centro autónomo como por exceso de apretujamiento, sobre el grupo organizado de las partículas vivientes. Y todavía más lejos, para terminar, en el límite actual de nuestra experiencia y de los experimentos de la Vida, la sociedad, esas misteriosas asociaciones de Metazoos libres en el seno de las cuales parece ensayarse, conforme a líneas desigualmente afortunadas, la formulación de unidades hipercomplejas por “megasíntesis”.

La última parte de este libro estará particularmente consagrada al estudio de esta forma última y suprema de agrupación, en la que culmina quizá, dentro de lo Social reflexivo, el esfuerzo de la Materia para organizarse. Limitémonos aquí a hacer notar que la Asociación, considerada en todos sus grados, no es, entre los seres animados, un fenómeno esporádico o accidental. Por el contrario, representa uno de los mecanismos más universales, más constantes, y, por consiguiente, los más significativos, utilizados por la Vida para su expansión. Dos de sus ventajas son inmediatamente obvias. Gracias a ellas, en primer lugar, la sustancia viva llega a constituirse en masas suficientemente voluminosas para escapar a las innumerables servidumbres exteriores (adhesión capilar, presión osmótica, variación química del medio, etc.), que paralizan al ser microscópico. En biología, como en navegación, se requiere físicamente determinada talla para la posibilidad de ciertos movimientos… Y gracias a ella, también (siempre a favor del aumento en volumen que permite) el organismo encuentra dentro de sí el lugar necesario para alojar los múltiples engranajes nacidos progresivamente, aditivamente, de su diferenciación.

 

F) ADITIVIDAD DIRIGIDA

Reproducción, conjugación, asociación… Por prolongados que sean, estos diversos movimientos de la célula no llegan a determinar, por sí mismos, un despliegue de los organismos en superficie. Reducida a sus propios recursos, la Vida se expansionaría y se diversificaría siempre en el mismo plano. Se parecería al avión que corre sobre el suelo sin poder “despegar”. No podría, pues, ascender.

Aquí es donde interviene, haciendo el papel de componente vertical, el fenómeno de aditividad.

No faltan, sin duda, en el curso de la evolución biológica, los ejemplos de transformaciones que se operan en horizontal, por puro cruce de caracteres. Tales, las mutaciones llamadas “mendelianas”. Pero, de una manera más general y profunda, las renovaciones posibilitarias por cada reproducción hacen algo más que sustituirse: unen unas a otras su suma que es creciente en un sentido determinado. Disposiciones que se acentúan u órganos que se ajustan o se superponen. Aquí diversificación, allí especialización crecientes de los términos que constituyen una misma línea genealógica. Aparición, en otros términos, de la estirpe, en cuanto unidad natural distinta del individuo. A esta ley de complicación dirigida, en la que madura el proceso mismo del cual, a partir de las micromoléculas, y después de las macromoléculas, salieron las primeras células, la Biología le ha dado el nombre de Ortogénesis. 

La ortogénesis, forma dinámica. y la única realmente completa de la Herencia. ¿Qué realidad y qué resortes de amplitud cósmica encierra este vocablo? Vamos a descubrirlo poco a poco. Desde ahora aparece ya claramente un primer punto en el estadio actual de nuestra encuesta. Gracias al poder aditivo que la caracteriza, la sustancia viviente se halla (a la inversa de la Materia de los físicos) “lastrada” de complicación y de inestabilidad. Cae o, más exactamente, se eleva hacia formas cada vez más improbables.

Sin la ortogénesis no habría más que una extensibilidad; con la ortogénesis existe de manera invencible una ascensión de la Vida.

 

 

UN COROLARIO. LAS FORMAS DE LA VIDA

Detengámonos ahora un momento. Y antes de investigar lo que realizan, en su extensión a la Vida total, las leyes reconocidas más arriba como reguladoras de los movimientos de la partícula aislada, intentemos precisar cuáles son, en virtud de esas leyes elementales, los aspectos o actitudes generales que, en todos los niveles y en cualquier momento, van a caracterizar la Vida en movimiento.

Estas actitudes, o formas de actuación, pueden ser reducidas a tres: la profusión, la ingeniosidad y (según nuestro punto de vista individual) la indiferencia.

a) En primer lugar, profusión, nacida ésta del proceso ilimitado de la multiplicación.

La Vida procede por efectos de masas, por oleadas de multitudes lanzadas; podría parecer sin orden hacia adelante. Millares de gérmenes y millones de adultos, comprimiéndose, separándose, devorándose, para ver quién ocupa el mayor lugar y los mejores lugares. Todo el derroche aparente y toda la aspereza; todo el misterio y todo el escándalo; pero al mismo tiempo, para ser justos, toda la eficacia biológica de la lucha por la Vida. En el curso del juego implacable que enfrenta y fuerza a unos contra otros los bloques de sustancia viviente en vías de irresistible dilatación, el individuo está ciertamente arrastrado hacia los límites de sus posibilidades y de su esfuerzo. Emergencia del más apto, selección natural: no se trata, pues, aquí de vocablos vanos, siempre y cuando no se implique en ellos ni un ideal final, ni una explicación última.

Pero no es el individuo el que parece contar, sobre todo, en el fenómeno. Más profundo que una serie de combates singulares, se trata de un conflicto de posibilidades que se desarrolla en la lucha por existir. Al reproducirse sin tasa, la Vida se acoraza contra los golpes adversos. Acrecienta con ello sus posibilidades de subsistir. Y al propio tiempo multiplica sus posibilidades de avanzar.

Y he aquí por donde se prosigue y reaparece, al nivel de las partículas animadas, la técnica fundamental del Tanteo, esa arma específica e invencible de toda multitud en expansión. El tanteo, en el que se combinan tan curiosamente la fantasía ciega de los grandes números y la orientación precisa de una meta perseguida. El tanteo, que no es sólo el Azar, con el que se ha querido confundirlo, sino un Azar dirigido. Llenarlo todo para ensayarlo todo. Ensayarlo todo para hallarlo todo. El medio de desarrollar este gesto, cada vez más enorme y más costoso a medida que se va extendiendo más y más, ¿no sería eso lo que, en el fondo, está buscando la Naturaleza, por así decirlo, dentro de la profusión? 

b) Seguidamente, ingeniosidad. Esta es la condición indispensable o, más exactamente, la cara constructiva de la aditividad.

Con el objeto de acumular los caracteres en conjuntos estables y coherentes, la Vida se ve conducida a desplegar una prodigiosa habilidad. Le hace falta imaginar y combinar los engranajes en un mínimo de espacio. Como un ingeniero, debe montar maquinarias sutiles y simples. Pero esto implica y envuelve, para la estructura de los organismos (¡cuanto más elevados son éstos %), una propiedad que no hay que olvidar nunca.

Lo que se monta se desmonta.

En un primer estadio de sus descubrimientos, la Biología se ha visto sorprendida y fascinada al verificar que los seres vivientes, por perfecta, o incluso más que perfecta, que fuese su espontaneidad, eran siempre descomponibles bajo sus dedos, en una cadena sin fin de mecanismos cerrados. Con ello creyó poder concluir en un materialismo universal. Sin embargo, eso era olvidar la diferencia esencial que separa a un todo material de los productos de su análisis.

Es cierto que por su misma construcción cualquier organismo es siempre y necesariamente desmontable en piezas ordenadas. Pero de esta circunstancia no se sigue, de ninguna manera, que la suma de estas piezas sea ella misma automática, ni que de su adición no pueda emerger algún valor específicamente nuevo. Que lo “libre” se descubra, incluso en el Hombre, de una manera pananalizable, en forma de determinismos, no es una prueba de que el Mundo no exista (como aquí lo afirmamos) a base de libertad. Ello es, de parte de la Vida, el resultado y el triunfo de la ingeniosidad.

c) Y, por fin, indiferencia para los individuos.

¡Cuántas veces el Arte, la Poesía, e incluso la Filosofía, no habrán pintado a la Naturaleza como una mujer con los ojos vendados, pisando una masa de existencias aplastadas! … Una primera huella de esta aparente dureza se manifiesta en la profusión. Como los saltamontes de Tolstoi, la Vida pasa por encima de un puente de cadáveres acumulados. Y eso es un efecto directo de la multiplicación. Pero la ortogénesis y la asociación trabajan también, a su manera, en este mismo sentido “inhumano”.

En virtud del fenómeno de asociación, la partícula viviente es descuajada de sí misma. Considerada dentro de un conjunto más vasto que ella misma, se hace parcialmente esclava de él. Ya no se pertenece a sí misma.

Y lo que la incorporación orgánica, o social hace para distenderla en el Espacio, su acceso a una lineación, lo lleva a cabo de una manera no menos inexorable en el Tiempo. En virtud de la fuerza de la ortogénesis, el individuo se halla colocado en la fila. De centro pasa a ser intermediario, eslabón. Ya no existe: transmite. La Vida, más real que las vidas, ha podido decirse…

Aquí, el perderse en el Número; allá, el cuarteamiento en lo Colectivo. Allá también, en una tercera dirección, el estiramiento en el Porvenir. Dramática y perpetua oposición entre el elemento nacido de lo Múltiple y lo múltiple naciendo constantemente del elemento, en el curso de la Evolución. 

