LETRAS LIBRES – LO PEOR ESTÁ POR VENIR y otras reflexiones

“Uno de los grandes apoyos de la violencia es la protesta ocasional, rutinaria, que no espera consecuencias”

Carlos Monsiváis

 

Fotografía: Omar Marques

Sumario:

 [1] Lo peor está por venir, por Anne Applebaum 

[2] En defensa de Europa, por Héctor Abad Faciolince 

[3] El nuevo desorden mundial, por Por Michael Ignatieff 

[1] Lo peor está por venir

Por Anne Applebaum (*)

Articulo publicado el 1 de noviembre de 2018 en:

https://www.letraslibres.com/mexico/revista/lo-peor-esta-por-venir

 

Polarización, teorías de la conspiración, ataques a la prensa, una obsesión con la lealtad, la tentación del resentimiento. La historia reciente de Europa del Este contiene lecciones útiles sobre la degradación de las democracias.

 

Anne Applebaum

El 31 de diciembre de 1999 organizamos una fiesta. Era el final de un milenio y el principio de uno nuevo; la gente tenía muchas ganas de celebrar. Los invitados eran variados, pero en su mayoría eran polacos; amigos nuestros y colegas de mi marido, que entonces era segundo del ministro de Exteriores del gobierno. Vino asimismo un puñado de jóvenes periodistas polacos también –ninguno de ellos particularmente famoso– con unos cuantos funcionarios y dos miembros del gobierno.

Se podría haber incluido a la mayoría en la categoría general de lo que los polacos llaman la derecha: los conservadores, los anticomunistas. Pero en ese momento de la historia también se les podría haber llamado liberales –partidarios del libre mercado o liberales clásicos– o quizá thatcheristas. Incluso los que tenían opiniones menos definitivas sobre la economía creían sin duda en la democracia, el Estado de derecho y en una Polonia miembro de la otan que estaba en camino de entrar a la Unión Europea. La música –cintas, en una época previa a Spotify– creó la única división cultural grave de la velada: las canciones que mis amigos estadounidenses recordaban de la universidad no eran las mismas que los polacos recordaban de esa etapa, así que era difícil que todo el mundo bailara al mismo tiempo.

La fiesta duró toda la noche y estaba impregnada de optimismo. Habíamos reconstruido esa casa. Nuestros amigos reconstruían el país. Tengo un recuerdo de un paseo por la nieve –quizá fuera el día antes de la fiesta, quizá el día después– con un grupo bilingüe: todo el mundo parloteaba a la vez, el inglés y el polaco se mezclaban y hacían eco en el bosque de abedules. En ese momento, cuando Polonia estaba a punto de unirse a Occidente, parecía que estábamos en el mismo equipo. Estábamos de acuerdo con respecto a la democracia, con respecto al camino a la prosperidad, con respecto a cómo iban las cosas.

Ese momento ha pasado. Casi dos decenios más tarde, ahora cruzo la calle para evitar a algunas de las personas que estaban en esa fiesta de Nochevieja. Ellos, a su vez, no solo se negarían a entrar a mi casa: les daría vergüenza admitir que alguna vez estuvieron allí. Más o menos la mitad de la gente que estaba en esa fiesta ya no se habla con la otra mitad. Los distanciamientos son políticos, no personales. Polonia es una de las sociedades más polarizadas de Europa y nos encontramos en lados opuestos de una profunda división, una que cruza no solo a través de lo que solía ser la derecha polaca sino también de la vieja derecha húngara, la derecha italiana y, con algunas diferencias, la derecha británica y la estadounidense.

Algunos de mis invitados polacos siguieron, como hicimos mi marido y yo, apoyando el centro-derecha partidario de Europa, el Estado de derecho y el mercado. Algunos ahora se consideran de centro-izquierda. Pero otros terminaron en un lugar distinto, apoyando un partido nativista llamado Ley y Justicia.

Después de su primer gobierno, entre 2005 y 2007, Ley y Justicia ha abrazado un nuevo conjunto de ideas, no solo xenófobas y profundamente suspicaces del resto de Europa sino también abiertamente autoritarias. A partir de 2015, sus líderes han violado la Constitución nombrando a nuevos jueces del Tribunal Constitucional. Más tarde, el partido utilizó un libreto, también inconstitucional, para intentar controlar a la Suprema Corte. Se apoderó de la televisión pública estatal, Telewizja Polska, despidió a presentadores populares y empezó a emitir propaganda descarada, espolvoreada de mentiras fácilmente refutables. El gobierno se granjeó críticas internacionales cuando adoptó una ley que restringía el debate público sobre el Holocausto. Aunque la ley fue reformada gracias a la presión de Estados Unidos, disfrutaba de un amplio apoyo entre la base ideológica de Ley y Justicia: los periodistas, escritores y pensadores, entre los que había algunos de los invitados a mi fiesta, que creen que fuerzas antipolacas pretenden culpar a Polonia de Auschwitz.

Para ser clara sobre mis intereses y sesgos, debería explicar que parte de las ideas conspiratorias de este grupo giran a mi alrededor. Mi marido fue el ministro de Defensa de Polonia durante un año y medio, en un gobierno de coalición que dirigía el partido Ley y Justicia durante su primera y breve experiencia en el poder; más tarde, rompió con ese partido y durante siete años fue ministro de Relaciones Exteriores en otro gobierno de coalición, esta vez dirigido por el partido de centro-derecha Plataforma Cívica; en 2015 no se presentó a las elecciones. Como periodista y como esposa nacida en Estados Unidos, ese año aparecí en dos revistas partidarias del régimen, wSieci y Do Rzeczy –antiguos amigos nuestros trabajan en ambas–, como la coordinadora judía clandestina de la prensa internacional y la directora secreta de su cobertura negativa de Polonia. Historias similares han aparecido en las noticias vespertinas de Telewizja Polska.

Al final, dejaron de escribir sobre mí: la cobertura internacional negativa del país se ha vuelto demasiado extendida como para atribuir a una sola persona, aunque sea judía, toda esa coordinación. Aunque el tema reaparece en las redes sociales de cuando en cuando.

No estamos en 1937. Sin embargo, en mi propio tiempo se produce una transformación paralela, en la Europa en la que vivo y en Polonia. Y está sucediendo sin la excusa de una crisis económica como la que sufrió Europa en los años de 1930. La economía de Polonia es la más exitosa de Europa de los últimos veinticinco años. El país no vivió una recesión ni siquiera tras la crisis financiera global de 2008. La ola migratoria que ha alcanzado a otros países europeos no se ha notado aquí en absoluto. No hay campos de refugiados y no hay terrorismo islámico o terrorismo de ningún tipo.

Algo aún más importante, aunque la gente de la que escribo aquí, los ideólogos nativistas, quizá no tengan el éxito que les gustaría tener, no son pobres y rurales, no son en modo alguno víctimas de la transición política y no son una clase empobrecida y marginada. Al contrario, tienen educación, hablan idiomas extranjeros y viajan fuera.

¿Qué ha producido esta transformación? ¿Algunos de nuestros amigos siempre fueron autoritarios en secreto? ¿O la gente con la que brindábamos en los primeros minutos del nuevo milenio ha cambiado a lo largo de las dos décadas siguientes? Mi respuesta es complicada porque creo que la explicación es universal. Si se dan las condiciones adecuadas, cualquier sociedad puede volverse contra la democracia. Si la historia es algo por lo que podamos guiarnos, es lo que harán todas las sociedades.

Antes de continuar, un recordatorio: todo esto ha pasado antes. El caso Dreyfus dividió a la sociedad francesa en líneas que ahora nos resultan familiares. Los que creían que el capitán francés de origen alsaciano, acento alemán y judío –y que, por tanto, a ojos de algunos no era un verdadero francés– era culpable de haber filtrado información al gobierno alemán fueron la alt-right –o el partido Ley y Justicia– de su época. Los dreyfusards, en cambio, argumentaban que el Estado francés tenía la obligación de tratar a todos los ciudadanos por igual, fuera cual fuese su religión. Ellos también eran patriotas, pero de otro tipo. Concebían a la nación no como un clan étnico sino como un conjunto de ideales: justicia, honestidad, la neutralidad de los tribunales. Era una visión más abstracta y más difícil de entender, pero no carente de atractivo.

El caso es interesante porque una sola cause célèbre arrojó a un país entero a un debate iracundo y creó divisiones irresolubles entre gente que antes no sabía que estaba en desacuerdo entre sí. Pero eso muestra que había ya ideas muy distintas de lo que era “Francia”, a la espera de ser descubiertas. Hace dos decenios, diferentes ideas de “Polonia” debían estar presentes también, a la espera de que las exacerbaran la oportunidad, las circunstancias y la ambición personal.

Quizá no sea sorprendente. Todos estos debates, sea en la Francia de 1890 o en la Polonia de 1990, tienen en el centro una serie de cuestiones importantes: ¿Quién define una nación? Y, por tanto, ¿quién la dirige? Durante mucho tiempo, pensamos que esas preguntas tenían respuesta.

El Estado iliberal de partido único fue desarrollado por primera vez por Lenin, en Rusia. Es el modelo que muchos de los incipientes autócratas utilizan. A diferencia del marxismo, el Estado leninista no es una filosofía. Es un mecanismo para conservar el poder. Funciona porque define con claridad quién es la élite.

En su momento el partido único derribó el orden aristocrático en Rusia. Pero no puso en su lugar un modelo competitivo y meritocrático. Los puestos en universidades, en la administración pública y en la industria no eran para los más industriosos o capaces. Eran para los más leales. La gente progresaba porque estaba dispuesta a seguir las reglas del partido, que beneficiaban a los hijos de la clase trabajadora pero, sobre todo, a la gente que profesaba ruidosamente el credo, que asistía a reuniones del partido. A diferencia de una oligarquía ordinaria, el Estado de un solo partido permite la movilidad ascendente: los verdaderos creyentes pueden progresar. Como escribió Hannah Arendt en los años cuarenta, el peor tipo de Estado de partido único “sustituye de forma invariable talentos de primera fila, al margen de sus simpatías, por chiflados e idiotas cuya falta de inteligencia y creatividad sigue siendo la mejor garantía de su lealtad”.

