Teilhard de Chardín – “EL FENÓMENO HUMANO” – Parte III- El interior de las cosas y La Tierra juvenil

INDICE DE POST DEL FENOMENO HUMANO- Teilhard de Chardin 

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EL FENÓMENO HUMANO

Teilhard De Chardin

-PARTE III-

 

I. LA PREVIDA 

(…)

Cap. II. EL INTERIOR DE LAS COSAS 

1. Existencia 

2. Leyes cualitativas del crecimiento 

3. La energía espiritual 

A) El Problema de las dos Energías 

B) Una línea de solución 

Cap. III.  LA TIERRA JUVENIL 

1. El Exterior 

A) El Mundo que cristaliza 

B) El Mundo que se polimeriza 

2. El interior

 

CAPITULO II

EL INTERIOR DE LAS COSAS 

 

En el plano científico prosigue la controversia entre materialistas y espiritualistas, entre deterministas y finalistas. Después de un siglo de disputas, cada partido se queda acantonado en sus posiciones, presentando al adversario razones sólidas que lo justifiquen.

Dentro de lo que yo pueda comprender, esta lucha, en la cual me he hallado mezclado de una manera personal, me da la impresión de que su persistencia se debe menos al aprieto en que se encuentra la experiencia humana para conciliar dentro de la Naturaleza ciertas apariencias contradictorias de mecanismo y de libertad, de muerte y de inmortalidad, que a la dificultad experimentada por los dos grupos de mentalidades para situarse en un terreno común. Por una parte, los materialistas se obstinan en hablar de los objetos como si consistieran sólo en acciones exteriores, en relaciones “transientes”. Por otra parte, los espiritualistas están empeñados en no salirse de una especie de introspección solitaria, en la que los seres no son considerados de otra manera que encerrados en sí mismos, en sus operaciones “inmanentes”. Aquí y allá se lucha sobre dos planos diferentes, sin encontrarse unos a otros, y cada uno no ve más que la mitad del problema.

Mi convicción es la de que los dos puntos de vista exigen complementarse y que pronto llegarán a reunirse en una especie de Fenomenología o de Física generalizada, en la que la cara interna de las cosas será considerada tanto como la cara externa del Mundo. De otra manera es imposible, me parece, englobar por medio de una explicación coherente, tal como la Ciencia debe tender a realizarlo, la totalidad del Fenómeno cósmico.

Acabamos de describir en sus interrelaciones y en sus dimensiones mensurables el Exterior de la Materia. Necesitamos ahora, para avanzar más en dirección al Hombre, extender la base de nuestras construcciones futuras algunas cosas tienen su interior, su “respecto de sí mismas”, podríamos decir, y éste presenta sus relaciones definidas, sean cualitativas entitativas, con los desarrollos que la ciencia reconoce a la Energía cósmica. He aquí tres afirmaciones que forman las tres partes de este nuevo capítulo.

El tratarlas, como debo hacerlo aquí, me obligará a desbordarme por encima de la Previda y a anticiparme un poco sobre la Vida y el Pensamiento. Pero ¿no es lo propio  -y la dificultad-  de toda síntesis el que su término se halle ya implicado en sus propios inicios?

 

 

1.- EXISTENCIA

Si existe una perspectiva claramente lograda por los últimos progresos de la Física, es precisamente la de que hay, para nuestra experiencia, en la unidad de la Naturaleza, esferas (o estadios) de órdenes diferentes, caracterizadas cada una de ellas por el predominio de ciertos factores que se hacen imperceptibles o insignificantes en la esfera o estadios vecinos. A la escala media de nuestros organismos y de nuestras construcciones, la velocidad parece no alterar la naturaleza de la Materia. Ahora bien: sabemos hoy que en los valores extremos alcanzados por los movimientos atómicos esta velocidad modifica profundamente la masa de los cuerpos: Entre los elementos químicos “normales”, la regla será la estabilidad y la longevidad. Y he aquí que esta ilusión ha sido destruida gracias al descubrimiento de las sustancias radiactivas. A la medida de nuestras humanas existencias, las montañas y los astros parecen un modelo de majestuosa inmovilidad. Ahora nos damos cuenta de que, observada a lo largo de grandes espacios de tiempo, la corteza terrestre va modificándose sin cesar bajo nuestros pies, al mismo tiempo que los cielos nos arrastran hacia un tremendo  ciclón de estrellas.

En todos estos casos y en otros semejantes no existe la aparición absoluta de una nueva magnitud. Toda masa es modificada por su velocidad. Todo cuerpo irradia. Todo movimiento, suficientemente puesto al ralenti, se vela de inmovilidad. Sin embargo, a una escala o por causa de una intensidad diferente, se nos aparece un cierto fenómeno que invade el horizonte, que apaga todos las demás matices y da a todo el espectáculo su tonalidad particular.

Esto es lo que se nos presenta al considerar el interior de las cosas.

Dentro del terreno de la Físico-química, por una razón que vamos a indicar en seguida, los objetos no se manifiestan más que a través de sus determinismos externos. A los ojos del Físico no existe legítimamente (por lo menos hasta ahora) más que un “exterior” de las Cosas. Esa misma actitud intelectual se le permite también al bacteriólogo, cuyos cultivos son tratados (al margen de algunas dificultades importantes) como si fueran reactivos de laboratorio. Pero esta misma actitud es ya mucho más difícil en el mundo de las Plantas. En el caso del biólogo que se interesa por la conducta de los Insectos o los Celentéreos, tiende a hacerse ya insostenible. En el caso de los Vertebrados, es ya realmente inútil. Finalmente fracasa de manera total con el Hombre, respecto al cual, no puede esquivarse en modo alguno la existencia de un “interior”… toda vez que éste constituye el objeto de una intuición directa y la trama misma de todo conocimiento.