A medida que el movimiento general de la Vida se regulariza, el conflicto, a pesar de periódicos retornos ofensivos, tiende a resolverse. Sin embargo, permanece cruelmente reconocible hasta el fin. Solamente a partir del Espíritu, en el que alcanza su paroxismo sentido, se esclarece la antinomia, y entonces la indiferencia del Mundo hacia sus elementos se transforma en una inmensa solicitud, en la, esfera de la Persona. Pero todavía no hemos llegado a ello.

Profusión tanteante, ingeniosidad constructiva, indiferencia para todo cuanto no es Porvenir y Totalidad. La Vida en virtud de sus mecanismos elementales, va elevándose, gracias a estos tres vectores. Y gracias también a un cuarto, que los envuelve a todos: el de una unidad global.

Esta última condición la habíamos encontrado ya en la Materia original más tarde, sobre la Tierra juvenil, y después, en la eclosión de las primeras células. Y aquí vuelve a manifestarse cada vez más evidente. Por vastas y multiformes que sean las proliferaciones de la Materia animada, estos acrecentamientos nunca cesan de extenderse solidariamente. Un ajuste continuo los coadapta al exterior. Un equilibrio profundo los sopesa en el interior. Considerada en su totalidad, la sustancia viviente extendida sobre la Tierra dibuja, desde los primeros estadios de su evolución, las alineaciones de un único y gigantesco organismo.

A la manera de un estribillo, al final de cada una de las etapas que nos conducen hacia el Hombre, repito sin cesar la misma cosa. Pero es porque, si se olvida esto, no se comprende nada.

Envolviendo la pluralidad y la rivalidad esenciales de las existencias individuales, resulta necesario, para percibir la Vida, no perder nunca de vista la unidad de la Biosfera. Una unidad todavía difusa en los comienzos. Unidad de origen, de marco, de ímpetu disperso, más aún que agrupación ordenada. Y, sin embargo, unidad que ya no cesará, a medida que la Vida asciende, de definirse, de replegarse sobre sí misma y, finalmente, de centrarse ante nuestros ojos.

 

 

2. RAMIFICACIONES DE LA MASA VIVIENTE

Estudiemos ahora, sobre la extensión total de la Tierra animada, los diversos movimientos, cuya figura acabamos de analizar, tanto en el caso de las células como en el de las agrupaciones de células. Llevada a tales dimensiones, uno podría imaginarse que su multitud va a embrollarse y a no engendrar más que una desesperante confusión. O inversamente, uno podría esperar que su suma cree, al armonizarse, una especie de onda continua, semejante a la que se extiende por encima de las aguas tranquilas en las que cae una piedra. De hecho, lo que sucede es una tercera situación. Observado bajo la forma que presenta en ese mismo momento a nuestros ojos, el frente de la Vida ascendente no es ni confuso ni continuo, sino que aparece como un conjunto de fragmentos, a la vez divergentes y escalonados: Clases, Órdenes, Familias, Géneros, Especies. Toda la gama de los grupos, cuya variedad, orden de magnitud y encadenamientos intenta expresar por medio de su nomenclatura la Sistemática moderna.

Considerada en su conjunto, la Vida se segmenta en su avance. Espontáneamente se rompe, por expansión, en amplias unidades naturales jerarquizadas. La Vida se ramifica. Tal es el fenómeno particular, tan esencial para las grandes masas animadas como lo es para las células la “carioquinesis”, del cual llegó el momento de ocuparnos. 

Muchos factores diversos contribuyen, cada uno por una parte, a dibujar o a acentuar el ramaje de la Vida. Los reduciré también a tres, que son los siguientes

a) Las agregaciones de crecimiento, que dan nacimiento a los “phyla”.

b) Las florescencias (o disyunciones) de madurez, que producen periódicamente los “verticilos”.

c) Los efectos de lejanía, que suprimen en apariencia los “pedúnculos”.

 

A) AGREGACIONES DE CRECIMIENTO 

Volvamos ahora al elemento vivo en vías de reproducción y de multiplicación. Alrededor de este elemento como centro, ya lo hemos visto, irradian, en virtud de la ortogénesis, diferentes líneas, cada una de ellas reconocible por la acentuación de ciertos caracteres. Por construcción, estas líneas divergen y tienden a separarse. Nada, sin embargo, anuncia todavía que, por el encuentro con las líneas salidas de los elementos vecinos, no llegarán a mezclarse hasta el punto de formar, por su reunión, una red impenetrable.

Celula eucariota

Por “agregación de crecimiento” yo entiendo el hecho, nuevo e inesperado, de que una dispersión de tipo simple se produce precisamente allí donde el juego de las posibilidades nos haría temer más un complicado embrollo. Esparcida por el suelo, una capa de agua no tarda en canalizarse en arroyuelos, y más tarde, en verdaderos arroyos. De manera semejante, bajo la influencia de variadas causas (paralelismo nativo de las ortogénesis elementales, atracción y ajuste mutuo de las líneas, acción selectiva del medio…), las fibras de una masa viviente en curso de diversificación tienden a acercarse, a agruparse, a aglutinarse, siguiendo un pequeño número de direcciones dominantes. Considerada en sus inicios, esta concentración de las formas alrededor de algunos ejes privilegiados resulta ser indistinta y difuminada: simple acrecentamiento, en algunos sectores, del número o de la densidad de las líneas. Luego, gradualmente, el movimiento va afinándose. Es así como se dibujan verdaderas nervaduras, aunque sin romper todavía el limbo de la hoja en donde aparecieron. En este momento, las fibras llegan también a escapar parcialmente a la red que intenta captarlas. De nervadura en nervadura pueden siempre reunirse, anastomosarse y cruzarse. La agrupación -dirá el geólogo- se halla todavía en el estadio de la raza. Es entonces cuando se producen, a la vez, según el punto de vista desde donde se mire, la agregación o la disyunción final. Llegadas a un cierto grado de ligazón mutua, las líneas se aíslan en una gavilla cerrada, impenetrable ya a las gavillas vecinas. Su asociación va a evolucionar desde ahora por sí misma, como un algo autónomo. La especie se ha individualizado. El Phylum acaba de nacer.

El Phylum. El haz viviente. La línea de líneas. Muchos ojos se resisten todavía a ver o a considerar como algo real esta malla de la Vida en evolución. Pero ello es debido a que no saben acomodarse, ni contemplar, como sería necesario.

El Phylum es, ante todo, una realidad colectiva. Para distinguirlo de manera precisa, es, pues, esencial colocarse en situación bastante alta y lejana. Mirado desde demasiado cerca en el espacio, se desmenuza en irregularidades confusas. Los árboles no dejan ver el bosque.

El Phylum es, en segundo lugar, un algo polimorfo y elástico. Semejante en esto a la molécula, que alcanza todos los tamaños y todos los grados de complicación, puede ser tan pequeño como una Especie o tan grande como una Rama. Existen phyla simples y phyla de phyla. La necesidad filética es menos cuantitativa que estructural. Es necesario, pues, saber reconocerla a las dimensiones que sean.

El Phylum, finalmente, es una realidad de naturaleza dinámica. Así, pues, no aparece bien definido más que en una cierta profundidad de duración; es decir, en el movimiento. Inmovilizado en el tiempo, pierde su fisonomía, que es como decir su alma. Su gesto muere sobre una instantánea.

Mirado sin estas precauciones, el Phylum parece no ser sino una entidad artificial más, recortada del continuum viviente por las necesidades de la clasificación. Observado con el aumento y la luz requeridos, se descubre, por el contrario, como una realidad estructural perfectamente determinada.

Lo que define al Phylum, en primer lugar, es un “ángulo inicial de divergencia”; es decir, la dirección particular en la cual se agrupa y evoluciona, separándose de las formas vecinas.

Lo que le define, en segundo lugar, es su “sección inicial”. Sobre este último punto (ya considerado a propósito de las primeras células y que adquirirá tanta importancia en el caso del Hombre) nos queda todavía mucho que aprender. Al menos, una cosa es ya desde ahora cierta. De la misma manera que una gota de agua no puede físicamente condensarse más que por encima de un determinado volumen, de la misma manera que una transformación química no puede iniciarse más que a partir de una cierta cantidad de materia comprometida, así el Phylum no llegaría a establecerse biológicamente si no agrupase en sí, desde el origen, un número suficientemente grande de potencialidades, y de potencialidades bastante variadas. Nunca una rama hubiera llegado a individualizarse, según podemos verlo ahora, sin presentar una consistencia y una riqueza inicial suficientes (lo mismo que sin tomar desde su partida una separación suficiente). La regla es, pues, clara. Pero concretamente, ¿cómo imaginar que funciona y se expresa la regla? ¿Segregación difusa de una masa en el interior de una masa? ¿Efecto contagioso propagándose alrededor de un área de mutación estrechamente limitada? ¿De qué manera debemos representarnos en superficie el nacimiento de una especie? Estamos todavía indecisos; y la cuestión admite quizá variadas respuestas. Pero ¿no equivale a haber resuelto casi el problema el hecho mismo de poder plantearlo de manera clara?

