Teilhard de Chardín – “EL FENÓMENO HUMANO” – Parte IV- La aparicion de la vida

 
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EL FENÓMENO HUMANO

Teilhard De Chardin

PARTE IV-

 

II. LA VIDA

Cap. I. LA APARICIÓN DE LA VIDA

1. El Paso de la Vida 

A) Microorganismos y megamoléculas 

B) Una era olvidada

C) La revolución celular 

1) Revolución externa 

2) Revolución interna 

2. Las apariencias iniciales de la Vida 

El medio 

La pequeñez y el número

El origen del número

Las conexiones y la figura 

3. La Primavera de la Vida 

 

II. LA VIDA

 

CAPÍTULO I 

LA APARICIÓN DE LA VIDA

 

Después de lo que acabamos de admitir sobre las potenciales germinadoras de la Tierra juvenil, podría parecer y se podría objetar al título de este nuevo capítulo que nada queda ya en la Naturaleza para señalar un comienzo de la Vida. Mundo mineral y Mundo animado: dos creaciones antagónicas, si las observamos masivamente, en sus formas extremas, a la escala media de nuestros organismos humanos, y, sin embargo; masa única, que se funde gradualmente en sí misma si llegamos a forzarnos, sea por medio del análisis especial, sea (lo que viene a ser lo mismo) por retroceso en el tiempo, hasta la escala de lo microscópico y, más abajo aún, de lo ínfimo.

¿Todas las diferencias no se atenúan precisamente a estas profundidades? Ningún límite claro (esto lo sabíamos ya desde hace mucho tiempo) entre el animal y el vegetal, al nivel de los seres unicelulares. Y, cada día menos, ninguna barrera segura (lo recordaremos pronto) entre el protoplasma “vivo” y las proteínas “muertas”, al nivel de los grandes conjuntos moleculares. Muertas se llama todavía a estas sustancias inclasificadas. Pero ¿no hemos reconocido que ellas mismas serían incomprehensibles si no poseyeran ya, en su más íntimo interior, alguna psiquis rudimentaria?

En un sentido es, pues, verdad. Ya no podríamos fijar a la Vida, con mayor razón que a cualquier otra realidad experimental, un cero temporal absoluto, como en otro tiempo creíamos poder hacerlo.

Para un Universo determinado, y para cada uno de sus elementos, no existe, en el plano de la experiencia y del fenómeno, más que una sola y misma duración posible, y ésta sin límite hacia atrás. Cada cosa, por lo que la hace ser más ella misma, prolonga así su estructura, ahonda sus raíces en un Pasado cada vez más lejano. Todo ha empezado, desde los orígenes, a causa de una extensión muy atenuada de sí mismo. No hay nada que hacer, pues, de manera directa, contra esta condición básica de nuestro conocimiento.

Pero haber reconocido y aceptado, definitivamente, para todo ser nuevo, la necesidad y la realidad de una embriogénesis cósmica no suprime en modo alguno, para aquél la realidad de un nacimiento histórico.

En todos los terrenos, cuando una magnitud ha crecido de manera suficiente, cambia bruscamente de aspecto, de estado o de naturaleza. La curva refluye; la superficie se reduce a un punto; el sólido se derrumba; el líquido hierve; el huevo se segmenta; la intuición estaba sobre los hechos amontonados… Puntos críticos; cambios de estados, rellanos sobre la pendiente; saltos de todas las especies en curso de desarrollo: la única manera actualmente, pero una manera verdadera aún, para la Ciencia, de concebir y de sorprender “un primer instante”.

En este sentido elaborado y nuevo, incluso después (precisamente después) de lo que hemos dicho de la Previda, nos queda por considerar y por definir un comienzo de la Vida.

Durante unas permanencias que no podríamos precisar, pero ciertamente inmensas, la Tierra, ya lo suficientemente fría para que pudieran formarse y subsistir en su superficie las cadenas de moléculas carbonadas; la Tierra, probablemente envuelta en una capa acuosa de la que emergían sólo los primeros brotes de los futuros continentes, habría parecido desierta e inanimada a un observador armado de nuestros más modernos instrumentos de investigación. Recogidas en esta época, sus aguas no habrían dejado ninguna partícula móvil en nuestros filtros más tupidos. Sólo habrían dejado ver agregados inertes dentro del campo de nuestros más grandes aumentos.

Ahora bien: he aquí que en un momento dado, más tarde, después de un tiempo lo suficientemente amplio, estas mismas aguas empezaron ciertamente, en determinados lugares, a agitarse con la presencia de seres minúsculos. De este pulular inicial salió la sorprendente masa de materia organizada cuya trama compleja constituye hoy la última (o mejor la penúltima) de las envolturas de nuestro planeta: la Biosfera.

Probablemente nunca sabremos (a menos que, por casualidad, la Ciencia del mañana llegue a reproducir el fenómeno en laboratorio) la Historia por ella misma; en todo caso nunca encontrará directamente los vestigios materiales de esta emersión de lo microscópico fuera de lo molecular, de lo orgánico fuera de lo químico, de lo viviente fuera de lo previviente. Pero una cosa es cierta y es que una tal metamorfosis no podría explicarse por medio de un proceso simplemente continuo. Por analogía con todo lo que nos enseña el estudio comparado de los desarrollos naturales, necesitamos situar en este momento particular de la evolución terrestre una maturación, una mutación, un umbral, una crisis de primera magnitud: el inicio de un orden nuevo.

Ensayemos ahora determinar cuáles debieron ser, de una parte, la naturaleza y de otra las modalidades espaciales y temporales de este paso, de manera que satisfagamos a la vez las condiciones presumibles de la Tierra juvenil y a las exigencias contenidas en la Tierra moderna.

 

 

1. EL PASO DE LA VIDA

Materialmente, y mirando desde fuera, lo mejor que podríamos decir en este momento es que la Vida propiamente dicha empieza con la célula. Cuanto más concentra la Ciencia, desde hace un siglo, sus esfuerzos sobre esta unidad química y estructuralmente ultracompleja, más evidente resulta que tras ella se oculta el secreto cuyo conocimiento establecería el lazo de unión, presentado, pero no verificado aún, entre los dos mundos de la Física y de la Biología. La célula grano natural de vida, tal como el átomo es el grano natural de la Materia inorganizada. Sin ninguna clase de dudas es la célula lo que debemos tratar de comprender si queremos medir en qué consiste de manera específica el Paso de la Vida.

Mas para comprender, ¿cómo debemos mirar?

Se han escrito ya volúmenes enteros sobre la célula. No bastan ya bibliotecas enteras para contener las observaciones minuciosamente acumuladas sobre su contextura, sobre las funciones relativas de su “citoplasma” y de su núcleo, sobre el mecanismo de su división, sobre sus relaciones con la herencia. Ello no obstante, considerada en sí misma, la célula se mantiene ante nuestros ojos tan enigmática, tan cerrada como nunca. Llegaría a parecernos como si una vez llegados a cierta profundidad de explicación estuviéramos dando vueltas, sin poder avanzar, alrededor de algún impenetrable reducto.

