EL PODER DE LAS PESADILLAS (Parte 3), Documental de Adam Curtis

EL PODER DE LAS PESADILLAS (Parte 1- Baby It’s Cold Outside), Documental de Adam Curtis

EL PODER DE LAS PESADILLAS (Parte 2), Documental de Adam Curtis // Sayyid Qutb, “El filósofo del terror islámico” (Letras Libres)

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EL PODER DE LAS PESADILLAS Y EL ASCENSO DE LA POLÍTICA DEL MIEDO ¿FINANCIAMOS A “ISIS”?

 
Artículo publicado el 15 de noviembre de 2014 en

 

El brutal atentado en Barcelona nos obligan a serenarnos y plantearnos, en primer lugar, el tipo de sociedad que queremos ser y, después, la respuesta que daremos a delitos de tanta gravedad; las primeras reacciones no parecen apuntar en la dirección moderada y sugieren que se usará la barbarie yihadista como una nueva excusa para recortar nuestras libertades y derechos. La pregunta es si lo vamos a permitir o no.

 

 

El ISIS nació al calor de la ocupación y la fragmentación de Irak. El desmantelamiento de las fuerzas armadas iraquíes por parte de EEUU contribuyó a su fortalecimiento. Y la guerra siria fue clave para su crecimiento.

Cuando ISIS asesinó a 37 civiles en Beirut en una zona habitada en su mayoría por chiíes, en nuestros países, nadie puso en circulación hashtags o campañas de homenaje. En las guerras de Irak y Siria decenas o centenares de miles de musulmanes han muerto en esas guerras civiles cuyo punto de arranque fue la invasión norteamericana de Irak.

 

 

Nosotros tememos a sus pueblos y ellos nos temen a nosotros pero en realidad, las familias y trabajadores de cada rincón de estas zonas en conflicto, tanto en oriente medio como en occidente, son sólo víctimas.

En este documental vamos a comprender, mejor que nunca, cómo el miedo y la mentira son las principales armas del poder. “El poder de las pesadillas” es uno de los documentales  más polémicos que ha editado la BBC y en él, se explica el imparable ascenso de dos movimientos extremistas más importantes en la actualidad: el neoconservadurismo y el islamismo radical. Ambos se nutren del poder del miedo para dominar a través del sometimiento voluntario.

El poder de las pesadillas (del inglés The Power of Nightmares) es un documental de la BBC, escrito y producido por Adam Curtis, parte de la serie de documentales titulada El ascenso de la política del miedo (The Rise of the Politics of Fear).

La idea clave, que se desarrolla con absoluta claridad y gira en torno a la transformación política y cultural. Dicha transformación ha supuesto, en todo el mundo, el paso progresivo desde una época en la que los líderes políticos centraban sus propuestas en la mejora de las condiciones de vida, hacia otra en la que los programas internacionales son fundamentalmente de naturaleza defensiva ante la amenaza externa.

 

 

El documental compara el ascenso del movimiento neoconservador en los Estados Unidos con el del movimiento radical islamista, sugiriendo que hay una fuerte conexión entre los dos. Mas aún, éste argumenta que la amenaza del islamismo radical especialmente en la forma de Al-Qaeda, es en realidad un movimiento orquestado por los políticos de varios países y en particular por los neoconservadores de Estados Unidos con el objetivo de unir y motivar a la gente ante el fracaso de otras ideologías utópicas y la defensa de ideologías más peligrosas que la propia.

Hacer del miedo un sentimiento habitual se ha convertido en el objetivo prioritario de estos dos sistemas de pensamientos radicales. Tras muchos años en los que un enemigo común, la Unión soviética, parecía unir en alianza militar ambas corrientes, hemos alcanzado una época en la que los dos extremos se combaten pero se necesitan mutuamente para justificar sus excesos propios.

“Estado Islámico es un Estado, Al Qaeda nunca lo fue. Se quedó en el Afganistán de los talibanes. No tenía un control de ese territorio. Al Qaeda tenía como objetivo final el califato, pero fue siempre como un sueño para ellos. Su objetivo era atacar lo que se llamaba el enemigo lejano, principalmente EEUU. Fue una organización tradicional saudí, muy piramidal. No fue una organización horizontal, como es el Estado Islámico. Al Qaeda fue un producto de la guerra contra los soviéticos, financiada por EEUU y los saudíes.