Por fin, lo que, para terminar, no sólo acaba de definir el Phylum, sino que, además, lo cataloga sin ambigüedad en la categoría de las unidades naturales del Mundo, es “su poder y su ley particular de desarrollo autónomo”. Sin metáfora, aunque a su manera, se comporta como algo vivo: crece y se expande.

 

 

B) FLORESCENCIAS DE MADUREZ

En virtud de unas analogías que dependen, lo describiremos más adelante, de un lazo profundo de naturaleza, el desarrollo de un Phylum paraleliza de manera curiosa los estadios sucesivos atravesados por una invención humana. Estos estadios nos son bien conocidos por haberlos constantemente observado durante el espacio de un siglo a nuestro alrededor. Primero, la idea toma cuerpo, de manera aproximada, dentro de una teoría o de un mecanismo provisional. Viene entonces un período de modificaciones rápidas: retoques y ajustes continuos del esbozo, hasta una puesta a punto casi definitiva. Llegada a este estado de culminación, la nueva creación entra entonces en su fase de expansión y de equilibrio. Cualitativamente, ya no cambia más- que en algunos detalles accesorios: se “techa”. Cuantitativamente, por el contrario, se expande y adquiere su plena consistencia. Esta es la historia de todos los inventos modernos: de la bicicleta al avión, de la fotografía al cine y a la radiodifusión.

De manera muy semejante se dibuja a los ojos del naturalista la curva de crecimiento seguida por las ramas vivientes. Al principio, el Phylum corresponde al “descubrimiento”, por tanteo, de un tipo orgánico nuevo, viable y ventajoso. Sin embargo, este tipo no adquiere de golpe su forma más económica ni la mejor adaptada. Durante un espacio de tiempo más o menos largo, emplea, podríamos decir, toda su fuerza en tantear aún sobre sí mismo. Los ensayos se suceden, aunque sin estar definitivamente aceptados. Y, finalmente, he aquí la perfección que se aproxima. A partir de este momento, el ritmo de los cambios se hace más lento, y la nueva invención, llegada a los límites de lo que puede dar, entra en su fase de conquista. Más fuerte que sus vecinos menos perfeccionados, el grupo recién nacido se extiende a la vez que se fija. Se multiplica, pero ya sin diversificarse. Acaba así de entrar, a la vez, en el máximo de su talla y de su estabilidad.

Florescencia de un Phylum por simple dilatación o por simple engrosamiento de su tallo inicial. Salvo en el caso de una rama llegada a los límites de su potencialidad evolutiva, este hecho elemental nunca se ha realizado rigurosamente. Por decisiva y triunfal que sea la solución aportada por la nueva forma a los problemas planteados por la existencia, esta solución admite, en efecto, un cierto número de variantes, las cuales, por el hecho de presentar cada una sus ventajas propias, no tienen motivo alguno ni tampoco ningún poder para eliminarse recíprocamente. Así se explica el hecho de que, a medida que va engrosando, el Phylum tiende a disociarse en phyla secundarios, correspondiendo cada uno de ellos a una variante o armónica del tipo fundamental. De alguna manera se rompe a todo lo largo de su frente de ensanchamiento. Se subdivide cualitativamente, al mismo tiempo que se extiende cuantitativamente. Es la disyunción que recomienza. Unas veces, las nuevas subdivisiones no parecen corresponder más que a diversificaciones superficiales, efectos de azar o de una exuberante fantasía. Otras veces, por el contrario, representan acomodaciones precisas del tipo general a necesidades o a habitats particulares. Así aparecen los radios (“radiaciones”) tan claramente señalados, según veremos, en el caso de los’ Vertebrados. Como es obvio, el mecanismo tiende a volver a actuar, aunque atenuado, en el interior de cada radio. Estos, a su vez, no tardan, pues, en manifestar los indicios de una resegmentación en abanico’. Teóricamente, el proceso no tiene fin. De hecho, la experiencia demuestra que el fenómeno no tarda en amortiguarse. Bastante pronto se detiene la formación de abanicos, y la dilatación terminal de las ramas se produce ya sin otra división ulterior apreciable. 

El aspecto más general que presenta un Phylum ya expansionado es, finalmente, el de un verticilo de formas consolidadas.

Es entonces cuando, al dar el último toque al fenómeno entero, se descubre en el corazón de cada pieza del verticilo su profunda inclinación hacia la Socialización. En cuanto a la Socialización, debo repetir aquí lo que dije anteriormente, en general, del poder vital de Asociación. Dado que, en la Naturaleza, las agrupaciones definidas de individuos o conjuntos organizados y diferenciados son relativamente raras (Termites, Hímenópteros, Hombres…), estaríamos expuestos a no ver en ellos más que una característica excepcional de la Evolución. En contra de esta primera impresión, una observación más atenta no tarda en reconocer que estas agrupaciones traducen una de las leyes más esenciales de la Materia organizada. ¿Ultimo método empleado por el grupo viviente para aumentar por coherencia su resistencia a la destrucción y su poder de conquista? ¿Medio útil imaginado por él, sobre todo, de multiplicar su riqueza interna mediante la aportación de recursos en común?… Sea cual fuere su razón profunda, he aquí el hecho ante nosotros. Una vez alcanzada, en el extremo de cada radia verticilar, su forma definitiva, los elementos de un Phylum tienden, con toda seguridad, a aproximarse y a socializarse, como los átomos de un cuerpo sólido a cristalizar.

Una vez realizado este progreso en el refuerzo y la individualización de las extremidades de su abanico, puede decirse que el Phylum ha alcanzado su plena madurez. A partir de este momento, va a durar hasta que, por debilitación interna o por competencia externa, se vaya clareando y se encuentre finalmente eliminado. Entonces es cuando, con la excepción de la supervivencia accidental de algunas líneas fijadas para siempre, se cierra su historia, a menos que, por un fenómeno de autofecundación, vuelva a hacer germinar un nuevo capullo en una u otro de sus puntos.

Para comprender el mecanismo de esta reviviscencia es necesario volver siempre a la idea o símbolo de tanteo. Hemos dicho que la formación de un verticilo se explica, en primer lugar, por la necesidad que tiene el Phylum de pluralizarse, con el objeto de hacer frente a necesidades o posibilidades diversas. Pero por el mismo hecho de que el número de radios va en aumento, y por cada radio que se expande aumenta, además, el número de los individuos, los “ensayos” y las “experiencias” van multiplicándose también. Un abanico al final de un Phylum viene a ser un bloque de antenas exploradoras. Si una de estas antenas encuentra casualmente la fisura, o la fórmula que da acceso a un nuevo compartimiento de la Vida, entonces, en lugar de fijarse o de techarse en diversificaciones monótonas, la rama encuentra en este punto toda su movilidad. Entra en mutación. Por esta vía abierta surge una pulsación de Vida, y pronto se ve conducida, bajo la influencia de las fuerzas combinadas de agregación y de disyunción, a dividirse, a su vez, en verticilos. Es un nuevo Phylum que aparece, que crece y que, sin necesidad de ahogar ni de agotar la Rama sobre la cual nació, se expansiona por encima de ella. Esperando quizá que brote de sí mismo una tercera rama, y después una cuarta, si de todos modos la dirección es buena y si el equilibrio general de la Biosfera lo permite.

C) EFECTOS DE LEJANÍAS

Así, pues, por razón del ritmo mismo de su desarrollo, cada línea de Vida va contrayéndose y dilatándose alternativamente. Un rosario de “nudos” y de “vientres”, un séquito de pedúnculos estrechos y de hojas escalonadas: ésta es su figura.

Pero este esquema no corresponde todavía más que a una representación teórica de lo que sucede realmente. Para ser visto tal como fue supondría un testigo terrestre que hubiera estado presente simultáneamente a su duración entera; y un tal observador no es más que una monstruosidad imaginaria. En la realidad de los hechos, la ascensión de la Vida no puede aparecernos más que aprehendida a partir de un instante muy corto; es decir, a través de un enorme espesor de tiempo transcurrido. Lo que se ofrece a nuestra experiencia, lo que, por consiguiente, constituye “el fenómeno”, no es, pues, el movimiento evolutivo en sí: es este mismo movimiento, pera corregido de su alteración por efectos de la lejanía. Ahora bien: ¿cómo va a traducirse esta alteración? Sencillamente, por acentuación (rápidamente creciente por la distancia) de la estructura en abanicos nacida de las irradiaciones filéticas de la Vida; esto, por lo demás, produciéndose de dos maneras diferentes en primer lugar, par exageración de la dispersión aparente de los phyla, y después, por la supresión aparente de sus pedúnculos.