¿No será que los métodos histológicos y fisiológicos de análisis han dado ya actualmente todo cuanto podíamos esperar y que el ataque para progresar debería ser reemprendido desde un nuevo ángulo?

De hecho, y por razones obvias, la Citología se ha construido casi enteramente, hasta ahora, a partir de un punto de vista biológico: la célula considerada así como un microorganismo o un proto-viviente que era necesario interpretar en relación con sus formas y asociaciones más elevadas.

Ahora bien: al obrar así hemos dejado sencillamente en la sombra la mitad del problema. Como un planeta en su primer cuadrante, el objeto de nuestras investigaciones ha iluminado por la cara que mira hacia atrás las cimas de la Vida. Pero sobre los estratos inferiores de lo que hemos llamado la Previda continúa flotando en la noche. He aquí, probablemente, lo que, hablando científicamente, prolonga de manera indebida para nosotras su misterio.

La célula, por maravillosa que se nos presente en su aislamiento en medio de las demás construcciones de la Materia, no podría ser comprendida (es decir, incorporada a un sistema coherente del Universo) -igual en esto a cualquier otra cosa en el Mundo-más que colocada entre un Futuro y un Pasado, sobre una línea de evolución. Nos hemos ocupado mucho de sus diferenciaciones, de su desarrollo. Conviene ahora hacer converger nuestras investigaciones hacia sus orígenes, es decir, hacia las raíces que ahondan en lo inorganizado, si queremos poner el dedo sobre la verdadera esencia de su novedad.

En oposición con lo que la experiencia nos enseñaba en todos los demás terrenos, nos hemos habituado o resignado demasiado a considerar la célula como un objeto sin antecedentes. Tratemos de ver en qué se convierte si la contemplamos y la tratamos, tal como es debido, como algo a la vez largo tiempo preparado y profundamente original; es decir, como algo nacido.

A) MICROORGANISMOS Y MEGAMOLÉCULAS

Y en primer lugar la preparación.

Un primer resultado en el que desemboca cualquier esfuerzo por observar la Vida inicial en relación a lo que la precede, más bien que en relación con lo que la sigue, es el de hacer que surja una particularidad respecto de la cual resulta extraño que nuestros ojos no se hubieran sorprendido más; es decir, que en y por la célula es el Mundo molecular “en persona” (si así puedo hablar…) el que aflora, pasa y se pierde en el seno de las más altas construcciones de la Vida.

Me explico.

Cuando contemplamos una Bacteria siempre pensamos en las Plantas y en los Animales superiores. Y he aquí, precisamente, lo que nos deslumbra. Pero procedamos de otra manera. Cerremos los ojos a las formas más avanzadas de la Naturaleza viviente. Dejemos asimismo de lado, como conviene, la mayoría de los Protozoos, casi tan diferenciados en sus líneas como los Metazoos. Y, en les Metazoos, olvidemos las células nerviosas, musculares, reproductoras, a menudo gigantes, y en todo caso ultraespecializadas. Limitemos así nuestra mirada a estos elementos, más o menos independientes, exteriormente amorfos o polimorfos, tal como ellos pululan en las fermentaciones naturales-cómo circulan en nuestras venas-, cómo se acumulan en nuestros órganos bajo la forma de tejidos conjuntivos. Restrinjamos, dicho de otra manera, el campo de nuestra visión a la célula tomada bajo las apariencias más simples y, por tanto, más primitivas que podamos todavía observaren la Naturaleza actual. Y después, una vez hecho esto, observemos esta masa corpuscular en relación con la Materia que recubre. Yo pregunto: ¿podríamos dudar un momento en reconocer el parentesco evidente que conecta, en su composición y en sus comportamientos, el mundo de los protovivientes con el mundo de la Físico Química?… Esta simplicidad en la forma celular, esta simetría en la estructura, estas dimensiones minúsculas, esta identidad externa de los caracteres y de los comportamientos dentro de lo Múltiple… ¿no son acaso, imposible des conocerlos, los trazos, los hábitos de lo Granular? Es decir, ¿no nos hallamos todavía en este primer peldaño de la Vida, si no en el corazón, por lo menos en el “borde” mismo de la “Materia”?

Sin exageración, tal como el Hombre se funde, anatómicamente, a los ojos de los paleontólogos, en la masa de Mamíferos que le preceden, así la célula, considerada en vía descendente, se anega, cuantitativa y cualitativamente, en el mundo de los edificios químicos. Prolongada inmediatamente hacia su pasado, converge visiblemente hacia la Molécula.

Ahora bien: esta evidencia no es ya una simple intuición intelectual.

Hace tan sólo algunos años, lo que acabo de decir aquí sobre el paso gradual del Grano de Materia al Grano de Vida habría podido parecer tan sugestivo, pero también tan gratuito, como las primeras disertaciones de Darwin o de Lamarck sobre el transformismo. Sin embargo, he aquí que las cosas están cambiando ahora. Desde los tiempos de Darwin y de Lamarck, numerosos hallazgos han venido a establecer la existencia de las formas de tránsito que postulaba la teoría de la Evolución. De manera paralela, los últimos progresos de la Química biológica empiezan a establecer la realidad de agregados moleculares que parecen reducir y jalonar el abismo que se suponía abierto entre el protoplasma y la Materia mineral. Si algunas medidas (indirectas todavía) son admitidas como correctas, tal vez sea por millones como deban estimarse los pesos moleculares de ciertas sustancias proteicas naturales, tales como los “virus”, tan misteriosamente asociados a las enfermedades microbianas en las Plantas y en los Animales. Mucho más pequeñas que cualquier Bacteria -tan pequeñas de hecho que ningún filtro puede aún retenerlas-, las partículas que forman estas sustancias son, no obstante, colosales comparadas con las moléculas habitualmente tratadas en la química del Carbono. Resulta verdaderamente sugestivo comprobar que, aun cuando no pueden ser confundidas con una célula, algunas de sus propiedades (principalmente su capacidad de multiplicación al contacto de un tejido vivo) anuncian ya las de los seres propiamente organizados.

Gracias al descubrimiento de estos corpúsculos gigantes, la existencia prevista de estados intermedios entre los seres vivos microscópicos y lo ultramicroscópico “inanimado” entra en el dominio de la experimentación directa.

De ahora en adelante ya no sólo por necesidad intelectual de continuidad, sino gracias a estos indicios positivos, nos es posible afirmar que, de acuerdo con nuestras anticipaciones teóricas sobre la realidad de una Previda, existe alguna función natural que relaciona verdaderamente, en su aparición sucesiva y en su existencia presente, lo Microorgánico con lo Megamolecular.

Y he aquí que esta primera verificación nos lleva a dar un paso más hacia una mejor comprensión de las preparaciones y, como consecuencia, de los orígenes de la Vida.

 

 

B) UNA ERA OLVIDADA

No me hallo en situación de apreciar, desde el punto de vista matemático, ni el buen fundamento ni los límites de la Física relativista. Pero, hablando como naturalista, debo reconocer que la consideración de un medio dimensional en el que Espacio y Tiempo se combinan orgánicamente, es el único medio que hasta ahora hayamos encontrado para explicar la distribución de las sustancias materiales y vivas alrededor de nosotros. En efecto, cuanto más progresa nuestro conocimiento de la Historia del Mundo, tanto más nos es dado descubrir que la repartición de los objetos y de las formas en un movimiento dado no se justifica más que por un proceso cuya duración temporal varía en razón directa de la dispersión espacial (o morfológica) de los seres considerados. Cualquier distancia espacial, cualquier diferenciación morfológica, supone y expresa una duración.