El origen de Estado Islámico es diferente. El grupo inicial surge del salafismo radical de Jordania que se opone a la decisión del Gobierno jordano de reconocer a Israel. El enemigo no es EEUU, es un enemigo muy cercano, el Gobierno de Jordania. Su filosofía política consiste en luchar contra los gobiernos corruptos de Oriente Medio. El objetivo del grupo de Al Zarqaui (líder de Al Qaeda en Irak, grupo del que formó parte el actual líder del ISIS) fue siempre constituir el califato y después empezar una guerra de conquista.”

 

 
  • El neoconservadurismo, fundado sobre las bases filosóficas de Leo Strauss, alcanzó el poder político siempre con ayuda del miedo impuesto en la sociedad hacia figuras, reales o imaginarias, que representarían, en la opinión de sus integrantes, el mal que amenazaba con destruirles y transforma en “el bien” a quien lo combate. El apoyo recibido por parte de los fundamentalistas católicos estadounidenses, hasta ahora apartados de la política, habría sido clave en la creciente influencia de estas terribles ideas.
  • El islamismo radical, dramáticamente violento pero sin apenas seguidores entre las masas, aprovechó entonces su sobrevaloración internacional para aumentar su influencia. Los pocos fanáticos dispuestos a acabar con sus vidas vieron cómo, de la noche a la mañana, veían proyectadas en las palabras de sus enemigos los deseos utópicos con los que soñaban y que técnicamente eran inalcanzables.

 

 

El documental demuestra estas relaciones, forjadas entre alianzas y combates durante decenas de años, y cómo Alqaeda no es en realidad sino una red diseñada por los neoconservadores, quienes han seguido la misma estrategia usada contra la URSS en los últimos años de la Guerra Fría.

De hecho, cada catástrofe económica o humanitaria supone una coartada perfecta para adoptar medidas traumáticas sobre la población, que las acepta porque se transmite el mensaje de “no hay otra salida”. Esta crisis económica es un claro ejemplo de ello.

El mensaje de “no hay otra salida” significa también que “no hay otra economía que la nuestra“, “no hay otra forma de acceder al conocimiento que la nuestra”, o “no hay otra forma de medicina que la nuestra”. No hay, en suma, alternativas. Este es el corolario de esta información negativa y uniformizadora que transmiten los medios de comunicación convencionales.

 

 

Sería bueno combatir también a quienes financian tanta atrocidaz y a quienes les venden las armas. Porque sin dinero y sin armas no podrían atentar. Todo eso mejor que caer en la tentación de restringir la libertad de movimientos del conjunto de los ciudadanos o sus derechos de asociación, reunión, manifestación, la libertad de expresión y de información.

 
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The Power of Nightmares 3 – Adam Curtis

 

 

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[Entrevista] Adam Curtis:<< El discurso individualita está agotado>>

Por Luis Martínez

Artículo publicado en 
 

 

Su nombre circula desde hace años tanto entre los cinéfilos más radicales como entre los adeptos de la conspiranoia. Pero Adam Curtis trabaja, sobre todo, con el archivo de la BBC. Desde hace más de veinte años. Lo hace prácticamente solo y desde ahí confecciona una de las más brillantes lecturas de lo que nos pasa. Fue  el primero en denunciar el sistema que nos condujo a la última crisis; su explicación del mecanismo de la amnesia, la propaganda y el consumo se antoja difícilmente rebatible, y la crónica de la invasión de Afganistán en los términos maniqueos a la que fue reducida se descubrió tan reveladora como funesta. Y no para. Le molesta y denuncia que se utilice el término posverdad con tanta ligereza. «Es otro truco de las élites para no reconocer su responsabilidad. Se acusa a las noticias falsas o a Rusia del desastre porque no se quiere asumir la culpa», afirma rotundo y con una claridad que desarma. 