Exageración  de la dispersión aparente de las phyla.

Esta primera ilusión de perspectiva, sensible a todas las miradas, depende del envejecimiento y de la “decimación” de las ramas vivientes bajo el efecto de la edad. En la naturaleza actual, ya no subsiste, a nuestros ojos, más que un número ínfimo de organismos que brotaron sucesivamente sobre el tronco de la Vida. Y, por diligente que sea la Paleontología, muchas de las formas extintas nos serán desconocidas para siempre. A consecuencia de esta destrucción, se forman continuamente huecos en la gran floración de las formas vegetales y animales. Y estos vacíos van haciéndose cada vez más amplios a medida que descendemos hacia los orígenes. Ramas secas que se rompen. Caída de las hojas. Otros tantos intermediarios morfológicos que desaparecen, y cuya ausencia presta tan frecuentemente a las líneas supervivientes el aspecto de tallos descarnados y solitarios. La misma Duración, que con una mano multiplica sus creaciones hacia adelante, trabaja con la otra, de una manera no menos segura, en diezmarlas hacia atrás. Con este gesto las separa, las aísla más y más a nuestros ojos, a pesar de que, por medio de otro procedimiento más sutil, nos produce la ilusión de verlas flotar, como bandadas sin raíces, sobre el abismo de los siglos pasados. 

 

 

Supresión de los pedúnculos.-

Desde los tiempos heroicos de Lamarck y de Darwin, la táctica favorita esgrimida contra los transformistas ha sido siempre la de recordarles la impotencia en que se encuentran para probar con trazas materiales el nacimiento de una especie. “Sin duda -se les decía-, vosotros nos mostráis en el pasado la sucesión de armas diversas, e incluso, os lo concedemos, la transformación de esas formas dentro de ciertos límites. Pero, por muy primitivos que sean, vuestro primer Mamífero es ya un Mamífero; vuestro primer Equino es ya un caballo, y así sucesivamente. Quizá exista evolución en el interior de un tipo. Pero no existe aparición del tipo por evolución.” Así continúan hablando los supervivientes, cada vez más raros, de la escuela fijista.

Independientemente de todo argumento sacado, según veremos, de la acumulación incesante de las evidencias paleontológicas, existe una respuesta más radical (o mejor, un final categórico de “no ha lugar”) que oponer a esta objeción: es la de negar su pre-supuesto. En el fondo, lo que los antitransformistas exigían es hacerles ver el “pedúnculo” de un phylum. Ahora bien: esta exigencia es irrazonable, al mismo tiempo que inútil. Porque para satisfacerla sería necesario cambiar el orden mismo del Mundo y las condiciones de nuestra percepción.

Nada es tan delicado y fugitivo por naturaleza como un comienzo. Mientras un grupo zoológico es joven, sus avaracteres permanecen indecisos. Su edificio es tierno. Sus dimensiones son débiles. Son relativamente pocos los individuos que lo componen, y esos cambian rápidamente. Tanto en el espacio como en la duración, el pedúnculo (o lo que viene a ser lo mismo, el brote) de una rama viva corresponde a un mínimo de diferenciación, de expansión y de resistencia. ¿De qué manera va, pues, a actuar la tierra sobre esta débil zona?

Inevitablemente, destruyéndola en sus vestigios.

¡Irritante, pero también esencial fragilidad de los orígenes, cuyo sentimiento debería penetrar a todos cuantos se ocupan de Historia! 

Cuando, en todas los terrenas, algo verdaderamente nuevo viene a despuntar a nuestro alrededor, no lo distinguimos, por la sencilla razón de que, para darnos cuenta de ello en sus comienzos nos haría falta ver en el porvenir su florescencia. Y cuando este mismo algo ha crecido, y miramos hacia atrás para descubrir su germen y los primeros esbozos, son estos primeros estadios, a su vez, los que se ocultan, destruidos u olvidados. ¿En dónde están, a pesar de su proximidad a nosotros, los primeros griegos y los primeros latinos? ¿En dónde las primeras lanzaderas, los primeros carros y los primeros hogares? ¿Dónde (¡ya!) los primeros modelos de automóviles, de aviones y de cines? En Biología, en Civilización, en Lingüística, por todas partes, tal la goma en manos de un artista, el Tiempo borra cada línea débil en los diseños de la Vida. Por medio de un mecanismo, cuyo detalle, en cada caso, parece evitable y accidental, pero cuya universalidad prueba que refleja una condición fundamental de nuestro conocimiento, los embriones, los pedúnculos, las fases iniciales de crecimiento, sean cuales fueren, van desapareciendo, hacia atrás, a nuestra vista. Fuera de las máximas ya fijadas, fuera de las culminaciones consolidadas, nada (ni en forma de “testigos”, ni tampoco en estado de huellas) subsiste de lo que ha existido antes que nosotros. Dicho de otro modo, sólo las prolongaciones terminales de los abanicos se continúan hasta el presente por medio de sus supervivientes o de sus fósiles.

Nada de extraño, por tanto, que retrospectivamente las cosas no parezcan surgir ya hechas. Automáticamente, por absorción selectiva de los siglos, es el movimiento el que tiende a desaparecer de nuestras perspectivas para resolverse, en el dominio terreno del Fenómeno, en una sucesión discontinua de planos y de estabilidades.

Así es cómo, por el efecto destructivo del Pasado, superponiéndose a un efecto constructivo de Crecimiento, acaban por dibujarse y por destacarse, ante la Ciencia, las ramificaciones del Árbol de la Vida.

Tratemos de verlo en su realidad concreta y de medirlo.

 

F1G. 1. Esquema que simboliza el desarrollo en Capas de Tetrápodos (excluidas las Aves). Las cifras de la izquierda representan los millones de años. Otros detalles, en el texto.

 

3. EL ÁRBOL DE LA VIDA

a) Una unidad cuantitativa de la evolución: la Capa de los Mamíferos

De las observaciones que preceden resulta inmediatamente que, para poder percibir de manera conveniente el Árbol de la Vida es necesario empezar por “acostumbrar los ojos” respecto de esta porción de su ramaje, en la cual no se ha ejercido más que de una manera moderada la acción corrosiva del Tiempo. Ni demasiado cercanas, para no ser molestados por las hojas, ni demasiado lejana, para poder todavía tener ramas lo suficientemente densas.

¿En dónde encontrar, dentro de la naturaleza actual, esta región privilegiada? Sin lugar a dudas, dentro de la gran familia de los Mamíferos.

Lo sabemos de manera positiva por la Geología, además de que una simple inspección de su estructura interna sería suficiente para probarlo: en el conjunto, si la Humanidad representa un grupo todavía “inmaturo”, los Mamíferos, precisamente, forman un grupo a la vez adulto y fresco. Plenamente expansionado durante el curso del Terciario solamente, su conjunto deja todavía percibir un número apreciable de sus apéndices más delicados. He aquí por qué ha sido desde el principio, y he aquí por qué constituye todavía un dominio de lección para el despertar y para el desarrollo de las ideas transformistas.

Contemplémoslo, pues, aquí, en sus grandes líneas (figura 1), limitando, no obstante, para empezar, el campo de nuestras investigaciones a la parte más joven y más progresiva: los Mamíferos placentarios.

Desde un punto de vista evolutivo (podría incluso decirse “fisiológico”), los Mamíferos placentarios, considerados en bloque, constituyen lo que voy a llamar aquí, de manera convencional, una Biota. Por ello entiendo una agrupación verticilada, cuyos elementos no solamente están emparentados por nacimiento, sino que soportan y se completan mutuamente en su esfuerzo para subsistir y propagarse.

Para empezar a comprender este punto importante, puesto con predilección en evidencia por la escuela americana de Paleontología, basta observar, bajo la luz conveniente, la repartición de las formas animales más familiares a cada uno de nosotros. Aquí, los Herbívoros y los Roedores, obteniendo directamente su alimento sobre la rama vegetal; y allá, los Insectívoros, parasitando de una manera similar la rama “artrópoda” de la Vida. Aquí todavía los Carnívoros, alimentándose los unos de los otros, y allí, los Omnívoros, subsistiendo con todas las dietas posibles. Tales son las cuatro radiaciones maestras que coinciden de manera sustancial con la división generalmente admitida de sus phyla.