La aparente restricción del fenómeno de conciencia a las formas superiores de Vida que ha servido, durante mucho tiempo, de pretexto a la Ciencia para eliminarle de sus construcciones del Universo. Con el objeto de desembarazarse del Pensamiento, se clasificaba a éste bajo una cualquiera de estas calificaciones: rara excepción, función aberrante, epifenómeno. Pero ¿qué le habría sucedido a la Física moderna si se hubiera clasificado, sin más, al Radio entre los cuerpos “anormales”? Evidentemente, la actividad del Radio no ha sido, no podía ser despreciada, toda vez que, por ser mensurable, introducía su fuerza, su viabilidad, hacia el tejido exterior de la materia, mientras que la consciencia, para ser integrada en un sistema del Mundo, obliga a considerar la existencia de una faz o dimensión nueva en la Trama del Universo. Muchas veces retrocedemos ante cualquier esfuerzo. Pero ¿quién no verá, tanto en un caso como en otro, que se plantea a los investigadores un problema idéntico y que debe ser resuelto por el mismo método: descubrir lo universal a través de lo excepcional?

Últimamente lo hemos experimentado demasiado a menudo para que nos sea posible todavía dudar: una anomalía natural no es nunca más que la exageración hasta hacerse sensible, de una propiedad que está extendida por todas partes al estado de inaccesible. Observado de una manera correcta, aunque no fuera más que en un solo punto, un fenómeno tiene necesariamente, en virtud de la unidad fundamental del Mundo, un valor y unas raíces ubicuistas. ¿Hacia dónde nos conduce esta regla si la aplicamos al caso del self-conocimiento humano?

“La conciencia no aparece con evidencia total más que en el Hombre -nos sentíamos tentados a exclamar-, y, por tanto, se trata de un caso aislado, que no interesa a la Ciencia.”

“La conciencia aparece con evidencia en el Hombre -debemos afirmar corrigiéndonos-, y, por tanto, entrevista en este único relámpago, tiene una extensión cósmica y, como tal, se aureola de prolongaciones espaciales y temporales indefinidas.”

Esta conclusión resulta grávida en consecuencias. Y, sin embargo, me siento incapaz de ver cómo, en buena analogía con todo el resto de la Ciencia, podríamos sustraernos a ella.

En el fondo de nosotros mismos, sin discusión se nos presenta, a través de una especie de desgarro interior en el corazón mismo de los seres. Ello es suficiente para que, en uno u otro grado, este “interior” sé nos imponga como existente en todas partes y desde siempre en la Naturaleza. Dado que en un punto determinado de ella misma la Trama del Universo posee una cara interna, resulta indiscutible que es bifaz por estructura, es decir, en toda región del espacio y del tiempo, de la misma manera que es, por ejemplo, granular: coextensiva a su Exterior, existe un Interior de las Cosas.

De lo cual resulta lógicamente la siguiente representación del Mundo, desconcertante para nuestra imaginación, pero de hecho la única asimilable por nuestra razón. Considerada en su nivel más bajo, allí precisamente donde nos colocábamos al empezar estas páginas, la Materia original es algo más que este hormigueo particular tan maravillosamente analizado por la Física moderna.Bajo esta hoja mecánica inicial, nos es necesario concebir, aunque sea llevado hasta su mínimaexpresión, pero absolutamente indispensable para explicar el estado del Cosmos durante los tiempos subsiguientes, una hoja “biológica”. No hay mayor posibilidad de fijar experimentalmente un principio absoluto a estas tres expresiones de una misma cosa: Interior, Consciencia y, por consiguiente, Espontaneidad, de la que hay en hacer lo mismo en cualquiera de las demás líneas del Universo.

En una perspectiva coherente del Mundo, la Vida presupone inevitablemente, y en lontananza ante ella, la Previda.

Pero entonces, objetarán a la vez espiritualistas y materialistas, si todo es, en el fondo, viviente o, por lo menos, previniente en la Naturaleza, ¿cómo es posible que llegue a identificarse y a triunfar una ciencia mecanicista de la Materia?

¿Es que los cuerpos, determinados en el exterior y “libres” en el interior, serian por sus dos caras irreductibles e inconmensurables?… En este caso, ¿dónde está vuestra solución?

La respuesta a esta dificultad se halla ya contenida implícitamente en las observaciones presentadas más arriba, respecto a la diversidad de las “esferas de experiencias” que sesuperponen en el interior del Mundo. Ella misma se nos presentará de una manera más clara en el momento en que nos hayamos dado cuenta de qué leyes cualitativas se vale para variar y crecer, en sus manifestaciones, lo que acabamos de llamar el Interior de las Cosas.

 

 

 

2.- LEYES CUALITATIVAS DEL CRECIMIENTO

Armonizar los objetos en el Tiempo y en el Espacio sin pretender fijar las condiciones que pueden regir su ser profundo. Establecer en la Naturaleza una cadena de sucesión experimental, y no una relación de causalidad “ontológica”. Dicho de otra forma, ver -y no explicar-, tal es, no hay que olvidarlo, el único fin del presente estudio.