El sistema de un partido de Lenin también reflejaba su desdén por la idea de un Estado neutral, de funcionarios apolíticos y medios objetivos. Escribía que la libertad de expresión “es un engaño”. Se burlaba de la libertad de reunión diciendo que era un “sintagma hueco”. En cuanto a la propia democracia parlamentaria, no era otra cosa que “una máquina para la supresión de la clase trabajadora”. En la imaginación bolchevique, la prensa podía ser libre y las instituciones públicas podían ser justas una vez que fueran controladas por la clase trabajadora, a través del partido.

 

 

Esta burla de las instituciones competitivas de la “democracia burguesa” y el capitalismo tiene desde hace mucho una versión de derecha. En Europa, dos partidos iliberales de ese tipo están ahora en el poder: Ley y Justicia, en Polonia, y el Fidesz de Viktor Orbán en Hungría. Otros, en Austria y en Italia, forman parte de coaliciones de gobierno o disfrutan de un apoyo amplio. Estos partidos toleran la existencia de oponentes políticos. Pero utilizan todos los medios posibles, legales e ilegales, para reducir la capacidad de sus oponentes para actuar y limitan la competencia en economía y en política. No les gusta la inversión extranjera y critican la privatización, a menos que esté diseñada para beneficiar a sus simpatizantes. Socavan la meritocracia. Como Donald Trump, se burlan de las ideas de neutralidad y profesionalidad tanto de periodistas como de funcionarios. Desalientan a los negocios para que no se anuncien en los medios de la “oposición”.

Uno de los primeros actos en el gobierno de Ley y Justicia, a comienzos de 2016, fue cambiar la ley del funcionariado para que fuera más fácil despedir a profesionales y contratar a gente del partido. El gobierno despidió a jefes de compañías estatales polacas. Antes, la gente que desempeñaba esos puestos tenía alguna experiencia en los negocios o el gobierno. Ahora esos puestos están, en general, en manos de miembros del partido, de sus amigos y parientes.

Si crees, como ahora lo hacen mis viejos amigos, que a Polonia le iría bien si la dirigiera gente que merece gobernar porque proclama cierto tipo de patriotismo, porque son leales al líder del partido o porque son, por repetir las palabras del propio Kaczyński, una “mejor clase de polaco”, entonces un Estado de partido único es en realidad más justo que una democracia competitiva. ¿Por qué se debería permitir que compitan distintos partidos si solo uno de ellos tiene el derecho moral a formar el gobierno? ¿Por qué se debería permitir a las empresas que compitan en un mercado libre si solo algunas son leales y por tanto dignas de alcanzar la riqueza?

El impulso se refuerza, en Polonia y en Hungría y en muchos otros países que fueron comunistas, por la sensación extendida de que las reglas de la competencia son defectuosas porque las reformas de los años noventa fueron injustas. En concreto, permitieron que demasiados excomunistas reciclaran su poder político en poder económico.

Pero este argumento, que hace un cuarto de siglo parecía tan importante, ahora parece débil y superficial. Al menos desde 2005, Polonia solo ha estado dirigida por presidentes y primeros ministros cuyas biografías políticas comenzaron en Solidaridad, un movimiento anticomunista. Tampoco hay un poderoso monopolio empresarial de excomunistas. Ahora mismo el político excomunista más destacado es Stanisław Piotrowicz, un diputado de Ley y Justicia que, quizá no de manera sorprendente, es un gran enemigo de la independencia judicial.

Sin embargo, este argumento sobre la continuada influencia del comunismo conserva un atractivo para los intelectuales políticos de derecha de mi generación. Para algunos de ellos parece explicar sus fracasos personales. No todo el que era disidente del comunismo en los años setenta llegó a ser primer ministro o autor de bestseller o respetado intelectual público después de 1989. Y para muchos esa es una fuente de resentimiento abrasador. Si crees que mereces gobernar, tu motivación para atacar a la élite, golpear a los tribunales y doblegar a la prensa para alcanzar tus ambiciones es fuerte. El resentimiento, la envidia y por encima de todo la convicción de que el “sistema” es injusto: son sentimientos importantes entre los intelectuales de la derecha polaca.

Esto no significa que el Estado iliberal carezca de un atractivo genuino. Pero también es bueno en términos personales para algunos de sus proponentes, hasta tal punto que resulta muy difícil separar los motivos privados de los políticos. Eso es lo que aprendí de la historia de Jacek Kurski, el director de la televisión estatal polaca y principal ideólogo del iliberal Estado polaco. Empezó en el mismo tiempo y lugar que su hermano, Jarosław Kurski, quien edita el periódico polaco más grande e influyente. Son dos caras de la misma moneda.

Para entender a los hermanos Kurski, es importante saber de dónde vienen: de la ciudad portuaria de Gdansk. Alcanzaron la edad adulta a comienzos de los años ochenta, cuando Gdansk era tanto el centro de la actividad anticomunista en Polonia como un terreno atrasado, un lugar donde la intriga y el aburrimiento se medían en dosis iguales. En ese momento particular, en ese lugar particular, los hermanos Kurski destacaban. El senador Bogdan Borusewicz, uno de los activistas del sindicalismo clandestino más importantes de la época, me dijo que su escuela se conocía como “zrewoltowane”, en rebelión contra el sistema comunista. Jarosław representaba la historia y la literatura. Jacek, un poco más joven, estaba menos interesado en la batalla intelectual contra el comunismo y se consideraba un activista y un radical. En la estela inmediata de la ley marcial, los dos hermanos iban a las manifestaciones, gritaban eslóganes y agitaban pancartas. Los dos trabajaron al principio en el periódico estudiantil ilegal y luego en Solidarność, el periódico ilegal de la oposición, Solidaridad.

En octubre de 1989, Jarosław se fue a trabajar como jefe de prensa de Lech Wałęsa, el líder de Solidaridad, quien, tras la elección del primer gobierno no comunista de Polonia, se sentía abandonado e ignorado; en el caos que crearon las reformas económicas revolucionarias y el rápido cambio político, no había un papel obvio para él. En 1990, Wałęsa se postuló a la presidencia y ganó, galvanizando a gente que ya se sentía molesta por las concesiones que habían acompañado el colapso negociado del comunismo en Polonia (la decisión de no encarcelar o castigar a excomunistas, por ejemplo). La experiencia hizo que Jarosław se diera cuenta de que no le gustaba la política, en especial la política del resentimiento: “Vi de qué se trataba… horribles intrigas, buscar basura, campañas de difamación.” Era también su primer encuentro con Kaczyński, “un maestro en ese terreno. En su pensamiento político, los accidentes no existen… Si algo ocurre, fue la maquinación de un outsiderConspiración es su palabra favorita”.

Al final Jarosław dejó el trabajo y entró en Gazeta Wyborcza, el periódico fundado cuando se celebraron las primeras elecciones parcialmente libres de Polonia, en 1989. En la nueva Polonia, podía ayudar a crear una prensa libre, me dijo, y eso fue suficiente para él. Jacek fue justo en dirección opuesta. “Eres un idiota”, le dijo a su hermano cuando se enteró de que había dejado de trabajar para Wałęsa. Jacek ya estaba interesado en su propia carrera política. Siempre –en palabras de su hermano– estuvo fascinado por los hermanos Kaczyński, por las intrigas, los planes, las conspiraciones. No estaba interesado en las características del conservadurismo polaco, en los libros o en los debates que habían cautivado a su hermano. Una amiga de ambos me dijo que no creía que Jacek tuviera ninguna filosofía política. “¿Es un conservador? No creo que lo sea, al menos no según una definición estricta del conservadurismo. Es una persona que quiere estar en la cima.”

El relato completo de lo que hizo Jacek requeriría más espacio que un artículo de revista. Al final se volvió contra Wałęsa, quizá porque no le dio el trabajo que pensaba que merecía. Demandó varias veces al periódico de su hermano, y el periódico hizo lo mismo con él. Coescribió un libro feroz e hizo una película conspiratoria sobre las fuerzas secretas alineadas contra la derecha polaca. Fue afiliado de distintos partidos y facciones, a veces bastante extremas, a veces más centristas. Fue miembro del Parlamento Europeo. Se especializó en lo que se denomina relaciones públicas negras. Es célebre que ayudó a torpedear la campaña presidencial de Donald Tusk (quien acabó siendo primer ministro), en parte extendiendo el rumor de que Tusk tenía un abuelo que se había unido de manera voluntaria al ejército nazi. Cuando le preguntaron por su intervención, Jacek supuestamente dijo a un pequeño grupo de periodistas que, por supuesto, no era cierto, pero “los campesinos ignorantes se lo creerán”.

Jacek no ganó el aplauso popular que pensaba que era su derecho como activista adolescente de Solidaridad. Fue una decepción enorme. En 2015, Kaczyński sacó a Jacek de la relativa oscuridad de la política extremista y lo hizo director de la televisión pública. Desde que llegó a Telewizja Polska, el joven Kurski la ha vuelto irreconocible, ha despedido a los periodistas más famosos y ha reorientado de manera radical su política. Aunque la emisora recibe dinero de los contribuyentes, los noticieros no tienen la menor pretensión de neutralidad u objetividad. Bajo el partido Ley y Justicia, la televisión estatal no solo produce propaganda del régimen; celebra el hecho de que lo hace. No solo tergiversa y manipula información; disfruta del engaño.

Jacek –privado de respeto durante tantos años– tiene por fin su venganza. Está donde cree que debería estar: en el centro de atención, el radical que arroja cocteles molotov figurativos a la gente. El Estado iliberal de partido único es perfecto para él. Y si el comunismo ya no está disponible como verdadero enemigo, habrá que encontrar nuevos enemigos.