Tomemos el caso, particularmente simple, de los Vertebrados actuales. En tiempo de Linneo la clasificación de estos animales estaba suficientemente avanzada para que su conjunto manifestase una estructura definida que se expresara en Órdenes, Familias, Géneros, etc… Sin embargo, los naturalistas de entonces no aportaban ninguna explicación científica a esta ordenación. Ahora bien: hoy sabemos que la sistemática linneana representa simplemente la sección llevada al tiempo actual en un haz divergente de linajes (phyla) aparecidos sucesivamente durante el curso de los siglos, de tal manera que la diferenciación zoológica de los diversos tipos vivientes que tenemos ante nuestros ojos expresa y mide en cada caso una diferencia de edad. En la constelación de las Especies, cualquier existencia y cualquier posición llevan consigo de esta forma cierto Pasado, cierta Génesis. De manera particular, todo hallazgo realizado por el zoólogo de un tipo más primitivo que los hasta entonces conocidos por él (pongamos el caso del Amphioxus) no tiene como único resultado el de extender un poco más lejos la gama de formas animales. Tal descubrimiento implica, ipso facto, un estadio, un verticilo, un anillo más en el tronco de la Evolución. No nos es posible, por ejemplo, colocar al Amphiaxus en su lugar dentro de la Naturaleza actual más que imaginando en el Pasado, por debajo de los Peces, una fase entera de Vida “protovertebrada”.

En el Espacio-Tiempo de las biólogas, la introducción de un término o estadio morfológico suplementario exige itamediatamente traducirse par una prolongación correlativa del eje de las duraciones.

Consideremos este principio y volvamos al examen de las moléculas gigantes, cuya existencia acaba de sorprender la Ciencia.

Es posible (aunque poco probable) que estas partículas enormes no constituyan ya hoy en la Naturaleza más que un grupo excepcional y relativamente restringido. Pero por raras que se las pueda suponer, por muy modificadas, incluso, que uno las imagine, por su asociación secundaria con los tejidos vivos que parasitan, no existe ninguna razón para considerarlas como seres monstruosos o aberrantes. Todo nos lleva, por el contrario, a considerarlas como representando, aun cuando sea en el estadio de supervivencia y de residuo, un estadio particular en las construcciones de la Materia terrestre.

Forzosamente, entonces, se insinúa así una zona de lo Megamolecular entre las otras dos zonas que hemos supuesto limítrofes de lo Molecular y lo Celular. Pero entonces también, y por este mismo hecho, en virtud de las relaciones reconocidas más arriba entre el Espacio y la Duración, se descubre y se inserta detrás de nosotros un período suplementario en la Historia de la Tierra. Un nuevo círculo sobre el tronco, un nuevo intervalo, pues, que hay que sumar a la vida del Universo. El descubrimiento de los virus o de otros elementos semejantes no enriquece sólo con un término importante nuestra serie de estados o formas de la Materia. Nos obliga a intercalar una era hasta entonces olvidada (una era de lo subviviente) dentro de la serie de las edades que miden el Pasado de nuestro planeta.

Así es como volvemos a encontrar, bajo una forma terminal bien definida, partiendo y redescendiendo de la Vida inicial, esta fase y esta cara de la Tierra juvenil a la que habíamos llegado a conjeturar más arriba cuando remontábamos las pendientes de lo múltiple elemental.

Evidentemente, nada podríamos decir aún de manera precisa acerca de la cantidad de Tiempo requerida para el establecimiento en la Tierra de este mundo megamolecular. Pero si no podemos soñar con atribuirle una cifra, caben algunas consideraciones para dirigirnos hacia una cierta apreciación de su orden de magnitud. Por tres razones, entre otras, el fenómeno considerado no pudo proceder más que con una extrema lentitud.

En primer lugar, resulta depender de manera muy estrecha, en su aparición y en sus desarrollos, de la transformación general de las condiciones químicas y térmicas de la superficie del planeta. A diferencia de la Vida, que parece propagarse con una velocidad propia en un medio material que se hizo prácticamente estable con relación a ella, las megamoléculas no pudieron formarse más que a un ritmo sideral (es decir, increíblemente rápido) de la Tierra.

En segundo lugar, la transformación, una vez empezada, debió, antes de poder formar la base necesaria para una emersión de la Vida, comunicarse a una masa de Materia suficientemente importante y suficientemente extendida para constituir una zona o envoltura de dimensiones telúricas. Y eso también hubo de exigir mucho tiempo.

En tercer lugar, las megamoléculas llevan verosímilmente en sí mismas las huellas de una larga historia. ¿Cómo imaginar, en efecto, que, como los corpúsculos más simples, hayan podido edificarse bruscamente y quedar como tales, una vez para siempre?

Su complicación y su inestabilidad sugieren más bien algo así como las de la Vida, un largo proceso aditivo, proseguido, por acrecentamientos sucesivos, sobre una serie de generaciones.

A tenor de esta triple consideración, podemos juzgar de manera aproximada que fue necesaria una duración quizá superior a la de todos los tiempos geológicos desde el Cámbrico para la formación de las proteínas sobre la superficie de la Tierra.

Así es como se profundiza con un plano más por detrás de nosotros este abismo del Pasado, que una invencible debilidad intelectual nos llevaría a comprimir en una lonja cada vez más fina de Duración, mientras que la Ciencia nos impele, con sus análisis, a distenderla cada vez más.

Y así se nos suministra, de acuerdo con el séquito de nuestras representaciones, una base que nos era necesaria.

Ningún cambio profundo puede producirse en la Naturaleza sin un largo período de maturación. Como contrapartida; una vez aceptado un tal período, es fatal que se produzca lo, completamente nuevo. Una Era terrestre de la Megamolécula: no se trata solamente de un término suplementario añadido a nuestro cuadro de las duraciones. Es también, y mucho más, la exigencia de un punto crítico que venga a concluirla y a cerrarla. Exactamente lo que necesitábamos para justificar la idea de que una frontera evolutiva de primer orden viene a situarse al nivel marcado por la aparición de las primeras células.

Pero, en fin de cuentas, ¿cómo podemos imaginar la naturaleza de esta frontera, de esta ruptura?

 

 

C) LA REVOLUCIÓN CELULAR

1) Revolución externa

Desde un punto de vista exterior, que es precisamente aquel en el que se coloca ordinariamente la Biología, la originalidad esencial de la Célula parece ser la de haber hallado un método nuevo para englobar unitariamente una masa mayor de Materia. Descubrimiento largamente preparado, sin duda, por las vacilaciones de las cuales salieron poco a poco las Megamoléculas. Pero al mismo tiempo descubrimiento lo bastante brusco y revolucionario para haber encontrado inmediatamente en la Naturaleza un éxito prodigioso.