Consideremos ahora estos cuatro radios o sectores, uno tras otro, de manera separada. Todos van a subdividirse, cada uno de ellos va a hendirse con una facilidad perfecta, en unidades subordinadas. Sea, por ejemplo, el más denso de entre ellos, según las actuales perspectivas: el de los Herbívoros. De acuerdo con los dos tipos diferentes escogidos para transformar la extremidad de los miembros en patas corredoras (por hiperdesarrollo de dos dedos o de un solo dedo medio), vemos aparecer dos grandes familias: los Artiodáctilos y los Perisodáctilos, cada una de ellas formada por un haz de anchas líneas distintas. Aquí, entre los Perisodáctilos, la oscura muchedumbre de los apíridos -el breve pero extraño brote de los Titanotéridos-, los Calicotéridos, con uñas excavadoras, que quizá vio el hombre todavía -la tribu de los Rinocerótidos, inermes o con cuernos- y, por fin, los Équidos, solípedos, imitados en América del Sur por un phylum enteramente independiente. Allí, entre los Artiodáctilos, los Suidos, los Camélidos, los Cérvidos y los Antilópidos, sin hablar de otros tallos menos vivaces, pero precisamente tan individualizados e interesantes desde el punto de vista de la Paleontología’. Y nada hemos dicho respecto del grupo denso y potente de los Proboscidios… De acuerdo con la regla de “supresión de los pedúnculos”, cada una de estas unidades se anega, por su base, en las brumas del Pasado. Pero una vez aparecidas, podemos seguirlas, todas y cada uno de ellas, en las fases principales de su expansión geográfica; en sus subdivisiones sucesivas, en sus verticilos, casi hasta lo indefinido; en la exageración, finalmente, por ortogénesis, de ciertos caracteres óseos, dentarios, o craneanos, que acaban habitualmente por hacerlos monstruosos o frágiles.

¿Es esto todo? Todavía no: superponiéndose a esta floración de Géneros y de Especies salidos de las cuatro Radiaciones fundamentales, distinguimos otra red, correspondiente a las tentativas realizadas acá y acullá para abandonar la vida terrestre y ocupar el aire, el agua o incluso las profundidades de la tierra. Al lado de las formas talladas para la carrera, he aquí las formas arborícolas e incluso volantes, las formas nadadoras, las formas excavadoras. Unas de ellas (Cetáceos y Sirenios) aparentemente derivadas, con una rapidez sorprendente, de los Carnívoros y de los Herbívoros. Las otras (Quirópteros, Topos, usarañas) proporcionadas, principalmente;, por los elementos más primitivos del grupo placentario : Insectívoros y Roedores, dos grupos tan antiguos ambos, como el final del Secundario.

Al contemplarlo en sí mismo, este conjunto funcional, tan elegantemente equilibrado, uno no puede escapar a la evidencia de que representa una agrupación sui géneris, orgánica y natural. Esta convicción aumenta, aun cuando uno se da cuenta de que no corresponde sólo a un caso excepcional y aislado, sino que otras unidades semejantes han aparecido periódicamente durante el curso de la Historia de la Vida. Vamos a citar dos ejemplos sin salirnos aún del dominio de los Mamíferos.

La Geología nos enseña que, durante el Terciario, un fragmento de la Biota placentaria, entonces en plena evolución, se halló cortado por el mar y aprisionado en la mitad meridional del continente americano. Ahora bien ¿de qué manera este brote reaccionó ante su aislamiento? Pues exactamente igual que una planta; es decir, reproduciendo a una escala menor el dibujo del tronco del cual se encontró separada. Fue así como se puso a crear sus seudo-Proboscidios, sus seudo-Roedores, sus seudoCaballos, sus seudo-Simios (los Platirrinos)… ¡ Toda una Biota a menor escala (una subbiota) en el interior de la primera!

Y he aquí el segundo ejemplo, el que nos proporcionan los Marsupiales.

A juzgar por su modo, relativamente primitivo, de reproducción, así como por su distribución geográfica actual, manifiestamente discontinua y residual, los Marsupiales o Implacentarios) representan un estadio aparte en la base de los Mamíferos. Seguramente debieron de expansionarse más pronto que los Placentarios, y formar, anteriormente a estos últimos, su propia Biota. En el conjunto, con la excepción de algunos tipos extraños (por ejemplo, un seudo-Machairodus encontrado recientemente fósil en la Patagonia, esta Biota marsupial ha desaparecido sin dejar huella. En compensación, una de sus subbiotas, desarrollada y conservada accidentalmente, también por aislamiento, desde antes del Terciario, en Australia, constituye todavía la admiración de los naturalistas por la claridad de sus contornos y por su perfección. El continente australiano, cuando fue descubierto por los europeos, no estaba habitado, como todo el mundo sabe, más que por Marsupiales, aunque por Marsupiales de todas las tallas, de todas las costumbres y de todas las formas: Marsupiales herbívoros y corredores. Marsupiales carnívoros, Marsupiales insectívoros, Marsupiales-ratones, Marsupiales-topos, etc. Imposible imaginar un ejemplo más sorprendente del poder inherente a todo phylum de diferenciarse en una especie de organismo cerrado, fisiológicamente completo. 

Una vez esto bien sentado, elevémonos ahora a contemplar el vasto sistema cerrado por las dos biotas, placentaria e implacentaria, consideradas a la vez. Muy pronto los zoólogos han notado que, en todas las formas de que se’ componen estos grupos, los dientes molares consisten esencialmente en tres tubérculos que se engranan de un maxilar a otro, arriba y abajo. He aquí un carácter insignificante en sí mismo, pero tanto más intrigante por su constancia. ¿Cómo explicar la universalidad de un carácter tan accidental? La clave del enigma nos ha sido dada por un descubrimiento realizado en algunos terrenos jurásicos de Inglaterra. En el Jurásico medio, dentro de un claro, entrevemos una primera pulsación de Mamíferos: un mundo de pequeños animales, no mayores que ratones o musarañas. Pues bien: entre estos minúsculos animales, ya entonces extremadamente cariados, el tipo dentario no estaba fijado tal como lo vemos en la Naturaleza actual. Entre ellos se reconoce ya el tipo trituberculado. Pero a su lado se observa toda una serie de otras combinaciones, diferente en el desarrollo y modo de oposición de los tubérculos en los molares. Y precisamente estas otras combinaciones han sido, desde hace mucho tiempo, eliminadas. Entonces, pues, se impone una conclusión. Salvo, quizá, el Ornitorrinco y el Equidna (estas formas ovíparas paradójicas en las que se ha querido hallar una prolongación de los “Multituberculados”), los Mamíferos actuales derivan todos ellos de un haz estrechamente unido. Considerados en su conjunto, no representan (en el estado de expansión) más que uno solo de los múltiples radios entre los cuales se dividía el verticilo jurásico de los Mamíferos: los Trituberculados.

En este punto hemos alcanzado casi los límites de lo que deja transparentar la opacidad del Pasado. Más abajo, salvo la existencia probable, muy hacia el fin del Trías, de otro verticilo, al cual se relacionarían los Multituberculados, la historia de los Mamíferos se pierde en la noche.

De todos modos, en nuestro alrededor y hacia lo alto, su grupo, aislado naturalmente por la ruptura de su pedúnculo, se destaca con bastante nitidez e individualidad para que le tomemos como unidad práctica de “masa evolutiva”.

Llamemos ahora Capa a esta unidad. Y ahora vamos, sin tardanza, a tener que utilizarla.

 

 

b) Una Capa de capas: los Tetrápodos

Cuando se trata de medir la distancia entre las nebulosas, los astrónomos se sirven de los años de luz. Si nosotros queremos, a partir de los Mamíferos, ensanchar y prolongar hacia abajo el Árbol de la Vida, debemos, por nuestra parte, contar por Capas.

Y para empezar, la de los Reptiles del Secundario.

Cuando la perdemos de vista, por debajo del Jurásico, no es que la rama de los Mamíferos se evapore por una especie de vacío. Por el contrario, una floración tupida y viviente, de aspecto muy diferente, la envuelve y la recubre: Dinosaurios, Pterosaurios, Ictiosaurios, Cocodrílidos y tantos otros monstruos menos familiares a los no iniciados en la Paleontología. Dentro de este conjunto, las distancias zoológicas en las formas son claramente mayores que las que existen entre los Órdenes de Mamíferos. Sin embargo, nos saltan a la vista tres caracteres importantes. En primer lugar nos encontramos con un sistema ramificado. En este sistema, inmediatamente, las ramas se presentan en un estado ya avanzado, o incluso terminal, de expansión. Finalmente, y considerado en conjunto; el sistema entero no representa sino una inmensa y quizá compleja Biota. Aquí, los Herbívoros, a menudo gigantescos. Allí, sus satélites y sus tiranos, los Carnívoros, pesados y ágiles. Allá, todavía, los Voladores, con sus membranas de murciélago o sus plumas de ave. Y para terminar, los Nadadores, tan ahilados como los Delfines.

A  distancia, este mundo de los Reptiles se nos presenta más comprimido que el de los Mamíferos, y a pesar de todo su longevidad, medida por su expansión y complicación finales, no puede ser imaginada más que, por lo menos, igual que la de aquéllos. En cualquier caso, no obstante, se desvanece, de la misma manera, en profundidad. Los Dinosaurios se reconocen todavía hacia la mitad del Trías. Pero emergen precisamente entonces de otra Capa, que había llegado casi a su declive: la de los Reptiles del Pérmico, caracterizada sobre todo por los Teromorfos “. 

