Los conceptos y las cosas. Evolución y alcance de la teoría vitalista del concepto, por Axel  Cherniavsky – Parte II

Los conceptos y las cosas. Evolución y alcance de la teoría vitalista del concepto,  – Parte I

Los conceptos y las cosas. Evolución y alcance de la teoría vitalista del concepto. Parte III

Los conceptos y las cosas. Evolución y alcance de la teoría vitalista del concepto

Axel  Cherniavsky

Universidad  de  Buenos  Aires

 

Parte II

 

¿Qué es la intuición en Bergson? La intuición debe ser ante todo distinguida de la intuición y de la intuición. Es que Bergson emplea el mismo término para tres elementos distintos: un método, una facultad y el producto de esa facultad.

La intuición es el método de la filosofía, y retomando un léxico spinozista, Bergson dice que consiste en percibir sub specie durationis (2003: 176). Intuir es pensar “en durée” (30). Por un lado, la intuición como método de la filosofía se opone al análisis como método de la ciencia (181). La ciencia busca rivalizar con la naturaleza, dominarla, mientras que la filosofía pretende simpatizar con ella, comprenderla.

Por otro lado, la intuición debe asimismo diferenciarse de la percepción artística, que si bien dilata nuestra percepción, mostrándonos lo que con frecuencia no vemos al mirar, lo hace sólo en superficie. La intuición agrega una dimensión a la percepción artística, el tiempo, y la amplía en profundidad (175). La intuición como método es la comprensión temporal del tiempo, la percepción cambiante del cambio.

Como facultad, la intuición consiste en la captación inmediata de lo singular y lo moviente, de lo esencial a todas las cosas y a cada cosa. Desde este punto de vista, se opone a la inteligencia, que divide y homogeniza un objeto que debe darse simultáneamente. El objeto de la inteligencia es el espacio, la materia. El de la intuición no es un objeto, sino un proceso, el tiempo o espíritu.

Finalmente, la intuición es el producto de la intuición como facultad. Desde esta perspectiva se opone al concepto, como producto de la inteligencia e instrumento del análisis. El concepto, con sus límites bien precisos, encapsula lo real, lo estabiliza, lo identifica, lo define. La intuición, al contrario, intenta dar cuenta de su carácter heterogéneo y sucesivo, continuo y fluctuante.

Bergson dudó mucho antes de bautizar intuición a la intuición (25), tantas eran las capas de sedimento con las que la historia de la filosofía había recubierto el término. Distingamos entonces la intuición bergsoniana de las intuiciones de la tradición. La intuición de Bergson no es como la de Descartes, una intuición intelectual. Dos actos cognoscitivos ofrecen las reguale cartesianas para acceder a las cosas sin temor a equivocarse: la deducción y la intuición. Pero ambos son actos del entendimiento. “Por intuición, entiendo […] el concepto que la inteligencia pura y atenta forma con tanta facilidad y distinción que no queda absolutamente ninguna duda sobre lo que comprendemos […]” (Descartes, 1996: 14) La definición de la intuición, pero también los ejemplos que Descartes ofrece, por lo general tomados de la geometría y la aritmética, permiten pensar la intuición como una deducción veloz. En efecto, ella no carece de una cierta discursividad. Intuición y deducción son la bifurcación que tiene como raíz común al entendimiento. La diferencia entre una y otra es gradual. La intuición de Bergson, en cambio, se distingue por naturaleza y no por grados del razonamiento intelectual. La inteligencia divide, homogeneiza y estabiliza. Es en esencia práctica. La intuición, esencialmente especulativa, capta lo indivisible y sucesivo. Inteligencia e intuición no son dos operaciones de una misma facultad, sino dos facultades distintas. Bergson, como Descartes, cree en la posibilidad de captar la cosa tal cual es; pero el segundo gracias a una operación intelectual, el primero gracias a una facultad supraintelectual.

 

 

 