Estamos aún lejos de poder definir el principio mismo (sin duda luminosamente simple) de la organización celular. Sin embargo, la conocemos lo bastante como para medir la extraordinaria complejidad de su estructura y la no menos extraordinaria fijeza de su tipo fundamental.

En primer lugar, complejidad. En la base del edificio celular, según nos enseñará Química, encontramos albuminoides, sustancias orgánicas nitrogenadas (“ácidos aminados”), con pesos moleculares enormes (hasta 10.000 y más aún). Estos albuminoides, asociados a cuerpos grasos, al agua, al fósforo y a toda suerte de sales minerales (potasa, sosa, magnesia, compuestos metálicos diversos…), constituyen un “protoplasma”, esponja organizada constituida por partículas innumerables en las que empiezan a jugar de manera apreciable las fuerzas de viscosidad, de ósmosis, de catálisis, características de la Materia que ha alcanzado sus grados superiores de agrupaciones moleculares. Pero eso no es todo. En el seno de este conjunto, en la mayoría de los casos, un núcleo que encierra a los “cromosomas” se destaca sobre un fondo de “citoplasma”, quizá formado él mismo de fibras o de bastoncillos (“mitocondrias”).Cuanto más aumentan los microscopios y más destacan los colorantes, tanto más también los elementos estructurales nuevos aparecen dentro de este complejo, ora en altura, ora en profundidad. Un triunfo de multiplicidad orgánicamente encerrado en un mínimo de espacio. 

Y en seguido lugar, por indefinidas que sean las modulaciones posibles de su tema fundamental, por inagotablemente variadas que sean las formas que reviste de hecho en la Naturaleza, la Célula persiste en todos los casos esencialmente semejante a sí misma. Ya lo hemos dicho anteriormente. Frente a ella, nuestro pensamiento duda en buscar sus analogías en el mundo de lo “animado” o en el de lo “inanimado”. ¿No se parecen las Células entre sí como moléculas más que corno animales?… Con todo derecho las consideramos como las primeras formas de vida. Pero ¿no es también exacto considerarlas justamente corno representantes de otro estadio de la Materia, algo tan original en su orden como lo electrónico, lo atómico, lo cristalino o lo polímero? ¿Un nuevo tipo de material para un nuevo estadio del Universo?

En la Célula, a la vez tan una, tan uniforme y tan complicada, es en donde reaparece, en suma, la Trama del Universo con todos sus caracteres, aunque elevada esta vez a un peldaño ulterior de complejidad y, por consiguiente, y al mismo tiempo (si la hipótesis que nos guía en el curso de estas páginas es válida), a un grado superior de interioridad, es decir, de consciencia.

2) Revolución interna

Habitualmente se concuerda en hacer “empezar” la vida psíquica en el Mundo con los inicios de la Vida organizada; es decir, con la aparición de la Célula. Aquí, pues, me incorporo a las perspectivas y a la manera de hablar comunes al colocar en este estadio peculiar de la Evolución un paso decisivo en el proceso de la Consciencia sobre la Tierra. 

Pero dado que he admitido un origen mucho más antiguo y en realidad primordial para los primeros esbozos de inmanencia en el interior de la Materia, me incumbe ahora la tarea de explicar en qué puede realmente consistir la modificación específica de energía interna (“radial”) que corresponde al establecimiento interno (“tangencial”) de la unidad celular. Si en la larga cadena de los átomos, después de las moléculas, después aun de las megamoléculas, hemos colocado las oscuras y lejanas raíces de una actividad libre elemental, se debe explicar psíquicamente la revolución celular no como un inicio absoluto, sino como una metamorfosis. Sin embargo, ¿cómo representarnos el salto (o incluso encontrar un sitio para este salto) de lo preconsciente incluido en la Previda a lo consciente, por elemental que sea, del primer ser viviente verdadero? ¿Existen, pues, varias maneras de que un ser posea un Interior?

En este punto, lo confieso, es difícil ser claro. Más adelante, en el caso del Pensamiento, aparecerá posible, al primer golpe, una definición psíquica del “punto crítico humano”, porque el Paso de la Reflexión lleva en sí algo de realmente definitivo, y también porque para medirlo no tendremos más que leer en el fondo de nosotros mismos. En el caso de la Célula, por el contrario, comparada con los seres qué la preceden, no nos puede guiar la introspección más que por analogías repetidas y lejanas. ¿Qué es lo que sabemos del “Alma” de los animales, incluso los más cercanos a nosotros? En lo que concierne a tales distancias por debajo y hacia atrás en el Tiempo, nos hemos de resignar a la vaguedad en nuestras especulaciones.

En estas condiciones de oscuridad y en este margen de aproximación existen, al menos, tres observaciones posibles, suficientes para fijar de una manera útil y coherente la posición del despertar celular en la serie de las transformaciones psíquicas que preparan sobre la Tierra la aparición del fenómeno humano. Incluso, y aún añadiría sobre todo, dentro de las perspectivas aquí aceptadas, es decir, que una especie de consciencia rudimentaria precede a la eclosión de la Vida, un tal despertar o salto 1) ha podido, o aún mejor, 2) ha debido producirse; y así 3) se halla parcialmente explicada una de las más extraordinarias renovaciones históricamente experimentadas por la faz de la Tierra. 

En primer lugar, es perfectamente concebible que sea posible un salto esencial entre dos estados o formas, incluso inferiores, de consciencia. Para recoger y volver a situar en sus propios términos la duda formulada antes, existen, en efecto, diré muchas maneras diferentes para un ser de tener un Interior. Una superficie cerrada, al principio irregular, puede convertirse en centrada. Un círculo puede aumentar su orden de simetría al convertirse en esfera. Ya sea por ordenación de sus partes, ya sea por adquisición de una nueva dimensión, nada impide que el grado de interioridad propio de un elemento cósmico pueda variar hasta el punto de elevarse de manera brusca hasta un peldaño más alto.

Ahora bien: que tal mutación psíquica haya debido precisamente acompañar al descubrimiento de la combinación celular, he aquí lo que resulta inmediatamente de la ley que hemos reconocido más atrás como reguladora del Interior y del Exterior de las Cosas en sus relaciones mutuas. Acrecentamiento del estado sintético de la Materia, y con ello de manera correlativa decíamos aumento de la consciencia para el medio sintetizado. Transformación crítica en la ordenación íntima de los elementos -eso es lo que debemos añadir ahora-, y por ello, ipso facto un cambio de naturaleza en el estadio de consciencia de las parcelas del Universo.

Y ahora contemplemos de nuevo, a la luz de estos principios, el sorprendente espectáculo que presenta la eclosión definitiva de la Vida sobre la superficie de la Tierra juvenil. Este impulso hacia adelante en la espontaneidad, este desencadenamiento lujuriante de creaciones fantásticas, esta expansión desenfrenada, este salto hacia lo improbable… ¿no es precisamente éste el acontecimiento que nuestra teoría debía hacernos esperar? ¿La explosión de energía interna consecutiva y proporcionada a una superorganización fundamental de la Materia?