Hace aproximadamente un año, nos tropezamos con Adam Curtis la misma mañana que la prensa de medio mundo desayunaba con los Paradise Papers. ¿Qué sentía al ver que la realidad le da la razón? Al fin y al cabo, el periodista, cineasta, agitador y perfecto notario de la última mitad del siglo XX y de lo que llevamos del confuso XXI lleva años denunciando la perfecta inestabilidad de los discursos legitimadores que nos asisten. A lo largo de la docena larga de documentales que ha escrito y dirigido, la crisis (cuando no fracaso) de la democracia liberal es analizada al lado del enfermizo ascenso del individualismo, del auge irresistible de la desconfianza, de la evidente y alarmante simplificación de los relatos, del espejismo de internet como falso espacio de liberación y en definitiva, del caos, el simple caos de todo esto. Ahora que el CCCB proyecta la mayor parte de su filmografía en un ciclo titulado Adam Curtis. Una historia natural del poder, recuperamos ese encuentro (originalmente publicado en Sofilm nº47) en el que este cineasta que siempre coloca al espectador ante una extraña y casi secreta lección de historia, mitad liturgia mitad aquelarre, intenta dar respuesta a esta y otras preguntas.


¿Ha tenido tiempo de leer algo de los Paradise Papers? Cabe imaginarle secretamente satisfecho al ver cómo la desvergüenza de los privilegiados valida cada una de sus teorías.

Eso sería malvado por mi parte. Lo que pasa es que ya no nos fiamos de nadie. Lo más interesante de estos datos revelados, aparte de la gravedad del hecho en sí mismo que muestran, es que a nadie le sorprende. Vivimos en un mundo en el que, hace treinta años, una cosa así sería inadmisible o, cuanto menos, sorprendente. La reina de Inglaterra, Bono (risas)… Todo el mundo se habría asombrado de que estos personajes, inmensamente ricos y privilegiados, roben. Hoy, nadie se inmuta. Lo fascinante de esta historia es que demuestra que ya no confiamos en nadie. Eso es lo que ha cambiado: ahora sospechamos, desconfiamos y despreciamos a todos aquellos que ocupan una posición de autoridad sobre nosotros. Y creo que es un momento muy interesante…

Perdón, ¿ha dicho interesante?

Sí. No tenemos ni idea de qué puede pasar a continuación. Y la gente como Trump o los que votaron por el Brexit también son parte de eso. En mi país les pusieron delante un gran botón con cuatro palabras escritas en él: «A la mierda todo». Y lo presionaron. Su idea era mandar precisamente ahí a las élites gobernantes. A nadie le sorprende. ¿A usted sí? A mí no. Creo que la clave es que la sospecha y la desconfianza están en el corazón de nuestro sistema ahora mismo. Las teorías de la conspiración circulan por internet, asumimos que todos los diputados son agresores sexuales… No sé si recordará que, cuando surgió el periodismo de investigación en los años setenta con el Watergate, todo el mundo se escandalizaba. Ahora, el periodismo descubre lo más sucio y pensamos: «Sí, bien. ¿Y qué más? Eso ya lo sabíamos». Mi reacción cuando se publicó que la reina había invertido en un paraíso fiscal fue: «Sí, eso ya lo daba por descontado». Eso significa que está muy arraigado. Y cuando está tan arraigado estás abierto a otras cosas. Por eso los cambios pueden ocurrir con mucha rapidez y por eso digo que es interesante. Pero no sé de dónde vendrán. Podrían venir de un lugar que no nos guste. Por ejemplo, también vivimos un momento en que las grandes narrativas como el nacionalismo se imponen.

 

 

Ya que lo ha mencionado, no podemos resistir preguntarle por Cataluña. ¿Qué ha ocurrido en Europa para que sigamos atados a los discursos del siglo XIX?