En segundo lugar, la intuición bergsoniana debe distinguirse de la platónica (episteme o noesis): si bien ambas son una captación inmediata, lo que capta una es eterno e inmutable, idéntico a sí, y lo que capta la otra es temporal y cambiante, eternamente distinto de sí. En relación a Kant, debemos decir que la intuición no capta el fenómeno, sino lo que para Kant es la cosa en sí. En efecto, Bergson, como Husserl, considera el criticismo como un desafío, e intentan refundar un conocimiento absoluto. Por momentos, al leerlos, pareciera que estamos ante filosofías pre-críticas. “A las cosas mismas”, declara la consigna fenomenológica, que es igualmente válida para Bergson, cuya intuición es una aprehensión de la esencia de cada cosa. Debemos remitirnos más al Kant de la Crítica del juicio que al de la Crítica de la razón pura y, en este sentido, no es curioso que Bergson recurra al arte para señalar un ámbito en donde las cosas se exhiben tal cual son y no mediadas por símbolos como en la ciencia. Finalmente, la intuición bergsoniana ha de distinguirse de la spinozista, en tanto que la segunda es una intuición de las esencias de las cosas singulares y la primera, para ponerlo en los mismos términos, una intuición de las esencias singulares de las cosas. En efecto, como bien explica Guéroult, nada indica que, en la Ética, la ciencia intuitiva nos ofrezca las esencias de cada cosa, en vez de la esencia singular de las cosas (Guéroult, 1968: 458-463). No es el caso en Bergson, en donde la intuición se amolda a cada objeto, se mimetiza con cada proceso.

El concepto es el producto de la inteligencia y la herramienta de la ciencia; la intuición, la producción de la intuición como facultad y el instrumento de la metafísica. La ciencia analiza la materia y el espacio; la metafísica simpatiza con el tiempo y el espíritu. El análisis divide, unifica y pone en simultáneo lo que la intuición descubre como indivisible, plural y sucesivo. La ciencia, dice Bergson, se aproximará indefinidamente a lo real, multiplicando perspectivas y variando puntos de vista: nos ofrecerá siempre un conocimiento relativo. La filosofía, en cambio, nos deposita en el interior de lo real, proveyéndonos de un saber absoluto. Se puede traducir una novela en cientos de lenguas, ninguna traducción nos impactará como el original. Podremos sacar miles de fotografías de una ciudad, ejemplifica Bergson, pero nunca será como pasear por ella (2003: 179). Con cuadros y pinturas comparaba Descartes las ideas, de fotografías distingue Bergson a la intuición. Es esta diferencia la que nos permite evaluar el primer aporte de Bergson para la construcción de un concepto vitalista.

La idea, tanto en Spinoza como en Descartes, al igual que lo que Bergson entiende por concepto, es una representación de lo real, una copia de su objeto. Poco importa la psicología implicada, si debe haber un estímulo sensible o no, si el cuerpo le transmite la imagen al alma o constituye el alma un circuito “paralelo”. En todos los casos, la idea aparece como un reflejo de lo real, copia o duplicación. La particularidad de la intuición bergsoniana es que no representa, sino que presenta lo real, es una mímica y no una imitación. En segundo lugar, con Bergson, la idea parece haberse afinado, agudizado, pues ha perdido todo carácter unificador o totalizador. Ya Spinoza distinguía sus nociones comunes de las ideas abstractas o generales, pero éstas bien eran “comunes” a todas las cosas. Nada ha quedado de esto en Bergson, nada del concepto kantiano que subsume las intuiciones: a cada cosa una intuición. E incluso la intuición es lo que nos permite decir que lo que creíamos que era una cosa, en realidad, eran muchas, fugaces, únicas, irreversibles. Por otra parte, ese carácter corpóreo o material de la idea spinozista, su consistencia, se ve conservado en la filosofía de Bergson. El “empirismo verdadero” es un esfuerzo por darle a la metafísica la precisión de la ciencia y al espíritu, el color y la textura de la materia. Hay un dualismo tanto en Spinoza como en Bergson, de atributos en el primero, de tendencias en el segundo, pero en ambos casos es provisorio: el primero se resuelve en la unidad de la sustancia, el segundo en la simplicidad del élan (Jankélévitch, 1959: 174). En cierto sentido, Bergson dinamiza un sistema que ya era dinámico, aceita un mecanicismo, lo “organiza”. Al reemplazar las causas por procesos, hace del mecanismo universal un organismo universal: viste esa Naturaleza de la cual Spinoza había dado sólo el esqueleto. El resultado de ambos monismos es tanto la espiritualización de la materia como, lo que aquí nos importa, la materialización del espíritu. Por eso decimos que la consistencia de las ideas se encuentra totalmente conservada. Pero, finalmente, ese carácter que denominamos terrenal o inmanente de las ideas, por el cual significamos que no están ni el cielo ni en la mente de los hombres exclusivamente, se ha perdido, pues la intuición de Bergson es el producto de una facultad que aparece sólo con el advenimiento del hombre (Bergson, 2003c, cap. III).

Ganancia en movilidad o singularidad; conservación de consistencia y pérdida de terrenalidad: tal es el pasaje de la idea spinozista a la intuición de Bergson. La originalidad de ésta reposa en su carácter no representativo. Es un heredero de ambos filósofos, Deleuze, quien va a agrupar todos estos caracteres en su concepto de concepto, y a aportar por otra parte innovaciones propias.

 

 

 

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