Realización externa de un tipo esencialmente nuevo de agrupación corpuscular que permite la organización más flexible y mejor centrada de un número ilimitado de sustancias consideradas en todos los grados de magnitud particulares; y, simultáneamente, aparición interna de un nuevo tipo de actividad y de determinación consciente; por medio de esta doble y radical metamorfosis podemos ahora definir de manera razonable, en lo que hay de específicamente original, el tránsito crítico de la Molécula a la Célula, el Paso de la Vida.

Antes de abordar las consecuencias que tendrá para el resto de la Evolución nos queda por estudiar desde más cerca las condiciones de realización histórica de este paso primero en el espacio y después en el tiempo.

Este será el objeto de los párrafos siguientes.

 

 

 

2. LAS APARIENCIAS INICIALES DE LA VIDA

Dado que la aparición de la Célula es un acontecimiento que ha tenido lugar en las fronteras de lo ínfimo, dado que ha operado sobre elementos delicados hasta en extremo, hoy disueltos en sedimentos ya desde hace mucho tiempo transformados, no existe ninguna esperanza, ya lo he dicho, de hallar jamás huellas del mismo. Es así como chocamos desde el principio con esta condición fundamental de la experiencia, en virtud de la cual los orígenes de todas las cosas tienden a ser materialmente inasequibles la ley universalmente encontrada en Historia y que más adelante llamaremos “supresión automática de los pedúnculos evolutivos”.

Venturosamente para nuestro espíritu existen varias maneras de aprehender la Realidad. Por lo que se refiere a aquello que escapa a la intuición de nuestros sentidos, nos queda todavía el recurso de aprisionarlo y de definirlo aproximadamente por una serie de procedimientos indirectos. ¿Nos interesa a través de esta vía indirecta, la única que nos queda abierta, acercarnos a una representación posible de la Vida recién nacida? Entonces, pues, podemos proceder de la manera y a través de las etapas siguientes.

 

EL MEDIO

Para empezar es necesario, mediante un retroceso que puede alcanzar un millar de millones de años, borrar la mayoría de las superestructuras materiales que prestan hoy a la superficie de la Tierra su fisonomía particular. Los geólogos están lejos de ponerse de acuerdo sobre el aspecto que podría presentar nuestro planeta en esas épocas lejanas. De buen grado me la figuro, por mi cuenta, como rodeada de un océano sin límites (¿nuestro Pacífico no será su vestigio actual?), del cual empezaban apenas a emerger, en algunos puntos aislados y por erupciones volcánicas, las protuberancias continentales. Estas aguas eran sin duda más tibias que en la actualidad-más cargadas también de todos los quimismos libres que las edades debían absorber y fijar progresivamente-. Fue en este licor, pesado y activo -en todo caso inevitablemente en un medio líquido-, donde las primeras células debieron de formarse. Tratemos de distinguirlas.

A esa distancia su forma no se nos aparece más que de una manera confusa. Granos de protoplasma, con o sin núcleo individualizado; por analogía con lo que parece presentar en la Naturaleza actual sus huellas menos alteradas, eso es todo cuanto podemos hallar para imaginarnos los caracteres de esta generación primordial. Pero si los contornos y la construcción individual siguen siendo indescifrables, algunos caracteres de otro género se afirman con precisión, los cuales, para ser cuantitativos, no tienen menos valor: quiero decir una pequeñez increíble y, como consecuencia natural, un número asombroso.

 

 

LA PEQUEÑEZ Y EL NÚMERO

Llegados a este punto es necesario que nos entreguemos a uno de estos “esfuerzos para ver” de los que hablé en mi prólogo. Durante muchos años podemos contemplar el cielo estrellado sin intentar, aunque sea por una sola vez, figuramos verdaderamente la distancia y, por consiguiente, la enormidad de las masas siderales. De manera semejante, por familiarizados que estén nuestros ojos con el campo de un microscopio, nos arriesgamos a no “realizar” nunca la desconcertante diferencia de dimensiones que separa uno de otro el Mundo de la Humanidad y el mundo de una sola gota de agua. Hablamos con exactitud de seres mensurables en centésimas de milímetro. Y, sin embargo, ¿hemos intentado nunca reponerlos a su escala dentro del marco en que vivimos? Este esfuerzo de perspectiva es, no obstante, indispensable si queremos penetrar en los secretos o simplemente en el “espacio” de la Vida naciente, la cual no ha podido ser otra cosa que una Vida granular.

No podríamos dudar de que las primeras células hayan sido minúsculas. Así lo exige su forma de origen a partir de las megamoléculas. Y así la establece directamente la inspección de los seres más simples que encontramos todavía en el mundo viviente. ¡Las Bacterias, cuando las perdemos de vista, no tienen ya más que 0,2 milésimas de milímetro de largo!

Ahora bien: parece existir en el Universo una relación de naturaleza entre el tamaño y el número. Ya sea consecuencia de un espacio relativamente mayor, abierto ante nuestros ojos, ya sea como consecuencia de una disminución a compensar dentro de su radio efectivo de acción individual, cuanto más pequeños son los seres, tanto más aparecen en multitudes. Mensurables en micrones, las primeras células debieron de cifrarse en miríadas… La Vida, por muy cerca de su punto de emersión que la estrechemos, se presenta, pues, ante nosotros simultáneamente como microscópica e innumerable.

De por sí este doble carácter no tiene nada por lo que deba sorprendernos. En el momento preciso de emerger de la Materia, ¿nos resulta natural que la Vida se presente rezumante aún del estado molecular? Pero ya no nos basta ahora mirar hacia atrás.

Lo que queremos ahora es comprender el funcionamiento y el porvenir del Mundo organizado. En el venero mismo de este progreso encontramos el Número, un número inmenso. ¿Cómo figurarnos las modalidades históricas y la estructura evolutiva de esta multiplicidad nativa?

 

EL ORIGEN DEL NÚMERO

Apenas nacida (a la distancia desde la que la contemplamos), la Vida se nos presenta ya en pleno hormigueo.

Para explicar semejante pluralidad en el arranque mismo de la evolución de los seres animados y también para precisar su naturaleza, dos líneas de ideas se abren ante nuestro espíritu.

Podemos, en primer lugar, suponer que, no habiendo aparecido las primeras células más que en un punto o en un pequeño número de puntos, se multiplicaron, no obstante, casi instantáneamente, tal como la cristalización se propaga en una solución saturada. La Tierra juvenil, ¿no se hallaba precisamente en un estado de hipertensión biológica?

Por otra parte, a partir de y en virtud de las mismas condiciones de inestabilidad inicial, podemos también concebir que el tránsito de las Megamoléculas a la Célula se haya efectuado casi simultáneamente en un gran número de puntos. ¿No es así como se realizan, en la misma Humanidad, los grandes descubrimientos?

¿”Monofilético” o “polifilético”? ¿Muy comprimido y simple en origen, pero floreciendo con una rapidez extrema? ¿Relativamente amplio y complejo, por el contrario, desde el principio, pero dilatándose en seguida con una velocidad media? ¿Cómo resulta más conveniente representarse, en su base, el haz de seres vivientes? 