Desde este punto de vista fenomenológico (que es el punto de vista de la Ciencia), ¿no será posible ultrapasar la posición en que acaba de detenerse nuestro análisis de la Trama del Universo? Acabamos de reconocer en ella la existencia de una faz interna consciente, que por todas partes .refleja necesariamente la cara extrema, “material”, la única que es considerada habitualmente por la Ciencia. ¿Nos es posible ahora ir más lejos y definir conforme a qué reglas esta segunda cara, generalmente oculta, viene a transparentarse y, después, a emerger en ciertas regiones de nuestra existencia?

Sí, seguía parece, e incluso muy simplemente, siempre que se expresen de un extremo a otro tres observaciones, que cada uno de nosotros ha podido hacer, pero que no alcanzan su verdadero valor hasta que uno se dedica a encadenarlas.

 

A) Primera observación

Considerado al estado prevital, el Interior de las Cosas, cuya realidad acabamos de admitir, hasta en las formas nacientes de la Materia, no debe ser imaginado como formando una hoja continua, sin como afectado por la misma granulación que la propia Materia.

Pronto tendremos ocasión de volver sobre este punto capital. Mirados desde lo más lejos que podamos, los primeros seres vivos se manifiestan a nuestra experiencia, sea en magnitud, sea en número, como especies de “mega” o de “ultramoléculas”: una multitud enloquecedora de núcleos microscópicos. Ello quiere decir que, por razones de homogeneidad y de continuidad, lo previviente se adivina por debajo del horizonte como un objeto que participa de las estructuras y de las propiedades corpusculares del Mundo. Observada tanto desde dentro como desde fuera, la Trama del Universo tiende, pues, a resolverse también, hacia atrás, en una polvareda de partículas:

1. perfectamente semejante entre sí (por lo menos si se las observa a una gran distancia);
2. coextensivas cada una de ellas a la totalidad del dominio cósmico;
3, misteriosamente enlazadas entre sí, finalmente, por una .Energía de conjunto. Estas dos caras, externa e interna, del mudo se corresponden punto por punto cuando se las considera sumergidas en estas profundidades. De tal manera, que se puede pasar de una a otra con la única condición de reemplazar “inter-acción mecánica” por “consciencia” en la definición adoptada anteriormente para los centros parciales del Universo.

El atomismo es un una propiedad común al Interior y al Exterior de las cosas.

 

B) Segunda observación

Los elementos de Consciencia, prácticamente homogéneos entre sí en el origen (exactamente igual que los elementos de materia que ellos subtienden), van complicando y diferenciando poco a poco su naturaleza en el curso de la Duración. Desde este punto de vista y considerada desde el ángulo puramente experimental, la Consciencia se manifiesta como una propiedad cósmica de magnitud variable sometida a una transformación global en sentido ascendente, este fenómeno enorme, que iremos siguiendo a lo largo de los acrecentamientos la Vida y hasta el Pensamiento, ha acabado por parecernos trivial. Seguido en la dirección inversa, nos conduce, tal como lo hemos señalado antes, a la noción menos familiar de estados inferiores cada vez más vagos y como distendidos.

Refractada hacia atrás en la Evolución, la Consciencia se extiende cualitativamente sobre un espectro de matices variables, cuyas términos inferiores se pierden en la noche. En la noche de los tiempos; es decir, del pasado. 

 

C) Tercera observación

Para terminar, tomemos de dos regiones diferentes de este espectro dos partículas de consciencia que han alcanzado grados diferentes de evolución. A cada una de ellas le corresponde, según acabamos de ver, por construcción, una cierta agrupación material definida, de la cual constituyen el Interior. Comparemos entre sí estas dos agrupaciones y preguntémonos cómo se disponen entre ellas y en relación con la parcela de Consciencia que cada una de ellas recubre respectivamente.

La respuesta es inmediata.

Sea cual sea el caso considerado, podemos estar seguros de que a la consciencia más desarrollada corresponderá siempre a un armazón más rico y mejor ajustado. El más simple protoplasma es ya una substancia con una complejidad inaudita. Esta complicación aumenta, en proporción geométrica, desde el Protozoo a los Metazoos, cada vez más elevados. Y así sucede siempre y por todas partes en lo que concierne a todo lo demás. El fenómeno se nos presenta de nuevo tan obvio, que dejó ya de asombrarnos hace mucho tiempo. Y no obstante, su importancia es decisiva. En efecto, gracias a él tenemos un “parámetro” tangible que permite entrelazar, no ya sólo en posición (punto por punto), sino también tal como se verificará más adelante, en el movimiento, las dos hojas externa e interna del Mundo.

La concentración de una consciencia, podríamos decir, varía en razón de la simplicidad del compuesto material, al que dobla. O también: una consciencia resulta tanto más acabada cuanto que dobla un edificio material más rico y mejor organizado. 

Perfección espiritual (o “centreidad” consciente) y síntesis material (o complejidad) no son sino las dos caras o mitades entrelazadas de un mismo fenómeno.

Desde este punto de vista, se podría decir que cada ser está construido (en el plano fenomenológico) como una elipse sobre dos focos conjugados: un foco de organización y otro de centración psíquica, ambos variando solidariamente en el mismo sentido. 