No puedo comentar específicamente la situación en Cataluña porque no sé nada de ella, pero creo que sí es parte del regreso de las grandes historias que unen a los individuos y les aportan la sensación de que tienen un objetivo. Lo que hemos vivido en las últimas décadas y lo que he intentado describir en The Century of the Self [en castellano El siglo del Yo, N. de la R.] es el ascenso del individualismo, de un individualismo radical. Y eso en parte es liberador, puesto que ya no tienes a unas élites diciéndote lo que tienes que hacer. Pero el problema de ese planteamiento es que, cuando las cosas van mal, estás solo, eres débil. Y en los últimos diez años, concretamente desde 2008, las cosas han ido realmente mal. Y ahora tenemos un sistema que nadie tiene muy claro para qué sirve. Para lo que parece ser útil es para que una pequeña minoría selecta recoja los frutos de la riqueza y el resto de la gente tenga que soportar la austeridad. Parece que no tiene ningún sentido. No tiene una narrativa detrás. ¿Para qué sirve la austeridad? ¿Para que la reina y todos los demás manden su dinero al extranjero? En vista de eso, la gente se siente aislada, sola, débil y marginada. Es entonces cuando vuelven la vista hacia quienes les dan historias que les ayudan a dar un sentido a lo que está pasando y les hacen sentir que forman parte de una identidad común, que no están solos.

Bueno, en Cataluña el independentismo es también un movimiento muy burgués…

Sí, tiene su lógica. Aunque, insisto, no conozco el asunto lo suficiente. En este momento quienes están contando este tipo de relato vienen de la derecha política, de la derecha nacionalista. No solo en mi país y en Estados Unidos, sino también en Rusia. Hay un hombre que se llama Aleksandr Dugin, que es un patriota que tiene una idea a la que llama «Eurasianismo». En Rusia, el sentimiento de pertenencia a una nación es mucho más importante que en Europa. También en China, con Xi Jinping, cuyas ideas económicas son fundamentalmente nacionalistas. Pienso que lo que sería interesante para la izquierda progresista en este momento sería crear sus propias historias, sus narrativas, para atraer a esa masa de desesperados. La última vez que tuvimos estas grandes narrativas nacionalistas acabamos fatal.

¿Cree que es posible un populismo de izquierdas que discuta ese nacionalismo-populista de derechas?

Esa es la pregunta clave. Creo que sí existe un populismo de izquierdas o populismo progresista, pero despierta muchos temores. Desde 1945, Occidente ha creído que esas relatos populistas, esos sentimientos, llevarían a las masas a perder el control como ocurrió con Hitler. Y por eso, en cierta forma, creo que se puede afirmar que, sobre todo en Estados Unidos, la idea del individualismo fue impulsada en los cincuenta. No fue una conspiración sino una alternativa a esa idea de ser «parte de algo». Creo que tal vez la idea del individualismo ya esté agotada. Se ha degradado tanto que tal vez estemos buscando algún tipo de narrativa populista que pueda unir… Porque lo que significa «populismo» es que apelas, a un nivel popular, a las emociones y a los sentimientos de la multitud que vota en una democracia de masas. Es de eso de lo que estamos hablando. La idea en la que hemos vivido tanto tiempo es la de una democracia en la que las élites le dicen a la gente lo que tienen que hacer.

Y es eso, según usted, lo que ha entrado en crisis con síntomas como los Paradise Papers…

Eso es. La única respuesta a esta situación es, como digo, un relato populista y la cuestión es: si tienes uno y si apelas a fuerzas emocionales para unir a la gente, ¿se descontrolará de todos modos? Y hay otra pregunta que subyace a todas estas cuestiones. No sé cómo es en España, pero en el Reino Unido, hasta la Primera Guerra Mundial, las clases medias liberales odiaban la democracia, les daba miedo y pánico porque les aterrorizaba la masa, porque pensaban: «Si dejas que voten los tontos es peligroso, van a votar por cosas estúpidas». Tras la Revolución Rusa, los liberales en mi país pensaron: «¿Cuál es la alternativa?» Y se respondieron: «La democracia». Desde 1970 hasta 1992, la minoría privilegiada de mi país promovieron la democracia de masas con éxito. Ahora empieza a dejar de gustarles. Y no sé si en su país pasa lo mismo, pero en el mío buena parte de las clases medias liberales y los intelectuales están empezando a decir a raíz del Brexit: «Esto es lo que pasa cuando dejas que voten los estúpidos». Como progresista, creo que este razonamiento es repugnante por esnob y elitista. Pero es una opinión que cada vez es más común. Entonces, ¿deberíamos manejar la democracia como lo hacen en China? No, no quiero eso. Sinceramente, creo en el populismo.