Macizos y deformes, raros también en nuestros Museos, los Teromorfos son mucho menos populares que el Diplodocus y que los Ignuanodontes. Esto no les impide. sin embargo, adquirir una importancia cada día mayor en el horizonte de la Zoología. Considerados primitivamente como unos seres singulares y aberrantes, estrechamente confinados en África del Sur 15, están considerados y definitivamente identificados como representando por ellos mismos un estadio completo y particular de la Vida vertebrada continental. En un momento dado, antes de los Dinosaurios, antes de los Mamíferos, son ellos los que ocuparon y se posesionaron de toda la superficie no recubierta por el mar. Dicho de otro modo, ya bien separados del suelo por sus miembros fuertemente articulados 16, provistos a menudo de dientes molariformes, ellos son los primeros Cuadrúpedos que se instalaron ya sólidamente sobre la tierra firme. Cuando nos damos cuenta por vez primera de su presencia, abundan ya en formas extrañas -cornudas, crestadas, armadas de defensas-, indicando (¡como siempre!) – un grupo llegado al término de su evolución. Grupo bastante monótono de hecho, bajo sus curiosidades anatómicas superficiales, y en el cual, consiguientemente, no se distinguen todavía de manera muy clara las nervaduras de una verdadera Biota. Grupo fascinante, a pesar de todo, por las inserciones y las potencialidades de su verticilo. De un lado, las inmutables tortugas. Y en el otro extremo, unos tipos extremadamente progresivos por su agilidad y la construcción de su cráneo, de entre los cuales tenemos hoy todas las razones para pensar que salió el tallo, por mucho tiempo latente, de los Mamíferos» 

Y después, un nuevo “túnel”. A estas distancias, bajo el Peso del Pasado, las porciones de la Duración se van estrechando rápidamente. Cuando en la base, y por debajo del Pérmico, llegamos a discernir otra superficie de la Tierra habitada, ésta no está poblada sino por Anfibios arrastrándose por los fangos`. Los Anfibios: una floración de cuerpos rechonchos o serpentiformes, entre los cuales esa menudo difícil distinguir entre adultos y formas larvarias; piel desnuda o acorazada; vértebras tubulares o en mosaico de osículos… Allí todavía, siguiendo la regla general, no llegamos a palpar más que un mundo ya altamente diferenciado, casi a punto de terminar su existencia”. ¡Cuántas y cuántas capas pueden ser confundidas por nosotros todavía en este hervidero, a través de sedimentos, de los cuales apreciamos aún deficientemente su potencia y su desmesurada historia! Sin embargo, una cosa es por lo menos segura: en este estadio distinguimos un grupo animal que acabó por emerger de las aguas nutricias, a partir de las cuales se formó.

Ahora bien: en este principio extremo de su vida subaérea, los Vertebrados se presentan ante nosotros con un carácter sorprendente, acerca del cual nos es necesario reflexionar. En todos ellos la fórmula del esqueleto es la misma, y resulta particularmente idéntica (dejemos aparte ahora las maravillosas homologías del cráneo) en cuanto al número y el plan de las extremidades para la marcha. ¿En dónde encontrar una razón que nos explique esta similitud?

El hecho de que todos los Anfibios, Reptiles y Mamíferos tengan cuatro patas y sólo cuatro, podría en rigor aplicarse, por una pura convergencia, hacia un modo particularmente simple de locomoción (los Insectos, no obstante, nunca tienen menos de seis patas). Pero ¿cómo justificar por razones puramente mecánicas la estructura completamente semejante de estos cuatro apéndices? Por delante, el húmero único; después, los dos huesos del antebrazo, y luego los cinco radios de la mano… ¿No se trata aquí, de nuevo, de una de estas combinaciones accidentales que no pudieron ser autodescubiertas y realizadas más que por una sola vez? Aquí, pues, reaparece de nuevo la conclusión ya instalada en nuestro espíritu, como en el caso de la trituberculia en los Mamíferos. A pesar de su extraordinaria variedad, los animales terrestres pulmonados no representan sino variaciones en andamiaje múltiple de una solución muy particular adoptada por la Vida.

El inmenso y complejo abanico de los Vertebrados ambulantes se repliega y se encierra, pues, en un radio único, prolongado hacia sus orígenes.

Un solo pedúnculo, pues, para cerrar y definir en su base una Capa dé capas: el mundo de la Tetrapodia.

 

c) La Rama de los Vertebrados

En el caso de los Mamíferos habíamos podido aprehender el verticilo del cual se aisló y lanzó el radio “trituberculado”. Por lo que se refiere a los Anfibios, la Ciencia es menos avanzada. Sin embargo, no podríamos dudar acerca de la única región de la Vida, en la cual pudo formarse, entre otras combinaciones de tanteo, la Tetrapodia. Esta debió de germinar en alguna parte, entre los Peces con aletas lobadas y “membriformes”, cuya Capa, en otras épocas vivaz, sobrevive hoy sólo por algunos fósiles vivientes: los Dipnoos (o Peces pulmonados) y, sorpresa muy reciente, un “Crosopterigio” pescado últimamente en los mares australes. 

“Homogeneizados” superficialmente por adaptación mecánica a la natación, los Peces (sería mejor llamarlos Pisciformes) son monstruosamente complejos en su conjunto. ¡Cuántas Capas aquí, especialmente acumuladas y confundidas bajo el mismo vocablo! … Capas relativamente jóvenes, desarrolladas en los Océanos en la misma época en que se extendían sobre los continentes las de los Tetrápodos a`. Capas antiguas todavía mucho más numerosas, que se terminaban muy por abajo, hacia el Silúrico, en un verticilo fundamental del cual divergen ante nuestros ojos dos radios principales: los Pisciformes sin mandíbulas, con una sola apertura nasal, representados en la naturaleza actual solamente por la lamprea; y los Pisciformes con mandíbulas, con dos aperturas nasales, de las cuales emergió todo el resto.

Después de lo que dije más arriba sobre el encadenamiento de las formas terrestres, no trataré de referirme y de desarticular ese mundo nuevo. Llamaré más bien la atención sobre un hecho de orden diferente que encontramos aquí por vez primera. Los más antiguos Peces que conocemos están, en su inmensa mayoría, fuertemente, incluso anormalmente, acorazados. Pero debajo de este primer ensayo, aparentemente bastante infructuoso, de consolidación por el exterior, se ocultaba un esqueleto todavía cartilaginoso. A medida que los seguimos en sentido descendente, los Vertebrados se nos aparecen cada vez menos osificados interiormente; y por ello se explica el hecho de que, incluso en los sedimentos que quedaron intactos durante el curso de las edades, lleguemos a perder completamente su pista. Ahora bien: dentro de este caso particular, nos encontramos con un fenómeno general de la mayor importancia. Sea cual fuere el grupo viviente que consideremos, acaba por anegarse, en profundidad, en el terreno de lo Blando. Manera infalible de escamotearnos su pedúnculo…

Por debajo del Devónico, pues, los Pisciformes entran en una especie de fase fetal o larvaria, no fosilizable. A no ser por la supervivencia accidental del extraño Amphiaxm, no tendríamos ninguna idea acerca de los múltiples estadios a través de los cuales debió de construirse el tipo Cordado, hasta el punto en que se encontró presto para llenar las aguas, esperando poder invadir luego las tierras.

Así se cierra y se delimita en su base, por un vacío de orden mayor, el enorme edificio de todos los Cuadrúpedos y de todos los Peces: la Rama de los Vertebrados.

A: Xerolaoysia ovatifolia . B: Lantana camara . C: Phyla canescens

 

d) El resto de la Vida

Con la Rama paseemos el más amplio tipo de agrupación definido y reconocido todavía por la Sistemática en el interior de la Biosfera. Dos nuevas Ramas, y solamente dos, contribuyen, además de la de los Vertebrados, a la constitución del ramaje maestro de la Vida: la de los Gusanos y de los Artrópodos, y la de los Vegetales. Una de ellas, consolidada de quitina o de caliza: la otra, endurecida de celulosa, ambas han conseguido también liberarse de la prisión de las aguas y expansionarse poderosamente en la atmósfera. Y es así que tanto las Plantas como los Insectos se entremezclan y luchan, en la naturaleza actual, contra los animales osificados para ver quién predominará en el Mundo.

Para cada una de estas otras dos Ramas sería posible, aunque me voy a dispensar de ello, reemprender el trabajo de análisis llevado a cabo en los párrafos precedentes respecto de los Vertebrados. Por arriba, grupos frescos, ricos en verticilos ligeros. Más en profundidad, Capas con ramajes más acusados, pero menos tupidos. En el fondo de todo, el desvanecimiento en un mundo de formas químicamente inconsistentes. La misma figura general de desarrollo. Pero como en estos casos las Ramas son evidentemente más antiguas, mayor complicación; y en el caso de los Insectos, formas extremas de socialización.