A lo largo de la historia de los organismos terrestres, en el origen de cada grupo zoológico, se encuentra en el fondo el mismo problema: ¿singularidad de un tallo?, ¿haz de líneas paralelas? Y precisamente porque los comienzos escapan siempre a nuestra visión directa experimentamos sin cesar la misma dificultad para optar entre dos hipótesis, casi igualmente plausibles.

Esta vacilación nos molesta y nos irrita.

Pero, de hecho, ¿hay, por lo menos aquí, lugar a escoger? Por desleído que se le suponga, el pedúnculo inicial de la Vida terrestre debió de contener un número apreciable de fibras hundiéndose en la enormidad del mundo molecular. E inversamente, por amplia que uno pueda figurarse su sección, debió de presentar, como cualquier realidad física naciente, una aptitud excepcional para florecer en formas nuevas. En el fondo las dos perspectivas no difieren más que por la importancia relativa concedida a uno u otro de los dos factores (complejidad y “expansibilidad” iniciales), que son los mismos en ambos casos. Ambos, por otra parte, implican entre los primeros vivientes un estrecho parentesco evolutivo en el seno de la Tierra juvenil. Dejemos, pues, sus oposiciones secundarias con el objeto de concentrar nuestra atención sobre el hecho esencial que iluminan en común. Este hecho, a mi manera de ver, puede expresarse así

“”Desde cualquier lugar por donde se le contemple, el Mundo celular naciente se descubre como ya infinitamente complejo. Ya sea por causa de la multiplicidad de sus puntos de origen, ya sea como consecuencia de una rápida diversificación a partir de algunos focos de emersión, ya sea, hay que añadir, por razón de diferencias regionales (climáticas o químicas) en la envoltura acuosa de la Tierra, nos vemos conducidos a entender la Vida, considerada en su estadio protocelular, como un enorme haz de fibras polimorfas. Incluso, y ya a estas profundidades, el fenómeno vital no puede ser tratado a fondo más que como un problema orgánico de masas en movimiento.

Problema orgánico de masas o multitudes, bien digo, y no simple problema estadístico de grandes números. ¿Qué significa esta diferencia?

 

 

LAS CONEXIONES Y LA FIGURA

Aquí reaparece, a la escala de lo colectivo, el umbral que separa los dos mundos de la Física y de la Biología. Mientras no se trataba más que de soldar las moléculas y los átomos, podíamos servirnos y contentarnos con las leyes numéricas de la probabilidad para dar cuenta de los comportamientos de la Materia. A partir del momento en que, al adquirir las dimensiones y la espontaneidad superior de la Célula, la mónada tiende a individualizarse en el seno de la pléyade, una más complicada ordenación se dibuja en la Trama del Universo. Por dos motivos, como mínimo, sería insuficiente y falso el imaginar la Vida, incluso tomada en su estadio granular, como una especie de hervidero fortuito y amorfo.

En primer lugar, la masa inicial de las células debió hallarse sujeta en su interior, desde el primer momento, a una forma de interdependencia que no fuese ya un simple ajuste mecánico, sino un comienzo de “simbiosis” o vida en común. Por fino que haya sido el primer velo de materia orgánica extendido sobre la Tierra, éste no hubiera podido ni establecerse ni mantenerse sin alguna red de influencias y de intercambios que lo convirtiera en un conjunto biológicamente conexa. Desde el origen, la nebulosa celular representó forzosamente, a pesar de su multiplicidad interna, una especie de superorganismo difuso. No sólo una espuma de vidas, sino, hasta cierto punto, una película viviente. Simple reaparición, al fin y al cabo, bajo una forma y en un orden más elevados, de las condiciones mucho más antiguas que presidían ya, según hemos visto, el nacimiento y el equilibrio de las primeras sustancias polimerizadas en la superficie de la Tierra juvenil. Y simple preludio también de la solidaridad evolutiva, mucho más avanzada, cuya existencia, tan manifiesta en los vivientes superiores, nos obligará cada vez más a admitir la naturaleza propiamente orgánica de las conexiones que las reúnen en un todo en el seno de la Biosfera. 

En segundo lugar (y esto es más sorprendente) los innumerables elementos que componían, en sus orígenes, la película viviente de la Tierra, no parecen haber sido reunidos ni conjugados exhaustivamente o al azar. Sin embargo, su admisión dentro de esta envoltura primordial da más bien la impresión de haber sido guiada por una misteriosa selección o dicotomía previas. Los biólogos lo han hecho resaltar: según el grupo químico a que pertenecen, las moléculas incorporadas a la materia animada son todas asimétricas de la misma manera; es decir, que si un haz de luz polarizada las atraviesa, todas ellas hacen girar el plano de este haz en un mismo sentida: son todas dextrógiras o todas levógiras, según los casos. Todavía más notable: todos los seres vivientes, desde las más humildes Bacterias hasta el Hombre, contienen exactamente (entre tantas formas químicamente posibles) los mismos tipos complicados de vitaminas y de fermentos. Tal es el caso de los Mamíferos superiores, todos ellos “trituberculados”, e incluso el de los Vertebrados ambulátiles, todos ellos “tetrápodos”. Pues bien, tal similitud de la sustancia viviente en unas disposiciones que no parecen necesarias, ¿no sugiere ya en el origen una elección o un triaje? En esta uniformidad química de los protoplasmas sobre determinados puntos accidentales se ha querido hallar la prueba de que todos los organismos actuales descienden de una agrupación ancestral única (caso del cristal cayendo en un medio hipersaturado). Sin ir más lejos, podría decirse que la tal uniformidad establece sólo el hecho de una cierta hendidura inicial -entre dextrógiros y levógiros, por ejemplo (según los casos) – en la masa enorme de Materia carbonada llegada al umbral de la Vida (caso de su descubrimiento en n puntos a la vez). Poco importa realmente. Lo interesante es que en las dos hipótesis el mundo terrestre viviente toma la misma y curiosa apariencia de una Totalidad reformada a partir de una agrupación parcial: cualquiera que haya podido ser la complejidad de su impulso original, no agota más que una parte de lo que hubiera podido ser. Tomada en su conjunto, la Biosfera no representaría de este modo más que una simple rama en medio y por encima de otras proliferaciones menos progresivas o menos afortunadas de la Previda. Lo cual no quiere decir sino que, considerada de forma global, la aparición de las primeras células plantea ya los mismos problemas que el origen de cada uno de los tallos más tardíos que llamaremos phylum. ¡El Universo había ya empezado a ramificarse, va, sin duda, ramificándose indefinidamente, por debajo mismo del Árbol de la Vida!

Multitud abigarrada de elementos microscópicos, multitud bastante grande como para envolver la Tierra, y, no obstante, multitud lo suficientemente emparentada y seleccionada como para formar un Todo estructural y genéticamente solidario; así es, en suma, como se nos aparece, vista a una larga distancia, la Vida elemental. 

Estas determinaciones, repitámoslo, conciernen exclusivamente a los rasgos generales, a los caracteres de conjunto. Debemos resignarnos a ello: es lo que debíamos esperar. Según todas las dimensiones del Universo, una misma ley de perspectiva difumina ineluctablemente, dentro del campo de nuestra visión, las profundidades del Pasado y los segundos planos del Espacia. Todo lo que está muy lejos y es muy pequeño no podría presentarse más que difuminado. Para que nuestra mirada penetrase más hacia el interior en el secreto de los fenómenos que acompañaron su aparición, sería necesario que la Vida continuara, en algún lugar de la Tierra, surgiendo ante nuestros ojos.