Y con ello henos ya llegados ipso facto a la solución del problema planteado. Buscábamos una ley cualitativa de desarrollo, capaz de explicar, de esfera en esfera, en primer lugar la invisibilidad, después la aparición y luego la dominancia gradual del Interior en relación con el Exterior de las Cosas. Esta ley aparece por sí misma desde el momento en que el Universo se concibe como pasando de un estado A, caracterizado por un número muy grande de elementos muy simples (es decir, con un Interior muy pobre), a un estado B, definido por un número menor de agrupaciones muy complejas (es decir, con un Interior más rico).

En el estado A, los centros de Consciencia, por ser a la vez muy numerosos y extremadamente laxos, no se manifiestan más que por medio de efectos de conjunto, sometidos a leyes estadísticas. Obedecen, pues, en forma colectiva, a leyes matemáticas. Estamos en el terreno propio de la Físico-Química.En el estado B, por el contrario, estos elementos, menos numerosos y al propio tiempo mejor individualizados, escapan poco a poco a la esclavitud de los grandes números. Dejan transparentar su espontaneidad fundamental y no mensurable. Podemos empezar a verlos y a seguirlos uno a uno. Y a partir de aquí alcanzamos el mundo de la Biología.

Todo el desarrollo posterior de este Ensayo no será otra cosa, en suma, que esta historia de lucha entablada en el Universo entre lo Múltiple unificado y la Multitud inorganizada; es decir, aplicación, a todo lo largo del mismo, de la gran Ley de complejidad y de Consciencia, ley que implica por sí misma una estructura, una curvatura, psíquicamente convergentes del Mundo. 

Pero no nos precipitemos. Y puesto que aquí nos estamos ocupando todavía de la Previda, retengamos solamente que no existe, desde un punto de vista cualitativo, contradicción alguna en admitir que un Universo con apariencias mecanizadas esté construido de “libertades”, con tal que estas libertades estén contenidas en él en un estado suficientemente grande de división y de imperfección.

Pasando ahora, para terminar, al punto de vista más delicado de la cantidad, veamos si es posible definir, sin oposición con las leyes admitidas por la Física, la Energía contenida en un Universo así concebido.

 

 

 

3. LA ENERGÍA ESPIRITUAL

 

Ninguna noción nos es tan familiar como la de Energía espiritual. Y, sin embargo, ninguna nos resulta científicamente tan oscura como ella. Por un lado, la realidad objetiva de un esfuerzo y de un trabajo psíquico está tan fundamentada, que sobre ella se asienta toda la Ética. Y por otro, la naturaleza de esta potencia interior es tan impalpable, que, fuera de ella, se ha podido edificar toda la Mecánica.

En ningún otro lugar se nos presentan más crudamente las dificultades en las que aún nos hallamos para agrupar, dentro de una misma perspectiva racional, Espíritu y Materia. Así como tampoco en ningún otro lugar se manifiesta más tangiblemente la necesidad urgente de tender un puente entre las dos orillas, física y moral, de nuestra existencia, si queremos que se animen mutuamente las dos facetas, espiritual y material, de nuestra actividad.

La Ciencia ha decidido ignorar provisionalmente la cuestión de entrelazar de una manera coherente las dos Energías del cuerpo y del alma. Sería muy cómodo obrar como ella. Por desgracia (o por ventura), encerrados, como lo estamos aquí, en la lógica de un sistema en el que el Interior de las Cosas tiene tanto o más valor que su Exterior, tropezamos de lleno con la dificultad. Es imposible evitar el choque; es necesario avanzar.

Las consideraciones que siguen no tienen, naturalmente, la pretensión de aportar una solución verdaderamente satisfactoria al problema de la Energía espiritual. El fin que se proponen es simplemente el de mostrar, como un ejemplo, lo que debería ser, tal como lo concibo, la línea de investigación adoptada y el género de explicación perseguido por una ciencia integral de la Naturaleza.

A) El Problema de las dos Energías

Dado que en el fondo mismo de nuestra consciencia humana la cara interna del Mundo aparece y se refleja sobre sí misma, parecería que no tendríamos más que mirarnos a nosotros mismos para comprender en qué relaciones dinámicas se encuentran, en un punto cualquiera del Universo, el Exterior y el Interior de las Cosas.

De hecho, esta lectura es de las más difíciles.

En nuestra acción concreta sentimos perfectamente cómo se combinan las dos fuerzas existentes. El motor funciona, es verdad, pero no llegamos a descifrar su actuación, que parece contradictoria. Lo que constituye para nuestra razón la aguzada punta, tan irritante, del problema de la Energía espiritual es el sentido agudo que tenemos de la dependencia y de la independencia simultáneas de nuestra actividad en relación con las fuerzas de la materia.

Dependencia, en primer lugar. Esta es de una evidencia al mismo tiempo deprimente y magnífica. “Para pensar hay que comer.” En esta fórmula brutal se expresa toda una economía, que, según el punto desde donde se mire, constituye la tiranía o, muy por el contrario, la fuerza espiritual de la Materia. La especulación más elevada, el amor más incandescente, se doblan y se pagan, lo sabemos demasiado bien, con un gasto de energía física. Ora será el pan el que sea necesario, ora el vino, ora la infusión de un elemento químico o de una hormona, ora la excitación de un color, ora la magia de un sonido que, atravesando nuestros oídos como una vibración, emergerá en nuestro cerebro bajo la forma de una inspiración…

Energía material y Energía espiritual, sin duda alguna, se sostienen y se prolongan una a otra por medio de algo. En el fondo, de alguna manera, no debe haber actuando en el Mundo más que una Energía única. Y la primera idea que nos viene a la mente es la de representarnos el “alma” como un foco de transmutación, hacia el cual, a través de todas las avenidas de la Naturaleza, la fuerza convergería para interiorizarse y sublimizarse en belleza y en verdad.