No parece dudoso que en los abismos del Tiempo, estas diversas líneas converjan hacia algún polo común de dispersión. Pero mucho antes que se reúnan los Cordados, los Anélidos y las Plantas (las dos primeras Ramas aparentemente entre los Metazoos; éstos y las Plantas, al nivel solamente de los seres unicelulares), sus troncos respectivos desaparecen dentro de un complejo de formas positivamente, extrañas: Espongiarios, Equinodermos, Políperos…, otros tantos esbozos de respuestas al Problema de la Vida. Un matorral de Ramas abortadas.

Todo ello emerge ciertamente (pero sin que podamos decir de qué manera: tan profundo se ha hecho el corte por efecto de la Duración) de otro mundo inverosímilmente antiguo y multiforme: Infusorios, Protozoos diversos, Bacterias (células libres, desnudas o con caparazones), en los cuales los Reinos de la Vida se confunden y la sistemática fracasa. ¿Animales o Vegetales? Estas palabras no tienen ya sentido. ¿Apilamiento de Capas y de Ramas, o “micelio” de fibras confusas, como el de un Hongo? Nada sabemos de ello. Así como tampoco nada podríamos decir sobre de dónde ha germinado todo esa. A partir del Precámbrico, también los Unicelulares pierden, a su vez, todo esqueleto de sílice o de caliza. Y pari passu, se pierde definitivamente a nuestra mirada, desde sus raíces, el Árbol de la Vida en la blandura de los tejidos y en la metamorfosis de los limos originales.

 

A) DIMENSIONES

He aquí, pues, terminado, aunque de manera abreviada, el cuadro estructural de las formas recogidas y etiquetadas, desde Aristóteles y Linneo, a través de la labor paciente de los naturalistas. A través de nuestra descripción nos hemos aplicado ya a hacer sentir la enorme complejidad del Mundo que intentábamos resucitar. Nos queda todavía, sin embargo, en un último esfuerzo de visión, por realizar una toma más explícita de conciencia de estas prodigiosas dimensiones, de cara al conjunto entero. Nuestro espíritu, sin cesar, no se inclina sólo a clarificar (lo que es precisamente típico de su función), sino a comprimir y acotar las realidades que contempla. Por cansancio, cede así bajo el peso de las distancias y de las multitudes. Después de haber diseñado mal que bien la expansión de la Vida, importa ahora que restituyamos a los elementos de nuestro esquema sus verdaderas dimensiones: tanto en número como en volumen y en duración.

Intentémoslo.

En el número, en primer lugar. Con el objeto de ser lo más simple posible, nuestro bosquejo del mundo animado debió hacerse por medio de grandes divisiones colectivas: Familias, Ordenes, Biotas, Capas, Ramas… Ahora bien: al manejar estas unidades diversas, ¿hemos dudado nunca acerca de las multitudes de las cuales nos estábamos ocupando? Si alguien quiere realizar el intento de pensar o de describir la Evolución, que vaya, pues, antes que nada, a divagar por uno de esos grandes museos, de los cuales existirán sólo cuatro o cinco en el mundo, en los cuales (al precio de unos esfuerzos cuyo heroísmo y valor espiritual acabarán un día por ser comprendidos) una legión de viajeros ha llegado a comprimir, en solo algunas salas, el espectro completo de la Vida. Una vez allí, que contemple, sin preocuparse de los nombres, sino sólo para dejarse impregnar de lo que le rodea. Aquí, el universo de los Insectos, en el que las “buenas” especies se cifran en decenas de millares. Allá, las Moluscos, otros tantos millares, inagotablemente distintos por sus irisaciones y sus enrollamientos. Después, los Peces, tan inesperados, caprichosos y matizados como las Mariposas. Y después las Aves, bien poco menos fantásticas, con todas sus figuras, sus picos, sus colores. Y después los Antílopes, con todos sus pelajes, ‘sus portes, sus diademas, etc. Bajo cada uno de aquellos nombres, que sólo evocaban en nosotros una docena de formas perfectamente vulgares, ¡qué ímpetu, qué efervescencia! Y, a pesar de todo, ante nuestros ojos sólo se trata de supervivientes. ¿Qué pasaría si pudiéramos ver también todo lo demás?… En todas las épocas de la Tierra, en todos los estadios de la Evolución, otros Museos habrían podido registrar el mismo hervor, la misma lujuriante riqueza. Puestos uno al lado del otro, los centenares de millares de nombres inscritos en los catálogos no llegan a representar ni la millonésima parte de las hojas que brotaron hasta hoy en el Árbol de la Vida.

En volumen, seguidamente. Por lo que a ello me refiero, ¿cuál es la importancia relativa, en cuanto a cantidad, de los diversos grupos zoológicos y botánicos en la Naturaleza? ¿Qué porción le corresponde a cada uno de ellos, de una manera material, dentro de la agrupación general de los seres organizados?

Con el objeto de dar una idea somera de esta proporción, reproduzco aquí (fig. 2) el expresivo cuadro en el que un gran maestro naturalista, M. Cuénot, tuvo a bien trazar, de acuerdo con los datos más recientes de la Ciencia, un mapa del Reino animal con sus principales compartimentos. Mapa de posición, más que de estructura, pero que responde exactamente a la cuestión que planteo.

Contemplemos este esquema. ¿No resulta ser, a primera vista, como un choque contra nuestro espíritu -la especie de choque que experimentamos cuando un astrónomo nos muestra el sistema solar como si se tratara de una simple estrella-, y todas las estrellas como una sola Vía Láctea, y la Vía Láctea como un átomo entre las demás Galaxias?… ¿Los Mamíferos, aquellos en los cuales se resume para nosotros ordinariamente la idea y la imagen de la “bestia”, un pobre lóbulo, brotado tardíamente en el tronco de la Vida? Y en contraposición, ¿qué hay alrededor de ellos, y a su lado?… ¡Qué hervidero de tipos rivales, de los cuales ni tan sólo sospechábamos la existencia, ni la magnitud, ni la muchedumbre! Seres misteriosos que en determinadas ocasiones hemos podido ver brincar por entre las hojas secas o arrastrarse en una playa, sin preguntarnos jamás lo que significaban y de dónde procedían. Seres insignificantes por su tamaño, y hoy quizá también por el número… Estas formas olvidadas se nos aparecen ahora con su verdadera significación. Por la riqueza de sus modalidades, por el tiempo que necesitó la Naturaleza para producirlos, cada uno de ellos representa un Mundo tan importante como el nuestro. Cuantitativamente (subrayo), nosotros no somos más que una especie entre tantas, y la más reciente.

 

FiG. 2. El “Árbol de la Vida”, según Cuénot (Masson et Cie., édit.). En esta figura simbólica, cada lóbulo principal (o racimo) equivale a una “Capa”, tan importante al menos (morfológica y cuantitativamente) como la formada por los Mamíferos tomados en conjunto. Por debajo de la línea AB, las formas son acuáticas; por encima, viven al aire libre.

***

En la -duración, finalmente. Y ello resulta ser, como de costumbre para nuestra imaginación, lo más difícil de restablecer. De una manera más indomable que los horizontes del Espacio, tal como lo hice notar ya, se comprimen y se “telescopizan” en nuestras perspectivas los planos del Pasado. ¿Cómo llegar a separarlos?

Con el objeto de dar a las profundidades de la Vida su verdadero relieve, nos servirá, para empezar, volver de nuevo a la que llamé anteriormente la Capa de los Mamíferos. Dado que esta Capa es relativamente joven, tenemos ya alguna idea acerca del tiempo requerido para su desarrollo, a partir del momento en que emerge francamente por encima de los Reptiles, en los finales del Cretáceo. Todo el Terciario, y aun algo más. Aquí, pues, alrededor de unos 80 millones de años. Admitamos ahora que, sobre el eje de una misma rama zoológica, las Capas se formen periódicamente como los ramos a lo largo del tronco de una Conífera; de manera que sus máximos de expansión (los únicos claramente registrables) se sucedan en el caso de los Vertebrados a 80 millones de años de distancia. Nos bastará entonces para obtener en su orden de magnitud la duración de un intervalo zoológico multiplicar por 80 millones de años el número de Capas observadas en el intervalo considerado: tres Capas, por ejemplo, como mínimo, entre los Mamíferos y la base de los Tetrápodos. Las cifras se hacen impresionantes. Y, sin embargo, coinciden bastante bien con las ideas que la Geología tiende a hacerse respecto de la inmensidad del Trías, del Pérmico y del Carbonífero. 