Pues bien, y éste es el último punto a considerar antes de cerrar el presente capítulo, esta posibilidad no nos es dada en modo alguno.

 

 

3. LA PRIMAVERA DE LA VIDA

A priori, sería perfectamente imaginable que, en los límites de lo microscópico y de lo ínfimo, la misteriosa transformación de las megamoléculas en células, esbozada desde hace millones de años, continuara aún desapercibida alrededor de nosotros. ¡Cuántas fuerzas que considerábamos muertas para siempre en la Naturaleza han demostrado, bajo un análisis más minucioso, estar todavía en acción! La corteza terrestre no ha terminado aún de elevarse o de deprimirse bajo nuestros pies. Las cadenas de montañas se están elevando todavía en nuestro horizonte. Los granitos continúan alimentando y ensanchando el zócalo de los continentes. El mismo mundo orgánico no cesa en la superficie de su gran ramaje de hacer germinar nuevos capullos. Lo que una lentitud extrema llega a realizar disimulando un movimiento, ¿por qué no lo realizaría, asimismo, una extrema pequeñez? Nada se opondría en sí a que, por masas infinitesimales, la sustancia viva esté aún a punto de nacer ante nuestros ojos.

Sin embargo, nada parece indicar-todo, por el contrario, parece disuadirnos de pensar-que suceda así.

Todo el mundo conoce la famosa controversia que enfrentó, va a hacer un siglo, a los partidarios y a los adversarios de la “generación espontánea”. De los resultados de la batalla parece se quiso extraer, en aquella época, más de lo que convenía: como si la derrota de Pouchet cerrara científicamente toda esperanza de dar una explicación evolutiva a los primeros orígenes de la Vida. Sin embargo, hoy todo el mundo está de acuerdo sobre este punto: del hecho de que en el seno de un medio previamente desembarazado de todo germen, la Vida no pueda aparecer en el laboratorio, no se podría concluir, en contraposición a toda clase de evidencias generales, que en otras condiciones y en otras épocas el fenómeno no se haya producido. Las experiencias de Pasteur no podían ni pueden probar nada contra un nacimiento de células en el pasado de nuestro planeta. Como contrapeso, su éxito, inagotablemente confirmado por un uso universal de los métodos de esterilización, parece demostrar perfectamente una cosa: es decir, que dentro del campo y de los límites de nuestras investigaciones, el protoplasma no se forma ya de una manera directa en la actualidad a partir de las sustancias inorgánicas de la Tierra.

Ello nos obliga, para empezar, a la revisión de ciertas ideas demasiado absolutas que pudiéramos alimentar sobre el valor y el uso, en Ciencia, de las explicaciones mediante las causas actuales.

Hace un momento lo recordaba. Muchas de las transformaciones terrestres que hubiéramos jurado estar terminadas desde hace mucho tiempo se prolongan todavía en el Mundo que nos rodea. Bajo la influencia de esta verificación inesperada que viene a halagar nuestras preferencias naturales hacia las formas palpables y manejables de la experiencia, nuestro espíritu se inclina fácilmente a pensar que nunca hubo en el Pasado, como no lo habría en el Porvenir, nada absolutamente nuevo bajo el sol. Un poco más todavía y llegaríamos a reservar para sólo los acontecimientos del Presente la plena realidad del Conocimiento. En el fondo, ¿no será simple “conjetura” todo cuanto haya podido existir fuera de lo Actual?

Es absolutamente necesario reaccionar contra esta limitación instintiva de los derechos y del dominio de la Ciencia.

No; el Mundo no podría precisamente satisfacerse con las condiciones impuestas por lo Actual -no sería ya el gran Mundo de la Mecánica y de la Biología-, si no nos encontramos perdidos en él como esos insectos cuya efímera existencia ignora todo cuanto rebasa los límites de una estación. En el Universo, precisamente en virtud de las dimensiones que le descubre la medida del Presente, debió de suceder toda una serie de acontecimientos que no tuvieron al Hombre como testigo. Mucho antes del despertar del Pensamiento sobre la Tierra, debieron producirse diversas manifestaciones de la Energía cósmica que no tienen ejemplo en la actualidad. Al lado del grupo de fenómenos registrables de manera inmediata, para la Ciencia existe una clase particular de hechos a considerar en el Mundo -los más importantes en su especie, por el hecho de ser los más significativos y los más raros: aquellos que no dependen ni de la observación ni de la experimentación directas- y que solamente puede revelar esta rama tan auténtica de la “Física” que es el Descubrimiento del Pasado. Y la aparición primera de los cuerpos vivientes, a juzgar por los repetidos fracasos para encontrar a nuestro alrededor sus equivalentes o para reproducirla, senos presenta precisamente como uno de los más sensacionales de estos acontecimientos.

Una vez esto expuesto, avancemos algo más en nuestros razonamientos. Existen dos maneras posibles para que una determinada cosa no coincida en el Tiempo con nuestra visión. O no la vemos, por el hecho de que no se reproduce sino a tan largos intervalos que nuestra existencia está comprendida toda entera entre dos de sus apariciones, o se nos escapa más radicalmente aún, por el hecho de que, una vez realizada, ya no se repite jamás. Así, pues, Fenómeno cíclico, de muy largo período (como tantos que la Astronomía conoce), o fenómeno propiamente singular (tal como lo serían Sócrates o Augusto en la historia humana). ¿En cuál de estas dos categorías de lo inexperimental (o mejor, de lo preterexperimental) convendría catalogar, de acuerdo con los descubrimientos pasterianos, la formación inicial de las células a partir de la Materia, el Nacimiento de la Vida?

No faltan hechos que aportar en favor de la idea de que la Materia organizada germinaría periódicamente sobre la Tierra. Más adelante, cuando trate de dibujar el Árbol de la Vida, habré de mencionar la coexistencia, en nuestro Mundo viviente, de estos grandes conjuntos (los Protozoos, las Plantas, los Pólipos, los Insectos, los Vertebrados…), cuyos contactos, mal fusionarlos entre sí, podrían explicarse bastante bien a causa de un origen heterogéneo. Algo así como esas intrusiones sucesivas, escalonadas a lo largo de distintas edades, de un mismo magma, cuyas venas entrelazadas forman el complejo eruptivo de una misma montaña… La hipótesis de pulsaciones vitales independientes justificaría cómodamente la diversidad morfológica de las principales Ramificaciones reconocidas por la Sistemática. Y, además, no chocaría de hecho contra ninguna dificultad por el lado de la Cronología. En cualquier caso, la longitud de tiempo que separa los orígenes históricos de dos Ramificaciones sucesivas es ampliamente superior a la que mide la edad de la Humanidad. Nada hay, pues, de extraño en el hecho de que vivamos en la ilusión de que nada sucede ya. La Materia parece muerta. Pero, en realidad, ¿no estaría preparando par todas partes alrededor de nosotros la próxima pulsación?