Se suponía que internet estaba en la base de esas nuevas narrativas de las que habla. La red nos abría un mundo de posibilidades que discutía el poder hegemónico de distribución de la información…

Es casi lo contrario. Vivimos en un sistema que te divide en grandes grupos y luego se dedica a manejarlos. Y lo hace de manera tan inteligente que te hace creer que eres único, libre e independiente. Y eso la política no lo consigue. Pero creo que empezamos a darnos cuenta y la gente da muestras de aburrimiento. Es como el día de la marmota: si ayer te gustó esto, mañana te volverá a gustar esto otro. Es aburrido, la narrativa de internet no tiene una historia, no va a ningún sitio. Y a los seres humanos nos gustan las historias. Las redes no las tienen, mañana vas a volver a vivir lo mismo que has vivido hoy.

Por otro lado, internet ha cambiado su trabajo, lo ha hecho más libre…

Sí, lo bueno de internet es que te permite pensar de una manera mucho más compleja. La gente está acostumbrada a saltar. No sé si alguna vez ha mirado una lista de las búsquedas en Google de una persona a lo largo de una hora. Las conexiones que hacen en su cabeza son extrañas. Es como un poema moderno porque saltan de recetas de comida a qué hacer con el mal aliento. Es raro, es como estar dentro de la consciencia de un individuo. Como la gente se ha acostumbrado a eso, se siente mucho más cómoda yendo de una cosa a otra y eso me da confianza. Me doy cuenta de que puedo dar grandes saltos. Eso ocurrió en un momento en el que las cosas estaban muy confusas, desde 2008. Lo que intento hacer cada vez más es dar sentido lógico a los acontecimientos, pero también darles sentido emocional. En Bitter Lake [sobre la guerra de Afganistán, N. del A.], por ejemplo, había ciertos momentos en los que solo intentaba crear un estado de ánimo que expresara lo que quería decir, en lugar de ser yo mismo quien lo dijera, algo que nunca habría hecho en The Century of the Self. No sé si eso está bien o mal, pero me pareció que, de alguna manera, en el mundo en el que la gente vive ahora, están acostumbrados a dar saltos emocionales, y parece que les resulta cómodo. Y además, me parece bien porque creo que el aspecto más reaccionario de este tiempo es esa idea, propia de la tecnología utópica, de darle información a todo el mundo.

¿Se refiere a Wikileaks?

Sí, pienso que una de las figuras más reaccionarias es Julian Assange porque se limita a decirte: «Voy a darte cincuenta terabytes de datos», al contrario que Edward Snowden, que nos contó una historia muy precisa. La diferencia es interesante. Por responder a su pregunta de antes, pienso que la manera en que ha evolucionado mi trabajo es dar saltos para tratar de otorgar sentido a la complejidad, a la naturaleza caótica de la información. Y he intentado desarrollar maneras de hacerlo.

Ha mencionado The Century of the Self. Ahora da la impresión de que todo aquello del triunfo del individualismo en la posguerra es casi una minucia comparado con lo que ocurre ahora. Vemos lo que está pasando con Facebook, Instagram, la cultura del selfie… Es casi el éxtasis del «yoísmo» en términos religiosos.

Sí, vivimos empeñados en inventar una versión falsa de nosotros mismos. Es un teatro del yo. Lo curioso es que todo esto se ha quedado atascado, porque Facebook te analiza y acaba por saber algo que tú no sabes: que tu yo es exactamente igual que millones de otros. Es raro, ¿no? Estamos atrapados por los fantasmas de personas que se nos parecen, mientras soñamos que somos únicos. Un músico amigo me dijo: «Cuando la gente se sienta al ordenador cree que tienen el control, pero en realidad no lo tiene. Es como un tablero de ouija. Lo que está pasando es que la pantalla controla tus manos».