De Orwell a Koestler, los escritores europeos del siglo XX estaban obsesionados con la idea de la Gran Mentira. Los vastos constructos ideológicos que eran el comunismo y el fascismo eran tan absurdos e inhumanos que requerían de una violencia prolongada para imponerse y de la amenaza de la violencia para mantenerse. Requerían una educación forzada, un control total de la cultura. Por el contrario, los movimientos políticos polarizadores del siglo XXI en Europa exigen mucho menos a sus seguidores. No requieren la creencia en una ideología total, y por lo tanto no necesitan la violencia o la política del terror. No obligan a la gente a creer que el negro es blanco, que la guerra es la paz y que las granjas estatales han conseguido aumentar en un 1000% su producción prevista. Y sin embargo todos dependen, no de una Gran Mentira, pero sí de lo que el historiador Timothy Snyder una vez me dijo que debería denominarse una Mentira Mediana, o quizá un conjunto de Mentiras Medianas. Por decirlo de otra manera, todos ellos invitan a sus seguidores a que, al menos una parte del tiempo, entren en una realidad alternativa. A veces esa realidad se desarrolla de forma orgánica; más a menudo, es elaborada con cuidado, con la ayuda de técnicas modernas de marketing, segmentación de audiencias y campañas en redes sociales.

Los estadounidenses saben cómo una mentira puede aumentar la polarización e inflamar la xenofobia: Donald Trump llegó a la política estadounidense de la mano del birtherism, la idea falsa de que el presidente Obama no nació en Estados Unidos, y que preparó el camino para otras mentiras, desde los “mexicanos violadores” hasta el “Pizzagate”. Pero en Polonia, y también en Hungría, ahora tenemos ejemplos de lo que pasa cuando quien propaga una Mentira Mediana –una teoría de conspiración– es primero un partido político, en su eje principal de campaña, y luego un partido en el gobierno, con toda la fuerza de un Estado moderno y centralizado detrás.

En Hungría, la mentira no es original: es la creencia, compartida por el gobierno ruso y la alt-right estadounidense, en los poderes sobrehumanos de George Soros, el judío multimillonario húngaro que supuestamente está detrás de un complot para destruir la nación a través de la importación deliberada de migrantes, a pesar de que no existen esos migrantes en Hungría.

En Polonia, la mentira es al menos sui géneris. Es la teoría de la conspiración de Smolensk: la creencia de que un complot infame derribó el avión del presidente en abril de 2010. La historia tiene fuerza especial en Polonia porque el accidente tenía ecos históricos inquietantes. El presidente que falleció, Lech Kaczyński, iba a un acto en conmemoración de la masacre de Katyn, el lugar donde Stalin asesinó a más de veintiún mil polacos –una buena parte de la élite del país– en 1940. Una ola inmensa de emoción surgió tras el accidente. Al principio parecía que la tragedia uniría al país. Después de todo, políticos de cada partido importante estaban en el avión. Pero el accidente no unió a la gente. Tampoco la investigación sobre sus causas.

Al principio, parece que Jarosław Kaczyński creyó que se trataba de un accidente. Pero a medida que la investigación fue avanzando, sus resultados dejaron de gustarle. No había nada mal en el avión. Quizá, como mucha gente que confía en las teorías conspiratorias, Kaczyński simplemente no podía aceptar que su querido hermano hubiera muerto en vano, por accidente. O quizá, como Donald Trump, vio que la teoría conspiratoria podría ayudarle a obtener el poder.

Kaczyński usó la tragedia de Smolensk para galvanizar a sus seguidores, y convencerlos de no fiarse del gobierno o de los medios. A veces ha sugerido que fue el gobierno ruso el que derribó el avión. En otras ocasiones, ha culpado al anterior partido en el gobierno, ahora el mayor partido de la oposición, de la muerte de su hermano: “¡Lo destrozaron, lo asesinaron, son escoria!”, gritó en el parlamento.

Pero ninguna de sus acusaciones tiene pruebas. Quizá para distanciarse de algún modo de las mentiras que había que contar, encargó la tarea de promoverlas a uno de sus camaradas, Antoni Macierewicz. Tan pronto como el partido ganó, Kaczyński nombró a Macierewicz, quien de inmediato comenzó a institucionalizar la mentira de Smolensk. Creó una nueva comisión de investigación compuesta por personas sin conocimientos sobre accidentes de avión. El anterior informe oficial se eliminó del sitio web del gobierno. La policía entró en las casas de expertos de aviación que habían testificado durante la investigación original, los interrogó y confiscó sus computadoras. La decisión de colocar una fantasía en el centro de la política gubernamental fue el origen de las acciones autoritarias que siguieron.

Aunque la comisión de Macierewicz no produjo nunca una explicación alternativa al accidente, aquellos que aceptaron esa elaborada teoría conspiratoria, sin ninguna evidencia, podían aceptar cualquier cosa. Podían aceptar, por ejemplo, la promesa rota de no poner a Macierewicz en el gobierno. Podían aceptar –a pesar de que Ley y Justicia es supuestamente un partido patriótico y anti-Rusia– las decisiones de Macierewicz de promover a gente con vínculos extraños con Rusia o asaltar un edificio de la otan en Varsovia en mitad de la noche. La mentira también regaló a los soldados de a pie de la extrema derecha una base ideológica para tolerar otras ofensas. Da igual los errores que pueda cometer el partido, las leyes que pueda romper, al menos la “verdad” sobre Smolensk finalmente será contada.

La teoría conspiratoria de Smolensk, como la falsa teoría sobre la inmigración en Hungría, tenía otro propósito: para una generación más joven que ya no recuerda el comunismo, ofrecía una nueva razón para desconfiar de los políticos, empresarios e intelectuales que emergieron de las luchas de los años noventa y que ahora dirigen el país. Más aún, ofrecía un medio para definir una nueva y mejor élite. No hacía falta competencia o exámenes o un currículum lleno de logros. Cualquiera que profese la creencia en la mentira de Smolensk es por definición un verdadero patriota y, por casualidad, está calificado para un trabajo en el gobierno. La atracción emocional de una teoría de conspiración está en su capacidad para simplificar fenómenos complejos y la posibilidad del azar o el accidente ofrece al creyente la sensación satisfactoria de tener un acceso especial y privilegiado a la verdad. Pero separar el atractivo de la conspiración de las maneras en que ayuda a las carreras de aquellos que la promueven es muy difícil. Para aquellos que repiten y promueven las teorías de conspiración oficiales, la aceptación de estas explicaciones simples también proporciona otra ventaja: poder.

No hace mucho le describí a un politólogo griego mi fiesta de Año Nuevo de 1999. Se rio de mí en silencio. O más bien, se rio conmigo; no quería ser maleducado. Lo que yo llamaba polarización no era nada nuevo. “El momento liberal después de 1989 fue una excepción”, me dijo Stathis Kalyvas, autor de varios libros sobre guerras civiles. La polarización es normal. Más aún, el escepticismo hacia la democracia liberal es también normal. Y la atracción del autoritarismo es eterna.

Es un recordatorio útil. Los estadounidenses llevamos tiempo convencidos de que la democracia liberal, una vez conseguida, no puede alterarse. La historia de Estados Unidos se cuenta como una historia de progreso, siempre hacia adelante y hacia arriba.

La historia, en cambio, parece ser circular en algunas partes de Europa. La división que ha fracturado Polonia es parecida a la que dividió a Francia durante el proceso de Dreyfus. El lenguaje usado por la derecha radical europea es inquietantemente similar al empleado alguna vez por la izquierda radical europea. La presencia de intelectuales que sienten que las reglas no son justas y que la gente errónea tiene influencia ni siquiera es única de Europa. El escritor venezolano Moisés Naím me pidió que le describiera a los nuevos líderes de Ley y Justicia. Le di varios adjetivos: enfadadosvengativosresentidos. “Parecen chavistas”, me dijo.

En realidad, el debate sobre quién debe gobernar nunca termina. Algunos de nosotros nos hemos acostumbrado a la idea de que las diversas formas de competencia democrática y económica son la alternativa más justa al poder heredado o por decreto.

Pero no debería sorprendernos –no debería haberme sorprendido– cuando los principios de la meritocracia y la competencia son desafiados. La democracia y los mercados libres pueden producir consecuencias insatisfactorias, en especial cuando se regulan mal o cuando la gente entra a la competencia desde puntos de partida muy diferentes. Tarde o temprano, los perdedores acaban cuestionando el propio valor de la competencia.

Más aún, los principios de la competencia, incluso cuando fomentan el talento y crean movilidad ascendente, no responden a preguntas más profundas sobre la identidad nacional ni satisfacen el deseo de pertenecer a una comunidad moral. El Estado autoritario, o incluso el semiautoritario –el de partido único, el iliberal–, ofrece esa promesa: que la nación será gobernada por la mejor gente, los miembros del partido, los creyentes de la Mentira Mediana. Quizá la democracia tiene que moldearse y los negocios tienen que corromperse y los tribunales deben destrozarse para conseguir ese Estado. Pero si crees que eres uno de los elegidos, no tendrás problema con ello. ~

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Traducción del inglés de Ricardo Dudda y Daniel Gascón

La versión completa de este texto fue publicada originalmente en The Atlantic y aparecerá en el sitio web de Letras Libres

(*)   Anne Applebaum (Washington, 25 de julio de 1964) es periodista, historiadora, columnista y escritora estadounidenseespecializada en comunismo y desarrollo de la sociedad civil en Europa del Este y la Unión Soviética / Rusia. Entre sus libros están Gulag y El telón de acero, ambos en Debate. En 2017 publicó Red famine: Stalin’s war on Ukraine

 

 

[2] En defensa de Europa

Por Héctor Abad Faciolince (*)

Artículo publicado el 17 de noviembre de 2015 en
 

Europa sigue representando un ideal democrático: el del Estado de derecho y la libertad, el de un dinamismo económico que convive con la solidaridad entre clases y generaciones, el de la sustitución de la rivalidad y el chovinismo por la colaboración y la fraternidad.

Hector Abad Faciolince

En diciembre de 1987 –después de confusas amenazas y extraños seguimientos– tuve la clara sensación de que me iban a matar. Por eso de un día para otro, y sin pasar siquiera por mi casa, salí de Colombia y me escapé a España. ¿Por qué a España, a Europa? Porque en Europa nadie me iba a perseguir, nadie me iba a matar por lo que dijera; porque Europa ha sido muchas veces el único asilo de los perseguidos. Además, por un motivo práctico fundamental: a diferencia de Estados Unidos, no era obligatorio tener visa para viajar a Europa, en esos años, al menos no para los colombianos. Creo que eso me salvó la vida: pude entrar a Europa sin ninguna traba, tras esconderme pocos días en casa de unos primos en Cartagena, y después de comprar, con ayuda de la familia, un billete de avión.