Ahora bien: esta idea, tan seductora, de una transformación directa de una a otra de las dos Energías, debe abandonarse ya, apenas entrevista. Y ello porque, tan claramente como su ligazón, se manifiesta su mutua independencia en cuanto se intenta acoplarlas.

“Para pensar hay que comer”, insisto. Pero, como contrapartida, ¡cuántos pensamientos distintos nacidos del mismo trozo de pan! Como las letras de un alfabeto, del cual pueden salir tanto la mayor incoherencia como el más bello poema nunca oído, las mismas calorías parecen tan indiferentes como necesarias a los valores espirituales que alimentan.

Las dos Energías, física y psíquica, distribuidas respectivamente sobre las dos caras, externa e interna, del Mundo, tienen en su conjunto el mismo aspecto. Ambas están constantemente asociadas y de algún modo pasan la una a la otra. Sin embargo, parece imposible hacer superponer sus curvas de una manera simple. Por un lado, sólo un í fracción ínfima de Energía “física” es utilizada por lo desarrollos más elevados de la Energía espiritual. Y por otro lado, esta fracción mínima, una vez absorbida, se traduce en el cuadro interior por las oscilaciones más inesperadas.

Una tal desproporción cuantitativa basta para desechar la idea, demasiado simple, de “cambio de forma” (o de transformación directa) y, por consiguiente, la esperanza de hallar nunca un “equivalente mecánico” de la Voluntad o del Pensamiento. Las dependencias energéticas entre el interior y el Exterior de las Cosas son indiscutibles. Sin embargo, no pueden traducirse, sin duda alguna, más que por un simbolismo complejo, en el cual figuran términos de órdenes diferentes.

 

B) Una línea de solución

Para escapar a un dualismo de fondo imposible y anticientífico y para salvaguardar, no obstante, la natural complicación de la Trama del Universo, yo propondría, pues, la siguiente representación que va a servir de fondo a todo el resto de nuestros desarrollos.

Admitimos que, esencialmente, cualquier energía es de naturaleza psíquica. Sin embargo, añadiremos que, en cada elemento particular, esta energía fundamental se divide en dos componentes distintos: una energía tangencial, que hace al elemento solidario de todos los elementos del, mismo orden (es decir, de la misma complejidad y de la misma “centreidad”) que él en el Universo, y una energía- radial, que le atrae, en la dirección de un estado cada vez más complejo y más centrado, hacia adelante. 

A partir de este estado inicial y suponiendo que dispone de una cierta energía tangencial libre, está claro que la partícula así constituida se halla en situación de aumentar con algún valor su complejidad interna, asociándose con partículas vecinas, y, como consecuencia (dado que su centreidad se halla con ello automáticamente acrecentada), se hace ascender de igual manera su energía radial, la cual, a su vez, podrá reaccionar, bajo la forma de una nueva ordenación, dentro del campo tangencial. Y así sucesivamente.

Dentro de esta perspectiva, en que la energía tangencial representa la “energía” a secas, habitualmente considerada por la Ciencia, la única dificultad es explicar el juego de las ordenaciones tangenciales en concordancia con las leyes de la Termodinámica. Ahora bien, a este propósito pueden hacerse las siguientes observaciones

a) En primer lugar, como la variación de la energía radial en función de la energía tangencial se opera, en virtud de nuestra hipótesis, con el intermedio de una ordenación, se sigue que un valor tan grande como se quiera de la primera puede estar ligado a un valor tan pequeño como se quiera de la segunda, dado que una ordenación extremadamente perfeccionada puede no exigir más que un trabajo extremadamente débil. Todo lo cual da perfectamente cuenta de los hechos comprobados.

b) En el sistema aquí propuesto, en segundo lugar, uno se halla conducido paradójicamente a admitir que la energía cósmica es constantemente creciente, no sólo bajo su forma radial, sino también, cosa más grave, bajo su forma tangencial (ya que la tensión entre elementos aumenta con su misma centreidad), y esto parece contradecir al principio de Conservación de la Energía en el Mundo. Sin embargo, observémoslo: este acrecentamiento de lo Tangencial, de segunda especie, el único incómodo para la Física, no se hace sensible más que a partir de valores radiales muy elevados (caso del Hombre, por ejemplo, y de las tensiones sociales). Por debajo y para un número aproximadamente constante de partículas iniciales en el Universo, la suma de las energías tangenciales cósmicas queda práctica y estadísticamente invariable en el curso de las transformaciones. Y esto es todo cuanto necesita la Ciencia.

c) Y, finalmente, dado que, en nuestro esquema, el edificio entero del Universo en vías de centración está constantemente sostenido, en todas sus fases, por sus ordenaciones primarias, es evidente que su culminación está condicionada, hasta los estados más elevados, por un cierto quantum primordial de energía tangencial libre, que gradualmente va agotándose, tal como lo exige la Entropía.

Considerado en su conjunto, este cuadro satisface las exigencias de la Realidad.