De una manera más aproximada, de Rama en Rama, puede aún intentarse seguir otro método. En el interior de una misma Capa (volvamos a la de los Mamíferos) somos capaces de apreciar de manera confusa la distancia de las formas entre sí, por el hecho de que esta dispersión requirió, repitámoslo, alrededor de unos 80 millones de años para producirse. Una vez esto realizado, comparemos unos con otros a los Mamíferos, Insectos y Plantas superiores. A menos que (cosa posible) las tres Ramas en cuyo extremo florecen estos tres grupos no diverjan precisamente de una misma cepa, sino que hayan germinado sobre un mismo “micelio”. ¡Cuánta duración no fue necesaria, qué acumulación de períodos, para crear de un tipo a otro estas gigantescas fisuras! Aquí se trata ahora de la Zoología, cuyas cifras parecen querer desafiar los datos proporcionados por la Geología. Mil quinientos millones de años solamente desde los primeros indicios de Carbono en los sedimentos, nos dicen los físicos, después de haber medido el tanto por ciento de Plomo en un mineral radífero del Precámbrico. Y, sin embargo, los primeros organismos, ¿no serán todavía anteriores a estos primeros vestigios? Y aun en caso de conflicto, ¿de cuál de los dos cronómetros vamos a fiarnos para contar los años de la Tierra a la lentitud de disgregación del Radio o a la lentitud de agregación de la Materia viva?

Si le son necesarios cinco mil años a una Sequaia para alcanzar su pleno crecimiento (y nadie ha visto todavía a una Sequoia morir de muerte natural), ¿cuál puede ser la edad total del Árbol de la Vida?…

 

 

B) LA EVIDENCIA 

Y he aquí que ahora este Árbol está ahí, plantado ante nosotros. Un árbol extraño, sin duda. Un negativo de árbol, podría decirse, dado que inversamente a lo que les sucede a los gigantes de nuestros bosques, sus ramas, su tronco, no se manifiestan a nuestros ojos más que por medio de vacíos con diámetro creciente. Árbol también coagulado en apariencia, tan lentos nos parecen en expansiones los capullos, que nosotros no habríamos nunca conocido sino sólo entreabiertos. Y, sin embargo, árbol claramente diseñado, gracias a la fronda escalonada de su follaje de especies visibles. En sus grandes líneas, en sus dimensiones, se eleva ante nuestros ojos cubriendo la Tierra. Contemplémoslo bien antes de nuestro intento de penetrar en el secreto de su vida. Y ello precisamente porque de la simple contemplación de sus formas exteriores podremos extraer una razón y una fuerza: el sentimiento de su evidencia.

Existen todavía en el mundo algunos espíritus que han quedado dudosos o escépticos en materia de Evolución. Al no conocer más que por los libros a la Naturaleza y a los naturalistas, creen todavía que la batalla transformista continúa como en los tiempos de Darwin. Y dado que la Biología continúa discutiendo los mecanismos en virtud de los cuales se habrán podido formar las Especies, se imaginan que duda o incluso que podría dudar aún, sin suicidio, sobre el hecho y la realidad de un tal desarrollo.

La situación, sin embargo, es ya muy otra.

En el curso de este capítulo dedicado a los encadenamientos del mundo organizado, alguien ha podido sorprenderse del hecho de que yo no haya hecho mención todavía de las querellas, siempre vivas, acerca de la distinción entre el “soma” y el “germen”, sobre la existencia y la función de los “genes”, sobre la transmisión o no de los caracteres adquiridos… Ello se explica por el hecho de que, llegado el punto en que me hallo de mi encuesta, estas cuestiones no me interesan de una manera directa. Para preparar un cuadro natural a la Antropogénesis y hallar para el Hombre una cuna-para garantizar, quiero decir, la objetividad sustancial de una Evolución -sólo, en efecto, es necesaria y suficiente una cosa, y es que una filogénesis general de la Vida (sean cuales fueren, por otra parte, su proceso y resorte) nos sea tan claramente reconocible como la Ortogénesis individual por la cual vemos pasar sin extrañarnos cada uno de los seres vivientes.

Ahora bien: se ha formado en nuestro espíritu una prueba casi mecánica de este crecimiento gradual de la Biosfera, sin escapatoria posible gracias al designio material al cual vamos a parar inevitablemente después de cada nuevo esfuerzo intentado para fijar, punto por punto, los contornos y las nerviaciones del mundo organizado.

A nadie se le ocurriría dudar del origen giratorio de las nebulosas espirales o la sucesiva agregación de partículas en el seno de un cristal o de una estalagmita, o de la conerescencia de los haces leñosos alrededor del eje de un tallo. Ciertas disposiciones geométricas, perfectamente estables ante nuestros ojos, son, sin embargo, la huella y el signo irrefutable de una Cinemática. ¿Cómo podríamos dudar, ni que fuera un solo instante, sobre los orígenes evolutivos de la capa viviente de la Tierra?

Bajo nuestro esfuerzo analítico la Vida se descortica. Se desarticula en el infinito, en un sistema anatómica y fisiológicamente coherente de abanicos encajados. Microabanicos, apenas insinuados, de las Subespecies y de las Razas. Abanicos, ya más anchos, de las Especies y de los Géneros. Abanicos cada vez más desmesurados de las Biotas y después de las Capas y finalmente de las Ramas. Y para terminar, el conjunto entero, animal y vegetal, formando por asociación una Biota única, que se enraiza, quizá como un simple radio, en algún verticilo anegado dentro del mundo molecular. La Vida, una simple Rama, pendiente de otra cosa…

De arriba abajo, de lo más grande a lo más pequeño, ,una misma estructura visible, cuyo diseño, reforzada por la distribución misma de las sombras y de los vacíos, se acentúa y se prolonga (fuera de toda hipótesis) por la ordenación quasi-espontánea de los elementos imprevistos aportados cada día. Cualquier nueva forma descubierta halla su lugar natural, y por ello ninguna de ellas resulta ser en realidad absolutamente “nueva” en el cuadro ya trazado”. ¿Qué más necesitamos para convencernos de que todo eso ha nacida, de que todo eso ha brotado?…

Después de ello podemos continuar durante años todavía polemizando sobre la manera como ha podido surgir este organismo enorme. A medida que se nos aparece mejor la turbadora complejidad de sus engranajes, el vértigo prende en nosotros. ¿Cómo conciliar este crecimiento persistente con el determinismo de las moléculas, con el juego ciego de los cromosomas, con la aparente incapacidad de las conquistas individuales a ser transmitidas par generación? Dicho de otra manera: ¿cómo conciliar la evolución externa “finalista” de los fenatipas con la evolución interna, mecanicista, de los genotipos?… A fuerza de desmontarla ya no llegamos a comprender cómo esta máquina puede avanzar. Quizá. Y, sin embargo, mientras esperamos la respuesta, la máquina está aquí, ante nosotros, y marcha. Por el solo hecho de que la Química se halla todavía balbuciente acerca de la manera como se habrán podido formar los granitos, ¿podemos por ello negar que los continentes se vayan granitizando sin cesar?

Cama todas las casas, en un Universo en el que el Tiempo se ha instalado (insistiré sobre ello) con el título de una cuarta dimensión, la Vida es y no puede ser más que una magnitud de naturaleza y dimensión evolutivas. Física e históricamente corresponde a una cierta función que define en el Espacio, en la Duración y en la Forma la situación de cada uno de los seres vivientes. He aquí el hecho fundamental que podrá requerir una explicación, pero cuya evidencia está hoy por encima de cualquier verificación, así como al abrigo de cualquier mentís ulterior de la experiencia.

En este grado de generalidad se puede decir que la “cuestión transformista” ya no existe. Ella está perfectamente regulada. Al que quisiera en el futuro conmover nuestra convicción de la realidad de una Biogénesis le sería preciso, minando la estructura entera del mundo, desenraizar el Árbol de la Vida.

De hecho, y en la medida en que expresa simplemente la imposibilidad que tenemos de percibir experimentalmente cualquier ser (viviente o no) si no es como comprometido en el interior de una serie temporo-espacial, el evolucionismo ha dejado de ser, desde hace mucho tiempo, una hipótesis para constituirse en una condición (dimensional) a la cual deben hoy satisfacer, tanto en Física como en Biología, todas las hipótesis. En la actualidad, los biólogos y los paleontólogos discuten todavía sobre las modalidades -v sobre todo acerca del mecanismo de las transformaciones de la vida: preponderancia (neo-darviniana) del Azar, o juego (neo-lamarckiano) de la invención, en la aparición de caracteres nuevos. Pero sobre el hecho general y fundamental de la existencia de una evolución orgánica, tanto en el caso de la Vida considerada de una manera global como en la de cualquier ser viviente considerado en particular, sobre este punto, digo, todos los investigadores están hoy de acuerdo; y ello por la simple razón de que si pensaran de otro modo ya no les sería posible hacer Ciencia… Todo cuanto podemos lamentar aquí (no sin extrañeza) es que, a pesar de la claridad de los hechos, no exista todavía unanimidad en reconocer que la “galaxia” de las formas vivas dibuja (tal como se admite en estas páginas) un vasto movimiento “ortogenético” de enrollamiento sobre una siempre mayor complejidad y consciencia. (Ver la “Conclusión”, al final de la obra.) 

 

Arbol de la vida, Gustav Klimt

 

 

 

 

 

 

 

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