HyperNormalisation deja la sensación de que no hay salida, se haga lo que se haga…

No, no hay que confundir el enfado, que era mi ánimo de entonces, con el pesimismo. Lo que estaba intentado decir es: «Mirad, liberales, os habéis retirado a un mundo desde el que ya no tenéis ningún contacto con lo que está ocurriendo ahí fuera». Hice la película antes de Trump y justo después del Brexit y me atrevería a afirmar que la elección del actual presidente estadounidense demostró que tenía razón. No lo vieron venir porque se habían aislado. Mi idea era ofrecer con el filme un revulsivo que les espabilara, decirles que es hora de que se reconecten. Lo que me parece triste es que, después de Trump y el Brexit, la clase media progresista en mi país y en Estados Unidos, en lugar de tratar de conectar con quienes han votado a favor del Brexit y a favor de Trump, están volviendo a retirarse, refugiándose en unos sueños extraños. Ahora dicen que fue Rusia la que ganó las elecciones. Y seguro que Rusia hizo cosas muy malas, pero esa no fue la razón de que Trump fuera elegido. Así que, evidentemente, mi película no ha tenido ningún efecto. Creo que una de las cosas más tristes es la forma en que, especialmente en mi país, los liberales progresistas se han apartado de la clase trabajadora desde los setenta. Finalmente, esa forma de pensar es la que terminaría llevando a Blair a Irak. Y entonces, de vuelta a casa, se dan cuenta de que llevan décadas ignorando a los habitantes de las ciudades industriales, que se sienten abandonados, y que votaron a favor de la salida del Reino Unido de la Unión Europea. Tenemos que volver a conectar con ellos. 

 

 

Habla de despertar, de cambiar las cosas… Pero al inicio de HyperNormalisation acusaba a cierto arte de justo lo contrario. ¿Puede el arte cambiar algo?

Vamos por partes. Mi idea era que, desde los años setenta, el auge del individualismo ha sido el problema de todos los políticos. ¿Cómo gobiernas una democracia de masas cuando todo el mundo quiere ser un individuo? Porque el poder viene de la unión de la gente, entonces es cuando puedes cambiar el mundo para bien o para mal, eso no importa. Funciona así. No puedes hacerlo solo. Lo que trataba de argumentar en HyperNormalisation es que, en algún momento de esa década, muchos individuos abrazaron la idea de la autoexpresión como «una forma radical de cambiar el mundo». Y el capitalismo empezó a hacer exactamente lo mismo. El sistema se dio cuenta de que, en vez de venderle lo mismo a todo el mundo, podían ofrecer una gama enorme de camisetas para que pudieran expresarse como individuos. Así que, mientras los artistas se convertían en radicales, el capitalismo hacía lo mismo. Lo que trataba de sugerir en esa película era que el problema de la autoexpresión en el arte radical es que en realidad no está haciendo más que alimentar la estructura de poder de la que reniega.

¿Alternativas?

La forma de cambiar el mundo de manera radical no es expresándose uno mismo, sino dejarse de lado a uno mismo y entrando a formar parte de un gran movimiento que tenga poder real. Y eso fue justo lo que ocurrió antes de que surgiera esa corriente de expresión individual. Hablo del movimiento por los derechos civiles en Estados Unidos. Miles de activistas blancos se desplazaron al sur de Estados Unidos donde se les unieron miles de militantes negros y durante unos diez años trabajaron juntos. De manera anónima. A algunos les dieron palizas, a otros les mataron. Y cambiaron el mundo. No intentaban expresarse, sino entregarse a algo que ellos pensaban que era bueno. Algo muy importante que el nuevo individualismo ha dejado de lado son las viejas ideas de libertad. Los deseos son una prisión terrible. Te atrapan. La idea de entregarse a una idea que es más importante que uno mismo es la que usa también la religión. Y así llegamos de nuevo a las grandes narrativas. Puede que sean buenas, puede que sean malas, pero en estos momentos todo el mundo tiene ganas de salir de sí mismo. Puede que nos hayamos cansado de nosotros mismos.

Y llegados a este punto, ¿quién es Adam Curtis? ¿Se considera periodista, artista o qué?

Qué más da. Trato de responder de una manera auténtica a lo que mucha gente siente en este momento. Lo único que quiero es responder con honestidad a lo que está ocurriendo.

Adam Curtis. xcentric.cccb.org

 

 

 

 

 

 

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