Sin embargo, quedan aún tres cuestiones sin resolver

a) ¿En virtud de qué energía especial, en primer lugar, se propaga el Universo siguiendo su eje principal, en la dirección, menos probable, de las más elevadas formas de complejidad y centreidad?

b) ¿Existe, seguidamente, un límite y un término definidos por lo que se refiere al valor elemental y a la suma total de las energías radiales desarrolladas en el curso de la transformación?

c) Esta fórmula última y resultante de las energías radiales, finalmente, si existe, ¿está sujeta y destinada a desagregarse reversiblemente un día, de acuerdo con las exigencias de la Entropía, hasta una recaída indefinida en los centros pervivientes, y aun por debajo de los mismos, por agotamiento y nivelación gradual de la energía libre tangencial contenida en las capas sucesivas del Universo y de las cuales ha emergido?

Estas tres cuestiones no podrán recibir una respuesta satisfactoria sino hasta mucho más adelante, cuando el estudio del Hombre nos haya conducido hasta la consideración de un polo superior del Mundo, el “punto Omega”.

 

 

 

 

CAPÍTULO III

LA TIERRA JUVENIL

 

Hará de ello nada menos que algunos miles de millones de años que, no, según parece, merced a un proceso regular de evolución estelar, sino como consecuencia de algún azar increíble (¿un rozamiento entre estrellas?, ¿una ruptura interna?…), un pedazo de materia formado de átomos particularmente estables se separó de la superficie del Sol. Y sin romper los lazos que le unían al resto de las cosas, justamente a la distancia del astro-padre necesaria para sentir su irradiación con una intensidad mediata, este pedazo se aglomeró, se enrolló sobre sí mismo y adquirió una figura.

Aprisionando dentro de su esfera y de su movimiento el porvenir del Hombre, un nuevo astro-un planeta, esta vez-acababa de nacer.

Hasta aquí hemos dejado errar nuestros ojos sobre las capas ilimitadas en donde se despliega la Trama del Universo.

Limitemos y concentremos ahora nuestra atención sobre el objeto mínimo oscuro, aunque fascinante, que acaba de aparecer. El constituye el único lugar del Mundo en donde nos es aún dado el seguir en sus fases últimas, y hasta nosotros mismos, la evolución de la Materia. 

Aún fresca y cargada de potencialidades nacientes, observemos cómo se balancea, en las profundidades del Pasado, la Tierra Juvenil.

 

1. EL EXTERIOR

 

Lo que en este globo recién nacido, podría parecer, despierta el interés del físico, por un golpe de azar dentro de la masa cósmica, es la presencia-inobservable en otro lugar cualquiera -de cuerpos  químicamente compuestos. A las temperaturas extremas que reinan en las estrellas, la Materia no puede subsistir sino en los estados más disociados. Sólo los cuerpos simples existen en estos astros  intrascendentes. En la Tierra, esta simplicidad de los elementos se mantiene todavía en la periferia, en los gases más o menos ionizados de la Atmósfera y de la Estratosfera y, probablemente también, muy al fondo, en los metales de la “Barisfera”. Sin embargo, entre estos dos extremos, una larga serie de sustancias complejas, huéspedes y productos exclusivos de los astros “extintos”, se escalona en zonas sucesivas, manifestando ya en su origen las fuerzas de síntesis incluidas en el Universo. Zona de la Sílice, en primer lugar, preparando la armadura sólida del planeta. Zona del Agua y del ácido carbónico, después, envolviendo a los silicatos por medio de una cobertura inestable, penetrante y móvil.

Barisfera, Litosfera, Hidrosfera, Atmósfera, Estratosfera. Esta composición fundamental ha podido variar y complicarse mucho en el detalle. Sin embargo, considerada en sus grandes trazos, debió ya establecerse así desde los orígenes. Y a partir de la misma van a desarrollarse, en dos direcciones diferentes, los progresos de la Geoquímica.

 

 

A) El Mundo que cristaliza

En una primera dirección, la más común con mucho, la energía terrestre ha tendido, desde el principio, a exhalarse y a liberarse. Sílice, Agua, Gas carbónico: estos óxidos esenciales se formaron quemando y neutralizando (sea ellos solos, sea en asociación con otros cuerpos simples) las afinidades de sus elementos. Siguiendo este esquema prolongado, nació progresivamente la rica variedad del “Mundo Mineral”.

El Mundo Mineral.

Mundo mucho más flexible y más móvil de la que pudo sospechar la Ciencia antigua: vagamente simétrico a la metamorfosis de los seres vivos; conocemos hoy, aun en las rocas más sólidas, una transformación perpetua de las especies minerales.

Sin embargo, Mundo relativamente pobre en sus combinaciones (no conocemos en total, según los últimos conocimientos, más que algunos centenares de silicatos en la Naturaleza), por estar estrechamente limitado en la arquitectura interna de sus elementos. 

Lo que caracteriza “biológicamente”, podríamos decir, a las especies minerales es haber elegido, semejante en esto a tantos organismos inevitablemente fijados, un camino que las cerró prematuramente en sí mismas. Por su estructura nativa, sus moléculas son incapaces de crecer.

Para crecer y extenderse, deben de alguna manera salir de sí mismas y recurrir a un subterfugio puramente externo de asociación enlazarse y encadenarse, átomo a átomo, sin fundirse ni unirse de verdad. Ora se ordenan en hileras, como en el jade; ora se distribuyen en capas, como en la
mica; ora se disponen en tresbolillos sólidos, como en el granate.