Recuerdo un vuelo tristísimo, en un avión completamente vacío, que atraviesa el Atlántico el día de Navidad. Lo tomé en Panamá y aterricé en Madrid en la madrugada del 25 de diciembre. Pocas semanas después, en enero de 1988, estaba en Turín, la ciudad donde había hecho la universidad. De alguna manera sentía que Europa era la casa de todos: la casa de mi idioma, de buena parte de mi cultura, la casa de una religión en la que yo ya no creía, pero que había sido la de mis mayores. Era tan profundo mi resentimiento con Colombia y tan hondo mi agradecimiento con Europa que en esos años yo quería volverme italiano.

Dos ilustres profesores judíos, Lore Terracini y Norberto Bobbio, me ayudaron a buscar trabajo en Turín. Dos ilustres escritores judíos de Turín, sobrevivientes de la guerra, a quienes nunca conocí, Primo Levi y Natalia Ginzburg, me dieron a través de sus libros las mejores lecciones literarias: dar un testimonio de lo vivido y escribir en una lengua sencilla. Jamás fui ni seré capaz de escribir tan bien como ellos, pero ellos han sido siempre un polo hacia donde apunta la aguja de mis aspiraciones, o mejor, como se dice en italiano, un punto di riferimento para mi escritura. Siempre me extrañó que estos judíos fueran mis salvadores –reales y ficticios– teniendo en cuenta que mi apellido, Abad, suena más árabe o cristiano que judío, pero es tal vez esto lo que explica muchas cosas de estos últimos años: la fuerza de los contrarios, el diálogo de los opuestos, la vieja dialéctica que se resuelve en una síntesis de incertidumbre.

Mi padre había sido asesinado en Medellín a finales de agosto de aquel año, 1987, y en un panfleto que circuló por aquellos días se decía que lo mataban por ser “idiota útil de los comunistas”. Mi padre, en realidad, era un liberal de izquierda, aunque con claras simpatías por el socialismo. Yo, como buen hijo de esta época amorfa, nunca he sido militante de ningún partido ni tuve jamás una ideología muy definida. Sin embargo, en Colombia estas cosas parece que se heredan por la sangre y supongo que si querían matarme como a mi padre –mi única culpa era ser hijo suyo y llevar su mismo nombre– era también por una oscura acusación de ser “comunista”. Todavía hoy, en Twitter, una y otra vez se me acusa de ser comunista, si bien los verdaderos comunistas me acusan, al mismo tiempo, de ser un fascista camuflado. Los fanáticos son siempre iguales: si no estás con ellos es porque eres lo opuesto a lo que ellos son.

Cuando volví a vivir en Turín, hace exactamente veintisiete años, recuerdo que asistí a algunas reuniones de refugiados políticos organizadas por Amnistía Internacional; en ellas conocí a exiliados de las dos orillas del mundo (el mundo de la moribunda órbita soviética y el mundo de las dictaduras de derecha latinoamericanas). Recuerdo, en particular, a un húngaro y a una chilena. He olvidado sus nombres, pero recuerdo la esencia de su discusión: el húngaro le decía a la chilena: “¿Y usted luchaba por instaurar en Chile un régimen comunista estalinista como el que yo padecí?” La chilena le contestaba al húngaro: “¿Y ustedes están luchando por parecerse a los regímenes capitalistas al estilo Pinochet que nosotros padecemos?” Ahí entendí que nunca sería ni lo uno ni lo otro: no me uniría nunca a los comunistas de Colombia, pero tampoco me uniría al coro de los que cantan las bondades maravillosas del capitalismo salvaje. Algo parecido me pasaba, y me pasa, con Israel y Palestina: tal vez mi apellido fuera de origen árabe (esto nunca lo he sabido), pero yo creía y sigo creyendo que tanto Israel como Palestina tenían derecho a existir, ambos, como Estados independientes y abiertos; no como Estados étnicos y religiosos donde se pueda excluir en uno a los árabes y en otro a los judíos.

Este no aceptar ni un lado ni el otro de las cosas no ha hecho de mí un conciliador, un tibio, sino un perplejo, un escéptico, alguien que mira y busca, si no lo mejor, al menos lo menos malo. Una vez Richard Dawkins sostuvo, muy agudamente, que un ateo y un creyente no se pueden poner de acuerdo en un semidiós. Comunistas y capitalistas tampoco creo que se puedan poner de acuerdo en una China cuyos gatos cazan ratones sin importar el color de la piel. Sin embargo, China es, para muchos plutócratas autoritarios de Estados Unidos, la sociedad perfecta: una pequeña élite tiene todo el poder en puño, controla las comunicaciones y el ejército, prohíbe y reprime toda disidencia, impone salarios de hambre y horarios esclavistas a la mayoría de los trabajadores, mientras que algunos se llenan los bolsillos hasta reventar y sueñan con apoderarse de las materias primas del mundo. China se convirtió en el semidiós que concilia a los ateos comunistas con los creyentes del capitalismo: un semidiós monstruoso, una especie de centauro político con cabeza capitalista y cuerpo comunista.

En estos años cayeron las dictaduras más salvajes de la derecha capitalista latinoamericana; se desmoronaron también los regímenes comunistas, represivos y sanguinarios del este de Europa. A un lado y a otro padecimos los horrores de la Guerra Fría, donde se luchó con menos escrúpulos en la periferia. Y en estos dos extremos del mundo nos miramos a los ojos para decirnos exactamente las mismas palabras: “¿Ustedes tienen como ideal conducirnos hacia lo que teníamos acá? ¡No olviden que esto era el horror!” Y ambos tienen razón: tanto las dictaduras capitalistas de América Latina como las dictaduras comunistas del este de Europa fueron el horror, y no vale la pena comparar cuál de las dos fue más horrible. El crimen de Ósip Mandelstam es tan abominable como el crimen de Víctor Jara, así el primero haya sido mucho mejor poeta que el segundo. Lo bueno de Pinochet y de los regímenes militares latinoamericanos (especie de copia empeorada del ejército y el gobierno franquistas), así como lo bueno de los estalinistas, es que ambos tipos de regímenes fueron como las perfectas caricaturas del horror, y las caricaturas tienen esto de positivo: que al menos aclaran las cosas y dejan ver el rostro verdadero de una ideología llevada hasta las últimas consecuencias. Los sueños de la ideología producen monstruos.

Pero si unos y otros son el horror, ¿qué nos queda? Voy a decir lo más impopular que pueda decirse en este momento de la crisis de Europa: nos queda Europa, esa tierra del medio entre el Oriente de los europeos y el Occidente de los americanos. Nos queda el ideal europeísta y fraterno de Europa, una Europa que hoy incluye a muchos de los países de la antigua órbita comunista. Antes de defender esto, algo que a muchos les parecerá absurdo, debo volver por un momento a mi historia personal, porque, como decía Ortega y Gasset, uno es uno y su circunstancia, y mi pensamiento ha sido moldeado por lo que me ha tocado vivir.

Mi padre era un médico agnóstico que luchaba por los pobres; daba clases en una universidad pública, vacunaba en las selvas, defendía los derechos humanos y creía en la propiedad colectiva de muchos de los medios de producción (banca, servicios públicos, transporte, energía, petróleo…). Mi madre era –y sigue siendo– una ferviente católica que había sido pobre de niña y se había prometido no volver a serlo nunca más, porque sabía perfectamente lo horrible que es ser pobre. Para esquivar la pobreza se había convertido en empresaria más o menos exitosa, con una mediana firma inmobiliaria en la que tenía a unas 35 empleadas bajo su mando. De un agnóstico y una creyente creció un ateo manso, lo que soy yo, un ateo no militante, pues nunca he podido despreciar a una creyente como mi madre. Y de un socialista que creía en ciertas formas de propiedad colectiva y una pequeña empresaria que creía en la iniciativa privada –pues era su trabajo abnegado y cotidiano lo que la había sacado de la pobreza– salió alguien que cree que a los ricos y a los empresarios hay que pellizcarles parte de su riqueza, con impuestos, con controles, pero que no se puede espantar a las personas con iniciativa de lucro individual, pues son generalmente ellas las que generan la riqueza de las familias y de las naciones.

Mi padre aportaba los ideales; mi madre, la casa propia y, más tarde, algunos pequeños lujos. El altruismo, pensado en abstracto, es maravilloso; pero a veces no lleva a casa todo lo necesario. La codicia es detestable, pensada en abstracto, pero da seguridad en la casa, y es uno de los motores que mueven el mundo. Además, educar a los hombres en la no codicia es tan exitoso como educarlos en la no lujuria: el celibato obligatorio produce obsesión sexual y la obsesión sexual puede llegar incluso a la aberración de la pedofilia. Muchas veces los movimientos mesiánicos latinoamericanos (odio por los ricos, prohibición de la codicia y del lucro) producen una aberración parecida: corrupción, riqueza y privilegios vergonzosos entre aquellos que, mientras predican austeridad para todos los demás, se apoderan de la riqueza del Estado (petróleo en el caso de algunas repúblicas “bolivarianas”).

Llegamos aquí al experimento actual de la política latinoamericana: el populismo bolivariano de regímenes más o menos alineados como son los de Venezuela, Nicaragua, Ecuador, Bolivia, y parcialmente Argentina y Uruguay. Pese a los coqueteos con Cuba, estos regímenes son menos autoritarios que los castristas (algunos no son nada autoritarios, como Uruguay) y, más bien, tienen el buen efecto de empujar a Cuba hacia ciertas formas menos autoritarias del viejo estalinismo: ahora Yoani Sánchez y casi todos los cubanos pueden al menos salir de Cuba y volver. La minería, el petróleo y algunas expropiaciones estatales explican en buena parte los subsidios y ayudas que durante algunos años los bolivarianos han podido repartir a los más pobres. Pero ¿es esto sostenible y es esto conveniente? De mi madre aprendí que no es bueno recibir nada gratis; que lo que uno se gana debe ser una recompensa al mérito y al esfuerzo, no una dádiva del rico ni un regalo del Estado. Está bien que el Estado sostenga a quienes no pueden valerse por sí mismos: niños, ancianos, enfermos, personas con graves discapacidades mentales o físicas. Pero no está bien que el Estado mantenga a quienes pueden sostenerse. Debe darles oportunidades, asistencia sanitaria y educación para que puedan valerse por sí mismos. Alguien que ha trabajado toda la vida para comprarse una casa no ve con buenos ojos que el Estado regale a su vecino una casa igual sin haber hecho nada para merecérsela.