 

 

 

Debía señalar, y hasta cierto punto defender, esta concepción de un nacimiento espasmódico de la Vida. Ello no obstante, no lo haré así para detenerme en ella. Contra la tesis de varios impulsos vitales, sucesivos y diferentes en la superficie de la Tierra se erige, en efecto, como una objeción decisiva, la similitud fundamental de los seres organizados.

Ya hemos mencionado en el presente capítulo este hecho tan curioso de que todas las moléculas de sustancias vivas resultan ser asimétricas de la misma manera y que contienen exactamente las mismas vitaminas. Pues bien, cuanto más se complican los organismos, tanto más se hace evidente su parentesco nativo. Este parentesco nativo. Este parentesco se manifiesta en la uniformidad absoluta y universal del tipo celular. Aparece, en los Animales sobre todo, en las soluciones idénticas aportadas a los diversos problemas de la percepción, de la nutrición, de la reproducción: por todas partes sistemas vasculares y nerviosos, por todas partes alguna forma de sangre, por toda partes gónadas, por todas partes ojos… Este parentesco se prosigue en la similitud de los métodos empleados por los individuos para asociarse en organismos superiores o para socializarse. Estalla, por fin, en las leyes generales de desarrollo (“ontogénesis” y “filogénesis”), que dan al Mundo viviente, considerado en su conjunto, la coherencia de un solo manantial.

Aunque una u otra de estas múltiples analogías sean explicables por el ajuste de un mismo “magma previviente” en condiciones terrestres idénticas, no parece se pueda considerar su haz unido como expresión de un simple paralelismo o de una simple “convergencia”. Aun cuando el problema físico y fisiológico de la Vida no comporta más que una sola solución general sobre la Tierra, esta solución de conjunto deja forzosamente indecisas una multitud de determinaciones accidentales, particulares, de las cuales parece prohibido pensar que se hayan encontrado las mismas dos veces. Ahora bien: hasta en estas modalidades accesorias todos los seres vivientes se parecen entre sí, incluso entre grupos ‘muy distintos. En virtud de ello, las oposiciones observables actualmente entre Ramificaciones zoológicas pierden mucho de su importancia (¿no son simplemente resultado de un efecto de perspectiva, combinado con un progresivo aislamiento de los phyla vivientes?), y en el naturalista va creciendo la convicción de que la eclosión de la Vida sobre la Tierra pertenece a la categoría de los acontecimientos absolutamente únicos, los cuales, una vez realizados, no se repiten jamás. Hipótesis ésta menos inverosímil de lo que podría parecer a primera vista, por poco que uno se forme una idea conveniente de lo que se oculta bajo la historia de nuestro planeta.

En Geología y en Geofísica existe aún la moda de conceder una importancia preponderante a los fenómenos de periodicidad. Los mares, que avanzan y se retiran; las plataformas continentales, que ascienden y descienden; las montañas, que crecen y se nivelan; los hielos, que avanzan y retroceden; el calor de radiactividad, que se acumula en profundidad y que después se vierte en superficie… Ya no se trata más que de esos majestuosos “ir y venir” en los tratados que describen las peripecias de la Tierra.

Esta predilección por la Rítmica en los acontecimientos corre parejas con la preferencia por lo Actual en las causas. Y, como esta última, se explica por necesidades racionales precisas. Lo que se repite se hace, por lo menos virtualmente, observable. Podemos hacer de ello el objeto de una ley. Hallamos también en ello puntos de referencia para medir el tiempo. Soy el primero en reconocer la calidad científica de estas ventajas. Pero no puedo tampoco privarme de pensar que un análisis exclusivo de las oscilaciones registradas por la corteza terrestre o por los movimientos de la Vida dejaría precisamente fuera de sus investigaciones el objeto principal de la Geología.

Porque, al fin, la Tierra no es ya simplemente una especie de gran cuerpo que respira, se levanta y desciende…, sino que, más importante aún que todo eso, hubo de comenzar en algún momento; pasa por una sucesión ligada de equilibrios movibles; tiende verosímilmente hacia algún estado final. Tiene un nacimiento, un desarrollo y, sin duda, una muerte hacia adelante. Debe, pues, estarse realizando alrededor nuestro, más profundo que cualquier pulsación expresable en eras geológicas, un proceso de conjunto, no periódico, que define la evolución total del planeta; algo más complicado químicamente y más intrínseco a la Materia que al “enfriamiento” del que se hablaba antes; una cosa, sin embargo, que resulta ser algo, a pesar de todo, irreversible y continuo. Una curva que no desciende y cuyos puntos de transformación, como consecuencia, no se reiteran nunca. Una sola marea ascendente bajo el ritmo de las edades… Pues bien: el fenómeno vital pide, me imagino, se le sitúe sobre esa curva esencial en relación con esa ascensión de fondo.

Si la Vida, un día, pudo aislarse en el Océano primitivo, fue sin duda porque la Tierra (y en esto precisamente era juvenil) se encontraba entonces, por obra de la distribución y la complejidad global de sus elementos, en un estado general privilegiado que permitía y favorecía la edificación de los protoplasmas.

Y si la Vida, en consecuencia, no se forma ya directamente hoy a partir de los elementos contenidos en la Litosfera o en la Hidrosfera es aparentemente porque el hecho de que la aparición misma de una Biosfera ha trastrocado, empobrecido y distendido de tal manera el quimismo primordial de nuestro fragmento de Universo, que el fenómeno no podría ya jamás (sino de manera quizá artificial) reproducirse.

Desde este punto de vista, que me parece apropiado, la “revolución celular” se descubriría, pues, como expresando, sobre la curva de la evolución telúrica, un punto crítico y singular de germinación, un momento sin posible paralelo. Sólo una vez sobre la Tierra del protoplasma, como una sola vez en el Cosmos de los núcleos y de los electrones.

Esta hipótesis tiene la ventaja de proporcionar una razón a la similitud orgánica, profunda, que señala, desde la Bacteria al Hombre, a todos los seres vivientes, al mismo tiempo que explica por qué, en ninguna otra parte y jamás, no sorprendemos la formación del menor grano viviente si no es por generación. Y éste era precisamente el problema.

Sin embargo, la hipótesis tiene aún otras dos consecuencias notables para la Ciencia.

En primer lugar, al destacar el fenómeno vital de la muchedumbre de los demás acontecimientos terrestres periódicos y secundarios, para hacer de él una de las principales referencias (o parámetros) de la evolución sideral del globo, viene a rectificar nuestro sentido de las proporciones y de los valores y renueva así nuestra perspectiva del Mundo.

Seguidamente, por el hecho mismo de mostramos el origen de los cuerpos organizados como ligado a una transformación química sin precedentes y sin correspondencia en el curso de la historia terrestre, nos inclina a considerar la energía contenida en la capa viviente de nuestro planeta como desarrollándose a partir y en el interior de una especie de quantum cerrado, definido por la amplitud de esta emisión primordial.

La Vida nació y se propaga sobre la Tierra como una pulsación absolutamente solitaria. 

Se trata ahora de seguir la propagación de esta onda única hasta el Hombre y, si es posible, más allá del Hombre.

 

 

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