De esta forma nacen agrupaciones regulares, de composición a menudo muy alta, sin corresponder, no obstante, a ninguna unidad propiamente centrada. Simple yuxtaposición, sobre una red geométrica, de átomos o de agrupaciones atómicas relativamente poco complicadas. Un mosaico indefinido en pequeños elementos: tal es la estructura del cristal, legible hoy gracias a los rayos X, sobre una fotografía. Y ésta es la organización, simple y estable, que debió adoptar desde el origen, en su conjunto, la Materia condensada que nos rodea.

Considerada en la masa principal, la Tierra, viéndola de tan lejos hacia atrás como nos sea posible, se vela de geometría; cristaliza.

Sin embargo, no de manera total.

B) El Mundo que se polimeriza

En el curso y en virtud incluso de la marcha inicial de los elementos terrestres hacia el estado cristalino, se desprendía de manera constante una energía y se hacía libre (exactamente como sucede a nuestro alrededor en la Humanidad, actualmente, bajo el efecto de la máquina). Esta energía acrecentábase con la que proporciona de manera constante la descomposición atómica de las sustancias radiactivas. Así era como iba engrosándose incesantemente con la vertida por los rayos solares. ¿Adónde podía ir a parar esta potencia hecha disponible en la superficie de la Tierra juvenil? ¿Se perdía simplemente alrededor del globo en oscuros efluvios?

Otra hipótesis, mucho más probable, nos sugiere el espectáculo actual. Demasiado débil ya para sustraerse en forma de incandescencia, la energía libre de la Tierra naciente era, por el contrario, capaz de replegarse sobre sí misma en una labor de síntesis. Es que entonces, como hoy, pasaba, con absorción de calor, hacia la construcción de ciertos compuestos carbonosos, hidrogenados o hidratados, nitrogenados, parecidos a los que nos maravillan por su poder de acrecentar indefinidamente la complicación y la inestabilidad de sus elementos. Reino de la polimerización, en el cual las partículas se engarzan, se agrupan y se intercambian, como en los cristales, en el extremo de redes teóricamente infinitas, pero ahora molécula a molécula, de manera que forman cada vez, por medio de una asociación cerrada o, por lo menos, limitada, una molécula cada vez mayor y más compleja.

Estamos construidos de y en este mundo de los “complejos orgánicos”. Y no hemos adquirido la costumbre de considerarlo sólo en relación directa con la Vida ya constituida, dado que ésta se halla íntimamente asociada con él ante nuestra vista. Y, además, por el hecho de que su increíble riqueza de formas, que deja muy por detrás de sí la variedad de los compuestos minerales, no interesa más que a una mínima porción de la sustancia terrestre, estamos instintivamente llevados a no atribuirle más que una situación y una significación subordinadas en la Geoquímica, como en el Amoníaco y en los óxidos de los cuales se rodea el relámpago.

Me parece esencial, si queremos más tarde fijar el puesto del Hombre en la Naturaleza, restituir al fenómeno su antigüedad y su fisonomía verdaderas. Quimismo mineral y quimismo orgánico. Sea cual sea la desproporción cuantitativa de las masas respectivamente afectadas por ellas, estas dos funciones no son ni pueden ser otra cosa que las dos caras inseparables de una misma operación telúrica total. Tanto como la primera, por consecuencia, la segunda debe ser considerada como ya esbozada desde la primavera de la Tierra.

Así es como se hace sentir aquí el motivo sobre el cual se ha construido todo este libro: “En el Mundo nada podría estallar un día como final a través de los diversos umbrales (por críticos que sean) traspasados sucesivamente por la Evolución, que no ha sido primero oscuramente primordial.” Si, desde el primer momento en que fue posible, lo orgánico no hubiera empezado a existir sobre la Tierra, nunca hubiera empezado más tarde.

Alrededor de nuestro planeta naciente, además de los primeros esbozos de una Barisfera metálica, de una Litosfera silicatada, de una Hidrosfera y de una Atmósfera, hay, pues, motivos para considerar la formación de una cobertura especial, antítesis podríamos decir, de las cuatro primeras: zona templada de la polimerización, en la cual el Agua, el Amoníaco, el Ácido carbónico, flotaban ya, bañados de rayos solares. Desdeñar esta vaporosa vestimenta sería despojar al astro juvenil de su ornato más esencial. Porque es en ella donde gradualmente, si nos fiamos a las perspectivas que he desarrollado más arriba, va a concentrarse pronto el “Interior de la Tierra”.

 

 

2. EL INTERIOR

Cuando me refiero al “Interior de la Tierra”, no quiero indicar aquí, según se comprende, las profundidades materiales en donde, a unos kilómetros bajo nuestros pies, se oculta uno de los más irritantes misterios de la Ciencia la naturaleza química y las condiciones físicas exactas de las regiones internas del Globo. Con esta expresión designo, tal como hice en el capítulo precedente, a la cara “psíquica” de la porción de Trama cósmica encerrada en los orígenes de los tiempos, dentro del radio estrecho de la Tierra juvenil. En el fragmento de sustancia sideral que acaba deaislarse, igual que por todas partes, en el resto del Universo, un mundo interior va a doblar inevitablemente, punto por punto, el exterior de las cosas. Esto lo mostramos ya anteriormente.

Sin embargo, aquí las condiciones se han hecho diferentes. La Materia no se extiende ya bajo nuestros ojos en capas indefinibles y difusas. Ahora se ha enrollado sobre ella misma, dentro de un volumen cerrado. ¿De qué manera su hoja interna va a reaccionar ante este repliegue?