El movimiento bolivariano latinoamericano no les muerde a los ricos una tajada de su codicia insaciable, sino que pretende hacer muy difícil todo lucro (salvo el de algunos funcionarios privilegiados del Estado), con lo cual lo único que consigue es que los empresarios se vayan a vivir a otro país, llevándose fuera de las fronteras, con el deseo de lucro, también sus capitales y, sobre todo, su conocimiento empresarial. Si después no hay nadie que fabrique zapatos o toallas, que cultive café o produzca leche, si después en las tiendas hay pocas cosas y casi todas son importadas, llegará un momento en que la penuria y la ausencia de bienes se volverán generales. Está bien que algunos vivan muy bien en la austeridad absoluta: dos camisas, un par de zapatos, un cuarto alquilado. Pero esa falta de ambición, de codicia por bienes materiales y comodidades, no se le puede recetar obligatoriamente a toda la población. La consumista Venezuela no lo hace y, en un país acostumbrado al whisky y al automóvil, se vuelve aún más oneroso e insostenible el gasto estatal.

Una paradoja similar ha ocurrido con otro experimento político y sociológico que se ha vivido en algunos países de Medio Oriente. Se derribaban los antiguos regímenes dictatoriales que gobernaban con mano férrea (Libia, Egipto, etc.) y se les aconsejaba democracia: pero democráticamente, por mayoría, se eligía a los fanáticos religiosos que por mucho tiempo fueron la única oposición organizada a los antiguos dictadores. Y esa nueva mayoría democrática parecía gobernar con métodos tan antidemocráticos como lo hacían los dictadores. Si uno mira hacia los regímenes bolivarianos y hacia los nuevos regímenes del Medio Oriente de cuño religioso, lo que se ve es una mayoría populista o una mayoría integrista que decide por todos los demás y que no respeta los derechos de las minorías.

 

 

¿Cuál es el sitio del mundo donde menos mal se respetan los derechos de las minorías? Es ahí donde tenemos que volver a mirar a Europa. Europa, y particularmente Alemania, aprendió con mucho dolor y muchísima sangre, que el nacionalismo y el desprecio por las minorías podían conducir –y de hecho condujeron– a las peores injusticias y carnicerías de la historia. Europa fue, hasta 1945, una de las regiones más guerreras y más sanguinarias del mundo. Las cruzadas, las guerras de religión, los imperialismos, las colonias, las guerras napoleónicas, las guerras de secesión, la Guerra Civil española, la dos guerras mundiales. Decenas de millones de muertos que ni Latinoamérica y todos los países árabes juntos hemos producido en todo un siglo de guerras y guerritas civiles o internacionales. Después de mucho sufrir y después de exterminar a millones de judíos, a los enfermos mentales y a los gitanos, después de arrasar naciones enteras, después de diezmar las poblaciones de Inglaterra, Alemania, Rusia, España y Francia, Europa ha hecho el más extraordinario experimento de unión y fraternidad entre los distintos: diferentes lenguas, distintas tradiciones, distintas religiones, costumbres diversas; países que se mataron y odiaron a muerte entre ellos durante siglos han hecho el experimento de vivir en armonía y de progresar. O, como lo dijo una vez Borges, “tomaron la extraña resolución de ser razonables”.

La otra república, la de las letras, ha mirado a Europa desde hace mucho tiempo como un referente. Si Petrarca, Levi y Ginzburg, Voltaire, Diderot y Queneau, Heine y Böll, Roth y Walser, Dickens y Yeats, Tolstói y Ajmátova, Pessoa y Szymborska, Cavafis y Pérez Galdós, Ibsen y Lindgren, eran y siguen siendo nuestros más importantes referentes literarios, también los creadores de la Unión Europea fueron nuestros referentes políticos. La vieja idea de los filósofos ilustrados de la unidad y la tolerancia dentro de la diferencia, esta idea posible que pareció florecer incluso económicamente –porque un inglés podía ir a trabajar a España, y un portugués a Alemania, con libertad–, era nuestro punto de referencia. La idea de la libre iniciativa privada regulada por un Estado que mediante impuestos repartía los mínimos requisitos de bienestar (escuelas y universidades públicas, agua limpia, aire limpio, bosques, parques y tierras comunales, buen transporte público, ferrocarriles, hospitales y guarderías, sindicatos legales, reglas laborales no muy injustas) funcionaba (así muchos se hayan empeñado en desmontarla, con efectos nefastos).

Después de presenciar este ideal que tiene pocos decenios de experimentación (y que ha dejado pocos, muy pocos muertos, si se compara con las cifras de cualquiera de los siglos anteriores de toda su historia), ahora muchos europeos quieren abandonarlo, envueltos en rencillas sin fin, en egoísmos e incomprensiones recíprocas, y en imposibles soluciones mesiánicas, o en inútiles aspiraciones de “opulencia para todos”. ¿Están locos? No nos dejen sin el único referente reciente de la historia del mundo que parecía funcionar. Defiéndanlo, refuércenlo, mejórenlo, regresen a los ideales de hace algunos decenios, pero no caigan en la tentación de echarlo todo abajo. Personas como yo, que hemos podido volver a nuestros países ya sin mucho miedo a que nos maten, hemos traído de Italia, de Alemania, de Gran Bretaña, de Francia y de España, unos ideales de civilización, tolerancia y fraternidad. Ahora muchos europeos dicen que eso que han construido es un gran error, o peor, perdonen la expresión, una mierda. Alguien que no cree en Dios les dice, ¡por Dios, no lo es, Europa no es un error ni una mierda! Muchas cosas están mal y hay que cambiarlas; hay payasos y hay corruptos a quienes es necesario derrocar y cambiar; hay yuppies incultos e imberbes del mundo financiero que no ven más allá de sus narices y que no merecen ser el poder a la sombra de tradiciones mucho más hondas y complejas que ellos. Pero la Europa que me salvó la vida al darme asilo durante varios años debe seguir siendo un punto de encuentro, un lugar de refugio para los perseguidos del mundo, una isla de menor injusticia en un mundo abismalmente injusto, y sobre todo un camino que nos muestra que es posible salir de la locura, del fanatismo, de la absoluta injusticia o de la abominación. El mundo no será nunca el Paraíso, pero lo que los europeos lograron construir en los últimos sesenta años –en esa Europa unida y solidaria– es el experimento menos parecido al Infierno que se ha hecho hasta ahora sobre la Tierra.

Termino, sin embargo, con un llamado de atención. Cuando vivía en Italia tuve dos hijos que son europeos en pleno derecho (yo en últimas, aunque por un momento lo deseé, desistí de convertirme en italiano). Una estudia en España y el otro en Italia. Pero ambos quieren vivir y trabajar (¡crear algo nuevo!) en Colombia, en esta Colombia dura, desigual y todavía muy violenta. ¿Por qué? Porque en España y en Italia no ven futuro: ven solo caras largas, tristes, y puertas cerradas. Depresión, no tanto económica, sino anímica. No ven entusiasmo, nadie quiere apostar por ellos, nadie quiere correr riesgos, nadie les dice que podrán llegar a hacer buenas películas, buenos libros o casas donde uno sienta el placer de no vivir a la intemperie. Ven miedo, ira, resentimiento, depresión, aburrimiento, discordia. Pereza en la abundancia y postración en la escasez. A la mayoría de los europeos parece que se les olvidó la alegría de la dolce vita, el entusiasmo de la movida española. Si Europa no recupera la alegría y la pasión juveniles –esa que todavía veo respirar en los viejos barrios de Berlín oriental, hoy renacidos, llenos de jóvenes y niños– entonces será más fácil que unos locos, o unos fanáticos, o unos populistas, devuelvan a Europa a esas pesadillas nacionalistas anteriores a 1945. Hay que tener memoria, para no volver allá. Y hay que tener ilusiones, para seguir mejorando el futuro. ~


Publicado originalmente en alemán en la edicion conmemorativa de los veinticinco años de Lettre Internacional

(*) Héctor Joaquín Abad Faciolince (Medellín, 1 de octubre de 1958) es un escritor y periodista colombiano, más conocido por sus libros Angosta, que obtuvo en abril de 2005 en China el premio a la mejor novela extranjera,1​ y El olvido que seremos, sobre la vida y asesinato de su padre Héctor Abad Gómez, que fue otorgado el premio Casa de América Latina de Portugal por el libro como mejor obra latinoamericana y el Premio Wola-Duke en Derechos Humanos. Además ha recibido un Premio Nacional de Cuento, una Beca Nacional de Novela (1994) y dos Premios Simón Bolívar de Periodismo de Opinión (1998 y 2006). En 2016 creó Angosta Editores, una editorial independiente de Colombia.

 

 

[3] El nuevo desorden mundial

Por Michael Ignatieff (*)

Artículo publicado el 12 de enero de 2014 en

 

Rusia busca recuperar su papel hegemónico. El Estado Islámico prosigue su política de terror. China se apresta a traducir su poder económico en influencia geopolítica. Estados Unidos pierde fuerza. El mundo, frente a nuestros ojos, se transforma.

 
Cuando los cuerpos y las pertenencias de 298 personas cayeron del cielo el 17 de julio de 2014 y permanecieron dispersos y sin consagrar en los campos del este de Ucrania, la claridad pareció seguir en el silencio. Recordé los versos de “De inmediato enmendado”, el poema de John Ashbery:
 

no dejó de sorprendernos que, casi veinticinco años

[más tarde,

la claridad de estas reglas comenzara a revelarse

[por vez primera.

Ellos eran los jugadores, y nosotros, que tanto luchamos

[durante el juego,

éramos simples espectadores

(Versión de Marcelo Uribe y David Huerta.)

Poco importa ya si la acusación contra el presidente Putin es por incitar directamente a quienes derribaron el avión o por la imprudencia temeraria de haberlos abastecido de armamento. Al reafirmar su apoyo a la secesión, Putin ha tomado una decisión, y depende de los líderes de Occidente tomar las suyas. Poco importa ya si Occidente atrajo a esta nueva Rusia al expandir agresivamente a las fuerzas de la otan hasta su frontera. Ahora lo que importa es ser muy claro a fin de que las responsabilidades políticas recaigan adonde deben hacerlo, las acciones tengan consecuencias, los aliados vulnerables que están en la frontera con Rusia reciban garantías de seguridad y estas garantías resulten creíbles.

También importa comprender, sin hacerse ilusiones pero también sin alarmarse, el nuevo mundo al que nos han arrojado la anexión de Crimea y el derribo del vuelo mh17.

Michael Ignatieff

El horror en Ucrania no es la única sorpresa que trae claridad a su paso. Con la proclamación de un califato terrorista en las regiones fronterizas de Siria e Iraq, la disolución de la configuración de Estados que establecieron Mark Sykes y François Georges-Picot en su tratado de 1916 se dirige a un feroz desenlace. El autoproclamado Estado Islámico es algo nuevo bajo el sol: terroristas-extremistas con tanques, pozos petroleros, territorios propios y una habilidad escalofriante para dar publicidad a las atrocidades. El poder aéreo es capaz de detener su avance pero no de derrotarlos, y las fuerzas terrestres con que cuenta Estados Unidos –los peshmergas kurdos– van a tener más que suficiente con defender su patria. En Siria, Assad ha entregado las provincias del desierto al Estado Islámico. En cuanto a los iraquíes, los chiíes defenderán sus lugares sagrados en el sur, pero no pueden retomar Mosul, al norte.

Si, como parece probable, el califato resiste, en la región no habrá ningún Estado seguro. Israel puede, una vez más, “cortar el pasto” en Gaza, pero bombardear civiles no le asegura un futuro pacífico. Hasta que palestinos e israelíes reconozcan que hay un enemigo al que deben temer más de lo que se temen entre sí –la absoluta desintegración del orden mismo– no habrá paz en su región.

En el este asiático, las fuerzas navales de China y Japón se vigilan mutuamente, plataformas petroleras chinas perforan en aguas que están en disputa y, entre las capitales asiáticas, vuelan acusaciones beligerantes. China no habla ya el idioma del “ascenso silencioso”. La musculosa política exterior de Xi Jinping causa alarma en Vietnam, Corea del Sur, Japón, Taiwán, Filipinas y Estados Unidos.

Intuimos que todos estos elementos de discordia se relacionan, pero resultaría simplista afirmar que el elemento común es la incapacidad de Barack Obama para dominar la conmoción de la época que vivimos. Eso sería asumir que una administración estadounidense más sabia habría sido capaz de mantener la unidad de las placas tectónicas de un orden mundial que la ascendente presión volcánica del odio y la violencia está separando.

El derribo del vuelo mh17 y el surgimiento del califato nos hacen repensar qué era lo que mantenía unidos esos dos patrones. Hasta que se desvaneció la esperanza de la Primavera Árabe, las clases medias moderadas y globalizadas de la región creían tener el poder para marginar a las fuerzas de la furia sectaria. Debemos haber imaginado que con internet, los viajes aéreos globales, Gucci en Shanghái y bmw en Moscú, el mundo se volvía uno. Caímos víctimas de la ilusión que acarició la generación de 1914: que la economía tendría más fuerza que la política y que el comercio global limaría las rivalidades imperialistas.

Esa impresión se tenía al inicio. En la fase de globalización, que comenzó después de 1989, Rusia abasteció de gas a Alemania; Alemania abasteció a Rusia de bienes manufacturados e industriales medulares; China adquirió la deuda del Tesoro de Estados Unidos y Apple manufacturó sus gadgets en China. Pensamos que, al menos por un tiempo, con la llegada de internet, una herramienta global de información compartida consignaría la arraigada hostilidad ideológica de la Guerra Fría a la historia.

En realidad, la tercera fase de globalización no creó más convergencia política de la que destruyó la primera fase en 1914 o la segunda que llegó a su fin en 1989. Resultó que el capitalismo es promiscuo en lo político. En vez de contraer matrimonio con la libertad, el capitalismo estaba igualmente feliz metiéndose a la cama con el autoritarismo. De hecho la integración económica agudizó el conflicto entre las sociedades abiertas y las cerradas. Desde la frontera de Polonia hasta el Pacífico, desde el Círculo Ártico hasta la frontera con Afganistán, comenzó a formarse un nuevo competidor político de la democracia liberal: autoritario en su forma política, capitalista en su economía y nacionalista en su ideología. Lawrence Summers ha llamado a este nuevo régimen “mercantilismo autoritario”. La expresión sugiere el papel central del Estado y de las empresas estatales en las economías rusa y china, pero resta énfasis al crudo elemento del amiguismo, fundamental para los gobiernos de Pekín y Moscú.

Gracias a la globalización misma, el capitalismo autoritario –permítanme llamarlo así– se ha convertido en la principal competencia de la democracia liberal. Sin acceso a los mercados globales, ni Rusia ni China habrían sido capaces de deshacerse de una economía estilo comunista mientras se aferran a una política que sí lo es.

Las economías rusa y china están abiertas a las presiones competitivas de los sistemas de precios globales, pero la distribución de la recompensa económica –quién se enriquece y quién queda sumido en la pobreza– todavía la determina, en gran medida, el aparato estatal centralizado que está en manos del presidente y sus camaradas. Rusia y China son oligarquías “extractivas”: a excepción de unos cuantos miembros de un grupo, los ciudadanos no tienen acceso a los frutos del poder económico y político. En ambas sociedades, el Estado de derecho y el sistema judicial independiente solo existen en el papel. Tanto los oligarcas como los disidentes saben que si montan cualquier ofensiva política contra el régimen se usará la ley para aplastarlos.

Los expertos occidentales no dejan de insistir en que los chinos y los rusos son aliados, no rivales. Es cierto que, cuando ambos países eran comunistas, llegaron a los golpes en una fecha tan reciente como 1969. Aun hoy, más que una convicción, el suyo es un “eje de conveniencia”. Stephen Kotkin ha señalado que el intercambio comercial entre ellos es mucho menor que el que tienen con Occidente. Pero los dos países han descubierto una verdad que los mantendrá unidos aún con más fuerza en el futuro: han aprendido que la libertad de mercado capitalista es lo que permite a sus oligarquías conservar el control político. Entre más libertades privadas les permitan a sus ciudadanos, menos demandarán libertades públicas. La libertad privada –vender y comprar, heredar, viajar, la posibilidad de quejarse en la intimidad– mantiene el descontento a raya. Más aún, la libertad privada permite crecimiento, algo imposible bajo control del Estado.

Ahora, a la luz de lo ocurrido con el vuelo mh17 y del conflicto en Crimea, los “autoritarios internacionales” enfrentan una disyuntiva: dejar de desafiar a Occidente o arriesgarse a fracturar la globalización misma.

En la espiral descendente de ira y recriminaciones por Ucrania, cada una de las facciones del conflicto busca reducir el grado en que se expone económicamente al otro. Putin ha prohibido las importaciones agrícolas provenientes de los países que le han aplicado sanciones, amenaza con cerrar el espacio aéreo siberiano a las aerolíneas occidentales y quiere reducir la importación de maquinaria alemana y de tecnología de defensa occidental.

De pronto reaparecen en la agenda rusa la sustitución de las importaciones y la autarquía, dos ideas que llevaron al mundo comunista a un callejón sin salida económico. A la vez, los alemanes quieren reducir su dependencia del gas ruso y los chinos su dependencia del petróleo que proviene de la volátil zona del Medio Oriente. En la nueva atmósfera de paranoia mutua, los Estados no quieren comprar hardware o software que provenga del otro lado por miedo a que sus sistemas de defensa y de inteligencia queden expuestos a una filtración. En esta carrera por la seguridad, los aliados solo quieren hacer negocios con aliados. Los estadounidenses y los europeos seguramente tratarán de acelerar un amplio pacto de libre comercio entre ellos para reducir su dependencia de los nuevos autoritarios.

A la vez, ninguna de las partes quiere volver a la Guerra Fría, en especial los rusos y los chinos, que necesitan la globalización para hacer crecer sus economías y para contener el descontento doméstico. Por el momento, el flujo de importaciones y exportaciones que realmente se ven afectadas por las sanciones sigue siendo mínimo, en comparación con los gigantescos volúmenes del comercio global. Sin embargo, tanto para los líderes de Oriente como para los de Occidente, existe la tentación de impulsar a sus economías hacia atrás, hacia la autarquía, en nombre de la autoconfianza, a medida que descubren hasta qué grado su margen de maniobra política está constreñido por su dependencia económica con el otro bando. Ninguno de estos líderes quiere destruir la globalización, pero quizá ninguno de ellos pueda controlar en su totalidad el retroceso hacia un pasado autárquico.

 

 

La autarquía ya gobierna el mundo virtual de la información. En una era que supuestamente debía traernos una información global común, basada en un internet sin fronteras, resulta increíble lo autárquicos que se han vuelto los sistemas de información de cada uno de los bandos. Hace mucho tiempo que China impuso un control soberano sobre su internet, y policías espían y patrullan las fronteras de la “Great Firewall” para asegurarse de que los refunfuños del chat jamás se eleven al nivel de una amenaza contra el régimen. El Kremlin ha envuelto a su pueblo en una burbuja propagandística tan efectiva que, como dijo Angela Merkel hace poco, hasta el mismo Vladimir Putin está encerrado “en su propio mundo”.

A medida que Rusia y China reducen su grado de exposición económica con el otro y crean universos paralelos pero cerrados de información, los nuevos autoritarios están recurriendo a los mercados y a las reservas energéticas de uno y otro. En un encuentro reciente, Putin y Xi Jinping firmaron un acuerdo energético y de infraestructura a largo plazo que selló una alianza estratégica de tres décadas. Sus viejas disputas fronterizas han estado suspendidas desde el acuerdo que suscribieron en 2005. Después de haber descuidado su lejano oriente durante mucho tiempo, ahora Rusia acepta la hegemonía de los chinos en la región del Pacífico. Lo que hace que esta alianza autoritaria sea estable –aunque carezca de amor– es que China desempeña el papel de la pareja dominante mientras que Putin se encarga de los gemidos ideológicos.