Un primer punto a considerar es que, por el hecho mismo de la individualización de nuestro planeta, una cierta masa de consciencia elemental se halla aprisionada en los orígenes, dentro de la Materia terrestre. Algunos científicos se han creído forzados a atribuir a algunos gérmenes interestelares el poder de inseminar los astros enfriados. Esta hipótesis desfigura, sin llegar a dar ninguna explicación, la grandeza del fenómeno viviente, así como también la de su noble corolario, el fenómeno humano. De hecho, tal hipótesis es completamente inútil. ¿Por qué habríamos de buscar en el espacio con destino a nuestro planeta os principios incomprensibles de fecundación? La Tierra juvenil, ya por su propia composición química inicial es por ella misma, y en  su totalidad, el germen increíblemente complejo que necesitamos. Osaría decir que de manera congénita llevaba la Previda en sí y ésta en una cantidad definida. Toda la cuestión se reduce a considerar de qué manera, a partir de este quantum primitivo, esencialmente elástico, pudo emerger todo el resto.

Con el fin de concebir las primeras fases de esta evolución, nos bastará comparar entre sí, término a término, de una parte, las leyes generales que hemos creído poder establecer en el desarrollo de la Energía espiritual y, por otra parte, las condiciones físico-químicas atribuidas hace un momento a la Tierra nueva. Hemos dicho ya que, por su misma naturaleza, la Energía espiritual crece de manera positiva y absoluta, sin límite reconocido, en valor “radial”, de acuerdo con la complejidad química creciente de los elementos, de los cuales esta energía representa la duplicatura interna. Pero, además, según lo hemos precisamente reconocido en el párrafo precedente, la complejidad química de la Tierra aumenta, en conformidad con las leyes de la Termodinámica, en aquella zona particular, superficial, donde sus elementos se polimerizan. Confrontemos ahora, una a otra, estas dos proposiciones. Ambas interfieren y se esclarecen mutuamente, sin ambigüedad posible. Ambas concuerdan en afirmarnos que, apenas incluida en la Tierra naciente, la Previda sale del torpor a que parecía condenarle su difusión en el espacio. Sus actividades, hasta entonces adormecidas, se ponen en movimiento, pari passu, con el despertar de las fuerzas de síntesis incluidas en la Materia. Sincrónicamente y en toda la periferia del Globo recién formado, la tensión de las libertades internas empieza a ascender.

Y ahora contemplemos de una manera más atenta esta superficie misteriosa de nuestro Planeta.

En ella debemos advertir una primera característica. Se trata de la extremada pequeñez y el número incalculable de partículas en que se resuelve. Por encima de varios kilómetros de espesor, en el agua, en el aire, en los limos que se depositan, ultramicroscópicos granos de proteínas recubren de forma densa la superficie de la Tierra. Nuestra imaginación se echa atrás ante la idea de contar todos los flóculos de esta nieve. Y ello no obstante, si hemos comprendido de verdad que la Previda se hallaba ya emergida en el átomo, ¿no debíamos ya contar con estas miríadas de grandes moléculas?

Con todo, debemos considerar algo más.

Más notable aún, en cierto sentido, que esa multitud, y justamente tan importante como ella para tenerla en cuenta en los desarrollos futuros, es la unidad que engloba en sí, en virtud de su génesis misma, la polvareda primordial de las consciencias. Lo que hace acrecentar las libertades elementales, repito, es esencialmente el aumento del poder de síntesis de las moléculas que subtienden. Sin embargo, esta síntesis, lo repito también, no tendría lugar si el Globo, en su conjunto, no llegara a replegar dentro del interior de una superficie cerrada los estratos de su propia sustancia.

Así, pues, en cualquier punto que consideremos a la superficie de la Tierra, el acrecentamiento del Interior no se produce más que en favor de un doble enrollamiento conjugado, enrollamiento de la molécula sobre sí misma y enrollamiento del Planeta sobre sí mismo. El quantum inicial de consciencia contenido en nuestro Mundo terrestre no está simplemente formado por un agregado de parcelas apresado de manera fortuita dentro de una misma red. Representa una masa solidaria de centros infinitesimales estructuralmente entrelazados por sus condiciones de origen y por su desarrollo.

Aquí nuevamente, aunque descubriéndose ahora sobre un dominio mejor definido y llevado a un orden nuevo, reaparece la condición fundamental que caracterizaba ya a la Materia original: unidad de pluralidad. La Tierra nació probablemente de un azar. Pero, de acuerdo con una de las leyes más generales de la Evolución es azar apenas aparecido, fue utilizado inmediatamente y refundido en seguida en algo que resulta ser dirigido de una manera natural. Por el mecanismo mismo de su nacimiento, la película en la que se concentra y se profundiza el Interior de la Tierra emerge a nuestros ojos bajo la forma de tul Todo orgánico en el que ya no sería posible ahora separar ningún elemento de los demás que le envuelven. Aquí, un nuevo indivisible que aparece en el corazón del Gran Indivisible que es el Universo. Con toda verdad se trata de una Prebiosfera.

Es de esta envoltura únicamente de la que nos vamos ahora a ocupar: sólo y enteramente de ella.

Siempre abocados hacia los abismos del Pasado, observemos su cambiante color.

A través de las edades, de una en una, el matiz va progresando. Algo va a estallar ahora sobre la Tierra juvenil. ¡La Vida! ¡He aquí la Vida!

 

 

 

 

 

 

 

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