Lo que Putin deja asentado, con una claridad ponzoñosa, desde luego, es su resentimiento hacia el “Leviatán liberal”, Estados Unidos y su red global de alianzas envolventes. En esto, tiene a un socio dispuesto en China. Mientras que para Occidente Crimea y el vuelo mh17 marcaron el momento en que se desmoronó el orden internacional posterior a 1989, para los rusos y los chinos la fractura ocurrió quince años atrás, cuando los aviones de la otan bombardearon Belgrado y alcanzaron a la embajada china. Ese momento unió a los autoritarismos chino y ruso en el panorama mundial. El precedente de Kosovo –la secesión unilateral de una gran potencia, orquestada sin el consentimiento de Naciones Unidas– dio a Putin el pretexto para actuar en Crimea, con la cautelosa aprobación de Pekín.

En los días por venir, no hay duda de que los autoritarios usarán sus asientos en el Consejo de Seguridad para defender al dictador sirio y obstaculizar la intervención humanitaria multilateral en cualquier sitio donde sus intereses estén directamente involucrados. Ambos países han sido los principales beneficiarios estratégicos de los reveses estadounidenses en Levante y, si con certeza podemos predecir más caos y violencia en Medio Oriente, será porque a ambos les conviene permanecer ahí desempeñando su papel de saboteadores, dejando que Estados Unidos cargue con toda la culpa de que la configuración estatal se haya fragmentado, desde Trípoli hasta Bagdad.

Ahora las preguntas fundamentales son si los nuevos autoritarios tienen estabilidad y si son expansionistas. Las oligarquías autoritarias pueden tomar decisiones rápidamente, en tanto que en las sociedades democráticas es necesario luchar para vencer a la oposición, a la prensa libre y a la opinión pública. También pueden canalizar sin contratiempos emociones nacionalistas a través de aventuras militares en el extranjero. Después de la toma de Crimea, los vecinos de China en Asia deben estar preguntándose en qué momento el régimen de Pekín empezará a usar la “protección” de los chinos como excusa para entrometerse en sus asuntos internos.

Sin embargo, las oligarquías autoritarias también son frágiles. Deben controlarlo todo o pueden perder el control de todo. Bajo los gobiernos de Stalin y de Mao la aspiración cada vez mayor que la gente tenía de ser escuchada fue aplastada mediante la fuerza. Bajo el capitalismo autoritario tiene que permitirse cierto grado de libertad privada. Pero, a medida que crecen sus clases medias, también lo hacen sus demandas por expresar su voz política y ese tipo de exigencias pueden resultar desestabilizadoras. La desestabilización de China llegó en 1989 en la Plaza de Tiananmén. A fines de 2011 y 2012 manifestaciones masivas en Moscú retaron al régimen ruso. Ambos regímenes sobrevivieron reprimiendo severamente el descontento doméstico, proscribiendo la ayuda externa a las organizaciones internas de derechos humanos y llevando a cabo aventuras militares en el extranjero, diseñadas para distraer a la clase media con causas nacionalistas unificadoras.

La nueva agresividad de China en Asia está impulsada por muchos factores, incluida la necesidad de hallar suministros energéticos fuera de sus costas, pero también por un deseo de reanimar a su ascendente clase media en torno a lo que Xi Jinping denomina el “sueño chino”: una visión estratégica en la que China desplaza a los estadounidenses como hegemonía regional en Asia.

La administración del presidente Obama se ha vuelto hacia la región asiática para enfrentar el desafío chino, pero menospreció a los rusos hasta los sucesos de Crimea. Dio por hecho que Putin estaba a la cabeza de una sociedad decrépita, deteriorada demográfica y económicamente. Fue ilusorio pensar así. La abundancia de recursos naturales de Rusia da a Putin una fuente de ingresos estatales, mientras que la libertad privada funciona como una válvula de seguridad que permite al régimen contener el descontento democrático. Los nuevos autoritarios se encuentran estables, y resulta complaciente suponer que se encaminan al colapso bajo el peso de la contradicción que existe entre libertad privada y tiranía pública. Hasta ahora han manejado esta incompatibilidad con suficiente pericia como para brindar poder a sus gobernantes y riqueza a su pueblo.

Los nuevos autoritarios tampoco carecen de “poder suave”. Su modelo es atractivo para las élites corruptas y extractivas de todas partes, incluso en Europa oriental, donde el disidente húngaro convertido en populista autoritario Viktor Orbán eligió la semana posterior al derribo del vuelo mh17 para proclamar su visión de Hungría como una “democracia iliberal”.

Los nuevos autoritarios tampoco carecen de una aparente legitimidad. El Partido Comunista chino se vende a sí mismo como una meritocracia, y con cada pacífica renovación de su cúpula dirigente se fortalece este principio de legitimidad. La de Putin es más incierta porque su oligarquía es todo menos meritocrática. Para construir el apoyo popular ha protegido a la Iglesia, ha fomentado una tóxica nostalgia por Stalin e incluso se ha presentado como el heredero del conservadurismo orgánico de la intelligentsia rusa del siglo XIX.

Por ejemplo, ordena a sus gobernadores regionales leer las obras de Ivan Ilyin, pero de seguro no los volúmenes en los que el conservador antibolchevique reivindicaba un país redimido por “la conciencia de la ley”. La camerataideológica de Putin ha dado nueva vida a Konstantin Leontiev, otro eslavófilo conservador del siglo XIX, pero no al Leontiev que públicamente despreciaba la homofobia. En la China y la Rusia oficiales, la beligerancia contra la igualdad homosexual no es una característica accidental, sino algo imprescindible para la imagen que tienen de sí mismas como baluartes contra el decadente relativismo moral de Occidente.

Sin embargo, en particular los nuevos autoritarios hacen un llamado nacional, no universal, a la legitimidad. Mao pudo haber alentado a los maoístas desde Perú hasta París, pero el actual régimen revolucionario no tiene tales ambiciones y resulta poco probable que Putin proclame, como Stalin, que su país es una inspiración para todos aquellos que buscan emanciparse del yugo capitalista.

El constante reto de tener la casa en orden mantiene a raya las ambiciones globales de los gobernantes chinos. Saben que aún hay varios cientos de millones de campesinos pobres a los que es necesario integrar a la economía moderna. Pasarán décadas antes de que su renta per cápita se acerque a niveles occidentales. Putin sabe también lo miserablemente pobres que todavía son las regiones más alejadas de Rusia después de quince años bajo su gobierno. Como resultado, ni China ni Rusia están en posición de abandonar la integración económica mundial, ni pueden apostar más que a la hegemonía en sus respectivas regiones.

Aun así, todavía no hay respuesta para la pregunta por la manera en que Rusia y China definen sus regiones y sus esferas exclusivas de influencia. En particular, las acciones de Putin han hecho de este un asunto inaplazable. Como exagente de la kgb el momento de más oscuridad de Putin fue la quema de libros de claves soviéticos en la sede de la agencia en Dresde, en noviembre de 1989. Seguramente debe sentir nostalgia por el terror que el Estado soviético era capaz de infundir en sus enemigos, tanto en el interior como en el extranjero. Putin es un sibarita del miedo, pero cualquier auténtico maestro del arte del terror debe saber hasta dónde puede llegar. Aparentemente, Putin comprende los límites de sus capacidades intimidatorias.

A pesar de su discurso de “proteger” a los rusoparlantes en el “extranjero cercano”, parece poco probable que Rusia intervenga en alguno de los Estados bálticos, siempre y cuando el artículo 5 de la otan sobre la garantía de seguridad no pierda credibilidad. Putin estará satisfecho con mantener a los pueblos bálticos en el qui vive, obligándolos a respetar los derechos de las minorías rusas y a gastar en defensa más de lo que les gustaría. Tampoco tocará a Polonia, la República Checa, Rumania, Bulgaria o los Estados balcánicos. Putin acepta que ellos han abandonado su órbita, aunque su servicio secreto hará todo lo posible para desestabilizar la política de esos países.

Sin embargo, Georgia y Ucrania están en la frontera con el mar Negro y esto hace que su posición sea de vital interés nacional para Rusia. Si cualquiera de los dos cediera a la otan el derecho a tener una base en el mar Negro, eso tendría un efecto en el acceso de Rusia hacia el Mediterráneo, a través de los estrechos de Turquía y, por lo tanto, limitaría el papel ruso como potencia en Medio Oriente. Estas preocupaciones estratégicas serían totalmente reconocibles al conde Gorchákov o a cualquier diplomático zarista del siglo XIX. Igualmente tradicional –e igualmente ruso– ha sido que Putin estableciera relaciones privilegiadas con las cleptocracias musulmanas en su frontera sur. Desde tiempos zaristas, los corruptos gobernantes musulmanes han sido sus tributarios.

Puede que los objetivos estratégicos de Putin sean tradicionalmente rusos, pero es justamente esto lo que alarma a los nacionalistas ucranianos. Antes del derribo del vuelo mh17, antes de que redoblara su apoyo a la insurrección del este de Ucrania, era razonable suponer que sus metas estratégicas eran limitadas y creer que quería desestabilizar a Ucrania sin necesidad de hacerse cargo de sus múltiples problemas. También era razonable suponer que se sentía feliz de que Estados Unidos cargara con el peso de corregir la desplomada economía de Ucrania.

Tras el derribo del vuelo mh17, después de que las fuerzas ucranianas cercaran Donetsk y cortaran las líneas de abastecimiento que los insurgentes tenían con la misma Rusia, predecir el camino que tomará Putin se ha vuelto más complicado. ¿Redoblará esfuerzos una vez más para romper el cerco de los separatistas? ¿Intentará estabilizar un enclave ruso y congelarlo en el sitio, tal y como lo ha hecho con territorios-clientes dentro de Moldavia y Georgia? ¿O hará un recuento de sus pérdidas y entregará a los separatistas por el bien de una paz geoestratégica y una mayor integración global? Putin se ha arrinconado a sí mismo y, aunque buscar la paz parece razonable, no lo ha sido en lo que a Ucrania se refiere.

Tampoco está confrontado con fuerzas racionales. Ucrania no es un tablero de ajedrez, y los juegos geoestratégicos que se llevan a cabo allí siempre logran salirse del control de quienes los inician. Justo debajo de la superficie bullen emociones de fuerza volcánica, potenciadas por dos narrativas genocidas que compiten entre sí –una, rusa; la otra, ucraniana–, que se niegan a reconocer la verdad del otro. La narrativa rusa que presenta a los nacionalistas ucranianos como fascistas explora el hecho de que, efectivamente, muchos ucranianos dieron la bienvenida a los nazis durante la invasión de 1941 y algunos se convirtieron en colaboradores de los alemanes en el exterminio de sus vecinos judíos.

Según la narrativa ucraniana con la que compite, Putin busca imponer de nuevo el dominio soviético; el mismo dominio que tuvo como resultado la inanición forzada de millones de campesinos ucranianos entre 1931 y 1938. En las “tierras de sangre” de Ucrania, la memoria de aquella hambruna –llamada el Holodomor– confronta la memoria del Holocausto. No es que los provocadores –quienes explotan este pasado venenoso con el propósito de dividir– estén solo del lado ruso. Hay nacionalistas ucranianos armados y enardecidos a quienes nada les gustaría más que provocar al oso ruso. Se necesitaría apenas una chispa para que Ucrania quedara envuelta en llamas y los rusos intervinieran, esta vez, con toda su fuerza, a fin de “proteger” a las etnias rusas consolidando un Estado en el este, contiguo a la frontera rusa.

Una política occidental inteligente debe mantener este caldero por debajo del punto de ebullición ayudando a Ucrania a vencer la secesión lo antes posible. Una vez lograda la victoria militar, es posible conciliar, y solo entonces Occidente puede usar su influencia para someter a los extremistas ucranianos que buscan imponer una paz cartaginense. Los expertos occidentales en constituciones deberían ayudar a Ucrania a transferir poder a las regiones y a garantizar a los rusoparlantes un lugar de pleno derecho en el futuro político del país. A largo plazo, Europa debería darle a Ucrania un itinerario para acceder a la Unión Europea. Las instituciones financieras internacionales deberían emplear los préstamos condicionados para obligar a la corrupta élite política ucraniana a hacer una limpieza en casa. En 1994, cuando Ucrania entregó sus armas nucleares, Estados Unidos y Gran Bretaña se negaron a garantizar su seguridad. Ahora, tras las amenazas a la soberanía ucraniana, la otan sencillamente tendrá que hacerlo. La finlandización –neutralidad para Ucrania– no es una alternativa con la que se pueda trabajar mientras Crimea permanezca anexionada y continúe el riesgo de un nuevo enclave ruso en Ucrania oriental.

En Europa y en Estados Unidos resultará difícil persuadir al público, atónito y profundamente temeroso de la guerra, de que acepte todo esto. Incorporar a Ucrania a la Unión Europea y protegerla a través de las fuerzas de la otan es decir “más Europa”, algo difícil de vender en una época en que tantos europeos quieren menos Europa. Muchos reformistas ucranianos y muchos líderes europeos consideran prematuro unirse a la otan.

Por reticentes que se muestren los europeos, permitir que Europa se divida en dos, mientras a las puertas de la frontera sureste languidecen naciones como Ucrania, es una receta para que estalle la guerra civil y se dé el expansionismo ruso. Hasta que ocurrió el derribo del vuelo mh17 resultaba imposible convencer al electorado de Europa occidental de que esto es así. A partir de lo sucedido con el vuelo mh17, se ha vuelto más fácil.

El reto más difícil consiste en imponer sanciones a los rusos sin lanzarlos a los brazos de los chinos. Mantener las líneas abiertas para estos dos autoritarios, mientras se obliga a uno a pagar el precio por el derribo del vuelo mh17 y por Crimea, requiere de un criterio sofisticado. Esto es más que un mero ejercicio de compensación de señales a los competidores autoritarios. Lo que está en juego en esta calibración de sanciones es la dirección que tomará la globalización en el futuro, tanto si la economía mundial se inclina hacia una mayor apertura como si lo hace en dirección a la autarquía.

Es necesario diseñar una política para no volver a caer en la autarquía, sobre todo en medio de un clima de furia y recriminación. Una economía internacional abierta –en la que los mercados de capitales no estén politizados, y en la que pueblos libres comercien con los que no lo son– ha sido, en general, algo bueno para todos, aun cuando significa que los regímenes autoritarios son capaces de estabilizar un orden extractivo y predador.

Si la globalización ha sido algo bueno para la democracia liberal y para el capitalismo autoritario, es importante no ahondar la separación que existe entre ellos y orillarlos hacia un abismo infranqueable. Hay quienes sentirán que es refrescante odiar a Putin y gente de su calaña, pero esa es una guía muy pobre para establecer una política. El único orden global que tiene alguna oportunidad de mantener la paz es un orden pluralista que acepte que existen sociedades abiertas y sociedades cerradas; algunas libres y otras autoritarias. Un orden pluralista es aquel en que vivimos con líderes que apenas podemos tolerar y sociedades cuyos principios tenemos buenas razones para despreciar.

Podemos y debemos contener a los nuevos autoritarios, pero hace falta recordar que la doctrina de contención de George Kennan no buscaba derribar los regímenes autoritarios de su tiempo ni tampoco convertirlos a la democracia liberal. Más bien, su doctrina pretendía evitar la guerra en un mundo pluralista y darle a la democracia liberal el tiempo necesario para crecer y prosperar en una competencia pacífica con el otro bando. Quienes hacen un llamado para que exista un frente ideológico unido, un credo liberal combatiente, harían bien en recordar lo que respondió Isaiah Berlin cuando se le pidió un credo entusiasta para los liberales de la Guerra Fría:

En verdad no creo que la respuesta al comunismo sea una fe contraria, de igual fervor y militancia, etcétera, porque hay que luchar contra el demonio con las mismas armas que el demonio. Para empezar, nada es más propenso a la creación de una “fe” que reiterar constantemente que la buscamos, que debemos encontrarla, que estamos perdidos sin ella, etcétera.

Durante la Guerra Fría la autodramatización ideológica llevó a Estados Unidos al macarthismo y al aventurismo militar en el extranjero, desde Vietnam hasta Nicaragua. Además, no es nada convincente involucrarse en una batalla ideológica en el extranjero a favor de la democracia liberal, cuando resulta tan evidente que primero se necesita renovarla en casa.

El poderío estadounidense no ha perdido su arrolladora credibilidad, siempre y cuando se use en pequeñas cantidades, con perspicacia y cuidado. El verdadero problema es la disfunción democrática que existe en casa: el impasse que se ha extendido a lo largo de toda una generación entre el Congreso y el Ejecutivo, lo polarizadora y poco realista que se ha vuelto la discusión política, el estrepitoso fracaso para controlar el denigrante poder que tiene el dinero en la política, mientras que la desigualdad es más flagrante que nunca. El resultado es el debilitamiento de los bienes públicos compartidos y una desilusión cada vez más grande con la democracia misma. Otras democracias enfrentan retos parecidos pero logran contrarrestar la influencia del dinero sobre la política y han podido lograr de nuevo un equilibrio de su sistema político para que el Ejecutivo y el Legislativo funcionen con efectividad. En la guerra de ideas con los nuevos autoritarios es bueno saber que hay una gran variedad de democracias liberales a la vista, una gran variedad de formas posibles de “llegar a Dinamarca”.

Sin embargo, la estadounidense sigue siendo la democracia cuya salud determina la credibilidad misma del modelo liberal capitalista. El medio siglo transcurrido desde la guerra de Vietnam no ha sido una época feliz para Estados Unidos, ni en lo doméstico ni en lo internacional, pero una serie de tenebrosas narrativas acerca del declive secular estadounidense, por mucho ahínco con el que los enemigos de Estados Unidos puedan absorberlas, parece hacer a un lado la histórica capacidad de los estadounidenses para renovarse institucionalmente: en la era progresista, el New Deal, la Nueva Frontera. Tampoco toma en cuenta los datos duros respecto a la posición dominante que tienen las compañías estadounidenses en las tecnologías que están moldeando el siglo XXI.

Si Vladimir Putin y Xi Jinping –e incluso el Estado Islámico– apuestan por el declive de Estados Unidos llevan todas las de perder. A la vez, no cabe duda de que Richard Haass, presidente del Consejo para Relaciones Exteriores, está en lo cierto cuando afirma que una política exterior capaz de enfrentar el doble reto del nuevo autoritarismo y del nuevo extremismo debe comenzar con un esfuerzo sostenido de construcción nacional.

De continuar la disfunción democrática, se corre el riesgo tanto de una parálisis interna como de un horrendo afán de aventuras militares en el exterior, en vista de que las administraciones estadounidenses –igual que sus rivales autoritarios– se vean tentadas a distraer el descontento doméstico con guerras en el extranjero. Después del vuelo mh17, Crimea, el sangriento califato que crece en las riberas del Tigris, y la creciente tensión en el mar de China, no necesitamos violentas aventuras en el extranjero y menos aún palabras que no estén sustentadas en acciones. Necesitamos una Europa y un Estados Unidos cuyos pueblos vuelvan a creer en sus propias instituciones y en sus reformas, y acepten la oportunidad de probar de nuevo que son capaces de sobrevivir a sus adversarios, tanto autoritarios como extremistas. ~

 

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Traducción de Laura Emilia Pacheco 

Aparecido originalemente en The New York Review of Books

(*)Michael Grant Ignatieff (n. 12 de mayo de 1947), CPRC es un escritor, académico y expolítico canadiense. Fue el líder del Partido Liberal de Canadá y de la Oposición Oficial desde 2008 hasta 2011. Conocido por su obra como historiador, Ignatieff ha ocupado puestos académicos en la Universidad de Cambridge, la Universidad de Oxford, la Universidad Harvard y la Universidad de Toronto

 

 

 

 

 

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